<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399</id><updated>2011-11-18T06:13:28.221-08:00</updated><title type='text'>Sergio J. Monreal</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>42</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-3729287263460415585</id><published>2011-09-26T10:48:00.000-07:00</published><updated>2011-09-27T10:48:52.298-07:00</updated><title type='text'>LUCIÉRNAGAS</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-AATyuSYE8Fk/ToIKiRaBdUI/AAAAAAAAAHM/myBSKa7lCFU/s1600/godard.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 300px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5657095665835144514" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-AATyuSYE8Fk/ToIKiRaBdUI/AAAAAAAAAHM/myBSKa7lCFU/s400/godard.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;para la Chaquis&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;em&gt;Los gigantes de la montaña&lt;/em&gt;, obra teatral en cuya escritura trabajaba el narrador y dramaturgo siciliano Luigi Pirandello al morir, durante diciembre de 1936, incluye el siguiente diálogo a propósito de las luciérnagas: “¡Luciérnagas! Son mis luciérnagas de mayo. Estamos aquí, como a la orilla de la vida, Condesa. A una voz de orden, la orilla se aleja, entra en lo invisible, surgen fantasmas. Es natural, ocurre lo que es habitual durante el sueño. Yo consigo que ocurra también durante la vigilia”.&lt;br /&gt;El pasaje le permite a Pirandello no sólo plantear de manera concisa y transparente su idea de lo que es el teatro, sino también desplegar en pleno la noción, tan cara para él, de teatralidad total.&lt;br /&gt;Cuarenta años más tarde, cerca ya de concluir la década de los 70, las luciérnagas (quién sabe si esas mismas luciérnagas fronterizas entre la vigilia escénica y el sueño dramático) sirvieron de punto de partida para que otro escritor natural de Sicilia, Leonardo Sciascia, acometiera una de las más lúcidas disecciones jamás practicadas sobre el orden político italiano, y a través suyo sobre las implicaciones generales de la llamada Razón de Estado en la sociedad capitalista contemporánea. La mención a las luciérnagas al inicio de &lt;em&gt;El caso Moro &lt;/em&gt;constituye un homenaje de Sciascia, aunque no dedicado esta vez —como solía ser habitual— a Pirandello, su admirado paisano, sino a Pier Paolo Pasolini.&lt;br /&gt;Pocos meses antes de su brutal y turbio asesinato, Pasolini había escrito un artículo donde proponía dividir la historia de la Democracia Cristiana (partido hegemónico en Italia durante más de cuatro décadas) en dos fases, cuyo parteaguas se ubicaría a inicios de la década de los 60, durante la época en que la contaminación ambiental provocó la súbita desaparición de las luciérnagas, cuando menos dentro de ciertas porciones del territorio italiano.&lt;br /&gt;Antes de iniciar su puntual desmenuzamiento del secuestro y la ejecución de Aldo Moro (uno de los líderes históricos de la Democracia Cristiana) a manos de las Brigadas Rojas (organización armada de extrema izquierda), Sciascia retoma la idea de Pasolini en el sentido de que, a partir de la desaparición de las luciérnagas, Democracia Cristiana comenzó a configurar e instrumentar un lenguaje nuevo; una jerga que, simulándose depositaria exclusiva de la capacidad de enunciación de la realidad pública, en realidad no estaba diciendo nada, no pretendía decir nada; una forma de expresarse enrevesada, hermética, incomprensible, destinada menos a explicar los motivos detrás del poder que a preservarlo a toda costa sin tener que darle explicaciones a nadie. Un cantinfleo político a la italiana, que merecería ser contrastado tanto con el que empleaban sus pares mexicanos durante la época dorada del priísmo, como con el dialecto policiaco-empresarial de nuestra actualidad panista.&lt;br /&gt;Cada vez que escucho a los voceros de nuestras administraciones federales, estatales y municipales, aseverando que para revertir los devastadores daños provocados por el rumbo económico, político, cultural y social tomado por el país durante los últimos treinta años, no existe más alternativa que aprobar las reformas estructurales que le permitan al país profundizar el rumbo económico, político, cultural y social que ha tomado el país durante los últimos treinta años, me da por sentirme no sé bien si en el bote de basura donde tiraban Franz Kafka o cualquiera de los dramaturgos del Teatro del Absurdo sus borradores malogrados, o más bien en la pista de un circo de tercera, recibiendo bofetadas vestido de payaso.&lt;br /&gt;Sin embargo, las opciones para leer &lt;em&gt;El caso Moro&lt;/em&gt; en clave mexicana y actual van más allá de la institucionalización política, empresarial y mediática de una retórica devastadora y hueca. El filón temático llamado a hacer de la primera edición mexicana del libro (este año, a cargo de Tusquets) un pertinente acontecimiento editorial, literario y reflexivo, es sin duda la manipulación retórica del concepto “razón de estado”, que un gobierno puede llegar a consentirse para pasar por encima del más elemental derecho a la sobrevivencia de aquellos a quienes en teoría sería su obligación salvaguardar.&lt;br /&gt;Hace más de cinco años que no veo en Morelia una sola luciérnaga. La penúltima vez que sucedió, íbamos de regreso a casa hacia el anochecer. El fraccionamiento donde vivo estaba todavía en proceso de construcción y escasamente habitado, de modo que varias de las originales prendas rurales del territorio que la empresa urbanizadora había adquirido para alzarlo, se mantenían intactas para los pocos (y en ese sentido afortunados) vecinos. Bajábamos del camión cuando advertimos que la glorieta de acceso estaba poblada por un cúmulo de flotantes lucecillas blanquecinas. Bárbara, espécimen urbano a quien hacía apenas unos días la falta de alumbrado público le había revelado la increíble potencia de la luna llena en medio de la intemperie nocturna, se quedó largo rato ahí, sola, mirándolas.&lt;br /&gt;Aquellas luciérnagas permanecieron entre nosotros no recuerdo durante cuántos días. Caprichosas, impredecibles, inconstantes y, sin embargo, irrefutablemente puntuales. Una noche salías a buscarlas y no aparecían por ningún lado, haciéndote maliciar crueldades infantiles armadas de frascos, matamoscas y alfileres, indeseables y fulmíneos exterminios a cuenta de un escape abierto, o espejismos, ilusiones y engañifas torpemente entretejidos por un exceso de fantasía, deseo y deformación literaria. Y luego, cuando tú andabas en otra cosa y no tenías tiempo, cabeza, corazón ni piel para luciérnagas, volvían a aparecer, aunque ya no llegaran a desplegar otra vez la vistosa espectacularidad del primer encuentro.&lt;br /&gt;Despedimos el fin de la estación con cierta melancolía, que la alborozada expectativa del reencuentro atenuaba. Pero el año siguiente no se dignó a regalarnos siquiera el torpe consuelo de una desaparición absoluta, capaz de ayudarnos a olvidar sin más ni más el prodigio. La desaparición de las luciérnagas vino a hacerla más evidente y dolorosa la solitaria presencia de su viviente resplandor una sola noche, en la ventana. Un único bichito errabundo al otro lado del cristal, que en la parsimonia de su vuelo sugería no tanto la hipotética guarida de la que sin duda había brotado, como la instauración de un definitivo exilio.&lt;br /&gt;El día que secuestraron Aldo Moro, la prensa y la clase política italiana reaccionaron en unánime bloque. Se trataba según ellas de un desafío contra el Estado Democrático, que éste no podía excusar. “El país acepta el desafío” es para Leonardo Sciascia la frase que mejor sintetiza la retórica dominante por esas fechas. Y añade enseguida: “Tragicómica retórica, cuando la leemos cuatro meses después y con un único terrorista detenido”.&lt;br /&gt;Me pregunto qué opinión le hubiera merecido a Sciascia la retórica dominante del poder económico, político y mediático mexicano, empecinada en que nuestra “democracia imperfecta” debe afrontar en términos de mano dura y despiadada guerra sin cuartel el desafío que representa el crimen organizado. Me pregunto sobre todo a qué término se puede apelar, ante la clara insuficiencia de “tragicómico”, cuando seguimos escuchando el mismo intacto sonsonete seis años después, con un crimen organizado patentemente dueño del país, intacto o más bien consolidado en sus prebendas, penetración y alcances, tal lo atestiguan sólo la semana pasada (¿para qué ir más lejos o más cerca?) los botones de muestra de Guerrero y Veracruz.&lt;br /&gt;En 1978, la Democracia Cristiana decidió inmolar a Aldo Moro, negándose a la negociación que le hubiera salvado la vida, en nombre de la razón de Estado. En nombre de la razón de algo que ella misma se había encargado de conservar inexistente durante décadas (dice Sciascia: “la razón por la que al menos una tercera parte del electorado se identificaba y se identifica con el partido democristiano radica precisamente en que éste no tiene ninguna idea de Estado, cosa tranquilizadora y hasta tonificante”). ¿En nombre de quién merece colocarse en perspectiva de inmolación a la población civil de todo un país?&lt;br /&gt;Hace cosa de un año, cierta noche de sábado, mataron a balazos a dos personas a la entrada de la calle donde vivo. Un problema personal: alcohol de más, palabras de más, uno de los rijosos que a punta de pistola finiquita primero la discusión con su interlocutor, y luego persigue a la joven que lo acompañaba, para abatirla en la puerta misma de uno de mis vecinos. Los partes periodísticos dirán que se trató de un crimen ajeno por completo a la delincuencia organizada. El punto donde cayó la primera víctima debe hallarse a la misma distancia de la glorieta donde hace más de un lustro vimos a las luciérnagas mientras bajábamos del camión, y de la ventana donde aquel otro bichillo nos anunció un año más tarde no solamente su exilio, sino también el nuestro.&lt;br /&gt;Esa noche me tocó escuchar los balazos y los gritos, así como mirar la confusa carrera a lo lejos, a través de las cortinas. Bárbara dormía. Yo estaba viendo una película de Godard. &lt;em&gt;Made in USA&lt;/em&gt;, de 1966.&lt;br /&gt;La glorieta de las luciérnagas está llena de basura que los perros dispersan y que nadie recoge, porque nadie considera que esa basura sea suya. Tal vez parezca absurdo pensar que eso tenga alguna relación con la delincuencia organizada. Pero yo pienso que sí. Tanto con la delincuencia organizada desde la razón de Estado, como con la delincuencia organizada más allá de toda razón y todo Estado.&lt;br /&gt;Al final de &lt;em&gt;Made in USA &lt;/em&gt;de Godard, dos personajes hablan de las batallas por venir. Las batallas de la Historia, antes de que la mayúscula comenzara a estar mal vista y resultara políticamente incorrecta; las batallas de la izquierda, antes de que la mala conciencia ante sus propias miserias la redujera a insustancial añagaza geométrica ante el reparto del poder. Una mujer y un hombre conversan en un auto, camino no se sabe bien hacia dónde.&lt;br /&gt;Pienso que estar viendo esa película esa noche justa, tampoco tuvo nada de casual.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-rkwYBHy1Bp0/ToIKiCDPrXI/AAAAAAAAAHE/IrbpsLqjmxI/s1600/godard%2B1.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 300px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5657095661713075570" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-rkwYBHy1Bp0/ToIKiCDPrXI/AAAAAAAAAHE/IrbpsLqjmxI/s400/godard%2B1.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-3729287263460415585?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3729287263460415585'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3729287263460415585'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/09/luciernagas.html' title='LUCIÉRNAGAS'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-AATyuSYE8Fk/ToIKiRaBdUI/AAAAAAAAAHM/myBSKa7lCFU/s72-c/godard.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-7757976489756830821</id><published>2011-08-13T14:12:00.000-07:00</published><updated>2011-08-13T14:21:42.741-07:00</updated><title type='text'>INTERPRETE MI SILENCIO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-5NBsE1wRfEc/TkbqzYooLuI/AAAAAAAAAGM/AoRjSQHs-x0/s1600/DSCN5451.JPG"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5640453751835209442" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-5NBsE1wRfEc/TkbqzYooLuI/AAAAAAAAAGM/AoRjSQHs-x0/s400/DSCN5451.JPG" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;1. NO VOLVERÁN TUS OJOS A MIRARME.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;“Si no fuera / Por mi / Buena salud / Ya me habría / Muerto”.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Efraín Huerta. Poemas prohibidos y de amor.&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;a.&lt;br /&gt;Martes 20 de abril de 1993. Los telenoticieros nocturnos dan cuenta del fallecimiento de Mario Moreno, apenas hace unas horas. En una esquina, un puesto ambulante de lámina blanca. Despacha un gordo solitario que ve la televisión. Sólo de bistec y chorizo, los de tripa se acabaron. Aparece un harapiento viejo, con todos los años de este mundo sobre las espaldas. Tras ordenar, atiende por un instante a la pantalla; luego dice:&lt;br /&gt;—Lo que hay que ver. Yo a ese señor del que hablan lo conocí en el momento mismo. Aunque puede que haya sido un poco antes, ya ve usted que con la edad a uno lo que no se le olvida lo inventa. Pero no por eso va a andar aguantando lo de la jubilación, que ni para lentejas alcanza. Bueno, yo no estoy jubilado, pero igual me siento indigno porque da coraje. Aunque a fin de cuentas uno mismo tiene la culpa, ¿para qué se hace viejo? Tan bonito que es andar por el mundo joven, bello y rozagante. Por eso yo comprendo que el difunto éste acabara por hacerse la restirada plástica. Ora que para res tirada vamos todos y jalones más, jalones menos. Dicen que los gusanos no le hacen el feo a las arrugas.&lt;br /&gt;“¿Cómo que de quién estoy hablando? Pues del occiso que hace rato no era porque inclusive. Y me extraña. Pero depende, ¿no? Porque Marios Moreno ha de haber un montón; como para aventar pa’ arriba. ¿Que quién soy yo para andarle faltando a un difunto tan ilustre? Pues no es por dárselo a desear, pero aquí donde me ve se me hace que… pa’ pronto. Yo más que faltarle ando sobrándole, y como me quite la gabardina no va a ser para deleitarle las niñas de los ojos. Y no me llamo, señor; me llaman. Porque introspecto y tergiversado iba a verme gritando por la calle igual que la Llorona: “¡Ay, Cantinflas! ¡Ay, Cantinflas! ¿Dónde estás?”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;b.&lt;br /&gt;Miércoles 21 de abril de 1993. Mario Moreno “Cantinflas” ha sido sepultado. En Morelia, hacia la media tarde, llovió.&lt;br /&gt;Y yo pienso, o recuerdo que pensaba. Si las coordenadas de la memoria colectiva se mantienen tan eficaces como antaño. Si, sobreponiéndose a las tentaciones del velorio mercantil y del luto institucional, los resortes de la mitología son capaces aún de provocar aquella añeja costumbre suya conocida como milagro. Si esta atmósfera de duelo tiene sabor a pérdida de un entrañable pedazo de vida. Si en el “peladito” distinguimos rastros claramente identificables de lo que hemos sido y somos, pero sobre todo de lo que ya jamás volveremos a ser. Si se nos muere algo más que una sombra. Si velamos, no a una celebridad que adulaba presidentes y anunciaba tarjetas de crédito, sino algo que es infinita e indefiniblemente nuestro. Si la nueva generación mira azorada la tristeza de buena parte de sus mayores. Si los mayores miran azorados la cortés indiferencia de buena parte de la nueva generación. Si transcurrir, dejar de ser para estar siendo (y sólo así ser), continúa resultando un ejercicio doloroso como el diablo.&lt;br /&gt;Entonces, la monumental granizada de hace un rato tuvo nada de casual.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. NI TUS OÍDOS ESCUCHARÁN MI CANTO.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;“Tanto pudo la fama encarecerlo / y tanto las noticias sublimarlo / que sin haber llegado a conocerlo // llegó con tanto extremo el reino a amarlo, / que muchos ojos no pudieron verlo / mas ningunos pudieron no llorarlo”.&lt;br /&gt;&lt;em&gt;Sor Juana Inés de la Cruz. Sonetos. &lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a.&lt;br /&gt;En el principio fue la carpa. Nacer y crecer bajo su amparo, rescatando lo que desata carcajadas y deshaciéndose de cuanto provoca lluvia de chiflidos, insultos, jitomates y líquidos de procedencia dudosa. Pero Cantinflas no es un fruto más de la vida carperil de la segunda y tercera décadas del siglo XX. Cantinflas es la suma de reminiscencias de una edad que el tiempo se ha venido encargando de borrar.&lt;br /&gt;Crecía el México moderno a la sombra de la Revolución. Lo rural delineaba en negativo los rasgos que hasta hoy siguen siendo su seña de identidad para nosotros, ante la omnipotente consolidación del horizonte urbano. Y allá, en el fondo de tal consolidación, se incubaba una pobreza festiva, ácida, risueña, al mismo tiempo inocente y cábula, ingenua y abusada, cómica y bronca, despiadada y tierna. Los momentos de mayor gloria para Mario Moreno son aquellos en que Cantinflas, a través de su insensato discurso y su gesto cadencioso, desde tal subsuelo consigue dar cuenta de la patria toda. Una patria siempre transitiva. Películas como “Así es mi tierra”, “Águila o sol” y “Ahí está el detalle” no sólo continúan funcionando como lúcido testimonio del tiempo y el país que fuimos, sino que mantienen intacta su demanda y estatura como clásicos del cine mexicano. Ninguna comedia llevada a la pantalla durante las últimas décadas consigue aproximárseles; ni de lejos.&lt;br /&gt;Con el paso de los años, los nuevos intereses de Mario Moreno pasarán sin reparo alguno por encima de los alcances históricos y estéticos de Cantinflas. Incapaz de seguir a su creador en la ruta del éxito, el personaje termina por volver a la calle, para crecer y transformarse con el México que le dio vida y con el que sin remedio morirá. Cuando Mario Moreno emprende la producción sistemática de una o dos películas anuales, está firmando por anticipado el acta de defunción de Cantinflas. Traicionará al peladito de arrabal, todo incorrección, vicios y malas maneras, en busca de argumentos novedosos y discursos asimilados a lo que la ética y la moral en turno entienden por edificante. Aprendices de científico, licenciados, curas y doctores se apropiarán tanto de su nombre en calidad de membrete, como de ciertos reconocibles rasgos que la fama convertirá en receta.&lt;br /&gt;Los momentos de más triste decadencia para Mario Moreno son los del cine en color. Cuando a la caza de moralinas y ganancias elevadas pretende que Cantinflas se convierta en portavoz de las histéricas fobias del capitalismo (“El ministro y yo”), reivindicador servil de la institucionalidad priísta (“El profe”, “El barrendero”, “El patrullero 777”), y cultivador de un humor aletargado, sin filo, ramplón, melodramático y chato, preludio del Chespirito por venir (súmense a las ya enunciadas “El extra”, “Por mis pistolas”, “El padrecito”, “El bolero de Raquel” y un largo etcétera). Apenas momentos cada vez más fugaces para evocarle al espectador lo que había sido pero ya nunca jamás volvería a ser.&lt;br /&gt;Que cada quien vele y venere el pedazo de identidad nacional que le toca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;b.&lt;br /&gt;Martes 20 de abril de 1993. En la misma esquina. El mismo puesto ambulante de lámina blanca. El mismo gordo solitario que despacha y el mismo harapiento viejo, con todos los años de este mundo sobre las espaldas.&lt;br /&gt;—Ya está así como que llegándose la hora, de modo que a darle. Se anota en la lista cuatro de bistec, dos de chorizo y un refresco. Las cebollitas no, porque estaban medio desabridonas. Ahí me lo anota en la lista y paso a liquidar el día del juicio. Ay, mira cómo eres. ¿A poco va a cobrarle a un circunspecto de finado lo que, dijéramos, es como cuando diosito partió el pan nomás que sin apóstoles? O sea la última cena antes de qué después, ¿y luego? Pero si ora es cuando. Mire que si llama al gendarme voy a llegar tarde al velorio y me van a cerrar el cajón. Luego le toca a uno viajar al otro mundo en trolebús. Ya ni lo que no obstante, de verdad que no es broma. Yo soy el que era, porque el otro ya no es ni lo que era ni lo que dejó de ser. ¿Y yo? Deje le explico. “Desde el momento en que no fui quien era, nomas… interprete mi silencio”&lt;span style="font-size:85%;"&gt;1&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;Adiós para siempre. Adiós.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;1 Cantinflas a Manuel Medel en “Águila o sol” de Arcady Boytler. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-7757976489756830821?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/7757976489756830821'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/7757976489756830821'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/08/interprete-mi-silencio.html' title='INTERPRETE MI SILENCIO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-5NBsE1wRfEc/TkbqzYooLuI/AAAAAAAAAGM/AoRjSQHs-x0/s72-c/DSCN5451.JPG' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-2404629960851318993</id><published>2011-08-06T15:54:00.000-07:00</published><updated>2011-08-06T15:57:33.072-07:00</updated><title type='text'>CAMINOS EN EL AIRE</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-gtFkzmV8gAI/Tj3GxPXLzAI/AAAAAAAAAGE/pLJtCSZG_ZY/s1600/DSCN5372.JPG"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5637880857777392642" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-gtFkzmV8gAI/Tj3GxPXLzAI/AAAAAAAAAGE/pLJtCSZG_ZY/s400/DSCN5372.JPG" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Hacia el final del primer capítulo de Rayuela, Horacio Cortázar y Julio Oliveira nos comparten su serena aceptación de lo prodigioso, como una constante a la vez impredecible y fatal de la existencia. Una constante acostumbrada a colarse menos por los espectaculares zaguanes del vestíbulo que por las modestas ventilas que el uso cotidiano se afana en domesticar hasta la invisibilidad.&lt;br /&gt;“Por mi parte ya me había acostumbrado a que me pasaran cosas modestamente excepcionales” comenta. Y un poco más adelante ejemplifica: “…oír el silbato de una locomotora exactamente en el momento y el tono necesarios para incorporarse ex officio a un pasaje de una sinfonía de Ludwig van”.&lt;br /&gt;Pensaba en eso hace unos días, mirando el Eje Central Lázaro Cárdenas desde el último piso de la Torre Latinoamericana. Si los miradores inmediatos inferiores del rascacielos se abren a los cuatro puntos cardinales a través de cristal, ese culminante punto del ascenso lo hace mediante una sólida malla metálica, que permite filtrar al desnudo las corrientes del aire, los haces diversamente ambarinos de la resolana y los rumores en sordina de la inmensa ciudad.&lt;br /&gt;Será la evidencia de altura que la intemperie sin disimulo denuncia, la inexistencia de máquinas despachadoras o puestos de suvenires, la estrechez del espacio hasta para tomarte una foto. Será que llegando a semejante punto, de verdad no queda demasiada alternativa más allá de mirar. Lo cierto es que la atalaya final predispone al recogimiento, la cavilación solitaria, el diálogo breve y como en susurro. O eso me parecía a mí en aquel instante. Habíamos llegado a la taquilla de la planta baja a media mañana, y delante nuestro sólo había una persona aguardando turno. En el elevador habíamos viajado holgados (sin apretujones de ninguna especie), frente a las cristaleras no había sido necesario disputar sitio con nadie, y ahora mismo la mayor parte de los catalejos y binoculares de monedas estaban disponibles para quien quisiera usarlos.&lt;br /&gt;Así que era posible y hasta diría yo que inevitable cierta sensación de intimidad y apartamiento. Asomarse al horizonte cuadrangular, dejando que te invadiera con presunciones de marea en asenso la inimitable y honda melancolía de esa ciudad. “La ciudad con las caras más tristes del mundo” la llamó alguna vez Jerome Charyn.&lt;br /&gt;En principio, no reclamó mi atención que hasta aquellas apartadas alturas alcanzara a llegar música de organillo. Había visto al organillero en la esquina antes de subir. De hecho le había dado unas monedas porque estaba tocando “La barca de oro”, esa obra maestra del inconsciente colectivo nacional a la que tan sabio partido supo sacarle Alejandro Jodorowsky en Santa Sangre. Por lo demás, el arrullo del organillo lleva décadas fungiendo de omnipresente fondo sonoro en el centro histórico capitalino, y antes bien lo que extraña es no encontrártelo a la vuelta de cualquier recodo cuando caminas por él. Pero mientras desde el último piso de la Torre Latinoamericana miraba yo como miniaturas de maqueta las tolderías del ambulantaje en la Alameda Central, me vinieron de pronto a la memoria las bocinas a todo volumen de los puestos de discos, así como los amplificadores y bafles de algunos merolicos y músicos ambulantes. Y por añadidura, los muchos establecimientos comerciales de la zona con estridencia electrónica compartida hacia la calle. Me pareció entonces que, obedeciendo a la más elemental de las lógicas, si las notas del organillo alcanzaban a escucharse, debían poder escucharse y deslindarse también otros sonidos. Agucé el oído por un rato. Inútilmente. Cuanto conseguía distinguirse sin género de dudas era un rumor uniforme de motores, el susurro del viento… y la tonada del organillo. Pude tal vez ir a probar suerte en alguno de los otros tres frentes de la torre, mas me abstuve de ello; el timbre del organillo, aunque nítido, resultaba sutil, y temía que se desvaneciera por los caminos del aire si me movía de mi puesto.&lt;br /&gt;Lo prodigioso o lo ridículo, o la comicidad terrena con que lo prodigioso se precave de rigideces y sacralizaciones, aconteció justo ahí. Maravillado por la comprobada evidencia de que la única música discernible era la del organillo, en un momento dado me pareció advertir que lo que estaba tocando era “Caminos de Michoacán”. Excesivo, lo sé. Y así lo pensaba, mientras con apaciguado desespero hacía intento de aislar del telón de barullo automotor el hilo de las notas. Tiene que ser un error o un alucine, me decía. Y me punzaba en el estómago la certidumbre de que en cualquier segundo iba a terminarse lo que fuera que el organillo estaba tocando en realidad, dando sitio a otra pieza. Cuando yo consiguiera focalizar sin obstrucciones la música, ya estaría sonando otra cosa; “No volveré” o “Las mañanitas”, maldije. Y me quedaría para siempre con la molesta duda y la inepta ilusión. Sí, en ese orden. Inepta e ilusión. Ya que lo a todas luces racional y evidente era que no podía tratarse, bajo ninguna circunstancia, de “Caminos de Michoacán”. En fin, la mezquina sensatez con que ya en automático devaluamos el milagro, por modesto que este sea, cuando al fin consiente entreabrirnos su incontestabilidad.&lt;br /&gt;La sensación de ridículo me la acentuaba el hecho de que, apenas la noche anterior, en el Sanborn’s del Ángel de la Independencia, mientras Bárbara compraba algo en farmacia y Emilio y yo mirábamos juguetes, desde el departamento de discos comenzó a escucharse a todo volumen un espantoso popurrí michoacano, cuyo leitmotiv central era “Juan Colorado”&lt;br /&gt;Indiferente a mis conflictos y complejos, el organillo siguió repitiendo una y otra vez los mismos idénticos motivos. Siempre como a punto de diluirlos por los caminos del aire, cada vuelta sosteniéndole su intacto margen a la duda. Férreo y sutil, inaprensible y monótono. De piedra y viento. Como es esa ciudad; como es el corazón de la obsidiana. A fuerza de reiteración, terminó por quedar claro que, pese a mi vergüenza, mi indignación y mis escrúpulos, lo que estaba sonando era sin lugar a dudas “Caminos de Michoacán”.&lt;br /&gt;Como había hecho la noche anterior, le compartí a Bárbara ese desliz de absurdo, pretendiendo no sólo acompañar el azoro, sino también tal vez disponer a futuro de un aval o un testigo. Ociosa pretensión. De modo saludable, y a pesar del tiempo acumulado, Bárbara sigue sin ser capaz de identificar ni las más reconocibles prendas del folklore michoacano. Así que aquel absurdo exceso de geometría quedaba para mí solo, sin agregadas garantías que al volverlo testimonio fueran a servir de comprobación ante potenciales escuchas o lectores.&lt;br /&gt;Emprendida la vuelta a tierra firme, ya desde el mirador acristalado del piso inmediato inferior nos sorprendió la cantidad de gente que marchaba en sentido inverso. Filas, grupos, corrillos. Adolescentes vociferando a voz en cuello, ancianas acomodando familiares para la foto, niños apelotonados frente a las maquinas de golosinas. En la planta baja, una dilatada hilera de turistas aguardaba turno para llegar a taquilla. Y no era que nosotros hubiéramos arribado precavida o llamativamente temprano. Era sólo que nos había tocado hallarnos allá arriba durante el único lapso y bajo las propicias condiciones para que yo pudiera escuchar “Caminos de Michoacán” al organillo. Seguro que para ese entonces, en el último piso, ya era más bien difícil permanecer demasiado rato en el mismo lugar, o escuchar algo que no fueran las voces de la propia multitud de visitantes.&lt;br /&gt;Cuando salí a la calle, la sensación de ridículo había cedido. Aunque, como en Horacio y Julio, mantenía sobre mí la impronta suficiente para evitar el abuso de sentirme Maldoror de bolsillo, demiurgo trastocado por la gracia. Era, ni más ni menos, un tipo igual a los miles que en aquel mismo instante aguardaban conmigo el cambio de la luz en el semáforo. Cada uno con su personal catálogo de insólitos gratuitos y elocuentes; ninguno de los cuales sirve para revelar si dios existe, si un mundo nos vigila, si vamos de la nada hacia la nada. Pero a la luz del mismo, la vida te recuerda hasta el final que es bastante más amplia de lo que te supones. Busqué con la mirada y el oído al organillo. Estaba en el mismo rincón donde lo había dejado. Tocaba “Las Mañanitas”.&lt;br /&gt;Cambio la luz, atravesé la calle. Y no iba solo. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-2404629960851318993?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/2404629960851318993'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/2404629960851318993'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/08/caminos-en-el-aire.html' title='CAMINOS EN EL AIRE'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-gtFkzmV8gAI/Tj3GxPXLzAI/AAAAAAAAAGE/pLJtCSZG_ZY/s72-c/DSCN5372.JPG' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-8201994016183605276</id><published>2011-07-21T19:47:00.000-07:00</published><updated>2011-07-21T20:25:49.206-07:00</updated><title type='text'>BYE, CITY BLUES</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-XGOsVXvT1vQ/TijnE6JJiaI/AAAAAAAAAF8/txc2pNTb-Y0/s1600/Big%2Bsleep%2B2.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 396px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5632005405539928482" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-XGOsVXvT1vQ/TijnE6JJiaI/AAAAAAAAAF8/txc2pNTb-Y0/s400/Big%2Bsleep%2B2.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;em&gt;Los Angeles, cerca del año 2000. &lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Anoche tuve un sueño.&lt;br /&gt;A estas alturas, ya sólo eso representaría en mi vida un hecho extraordinario. No acostumbro soñar. He aprendido a aceptar mis noches como un largo pasillo abierto a multitud de puertas negras (cuando duermo), o como un techo carcomido y mohoso a dos metros de mi rostro (cuando sufro de insomnio).&lt;br /&gt;Sin embargo, anoche soñé. Primero con un hombre llamado Canino, al que cierta vez le metí unas cuantas balas en el pecho. Después con otro hombre, llamado Terry Lennox, por quien pasé varias noches en la cárcel y me aficioné a los gimlets en el bar de Víctor. Pero eso no es importante. Todo aquel que llega a viejo lo consigue en buena medida porque ha sido capaz de aprender a vivir con sus fantasmas (el resto es condición física y suerte). Y los fantasmas vienen igual, con sueño o sin él.&lt;br /&gt;Lo curioso, lo extraño, vino después. Me soñé en México.&lt;br /&gt;He ido a México. He estado en Tijuana, en Mexicali y hasta alguna vez tuve que pasar un par de noches siguiendo a un hombre por las calles de Saltillo (el hombre se esfumó, yo recibí una buena paliza y el abogado que me había contratado se negó a pagar incluso los gastos del hospital). Sin embargo, esto era algo totalmente distinto.&lt;br /&gt;Estaba en un pequeño apartamento con dos dormitorios, estancia, cocina y baño. Puertas, molduras y muebles eran de maderas olorosas y cargadas de penumbra; había pinturas de tonos oscuros y repisas colmadas por multitud de objetos que bien podrían haber estado rematándose en un bazar.&lt;br /&gt;Todo el sueño transcurría ahí. ¿Cómo puedo pues saber que me encontraba en México? Bueno, pues cuando uno ha dedicado la vida a trabajar como detective aprende a mirar de cierta especial manera. No hablemos de sexto sentido, sino simplemente de una observación más detenida, desapegada y cínica de los objetos y las personas.&lt;br /&gt;Estaba en México. Yo, el de hace unos cincuenta años. El Marlowe ocurrente y simpático que por doscientos dólares más gastos se dejaba romper la dentadura y que tenía una amplia gama de irónicas sonrisas para cada ocasión. El Marlowe duro e implacable que no se detenía ante nada cuando se trataba de comprobar que en el hueco de cualquier escalera, bajo cualquier ventana, detrás de cualquier puerta, hay siempre un enorme vertedero de basura. Ese Marlowe. El del pañuelo en el bolsillo del saco, la botella de whisky en el segundo cajón del escritorio y la 38 en la guantera del Oldsmobile. El único, el incomparable, el original: Marlowe. Y estaba en México, mirando una pequeña colección de máscaras que pendían de la pared. Máscaras indias alternándose gestos extremadamente cómicos o extremadamente grotescos, o ambas cosas. Máscaras de tigres, de soles y de ancianos, libros, papeles, libretas, dos pantallas de mimbre para hacer de la luz un pretexto de acogedoras tibiezas.&lt;br /&gt;Miraba las máscaras y pensaba en el rostro de los hombres; un rostro incapaz de volver a esa furiosa armonía que sin duda había generado él mismo en el pasado, bailando alrededor de una hoguera, venerando fuerzas incomprensibles pero infinitamente más cercanas. Hay gente que hasta incluso cobra por pensar cosas como ésa. Antropología me parece que le dicen.&lt;br /&gt;Al principio creía estar solo. Fumaba, veía los objetos y las pinturas y no tenía especial interés en que las cosas fueran de otro modo. De pronto, advertí que tenía compañía. En uno de los dormitorios, sentada en una mecedora como un pájaro sin prisa por alzar el vuelo, había una mujer. Morena clara, frágil, delgada como el humo de un cigarrillo dispersado por la brisa del invierno, con dos trenzas de pelo oscurísimo bajando hasta asentarse en los pechos. Iba desnuda, sin que eso de momento tuviera ninguna significación particular; y aunque su cuerpo no se ajustara al modelo que yo generalmente preferí (rubias voluptuosas con valles, depresiones y colinas capaces de enloquecer al más avezado explorador), había en su frágil arquitectura, en su triste seriedad, en su aire de niña enfermiza y desamparada, algo que ahora, despierto y envejecido en esta habitación mugrienta, me hace lamentarme por haber llegado tarde, por no haber sido capaz de ordenar la ruta de los azares para que nuestros caminos tropezaran más allá de este sueño que relato.&lt;br /&gt;Tenía un libro abierto sobre las piernas, fumaba y bebía. Lloraba, tratando de evitar que las lágrimas mancharan la página que estaba leyendo.&lt;br /&gt;—Si el libro es tan triste, tal vez sería mejor que no lo leyera —sugerí, recargándome en el marco de la puerta.&lt;br /&gt;Alzó la mirada y me sonrió entre el llanto. No podía establecer su edad. Más tarde llegó a decirme que estaba vieja y cansada, pero más daba la impresión de ser una adolescente a la vez temerosa y desafiante, llena de inquietudes y deseos que terminaban por resolverse en angustias. Me invitó a sentarme.&lt;br /&gt;La pequeña habitación tenía tres de sus cuatro paredes repletas de libros. Una estantería de madera allá, otra de metal aquí, algunas repisas improvisadas acá. A mi derecha una ventana mostraba el paisaje nocturno de un pedazo de ciudad desconocida; la luna llena brillaba en el cielo. Me senté en el piso, apoyado sobre un par de gruesos cobertores que hacían las veces de cama.&lt;br /&gt;Me ofreció una copa de tequila y un cigarrillo.&lt;br /&gt;—¿De qué se trata? —inquirí, aceptándolos.&lt;br /&gt;La mujer se humedeció los labios y meneó tenuemente la cabeza.&lt;br /&gt;—No hay mucho qué decir —murmuró.&lt;br /&gt;Cada vez que el llanto se le agolpaba en los ojos, enrojeciéndolos, apretaba los párpados y apuraba un largo sorbo de tequila. Traté de igualar su ritmo, pero me hubiera sido imposible. A ella la movía un devastador río de fuego interior; a mí, de momento, sólo su figura triste y desolada.&lt;br /&gt;Pasó un largo rato. De vez en vez, ella le daba una vistazo a la página del libro que seguía abierto sobre sus piernas, aunque era evidente que su atención estaba en otra parte.&lt;br /&gt;—¿Qué quiere de mí? —pregunté.&lt;br /&gt;—Yo no lo llamé —respondió ella, encogiéndose de hombros&lt;br /&gt;Medité eso durante medio cigarrillo y dos sorbos de tequila.&lt;br /&gt;—De cualquier modo ya estamos aquí —dije—. Hable si eso le representa alguna ayuda. Si no, acabemos con esa botella, digámonos algunas frases corteses y despidámonos sabiendo que, por una noche, la soledad se privó de nosotros. No es gran cosa, pero apenas puedo ofrecerle poco más.&lt;br /&gt;—Yo no lo llamé —repitió en voz baja. Luego se me quedó mirando como si hasta entonces hubiese advertido mi presencia, con una mezcla de curiosidad y fastidio, y añadió—: ¿De dónde viene?&lt;br /&gt;De Los Angeles. Venía de Los Angeles. Un lugar tan bueno y tan malo como cualquiera, salvo Bay City en los viejos tiempos. Venía de una oficina polvorienta, cuyo recibidor siempre tenía la puerta sin llave por si algún cliente llegaba en mi ausencia y se tomaba la molestia de esperar. Venía de un apartamento amueblado de manera convencional, donde sólo un vetusto juego de ajedrez podía aportar algún indicio sobre las aficiones del inquilino. Venía del eco de unos pasos resonando en calles progresivamente hostiles, venía de buscar sin que el objeto de mi búsqueda fuese ya ni siquiera un poco claro.&lt;br /&gt;La mujer volvió a llenar mi copa. Casi había logrado igualar su ritmo. Todo era cuestión de seguir abriendo paso con las confidencias en medio de la noche.&lt;br /&gt;Entonces comenzó a hablar de laberintos y espejos rotos, de voluntades insobornables y de huesos doloridos. Al final de todo, siempre, estaba la soledad. Poco importaba si la silueta recortada por la lluvia era la de un hombre con gabardina y sombrero sobre el fondo de un callejón, o la de una mujer lánguida y morena acariciando las cicatrices de su reflejo en los charcos. Al final del callejón, en el reverso del charco, más allá, siempre estaba un paisaje vacío, una madrugada abierta al infinito infinitamente mudo.&lt;br /&gt;Me pidió que apagara la luz. La luna a través de la ventana nos volvió azules.&lt;br /&gt;Seguimos hablando, hundiéndonos irremisiblemente en el relato de rostros, voces y situaciones que al otro, como siempre ocurre en estos casos, no podrían significarle más de lo que eran: testimonios de fantasmas contados por un extraño. No obstante, al final iba quedando un sedimento común que nos aproximaba de manera casi imperceptible al mismo territorio. Más allá de la mera anécdota, todo era lo mismo: abrir puertas sin llegar a saber detrás de cuál está escondida la verdad; ser vapuleado, ignorado, escupido, pisoteado y sin embargo sentir que hay una línea que no debe quebrarse, un aliento que no debe escurrirse, un reducto que no puede quebrantarse si por las mañanas uno quiere poder seguir mirándose a los ojos en el espejo. No sabría cómo llamarlo. Ella, mientras se decía vieja y cansada, habló de honestidad. Yo acompañé la confesión de mis ancianidades y mis cansancios con la certeza del alto costo que debe pagar quien se niega a tener precio.&lt;br /&gt;Cuando la luna se perdió en el marco superior de la ventana, estábamos bastante bebidos. Seguíamos siendo azules, pero de un azul más concentrado, más oscuro, más sombrío. Ella tenía sueño y me pidió que extendiera los cobertores en los que estaba yo sentado. Mientras lo hacía, habló un poco de hombres y yo le respondí hablando un poco de mujeres. Amor ha sido siempre una palabra extraña en mi boca. Soy un tipo duro (o solía serlo) y en mi oficio las pasiones son vividas por los otros. Así que dejé que siguiera sola, que forzara los muros de su comprensión tratando de explicar lo inexplicable.&lt;br /&gt;Cuando los cobertores estuvieron extendidos en el piso, tomé su cuerpo desnudo en mis brazos (era tan liviana, tan frágil) y la recosté. Ella apretó el libro contra su pecho. La arropé suavemente, sintiendo una leve opresión en el estómago. Estaba amaneciendo y yo debía marcharme, como un vampiro. Era sólo un sueño.&lt;br /&gt;Los muros iban desvaneciéndose, los libros se confundían con las sábanas amarillentas de una cama, la ventana se convertía en un anaquel desvencijado y repleto de medicinas. Sólo quedaban sus ojos, su sonrisa y sus pechos sobresaliendo del cobertor. Me incliné y la besé en los labios húmedos. Ella me acarició el rostro durante un segundo y abrió su libro en las últimas páginas. Leyó:&lt;br /&gt;—Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final.&lt;br /&gt;Luego se desvaneció y yo, anciano y enfermo de nueva cuenta, rechacé el jarabe que una gorda enfermera pretendía obligarme a beber. Dos de las diez camas estaban vacías otra vez. Dos nuevos cuerpos estaban siendo incinerados en algún sitio en ese mismo momento.&lt;br /&gt;Le enfermera insistió con el jarabe. Yo le sugerí que no se molestara. Estaba por irme y lo único que quería era ver el cielo por última vez. Ella asintió, comprensiva; en su trabajo y en el mío siempre ha sido fácil advertir el rostro de la muerte en los ojos de los otros.&lt;br /&gt;Permanecí acodado en la ventana, mirando la basura en el callejón. Aun cuando tosía de manera lamentable, cerrando los ojos podía sentir todavía esos labios húmedos bajo los míos, el azul de una penumbra límpida y tibia, y entonces todo lo demás importaba poco.&lt;br /&gt;Era bueno haber descubierto, así fuera en el último instante, que existen pieles para las que ni el olvido ni la muerte han podido inventar la forma de decir adiós.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;color:#ffffff;"&gt;(de &lt;em&gt;El canto de las ranas&lt;/em&gt;. Verdehalago 2004)&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-8201994016183605276?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8201994016183605276'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8201994016183605276'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/07/bye-city-blues.html' title='BYE, CITY BLUES'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-XGOsVXvT1vQ/TijnE6JJiaI/AAAAAAAAAF8/txc2pNTb-Y0/s72-c/Big%2Bsleep%2B2.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-8999417183431954608</id><published>2011-07-02T12:55:00.000-07:00</published><updated>2011-07-02T13:14:09.576-07:00</updated><title type='text'>LA SAETA</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/-F0JxuE3i7bQ/Tg97MYLntxI/AAAAAAAAAFs/EkNuJfuks1U/s1600/serrat%2B03.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 173px; DISPLAY: block; HEIGHT: 335px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5624849912188876562" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/-F0JxuE3i7bQ/Tg97MYLntxI/AAAAAAAAAFs/EkNuJfuks1U/s400/serrat%2B03.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;&lt;a href="http://www.youtube.com/watch?v=V3iE9orPC4A"&gt;http://www.youtube.com/watch?v=V3iE9orPC4A&lt;/a&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Hay poemas que al volverse canciones parecieran encontrar la plenitud. Poemas a los que, felizmente, la música consigue ponerles en evidencia toda su secreta y primigenia vocación de artefacto cantable. En lo personal, considero se trata de una vocación intrínseca a todo poema verdadero, aunque algunos nunca vayan a ser sometidos a exploración musical alguna, o aunque el resultado de los que sí lo son no desemboque siempre en el mejor de los puertos (después de todo, ¿qué ámbito creador puede jactarse de semejante infalibilidad?).&lt;br /&gt;Antonio Machado es un poeta español nacido a finales del siglo XIX, cuya producción más significativa corresponde a las primeras décadas del siglo XX; miembro de la llamada generación del 98, al lado de personajes como Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Leopoldo Alas Clarín y Ramón de Valle-Inclán, acometió la tarea de reinventar España desde las letras, de cara al paisaje y las gentes del presente, y de espalda a la servil imitación de los oropeles imperiales idos. Desde un punto de vista formal, su trabajo abrevaba menos en las florituras barrocas del Siglo de Oro Español que en la escueta frontalidad de las estructuras medievales; en términos temáticos, miraba las tradicionales obsesiones metafísicas del espíritu ibérico a través del paisaje natural y humano de todos los días, obteniendo una entonación más próxima a la conseja familiar o al refranero popular que al tratado de teología. Para buena parte de los cenáculos literarios actuales, abstraídos en las superficiales estridencias de la moda, herederos de la atávica obsesión por mantener ensimismada sintonía con lo nuevo, se trata de una travesía menor y sin remedio caduca, patrimonio exclusivo para temperamentos patológicamente provincianos así en las obsesiones como en los estilos.&lt;br /&gt;Joan Manuel Serrat forma parte de aquella generación a la que tocó llevar a cabo la llamada Transición Española. Niños hondamente marcados por el contexto cultural del franquismo, que perdieron la virginidad en medio de la efervescencia juvenil de los años sesenta, se hicieron adultos con la muerte del dictador, alcanzaron la madurez con el Partido Socialista en el poder y comenzaron a pintar canas con Felipe González en la presidencia. Es quizá el representante más emblemático del grupo de cantautores en lengua castellana que, haciéndose eco de un fenómeno mundial, encontraron en la canción un fecundo territorio para la propuesta artística y la protesta política, y en los poetas de su lengua el antecedente y punto de partida de su propia travesía creadora. Acompañando con acordes de guitarra los versos de Miguel Hernández, Federico García Lorca, César Vallejo o Nicolás Guillén, dicho fenómeno desató en su momento un álgido debate que casi no admitía medias tintas, entre los que reivindicaban su labor de divulgación en beneficio del consumo de poesía, y los que les censuraban adelgazar y banalizar las obras literarias que en teoría homenajeaban.&lt;br /&gt;Hoy, por una parte, podemos decir que la musicalización de poemas para volverlos canciones es un terreno de dilatadísimas amplitudes, intrincadas complejidades y sutiles matices, con valor en sí mismo, independiente del apostolado educativo y la historiografía literaria; y que en él, como en todos los otros, las generalizaciones suelen quedar cortas o fuera de lugar, así que resulta ocioso ponerse a hacer tabla rasa con sus exponentes y obras. Sin embargo, da también la impresión de que el experimento en su conjunto ha quedado confinado a la repisa de las curiosas anomalías, de las fugaces excentricidades; que se trata de una travesía menor y sin remedio caduca, resto fósil de un tiempo donde los idealismos no tenían ningún sano sentido del ridículo.&lt;br /&gt;Digo todo lo anterior para prevenirle ambigüedades y equívocos a mi análisis de “La saeta”.&lt;br /&gt;Ignoro, porque no dispongo de las herramientas para emitir juicio semejante, si desde un punto de vista estrictamente musical será una obra maestra el poema de Antonio Machado, pasado por la musicalización e interpretación vocal de Joan Manuel Serrat y el arreglo orquestal de Ricard Miralles. Desde un punto de vista poético (entendida la poesía como ese peculiar género literario que entrevé unidad el universo a través de la terminal exploración significativa y sonora de la palabra) lo es. Sin ningún género de dudas.&lt;br /&gt;En nuestra lengua, acaso nadie como los poetas españoles para evidenciar el poder de la identidad particular como privilegiada vía de interlocución universal. La voluntad de cosmopolitismo que ha signado a la lírica latinoamericana desde su propio nacimiento, encuentra un saludable contrapunto en el sosegado entusiasmo, la cortés distancia o la franca indiferencia que los españoles, a veces por elección y a veces sin otro remedio, suelen mostrar por cuanto ocurre más allá de su patio.&lt;br /&gt;A menudo, a lo largo de la historia, los españoles han parecido estar hablando sólo de España. A menudo, a lo largo de la historia, los españoles han pensado estar hablando sólo de España. A menudo, el alcance expansivo de semejante ensimismamiento ha conseguido cimbrar las bases mismas de nuestra condición, sin distingos raciales, culturales ni fronterizos; acaso el Quijote siga constituyendo en tal sentido la más privilegiada prenda de evidencia. Y buena parte del intacto poder, del incisivo alcance que la poesía, la literatura y el arte españoles manifiestan en sus momentos culminantes, quizá provenga justo de esa apariencia periférica y autorreferencial.&lt;br /&gt;Las saetas son breves conjuntos de versos que se cantan a capela desde la multitud, al paso de las imágenes de vírgenes y cristos en procesión, durante las celebraciones andaluzas de la semana santa; ya el solo hecho de que se llamen así, atesora una profunda elocuencia religiosa y poética. Machado escribió su célebre poema como una suerte de contestación para una de aquellas piezas líricas que a la par de las saetas se recitan. Al paso de la imagen de Jesús crucificado, alguien pide una escalera para subir a desclavarlo, y entonces sobreviene la respuesta o la glosa del poeta, que opera a la vez como arrebatada protesta y trágico reconocimiento. Machado canta su voluntad de vida en medio del cíclico acatamiento de la muerte, mas para hacerlo debe echar mano de una intensidad, un temperamento y una entonación inconcebibles como no sea en tanto frutos de ese mismo dolor. Se trata entonces, en simultáneo, de un lamento lanzado de espaldas a la resignación y de una profesión de fe lanzada de espaldas a la candidez esperanzada.&lt;br /&gt;La musicalización de Serrat, así como la orquestación de Miralles, prolongan juego y tópico hasta sus últimas consecuencias. A tal punto que la pieza sin letra ha pasado a integrarse al repertorio interpretativo básico de las bandas musicales que acompañan con sus dolientes armonías los festejos de la llamada semana mayor sevillana. Tiene su dosis de perturbadora ambigüedad, impecable tino y secreta sugestión el hecho de que una pieza en apariencia concebida para denostar la ortodoxia ritual de un pueblo, pase a convertirse en patrimonio orgánico de ese mismo rito. Uno entiende a qué se refería el cantautor catalán cuando aseguraba no haber asistido jamás a la interpretación popular, in situ, de su obra durante aquellas fechas: “si lo vivo en directo, me muero”.&lt;br /&gt;Hasta aquí parece que estamos hablando nada más de un asunto ni siquiera de españoles, sino de andaluces confrontados a su devenir y condición específicos. Sin embargo, a mi me ha parecido siempre que “La saeta”, sin dejar de referir efectivamente a tales peculiaridades, cobra su cabal magnitud enfocada desde una perspectiva más amplia. Y me lo parece en especial a últimas fechas; en esta ciudad y este estado colocados como un sonriente despojo en la vitrina para el mejor postor; en este país devastado por la guerra y el cinismo; en este mundo de gentes a las que el estupor de descubrirse sin lugar, licencia ni destino para la más elemental de las dignidades, saca de pronto a la calle por miles.&lt;br /&gt;¿Cuántas almas y pueblos no se hallan ahora mismo, una vez más, pidiendo una escalera para subir a la cruz? ¿Cuánta esperanza amenazada y cuánta lucidez en medio de la pesadilla no claman recordando los pasos del Jesús pescador a la orilla del mar? No hace falta ser católico, ni andaluz, ni republicano, para entender y compartir el alcance alusivo de semejantes saetas. Ni para repetir a voz en cuello o en silencio la tonada y la letra de su fulguración, ya imperecedera, ya para siempre nuestra. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-8999417183431954608?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8999417183431954608'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8999417183431954608'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/07/la-saeta.html' title='LA SAETA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/-F0JxuE3i7bQ/Tg97MYLntxI/AAAAAAAAAFs/EkNuJfuks1U/s72-c/serrat%2B03.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-5113273640512021246</id><published>2011-05-20T07:31:00.000-07:00</published><updated>2011-05-20T07:33:06.686-07:00</updated><title type='text'>ÚNICAS TARDES CON TERESA</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/-NnCFmSL-MVA/TdZ7ix_cniI/AAAAAAAAAFg/O9Rxsq5LqQ0/s1600/cine%2Bteresa.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 267px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5608806223401754146" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/-NnCFmSL-MVA/TdZ7ix_cniI/AAAAAAAAAFg/O9Rxsq5LqQ0/s400/cine%2Bteresa.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Leí por ahí que están remodelando el Cine Teresa. Penúltimo dinosaurio fílmico capitalino, nacido durante aquella época en que decir sala de cine era decir también galeón inmenso o vientre de ballena colosal; fósil superviviente, instalado muy próximo al vórtice que alguna vez sirvió para separar una avenida llamada San Juan de Letrán de una avenida llamada Niño Perdido.&lt;br /&gt;Leí que están remodelando el Cine Teresa, y no hubiera hecho falta abundar en detalles para advertir que el verbo “remodelar” constituía en este, lo mismo que en tantos otros ejemplos, un perverso eufemismo para no confesar simple y llanamente que estaban haciéndolo pedazos. Y con él a una de esas privilegiadas entidades espacio-temporales capaces de sostener habitables las ciudades, los países y las gentes.&lt;br /&gt;Pensaba abordar el tema desde la perspectiva del valor del patrimonio cultural más allá de réditos comerciales y turísticos. O desde las sui generis formas en que la vitalidad ciudadana sigue salvaguardando a contracorriente la dignidad del espacio público. Pero últimamente me parece advertir, al menos del lado de la literatura, que los mejores recursos para ayudarnos a sobrellevar lúcidamente la tragedia pasan por el relato desinteresado de lo que nos es más íntimo. Así procedo.&lt;br /&gt;Hacia el final de la infancia, por un puñado de meses, el Cine Teresa llegó a convertírseme en obsesión. Iba a estrenarse una película inspirada en las aventuras del Capitán América. He olvidado si lo supe a través de mi padrino o de algún recuadro marginal en las páginas centrales del Esto. Lo cierto es que, cualquiera que haya sido la fuente, no llegó nunca a precisar fechas, de modo que el recuerdo hace desfilar ante mis ojos dilatadas semanas de ansiedad y zozobra, en medio de las cuales el único asidero de esperanza lo ofrecía un pequeño poster promocional pegado en la cartelera del Teresa. Podría haberme quedado la eternidad entera contemplando, a través de la cortina bajada, los parcos augurios del cartel, la difusa promesa de los héroes por venir.&lt;br /&gt;Por más que apremio y fatigo la evocación, me resulta imposible esclarecer el contexto situacional de tan nítida estampa. Desde la apertura del Eje Central Lázaro Cárdenas a punta de piqueta, las idas y venidas entre mi casa y la casa de mi abuela me habían convertido el Cine Teresa en referencia paisajística habitual. Puedo recobrar con claridad, como parte de ese mismo recorrido, otros dos de aquellos fósiles. El Cine Maya como Nao de la China, con un no sé qué de paquidérmica insinuación orientalista, ubicado frente a una feria de ensueño (perverso equilibrio de tentaciones eternamente equidistantes del presupuesto familiar). El Cine Coloso como buque fantasma, encerrado sobre sí mismo desde siempre y para siempre bajo la quieta advertencia de su pequeña marquesina (HOY-NO HAY FUNCIÓN-HOY).&lt;br /&gt;Los miraba a través de la ventanilla del trolebús, deslavada parodia de los tranvías de Gutiérrez Nájera y Buñuel. Pero no había motivo para que mis padres, mis hermanas y yo desfiláramos a pie frente al Teresa. ¿Bajo qué circunstancias sobrevino el inequívoco episodio que aquí cito (episodio que el exorcismo sin duda exagera y distorsiona, mas no inventa)? No lo sé.&lt;br /&gt;Aquella película sobre el Capitán América la vi en una sala ajena a toda profecía y toda leyenda. Al Cine Teresa sólo llegué a ingresar muchos años después. Se me figuró una suerte de plaza pueblerina. De esas en torno a cuyo kiosco las muchachas y muchachos giran sin descanso, a la busca de plan para la tarde o la vida. Sólo que acá no había muchachas ni kiosco; su lugar lo ocupaba un ajetreo entre festivo y febril de hombres de todas las edades desfilando por los pasillos de la galería inferior, sin otra agenda ni programa que la noche por venir. Ninguno miraba a la pantalla. A la galería superior no llegué ni a asomarme; no hacía falta. Estuve ahí menos de diez minutos y me fui. Nada de condenas o censuras; mero respeto por las ceremonias ajenas. Después de todo, el Cine Teresa, con su glamour y su art decó, había sido desde el principio una dama. Incorrecta, irresistible y excesiva; como todas las damas capaces de llenar con suficiencia la amplitud de esa palabra. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-5113273640512021246?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5113273640512021246'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5113273640512021246'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/05/unicas-tardes-con-teresa.html' title='ÚNICAS TARDES CON TERESA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-NnCFmSL-MVA/TdZ7ix_cniI/AAAAAAAAAFg/O9Rxsq5LqQ0/s72-c/cine%2Bteresa.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-5071305578979643742</id><published>2011-04-23T17:14:00.000-07:00</published><updated>2011-04-23T17:18:18.178-07:00</updated><title type='text'>OPERACIÓN BURLESQUE</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/-HIGbFlw-_Oc/TbNr3zvWlvI/AAAAAAAAAFY/OaZoK-Gvt9g/s1600/df01.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 277px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5598937368277456626" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/-HIGbFlw-_Oc/TbNr3zvWlvI/AAAAAAAAAFY/OaZoK-Gvt9g/s400/df01.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;para Toño Monter&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;En “El sencillo arte de matar”, Raymond Chandler entona una fervorosa letanía cuyo protagonista y destinatario no es ningún santo en el sentido convencional del término. Pudiéramos llamarle la oración del detective. Por estas malas calles debe andar un hombre que no es malo, que no tiene mancha ni miedo; un hombre que debe ser el mejor hombre de su mundo y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. Cosas así. El detective duro como romántico reducto de a pie para la dolorida y amenazada lucidez, sobre el fondo de un opresivo paisaje a contraluz.&lt;br /&gt;Me inicié en esa fe durante la adolescencia, aunque sospecho que su estigma venía ya impreso en mi piel con mucha antelación. Las vacaciones de mi adolescencia fueron por norma vacaciones negras. Aquella semana en Cuernavaca, cuando la biblioteca de mi abuelo (casi toda ella policiaca) y su videocasetera betamax (entonces modernísima) me revelaron en simultáneo a Chester Himes y a Taxi Driver. Aquel invierno de 1985, arropado por polvo de escombro en los traseros del Mercado de la Lagunilla, donde habían reubicado provisionalmente a mi abuela junto a otros damnificados. Aquella primavera con mi primer Chandler bajo el brazo, frente a la vidriera de un café de chinos. Aquel verano vorazmente consumido en la sala inferior de la Biblioteca del Planetario, donde leía y releía a Conan Doyle y a Hammett. Aquel desvelarme ante la máquina de escribir, confeccionando persecuciones y lloviznas con la sensación de que la literatura, el amor y la vida estaban ahí nomás, al alcance, esperando que les metieras mano. Aquella peregrinación ritual, respetada hasta hoy, tras los pasos de Filiberto García en el Callejón de Dolores.&lt;br /&gt;Me soñaba a la medida de ese sueño, con pleno entendimiento de que su silueta en modo alguno le calzaba en el espejo a mi rostro reflejado. No tengo cicatrices en las manos; un 38 Special me habría sacado ampollas. A veces me cedían el asiento en el transporte público, pensando que era yo una muchacha algo desaliñada y zangaruta; habría naufragado en una gabardina con hombreras. Tenía la cabellera muy larga y muy rizada; con sombrero, tendía a parecer comparsa de los Muppets.&lt;br /&gt;Y aunque la fisonomía exterior haya mudado de modo radical, la sombra ojos adentro ha cambiado muy poco. Esencialmente uno define la medida de su rostro interior antes de los veinte años; lo demás viene a ser un vals o un ping-pong entre el disimulo y el énfasis.&lt;br /&gt;Sé jugar al póker, pero nunca he apostado otra cosa que semillas de frijol o de maíz palomero. Me gustan las cantinas, pero no las frecuento para ahorrar mutuas incomodidades a la hora de ordenar sólo Coca-Cola. Soy consciente y orgulloso heredero de rabias muy diversas, pero nunca me he liado a golpes con nadie. Sé sufrir desamores con alma de mariachi, pero no acompañarlos con humo de tabaco ni vapores alcohólicos. En definitiva, nunca habría sido postulante elegible para protagónico en una novela de Chandler. Vamos, ni de comparsa en una película de Juan Orol.&lt;br /&gt;Y sin embargo, contra la manifiesta evidencia de los hechos, suele asaltarme la sospecha de que por esas calles malas debe andar un hombre que se llama como yo, y que vive en representación mía otras vidas, manteniéndolas a buen recaudo para el inopinado momento en que concurra fugazmente a alguna de ellas. Haciéndome sitio en la medida de unos pasos donde habitualmente me resulta imposible reconocerme, mas cuyo ritmo empero no termina de resultarme por completo extraño cuando lo camino.&lt;br /&gt;De vez en vez regreso a algunos pulsos y rostros que, sin pertenecerme, son sin lugar a dudas míos. Y una confusa mezcla de alborozo y nostalgia se aparece cuando, frente a los portales más añejos de la megalópolis dormida, me comento entre la basura y los perros de los hombres del alba que yo pude haber vivido ahí; o cuando al brutal reojo de una mirada de delirio queda del todo claro que en aquella otra vida nos hubiéramos amado para siempre; o cuando, a través del cristal de la botella, el guiño del amigo se lamenta tu ausencia en tantos otros edenes e infiernos compartidos.&lt;br /&gt;Pero no hay aquí de por medio melodramas ni tragedias.&lt;br /&gt;Al final de las cuentas, el rostro es lo de menos, el nombre es lo de menos. Cada otro que se cruza conmigo en la calle soy yo mismo, sin propiedad ni adeudo, sin currículum.&lt;br /&gt;Así me elige voz lo que pregunto, si afinando el oído atino a entresacar de entre el tropel de susurros atisbados el hilo de una historia. Otra cosa será ya después enfrentarse a la página en blanco, empuñando el revólver, peleando a brazo limpio o encarándola con rostro imperturbable, como los mejores detectives de la serie negra. Ignorante de si al término de la jornada lo escrito logrará consignar, aunque sea de la forma más tenue, el perfume advertido, el eco de la música a cuyo son bailamos.&lt;br /&gt;El acecho de esa música comienza a ritmarnos el paso mucho tiempo antes de que estemos en condiciones de advertirlo, o al menos antes de que transparentemos el afán de traducir a palabras la advertencia. La esquina del Eje Central Lázaro Cárdenas con República de Ecuador ha estado en mi memoria tanto tiempo, que de pronto me da por preguntarme si no será más bien al revés: quizá sea esa memoria que supongo mía la que brota de prestado al mínimo atisbo, material o no, de la urdimbre de calles y rincones a los que dicha esquina sirve de umbral.&lt;br /&gt;Cierro los ojos y me habita esa esquina. De un lado, el club Bombay, que ha transitado con la socarrona parsimonia de los mejores sobrevivientes el tortuoso tránsito histórico y gramatical que va del cabaret el antro. Nunca llegué poner un pie en su interior, y las prendas de nuestra relación corresponden al orden de los fragmentos diurnos, pero con el Bombay podías jugar. La redonda sonoridad de su título, que paladeabas y deformabas hasta la trompetilla o la tonada; sus puertas entreabiertas a la resolana matinal, para ventilar los humores nocturnos y permitirte un fugaz atisbo de sus ocultos reflejos interiores, mientras dentro barrían; el titilar de su marquesina en las primeras horas de la sombra, cuando tú marchabas rumbo al resguardo de casa y él apenas comenzaba a desenvolver sus secretas intemperies (intemperies que jamás conocerías).&lt;br /&gt;Cierro los ojos y me habita esa esquina. Muy distintas providencias demandaba el Burlesque de la acera contraria. Las habituales travesías de mano de mi abuela, hasta cierto punto permisivas tratándose de entrever los misterios del Bombay, delimitaban una tajante e inviolable distancia tratándose del Burlesque. Fue siempre el edificio del otro lado de la calle; ante cuya fachada, si no había más remedio, se pasaba con prisa redoblada, mirando hacia otro lado. Un cuerpo de mujer semidesnuda rotulado en la fachada, hileras de nombres que nunca alcanzaban a leerse bien a la distancia, carteles ocres pegados en los postes.&lt;br /&gt;En el extremo opuesto del mundo conocido, al radical poniente de la geografía sentimental con que mi abuela configuró cuento y canto mi infancia, se alzaba la iglesia de Martínez; ahí escuché la mayor parte de las misas de mi vida, ahí hice la primera comunión, ahí saldé las cuentas con el dios de mis mayores. El Burlesque de Lázaro Cárdenas y República de Ecuador representó durante años el confín oriental de semejante universo. Seguir adelante era viajar a países más o menos extranjeros; seguir hacia dentro, la opción todavía no advertida de redescubrirte en alguno de los otros que también hubieras podido ser.&lt;br /&gt;Seguí hacia dentro mucho tiempo después. Tres veces a lo sumo. La familiaridad experimentada acaso tenga menos que ver con ese que deambula con mi nombre, viviéndome otras vidas, que con la seca generosidad de los subsuelos. El acomodador no hacía distingos al conducirte hasta tu asiento ni al indicarte que sólo podrías arrimarte a la pasarela con la siguiente tanda. Los guiños de complicidad o los encogimientos de indiferencia del público asistente no te discriminaban. Las artistas te encaraban con la misma malévola ternura o el mismo continente burocrático que a todos. Tan brutal democracia no llegó a violentarla ni siquiera el hecho de que un día incurriera yo en el mal gusto de presentarme portando una bolsa de libros recién comprados.&lt;br /&gt;Jodorowsky dice en algún sitio que se trataba del verdadero teatro surrealista. Yo opino que se trataba de otra cosa. No mejor, no peor. Distinta. Conseguí maravillarme, igual que ante un fósil rescatado de la era Paleozoica, con un intermedio cómico digno del peor Resortes; una parodia de Clavillazo en fase terminal recitaba chistes bajo lluvia de mentadas. Miré decenas de monótonos bailes, ya por completo asimilados a la estética del teibol; mujeres exiliadas de casi todos los ensueños, que bailaban semidesnudas durante la primera pieza musical y se desnudaban por completo durante la segunda. Contemplé escenas de happening que parecían concebidas por un Sade pudibundo y puestas en escena por un Rulfo medio borracho.&lt;br /&gt;Un día me enteré de que el Burlesque de Lázaro Cárdenas y República de Ecuador acababa de incendiarse. ¿Demasiado calor acumulado? ¿El justo desenlace decretado por el cielo para todas las proscritas secuelas de Gomorra y Babilonia? ¿La llana decrepitud del uso? Ha quedado el cascarón, la cortina metálica bajada. En las altas horas de la madrugada, la música estridente del Bombay estremece el hollín y multiplica los ecos en su interior para siempre desierto.&lt;br /&gt;El fantasma de uno de los otros que soy o pude ser, deambula por sus entrañas calcinadas. Otro de ellos, con una mujer toda sudor y lentejuelas sentada en las rodillas, seguro que ahora mismo levanta un vaso de ginebra o de vodka a la salud de los ensueños sin remedio perdidos. Otro más, en silencio, pone el punto final y contempla la página. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-5071305578979643742?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5071305578979643742'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5071305578979643742'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/04/operacion-burlesque.html' title='OPERACIÓN BURLESQUE'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/-HIGbFlw-_Oc/TbNr3zvWlvI/AAAAAAAAAFY/OaZoK-Gvt9g/s72-c/df01.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-8338578905247965451</id><published>2011-04-16T17:02:00.000-07:00</published><updated>2011-04-16T17:10:08.906-07:00</updated><title type='text'>POEMA</title><content type='html'>&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-size:85%;color:#ffffff;"&gt;para Gustavo Ogarrio &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Son confusos, inciertos, improbables, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;los orígenes del feroz absurdo &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;según el cual algunos elegidos, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;sentados a la diestra &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;del padre o de su ausencia comprobada &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;tienen derecho a reclamar la tierra, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;hasta la persuasión o hasta el despojo, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;por privada heredad. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Pero no ha habido fe más perdurable, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;ni devoción que haya costado tanto, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;ni convicción que se haya permitido &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;licencias parecidas &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;por un tiempo tan largo &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;ni sobre tanto espacio y tantas almas. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;No sé de qué manera, &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;pero sería hora de parar.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-8338578905247965451?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8338578905247965451'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8338578905247965451'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/04/poema.html' title='POEMA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-6414713929170866824</id><published>2011-03-12T15:18:00.000-08:00</published><updated>2011-03-12T15:21:31.968-08:00</updated><title type='text'>ELOGIO DE LA PLAZA PÚBLICA</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/-bHh-2ozB4og/TXv_u0sLOqI/AAAAAAAAAFQ/k8PEzpnF3EQ/s1600/Zocalo001.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 400px; height: 276px;" src="http://4.bp.blogspot.com/-bHh-2ozB4og/TXv_u0sLOqI/AAAAAAAAAFQ/k8PEzpnF3EQ/s400/Zocalo001.jpg" border="0" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5583337342938856098" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;!--StartFragment--&gt;  &lt;p class="MsoNormal" align="center" style="text-align: justify;margin-bottom: 0.0001pt; text-indent: 1cm; line-height: 200%; "&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;Elogio de la banca compartida entre extraños. Elogio de la explanada con el paso franco. Elogio del remanso central con la estancia gratuita. Elogio del kiosco centenario junto a las catedrales, o de la cancha de basquetbol entre los edificios de los multifamiliares. Elogio de la holganza vespertina, el paseo dominical, la pachanga popular, la concentración masiva sin acarreo ni soborno.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;Cúspide del artificio habitable, la plaza pública está ahí para validar en colectivo, en simultáneo y en gratuito, las opciones del estar y el transitar. Se pasa. Se permanece. Y sin llegar nunca a confundir los términos de la ecuación, ni a aletargarlos mediante la impostación de idílicas armonías, permanencia y paso configuran y consienten prodigiosos armisticios. Se pasa de prisa, con los minutos contados, derechito rumbo a quién sabe dónde. Se pasa al pasito, remansado, de paseo a ninguna parte. Se permanece aguardando, desde la demorada paciencia o la crispada desesperación. Se permanece nomás porque sí, sin que haya necesidad de rendir cuentas ni pagar peaje.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;Elogio de las secretarias a la hora del almuerzo. Elogio de los niños al salir de la escuela. Elogio de los jubilados y su ritmo de reloj de sol. Elogio del músico ambulante. Elogio del merolico sin patrocinio, ni comisión ni salario. Elogio de la penumbra en&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;  &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;torno del farol. Elogio del predicador y de la puta. Elogio del adoquín hendido por huellas sin cuenta, que durante las tardes de lluvia &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;se encharca.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;Pero no basta con decir que la plaza pública es al mismo tiempo un lugar de paso y un lugar para quedarse. Es menester advertir hasta qué punto permanencia y paso adquieren en ella peculiares matices. Movimiento y quietud cobran plena concreción humana no sólo en virtud de quien los consuma, sino de ser acometidos a la vista de los otros, con su franco concurso. En la plaza pública se es siempre para con los otros, así sea ante su total ausencia (como en las altas horas del paseo de madrugada). Mas esa teatral noción de colectividad donde nos descubrimos a la vez personaje, actor y espectador de una polifónica puesta en escena, jamás atenta contra cierto sui generis derecho a la intimidad. La plaza pública constituye uno de los escasos espacios donde todavía se puede ser soberanamente a solas junto al prójimo; no por exclusión o ninguneo, ni por claustrofóbica impotencia: antes bien por legítima, democrática y universal prebenda.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;Elogio de los novios que entre la multitud se prodigan dulzuras y arrumacos, más acá del pudor. Elogio de los tristes, que salen a rumiar sus silenciosas desventuras más allá de la esperanza. Elogio de los que se quedan sordos, con la vista clavada en el vacío y la atención extraviada en el más recóndito rincón del pensamiento.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;En la plaza pública, cuando lo es de veras, el espacio compartido se valora como un fin en sí mismo. No está ahí para hacer negocios, ni para ponderar administraciones, ni para fomentar el empleo, ni para atraer al turismo. Está ahí nomás, esperando que su gente la tome por asalto. Excepcional o cotidiana, solemne o mitotera, prángana o de gala, muerta de la risa o francamente encabronada. La plaza pública es la habitación abierta, el cobijo sin techo, la puerta sin cerrojo. De todos y de nadie. Ni más ni menos que la casa por la ventana.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;He mirado en las plazas, de paso o detenido, palomas y perros callejeros. He escuchado repique de campanas que sonaban a consuelo y cantos a capela que erizaban la espalda. Me he asomado a fuentes de saltarines surtidores, fuentes de aguas estancadas, fuentes secas y explanadas sin fuente. He sentido sobre mis mejillas la iracunda ternura de ciertos crepúsculos de invierno y la mansa alevosía de noches sin estrellas. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;Elogio de la intemperie habitable. Elogio de la estancia sin muros.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;Ay de las ciudades que confundan plaza comercial con plaza pública. Ay de las ciudades que rediseñen sus plazas públicas con criterios de centro comercial. Ay de las ciudades que supongan que lo público representa apenas una eufemística inflexión de matiz dentro de la norma omnipotente del interés privado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-bottom:0cm;margin-bottom:.0001pt;text-align: justify;text-indent:1.0cm;line-height:200%;mso-pagination:none;mso-layout-grid-align: none;text-autospace:none"&gt;&lt;span lang="ES-AR" style="line-height: 200%;Times New Roman&amp;quot;;mso-ansi-language:ES-AR; mso-bidi-font-weight:bold"&gt;&lt;span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="font-family:'times new roman';"&gt;&lt;span class="Apple-style-span" style="font-size: large;"&gt;&lt;span class="Apple-style-span"  style="color:#FFFFFF;"&gt;Ay de las ciudades donde el olvido, el aburrimiento o el miedo acaben por dejar la plaza pública vacía.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;!--EndFragment--&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-6414713929170866824?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6414713929170866824'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6414713929170866824'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/03/elogio-de-la-plaza-publica.html' title='ELOGIO DE LA PLAZA PÚBLICA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/-bHh-2ozB4og/TXv_u0sLOqI/AAAAAAAAAFQ/k8PEzpnF3EQ/s72-c/Zocalo001.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-6341290458495256997</id><published>2011-02-15T08:26:00.000-08:00</published><updated>2011-02-15T08:30:25.949-08:00</updated><title type='text'>PARQUES</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/-KJ9dJ82pPi8/TVqqECKA5II/AAAAAAAAAFI/JsZK481sthQ/s1600/Columpios%2B2.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 300px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5573954475099481218" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/-KJ9dJ82pPi8/TVqqECKA5II/AAAAAAAAAFI/JsZK481sthQ/s400/Columpios%2B2.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;¿De qué modo se construye un espacio humano? Sin duda a partir de la noción de límite. La mirada que se posa sobre la amplitud indiferente y la recorta espacio habitable. En principio no hay siquiera necesidad de que el recorte se haga manifiesto. Bastan la mirada y la conciencia de quien mira. El viajero que identifica una intemperie propicia y, sin que medie modificación alguna, se la apropia, la hace suya a través del sencillo procedimiento de saberla suya. No en tanto propiedad exclusiva, sino más bien en tanto geografía recortada y reconocible; reconocible por recortada.&lt;br /&gt;Cuando niños, realizábamos a menudo semejante operación. A toda hora. Pero hay que pensar sobre todo en el parque vespertino y en las salidas al campo ciertos fines de semana. De los múltiples matices combinatorios que median entre excepción y descampado, derivaban operaciones del mismo linaje pero de distinto género.&lt;br /&gt;El parque cotidiano, próximo a tu casa, permitía configurar continuidades. Perímetros que delimitabas con la plena conciencia de que volverías a ellos en el corto plazo, familiaridad con el paisaje y sus objetos. Este árbol, esta afelpada porción de hierba, aquella explanada terregosa, aquel sendero con una súbita hilera de pedruscos a la mitad. Puesto que es de la continuidad que nace la función, y puesto que éramos niños, resultaba enteramente natural e impremeditado otorgarle a tales coordenadas roles claramente establecidos, si bien nunca cerrados e inflexibles. Roles que la condición pública del espacio en cuestión restringía a la conciencia de quien los asignaba, sin determinantes ni perdurables huellas capaces de someter unilateralmente la identidad de las cosas frente a los ojos de terceros.&lt;br /&gt;Tú identificabas la disposición paralela, la razonable distancia y la adecuada solidez de dos árboles, y sabías que eso era una portería; y te indignabas tremendamente si alguien pretendía marcar goles en sentido inverso. Resultaba que la arbitraria asociación funcional de los dos árboles daba sitio a un derecho y un revés que, si se quería que el juego mantuviera su sentido, ya no podían violentarse de manera arbitraria. Pero ni nadie ajeno al círculo de juego estaba obligado a ver aquello como una portería, ni tú tenías la prerrogativa de condicionarlo objetivamente de acuerdo a tu visión.&lt;br /&gt;Las tentativas orientadas en este último sentido caían siempre por su propio peso. La colección de ramitas que a tu hermana no le habían permitido llevar a casa, y que ella había alineado escrupulosamente, por tamaños, en el hueco de un tronco, “para seguir jugando con ellas cuando volvamos a venir”. Tu portería convertida en sostén de una hamaca. El escenario de la selvática batalla que habías proyectado entre soldados verdes y vaqueros azules, convertido en lecho de retozo para una pareja de novios.&lt;br /&gt;Las esporádicas salidas al campo durante algunos fines de semana, aderezaban esos mismos juegos con un aliento a definitivo, a irrecuperable. Delimitabas el espacio con idéntica naturalidad, idéntico rigor y análogos riesgos, pero sabiendo que toda hipótesis de continuidad resultaba absurda. Hay una peculiar melancolía en la última mirada que un grupo de primos o de amigos infantiles le dedican, camino del autobús o del auto, al paraje de agua, tierra, noche o bosque, donde acaban de compartir un juego que en el fondo, oscuramente, entienden memorable, irrepetible, único.&lt;br /&gt;No cabe duda que el misterio de semejantes certidumbres y hallazgos puede encontrarse también dentro del marco de juegos y espacios con una férrea legislación previamente establecida. Hasta antes del video-game, ningún territorio postulado como lúdico podía declararse impermeable a la invención creadora. Incluso el deporte profesional y los parques temáticos consienten espacio para la subversión —así sea silenciosa y anónima— del imaginario individual. Sin embargo, pareciera que las potencias primigenias del jugar tienden a desplegarse sobre todo ahí donde comienzan a escasear los asideros; en el momento donde la improvisación trasciende lo previsto al punto de subordinarlo y a veces abolirlo.&lt;br /&gt;El espacio nunca vuelve a ser el mismo después de que la mirada libre se ha posado en él. Haya habido antes una norma domesticándolo, o sólo el vacío primigenio de lo informe por deshabitado, será el gesto secreto de quien se trace en él estancia o travesía lo que a final de cuentas entreabrirá a partir suyo opciones de sentido.&lt;br /&gt;Al delimitar nuestros espacios, nos delimitamos a nosotros mismos. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-6341290458495256997?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6341290458495256997'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6341290458495256997'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/02/parques.html' title='PARQUES'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/-KJ9dJ82pPi8/TVqqECKA5II/AAAAAAAAAFI/JsZK481sthQ/s72-c/Columpios%2B2.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-5183458523863647216</id><published>2011-01-29T13:26:00.000-08:00</published><updated>2011-01-29T13:28:16.629-08:00</updated><title type='text'>POESIA Y CIRCUNSTANCIA</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Detrás de todo poema hay siempre una experiencia individual concreta; esto es, una anécdota. En ciertas ocasiones, autores y obras, semejante anécdota resulta claramente rastreable. En otras se hurta hasta el punto de sugerir, de cara a la experiencia personal de su artífice, la más radical impermeabilidad, la más absoluta autosuficiencia; lo mismo que si el poema viniera de la nada.&lt;br /&gt;Pero no existe poema salido de la nada. No existe obra humana salida de la nada. Alguna vez, interpelado respecto a la nula referencialidad anecdótica de sus piezas líricas, Roberto Juarroz le confiaba al entrevistador en turno, a manera de mero ejemplo, el mundano, doméstico origen de unos versos suyos, en apariencia lacrados por férreos y excluyentes hermetismos. En realidad, semejantes versos, autores y travesías sólo resultan inaccesibles para aquellos lectores y para aquella crítica que, habituados a explicar el fenómeno creador desde su periferia externa, enmudecen de perplejidad e incomprensión cuando se ven obligados a entenderse a solas con la obra desnuda.&lt;br /&gt;Porque lo cierto es que, aun cuando toda poesía tenga detrás un venero anecdótico que la posibilita, sea éste manifiesto o no, ninguna poesía que valga en tanto tal, esto es, que posea el poder de redimensionar lo real por vía de su fulgurante captación como totalidad en devenir, puede reducirse a la anécdota personal que le dio origen. Documentarse sobre la identidad de las mujeres a quienes dedicó Jaime Sabines sus poemas amorosos, o detallar los trágicos pormenores de la vida de Miguel Hernández como preámbulo necesario para un cabal disfrute de “Nanas de la cebolla”, constituyen inocentadas que rayan en la vulgaridad y la ofensa. Lo que un poema precisa para ser habitado queda dentro del poema mismo. Estudios biográficos y apuntes contextuales sólo iluminan la lectura y se convierten en fecundos puentes para transitarla de ida y vuelta, cuando son capaces de asumir con humildad y transparencia su condición de acompañamiento prescindible. Nada que una obra sea incapaz de decir por sí sola puede serle añadido desde fuera.&lt;br /&gt;Privilegiar los usos o abusos familiares, sentimentales, políticos, sociales o sexuales de un autor, como vehículo medular para la aproximación crítica hacia su trabajo, implica acometer cada dictamen valorativo sobre la base de una prejuiciada distorsión. No resulta extraño que los esenciales rasgos poéticos (humanos, espirituales) de una obra y su artífice queden así lamentablemente oscurecidos, cuando no brutalmente invisibilizados. Elías Nandino enfocado desde sus versificaciones cómico-eróticas antes que desde “Nocturna Summa”; Efraín Huerta valorado de frente a los poemínimos y los poemas pro-soviéticos, y de espaldas o al menos de perfil a “Amor, Patria mía”. Ramón Martínez Ocaranza condenado a la cíclica antología de sus convencionales sonetos nicolaitas, a la melodramática magnificación de su breve estancia carcelaria y a los entretelones (ya tremendistas, ya burlescos) que enmarcaron la escritura de este o aquel poema.&lt;br /&gt;Ahora bien. Existen autores que en un momento dado, desde la propia escritura, deciden o se resignan a acometer por sí solos semejante operación. Privilegian la anécdota, subordinando cuada vuelo, cada atisbo, cada exploración del lenguaje y la mirada a los márgenes de la específica experiencia personal que en cada oportunidad se encargó de detonarlos. Versos de circunstancias. Música de coyuntura. Imágenes de ocasión. Sin necesario menoscabo en materia de virtuosismo técnico, ni menos aún en lo que hace a inmediato impacto confesional, emotivo o ideológico, el poeta se habitúa a convertir la vivencia directa en columna vertebral de ese modo de vivencia necesariamente indirecta (vivencia re-presentada) que es el poema. Y la intuición augural va quedando poco a poco limitada a su promesa, como perturbador anticipo de lo que al final no quiso, no supo o no se atrevió a ser.&lt;br /&gt;En semejantes casos, mientras más lejos se halla el lector en turno de la materialidad de los sucesos y la persona aludidos, más ajena e impermeable le resulta la obra, y no hay esfuerzo documental que valga para zanjar el creciente abismo. Contrario a lo que ocurre con los clásicos (minoritarios o masivos, llámense Virgilio o Jerome Charyn), que apenas zanjados ciertos mínimos escollos contextuales son capaces de abrirte por sí solos toda su abarcante e intacta pertinencia.&lt;br /&gt;Aquel reino de nunca jamás, aquel imperio del prodigio que se quedó en amago, solemos suponerlo poblado sobre todo por quienes en un momento dado abandonan la escritura, sea por elección o por accidente. Lo bien que quizá hubiera escrito mi tío abuelo si no hubiera colgado la pluma para siempre al salir de la preparatoria; lo prometedora que resultaba aquella joven tallerista hasta el día que una mala contabilidad la obligó a canjear pareados por biberones; las fulgurantes piezas que según Octavio Paz auguraba José Carlos Becerra al morir.&lt;br /&gt;Pero de ningún modo constituye una rareza o una anomalía la opción contraria: el individuo que se consagra a la literatura de modo profesional, mas cuya vocación no cristaliza jamás las fecundas intuiciones que lo encaminaron hacia ella.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-5183458523863647216?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5183458523863647216'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5183458523863647216'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/01/poesia-y-circunstancia.html' title='POESIA Y CIRCUNSTANCIA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-2756024156708899660</id><published>2011-01-15T14:45:00.000-08:00</published><updated>2011-01-18T08:15:45.470-08:00</updated><title type='text'>OFICIO DE MIRAR</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TTIkorcmeZI/AAAAAAAAAE8/xfAPhCm49WE/s1600/hiriart.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 252px; DISPLAY: block; HEIGHT: 174px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5562548771032037778" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TTIkorcmeZI/AAAAAAAAAE8/xfAPhCm49WE/s400/hiriart.jpg" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;div align="center"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;imagen de Hugo Hiriart &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;em&gt;(en memoria de Frida Lara Klahr)&lt;/em&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Tenía veinte años la primera vez que impartí clases. Debía hacerme cargo de una hora de taller de teatro a la semana, con cada uno de los seis grupos de una primaria particular. Mirando en perspectiva, no cabe duda que la zozobra que signó de principio a fin aquella efímera experiencia de poco más de un semestre, obedeció más a mi condición de novicio que al específico perfil de mis alumnos. No obstante, por si las dudas, jamás he vuelto a probar suerte como maestro, ni siquiera ocasional, de especímenes de nivel básico. Hasta la sola conjetura de imaginarme dando clases a adolescentes de secundaria consigue llenarme de terror, y acometo con una mezcla de entusiasmo y alivio mi ya prolongada actividad docente frente a bachilleres y universitarios.&lt;br /&gt;Recuerdo nítidas aquellas mañanas de hace dos décadas. Mi cándida y rígida voluntad de planificación debía estrellarse ante la cotidiana evidencia de niños que no respondían nunca como yo lo había presupuestado. Mi natural más bien dubitativo se las veía negras para sortear sin perder el tipo la innata inquietud infantil, que yo leía como muestra permanente de aburrimiento, incomprensión, distracción y hasta animadversión. Y mi tendencia al melodrama me hacía acoger con desencajado talante el fatal, cíclico, consabido momento donde la paciente cortesía de mis interlocutores cedía a la desbandada (“¿y ahora cómo hago que se callen?”, “y ahora cómo hago que se sienten?”).&lt;br /&gt;Mentiría si dijera que se trató de un martirio llano y liso. Esa breve experiencia abarcó para mí, aunque fuera en insinuante germen, todos los rasgos, las exigencias, los prodigios y los hallazgos que la enseñanza atesora para quienes habitan del lado del pizarrón. Las prendas venturosas de aquellas semanas las tengo a estas alturas bien esclarecidas y ordenadas en su estante de lecciones y recuerdos; y no son pocas. Pero todos sabemos lo imposible que resulta casi siempre conciliar en simultáneo entender y vivir. Así que, en honor a la verdad, debo decir que en aquellos días la sensación de pareja tortura me la paliaban sólo dos cosas. El cheque de la quincena. Y Nordy.&lt;br /&gt;Uno de los descubrimientos más importantes para todo aquel que pretende trabajar de profesor, consiste en entender, no a nivel meramente retórico o discursivo, sino desde la sangre misma, que no hay alumnos buenos ni malos; que un aula es un espacio de encuentro para travesías humanas con roles de coyuntura clara y legítimamente distribuidos, pero que en primera y última instancia lo de verdad relevante son las travesías y no los roles. Sin embargo, para el maestro en ciernes, lanzado de cabeza y sin paracaídas que valga al primer aprendizaje de su oficio, cuan necesario, reconfortante y decisivo resulta contar con el eco cómplice de al menos una mirada que le reafirme, no la irrelevante valía de su persona o su currículum, sino la abierta opción de que cuanto hace y dice puede llegar a tener algún sentido.&lt;br /&gt;Eso era Nordy para mí. Esa mirada, esa opción abierta, ese guiño cómplice. Nordy tenía entonces siete años, y los ojos infinitos, alimentados por un antiguo oficio de mirar. Sé que puede sonar raro, pero nada tiene de falso ni de absurdo. ¿Una niña de siete años con un antiguo oficio de mirar, transparente, en los ojos? Por aquellos mismos días, sin que en ello tuvieran nada que ver ni la escuela ni las clases (otra prueba de la puntualidad implacable del azar) conocí a su madre. Y comencé a explicarme de dónde venían la transparencia y la hondura de aquel antiguo oficio de mirar.&lt;br /&gt;Durante años, alimenté con la poeta Frida Lara Klahr una amistad hecha de intermitencias fulgurantes y secretamente doloridas. La leía de cerca y la veía de lejos. Hoy pensaba consagrarle este espacio a su poesía y a su persona. Escribir unas líneas más literarias que sentimentales. Consagradas más a la artista que a la mujer (qué absurdo, como si fuera posible separarlas, romperlas por el talle). Reseñar en retrospectiva el primer conjunto de poemas suyos que leí, agrupados justamente bajo el título “Mi antiguo oficio de mirar”.&lt;br /&gt;Pero no puedo. Estoy aquí, pensando en el oficio de maestro y en los ojos de Nordy. A lo mejor porque Frida Lara Klahr fue, aunque apenas a través de un par de talleres, uno de los escasos y esenciales maestros literarios de cuerpo presente en la errática travesía formativa de este escritor autodidacto. O a lo mejor porque, ahora que me he enterado de su muerte, me ha regresado de pronto aquel impulso de hace dos décadas por tomar a Nordy entre mis brazos y arrullarla. En mutuo pacto y cómplice consuelo, asomado a sus ojos; extraviado en la heredada transparencia de su antiguo oficio de mirar. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-2756024156708899660?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/2756024156708899660'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/2756024156708899660'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/01/oficio-de-mirar.html' title='OFICIO DE MIRAR'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TTIkorcmeZI/AAAAAAAAAE8/xfAPhCm49WE/s72-c/hiriart.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-8317905597888906920</id><published>2011-01-14T07:48:00.000-08:00</published><updated>2011-01-14T07:50:31.160-08:00</updated><title type='text'>EL NAUFRAGIO Y EL PUERTO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TTBwaniZ3YI/AAAAAAAAAE0/rL8L7LzttsU/s1600/rimbaud.gif"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 302px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5562069142394756482" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TTBwaniZ3YI/AAAAAAAAAE0/rL8L7LzttsU/s400/rimbaud.gif" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;E&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;n una célebre carta de mayo de 1871 dirigida a Paul Demeny, Arthur Rimbaud expone su concepción del poeta como vidente, incesante inaugurador de horizontes inéditos, cuya valía corresponde a la experiencia del hallazgo en sí misma. Lo importante para Rimbaud no es que el poeta herede a sus semejantes un testimonio más o menos articulado de lo que ha visto, sino que consagre la totalidad de sus fuerzas a la ya de suyo titánica empresa de verlo. La obra no es en él una referencia al nuevo horizonte inaugurado, sino un pedazo vivo de tal horizonte. Como si los exploradores del relato de Ray Bradbury “Las doradas manzanas del sol” trajeran hasta nosotros, en vez del recuento de su fabulosa expedición, el propio trozo de incandescencia cósmica que su nave desprendió de la superficie solar. A Rimbaud no le preocupa el hecho de que, moviéndose en la zona donde los límites de lo humano comienzan a romperse, el poeta se pierda, enloquecido, devorado por las potencias que su travesía desató. Todo lo contrario. El viaje sólo parece hallar justificación plena en el extravío. Recuperando la máxima esencial de los Argonautas, navegar es preciso, vivir no es preciso.&lt;br /&gt;De ahí que, en tanto fragmento directamente desprendido de una travesía vital, su obra tenga tanto de perturbador galimatías. No queda duda de que el poeta vio, ni de que lo que vio —perteneciente al orden de las esencias universales— nos refiere inexcusablemente a todos. Sin embargo, nadie puede decir con plena certidumbre qué territorios pisaba. Lo que sus poemas nombran se halla en las fronteras mismas de lo innombrable, del mismo modo que los monstruos concebidos por H. P. Lovecraft. (Resulta idiota que alguien, con banales criterios comerciales y una mediocre noción del horror —modelada por Freddy Kruger y el narcosatanismo—, haya pretendido escribir el Necronomicón. La abominable magia del libro de Abdul Alhazred brota precisamente del hecho de que el lector del corpus lovecraftiano no sabe jamás qué cosa dice).&lt;br /&gt;En cierto sentido, sin menoscabo del alcance y la pertinencia que semejantes planteamientos desprenden para toda la literatura en su conjunto, ni de la especificidad de obras y autores pertenecientes a muy distintas (cuando no opuestas) genealogías espirituales, lo que Rimbaud está en cierto sentido haciendo es caracterizar y delimitar las márgenes del género poético propiamente dicho. La poesía, independientemente de las particulares propensiones del poeta en turno, y sin perder de vista que sólo es posible fundar sobre un horizonte previamente develado, pertenece más al orden del develamiento que al de la fundación. Empleando la figura con que Daniel González Dueñas aborda la obra de Roberto Juarroz, diríamos que en el género poético lo que prima es la “fidelidad al relámpago”, la intuición luminosa, la fulguración augural e inaugural.&lt;br /&gt;Articular a partir de dicha fidelidad una unidad perdurable (en la efímera medida que esto es humanamente posible) constituye una tarea que la poesía puede por supuesto plantearse, pero a la que de ninguna manera se halla obligada. A menudo, la propia sustancia del género imposibilita planteársela. La rara avis del poema largo (“Muerte sin fin”, “La Tierra Baldía”, “Primero Sueño”, “El cementerio marino”), menos que como modelo general de referencia ha de entenderse privilegiada síntesis delimitadora de las fronteras del género, un paso antes de la zona donde la relampagueante lucidez de lo lírico y la búsqueda de unidad de lo novelístico cristalizan atípicas tensiones y equívocas armonías en obras tan inclasificables como “Eureka”, “Los Cantos de Maldoror” o “Cómo es”.&lt;br /&gt;Rota la unidad épica que en la edad antigua regeneraba lo real sin distingo alguno entre cuento y canto, Occidente confió a la poesía la tarea de descubrir los nuevos mundos. La novela nació para fundar en ellos un espacio habitable.&lt;br /&gt;Un espacio cuya habitabilidad, a menudo circunscrita a la claustrofobia, la fugacidad, la locura, el extravío y lo intransferiblemente individual, podría antojarse menos que precaria, pero que hasta en las travesías del género más extremas, caóticas, underground, dinamiteras o iconoclastas, restituye como horizonte posible la unidad de sentido. Si la novela se halla fatalmente destinada a proyectar semejante horizonte sobre el mundo, se debe a que la unidad no constituye una norma exterior impuesta sobre la realidad viva de las obras, sino su más elemental condición de existencia. Al suprimir la unidad narrativa, es la propia novela quien desaparece.&lt;br /&gt;Tal es lo que plantea de manera implícita Italo Calvino en la conferencia final de su libro “Seis propuestas para el próximo milenio”. Cuando identifica como noción clave del género novelístico a la multiplicidad, lo hace sabiendo que si se le asume en tanto llana enumeración acumulativa de lo diverso, a lo más que alcanzaría en términos literarios a aspirar es al catálogo. A contracorriente de una época que ha convertido la sobreabundancia de información en un atentado contra el conocimiento, y la hueca ponderación de la diferencia en tácita legitimación del más unívoco totalitarismo de la historia humana (el del capital), Calvino jamás pierde de vista que asomarse a la multiplicidad es en todo momento un desafío para hallar en ella sentidos unitarios válidos, donde el devenir humano pueda verse permanentemente reconstituido.&lt;br /&gt;El enciclopedismo de la novela participa, sí, de la desmesurada pretensión de abarcar extensivamente el universo infinito a través de una obra, como todas las del hombre, hecha de finitud. Pero tal pretensión, en significativa paradoja, exige que la obra se constituya interiormente unidad perdurable&lt;br /&gt;Los modos de dicha unidad son diversos, por no decir potencialmente infinitos, y hace mucho tiempo que dejaron de referir de manera exclusiva o prioritaria a la anécdota, si bien la historia por contar continúa erigiéndose como la más privilegiada y fecunda mediación entre las potencias primordiales de lo real, la sensibilidad creadora del escritor y el razonamiento crítico de su tiempo y su espacio históricos. A partir de esta sencilla evidencia, podemos decir que la novela tiene plena libertad para romper la unidad de tiempo, la unidad de espacio, la unidad del lenguaje, la unidad de personajes, la unidad de líneas narrativas; la unidad, en fin, de los diversos planos de realidad que el trinomio trazado por obra, autor y lector conjuga. Sin embargo, se halla imposibilitada para romper con toda noción de unidad. En el plano novelístico, el cadáver exquisito (reunión arbitraria de fragmentos sin vínculo originario entre sí) no existe. Si Julio Cortázar se hubiese limitado a entregar a la imprenta la tercera parte de “Rayuela” (ese entrañable y abigarrado cajón de sastre titulado “de otros lados”) probablemente seguiríamos hablando de una obra literaria significativa y perturbadora, pero en modo alguno de una novela.&lt;br /&gt;La poesía es una travesía desnuda hacia lo real, y suele abrirse con frecuencia hacia las inmediaciones de lo humano. La novela elabora la crónica de dicha travesía, volviéndola experiencia memorable, a la manera de la épica. Sólo que lo hace en un contexto donde la memoria ha dejado de ser reiteración ritual de los orígenes para volverse meditación crítica del devenir. Y aunque pueda con atronadora lucidez asomarse a la misma dimensión limítrofe hollada por los navegantes de la estirpe Poe, Holderlin o Rimbaud (tal lo muestran Conrad, Melville o Dostoievsky) lo hace siempre desde este lado. Sin disimular el abismo, pero articulando la ruta que conduce hacia él cartografía común, patrimonio compartido. Destino de ida, pero también de vuelta.&lt;br /&gt;En tanto género, la novela representa el recordatorio colectivo de que toda ciudad se funda, lo sepa o no, sobre el testimonio del más reciente naufragio, pero también el de que hasta la más osada y terminal de las navegaciones presupone no sólo un puerto, sino el arduo “vivir es preciso” en que la propia idea de puerto se enaltece y justifica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TTBwaeMZjhI/AAAAAAAAAEs/yfWpHhOkRq0/s1600/rimbaudb.gif"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 245px; DISPLAY: block; HEIGHT: 399px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5562069139886542354" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TTBwaeMZjhI/AAAAAAAAAEs/yfWpHhOkRq0/s400/rimbaudb.gif" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-8317905597888906920?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8317905597888906920'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8317905597888906920'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/01/el-naufragio-y-el-puerto.html' title='EL NAUFRAGIO Y EL PUERTO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TTBwaniZ3YI/AAAAAAAAAE0/rL8L7LzttsU/s72-c/rimbaud.gif' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-3144276865988471388</id><published>2011-01-08T13:09:00.000-08:00</published><updated>2011-01-08T13:13:33.515-08:00</updated><title type='text'>AGUAS Y PUENTES</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TSjTOL4kHLI/AAAAAAAAAD8/tfTprwNBPtE/s1600/segundo%2Bpiso.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 300px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5559925980650544306" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TSjTOL4kHLI/AAAAAAAAAD8/tfTprwNBPtE/s400/segundo%2Bpiso.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;El periférico norte, encargado de enlazar, delimitar, confundir y entremezclar los nebulosos confines entre el Distrito Federal y el Estado de México, simula haber conjurado el azar y el desorden por vía del férreo acotamiento clasificatorio. Los cotidianos atascos vehiculares, la rudeza al volante como estilo congénito y hasta las colisiones aparatosas parecieran adquirir en él un aire de programada burocracia, de ademán previsto, de opción puntualmente calculada. Hasta tal punto se han habituado sus usuarios a diluir tedio la cólera, que ellos mismos parecieran no advertir lo delgada y vibrátil que es en realidad la membrana divisoria entre resguardo y estallido.&lt;br /&gt;La verdad es que lo advierten con plena transparencia. Pero nuestro plenipotenciario centralismo sobrellevó como rasgo unificador de la nación durante tantas décadas el precario equilibrio entre norma asfixiante y excepción sofocada, que no termina de acomodarse a su nuevo horizonte. Un horizonte de privilegiadas periferias, donde la tapa de la olla de presión volando por los aires hace mucho que dejó atrás la fábula, el cuento, la profecía y el invento, para volverse realidad manifiesta.&lt;br /&gt;En el país de no pasa nada, el hecho de que las cosas parecieran siempre a punto de romperse operaba como prueba incontestable de que iban a permanecer intactas. Hay quienes viven todavía de ese país. Algunos obtienen apenas el rédito de un sueño algo menos intranquilo por las noches. Otros han decidido explotar hasta sus últimas consecuencias los probados beneficios mayores de la fantasmagoría: ponen a desfilar cifras de empleo y promesas de crecimiento económico con el mismo alegre dispendio que antaño usaron otros (tan iguales y tan distintos a ellos) para asegurar que debíamos prepararnos para administrar la abundancia; organizan la cargada que viene, desde la fundada expectativa de triunfo o desde la sustanciosa resignación opositora, ejerciendo ancestrales sabidurías que no discriminan entre coloración partidaria alguna (“el que se mueva no sale en la foto”, “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”); nos venden su privada iniciativa como la medida de nuestro público interés; facturan lo mismo con el viento en popa que con el bote a pique.&lt;br /&gt;Hace unos días, circulando por ese periférico norte encargado de enlazar, delimitar, confundir y entremezclar los nebulosos confines entre el Estado de México y el Distrito Federal, un taxista se quejaba de que para ingresar al flamante segundo piso inaugurado por Enrique Peña Nieto hubiera que pagar cuota. Había de ser para todos, decía, diluyendo tedio la cólera, en una de esas sentencias conformes con su pequeño alcance de articulado rencor.&lt;br /&gt;Idéntica entonación, idéntico género de sentencias escuchaba yo horas más tarde, sorteando a vuelta de rueda las obras con que el gobierno de Marcelo Ebrard parece haber colocado a la capital en metafórico estado de sitio. Cuando algunos días después, de regreso en Morelia, oí a la gente quejarse por el aumento en la tarifa del transporte público, el tono resultaba semejante pero me sonó distinto. Sí, cólera diluida tedio; sí, el pequeño alcance del rencor articulado en corto. Pero los labios, los ojos, el paisaje y las voces de una ciudad donde saberte en estado de sitio ya no es más una metáfora.&lt;br /&gt;Circulando por el periférico norte de la Ciudad de México, los automóviles que toman el segundo piso no alcanzan a mirarse. Allá en las alturas, asentados en sólidos y espectaculares pilastrones, ofreciéndote apenas el perfil de las farolas que enmarcan su inexorable marcha, reducen invisibles el tiempo y la distancia entre el hoy y el mañana, entre el país de las maravillas y el país de nunca jamás.&lt;br /&gt;Dicen que hay espectaculares autopistas en el norte y el sur de este país, donde a ciertas horas o en ciertas temporadas no transita nadie. Por miedo. No mirar desde abajo los autos que hacen uso del segundo piso, te permite y hasta te impone imaginarlo desierto; igual de desierto que ellas. Y a mí, por una asociación de ideas quizá no tan absurda, me hace evocar esos cauces secos que las tumultuosas temporadas de lluvias han recuperado río durante los últimos años en diversas zonas del país; sin consideraciones hacia la humana soberbia, la interesada amnesia y la urbanística arbitrariedad que olvidó que estaban ahí para que el agua circulara.&lt;br /&gt;Los hombres pueden perder la memoria; el agua y su torrente, no. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-3144276865988471388?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3144276865988471388'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3144276865988471388'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2011/01/aguas-y-puentes.html' title='AGUAS Y PUENTES'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TSjTOL4kHLI/AAAAAAAAAD8/tfTprwNBPtE/s72-c/segundo%2Bpiso.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-3328326845840689131</id><published>2010-12-29T09:22:00.000-08:00</published><updated>2010-12-29T09:28:43.342-08:00</updated><title type='text'>CONFESIONES AMOROSAS</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TRtvHiK4AmI/AAAAAAAAAD0/7rghwDVut1I/s1600/Milosaurio.JPG"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5556156740513825378" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; CURSOR: hand; HEIGHT: 400px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TRtvHiK4AmI/AAAAAAAAAD0/7rghwDVut1I/s400/Milosaurio.JPG" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="right"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;color:#ffffff;"&gt;&lt;em&gt;para el Milosaurio&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Lo real existe. Y ello abre el espacio para distinguir falso y verdadero, verdad y mentira.&lt;br /&gt;Sólo que lo real no es unívoco. Y aprender a navegar sus diversos niveles, así como a discernir en acto la medida de validez dentro de su amplia escala, exige el mayor de los rigores, el desarrollo de un espíritu respetuoso con plena intransigencia (por más contradictorio que suene), tanto de aquello que la luz nombra como de aquello que la sombra impide nombrar.&lt;br /&gt;Y ese es apenas el principio, pues a poco camino que andemos, nos percataremos de que a menudo la sombra nombra, la luz impide nombrar, y una infinita serie de combinaciones que aunque den la impresión de llano trabalenguas van muchísimo más allá del juego de palabras.&lt;br /&gt;Te tocó nacer en una época donde aprender a navegar ese turbulento mar del devenir, causa mucha flojera. Y a veces enmascarando el bostezo, a veces exhibiéndolo con petulancia pobre remedo de rugido, se proclama ese enredo como prueba de que ni lo real, ni lo verdadero, ni lo válido, ni lo justo existen.&lt;br /&gt;Y para demostrarlo, pretenden los que así bostezan meter en el mismo saco a los santos y a los canallas. Porque sí, Emilio, amor de mi sangre abierta, los santos existen; y los canallas también. Pero te digo, cuando los canallas mandan se valen de toda suerte de triquiñuelas para conservar ese mando, al que procuran identifiquemos no con lo real, que ya ves para ellos no existe, sino como la menos impiadosa de las ficciones.&lt;br /&gt;No hay que temerle a la contradicción. No hay que temerle al tropiezo que nos deja con un sabor a barro en la boca y a veces hasta un hilillo de sangre colgando de la comisura. No dejes de buscar y de inventar lo real posible por miedo del ridículo. Siempre el que se pronuncia corre el riesgo de errar, pero es sobre las huellas reales del yerro que la vida se hace mundo vivible.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-3328326845840689131?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3328326845840689131'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3328326845840689131'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/12/confesiones-amorosas.html' title='CONFESIONES AMOROSAS'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TRtvHiK4AmI/AAAAAAAAAD0/7rghwDVut1I/s72-c/Milosaurio.JPG' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-5374335312581147278</id><published>2010-12-21T13:25:00.000-08:00</published><updated>2010-12-21T13:27:04.403-08:00</updated><title type='text'>VELAS EN LA IGLESIA</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TREblNavabI/AAAAAAAAADo/bV8QzZ9C10I/s1600/velas.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 249px; DISPLAY: block; HEIGHT: 272px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5553250141595462066" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TREblNavabI/AAAAAAAAADo/bV8QzZ9C10I/s400/velas.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;La filiación de las figuraciones poéticas no ha de establecerse nunca en función de su temática, sino de las sugerencias sensibles que son capaces de desatar en el lector. Si en términos científicos las propiedades secundarias de los objetos (tales como el color, el sabor, la textura) son contingencias empíricas que enmascaran más que insinúan la verdad necesaria y la ley general, para la expresión estética representan privilegiados parámetros de validez o, mejor dicho, insoslayables coordenadas de sentido.&lt;br /&gt;A ojos de la biología, pongamos por ejemplo, carecería de interés acometer un ordenamiento de las especies animales a partir de su tonalidad o su tamaño, por lo que razonablemente acaba dirigiendo su atención a las configuraciones orgánicas, los modos de gestación, etc. Por el contrario, los dominios de la literatura no miran anormal o extravagante una clasificación como la citada por Jorge Luis Borges en su Emporio celestial de conocimientos benévolos, mismo que consiente incisos tales como “que se agitan como locos” o “que de lejos parecen moscas”. Por lo demás, no deberá extrañarnos si, llevadas a riguroso término en los particulares terrenos que a cada una corresponde, ambas clasificaciones acaban coincidiendo plenamente.&lt;br /&gt;Ahora bien, para ver no basta con tener ojos. De ahí que distinguir linajes posibles en los territorios de la Alta Fantasía represente un ejercicio que puede confundir incluso a los más avezados. No son pocas las luminarias de nuestras letras nacionales que han manifestado públicamente su convencimiento de que La suave patria de Ramón López Velarde resultó al final una aurora sin descendencia, convertida en pretexto de parodia para toneladas de engendros líricos hoy justamente olvidados; y sin embargo, resulta más bien raro encontrar alguien capaz de notar la verdad evidente de que la patria prefigurada en ese poema por el jerezano, anduvo de aquí para allá durante varias décadas, presidiendo los mejores momentos de nuestra poesía, ahondando los paisajes de Pellicer, tiñéndose de rubor helado en los convites de Gorostiza, acompasando los versos blancos de Paz, mudando de sexo en los febriles lechos de Villaurrutia, inflamando los arrebatos rojos de Efraín, aguzándole el doble filo a la ironía de Rosario, dejándose querer en las arrulladoras sonoridades de Sabines. Que muchos de estos clásicos no comparten tema, importa poco, pues comparten lo único que en poesía vale: imágenes esenciales y figuras posibles.&lt;br /&gt;Como prueba de que el tema en estos ámbitos es cosa secundaria, sobran los ejemplos. Versando ambos sobre un velorio, describiéndolo con minucia, infiriendo a partir de lo narrado meditaciones sobre los muertos y los vivos, perteneciendo a todas luces a la misma parentela, poco comparten de fondo “La noche que en el sur lo velaron” de Borges y “Qué solos se quedan los muertos” de Bécquer. En el extremo opuesto, qué cercanos y dialogantes se miran “Elogio a Fuensanta” de López Velarde y “Entre la dicha y la tiniebla” de Eliseo Diego, siendo el primero enésima confesión adolescente de un provinciano amor prohibido, y el segundo amarga disertación de metafísicos tintes, a propósito de la mínima estatura de lo humano de cara al infinito.&lt;br /&gt;“...y abajo mi conciencia, como una vela en una iglesia abandonada” dice Eliseo. Para entonces, Ramón hacía ya más de medio siglo que había declarado: “Tus ojos tristes, de mirar incierto, / recuérdanme dos lámparas prendidas / en la penumbra de un altar desierto”.&lt;br /&gt;Ambas figuras son parientes secretas. No sólo eso, parece incluso como si dialogaran e imprevisiblemente se respondieran por encima del espacio, del tiempo, las sensibilidades, los estilos. Eliseo le ofrece al adolescente martirizado por su inmóvil amada, el consuelo de la desmesura que acabará borrándolo todo. Ramón duplica la llama solitaria del amargo sabio, oponiéndole al silencio de Dios la indescifrable elocuencia de los ojos del amor.&lt;br /&gt;Y todo esto con apenas dos luces en medio de una iglesia a oscuras. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-5374335312581147278?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5374335312581147278'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5374335312581147278'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/12/velas-en-la-iglesia.html' title='VELAS EN LA IGLESIA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TREblNavabI/AAAAAAAAADo/bV8QzZ9C10I/s72-c/velas.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-6447775326605025473</id><published>2010-12-16T19:40:00.000-08:00</published><updated>2010-12-16T19:42:19.873-08:00</updated><title type='text'>HORIZONTES DE EXTRAVÍO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TQrcC6mSYfI/AAAAAAAAADg/-zrOkAYs7lM/s1600/el-grito-de-edvard-munch.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 309px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5551491433335251442" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TQrcC6mSYfI/AAAAAAAAADg/-zrOkAYs7lM/s400/el-grito-de-edvard-munch.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Habría que meditar con mayor atención y detenimiento qué tan excepcionales son en verdad los grados de virulencia de la violencia actual. No para, con irresponsable ligereza, pretender disimularlos o atenuarlos (menos aún disculparlos); no para, con visceral histeria, exagerarlos o exaltarlos (menos aún ponderarlos). Antes bien para asumir de manera cabal, a partir del delineamiento objetivo de nuestros niveles de envilecimiento y de indefensión, los auténticos márgenes de maniobra dentro de los cuales ha de ejercerse la reivindicación de nuestras responsabilidades humanas más elementales (aquellas que refieren a la dignidad como sustento elemental para la vida de la especie).&lt;br /&gt;A menudo me parece, como a buena parte de mis semejantes, estar viviendo una edad de inédita ignominia dentro de la historia de la humanidad. Procuro entonces, pese al brutal poder paralizador de las prendas anecdóticas que —para demostrar o justificar la impresión— uno puede reunir con sólo estirar la mano, penetrar en las descomposiciones de fondo que la apocalíptica superficie a la vez denuncia y enmascara. Y por lo regular, tras el balance, la impresión lejos de corregirse se refuerza, impeliéndome a aseverar, en obediencia a algo que a estas alturas ya no sé si es perspicacia crítica o más bien lo contrario (acto reflejo condicionado por una lógica lineal de causa-efecto), que jamás la especie humana había asistido a una instancia tan radical, tan extrema, de extravío y absoluta pérdida de sentido.&lt;br /&gt;Pero de pronto me pregunto si no estaré incurriendo en una magnificación sentimental (quién sabe hasta qué punto manipulada por las mismas inercias de las que supongo que mi desencantado y quisquilloso temperamento crítico me pone a salvo), en una impresión de superficie. Si no será justamente la inédita posibilidad de acceso cuantitativo al catálogo de prendas de la ignominia, ofrecida por los medios de información masiva, lo que nos hace suponerla inédita.&lt;br /&gt;¿De verdad los méritos del hombre actual lo colocan en un sitial privilegiado, peculiarmente retorcido dentro de la vasta y vetusta genealogía del oprobio? Más allá de la novedosa parafernalia técnica a su disposición, ¿de verdad habrían palidecido los saqueadores de los imperios esclavistas de la antigüedad, los torturadores medievales o los mercenarios colonialistas del siglo XIX ante los cortadores de cabezas de nuestros modernos grupos delictivos?&lt;br /&gt;Por supuesto, incorporar las prendas y los motivos de la atrocidad contemporánea como una estancia más dentro del muestrario histórico de la humana rapiña, entraña un doble riesgo inmovilizador. De un lado, el prejuicio nihilista de atribuirle al hombre una maldad, un sinsentido y una irracionalidad esenciales, que serían en última instancia los que lo caracterizarían, volviendo estéril, utópica y hasta contra natura toda tentativa de redención, así sea parcial. De otro, el comodino solapamiento que, reduciendo lo real a una fórmula preconcebida e inmutable (siempre ha habido luces y sombras y, por tanto, ningún espesamiento de sombra representará jamás un riesgo de extravío definitivo), cuanto consigue es excusar, elevándola a norma, la incomprensión y la indefinición de actitud y de acción ante su propia circunstancia y devenir.&lt;br /&gt;Sin embargo, no menos equívocos resultan los corolarios de la opción contraria cuando se le convierte en axioma incuestionable: caracterizar la historia humana como un continuado, inexorable e irreversible descenso en pos de las simas últimas de la abyección. El presente como prevista estancia de paso en el tránsito sin remedio de lo malo hacia lo peor, y donde las opciones extremas del cinismo cómplice y el pánico impotente —en nombre de la supervivencia y la autoestima—, elevan la ignorancia al rango de virtud.&lt;br /&gt;La conciencia sigue siendo el único fundamento posible para una virtud humana digna de nombre semejante. Pero no olvidemos que, a su vez, sólo merece el nombre de conciencia aquella que el humano hacer madura obra. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-6447775326605025473?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6447775326605025473'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6447775326605025473'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/12/horizontes-de-extravio.html' title='HORIZONTES DE EXTRAVÍO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TQrcC6mSYfI/AAAAAAAAADg/-zrOkAYs7lM/s72-c/el-grito-de-edvard-munch.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-8923611860195743984</id><published>2010-12-04T14:53:00.000-08:00</published><updated>2010-12-04T15:06:24.464-08:00</updated><title type='text'>JOVEN QUE QUIERES SER POETA</title><content type='html'>&lt;div align="left"&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TPrHhM51p5I/AAAAAAAAADY/ooDm_dgKJPA/s1600/CABALLO%2B04.JPG"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 324px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5546965264273614738" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TPrHhM51p5I/AAAAAAAAADY/ooDm_dgKJPA/s400/CABALLO%2B04.JPG" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt; &lt;span style="font-size:85%;"&gt;Imagen: Cecilia León&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;Hemos banalizado hasta los más vulgares extremos nuestra manera de leer poesía, nuestra &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;manera de leernos a través de la poesía.&lt;br /&gt;Y así lo escribo. En esa primera persona del plural tan útil para el disimulo y la coartada, tan propicia para lanzar la piedra y esconder la mano, tan socorrida para revolver el aire a aséptico resguardo de su transparencia o de su irrespirabilidad, tan conveniente para enmascarar radical osadía las más mezquinas cautelas. Sin embargo, no me mueve la intención de acusar en flamígero abstracto, a fin de garantizar y garantizarme una conveniente y cómoda absolución en lo concreto.&lt;br /&gt;Al hablar de “nosotros”, lo hago por puntualidad descriptiva, y me refiero a las inercias a través de las cuales es normada la vida literaria. Inercias que cada partícipe y usufructuario alienta, cultiva y salvaguarda en mayor o menor medida.&lt;br /&gt;Todo empieza tal vez cuando, involuntariamente en algunos casos, con ventaja y alevosía en otros, el margen de sentido de la obra literaria va quedando circunscrito a los horizontes que delimita la literatura. La manifiesta evidencia de que la mayor parte de las cosas que se escriben son sólo literatura, y de que la mayor parte de los que escriben son solamente escritores, hace olvidar que ciertas obras literarias, siendo sin lugar a dudas literatura, son también algo más que literatura; que ciertos autores, siendo sin lugar a dudas escritores, son también algo más que escritores. Y semejante amnesia inhabilita para siquiera preguntar, para alimentar cuando menos la duda, de si en tales obras y autores no será a fin de cuentas ese “algo más” lo de verdad importante.&lt;br /&gt;Pero la auténtica gravedad del problema no radica ahí. Tampoco en el hecho de que seamos capaces de reconocer todavía, así, en primera persona del plural, a esos autores y obras que son algo más que literatura como los legítimos y efectivos delineadores de los rostros y alientos esenciales del decir poético. El oprobio consiste en reclamarlos patrimonio preferente, cuando no exclusivo, de la literatura. Ambiguo botín de poder material, ideológico o llanamente onírico para los escritores, los críticos, las instituciones culturales, las casas editoras, los talleres, los escalafones académicos, los sistemas de becas, las carreras de letras.&lt;br /&gt;Aterra contemplar cómo los jóvenes novicios, cada vez más temprano y cada vez con menos excepciones, restringen su horizonte de intuición, así como su margen de acción, aprendizaje y escritura, al sueño baladí de convertirse en escritores. Escépticos precoces de cualquier “algo más”, felices ignorantes de todo más allá, encaminan sus trabajos y sus ensueños hacia el objetivo primordial de publicar, ganar certámenes, impartir seminarios, ejercer desde arriba las paternidades tiránicas o benevolentes que hasta ahora han recibido desde abajo. Ser famosos. Odiados o queridos, pero famosos. Y hasta ahí. Non plus ultra. No ver, sino ser vistos.&lt;br /&gt;Por supuesto, cada cuál es responsable de sus pies. Cuesta arriba o cuesta abajo, de cara a la infinita llanura o parado en el borde del abismo. Pero considero que parte del trabajo de escritor ha sido siempre, sigue siendo hoy todavía, recordarle a los otros, en general, el más allá donde poesía y literatura se dimensionan, justifican y proyectan patrimonio humano.&lt;br /&gt;Por mínimo sentido de dignidad gremial, por elemental respeto al oficio en que nos hemos elegido, por humana complicidad y solidario reconocimiento, habría que recordarles lo que están en condiciones todavía de recobrar. Sobre todo si, de cara a la literatura, nosotros lo hemos perdido sin remedio. Y compartirlo no como ese sabio al que nadie necesita, ni como ese maestro que no pidieron, ni como ese hermano mayor al que envidian y detestan. Compartirlo como el llano compañero de ruta y oficio que somos, apenas con un tramo un poco mayor de zozobra y sospecha recorrido.&lt;br /&gt;Joven que quieres ser poeta, novelista, cuentista, ensayista, dramaturgo. Recuerda. No llegaste a la literatura de la mano de la literatura; llegaste a la literatura de la mano de la vida. Gozar los privilegios de unos ojos, exige asumir las demandas de la travesía que los labró mirada. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-8923611860195743984?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/feeds/8923611860195743984/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/12/joven-que-quieres-ser-poeta.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8923611860195743984'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8923611860195743984'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/12/joven-que-quieres-ser-poeta.html' title='JOVEN QUE QUIERES SER POETA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TPrHhM51p5I/AAAAAAAAADY/ooDm_dgKJPA/s72-c/CABALLO%2B04.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-5577215677926233241</id><published>2010-11-29T18:51:00.000-08:00</published><updated>2010-11-29T18:53:19.990-08:00</updated><title type='text'>EL PUENTE</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TPRnFEj_J_I/AAAAAAAAADQ/ae6dQsZ7Oas/s1600/puente%2B02.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 300px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5545170378021611506" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TPRnFEj_J_I/AAAAAAAAADQ/ae6dQsZ7Oas/s400/puente%2B02.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Camino de mi casa están alzando un puente. Un enorme puente, de los que hace veinte años en esta ciudad ni se soñaban.&lt;br /&gt;Dicen que lo entregarán al finalizar el año. Yo no lo creo. Ningún perito soy en ingeniería ni en infraestructura urbana, pero muchas semanas llevo de cotidiano y atento testigo de la obra. Y contrastando el ritmo de avance sostenido hasta ahora con la amplitud del plazo comprometido, las cuentas, cuando menos a mí, no me cuadran.&lt;br /&gt;Presiento que lo mismo les sucede a los centenares de transeúntes que, como yo, están obligados a pasar todos los días por la zona de combate. La mayor parte de ellos, como yo, tampoco serán peritos en confección de puentes ni en administración de recursos humanos. Pero de seguro, como yo, también opinarán que, en materia de aplicación y de prodigio, a ojo de buen cubero poco hay que reprocharle a las cuadrillas de hombres y de máquinas responsables de la obra.&lt;br /&gt;Me ha tocado, sí, escuchar tres o cuatro comentarios críticos y desfavorables hacia el trabajo en curso, que en mi calidad de absoluto neófito me declaro incapaz de calibrar en su justa dimensión. Que si es mejor alternativa aquel otro sistema, que si las construcciones previas elaboradas en base a este modelo o a este equipo y elenco dejan mucho que desear. Será el sereno. Tales comentarios han salido de boca de algún casual compañero del transporte público, de algún escéptico taxista, de algún aislado amigo. La mayor parte de los seres humanos que desfilan día tras día ante la evolución del puente, dejada de lado la irritación logística de primer plano, componen, como yo, la misma cara de asombro.&lt;br /&gt;Sin embargo, son como siempre los niños quienes atinan a enunciar lo que todos miramos, sospechamos y esperamos, elevándolo así hasta la estatura y la dignidad de lo real. Son ellos quienes elogian en voz alta la belleza y el misterio de la maquinaria que corta, perfora, escarbar, recoge, aplana, levanta. Son ellos quienes enlistan en voz alta novedades y avances. Son ellos quienes en voz alta profieren intriga y maravilla ante los diestros albañiles que pululan por intrincadas telarañas de andamios, o ante el vuelo imposible del alado concreto que se espesa parvada sobre nuestras cabezas. A resguardo de los mezquinos pudores adultos, el niño no disimula cuán vigente, sin importar hasta qué punto amenazada, conservamos en nosotros la opción del entusiasmo.&lt;br /&gt;Es hermosa la obra. Hermosa la consistencia material que adquieren los proyectos, los humanos ensueños, al alzarse de hierro y hormigón, al enturbiar de polvo alborotado el aire. La llamé zona de combate unas líneas arriba. Y eso es. Un abrir de zanjas que parecen trincheras, un delinear de empalizadas imbatibles, una implacable acometida de estruendos. Un avance y repliegue de motores que a feroces mordiscos seducen y transforman el paisaje. Los efectivos de infantería, montando guardia o yendo y viniendo de aquí para allá; empuñando pergaminos, marros, banderas, escobillones y flexómetros. Los efectivos de caballería, subidos a horcajadas sobre vigas, con un pie en el abismo mientras rematan el borde de los tramos ya concluidos, marchándose o llegando en bicicleta. Los efectivos de artillería al volante de sus bestias a diesel.&lt;br /&gt;Miro delante mío el apurado paso de las gentes que caminan en pos del crucero próximo. Más rápido a pie que a vuelta de rueda, dadas las circunstancias. Puede ser el principio de la noche o el término da la madrugada; tanto da, la oscuridad es la misma. Hombres mochila al hombro, mujeres con niños, viejos de bufanda, adolescentes conectados al audífono. Una muchacha avanza en equilibrio por el borde de un zanjón; dos perros la contemplan sin ladrar a través de la alambrada de un lote baldío. No es hermosa. No como las paradisiacas playas de los cromos ni como las perfumadas pieles del celuloide virtual. Es fea. Como las yerbas marchitadas por la seca borrasca del asfalto; como los troncos de los árboles cortados para ampliar la avenida; como la grasa que lubrifica el acero, como el tableteo de los engranes.&lt;br /&gt;Como luz de amanecer o atardecer sobre los muros; muros que en esta ciudad, lo mismo que en las otras, en su enorme mayoría no son de cantera. Como el eco de pasos y de voces en las banquetas cercanas cuando, aún inconcluso, vela solitario desde aquí el puente que están alzando camino de mi casa. Ese puente enorme, de los que hace veinte años en esta ciudad ni se soñaban.&lt;br /&gt;La muchacha prosigue su camino hasta donde no puedo verla. Entre la zanjas, junto a las empalizadas, a través de las trincheras. Osada, anónima desafiante y frágil. Es hermosa. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-5577215677926233241?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5577215677926233241'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5577215677926233241'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/11/el-puente.html' title='EL PUENTE'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TPRnFEj_J_I/AAAAAAAAADQ/ae6dQsZ7Oas/s72-c/puente%2B02.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-2335846143070157365</id><published>2010-11-23T08:43:00.000-08:00</published><updated>2010-11-23T08:46:06.380-08:00</updated><title type='text'>HOY LA VI</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOvvvkVAX6I/AAAAAAAAADI/eu38x_s99lU/s1600/silvioypablo1982envivo.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; DISPLAY: block; HEIGHT: 319px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5542787366894198690" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOvvvkVAX6I/AAAAAAAAADI/eu38x_s99lU/s400/silvioypablo1982envivo.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Hace algunos días, buscando música en la red, me reencontré con una versión en vivo de la canción “Hoy la vi” de Pablo Milanés. Tema interpretado desde siempre y para siempre a dúo con Silvio Rodríguez. Toda la vida (escuché aquel disco por vez primera hacia mis ocho años) me ha parecido que el tema original de estudio carece de la dosis de potencia medio cínica y de confidencia agridulce que música y letra sugieren. Demasiadas trompetas y demasiada postproducción, para mi gusto.&lt;br /&gt;Hoy la vi, y tenía un rostro ajeno al que yo amaba.&lt;br /&gt;A guitarra sola, la versión en vivo está cargada por el contrario de una fuerza y un júbilo peculiares. Mérito pienso no sólo de la canción en sí, sino también de los contextos inmediato e histórico dentro los cuales era interpretada. El concierto tuvo lugar en México durante los años de efervescencia por la revolución sandinista. Y para quienes la coreaban (a pesar de las inevitables connotaciones extralíricas que hasta la menos politizada pieza del canto nuevo latinoamericano en automático cobraba) esa canción en específico parecía sólo una canción de amor. Relato de cosas que pasaban únicamente entre los individuales protagonistas de pasiones sentimentales íntimas, pero no entre los hombres y la historia, no entre los afanes colectivos y sus efectivas obras.&lt;br /&gt;El que dan unos años de no ser feliz.&lt;br /&gt;Cada tanto, algún amigo, familiar o casual conocido mío viaja a Cuba. Llevo algo así como dos décadas agrupando las respectivas impresiones de cada uno en el mismo desván. Ciertos días me da por volcarlas y examinarlas sobre la mesa de soledad, sobre la conversación de café o sobre la página. Por cuanto a mí respecta, hasta ahora el azar, perversa o piadosamente, me ha dispensado acometer de cuerpo presente el iniciático viaje. Pienso la revolución cubana y su devenir desde mi cotidiano espacio, tratando de proyectar su radiografía espiritual y crítica en una perspectiva más amplia que las de la llana obcecación y el llano desencanto, aunque sabiéndome habitante de un espacio y un tiempo precipitados de manera radical hacia éste último.&lt;br /&gt;Hoy la vi; y recordé la historia de un pedazo de mi vida, en que abrí la primavera bruta de mis años al amor.&lt;br /&gt;Diversas gentes y medios anduvieron comentando hace unos meses la gira de Silvio Rodríguez por Estados Unidos, para promocionar “Segunda cita”, su más reciente producción discográfica. La tentación de editorializar el dato fue irresistible. Menudearon sobre todo los talantes de novia ultrajada (¿cómo puede hacernos esto?) y de furibundo inquisidor (¿ya ven, ya ven?). Entre los que sentían mancilladas sus ilusiones de juventud y los que sentían confirmados sus nihilismos de decrepitud, pocos parecieron interesados en escuchar música y letras para a partir de ellas dimensionar cabalmente la actitud que alimentan y resguardan.&lt;br /&gt;Junto a ti, mi futuro de sueños llené. Pude identificar tu belleza y el mundo al revés. Nos miraban de muy buena fe. Nada cruel existía; si yo te veía, reía después.&lt;br /&gt;No me interesa debatir qué tan buen poeta, qué tan mal compositor o que tan mediano guitarrista podrá ser Silvio. Gustos estéticos aparte, creo que lo que me lo ha perdurado como interlocutor entrañable es su perenne capacidad para estar siempre en el lugar equivocado. No por el lugar equivocado en sí, sino más bien por la honestidad, la coherencia y la vitalidad que semejante descolocación revela. Sospechoso de veleidades líricas individualistas y pequeñoburguesas en los días en que hasta para enloquecer constituía una obligación ser materialista dialéctico; reivindicador intransigente de su herencia revolucionaria cuando lo obligatorio era abjurar; pero, sobre todo, artífice de una obra negada a la comodidad de vivir de sus rentas, de repetir la fórmula exitosa; orfebre de una obra que después de cuatro décadas se mantiene viva, independientemente de lo afortunado o desafortunado que pueda resultar en específico cada uno de sus frutos.&lt;br /&gt;Desperté la mañana que no pudo ser. No sin antes jurar que, si no era contigo, jamás. Que esa herida me habría de matar. Y heme aquí, qué destino, que ni el nombre tuyo pude recordar.&lt;br /&gt;“Cada segundo es como el cobro por lo que resultamos ser” sentencia cierta letra de Silvio, en forma lapidaria. Cada vez que escucho esa canción, me da por sentir que quien está hablando es la mujer aquella, protagonista de “Hoy la vi”. Y que bien valdría pergeñar en versos un epílogo recordatorio de que semejante tipo de cobros nadie tiene la obligación de pagarlos. Entonces caigo en cuenta de que acometer tal recordatorio ha sido la lúcida, necesaria e incómoda tarea que Silvio viene cumpliendo durante los últimos años. Desde que los ángeles caídos fueron obligados a recordar y a recordarnos que son de carne y hueso.&lt;br /&gt;Hoy la vi, y tenía un rostro ajeno al que yo amaba. El que dan unos años de no ser feliz. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-2335846143070157365?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/2335846143070157365'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/2335846143070157365'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/11/hoy-la-vi.html' title='HOY LA VI'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOvvvkVAX6I/AAAAAAAAADI/eu38x_s99lU/s72-c/silvioypablo1982envivo.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-1554380200792155260</id><published>2010-11-20T15:05:00.000-08:00</published><updated>2010-11-20T15:07:39.746-08:00</updated><title type='text'>NARRATIVAS DE LA REVOLUCIÓN</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOhUrzg8upI/AAAAAAAAADA/ZT2IpOgboBQ/s1600/Revoluci%25C3%25B3n.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5541772453018909330" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOhUrzg8upI/AAAAAAAAADA/ZT2IpOgboBQ/s400/Revoluci%25C3%25B3n.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;El año 2010, que debería estar sirviendo como coyuntura para un balance autocrítico de la historia nacional, se ha convertido en un grotesco festín publicitario. Administraciones que, hasta churriguerescos extremos, adornan con membretes alusivos las prendas de su habitual incompetencia; una tecnocracia intelectual, académica y cultural que, sin ningún género de disimulos, manipula ideológicamente el pasado en servil legitimación de las inercias públicas que le dan de comer; las élites de un país camino del escombro, reduciendo la memoria a recurso mediático (espejito, espejito, ¿verdad que somos lo mejor que te ha pasado?).&lt;br /&gt;Se ha puesto de moda escribir novela histórica. En buena medida, alentada por la misma vorágine. Habrá que esperar algunos años para que el tiempo salve las honrosas excepciones y devore con justiciero olvido todo lo demás. Esos kilos de novelas sin alma (y por tanto sin ningún alcance crítico, a despecho de sus promocionales aspavientos de superficie), escritos por encargo. Desconfía, querido lector. Desconfía de tanta narrativa de ocasión prometiéndote el desvelamiento de tu propio rostro. Te ofrezco diez propuestas a contracorriente sobre la Revolución. Sí, de verdad: a contracorriente. Pese a su previsibilidad casi escolar. Acaso de ahí provenga la intacta potencia que poseen. Llevan tanto tiempo diciéndonos con transparencia cosas importantes, que se nos han vuelto habituales y parecen inofensivas. Pero su mirada es tan elocuente y tan perturbadora como si acabaran de ser escritas; porque acaban de ser escritas, porque son permanentemente reescritas. Porque tienen mirada. Y la mirada no transa en pro de la novedad de enfoque; la mirada es el punto de partida del enfoque. Malhaya los novelistas que pretenden enfocar (y escandalizar con el enfoque) sin comprometer mirada. No puede enfocar quien no tiene ojos.&lt;br /&gt;1. “Los de abajo” de Mariano Azuela. Demetrio Macías, interpelado por su mujer respecto a los motivos que lo hacen mantenerse en la lucha, arroja una piedra al barranco y dice “mira esa piedra cómo ya no se para”. A veces me pregunto si este episodio, por su brevedad, su sencillez y su alcance, no será a la literatura mexicana lo que el episodio de Don Quijote y los molinos de viento a la literatura universal.&lt;br /&gt;2. “Cartucho” de Nellie Campobello. Ya puestos a las inútiles pero inevitables comparaciones, habrá que decir que este magistral contrapunto entre voz narrativa infantil y materia narrativa atroz, no le pide nada al poder, la entrañabilidad y la hondura de los relatos bélicos de un Ambrose Bierce o un Isaac Bábel.&lt;br /&gt;3. “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes. El lúcido y siempre oportuno recordatorio de que la ruina presente no es obra de políticos a secas, sino de políticos al servicio de una clase que le debe todo a la revolución, aun cuando despotricar contra la revolución siga siendo su deporte predilecto.&lt;br /&gt;4. “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro. Causa escalofríos el alcance del puro título de esta novela de pretexto cristero, colocado en perspectiva nacional. Qué no será cuando juegas a probar profecía cumplida su conjunto. Nadie es inocente; nadie nunca lo fue jamás.&lt;br /&gt;5. “Los relámpagos de agosto” de Jorge Ibargüengoitia. Gracias a novelas como esta, podemos inferir lo que Aristóteles postulaba en la perdida segunda parte de su Poética: que a la hora de relatar, explorar y glosar la realidad, la comedia posee una estatura idéntica a la de la tragedia. Entiendo porque me río.&lt;br /&gt;6. “El águila y la serpiente” de Martín Luis Guzmán. Nuestra narrativa haciéndose adulta. ¿Crónica, historiografía, biografía, ensayo, proclama, poetización, confidencia? Todo eso. Novela, con mayúsculas. El fresco más completo de las horas culminantes de la insurgencia popular. El muralismo de Orozco traducido en términos literarios.&lt;br /&gt;7. “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. No la divinices. Prueba leerla como pura novela de fantasmas (Juan Preciado y su rosario de aparecidos). Prueba leerla como pura novela amorosa (las pasiones de Pedro por Susana). Seguirá siendo el mejor y más sutil relato de la muerte de un país y el nacimiento de otro. Pero lo será a tu modo.&lt;br /&gt;8. “La noche de Ángeles” de Ignacio Solares. Su autor lo expresará mucho mejor que yo: “esta novela surgió más de lo simbólicamente verdadero que de lo históricamente exacto”. Sólo añadiré que, a mi juicio, lo históricamente exacto no es más que el resultado de lo simbólicamente verdadero.&lt;br /&gt;9. “Sombra de la sombra” de Paco Ignacio Taibo II. Si Dashiell Hammett, John Reed, Alejandro Dumas y Luis Villoro se hubieran puesto a trabajar a ocho manos, difícilmente habrían logrado algo equiparable. La mejor novela policiaca que se ha escrito en este país.&lt;br /&gt;10. “Las tierras flacas” de Agustín Yáñez. La voz de la bruja ciega que, al final de la novela, interpela a los modernizadores que acaban de “salvar” al pueblo del cacique rural que los sojuzgaba, sigue retumbando debajo de nuestros pies. Probablemente sea su eco el que está haciendo estremecer y cuartear últimamente esta tierra. La flaca tierra que nos han dado. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-1554380200792155260?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/1554380200792155260'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/1554380200792155260'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/11/narrativas-de-la-revolucion.html' title='NARRATIVAS DE LA REVOLUCIÓN'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOhUrzg8upI/AAAAAAAAADA/ZT2IpOgboBQ/s72-c/Revoluci%25C3%25B3n.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-6896270508667989367</id><published>2010-11-16T08:03:00.000-08:00</published><updated>2010-11-16T08:05:43.187-08:00</updated><title type='text'>HISTORIA Y RELATO</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOKryvqgLhI/AAAAAAAAAC4/yoYfT8aGAl4/s1600/Carranza%2B2.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 300px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5540179379895676434" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOKryvqgLhI/AAAAAAAAAC4/yoYfT8aGAl4/s400/Carranza%2B2.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;En “Fin ineluctable de Venustiano Carranza”, Martín Luis Guzmán alcanza uno de los momentos más brillantes y depurados no sólo de su vasto, fecundo legado narrativo, sino de la crónica mexicana del siglo XX.&lt;br /&gt;El texto narra el amargo y lastimoso peregrinar final del jefe del constitucionalismo, cercado por los barones de Sonora (Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Pablo Gómez), desde su salida de la Ciudad de México hasta su asesinato en el mísero caserío de Tlaxcalantongo. Y resulta notable por razones diversas.&lt;br /&gt;Basta una superficial ojeada a “El águila y la serpiente”, su obra emblemática, para advertir la nula simpatía que Carranza le inspiraba a Luis Guzmán. Su vertical autoritarismo, la subordinación de la causa revolucionaria a la presunta infalibilidad de su propia figura, su debilidad por los aduladores y su ferocidad contra la discrepancia (no se diga ya contra la oposición) serían razones decisivas para el alineamiento del escritor e intelectual con el villismo primero y con los convencionistas después.&lt;br /&gt;“Fin ineluctable de Venustiano Carranza” no oculta jamás hasta qué punto se habían mantenido intactas tales impresiones con el paso de las décadas. Mediado el siglo XX, Luis Guzmán seguía alimentando un profundo y sincero anticarrancismo, en todo caso depurado e incrementado por el desenlace de una revolución para entonces ya contemplable en perspectiva panorámica.&lt;br /&gt;No obstante, sin ocultar en ningún momento su partidismo, sino antes bien convirtiéndolo en otra eficaz herramienta testimonial y crítica, lo que Luis Guzmán termina por consumar a través de su implacable crónica es más que un cuadro humana y lúcidamente condolido; acaba por resultar un recuento francamente compasivo, secretamente solidario. Pintados fuera de contexto, reducidos a prenda anecdótica, ciertos rasgos del primer jefe del constitucionalismo, como su obcecada convicción de que todo estaba bajo control, su imperturbable actitud hasta en los momentos más urgentes y comprometidos, o su escrupuloso cumplimiento de las formas desde el vórtice mismo de la catástrofe, servirían acaso como superficial y despiadada sátira para engordamiento y aderezo de mil lugares comunes. Recuperados sin énfasis ni disimulo sobre el fondo de interesadas esperanzas, desesperadas lealtades, inquebrantables fidelidades y desbandadas traiciones que enmarcó su marcha hacia la muerte, se embebe de transparencia trágica.&lt;br /&gt;Nada de lo cual tendría en sí mismo relevancia, como no fuera para especialistas, biógrafos y curiosos, de no ser por el aleccionador alcance de semejantes virtudes cuando se dimensionan en toda su amplitud nacional, histórica y literaria. El poder y la vigencia de la novela de la revolución son explicables, íntegros, a partir de la lectura de esta breve obra maestra. La contradictoria complejidad de la gesta revolucionaria transversalmente diseccionada a partir del relato de un personaje, un episodio, una travesía, un momento culminante; el impiadoso deslinde de la virtud y la ignominia como prendas imprevisibles e intercambiables en la configuración del destino patrio.&lt;br /&gt;Relatar no suple ciertamente las tareas de deslinde y esclarecimiento reflexivo que sólo método y sistema validan. No tiene por qué hacerlo. Pero existe también el peculiar e incisivo rigor del relato puro, que cuando se ejerce con el talento y el oficio necesarios consigue un alcance proporcional al de la más lúcida y sustentada de las meditaciones analíticas. Iluminando sin simplificar la historia en los más íntimos e intrincados nudos de su contradicción. Articulando memoria compartible la compleja urdimbre de nuestro propio devenir.&lt;br /&gt;Sepamos o no estar a la altura que su ejercicio demanda, narrar sigue atesorando, intactos, le pertinencia y el poder que hace casi tres mil años supo Homero trasvasar del canto al cuento, nunca tan sinónimos como ahí.&lt;br /&gt;Sigue cantando, oh diosa. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-6896270508667989367?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6896270508667989367'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6896270508667989367'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/11/historia-y-relato.html' title='HISTORIA Y RELATO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TOKryvqgLhI/AAAAAAAAAC4/yoYfT8aGAl4/s72-c/Carranza%2B2.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-2115658065632630877</id><published>2010-11-06T12:21:00.000-07:00</published><updated>2010-11-06T12:32:50.300-07:00</updated><title type='text'>UN FUEGO HELADO</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TNWtVz1q_gI/AAAAAAAAACw/0Ba2TnmBRTo/s1600/incendio.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 325px; DISPLAY: block; HEIGHT: 346px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5536521907126074882" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TNWtVz1q_gI/AAAAAAAAACw/0Ba2TnmBRTo/s400/incendio.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Ayer viernes fue en Morelia un día muy frío. El día más frío de lo que va de esta mitad del año, hasta donde consigo recordar.&lt;br /&gt;Había ya oscurecido, y estaba yo explicando a mis alumnos las funciones del diálogo teatral, cuando llegaron al teléfono celular las primeras noticias de la ciudad en llamas. ¿Un auto, una casa, una calle, una colonia? ¿La ciudad entera? Traía en la cabeza las endecasílabas ascuas del amor constante de Quevedo, entreveradas con el fuego octosílabo de la Inés de Zorrilla; así que no hice mucho caso.&lt;br /&gt;Cuando salí de mi clase nocturna no advertí nada raro. Para afrontar el gélido camino de regreso me subí el cuello de la chamarra y leyendo me extravié en las cálidas selvas de Borneo. Abordó el camión una muchacha de minifalda a cuadros, tableteada, y calcetas negras hasta la rodilla; su novio le cargaba la mochila y se fueron besando largo rato, con vocación caníbal, en el asiento de junto. Crepitaba la osada piel de los muslos desnudos, crepitaban las manos impacientes, crepitaban buscándose los labios; como las mejores fogatas, como los mejores sueños. Al mirarlos bajar les presentí vocación de motel y les deseé en silencio el más febril de los insomnios, el más abrasador de los naufragios.&lt;br /&gt;Hasta mi celular seguían llegando intermitentes atisbos de la ciudad en llamas. ¿Una balacera, un bombazo, una persecución? El temprano punto de la salida a Quiroga que tuerce hacia mi hogar no ofrecía espectaculares novedades. Una concentración algo más nutrida de lo habitual en la parada del crucero, tránsito vehicular algo menos congestionado de lo habitual para una noche de viernes.&lt;br /&gt;Ya en casa pude reunir con más coherencia los primeros fragmentos de rumor. No daban para mucho todavía. Esperé las noticias. Mientras tanto, llamadas y mensajes precautorios para informar y saber que en el más inmediato radio de calor que el corazón abarca estaban todos bien.&lt;br /&gt;Ninguno de los dos noticieros nacionales mencionó el suceso durante su resumen inicial. Y hubo que recetarse el panegírico presidencial disfrazado de informativo sobre otra balacera en Matamoros, así como los promocionales del grotesco reality show llamado “Iniciativa México”, antes de conocer la reconstrucción preliminar de los hechos completos&lt;br /&gt;Ahora, mientras escribo, no todos los detalles están claros todavía. Y seguro que tampoco ahora, mientras lees. Ni lo estarán mañana. Por falta de datos o por sobra de intereses, por énfasis o por disimulo, por rumor o por silencio, por incredulidad o por fantasía. Pero los detalles no siempre resultan imprescindibles cuando de conocer la verdad se trata.&lt;br /&gt;Mirando esas heladas llamas en la pantalla de la televisión, en el blanco y negro de las páginas del periódico, en los claustrofóbicos debates de internet, me decía, me digo, me diré, que no revelan nada que no supiéramos de antemano. Habitamos una ciudad sitiada, un estado sitiado, un país sitiado.&lt;br /&gt;El viernes por la noche, durante varias horas, nadie podía entrar o salir de Morelia. ¿Estado de excepción? No me parece. Más bien el énfasis dramático de una norma atroz. La capacidad demostrada se limita a evidenciar que el resto del tiempo podemos pasar porque nos dejan pasar. Lo mismo que en Tijuana, Ciudad Juárez, Monterrey o Apatzingán.&lt;br /&gt;No quiero multiplicar páginas amarillas. No quiero sumarme al cómodo, estúpido e insustancial coro de los ciegos corderos que se preguntan por qué a ellos, tan buenos y pacíficos, el azar les depara cosas tan malas y violentas. Aristóteles y Eurípides me enseñaron hace mucho tiempo que sólo estamos realmente perdidos cuando nos abandonamos en manos del terror y de la compasión.&lt;br /&gt;No siento lástima por Morelia. No le temo a Morelia Pero me duele hasta los huesos esta noche de puertas sin salida, esta asfixia meticulosa y delirante, la brújula perversa de esta guerra sin aparente brújula, este fuego que quema y que devora sin sombra de calor. Y me indigna hasta la rabia el modo con que tantos pretenden llamarse a histérica y pública extrañeza, cada vez que una espectacular anomalía viene y desnuda la regla cotidiana de que comen y lucran. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-2115658065632630877?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/2115658065632630877'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/2115658065632630877'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/11/un-fuego-helado.html' title='UN FUEGO HELADO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TNWtVz1q_gI/AAAAAAAAACw/0Ba2TnmBRTo/s72-c/incendio.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-6998084696542725201</id><published>2010-11-04T19:08:00.000-07:00</published><updated>2010-11-04T19:19:17.962-07:00</updated><title type='text'>VACÍO</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;Aprendemos en silencio el valor del vacío. Y es encima de él que construimos los muros de la casa, nacidos así salvos de hundirse por su peso. Con el vacío llenamos el hueco de las puertas, y le abrimos su marco a las ventanas, y ganan los pasillos la extensión de su trance y su tránsito.&lt;br /&gt;Está hecho de vacío ese corte angular que llaman escalón. Con vacío se traza la amplitud de los quicios. De vacío se llenan las estancias para que sea posible soñarlas ocupadas. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-6998084696542725201?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6998084696542725201'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6998084696542725201'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/11/aprendemos-en-silencio-el-valor-del.html' title='VACÍO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-5965788612889598706</id><published>2010-10-26T08:30:00.000-07:00</published><updated>2010-10-26T08:38:07.393-07:00</updated><title type='text'>EL IMPERIO DE LA LEY</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TMb1ydSRD_I/AAAAAAAAACo/7iye6o_JcFc/s1600/pfp.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 400px; DISPLAY: block; HEIGHT: 266px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5532379439474741234" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TMb1ydSRD_I/AAAAAAAAACo/7iye6o_JcFc/s400/pfp.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;La ley es orden, pero un orden que debe circunscribirse a la justicia. De otro modo pierde toda legitimidad y se vuelve mera simulación, mera mascarada. La ley que ha dejado de ser expresión racional de la justicia no ordena la anarquía: la erige norma, y —cuando los recursos no le alcanzan para disimularla— se limita a justificarla y a reservarse discrecionalmente dentro de ella el ejercicio de la fuerza.&lt;br /&gt;La ley es razón, pero razón que debe circunscribirse a la justicia. De otro modo renuncia a la validez para volverse mero cálculo, ardid, estratagema. Cuando la razón deja de ser medida justa de la ley, se limita a impostar coherencias legales y mediáticas para el ejercimiento institucional de la infamia.&lt;br /&gt;Lo que lleva al poder existente a colocar fuera de la ley todo aquello que dé visos de atentar contra él, esto es, de arrebatarle sus prebendas, no es una mera desavenencia teórica, sino que remite a intereses concretos, que es preciso identificar en toda la amplitud de su urdimbre. El imperio de la ley como sinónimo de orden represivo contra el derecho elemental del ciudadano a plantearse una forma distinta de gobierno, no debe ser atribuido en exclusiva a los políticos, sino sobre todo a aquellos verdaderos depositarios del poder; aquellos para los que la ley como imperio reserva sus verdaderos beneficios.&lt;br /&gt;La ley no es obra divina, inmaculada e infalible. La ley es obra de fuerzas históricas reales, que al configurarla dieron expresión a intereses reales, muchas veces condicionados por una situación concreta. Tal es el caso de la Constitución de 1917. Más allá de la hueca retórica propagandística que la enarbola como insuperable modelo, y sin menoscabo de su importancia y de sus méritos, ya en su momento conciliaba o intentaba conciliar un contradictorio haz de posiciones ante el país, obligadas a pactar. Suponer que las enmiendas y reformas efectuadas en ella a lo largo de ya casi un siglo no han seguido otro cauce que el de una improbable Luz del Derecho, puesta por encima del devenir real de los conflictos de la nación (no hubo setenta años de paz social, hubo setenta años de disidencias aplastadas), representaría menos un síntoma de candidez que de irresponsabilidad histórica.&lt;br /&gt;Cuando la ley puede romper o condicionar a capricho sus vínculos con la razón y la justicia históricas, es menester renovarla.&lt;br /&gt;Para quienes hoy con ciega virulencia exigen orden por encima de todo, la ley constituye apenas una coartada. Apego enceguecido al código existente y al interés privado que en los hechos se encarga de salvaguardar. No a la ley como expresión racional de la justicia. No al Derecho como garante de legitimidad universal.&lt;br /&gt;Más allá, contra lo que la circunstancialidad nacional pueda mostrar de facto, el espació de acción para aquellos que en apego a la justicia quedan fuera de la ley, no queda restringido a la violencia, ni pasa en primer término por ella, sino que demanda un redimensionamiento del hacer político, capaz de plantear no sólo alternativas bienintencionadas a la realidad existente, sino de articular las fuerzas reales capaces de llevarlas a efecto.&lt;br /&gt;Hay modos diversos de estar fuera de la ley. Dando cauce a una tendencia histórica legítima, capaz de reconstituirla (y de otorgar nuevos fundamentos para el orden público). Quebrándola sin brújula, por mera tensión acumulada.&lt;br /&gt;Dar visceral salida al hartazgo, por legítimo que este pueda ser, no coloca encima de la ley, sino debajo de ella, inerme. Convertir dicho hartazgo en botín propagandístico, sin viso alguno de solución para la demandas particulares que lo hacen detonar, no digamos ya para redimensionarlas con una perspectiva y un alcance más amplios, entra íntegramente dentro de la envilecida norma de la legalidad existente. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-5965788612889598706?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5965788612889598706'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5965788612889598706'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/10/el-imperio-de-la-ley.html' title='EL IMPERIO DE LA LEY'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TMb1ydSRD_I/AAAAAAAAACo/7iye6o_JcFc/s72-c/pfp.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-7967754084078930914</id><published>2010-10-19T07:57:00.000-07:00</published><updated>2010-10-19T08:00:41.767-07:00</updated><title type='text'>PÁGINA BLANCA</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TL2yg5TswSI/AAAAAAAAACg/TP_APusZbAk/s1600/m%C3%B3nic.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 195px; DISPLAY: block; HEIGHT: 300px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5529772195689840930" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TL2yg5TswSI/AAAAAAAAACg/TP_APusZbAk/s400/m%C3%B3nic.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;El mítico mal de la página en blanco (el escritor parcial, transitoria o definitivamente derrotado por la sequía creadora), pareciera corresponder sobre todo a la esfera narrativa, y de modo específico a la novela. No porque poetas, cuentistas, ensayistas y dramaturgos sean impermeables a él, sino quizá porque es en el novelista donde sus prendas se decantan de modo más literario hacia el melodrama y la tragedia. Hasta cierto punto, puede decirse que las diversas formas en que los novelistas se vuelven de pronto incapaces de escribir han terminado por configurar su propio género autónomo.&lt;br /&gt;En el horizonte del quehacer novelístico, quedarse sin novelas para escribir es una aterradora posibilidad siempre latente, una condición irrecusable para ejercer, un sello de identidad consustancial al oficio. Acaso tenga que ver con las específicas magnitudes de la disciplina, o con los sobreentendidos culturales a través de los cuales la edad moderna pasó a convertirla en estanco estelar del decir literario; lo cierto es que el miedo a que la obra recién terminada pueda ser la última, jamás acechará en los terrenos de la poesía con la aterradora sugerencia de norma potencial que adquiere en la novela.&lt;br /&gt;El silencio del poeta o del cuentista siempre tiene algo de íntimamente virtuoso. Lúcida aceptación y valeroso acatamiento de la supremacía de lo indecible; esmerado y paciente destilar de recursos expresivos en pos de frutos estilísticamente inapelables (la perfección formal como sinónimo o al menos privilegiada vía de acceso a la plenitud espiritual); contención intencionada, ruta de trabajo, conquista totalizadora del decir a través de los alcances del callar.&lt;br /&gt;Sin embargo, lo que en Torri o Gorostiza constituye una ganancia inapelable, en Rulfo sabe a premio de consolación. Cuando elogiamos el magro cuentagotas expresivo del cuentista o del poeta, lo hacemos contrastando hipótesis y conjeturas sobre la desventajosa evidencia de lo que escribieron. Cuando hacemos lo propio con el novelista, no logramos quitarnos de la cabeza las novelas que hubiera podido llegar a escribir.&lt;br /&gt;Y daría la impresión de que semejante estado de cosas no se limita a mera ilusión óptica por parte del lector. Las meditaciones de Julio Torri en torno a los motivos, los sentidos y los efectos que alientan la parquedad de su obra, jamás lindan con la preocupación —no digamos ya con el lamento— sino antes bien con la jactancia. Las explicaciones de José Gorostiza o Alí Chumacero respecto a los amplios espacios de silencio que enmarcan su poesía, están dictadas por el llano sentido común de quien conoce a fondo las peculiares exigencias materiales y temporales de su oficio. Por el contrario, así sea de manera susurrada y marginal, hay algo de inocultable amargura en los escasos apuntes personales que Juan Rulfo consagró al tema de su sequía creadora tras la aparición de Pedro Páramo; nada que ver con la controlada ecuanimidad de su mutismo ante la prensa y los colegas.&lt;br /&gt;El novelista que no continúa escribiendo adquiere toda la traza de un infractor, y vive como en falta, como incumpliendo una responsabilidad. Poco importa que esgrima o le esgriman a modo de argumentación precautoria el catálogo bastante más nutrido de aquellos escritores que después de la novela maestra (o las novelas maestras) hubiera sido tal vez deseable que no volvieran a escribir nada más. Comulguemos o no con la especial perspectiva de sus travesías mayores, nos sentimos más tentados a la indulgencia con las penosas adendas de un Carlos Fuentes o un Fernando del Paso, que con el inmanejable silencio del autor de El Llano en Llamas.&lt;br /&gt;Una excepción mayor (las menores abundan) a la implacable norma pareció sostenerla durante décadas Josefina Vicens con “El Libro Vacío”, de 1959. Más de dos décadas de inmaculado silencio novelístico tras una obra perfecta, hasta que en 1984 la publicación de “Los años falsos” vino a replantear, para los interesados en el tema, la incómoda realidad creadora del paréntesis. El contrastante tema de ambas obras viene a ser en este caso lo de menos; la estatura de clásico de la primera y el tono de obra menor de la segunda también. Leyendo “Los años falsos”, cualquiera que haya transitado con voluntad de hacedor las estancias del género novela, descubre entrelíneas el febril empeño de una hermana de sangre por sustraerse a la monstruosa estirpe de los que no pudieron escribir nada más.&lt;br /&gt;Tal vez ahí esté el término clave. Pueden haber poetas y cuentistas que no quisieron escribir nada más. Para el novelista, no escribir más significa no haber sabido escribir nada más.&lt;br /&gt;No niego que sea posible agrupar ejemplos en sentido inverso. Novelistas copiosos hasta el despilfarro o conformes con su escasez, poetas atormentados por haber enmudecido o perseguidos por el fantasma de la obra cumbre que nunca volverán a ser capaces de escribir. Pero presiento que no anda demasiado desencaminada del silencio por un lado como valor poético y cuentístico, y por otro como desvalor novelístico.&lt;br /&gt;A nadie que haya escrito una novela lo deja dormir el fantasma de la novela que no ha escrito todavía. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-7967754084078930914?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/7967754084078930914'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/7967754084078930914'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/10/pagina-blanca.html' title='PÁGINA BLANCA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TL2yg5TswSI/AAAAAAAAACg/TP_APusZbAk/s72-c/m%C3%B3nic.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-218667672465026781</id><published>2010-10-09T10:54:00.000-07:00</published><updated>2010-10-09T10:55:43.026-07:00</updated><title type='text'>LA RAZA Y SU DÍA</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Siendo octubre, aproximándonos ya al cierre de este año de meditación y de exhibición de credenciales a propósito de los modos y significaciones de encarar y acometer las efemérides, no estará de más consagrarle algunos apuntes al llamado Día de la Raza.&lt;br /&gt;Entiendo y censuro, como cualquier latinoamericano pensante, que la fecha se asimilara durante largo tiempo, y se siga asimilando todavía en algunos ámbitos, a una hueca inercia festiva por obra de la cual, durante veinticuatro horas, volvíamos a asumirnos súbditos jubilosos o al menos conformes de la corona española. Como si lo que estuviera celebrándose fueran las hazañas navales, militares, políticas, religiosas y carniceras de Colón, Cortés, Quiroga o Pizarro.&lt;br /&gt;Entiendo y comparto la irritada vehemencia con que muchos latinoamericanos, encabezados por los pueblos indígenas en tanto depositarios directos de la herencia social, política y cultural precolombina, vienen obligándonos a cuestionar desde hace décadas la perspectiva, el sentido y la legitimidad de tal celebración.&lt;br /&gt;Pero disiento radicalmente de cuantos pretenden caracterizar al Día de la Raza como una efeméride deleznable, cuyos contenidos quedan circunscritos al oprobio. Como en todos los vértices culminantes del devenir histórico a partir de los cuales se ha redefinido nuestra opción de ser, el 12 de octubre exige ser discernido del modo más puntual, alejándonos lo mismo de la banalidad conciliatoria que de la impostación rencorosa.&lt;br /&gt;Este continente no terminará de ajustar las cuentas con su pasado mientras no deslinde con absoluta e implacable transparencia las responsabilidades del genocidio y del despojo sobre el que fue erigido. Pero tampoco ganará derecho pleno sobre su presente mientras pretenda circunscribir el reflejo del rostro que es a la medida del espejo de lo que fue.&lt;br /&gt;El Día de la Raza no es el día ni de aquellos vencedores ni de aquellos vencidos, sino el día de esta desgarrada, multiforme, contradictoria y prodigiosa resultante. La infinita gama del mestizaje que se extiende desde la Patagonia hasta saltar la línea del Río Bravo. ¿Mucho de por medio para lamentar, para maldecir, para condenar, para llorar? Sin duda. ¿Mucho para cuestionar, reflexionar, conmemorar, analizar, discernir? Por supuesto.&lt;br /&gt;Pero también, según mi juicio, mucho para celebrar, festejar, cantar, zapatear, corear. No con el tono descafeinado y políticamente correcto de los herederos de nuestras oligarquías criollas, para quienes el alcance de la sangrienta mixtura americana se reduce al chocolate con churros o a los chiles en nogada durante las tertulias de postín, o al huipil de marca a lomos de jaguar high-definition como una estrella más del canal de la familia mexicana; no con la piedad del amo blanco que se jacta de darle a su chacha morena el mismo trato que a sus mejores y más finos perros.&lt;br /&gt;Con el tono de derecho conquistado del comunero de Santa Fe de la Laguna que funde vihuela de por medio armonías andaluces, salmodias purembes y reivindicaciones zapatistas. Con el tono de futuro posible de la mulata ecuatoriana que sopla jugueteando una zampoña mientras la televisión reseña el intento golpista en Guayaquil. Con el tono de esperanza proscrita del negro que en Puerto Príncipe se asoma a la ventana para sentir la brisa y contemplar el cielo sin estrellas. Con el tono de azoro desafiante del rubio adolescente porteño, que cerca de Belgrano le rescata a un bajo eléctrico los acentos de candombe de los mejores tangos. Con el tono de intimidad abierta, de generosa lucidez y de abrazo fraternal con que las páginas de José Martí le hablan sin distingos al mestizo con predominio indígena, al mestizo con predominio africano, al mestizo con predominio ibérico, y al mestizo sin predominio identificable.&lt;br /&gt;Basta ya, carajo. Basta ya de mirar la hora de nacer como la hora de empezar a arrepentirnos por haber nacido.&lt;br /&gt;Viva la raza. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-218667672465026781?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/218667672465026781'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/218667672465026781'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/10/la-raza-y-su-dia.html' title='LA RAZA Y SU DÍA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-4778190130290117474</id><published>2010-10-06T10:10:00.000-07:00</published><updated>2010-10-06T10:22:24.367-07:00</updated><title type='text'>HIDALGO DEMIÁN</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TKywO-8al1I/AAAAAAAAACY/tl8MrxiBRVE/s1600/bichalgo+2.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 213px; DISPLAY: block; HEIGHT: 320px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5524984614337812306" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TKywO-8al1I/AAAAAAAAACY/tl8MrxiBRVE/s320/bichalgo+2.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Cuando anduvo rodándose por Morelia, el título manejado para la película no era el que finalmente ostenta en cartelera, sino uno menos rimbombante y pretencioso: “Hidalgo Moliere”. Hasta marzo del año en curso, todas las notas periodísticas consagradas a ella continuaban llamándola por el mismo nombre. Así que fue de cara a sus últimos seis meses de promoción preestreno, cuando los responsables de publicitarla decidieron jugárselo a todo y nada por los terrenos menos imaginativos de la convención mediática.&lt;br /&gt;Tengo la impresión de que este detalle, en apariencia tal vez irrelevante, bien puede servir de eje a la hora de procurar discernir con mínimo tiento los tinos y desatinos de “Hidalgo, la historia jamás contada”. Si, desde la concepción misma del proyecto y la escritura del guión, el equipo de trabajo se hubiera centrado en los horizontes que el título “Hidalgo Moliere” propone, hubieran evitado la mayor parte de las desmedidas promesas que “la historia jamás contada” acaba por incumplir.&lt;br /&gt;La cinta se centra en el período que Miguel Hidalgo pasa en San Felipe Torresmochas, Guanajuato. Y emplea de leitmotiv central una puesta en escena del Tartufo de Moliere, que el párroco habría llevado a cabo con moradores del lugar.&lt;br /&gt;No cabe duda de que semejante núcleo narrativo ofrecía por sí mismo un material más que fecundo para aludir con amplitud al pasado y al futuro del Padre de la Patria: refiriendo desde el presente, sin la menor necesidad de ilustrarlos, sus años formativos y sus años de insurgencia. Pero el peso de los monolitos es grande. Sobre todo cuando, sin importar cuánto empeño ponga tu discurso en denostarlos, acaban colándose por la puerta trasera.&lt;br /&gt;De acuerdo con todos los participantes del proyecto, desde los productores hasta los miembros del elenco, pasando por el director Antonio Serrano y el guionista Leo Mendoza, “…la historia jamás contada” pretende apartarse de los lugares comunes con que acostumbramos ver rodeado y construido al héroe, para mostrarnos su lado humano. Pero en vez de asumir dentro de sus quizá modestos y poco escolarizables términos la anécdota base planteada, ceden desde el primer momento a la previsible tentación de convertirla en glosa directa de los momentos institucionalmente definidos como culminantes. Como si a final de cuentas no confiaran en que la historia del hombre común, por quien en teoría han optado, fuera a bastarse por sí misma.&lt;br /&gt;El problema no radica en que alternen ciertos antecedentes formativos y ciertos ruinosos consecuentes del personaje histórico elegido, con el desarrollo de una línea argumental bien específica, sino que los diversos elementos jamás terminan de justificarse entre sí. No de cara a la historiografía, ni de cara al gusto de la crítica, ni de cara a la particular idea que cada cual pueda tener respecto a los motivos y las obras del futuro párroco de Dolores; de cara a la coherencia de la propia historia que están tratando de contar.&lt;br /&gt;Según mi parecer, la aventura referida es la de un eclesiástico criollo algo maltrecho, debido a la dinámica social de su tiempo y a las concretas enemistades que por carácter y obras se ha granjeado; un hombre que, lejos del centro de ilustración urbana que le era propio, se empecina en defender su gusto y su derecho por todo aquello que el orden dominante en torno suyo juzga políticamente incorrecto: lecturas, amistades, placeres, hábitos. Según mi parecer, el hecho de que el espectador sepa de antemano a qué figura del santoral nacional aluden dichas peripecias, bastaba por sí mismo para generar todas las sugestivas alusiones que la propuesta pretendiera colocar sobre el tapete.&lt;br /&gt;Acaso les haya parecido un planteamiento en exceso marginal. Acaso a fin de cuentas la tentación del bronce (poco importa que se trate de mostrarlo oxidado), resulte irresistible cuando se pisan este tipo de terrenos. Acaso, puestos a conseguir el premio que en última instancia posibilitó el rodaje de la cinta, fuera indispensable asumir un compromiso de ilustración didáctica más ambicioso (“ofrecer una amplia y necesaria panorámica de la vida del héroe” o algo así; esa jerga que todos los aspirantes a beca hemos contribuido a depurar desde el salinismo hasta la fecha).&lt;br /&gt;Contra lo que pueda parecer a simple vista, contra lo que genuinamente puedan suponer los artífices al respecto de su obra, contra lo que estén condicionados a impostar por razones publicitarias, exhibir devastada y confusa a una figura habitualmente infalible y victoriosa no entraña ninguna innovación de fondo, sino apenas un cómodo, convencional y efectista matiz de grado.&lt;br /&gt;El protagonista de Hidalgo Moliere oscila, sin casi consentir ninguna tonalidad intermedia, entre el arrebato impulsivo y el llanto impotente. Lo cual basta y se justifica de sobra como eje y motor para la historia central que está narrándose; esto es, de cara a las vicisitudes de un clérigo caído en desgracia, que desde su peculiar exilio se aplica a reivindicar con intransigencia sus más mundanas convicciones. Sin embargo, de cara al bosquejo biográfico e histórico general que la película aventura con pasajes ajenos a ese núcleo anecdótico (los años de formación de Hidalgo, así como sus últimos días de enjuiciado, reo y fusilado) resulta precario a todas luces. Ni el más acérrimo anti-hidalguista del mundo se atrevería a omitir, como rasgo definitorio del héroe, la lucidez, pero el personaje configurado por Antonio Serrano y Leo Mendoza no da visos de semejante virtud por ningún lado, en ningún momento. Nadie podría creerlo perito en escolástica ni estratega político.&lt;br /&gt;Si la intención era presentar la obra histórica del padre de la patria como fruto de la pura obcecación y la pura amargura, alineándose con los oficiosos redactores de la historiografía neoliberal, la cinta tendría que haberse preguntado cómo iba a reelaborar, asimilar o disimular todas aquellas zonas de la vida y la personalidad de Hidalgo imposibles de explicar a partir de la calentura o el berrinche.&lt;br /&gt;Si, como quiero más bien creer, de lo que se trataba era de mirar al héroe dentro de una perspectiva específica bien delimitada, para en todo caso provocar en el espectador, a partir suyo, inferencias de más amplio alcance, debió renunciarse no sólo a la grandilocuencia épica sino también a la grandilocuencia patética.&lt;br /&gt;Ni abrazo de despedida con Morelos, ni sangriento pinchazo de inquisidor en la calva. Solamente Miguel, que llega a caballo a su destino, que se arropa en toda suerte de intrigas provincianas (eco distorsionado de la política de las grandes capitales), que se rodea de una pintoresca galería de personajes secundarios (varios de ellos memorables), que se aplica a traducir y representar el Tartufo como un acto de revancha; y que baila, y que mira, y se opone, y se indigna, y bebe, y desea, y fornica, y ama. Una historia de amor con final feliz, que le dejara a la audiencia el azoro y la duda de un Padre de la Patria desligado de su ministerio religioso y viviendo con mujer (“¿y después?, ¿qué pasó después?, déjenme con las ganas de conocer pasada la película mi historia que no me sé”). Acaso únicamente, como guiño final para todos los más allá de la Historia con mayúscula, la pregunta a Ignacio Allende camino de Dolores (“¿le gusta a usted el teatro?”).&lt;br /&gt;Conste que no estoy inventando nada. Todo lo enumerado está en Hidalgo Moliere. Todo lo enumerado —me atrevo a aventurar— era Hidalgo Moliere. Antes que una relectura provocativa de Hidalgo so pretexto del bicentenario, más bien un homenaje al oficio teatral so pretexto de mirar a Hidalgo de cuerpo entero. Pero cuesta trabajo cumplir con “una” historia jamás contada cuando se calculan los réditos de prometer “La” historia jamás contada. Los resultados están a la vista.&lt;br /&gt;Y es una pena. Por todo lo ya dicho, pero sobre todo por la magnifica interpretación de Demián Bichir. Acaso exagere, en función de la incondicional simpatía que el actor me ha causado siempre, pero creo que al margen del naufragio argumental en que se entrampa la cinta, y de la limitada y contradictoria gama de registros planteados a partir de ahí desde la dirección y el guión, nunca la pantalla ni grande ni chica había conseguido presentar un Miguel Hidalgo semejante. Y los ejemplos contemporáneos para contrastar abundan. La distancia entre el Hidalgo de “Gritos de muerte y libertad” y el de Bichir, es más o menos la que separa al Hidalgo mural de Orozco de las estampitas de papelería.&lt;br /&gt;Por lo demás, la tentación de disculpar la película en función de su actor, me la refrena el personaje. Junto con los méritos que son del dominio público, acaso el legado más importante que Miguel Hidalgo y Costilla dejó para nosotros, haya sido esa incómoda manera suya de responsabilizarse de sus hechos, y no sólo de sus buenas intenciones. &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-4778190130290117474?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/4778190130290117474'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/4778190130290117474'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/10/cuando-anduvo-rodandose-por-morelia-el.html' title='HIDALGO DEMIÁN'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TKywO-8al1I/AAAAAAAAACY/tl8MrxiBRVE/s72-c/bichalgo+2.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-6755761464363481216</id><published>2010-09-17T08:05:00.000-07:00</published><updated>2010-09-17T08:20:50.821-07:00</updated><title type='text'>LECCIONES DE HISTORIA PATRIA</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TJOE6Uv1LgI/AAAAAAAAACI/szUy3d-t-tU/s1600/escuela.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5517900105995595266" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 181px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TJOE6Uv1LgI/AAAAAAAAACI/szUy3d-t-tU/s320/escuela.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;La escuela donde cursé la primaria se llamaba “Libertadores de América”. Tenía un himno propio, cuyas estrofas y tonada repetían punto por punto cuantos lugares comunes uno espera de las obras de su género. Niños como abejas en el panal del Saber, héroes como antorchas en el templo de la Historia. Cosas así. Al cantarlo, todos los alumnos, sin movernos de nuestro sitio, debíamos simular que marchábamos.&lt;br /&gt;En primer año me enamoré de una niña llamada Sol. En segundo año, mezclado con la facción masculina de las últimas filas durante los actos cívicos, me acostumbré a corear “sepuestro” en lugar de “sepulcro”, y a sustituir a voz en cuello lo de “ciña, oh Patria, tus sienes de oliva, de la paz el arcángel divino” por un no menos incomprensible “si ya Patria tu sien es de oliva, de la paz, de la paz, del divino”; como todos los demás, trataba de imaginar la cara de Masiosare, y remataba el juramento a la bandera diciendo “resistencia” en vez de “nuestra existencia”. En tercer año me obligaron a casarme en una kermesse. En cuarto año fui Vicente Guerrero durante los festejos de septiembre; mis patillas y mis entonces suficientes rizos entusiasmaron a la maestra, mi madre le disimuló los rótulos de US NAVY a mi chamarra azul celeste con borrega, y yo anduve todo el rato lidiando por mantener pechera de papel terciopelo rojo y charreteras doradas en su sitio. En quinto año me mudé de la Independencia a la Narvarte.&lt;br /&gt;En sexto de primaria, fui sargento de la escolta por una breve temporada. Episodio en el que quiero demorarme con mayor pausa que en los otros.&lt;br /&gt;Lo habitual durante la ceremonia de honores a la bandera, era que habiendo recibido de manos de la directora nuestro lábaro patrio, este cuerpo honorífico permaneciera en el centro del patio, presidiendo desde ahí los diversos números programados para el día. Pero sucedió que, con motivo de la visita de un inspector de la SEP, se había preparado una coreografía especial cuya realización contemplaba desplazamientos por el patio entero. Así que a mitad del evento, una atribulada profesora corrió a informarme que había que mover la escolta con todo y bandera, porque estorbaba.&lt;br /&gt;Empotrarnos en nuestro puesto de partida era una maniobra contemplada para el final de las ceremonias, cuando devuelto el lienzo tricolor a su vitrina podíamos transitar en fila india a las espaldas de la banda de guerra. Hacerlo sin romper formación exigía improvisar. Improvisar ante los ojos apremiantes no sólo del estudiantado, de la planta docente y de la autoridad administrativa en pleno, sino también de la suprema encarnación de terror institucional conocida por todos los presentes (“va a venir el inspector, va a venir el inspector”) suponía un reto capaz de hacer temblar, estoy seguro, el pulso del más imperturbable general insurgente.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;No pasó por mi cabeza ordenar media vuelta. No me atreví a aventurar una larga serie de conversiones que hubieran prolongado para todos el impás y la tortura. Cuanto se me ocurrió fue ordenar marcha atrás. Y marcha atrás volvimos a nuestro sitio, despejando el patio.&lt;br /&gt;Al final del evento, algo descompuesta y poco menos que trémula, la subdirectora de la escuela vino a explicarme con acentos flamígeros que nunca, bajo ninguna circunstancia, la bandera nacional da marcha atrás. Como no había galones que arrancarle de la manga a mi suéter azul rey, perdí el cargo de sargento sin ceremonias y sin derecho a apelaciones. A las pocas semanas, mi hermana la segunda recibiría una severa reprimenda por romper un tambor, debido según el profesor responsable a su desordenado e impetuoso entusiasmo.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Si es verdad que México tiene y tendrá ya para siempre por patria al melodrama, confío en que estos sencillos datos, estampas y apuntes basten para resumir la específica propensión de mis azares y mis elecciones a la hora de habitarlo. Va mi espada en prenda.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-6755761464363481216?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6755761464363481216'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6755761464363481216'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/09/lecciones-de-historia-patria.html' title='LECCIONES DE HISTORIA PATRIA'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TJOE6Uv1LgI/AAAAAAAAACI/szUy3d-t-tU/s72-c/escuela.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-3153005306635455828</id><published>2010-09-04T17:12:00.000-07:00</published><updated>2010-09-04T17:30:37.981-07:00</updated><title type='text'>MORELIA Y FANTASMAS PATRIOS</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TILkk4LkQ8I/AAAAAAAAAB4/IezCWdxthto/s1600/elcarmen1870.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5513220216062231490" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 317px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TILkk4LkQ8I/AAAAAAAAAB4/IezCWdxthto/s320/elcarmen1870.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;strong&gt;I&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Hace algunos meses, tanteando en internet la primera oleada monográfica que los festejos del bicentenario de la independencia han venido desde entonces espesando (con más prisa que sentido y más atingencia burocrática que conocimiento de causa) desde páginas institucionales, dominios comerciales y blogs independientes, llamó mi atención que una biografía de Josefa Ortiz de Domínguez mencionara a Valladolid como su ciudad natal. Y llamó mi atención no porque fuera yo un experto conocedor del tema, sino justamente por lo contrario. Llevo dos tercios de mi vida viviendo en Morelia, y jamás me había tocado escuchar comentario alguno a ese respecto.&lt;br /&gt;Gozar del privilegio de ser cuna de la madre de la Patria constituiría, según mi juicio, un motivo de orgullo no demasiado distante del que entraña haber visto nacer bajo estos aires a Morelos. ¿Era posible que un dato así se hubiera relegado a terrenos tan discretos que lindaban con el anonimato? Por supuesto que no, me dije. Si Doña Josefa hubiera nacido en Valladolid, por descontado que los morelianos tendríamos programada otra suspensión laboral y docente, y tal vez hasta un cuarto desfile que vendría a sumarse a los del 16 y 30 de septiembre, y al del 20 de noviembre.&lt;br /&gt;Lo curioso es que, puesto a darle seguimiento al asunto, no fueron pocas las referencias virtuales, los libros y hasta la estampita de papelería donde encontré que el dato era repetido. Pruebe cada quien por cuenta propia y verá. La enorme mayoría de las fuentes consigna que la Corregidora nació en la Ciudad de México; pero una línea aquí, otra por allá, vuelve cada tanto a mencionar Valladolid.&lt;br /&gt;Un artículo en la página del INEHRM aclara por completo el panorama, dándole razón y sustento a lo predecible: La Corregidora no nació en Valladolid. Carmen Saucedo Franco explica que doña Josefa Ortiz de Domínguez, o mejor dicho, María Josefa Cresencia Ortiz Girón, nació en la ciudad de México, y que allí mismo fue bautizada el 23 de abril de 1773. Diversos datos, documentos e informes, avalan de modo incontrovertible y sin espacio para la menor polémica, el hecho de que es ella quien años más tarde conspiró al lado de Hidalgo y compañía, y quien a punta de taconazos sobre la duela puso sobre aviso a los insurgentes para dar inicio a la revolución de independencia. Cinco años antes de su nacimiento, en el sagrario de Valladolid, había sido bautizada una tal María Natividad Josepha Ortiz Ordoñez. En su libro de 1910, “Biografías de héroes y caudillos de la independencia”, Alejandro Villaseñor y Villaseñor tomó el acta de bautismo de esta última como prueba de que la mujer grabada luego en las monedas de cinco centavos (unas moneditas de cobre que algunos de nosotros todavía alcanzamos a conocer), era vallisoletana. Y cuantos despistados en adelante se han apoyado en su material, repitieron y siguen repitiendo el invento.&lt;br /&gt;En materia historiográfica, Michoacán tiene una rancia reputación ganada a pulso, sobre todo tratándose del tema de la independencia. Resulta comprensible que los michoacanos, por lo menos hasta donde tengo noticia, nos mantengamos al margen de este curioso dislate. Aunque quién sabe. No faltará por ahí algún chauvinista profesor empecinado en convencer a su clase de que hay un envidioso complot nacional para ocultar que también doña Josefa era de Morelia.&lt;br /&gt;Varios de los sitios virtuales que repiten la espuria información de una Josefa Ortiz de Domínguez nativa de Valladolid, son páginas institucionales armadas ex profeso para la efeméride del año. ¿Descuido? ¿Incapacidad? ¿Guiño zalamero para circunscribir una esquinita de la historia a la medida del titular de ejecutivo (“usted, Morelos y la Corregidora, señor presidente”)? Yo invitaría a mantener la debida reserva ante la confiabilidad documental de tales páginas.&lt;br /&gt;De la otra confiabilidad ni qué decir. Ahí tenemos el “Viaje por la historia de México”, con su tiraje de más de treinta millones de ejemplares y su distribución gratuita casa por casa. Material que, por mucho que se ampare en la autoridad del imprescindible Luis González y González, constituye apenas una penosa tentativa por refuncionalizar el devenir y la idea misma de nación, según el interés de los principales responsables de su ruina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;strong&gt;II&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Fray Vicente Santamaría bien valdría una novela.&lt;br /&gt;Habrá que esperar para escribirla. Tal vez más adelante. Tal vez ni siquiera nosotros. Tal vez otra generación. Cuando el congestionamiento editorial auspiciado por los festejos del bicentenario haya diluido por completo su banal y oportunista estridencia. Cuando, lejos de reflectores coyunturales, las historias que son la Historia vuelvan a narrarse por pasión y convicción, antes que por expectativa de rédito.&lt;br /&gt;Y siempre procurando guardar distancias con la comodidad patriotera y la servidumbre institucional. Nada de novelas consagradas a perorar con ánimo turístico que como Morelia no hay dos, ni de engordar los archivos de esa peculiar rama del nicolaicismo olorosa a naftalina.&lt;br /&gt;Una manera de empezar a contar semejante novela sería acaso por la vía de los espectros que la vida y la obra del entrañable fraile franciscano convocan. Los equívocos a que ha dado lugar la persecución de su rastro, los espejismos que el fragmentario testimonial de su aventura ha dibujado en las páginas de los historiadores, las conjeturas y las ensoñaciones atesoradas por sus hechos de cara a lo que no fue, la desmemoria enturbiando la intuición de sus facciones, el olvido difuminando los contornos de su silueta.&lt;br /&gt;En los círculos especializados, un par de casos de homonimia ampliaron durante años la extensión de sus andanzas hasta amplitudes fabulosas, legendarias, imposibles. Y es que la estatura del fantasma admitía las dimensiones del invento. A su probado peregrinar de cronista y cartógrafo por el Nuevo Santander (hoy Tamaulipas), la Huasteca, Guanajuato y Chapala, y a su insurgente ruta de conspirador, fugitivo, mediador y pre-legislador entre Valladolid, la Ciudad de México, Tlalpujahua, Ario de Rosales y Acapulco, se le añadieron labores misioneras en Nayarit y Baja California, así como travesías marítimas que habrían ido a parar hasta el Perú.&lt;br /&gt;Tras su fallecimiento, el 22 de agosto de 1813, circuló el no por marginal menos fascinante rumor de que en realidad no había muerto, de que había hecho sepultar a otro con sus hábitos.&lt;br /&gt;Él, que había ido a morir como quien dice en brazos de su paisano Morelos, y que durante la larga caminata trajo en las alforjas un proyecto de Constitución hoy extraviado (resulta imposible saber cuánto de él tiene o le hubiera hecho falta tener al texto al cabo promulgado en Apatzingán), no estaría a su lado cuando, seis meses más tarde, el generalísmo volviera a Valladolid.&lt;br /&gt;Mala fecha las vísperas de fiesta navideña para las decisivas tentativas patriotas en el Valle de Guayangareo. El 21 de diciembre de 1809, tras pronunciar sermón en la iglesia del Carmen, Fray Vicente Santamaría se había convertido en el primer participante de la conspiración de Valladolid aprehendido por los realistas. El 23 de diciembre de 1813, una emboscada urdida y encabezada por el también vallisoletano Agustín de Iturbide en la Loma de Santa María (tan actual dos siglos más tarde) abortaría la última campaña ofensiva capaz de inclinar en favor de la insurgencia el curso general de la guerra.&lt;br /&gt;Me gusta bajar caminando por Vicente Santa María. De norte a sur. Como de norte a sur viajó Fray Vicente caminando, en busca de Morelos y la muerte. Desde las espaldas del templo de San Francisco hasta el Mercado Independencia, o hasta el río, o hasta la panadería de los Ortiz. Pensar la secreta elocuencia de que esa calle sea paralela a Vasco de Quiroga. Recordar a Fray Vicente como destacado heredero de la tradición erudita del siglo XVIII novohispano, y como militante del ala radical y liberal dentro del variopinto partido criollo; sonreír la evocación de sus amoríos, su fama de cascos ligeros, los rumores sobre la identidad de su hija, su carta de adiós para una misteriosa dama en los días previos al fallido levantamiento de Valladolid. Su lengua larga, su inteligencia algo más que punzante, su rijosidad, ese talante bufonesco que acaba por hermanarlo tan cercanamente con la figura de Fray Servando Teresa de Mier.&lt;br /&gt;Y hacer todo eso mientras el mediodía se cumplimenta aroma y promesa a través de las puertas de los negocios de comida para llevar, mientras se despereza de silencios el interior de la cantina del Artista, mientras se pausa y equilibra el día en el orden de los frascos de la farmacia homeopática o en la canasta a rebosar de bolillos de horno de leña. Mientras el acomodo en las zapaterías del mercado sugiere la “enfrentitud del presente” (para decirlo en palabras de Ricardo Castillo) como un enjambre de pasos que se dieron o que están esperando el momento de darse.&lt;br /&gt;La novela de Fray Vicente Santamaría, como la novela de la patria toda, sólo tiene sentido arrullada por tales barullos, tales perfumes, tales colores, tales ecos.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-3153005306635455828?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3153005306635455828'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3153005306635455828'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/09/morelia-y-fantasmas-patrios.html' title='MORELIA Y FANTASMAS PATRIOS'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TILkk4LkQ8I/AAAAAAAAAB4/IezCWdxthto/s72-c/elcarmen1870.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-434688441377083933</id><published>2010-08-31T08:29:00.000-07:00</published><updated>2010-08-31T08:31:59.999-07:00</updated><title type='text'>(IN) DISCIPLINAS LITERARIAS</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Imponerte la mínima, elemental disciplina cotidiana de un par de hojas garabateadas a vuelapluma en una libreta. Y dejar que línea a línea el pensamiento vaya decantándose sin restricción alguna por los rumbos que el capricho le mande. Que aparezcan lo mismo meditaciones existenciales de esas que se empecinan en merodear la médula sin llegar nunca a realmente rozarla; o algún desliz narrativo insinuándose a traición y sin futuro; o incluso comentarios de actualidad, susceptibles acaso de salir a la luz pública pero escritos como apunte íntimo, personal, sin otro apremio que el de combatir con meticuloso escrúpulo el silencio.&lt;br /&gt;Obligarte a escribir con una disposición semejante a la de esos interminables castigos escolares propios de la educación básica. Imponerte la rígida obligación de escribir planas y planas en abierto combate a la aridez que el pensamiento —súbito consonante del espacio y el tiempo cuyo horizonte habita— pareciera insinuar a cada paso. Asumir a manera de mortales enemigos los párrafos que se entrecortan a mitad de la página, la extraviada frase que se descoyunta y culmina en tristísimo deshilamiento de tinta frente a la imbatible inmensidad del papel casi en blanco.&lt;br /&gt;Porque quizá esa sea la derrota mayor. Cuando queda por completo inmaculada, la página en cierto sentido juega a mentirnos que la palabra no existe, que no existió nunca, disimulando hasta qué punto hemos sido vencidos. Muy diverso es en cambio el rastro mínimo, insuficiente, apenas balbuceado, que afronta desmesura cuanto no pudo llenar, cuanto no supo llenar.&lt;br /&gt;Yo nunca me he quedado sin nada que decir. Cuando el silencio vence, en mi caso es sólo por desidia. Sé que va a sonar a fanfarronería, pero no me he topado jamás en el camino ninguna incapacidad creativa que el trabajo por sí mismo no supere, subsane, resuelva. Apropiarme la extrema desconfianza reinante hacia la palabra, poner en cuestión hasta su certidumbre más elemental, de cara a mi particular proceso y perspectiva sería, al menos hasta ahora, al menos de momento, al menos hasta aquí, impostación, fingir, amanerar. Pretexto apenas para justificar la desidia.&lt;br /&gt;Tengo cosas que decir. O, para expresarlo con mayor propiedad: hay cosas que me han elegido para ser dichas por mí. Y quedarme en silencio, dejar una retacería de frases inconclusas página tras página en la libreta, documento tras documento en la pantalla de la computadora, no se me presenta como la victoria de alguna omnipotente otredad, ante la cual las potencias de la palabra terminarían resultando inútiles, absurdas, insuficientes y sin sentido; se me presenta más bien como cierta específica incapacidad mía para convertirme en canal de lo que espera ser dicho por mí, desatenciones para atinarle a mi voz su tesitura verdadera, descuidos para modelar mi rostro a la medida justa de sus infinitas máscaras. Incapacidades, desatenciones y descuidos enmendables todos; al alcance de la mano siempre que la mano no pierda de vista que la distancia por recorrer no es otra que el trecho que la separa de sí misma.&lt;br /&gt;¿Demasiada confianza? ¿Demasiada candidez? ¿Demasiada fe en las palabras? Probablemente. No creo en dios, ni en la verdad, ni en el sentido, pero creo en su posibilidad; a ella nace consagrado cuanto hallazgo sean capaces de atesorar los afanes de mi oficio. Por el contrario, la posibilidad del sinsentido no me ha seducido jamás. Tengo la impresión de que se trata de una posibilidad capaz de consumarse por sí sola, y que no requiere de mí.&lt;br /&gt;Desconfío de la jubilosa desilusión de quienes nunca han corrido el riesgo de ilusionarse. Mejor que ser brillante, ser real. &lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-434688441377083933?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/434688441377083933'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/434688441377083933'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/08/in-disciplinas-literarias.html' title='(IN) DISCIPLINAS LITERARIAS'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-6748630443370528072</id><published>2010-08-03T18:13:00.000-07:00</published><updated>2010-08-03T18:30:54.050-07:00</updated><title type='text'>AMAR DE A PIE</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TFjCqdbiEWI/AAAAAAAAABo/N47w6tfkHNY/s1600/San+Agust%C3%ADn.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5501360979543462242" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 218px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TFjCqdbiEWI/AAAAAAAAABo/N47w6tfkHNY/s320/San+Agust%C3%ADn.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Cada quien confecciona las ciudades a su propia medida, conforme las transita, contempla, habita. He descubierto que ciertos entrañables rincones de Morelia me gustan no exactamente por sí mismos, sino porque me recuerdan entrañables sensaciones provocadas durante mi temprana infancia por análogos rincones en el centro histórico de la Ciudad de México.&lt;br /&gt;¿He descubierto? Mentira. Lo he sabido siempre. Pero cierta extraña clase de pudor fue disimulando con el paso de los años la insolente honestidad con que en la adolescencia era capaz de decirlo, de decírmelo. Aprendí a amar muy pronto a esta ciudad. Y amar, amar de veras, es siempre amar a los objetos y a las gentes por lo que son, por su sustancia real e intransferible, por las zonas de luz que sus sombras perfilan. Yo aprendí a amar esta ciudad por sí misma, sin cotejos, permisos ni salvoconductos; de a pie. Así que aquellos motivos heredados de mis años de secundaria, aquel mohíno patrimonio de una época donde me afanaba por imponerme la estatura de coyuntural y efímero visitante en tierras morelianas, acabó por volvérseme un fardo medio aborrecible, medio vergonzoso. Como haber formulado a modo de criminal cumplido una frase del tipo te quiero porque me recuerdas a una mujer maravillosa; y tener que subsistir lamentando el papelón.&lt;br /&gt;La incomodidad se hacía mayor por cuanto, tan injusto y precipitado como se quisiera, mi comentario adolescente parecía atesorar sin embargo la realidad de una vivencia incontestable. En efecto, yo amaba a Morelia por sí misma, fuera de todo parámetro de comparación posible; y no obstante había prendas suyas que me hacían mirarla más allá de ella, transmutada por obra y gracia de una memoria semejante al deseo.&lt;br /&gt;Pasó mucho, muchísimo tiempo, antes de que consiguiera articular discurso explicativo lo evidente. Primero, que la memoria es siempre una forma del deseo; y viceversa. Segundo, que nuestra mirada sólo puede envilecer al objeto amado por la vía del disimulo; sea que elija disimular aquello que el ojo mira, sea que elija disimular al ojo mismo.&lt;br /&gt;Un día pude asomarme a esos rincones entrañables, respetando con idéntico derecho toda su singularidad y todas sus reminiscentes sugerencias. Uno aprende a no avergonzarse de sus deseos cuando deja de tomárselos a la tremenda. A salvo de toda imposición arbitraria, encaro prodigio la posibilidad de recobrar materias y sustancias de mi pasado más esencial a través de una ciudad que no es ni podría confundirse con la que en su momento los posibilitó puesta en escena e indeleble huella. A salvo de todo disimulo culpable, recobro transitar la ciudad donde me elegí destino, sabiendo que habitarla es en buena medida correr el generoso riesgo de inventarla, borrarla y hasta deformarla, pero también asumir con humildad el estupor de no entenderla.&lt;br /&gt;Aquel esmirriado estudiante de secundaria, no bien llegado al bachillerato había canjeado su socarrona certidumbre de extranjería (los que eligieron venirse a vivir acá fueron mis padres, yo en cuanto pueda me regreso) por otra certidumbre acaso igual de socarrona, pero infinitamente más honda y perdurable: la de ser habitante. Durante quince años caminé Morelia con la convicción plena de que nos pertenecíamos, sin servidumbre ni exclusividad alguna. Yo la contaba y la cantaba con la devota confianza del amante frente a la piel que se anhela por conocida; a menudo solamente para mí. Ella me otorgaba sus infinitas intemperies para arroparme, sonriendo cómplice cada vez que quienes se creen propietarios del aire que respiran aparecían con sus histéricos anatemas y sus ridículas demandas de pedigrí (no eres de aquí, no eres de aquí).&lt;br /&gt;Hace cosa de un lustro la perdí. Supongo que eso terminó de otorgarme en definitiva la cartilla de moreliano oficial. Yo, igual que tantos otros, comencé a alimentar melancolías por lo que mis ojos habían visto y ya no estaba ahí, por lo que mis ojos veían y no alcanzaba a comprender, por lo que mis ojos temían y no se atrevían a ver.&lt;br /&gt;Hoy estoy aprendiendo una vez más lo que esta ciudad me enseñó desde el principio. Mis ojos celebran la permanencia de lo que vieron y todavía sigue ahí, pero también la huella, la ruina o el franco vacío de lo que vieron y ya no está ahí. Mis ojos se afanan por respetar mirando, equidistantes de la justificación y la condena, lo que ven y no comprenden… Y mis ojos se mantienen abiertos de frente a cuento temen.&lt;br /&gt;Vuelvo a tener por casa a la intemperie.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-6748630443370528072?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6748630443370528072'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6748630443370528072'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/08/cada-quien-confecciona-las-ciudades-su.html' title='AMAR DE A PIE'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TFjCqdbiEWI/AAAAAAAAABo/N47w6tfkHNY/s72-c/San+Agust%C3%ADn.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-4768739086919102556</id><published>2010-07-28T12:30:00.000-07:00</published><updated>2010-07-28T12:35:43.831-07:00</updated><title type='text'>TROPIEZOS Y ENTRELÍNEAS</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TFCGdKFas_I/AAAAAAAAABg/Z9rCT1l5Jlk/s1600/Zalce+01.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5499042980500780018" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 240px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TFCGdKFas_I/AAAAAAAAABg/Z9rCT1l5Jlk/s320/Zalce+01.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Pareciera que sucede cada vez menos, pero no es así. En el fondo, Morelia sigue siendo un lugar donde uno se la pasa encontrándose todo el tiempo con todo el mundo.&lt;br /&gt;Cierto que la explosión demográfica ha contribuido a tender encima de la evidencia velos de disimulo hace algunos años impensables. Cierto que los márgenes potenciales para el anonimato, la clandestinidad o el desencuentro se han ampliado. Sin embargo, basta que uno apele al más somero muestreo empírico para advertir que el tropiezo recurrente conserva su potestad sobre esta mini-megalópolis, si se me permite el término. Uno sigue topándose con todo mundo. No solamente gente conocida; asombra repasar la cantidad de personas con las cuáles no has cruzado ni acaso cruzarás jamás media palabra, y sin embargo aparecen como constante siquiera escenográfica de tu diario transcurrir, forzando a veces la coincidencia hasta lo inverosímil.&lt;br /&gt;Según mi juicio, la azarosa balanza de las probabilidades entre confluencia y divergencia transeúnte se mantiene, como mínimo, equilibrada.&lt;br /&gt;No tengo intención de demorarme en las bonanzas o maldiciones que semejante estado de cosas puede aparejar. Antes bien he andado tratando de imaginarme últimamente cuánto más radical y diáfana debió resultar la situación en épocas pretéritas, cuando la población era mucho menos numerosa y la amplitud del espacio mucho más reducida.&lt;br /&gt;De acuerdo con Ernesto Lemoine en su imprescindible estudio histórico-biográfico sobre Morelos y la revolución de Independencia, Miguel Hidalgo llegó a Valladolid en vísperas de cumplir doce años, hacia la primavera de 1765. Es decir, pocos meses antes de que el futuro Siervo de la Nación viera la primera luz.&lt;br /&gt;Supongo quedará fuera de toda discusión el hecho de que, durante sus primeros paseos, transitares y correrías, el púber Miguel tuvo por fuerza que toparse a la joven Juana María Pérez Pavón, primero encinta y luego con su bebé en brazos. Doblando esta esquina, cruzando aquella plaza, refrescándose en esa fuente. A partir de ahí, ¿cuántas veces le habrá tocado coincidir con Morelos niño, antes de que a este, en plena adolescencia ya, le llegara la hora de partir rumbo a Tierra Caliente?&lt;br /&gt;De ninguna manera pretendería yo insinuar aquí tempranas, secretas y no documentadas afinidades entre ambos. Mucho menos proponer fáciles geometrías metafísicas anunciando lo imposible de anunciar. Sin prueba alguna de lo contrario, asumo, como cualquiera asistido de mínimo sentido común, que aquellos encuentros más o menos cotidianos, propios de gentes que habitan el mismo espacio y tiempo pero no tienen apenas nada que ver entre sí, carecieron de cualquier relieve significativo verificable.&lt;br /&gt;Pero, hasta donde alcanzo a deducir, Hidalgo era un hombre observador y vivaz, que debió consagrar muchas horas de su temprana juventud al estudio no sólo de las personalidades, escenarios y hechos más sobresalientes de su entorno, sino también al de esas sutiles prendas que los confeccionadores de catálogos para la posteridad consideran secundarias. Seguro estoy de que cuando, siendo rector del Colegio de San Nicolás, le presentaron a aquel estudiante que iba a iniciar cursos con diez años más de edad que el resto de sus compañeros de clase, el padre Miguel lo ubicó con prontitud. Hombre, de modo que este es el chamaco aquel del rumbo de San Agustín, cuya madre se encontraba (quizás, quizás, quizás) al servicio de los Iturbide.&lt;br /&gt;Seguro estoy también de que la admiración de Morelos por el futuro Padre de la Patria, comenzó desde que le tocó mirarlo desde lejos, como privilegiado y natural protagonista de un destino de instrucción y posicionamiento social que a él le implicaría un largo rodeo de trabajo, privaciones y sacrificios.&lt;br /&gt;Nada de ello modifica ni los datos fríos ni las hipótesis ponderadas. Entre Morelos e Hidalgo no hubo ninguna relación de relevancia historiográfica antes de su única y crucial reunión en el pueblo de Charo. El período de coincidencia en las aulas y pasillos nicolaitas estuvo restringido a distantes términos académicos y administrativos.&lt;br /&gt;Vale, de acuerdo.&lt;br /&gt;Pero hay zonas necesarias de la verdad, de la historia y del sentido, que escapan a la competencia de la ciencia histórica. Que tal vez sólo la literatura se halla capacitada para reconstruir, consignar, elucubrar, imaginar.&lt;br /&gt;Una compartida multitud de impresiones visuales, táctiles, óseas, musculares, nerviosas; una retacería de meditaciones vagas, inconexas y triviales en relación al otro; un puñado de recuerdos sin relevancia cuantificable, pero sin duda nítidos, como los que nos asaltan al descubrir en una esquina improbable la silueta de un desconocido sin embargo recurrente, sin embargo habitual. Eso, que no es poco. Eso, que teje las historias de amor y la urdimbre invisible de los más perdurables sueños. Eso traían como patrimonio común encima de los hombros los dos padres venerables, el día aquel que comieron en Charo.&lt;br /&gt;Y mientras hablaban de milicia, de política, de idearios y proclamas, ignorantes de que jamás iban a volver a verse, semejante repertorio —no cabe duda— tuvo que haberles hecho mencionarse, a cada uno en silencio, como entrelíneas, será posible, quién iba a decírmelo, qué vueltas da la noria, de haber sabido, de veras es aquél.&lt;br /&gt;Con esas entrelíneas se fabrica lo que hace valer la vida.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-4768739086919102556?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/4768739086919102556'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/4768739086919102556'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/07/tropiezos-y-entrelineas.html' title='TROPIEZOS Y ENTRELÍNEAS'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TFCGdKFas_I/AAAAAAAAABg/Z9rCT1l5Jlk/s72-c/Zalce+01.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-362713361708346643</id><published>2010-07-12T14:07:00.000-07:00</published><updated>2010-07-12T14:12:11.902-07:00</updated><title type='text'>PARTE METEOROLÓGICO</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Es noche, llovizna apenas. Allá al fondo, el reflejo de las sombras y los árboles en el agua que estos días de tortuoso diluvio han acumulado, miente paisajes improbables valiéndose de territorios conocidos. Aunque quién sabe. A lo mejor lo que hace la lluvia es deslavarnos los ojos de costumbre para ver si somos capaces de mirar lo habitual en toda su perenne, inagotable novedad. Incluso aunque se trate de lluvias como estas, desacompasadas, agitadas, parecidas a un insomnio febril y solitario, de sábanas revueltas y almohadas en el suelo.&lt;br /&gt;Sincopados, impredecibles y con cierta soterrada dosis de violencia sensual. Como solo de sax de Charlie Parker. Así han sido estos días de tormentas despeinadas en Morelia. Nada que ver con la añeja norma —quien sabe si real o si inventada por la piadosa desmemoria del deseo—, según la cual acá antes siempre llovía fuerte y cerrado al inicio de la tarde, para luego colmar de frescuras y amplitudes algodonosas el ocaso.&lt;br /&gt;Cuánto lugar común. Dos párrafos de lluvia caprichosa más una evocación de Charlie Parker, y ya estamos de plano en el rol de perseguidores del perseguidor, jugando a hacer posar literatura la vida. Llamando con los nudillos a la puerta de Julio en pleno mes de Julio. Pretendiendo dibujar en la banqueta una rayuela que de todos modos no iba a verse (porque es de noche y la luz de las farolas todo lo asimila al contraste entre fragmentado fulgor y espesada penumbra; porque el suelo está encharcado; porque la llovizna deslavaría de inmediato la menor insinuación de tiza sobre el adoquín o el pavimento; porque apenas fuera del bolsillo, la humedad reblandecería hasta desmoronar el pedazo de gis entre tus dedos).&lt;br /&gt;La ciudad como un inmenso pizarrón. La lluvia como implacable borrador, desvaneciendo el trazo, hasta hace un solo instante intrincadísimo, sólido, inexpugnable, de los íntimos afanes. La vida como una partitura mojada, que alguien comenzó a escribir y luego acabó lanzando arrugada a un rincón, porque el jazz no se escribe: se improvisa.&lt;br /&gt;Habría tal vez que ir a recuperarla. La partitura, digo. Recogerla de su esquina bajo la ventana abierta, extenderla sobre la mesa, sobre el atril o sobre las rodillas, y mirar el modo en que el agua de lluvia le deformó a las notas su trazo original. Igual a pata de insecto. Igual al frío sudor de la tinta cuando el texto o el amor no salen. Igual al lápiz de sombra bajo los ojos de las muchachas, cuando las muchachas han llorado. Y entonces sí, tocarla. La partitura, digo. La tormenta que no ha llegado realmente a ser tormenta. La síncopa del cielo arrojándonos caprichosa su malévolo júbilo a jicarazos, a salpicares, a cubetadas.&lt;br /&gt;He mirado poco las noticias en los últimos días. Casi no he abierto los periódicos. Demasiado trabajo, que por ventura en este caso no viene a ser sino lo mismo que decir demasiada vida por vivir. Pero aun así me he enterado. De nuevos episodios de la guerra que no vamos ganando. Del eterno retorno en el ritual electoral donde no estamos jugando. De las bombas en Bagdad. De la melancolía de los días sin futbol en Sudáfrica y más allá de Sudáfrica. Del tono apocalíptico que va adquiriendo la lluvia en latitudes cada vez más próximas.&lt;br /&gt;Y siento acaso un poco de pudor por estar aquí, escribiendo estas cosas, mientras los corresponsales hacen su morboso agosto a costa de personas que lo han perdido todo dos segundos antes de lo previsto, dos segundos antes que el resto de nosotros.&lt;br /&gt;Mas luego me pregunto si son de verdad más reales la lluvia nota roja y la lluvia profeta bíblico, que esta lluvia sin moraleja y sin efectos especiales. ¿Más importante el material patrimonio perdido y la monumental catástrofe ganada, que el disco que no sabes si debes oír, la caminata nocturna que no sabes si deberás acometer, el beso que no sabes si debiste dar? Ni melón ni sandía, pienso tal vez. Ni venalmente cínicos ante la desvergüenza. Ni comodinamente líricos frente a la urgencia. Pero saber salvaguardar el derecho a la mirada en el ojo del huracán. Brincar de memoria tu rayuela sobre los charcos del adoquín en sombras.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-362713361708346643?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/362713361708346643'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/362713361708346643'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/07/parte-meteorologico.html' title='PARTE METEOROLÓGICO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-4753693353815159078</id><published>2010-07-05T15:32:00.000-07:00</published><updated>2010-07-05T15:34:33.201-07:00</updated><title type='text'>Cuestión de opinión</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Uno de los privilegios de la escritura literaria, entendida como manifestación de orden estético con pasaporte abierto a prácticamente todas las demás disciplinas que se construyen pensamiento a partir del ejercicio de la palabra, es la impunidad. Igual que todos los privilegios, debía ejercerse con extrema mesura. Igual que todos los privilegios, suele ser ejercido sin ningún género de escrúpulo.&lt;br /&gt;Creo que era Roger Bartra quien en fechas recientes se lamentaba por el modo en que la figura del intelectual va siendo sustituida en las sociedades contemporáneas por la de llano opinador. Lo cierto es que semejante síntoma constituye apenas la última vuelta de tuerca en una problemática mucho más profunda y mucho más añeja.&lt;br /&gt;El hecho de que la casta de los opinadores públicos tienda a volverse cada vez más insustancial, es consecuencia de haber olvidado un principio elemental: todo intelectual ha sido desde siempre un opinador; un especialista dentro de determinado rubro de las humanidades, las ciencias, el periodismo o las artes, quien por curiosidad, destino, sentido de responsabilidad ética o política, circunstancial coyuntura, usos y costumbres o inercia pública, sale del nicho profesional que le es propio, y juega a ser filósofo, historiador, politólogo, lingüista, antropólogo, jurisprudente, teólogo, chef, cronista de sociales, analista deportivo, etc., etc., etc.&lt;br /&gt;No pretendo restarle significado ni relevancia al papel que esa suerte de perito opinador que es el intelectual ha desempeñado durante siglos. Mucho menos a la grandeza, la seriedad, el rigor, la oportunidad y la valentía con que multitud de figuras han sabido desempeñarlo. Sé que, a menudo, ese personaje de difusos contornos (a menudo precisamente por sus difusos contornos) ha sido el encargado de llenar huecos ominosos en materia de educación, política, impartición de justicia, pensamiento, historia. Que el margen de irresponsabilidad e impunidad de que dispone, contribuye a sacar de no pocos empantanamientos y atolladeros a las disciplinas excesivamente especializadas. Y aspiro a esa ulterior reintegración entre poesía y filosofía planteada por Roberto Juarroz; pero entiendo que semejante reintegración no surgirá de obviar acríticamente las distancias que hoy las separan y las hacen distintas; esencialmente distintas, necesariamente distintas.&lt;br /&gt;Cuando hablo de mesura en el uso de la licencia de impunidad por parte del escritor metido a intelectual, no planteo que renuncie a su inalienable derecho de meter las narices en cuanto terreno humano le plazca; derecho, por lo demás, de toda persona. Tampoco que cancele la opción de hacerlo con los medios consustanciales a su oficio, mismos que vuelven natural, y no pocas veces deseable, que sus particulares e íntimas disquisiciones salten a la esfera pública. Apelo nada más a que en todo momento juegue con las cartas abiertas.&lt;br /&gt;Por más recompensada que se vea su autoestima al mirarse erigido autoridad en todos los rubros de la existencia humana, por más tentadoras que resulten las prebendas de fungir como referente. Cuando el entorno social de que forma parte, obedeciendo a la pereza, a la conveniencia, a la carencia, a la buena voluntad o a la ignorancia, coquetea con otorgarle de modo efectivo la patente de todas aquellas áreas en que la prodigiosa ductibilidad de su quehacer le permite travestirse, es obligación del escritor recordar y recordarse todo lo que no es.&lt;br /&gt;Obligación moral, ética y pública que ni Octavio Paz, ni Carlos Monsiváis (ni Carlos Fuentes) ejercieron jamás. Obligación moral, ética y pública que tampoco sus respectivas comparsas de prosélitos parecen dispuestos a ejercer. Las consecuencias de semejante omisión en la vida de nuestro país han sido graves. Pueden serlo todavía más.&lt;br /&gt;Y ambos son grandes. Y ambos son geniales. Y ambos son imprescindibles. Hombres sabios en una nación y un tiempo urgidos de sabiduría. Pero existen ciertos terrenos, incluso dentro de la propia literatura, donde se consintieron fungir como legisladores, siendo apenas opinadores. No importa cuán grandes, geniales, imprescindibles y sabios.&lt;br /&gt;Tengo la impresión de que ciertos aspectos del corporativismo global y nuestras farsas democráticas han sido diagnosticadas y denunciadas por José Saramago con una lucidez y un alcance difícilmente equiparables. Y, sin embargo, ni en su solitaria Lanzarote ni ante la Academia Sueca, ni en la selva chiapaneca ni en la Cátedra Alfonso Reyes del Tec de Monterrey, Saramago amagó jamás disimular lo que era: un novelista ejerciendo, por sentido de responsabilidad, su derecho a opinar de política. Igual que con Chesterton, aun cuando los dos personajes parezcan por completo disímiles (o acaso justamente por eso), pueden gustarte o no sus novelas, puedes compartir o no sus opiniones. Su estatura literaria, intelectual y pública, resulta por completo intachable.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-4753693353815159078?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/4753693353815159078'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/4753693353815159078'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/07/cuestion-de-opinion.html' title='Cuestión de opinión'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-7370245181367280717</id><published>2010-06-01T15:42:00.000-07:00</published><updated>2010-06-01T16:40:25.247-07:00</updated><title type='text'>EL VIEJO TRUCO DE ANDAR POR LAS SOMBRAS</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TAWZzZNpnRI/AAAAAAAAABY/uyYH0ALLFZU/s1600/01.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5477953629986594066" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 135px; CURSOR: hand; HEIGHT: 135px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TAWZzZNpnRI/AAAAAAAAABY/uyYH0ALLFZU/s320/01.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;color:#cccccc;"&gt;&lt;em&gt;(Pedacería emotiva que acaso pueda funcionar como crónica,&lt;br /&gt;so pretexto de la presentación en México de Charly García&lt;br /&gt;durante el penúltimo verano del siglo XX)&lt;/em&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;color:#cccccc;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;div align="center"&gt;&lt;em&gt;&lt;span style="font-family:Times New Roman;color:#cccccc;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/em&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;1. Pasajero en trance.&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;Julio 24. 1999. Sábado. Volver... ¿con la frente marchita? Tal vez todavía no. Después de todo no se trata de veinte años, sino apenas de quince. En un lustro más podré apropiarme del mítico tango sin escrúpulos de ninguna especie, y averiguaré si es verdad que puede sentirse que veinte años no es nada. Mientras tanto, parece como si quince años lo fueran todo. Reincido en el lugar común de decirme que soy un extranjero en esa enorme ciudad a la que voy regresando y que comienza a prefigurarse en la ficción de un muestrario arquitectónico modelo fin de milenio a través de la ventanilla del autobús, mientras los pasajeros que dormían se desperezan y la mayor parte de los que no dormían se lamentan porque no van a alcanzar a ver el desenlace de la película de Demi Moore que el chofer tuvo a bien recetarnos después de la (hasta ahora) última secuela de Alien.&lt;br /&gt;De paso, de paso. Aquí nací, pero no soy de aquí. Demasiados cables rotos, demasiada vida elegida lejos. Por nada del mundo viviría en el DF. Puedo pasar aquí un par de días, una semana entera si hay dinero y con quién y en qué gastarlo, pero no más. Sonrío. Si no fuese obra lamentable del farsante de Facundo Cabral, me atrevería a recitar aquello de no soy de aquí ni soy de allá. En Morelia tampoco me consideran moreliano, por más inapelables verdades que haya en afirmar que el nacimiento y la patria son asunto de la voluntad y no del mero azar. Ya que no tengo el sentido del espectáculo y la farsa tan desarrollados como para firmar con el seudónimo de El moreliano, me conformo con saber que las ciudades son de suyo generosas, y no hacen ningún tipo de remilgos a los que están dispuestos a fundirse y confundirse en ellas.&lt;br /&gt;Fundirse, confundirse. El DF es la encarnación de la desmesura. Todo está en él. Como huella deformada, como rastro sin memoria, como inexacta evocación, como crónica imperfecta. Mi infancia alternada entre una Narvarte y una Guerrero que ya no existen aunque sus moradores de siempre las sigan creyendo (más allá de las consabidas quejas por inseguridad) inmutables; las palabras de un hermano de secundaria (al que no volví a ver) dos días antes de mi partida a Morelia ("soñé que no te ibas"); las tardes de aquel verano en que la palabra provincia cobraba una corporeidad perturbadora desde el umbral de la puerta de mi primera casa moreliana, mirando el calmo trajín de la calle Bucareli; el sismo del 85 mirado desde lejos; los primeros días ("en cuanto acabe la prepa yo me regreso") contradichos como en todo amor perdido que se crea eterno por la implacable parsimonia del tiempo y el olvido. Todo cabe aquí. Todo está aquí. Incluso Morelia, a despecho de no pocos morelianos de pura cepa (sepa si los haga morelianos el hecho involuntario y fortuito de haber nacido ahí).&lt;br /&gt;Aquí estoy, pues, Ciudad de México. Pero no vengo a verte a ti. Eres un pretexto, un instrumento, un medio, una condición. Ni yo puedo sorprenderte ni tú puedes sorprenderme. Las cosas entre ambos están claras. Como entre una madre y un hijo que se respetan y se tratan en atención a las irremediables connotaciones sanguíneas implícitas en su relación, pero que ya no tienen demasiado que ver el uno con el otro ni se sienten obligados a manifestaciones afectivas que vayan más allá de lo estrictamente cortés.&lt;br /&gt;Te quiero. Pero no vine por ti. Vine a ver a Charly García. Si hubiese tocado en Guadalajara (con la que no tengo nada que ver) hubiera ido igual.&lt;br /&gt;A cambio, reconozco que tú hubieras sido este mismo barroco prodigio de enrarecida y bestial hermosura aunque yo no estuviese aquí este fin de semana.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;2. Chipi-Chipi.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;Conocidos los caprichos y excentricidades del personaje en cuestión, su segunda visita a México (la primera data de finales de los ochenta) fue anunciada apenas con margen previo de una semana. No obstante, las previsiones no fueron suficientes y hasta la noche de ayer existía la incertidumbre de si habría concierto o no. Charly no llegó a la hora programada ni se presentó a la conferencia de prensa de rigor. Rumores faranduleros. Que se le vio en Santiago de Chile, que su novia lo dejó. No sería la primera vez que incumpliese un contrato, dejando a sus fieles con un palmo de narices&lt;br /&gt;Esta mañana, sin embargo, las dudas se han disipado. La prensa consigna que Charly ya está en México, listo para cumplir con sus dos compromisos: el primero, cuyos boletos más caros cotizan en cuatrocientos pesos, hoy, ahora, en el teatro Metropólitan; el segundo mañana, en el Zócalo, gratis.&lt;br /&gt;Los vendedores de souvenirs, sin duda limitados por la incertidumbre de sí Charly llegaba o no llegaba, no han tenido oportunidad de emplearse a fondo. Ofrecen, sí, las consabidas camisetas, los llaveros, las tazas, los carteles, pero poca variedad de cintas y CD. En ocasión de la visita de Fito Páez, podía conseguirse en grabaciones piratas prácticamente su discografía completa, además de algún material de Spinetta, Baglietto y León Gieco. Hoy a lo más que llegan es al videocassette del Unplugged, que cualquiera puede grabar a un costo mucho más bajo y seguramente con una calidad muy superior ubicando una de las múltiples repeticiones de MTV. Ni siquiera está el material que supuestamente va a presentarse esta noche, ese Demasiado ego desde cuyo título Charly parece reírse a un tiempo de sí mismo y de nosotros.&lt;br /&gt;Acostumbrado a compartir a Charly apenas con un reducido núcleo de cómplices, me cuesta un poco de trabajo habituarme a esta multitud que aunque no colmará el teatro hasta los topes, estará cerca de hacerlo. En Argentina es un ídolo, un mito, se ha cansado de llenar estadios. ¿Pero aquí? ¿Quién puede venir a ver a Charly García en México? Cazo al vuelo una manifestación de incómoda perplejidad a la vez análoga y divergente:&lt;br /&gt;—En esta ciudad hay público para todo; aunque la gente no tenga la menor idea de quién se presenta, viene y lo corea como si fuera su ídolo —le dice un joven de inconfundible acento bonaerense a su novia, menos con el tono de quien siente violado un santuario que con el de quien siente invadida una propiedad. Supongo que si se percatara de las miradas que el personal le dedica a la región media posterior de su interlocutora, no le haría ninguna gracia.&lt;br /&gt;Ahora que en materia de regiones medias posteriores memorables, la noche naciente raya en el despilfarro. No quiero pecar de malinchista, pero considero que ello se debe en buena medida a la nutrida representación que la colonia argentina asentada en México ha enviado al Metropólitan.&lt;br /&gt;Cae una llovizna apática, de gruesos y pesados goterones. Lo que se dice un chipi-chipi, sólo que afectado por las imprevisibles mutaciones que toda manifestación natural acusa bajo la atmósfera cyberpunk del DF.&lt;br /&gt;Se me aproxima una señora de aspecto más bien desagradable (la cortesía es la cortesía, pero la objetividad es la objetividad) y me pregunta si no me sobra algún boleto que le pueda vender. Antes de que tenga tiempo de sorprenderme (las taquillas están funcionando sin demasiado agobio a unos cuantos metros), baja el tono de voz y murmura "tengo de abajo". Inocentes barroquismos patentados por la reventa más avezada del orbe.&lt;br /&gt;En el DF todos los vendedores saben hablar de lo que venden. Uno nunca logra precisar a ciencia cierta si se trata de una sabiduría de ocasión especialmente diseñada para el comprador incauto o si hay una auténtica erudición de fondo y se está en manos de un experto. Interpelado sobre una cinta de nombre desconocido, un joven malencarado (mutación generalizada entre los vendedores callejeros de esta ciudad) informa, al tiempo que cobra una camiseta, que se trata de un disco grabado en un tiempo y un espacio indiscernibles (habla con los dientes apretados), y que en un par de canciones hace los coros Luis Alberto Spinetta. Vaya usted a saber.&lt;br /&gt;Sabinescos hombres de traje gris cortan la primera fracción del boleto, te indican que avances hasta la escalinata de acceso, te piden que separes las piernas y alces los brazos, te palpan el torso y las piernas, te desean un feliz concierto, desprenden otra fracción de tu boleto, te indican hacia qué puerta debes dirigirte para que otros congéneres suyos te conduzcan a tu lugar, dialogan con miembros de apoyo policiaco que sólo se les distinguen (y eso a medias) por el uniforme.&lt;br /&gt;Bullicio, arquetípicos comentarios repetidos en todos los conciertos habidos y por haber (¿se llenará el teatro? ¿qué crees que cante?), saludos, camisetas albicelestes, melenas largas, pantalones entallados. Desde las diversas alternativas de la moda contracultural hasta la elegancia casual de la gente bonita, la audiencia constituye ya en sí misma un espectáculo digno de verse. Algo tiene de irreal este teatro que resulta ideal para ella, con su estilizadísimas síntesis arquitectónicas, sus barman bogartianamente circunspectos hasta para despachar un Tin Larín, sus amplias escalinatas, sus discretos y omnipresentes rótulos de Coca-Cola.&lt;br /&gt;Me dirijo a la planta superior, donde está mi sitio. Desde ahí me dedico a contemplar cómo el vestíbulo de abajo va colmándose poco a poco y a esperar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;3. Reloj de plastilina.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;Las puertas de acceso a la sala ya están abiertas, pero nadie parece tener prisa por ir a buscar su lugar. Cuando afronto la perspectiva de la butaquería boleto en mano, la mayor parte de las localidades aún no han sido ocupadas. Me dejo guiar por un nuevo traje gris hasta mi asiento. Estoy infinitamente más cerca del techo que del escenario. Trato de imaginarme qué alcanzarán a ver los de la sección siguiente, la de los boletos más baratos (cien o ciento veinte, no recuerdo). Ahora que, no obstante la lejanía, todos los asistentes tendrán una buena y cómoda panorámica, diseñada con elemental sentido común. Evoco alevosamente los niveles superiores del teatro Ocampo de Morelia, donde para ver el escenario hay que sentarse en el borde mismo del asiento y ejecutar a lo largo de cada presentación movimientos de cabeza dignos de Cassius Clay.&lt;br /&gt;La gente va ocupando poco a poco sus lugares, confunde las sabias indicaciones de los arcángeles grises y va a sentarse donde no le corresponde, rectifica, va por una cerveza o un refresco, encuentra conocidos a los que saluda desde lejos. El tiempo parece deslizarse con toda lentitud. Como no llevo reloj estoy a ciegas. Quizá no sean todavía las ocho. Walkman en mano, me dedico a checar que las tres cintas que acabo de comprar estén elementalmente bien grabadas. Charly. Un Charly en cierto modo contrastante respecto del que ahora aguardo. Sui Generis y Serú Girán, veinte y más de veinte años después. El virtuosismo y el genio en su efervescencia primera, absolutamente vital.&lt;br /&gt;Cuando vuelvo en mí, ya prácticamente ha terminado de llenarse cuanto habrá de llenarse; es decir todo, salvo (curiosamente) la sección de los boletos más baratos y una parte de la mía (rápidamente tomada por asalto). Luego de no muy afables negociaciones con alguien de la fila de adelante, que cínicamente miente al afirmar que las butacas contiguas a la suya ya están vendidas, una pareja madura viene a sentarse junto a mí. Es evidente que la señora no es devota de la deidad en turno, pues si bien el público ha sobrellevado con afabilidad el ahora evidente retraso del concierto, ella no se tienta el corazón para indignarse en voz alta. Hace más de media hora que debimos haber comenzado.&lt;br /&gt;Un gordito de la fila de atrás comienza a corear el nombre de Charly. Como nadie lo secunda, se da a la tarea de buscar algo en qué matar el tiempo entre la multitud. Pasan dos mujeres cuasi cúbicas, enfundadas en vestidos negros y, ceremonioso, comienza a recitar: "tamales, tamales oaxaqueños, lleve sus tamales". Uno de sus acompañantes lo reprende, pero él esgrime un argumento incontrovertible: de lo que se trata es de chingar a alguien. Localiza a uno de los hombres de traje gris encargados de supervisar el acomodo en la sección inmediata inferior, y alzando la voz lo interpela:&lt;br /&gt;—¡Eh, chambelán! ¡Chambelán! ¿Dónde son los quince años, chambelán? —Como el aludido no se percata del llamado u opta por fingir indiferencia, el gordito enfatiza: — ¡Chambelán! Sí, tú, el que está viendo el reloj. No te hagas, chambelán.&lt;br /&gt;Ahora sí, traje gris reacciona, se vuelve y sonríe.&lt;br /&gt;—Orale, chambelán, organiza la porra. No seas aguado.&lt;br /&gt;Traje gris menea la cabeza y se ocupa de cortarle el boleto e indicarle su sitio a un portento alabastrino de vaporosos pantalones blancos.&lt;br /&gt;—¿Chambelán, qué estás viendo? Contrólate, chambelán.&lt;br /&gt;Reacomodos, negociaciones para ocupar los asientos vacíos, palmas, silbidos y uno que otro grito. La señora que está junto a mí comienza a sentirse francamente exasperada. Esto es una falta de respeto. Cuarenta y cinco minutos de retraso.&lt;br /&gt;Por fin, el sonido anuncia que está estrictamente prohibido el uso de cámaras fotográficas y de video. El público se pone de pie y aplaude, sólo para ceder inmediatamente al desaliento. Por problemas técnicos, el inicio del concierto deberá retrasarse quince minutos más. "Su atención por favor...". Silencio. El dueño de la voz debe estar consultando si en los conciertos retrasados también se dan llamadas. La multitud silba y abandona sus lugares en pos del vestíbulo.&lt;br /&gt;Problemas técnicos. Tratándose de Charly, eso va cargado de infinidad de sugerencias. Lo más probable es que no quiera salir o que no esté en condiciones de salir. En fin. La posibilidad de que el concierto se suspenda es una sombra que a todos nos pasa por la cabeza. Mientras tanto, el chambelán, pese a las infatigables súplicas, se niega a organizar la porra.&lt;br /&gt;El sonido vuelve a activarse, la gente se apresta a regresar a sus lugares y la voz, otra vez dueña de sí misma, da segunda llamada. La ira y la ironía del respetable se desatan en su contra. Tiempo, tiempo, tiempo. Vuelvo a Serú Girán. Quiero contarles una buena historia / la de una chica que vivió la euforia / de ser parte del rock / tomando té de peperina.&lt;br /&gt;Por fin, se percibe movimiento en el escenario. El sonido, empeñado en repetir cuáles son los usos prohibidos de la noche se hace merecedor a la rechifla general. Tercera llamada. Se apagan las luces. Se abre el telón.&lt;br /&gt;Charly García. No más.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;4. Desarma y sangra.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;La euforia y el júbilo estallan al conjuro de esa figura larga y desgarbada que recorre el escenario agitando las piernas y los brazos. No voy en tren, voy en avión. Todo el mundo corea, salta y baila. Charly, la voz cascada y tortuosa, va de un lado a otro, caprichoso, arrojando micrófonos al piso, acercándose a saludar al público de las primeras filas, colocándose en el centro de su nicho de teclados para esbozar apenas fragmentos de torcidas figuras y laberínticas escalas. La sucinta definición de Fito Páez resulta exacta: es alto y voluptuoso. Si acaso, cabría añadir que emana de él una fuerza interior que ni su caótico andar ni la sensación de que en cualquier momento puede acabar en el piso atenúan. Vienen la segunda y la tercera canción. La atmósfera no cambia. Seré ortodoxo, pero yo vine también a escuchar. El primer solo de la guitarrista (y auténtica lidereza de la banda dado el delirio de Charly) María Gabriela Epumer, es sepultado por el griterío. Parece que el personal vino a divertirse y que Charly es apenas un pretexto. Un buen pretexto. Rocanrol genuino y potente. Uno, que sabe que Charly es mucho más que eso, que sus acometidas al piano, a pesar de que no invierte en ellas sino apenas muy poco de su enrarecida atención, pueden guardar a cuentagotas despliegues de virtuosismo dignos de escucharse cuidadosamente, siente la tentación de pedir un poco de silencio. Todo en la vida tiene tiempos y ritmos. También en los conciertos hay que saber callarse y escuchar. No hay caso. Ya desde ahora se hace evidente que la atmósfera no variará en lo más mínimo hasta el final. A mis espaldas, una voz femenina se desgarra aullando "Charly, eres un dios, no te mueras nunca". Abajo, Charly deambula de un lado a otro, recuerda que mañana estará en el Zócalo, da vivas a México, abraza a un par de fans que lograron subir al escenario, se fuma un cigarrillo que le han arrojado, le presta su guitarra a un niño. El más atareado es el encargado de recoger todo lo que va dejando tirado por el escenario: micrófonos, instrumentos, zapatos. Seré ortodoxo, pero la ecualización es mala, cargada de graves. Varios solos de Charly no sólo son sepultados por la estridencia de la multitud, sino por el sonido del bajo y de la batería. Un aroma dulzón comienza a instilarse con toda nitidez en el aire. La gente no deja de gritar.&lt;br /&gt;No sé si es patético, si es triste o si es, como diría Charly, parte de la religión, pero el hecho es que virtualmente nadie está escuchándolo. La concurrencia se limita a identificar el inicio de cada nueva pieza y a sobrellevarla por su cuenta hasta el final. Charly tampoco hace demasiado porque las cosas sean de otra manera. Es evidente que está hasta atrás, ande usted a saber de qué. Blanquísimo polvo o negrísimo hastío, qué más da. Sólo de cuando en cuando se digna a bajar realmente de la nube y a tomarnos en cuenta. Lo insólito es que eso le basta para resultar cautivador, fascinante, que de verdad está siempre conectado con todo lo demás. Somos nosotros los que quedamos fuera de su nube, no él de la nuestra. Trato de superar el impacto emotivo, de mirarlo desde lejos. Si esto es hoy, una vez, en México, ante dos mil espectadores, ¿cómo será en Argentina, luego de una y otra vez desde hace más de dos décadas, frente a audiencias de varias decenas de miles de asistentes? Media hora de concierto es suficiente para que quien quiera hacerlo capte la monstruosa y carnavalesca paradoja de esa extrema soledad. Salvadas las distancias míticas que haya que salvar, uno entiende lo que debía sentirse en presencia de Morrison, Hendrix y la Joplin, y por qué Charly es la única figura del rock latinoamericano que amerita en esos términos el calificativo de estrella.&lt;br /&gt;A la luz de estas sombrías revelaciones, cobran singular peso algunas de las letras interpretadas en medio del beneplácito general. "Cuando el cristal se apague en el mar / verás / que toda esta canción es agonía". La pregunta es si hay alguien en condiciones y disposición de ver el cristal apagándose en el mar.&lt;br /&gt;Menos de una decena de temas, y Charly, que no ha dejado de insistir en que mañana estará en el Zócalo, anuncia que va a hacer un breve paréntesis. Es obvio que no puede más. Diez minutos y estará de regreso. Sale. Su banda remata el último tema de esta primera y breve tanda, y también abandona el escenario. El público ovaciona, las luces se encienden, se cierra el telón.&lt;br /&gt;Vuelta a esperar.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;5. No soy un extraño.&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;La señora de al lado menea la cabeza indignada, repitiendo que es una vergüenza, que el tipo ése está pasadísimo. Su marido, entre el didactismo y el pudor, trata de explicarle que se trata de un músico muy excéntrico. El gordito de la fila de atrás acomete con renovados bríos contra el chambelán, demandándole una porra. Poco más para recordar. Se apagan las luces, vuelve Charly, vuelve la ovación. Toda su banda se ha mudado de ropa. La gente parece estar feliz y salta, salta, salta. Me siento un poco cohibido al no poder compartir su estado de ánimo. Me produce una alegría infinita tener ahí delante a Charly, aunque casi no se ocupe de tocar, aunque los registros de su voz sean tan restringidos, pero algo huele a postizo en este pletórico despliegue de prendidez. Presiento que es más bien la memoria o el deseo lo que les hace brincar así. A eso vinieron. A eso se viene a los conciertos. Es parte de la religión. Mi mirada recorre el bamboleo de tanta sombra, y termina cruzándose con la de la señora de al lado, que parece haber hecho un paréntesis en su indignación y compartir sinceramente mi perplejidad. Nos sonreímos. Tres o cuatro rolas más. Charly asegura que mañana tocará diez horas seguidas, hasta que llueva, hasta que se meta el sol, hasta que se acabe el mundo.&lt;br /&gt;Y así será. Mañana, en el Zócalo, tocará hasta cerca de las cuatro y media de la tarde ante varios miles de personas. Atenuará un poco los fallos de ecualización con sutiles gestos al técnico (si bien eso no impedirá que a veces los micrófonos no suenen). Aun cuando no parecerá conmoverlo la imagen de la multitud ni el telón de fondo que harán la catedral, la bandera nacional y el templo mayor, se prodigará para complacer hasta el hartazgo a los fans ávidos de corear clásicos, a los reventados ansiosos de desparramar adrenalina, a los melómanos atentos a la menor limosnita de genialidad en la ejecución. A todos. Absolutamente a todos. Hará reiteradas alusiones a Say no More que pocos comprenderán pero nadie dejará de festejar. Interpretará dos o tres covers memorables. Y cuando haga su aparición Mercedes Sosa (apapachándolo, matizando el concierto, indicándole al público con un gesto que a veces también hay que bajarle, mostrando sin pudor que a ella sí que le puede estar en el Zócalo, al mismo tiempo con México y con Charly) aquello será el acabóse. Ni el sol, ni el aire, ni la lluvia lograrán ahuyentar a la multitud. Mercedes pondrá el corazón a punto insertando a traición Volver a los diecisiete y aproximándose al filo del escenario para decirnos con un gesto inolvidable "mi paso retrocedido cuando el de ustedes avanza". Luego nos rematará con esa síntesis suprema del lirismo Spinético y Charlístico que es Rezo por vos. Y cuando ya todos estemos satisfechos, colmados en toda medida de acuerdo a las expectativas de cada quien, cuando el "otra, otra, otra" se extinga voluntario y feliz, Charly volverá por su cuenta y riesgo, a despilfarrar bajo la lluvia cuanto escamoteó bajo techo. Hasta se permitirá afirmar "el que no estuvo hoy aquí es un boludo, locos", antes de cerrar definitivamente con un lapidario "maten a Luis Miguel".&lt;br /&gt;Mañana, mañana, pero hoy no más. Se lleva el índice de una mano al cuello y dice que los mexicanos y los argentinos ya lo tienen hasta aquí; el tono es inconfundiblemente ácido, pero el público festeja como si se tratara de una broma. Charly se levanta, se despide, chau.&lt;br /&gt;Sus músicos prolongan la rola todo lo humanamente posible, acaso con la esperanza de que cambie de parecer. Inútil. Charly no regresa. La rola termina y el telón se cierra abruptamente.&lt;br /&gt;Al principio, el público no deja de corear. Charly, Charly, otra otra. Luego, la sorpresa de verse bajados del avión con tanta anticipación respecto de sus más pesimistas expectativas, los conduce a un extraño apaciguamiento. Vuelven los llamados, las palmas, las porras. No pasa nada. Comienzan las especulaciones. Si no fueran a salir ya hubieran apagado las luces del escenario y mira, por abajo del telón se alcanza a ver que siguen prendidas. La audiencia está genuinamente desconcertada, lo que en cierto modo ratifica mi impresión de que en su mayor parte no tiene idea de quién es Charly García. No puede tenerla quien viene a verlo y no está preparado para esto.&lt;br /&gt;A los largos minutos de perplejidad siguen los primeros, todavía cariñosos, brotes de indignación. Un sector del público comienza a corear a Soda, otro más a Fito; el gordito de la fila de atrás opta por Spinetta. Cuando se hace evidente que tales picones son por demás estériles, cuatro o cinco filas más abajo comienza a escucharse "Palito Ortega, Palito Ortega".&lt;br /&gt;Nada. El concierto ha durado menos de una hora de tiempo efectivo. A los diez minutos, los primeros comienzan a marcharse, encabezados por la pareja de al lado. El gordito de la fila de atrás anima todavía un par de veces al chambelán para que organice la porra, pero ya sin mucho énfasis. Cambiando de tono, grita de pronto: "Pinche Charly, no fuera Menem", en alusión a la polémica presentación privada que diera para el presidente de Argentina. El caudal de desertores resignados comienza a hacerse más nutrido. Los que se quedan la emprenden con el tradicional "ulerooo", un "puto, puto" de efímera intensidad, y un reincidente y cada vez más vasto coro improvisado por los de las últimas filas: "Charly / concha tu madre / la puta / que te parió".&lt;br /&gt;Cuando ya se han convencido de que eso es todo, las consignas coreadas comienzan a cambiar. Reembolso, reembolso. Súbito nerviosismo de los hombres de traje gris, que miran azorados de un lado a otro y echan mano de sus walkie talkie como si de flamantes espadas láser se tratara. El gordito percibe su desconcierto y, alevoso, proclama: "los chambelanes tienen nuestro dinero". A éstos no les hace ninguna gracia.&lt;br /&gt;Un chavo delante de mí se revuelve en el asiento gritando que le devuelvan su lana; de pronto, algo como una luz le cruza por el rostro, intercambia un sonriente gesto de complicidad con su acompañante y, haciendo bocina con las manos, se desgañita: "¡Esos de cuatrocientos!". Carcajada unánime entre los relativos parias de la planta superior. Alguien corea: "A mí me lo invitaron, a mí me lo invitaron".&lt;br /&gt;Rompimiento brechtiano. Un goya estremece la sala. Aunque lo acompañan algunas caras de fastidio, el aplauso final es abrumador. Uno, que desde lejos se obliga a una lectura crítica de la huelga universitaria y se mantiene escéptico respecto al respaldo efectivo que pueda tener de parte de la gente, no puede evitar un estremecimiento. Hay ritos y flujos subterráneos que en esta ciudad siguen gozando de perfecta salud.&lt;br /&gt;Empujado por esa convicción casi física y acompañado por las demandas cada vez más persistentes de reembolso, busco la salida. En el vestíbulo superior se han formado ya los primeros corrillos de quejosos. La mayor parte de la gente no puede creer que de verdad esto vaya a ser todo. El "devuelvan el dinero" que comienza a llegar desde el interior, se transforma sin esfuerzo aquí en "barra libre, barra libre". Los barman intercambian miradas de pánico con los chambelanes grises. Para su tranquilidad, la consigna se apaga rápidamente, satisfecha de ser una ocurrencia ingeniosa sin repercusiones prácticas.&lt;br /&gt;Un argentino que pasa junto a mí cerveza en mano, le dedica a uno de los corrillos de quejosos un feliz y elocuente encogimiento de hombros que en cierta medida sintetiza lo que todos los devotos incondicionales de Charly pensamos en este momento ("No jodás. Este es Charly. Lo viste, bailó, hizo desplantes, regaló polvito de oro en los teclados y la guitarra, sirvió de pretexto para el delirio de la hinchada, qué más querés. Si para vos eso no vale el boleto, andate a escuchar a Maná").&lt;br /&gt;Ahora que, de haber pagado yo cuatrocientos pesos, quién sabe si pensaría lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;6. Cerca de la revolución.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;El ingenio alivianado y desmadroso va pasando a segundo plano conforme uno baja las escaleras. En el vestíbulo inferior se habla del reembolso con toda seriedad, y algunos personajes de gesto circunspecto y serio conminan a la desairada audiencia para que no se vaya, para que se organice, para que ejerza su derecho a queja. Podría aportarles el toque moreliano sugiriéndoles que organicemos un plantón, pero me abstengo. Algunos se suman al llamado de conciencia cívica sólo durante el trecho que va de la sala a la puerta principal, lo cual irrita sobremanera a los espontáneos caudillos.&lt;br /&gt;—Espérense. ¿Para qué piden reembolso si se van a ir?&lt;br /&gt;El más indignado termina por abrirse paso a manotazos rumbo a la salida, se vuelve violentamente y, postapocalíptica reedición de Julio César ante la mayor horda de impávidos Brutos jamás vista, exclama:&lt;br /&gt;—No van a hacer nada, ¿verdad? Por eso estamos como estamos. Siempre es lo mismo.&lt;br /&gt;La gente que recién va saliendo de la sala no sabe cómo reaccionar ante tan incontrovertible invectiva. El caudillo barre con una mirada de desprecio cuanto de barrible hay delante suyo, gira teatralmente sobre sus talones y se precipita corriendo hacia la calle, mientras menea con patetismo la cabeza en el colmo de la catarsis trágica.&lt;br /&gt;Los restantes caudillos logran darle cierta estabilidad al círculo que los rodea, coordinar argumentaciones, compartir razonamientos y pareceres. Los hombres de traje gris se van poniendo cada vez más nerviosos. Como única representación de autoridad en el interior del recinto, son interpelados una y otra vez. ¿Con quién se puede hablar? ¿Quién da la cara por la empresa en estos casos?&lt;br /&gt;Ellos, en voz baja, tratando siempre de personalizar el diálogo, de soslayar la notoria identidad colectiva de su interlocución, responden lo previsible: Nadie sabe, nadie supo, nadie puede informar nada. El flujo de espectadores que sigue saliendo de la sala hace necesario repetir una y otra vez los mismos argumentos y las mismas escenas en un espacio cada vez más reducido. Opto por salir.&lt;br /&gt;Afuera, los vendedores comienzan a captar que algo no anda bien. Nadie le presta atención a sus posters, sus camisetas y sus vasos. Avanzo hacia las taquillas, previsiblemente vacías, previsiblemente cerradas, más para ver si se han colocado frente a ellas vendedores con nuevos cassettes que por otra cosa. De súbito se abre la puerta que conduce a las oficinas del teatro y sale trastabillando una pareja. Argentina, para variar. Me distraigo tratando de dilucidar cómo hizo ella para meterse en esas ajustadísimas mallas negras y sólo unos instantes después logro captar el sentido de sus aspavientos y sus gritos&lt;br /&gt;—Pero ese hijo de puta qué se cree —explota, en evidente referencia al guardia de seguridad que en este momento cierra la puerta con cara de pocos amigos. Deliciosamente enrojecida por la ira, toma del brazo a su acompañante como incontrovertible prueba y clama para quien quiera escucharla: — ¡Le pegó, lo empujó, nos empujó! ¡Entramos para exigir que alguien dé la cara y nos sacó a golpes! ¿Con qué derecho...?&lt;br /&gt;Una mujer mayor (argentina, ¿podrá creerse?; el mundo es un pañuelo) le pide calma con un tono que no admite réplicas. La joven supone que se trata de una avanzada de apoyo y trata de explicar con mayor coherencia lo que acaba de ocurrirles, pero la mujer no está interesada en el particular. Incontrovertible, les explica que por más indignados que estén, no tienen ningún derecho de meterse a las oficinas, cerradas desde hace ya varias horas. La pareja, sorprendida por el golpe bajo, trata de contraatacar, pero no hay caso.&lt;br /&gt;—Esas son las reglas del juego. Si las violás, no podés quejarte. Tenés que atenerte a las consecuencias.&lt;br /&gt;Dicho lo cual sigue su camino. La pareja, momentáneamente desarmada, se mira con perplejidad. Recupera el aplomo sin muchas dificultades. Entonces ella, que es la evidente responsable de la iniciativa, pronuncia por vez primera ese supremo conjuro que en los próximos minutos habrá de aparecer en no pocas bocas como invencible arma secreta, irrebatible as bajo la manga, prestidigitación de poderes insondables:&lt;br /&gt;—Vamos a llamar a La Jornada.&lt;br /&gt;Vuelvo sobre mis pasos. Tres individuos acaban de comprar una camiseta. Le prenden fuego y, blandiéndola por encima de sus cabezas, recitan para los que van saliendo: "Lleve su camiseta de Charly, barata". La mayor parte de los vendedores acuerda que lo mejor es replegarse. Un niño, acaso con más genuina vocación que ellos, se adelanta esgrimiendo tres tazas en cada mano y pregona: "Lleve sus tazas de Charly García, para que se las rompa en la cabeza".&lt;br /&gt;Uno de los caudillos dialoga en la escalinata exterior con uno de los inquietos chambelanes, empleando la natural vehemencia que el caso amerita.&lt;br /&gt;En un momento dado, la inquietud de traje gris llega al límite. Manotea y retrocede, tratando de volver al interior del teatro.&lt;br /&gt;—A mí no me grite.&lt;br /&gt;El caudillo se indigna y, respaldado por su ahora estable núcleo de seguidores, le corta la retirada.&lt;br /&gt;—Sí te grito. Y te callas. No nos estás haciendo ningún favor. Somos ciudadanos y lo que estamos reclamando es justo. Nosotros somos los que tenemos derecho de estar encabronados. Tú estás aquí para dar un servicio. No es posible que no haya nadie que pueda responder por la empresa.&lt;br /&gt;Traje gris, pálido de rabia, mira de un lado a otro en busca de ayuda. Como en los mejores seriales policiacos norteamericanos, es ése el momento elegido por la ley para hacer su espectacular irrupción. Camionetas y patrullas se detienen frente al teatro quemando llanta, y de su interior emerge un escuadrón equipado con armas cortas y chalecos antibala.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;7. El mendigo en el andén.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#cccccc;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;Los más rápidos de reflejos se adelantan y los reciben diciendo:&lt;br /&gt;—Qué bueno que llegaron. Nos robaron ahí adentro.&lt;br /&gt;Otros, los que aún no trasladan su resentimiento de Charly a los organizadores, hacen su propio aporte:&lt;br /&gt;—Que lo encarcelen, que lo encarcelen.&lt;br /&gt;Consciente ejemplar de un nuevo concepto en la seguridad pública (no olvidar que el gobierno de esta ciudad es el primero democráticamente electo en algo así como toda su historia), el responsable de la operación se adelanta, intercambia un breve diálogo con traje gris (ahora otra vez dueño de sí mismo) y afable, se hace cargo de las inquietudes de la ciudadanía, por esta noche encarnada en dos caudillos y su séquito. Estos lo ponen al tanto de lo ocurrido, recriminan la precipitación de los chambelanes al llamar a las fuerzas del orden y los excesos del operativo desplegado.&lt;br /&gt;El azul, paternalmente, les pide que hagan uso de la empatía y traten de ponerse en los zapatos del personal del Metropólitan, enfrentado a las imprevisibles reacciones de dos mil espectadores desairados. Luego trata de justificar a la empresa, explicando que ella también es víctima de lo que está ocurriendo. Y con una afirmación que para él al parecer lo dice todo, trata de dar por zanjado el asunto:&lt;br /&gt;—Comprendan. Es un artista argentino... —como la afirmación resulta demasiado ambigua, se ve obligado a rematar: — Vino a robarse el dinero.&lt;br /&gt;Los caudillos logran hacerle entender que es la empresa la que tiene que arreglarse con Charly, no el público, y que es a la empresa a la que el público debe pedirle cuentas, no a Charly.&lt;br /&gt;Lo cierto es que en el teatro no hay nadie que pueda atenderlos.&lt;br /&gt;En ilustrativo ejemplo de cómo puede la democracia electoral alterar ciertos usos y costumbres en un tiempo relativamente breve, los caudillos le preguntan al representante de la ley qué se puede hacer.&lt;br /&gt;Este, tras meditarlo un poco y atusarse el bigote, dice:&lt;br /&gt;—Ir a la Profeco.&lt;br /&gt;La aprobación es inmediata. Clamor general. A la Profeco. Todos a la Profeco.&lt;br /&gt;El infaltable aguafiestas refrena el ímpetu participativo de esta elocuente muestra de sociedad civil modelo fin de milenio. Una mujer recuerda tímidamente que hoy es sábado y, por si fuera poco, acaban de dar las once de la noche. En la Profeco no se encontrarán a esta hora más que las ánimas en pena de varias generaciones de consumidores defraudados.&lt;br /&gt;Nueva consulta con el representante de la ley, que pese al strike no pierde el tipo. ¿No hay otro lugar al que se pueda ir y que esté abierto ahorita?&lt;br /&gt;—A la delegación —dictamina pausadamente, con la seguridad amable y fría de quien está de regreso de todo—. Pueden ir a poner ahorita una demanda y juntarse el lunes en la mañana para ir a la Profeco.&lt;br /&gt;Dudas en el comité representativo de una asamblea general que, como suele ocurrir, no tiene la menor idea de su existencia y sigue abandonando el teatro en pos de las calles aledañas.&lt;br /&gt;—Si lo dejamos para el lunes ya no va a jalar nadie. Hay que hacerlo ahorita —asevera uno de los caudillos.&lt;br /&gt;Vienen deliberaciones de las que me desentiendo para ir a preguntar qué precio tienen los posters de El aguante, en los que atado a una silla posa Charly con una expresión digna de cualquier patología psicológica en fase terminal.&lt;br /&gt;Cuando vuelvo, ya se ha organizado el plan de acción. Recopilar todas las firmas posibles (alguien ha sacado de quién sabe dónde un par de hojas de papel bond), redactar una denuncia y lanzarse con la mayor cantidad de gente posible a la delegación. Además, llamar por teléfono a los medios (La Jornada por delante) para informarles lo ocurrido, poniendo especial énfasis en (sic) "la brutalidad y la prepotencia del personal del teatro". El lunes se acudirá con las hojas de firmas a la Profeco, sin importar que el grupo quede limitado a sus caudillos.&lt;br /&gt;El oficial completa su buena acción del día informando que la delegación más cercana está en Buenavista y recomendando que nadie vaya a tirar su boleto. Espontáneamente, la comisión recolectora de firmas queda integrada por mujeres y la redactora de la denuncia por hombres. El resto de la militancia se encarga de invitar a todos para que mañana lleven pancartas de protesta al concierto del Zócalo. Algunos, más vehementes, proponen pasar antes por un mercado para comprar una caja de jitomates. Sobra decir que aunque mañana todos estarán ahí, nadie llevará nada.&lt;br /&gt;El oficial va a reunirse con los empleados del teatro.&lt;br /&gt;Yo le dedico una última mirada panorámica a la escena antes de alejarme en pos de la callejuela más cercana.&lt;br /&gt;En el interior de un bar con las puertas abiertas, tres rotundas damas de la noche naufragan de aburrimiento rodeadas por un mar de mesas vacías. Los demás edificios de la breve calle, al igual que la mayor parte de esta zona, están en ruinas. Al fondo se encrespa el nebuloso matiz de la Alameda nocturna.&lt;br /&gt;Sonará absurdo, pero la visión de ese oscuro micropaisaje logra precisar y volver articulable la sensación que ha venido creciendo en mi interior durante las últimas horas. Algo en mí le pertenecerá siempre al DF. No sólo nací aquí. Soy de aquí. Aunque no tenga la menor idea de cómo se llama esta calle. Soy de aquí, y eso en nada mengua que sea también, plenamente, de allá. ¿O es que hay que ir a pedirle permiso a alguien para ser lo que se tiene que ser?&lt;br /&gt;Una pareja, paciente, discute con un ennegrecido teporocho, empeñado en que es valet parking y estuvo cuidándoles el coche durante todo el concierto. Por fin logran los enamorados (esas cosas se notan) subir al auto y encenderlo. Aunque no hay en cien metros ningún otro vehículo, el teporocho, con afán de propina, se esmera en una serie de silbidos, ademanes y voces ("viene jefe, todo, todo, todo") que están a punto de mandarlo al suelo.&lt;br /&gt;El auto arranca. Al primer golpe de acelerador ya está en la avenida; al segundo ya ha doblado a la derecha; al tercero termina por diluirse en el rumor insomne y primordial de esta ciudad de todos los rumores.&lt;br /&gt;El teporocho se ha quedado de pie, inmóvil, el insulto congelado en los labios, el brazo extendido, la mano abierta. Esperando, esperando, esperando.&lt;/span&gt; &lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-7370245181367280717?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/7370245181367280717'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/7370245181367280717'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/06/el-viejo-truco-de-andar-por-las-sombras.html' title='EL VIEJO TRUCO DE ANDAR POR LAS SOMBRAS'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TAWZzZNpnRI/AAAAAAAAABY/uyYH0ALLFZU/s72-c/01.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-8905973066302520457</id><published>2010-04-05T13:47:00.000-07:00</published><updated>2010-09-13T04:58:03.918-07:00</updated><title type='text'>PADRE NUESTRO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TI4RvteLsfI/AAAAAAAAACA/QRSdVxGjPyo/s1600/Miguel_Hidalgo_Y_Costilla_homenaje.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5516366104933151218" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 239px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TI4RvteLsfI/AAAAAAAAACA/QRSdVxGjPyo/s320/Miguel_Hidalgo_Y_Costilla_homenaje.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;De alguna manera habría que sugerir que cada cuál te viste desde su muy particular punto de vista, padre Hidalgo. Como no puede ser de otra manera. Pero al mismo tiempo señalar que hay modos de asumir esa imposibilidad de apartidismo, ese veto a la neutralidad; que la aceptación del punto de vista subjetivo como base de todo juicio histórico de ninguna manera cancela parámetros para la responsabilidad y la validez, sino que se limita a acotarlos.&lt;br /&gt;Y de plano, pienso de pronto, poner en escena en cada cuadro a un personaje, o a un grupo de personajes, que te cambian de traje, te maquillan, te mudan de postura, para hacerte cuadrar a la medida de una peculiar suposición (o lectura, tal se acostumbraba decir hasta hace no demasiados gritos de la moda).&lt;br /&gt;El Hidalgo de bronce, por ejemplo. Una legión de beatos ataviándote para el festejo. Beatos de tono religioso en la forma, pero de contenido claramente institucional, referido con toda nitidez al nauseabundo servilismo de quienes se empeñan en imponer los rituales de tu culto. ¿Ya pulieron el bronce? ¿Ya reforzaron la base de mármol que soporta al pedestal? ¿Ya le aumentaron los bíceps? ¿Ya le doraron la piel? ¿Ya le reconstruyeron la nariz? Que no sude, que no huela, que no tiemble. Que se parezca lo más posible a Michael Jackson, pero en mexicano y con campana.&lt;br /&gt;O el Hidalgo de estampita. Esa variante matizada del mismo tono de beatería. Menos de monjes punitivos que de viejitas holgazanas a disgusto con el fasto y el oropel. Franciscanamente te despojan de lujos ornamentales, pero sólo para ajustarte a un engolamiento de distinto género. El santo don Miguel que era tan bueno con los indios, cuyos ojos se elevaban al cielo, cuyo corazón sangraba por los ajenos padecimientos, que tenía una aureola, que murió por nuestros pecados, que regresará a redimirnos; en cuya espera demoramos pacientes nuestro gusto por la miseria, el sufrimiento, la ignominia. Aquí aguardaremos, padrecito, resignados a la podredumbre hasta que usted se digne a volver para sacarnos del hoyo. Usted y sólo usted, que se atrevió a darnos trato de humanos aunque sólo fuéramos lo único que estamos dispuestos a ser, lo que nos conforta y sirve de coartada: mutilados gustosos de serlo, perros apaleados lamiendo con fruición la gangrena de sus propias heridas.&lt;br /&gt;O el Hidalgo marca Letras Libres. Un coro cool y culto de intelectuales orgánicos —trajeados con calculado desaliño de marca— echándose a los hombros la tarea de “desmitificarte”. Alevosía, intención, línea y ventaja, mal disfrazadas de objetividad llana y lisa. Porque hay que ir más allá de la estereotipada división entre buenos y malos, en pos de la tierra prometida donde ya no habrá distingos ni matices entre dignidad y desvergüenza. Adecuarse a los nuevos tiempos, a las nuevas visiones, entrar a la modernidad. Aprobar las necesarias reformas estructurales que nuestro país requiere de manera urgente, empezando desde los héroes. En el fondo no hay ninguna diferencia entre Hidalgo y, pongamos por ejemplo, Porfirio Díaz. Sólo seres humanos con algunas culpas y algunas virtudes. Es más, de perfil los dos hasta se parecen. Y si a méritos vamos, tanto derecho de nombrarse padres de la patria tienen otros. ¿Por qué no mejor hablar de nuestra madre Josefa, que a taconazos sobre la duela evitó ver la conspiración de Querétaro tan abortada y trunca como la de Valladolid? ¿O de nuestro padre Allende, cuya perspectiva de militar criollo bien pudo precavernos contra ciertas veleidades populistas del ínclito párroco de Dolores? ¿O hasta de nuestro padre Morelos? Igual de populista, sí, pero al menos tan vallisoletano como nuestro señor presidente.&lt;br /&gt;O mejor aún: Por qué no aceptar de una vez por todas lo más sensato, lo más ecuánime, lo más realista, lo más acorde con nuestras aspiraciones de liderazgo histórico y continental. Que nuestro verdadero, complejo, contradictorio, polisémico padre ha sido desde siempre su alteza imperial Agustín I. El vallisoletano correcto. Y que dios nos lo traiga de regreso.&lt;br /&gt;Hay algo muy curioso, Padre Nuestro. Algo en lo que no se insiste demasiado. Me refiero a la naturalidad con que el discurso presuntamente desmitificador de la historiografía neoliberal —a despecho de su afectación de buenas maneras, imparcialidad absoluta y objetividad a toda prueba— termina deviniendo tan a la medida de posturas no digamos ya conservadoras, sino abierta y francamente reaccionarias. El emperador que en el fondo no era tan malo y el prócer que en el fondo no era tan bueno, lejos de devolvernos la medida humana de aquellos personajes a partir de los cuales pretendemos ubicar las coordenadas clave de nuestro propio devenir, revuelven intencionadamente el río para garantizarle perennidad a la ganancia de los pescadores de siempre.&lt;br /&gt;Parte de nuestras obligaciones para con la invención soberana de la memoria pasa a ser entonces la reiteración de lo antes obvio. Que Agustín de Iturbide haya sido capaz de algunas luces, y que algunas de sus acciones puedan y deban interpretarse como parte del necesario patrimonio constitutivo de nuestra maltratada nación, no enmienda ni atenúa el hecho de que Agustín de Iturbide haya sido por encima de todo una de las figuras más negras de la historia patria. No por haberse coronado emperador; sino porque basta asomarse con cándida curiosidad a su biografía para advertir que coronarse emperador constituyó apenas la culminación de toda una vida consagrada, por vía de la rapiña, a la preeminencia irrestricta del privado interés, del lucro personal. Comprendo que haya muchos interesados en rehabilitar semejantes altares para legitimación de su particular beneficio y autoestima, pero pobre país aquel que en nombre de la objetividad se incapacite para distinguir objetivamente a sus traidores. Pobres los hombres neutrales ante sí mismos.&lt;br /&gt;Y pobres de aquellas almas que en nombre del delineamiento de la sombra no alcancen ya a distinguir su propio margen de luz. ¿Los escuchas, Padre Nuestro? Pura espectral negrura lanzando escupitajos. Al iniciar la tanda todos ellos muy pulcros, muy correctos, afectados, llorosos. Impresionados y escandalizados hasta lo indecible al recontar la visceral violencia de la chusma cada vez que se autoriza (como si estuviera autorizada a autorizarse) salir del huacal. Comentando con el ceño fruncido, como si les doliera censurarte pero no les quedara más remedio, la manga ancha (y quién sabe si hasta la complicidad, y quién sabe si hasta la fruición y el sádico deleite) con que toleraste o provocaste o encabezaste tanta tropelía. ¿Cómo es posible? Y aquí el gesto ya se les descompone. Y aquí la voz ya se les destempla. ¿Cómo es posible? ¿Cómo consintió Hidago la injustificada afectación contra particulares que ninguna responsabilidad tenían para con los sufrimientos padecidos, que habían labrado sus patrimonios con su propio esfuerzo, que hasta alguna sincera simpatía sentían por esas inconscientes hordas de desharrapados, y llegaban incluso a consentir que sus primogénitos durmieran arrullados por nanas indias autorizadas para velar en el piso, a los pies del lecho, como los perros de las mejores razas? Nunca más. Nunca más la violencia. Nunca más la chusma desatada clamando justicia fuera de control. Nada la justifica, nada la legítima, nada nunca la legitimó. La violencia es un camino cancelado en definitiva.&lt;br /&gt;Y ya completamente descompuestos, lo claman sobre las ruinas de un país bañado en sangre, Padre Nuestro, bien hundidos los pies en su cotidiana pila de bonitos cadáveres; bonitos porque su atrocidad como flagrantes convictos de la tolerada inocencia y el bendecido extravío, no se mancilla más que colateralmente con tonos que provengan de la anatemizada rebelión. Respeten nuestra corrupta retacería, pueblos del mundo. Acá podremos matarnos por veintena los trescientos sesentaicinco días del año, pero jamás impulsados por las mesiánicas y risibles pretensiones (tan preposmodernas) de algo denominado derecho popular.&lt;br /&gt;Así se te desmitifica, Padre Nuestro, con el calculado interés de demostrar que la ruta que elegiste, aunque haya que aceptarla como algo que ya quedó ahí y que (ni modo) no se puede cambiar, fue en el fondo la más indeseable de todas. Y como no se puede separar la mano de la obra, esa vereda abierta conduce hasta el Hidalgo de ceniza y de pus. Un monigote hecho a la medida del nihilismo de cada cual. Todos tenemos cola que nos pisen, y en este infinito basurero no existe más alternativa viable que la ensimismada supervivencia, ni más tentación decente que el suicidio. Hidalgo era un cobarde; un viejito miedoso que por no decidirse a atacar la capital cuando podía, nos regaló nueve años extras de guerra civil junto con la quema de nuestros mejores cartuchos independentistas (si era tan fácil, si visto desde aquí queda bien claro lo que había que hacer y cómo había que hacerlo). Hidalgo era un curita pusilánime y ególatra, resentido por las cortas recompensas con que sus méritos académicos y eclesiásticos se veían premiados. Hidalgo era un hipócrita soberbio y mosquita muerta; si hasta hijos tuvo, desoyendo las castas obligaciones de su santo ministerio.&lt;br /&gt;Yo no sé cómo hayas sido exactamente. Entiendo que aquel corazón latiendo, aquella cabeza con la frente algo más que despejada, aquel sexo bien plantado entre las piernas, aquel paladar tan hecho al gusto, aquella piel, aquellas manos, aquello todo que para resumir agrupamos bajo la denominación Miguel Hidalgo, debió en efecto consentir una buena cantidad de todos los rasgos dichos, elucubrados e instituidos en el viaje que va desde la Hacienda de Corralejo hasta esta patria algo ya más que herida y poquito menos que bicentenaria. Entiendo también que no hay que hacerle el feo a la mirada de nadie a la hora de recoger las prendas que al permitir reconocerte cabalmente nuestro, permitan reconocernos cabalmente nuestros, desde la más límpida de nuestras brisas hasta el más irrespirable de nuestros cochambres.&lt;br /&gt;Así pongo mi granito de arena, Padre Nuestro, para decir lo único que sé decir: obviedades. Obviedades nubladas. Por ejemplo, que Miguel Hidalgo fue una gente tan de carne, aliento y hueso como todos los por él reunidos en estas horas negras al calor de la hoguera de su memoria. Y que igual a nosotros, también había noches que sentía un miedo enorme mirando sin estrellas el cielo allá arriba. Y que, igual que a nosotros, a él también le venían incontenibles las ganas de llorar por todo lo que no sabía, por todo lo que no podía, por todo lo que no entendía; así en la ensimismada soledad como en medio del fragor de la batalla. Y que en esos momentos de infinita sombra, al igual que a nosotros, la real necesidad de otros con cuales estrecharse para ensanchar vaya a saber si algún remoto esbozo de respuesta, pero al menos la misma duda compartida, le reventaba el pecho. Y que supo serle fiel a ese impulso que es el mismo nuestro cuando vivir merece el nombre. Y que lo que honramos es no sólo la estatura real de esa fidelidad consumada, sino su posibilidad consumable, fatal y retadoramente abierta todavía.&lt;br /&gt;Sólo de ese modo —pienso yo, Padre Nuestro— te harán justicia la fiesta, el baile, la verbena. Si todo aquel que no se haya quedado ciego alcanza a distinguir en su amplitud completa el aliento, los huesos y la carne que aquí y allá relampaguean; como recordatorio, amenaza, promesa, compromiso: todo eso que revuelto resumimos con el nombre de esperanza.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-8905973066302520457?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8905973066302520457'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8905973066302520457'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/04/padre-nuestro.html' title='PADRE NUESTRO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_LT9mKMfYTTI/TI4RvteLsfI/AAAAAAAAACA/QRSdVxGjPyo/s72-c/Miguel_Hidalgo_Y_Costilla_homenaje.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-3875930919993927320</id><published>2010-02-19T10:01:00.000-08:00</published><updated>2010-02-19T14:42:29.535-08:00</updated><title type='text'>EL NAUFRAGIO Y EL PUERTO</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;color:#cccccc;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;En una célebre carta de mayo de 1871 dirigida a Paul Demeny, Arthur Rimbaud expone su concepción del poeta como vidente, incesante inaugurador de horizontes inéditos, cuya valía corresponde a la experiencia del hallazgo en sí misma. Lo importante para Rimbaud no es que el poeta herede a sus semejantes un testimonio más o menos articulado de lo que ha visto, sino que consagre la totalidad de sus fuerzas a la ya de suyo titánica empresa de verlo. La obra no es en él una referencia al nuevo horizonte inaugurado, sino un pedazo vivo de tal horizonte. Como si los exploradores del relato de Ray Bradbury “Las doradas manzanas del sol” trajeran hasta nosotros, en vez del recuento de su fabulosa expedición, el propio trozo de incandescencia cósmica que su nave desprendió de la superficie solar. A Rimbaud no le preocupa el hecho de que, moviéndose en la zona donde los límites de lo humano comienzan a romperse, el poeta se pierda, enloquecido, devorado por las potencias que su travesía desató. Todo lo contrario. El viaje sólo parece hallar justificación plena en el extravío. &lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Recuperando la máxima esencial de los Argonautas, navegar es preciso, vivir no es preciso.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;De ahí que, en tanto fragmento directamente desprendido de una travesía vital, su obra tenga tanto de perturbador galimatías. No queda duda de que el poeta vio, ni de que lo que vio —perteneciente al orden de las esencias universales— nos refiere inexcusablemente a todos. Sin embargo, nadie puede decir con plena certidumbre qué territorios pisaba. Lo que sus poemas nombran se halla en las fronteras mismas de lo innombrable, del mismo modo que los monstruos concebidos por H. P. Lovecraft. (Resulta idiota que alguien, con banales criterios comerciales y una mediocre noción del horror —modelada por Freddy Kruger y el narcosatanismo—, haya pretendido escribir el Necronomicón. La abominable magia del libro de Abdul Alhazred brota precisamente del hecho de que el lector del corpus lovecraftiano no sabe jamás qué cosa dice).&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;En cierto sentido, sin menoscabo del alcance y la pertinencia que semejantes planteamientos desprenden para toda la literatura en su conjunto, ni de la especificidad de obras y autores pertenecientes a muy distintas (cuando no opuestas) genealogías espirituales, lo que Rimbaud está en cierto sentido haciendo es caracterizar y delimitar las márgenes del género poético propiamente dicho. La poesía, independientemente de las particulares propensiones del poeta en turno, y sin perder de vista que sólo es posible fundar sobre un horizonte previamente develado, pertenece más al orden del develamiento que al de la fundación. Empleando la figura con que Daniel González Dueñas aborda la obra de Roberto Juarroz, diríamos que en el género poético lo que prima es la “fidelidad al relámpago”, la intuición luminosa, la fulguración augural e inaugural.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Articular a partir de dicha fidelidad una unidad perdurable (en la efímera medida que esto es humanamente posible) constituye una tarea que la poesía puede por supuesto plantearse, pero a la que de ninguna manera se halla obligada. A menudo, la propia sustancia del género imposibilita planteársela. La rara avis del poema largo (“Muerte sin fin”, “La Tierra Baldía”, “Primero Sueño”, “El cementerio marino”), menos que como modelo general de referencia ha de entenderse privilegiada síntesis delimitadora de las fronteras del género, un paso antes de la zona donde la relampagueante lucidez de lo lírico y la búsqueda de unidad de lo novelístico cristalizan atípicas tensiones y equívocas armonías en obras tan inclasificables como “Eureka”, “Los Cantos de Maldoror” o “Cómo es”.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Rota la unidad épica que en la edad antigua regeneraba lo real sin distingo alguno entre cuento y canto, Occidente confió a la poesía la tarea de descubrir los nuevos mundos. La novela nació para fundar en ellos un espacio habitable.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Un espacio cuya habitabilidad, a menudo circunscrita a la claustrofobia, la fugacidad, la locura, el extravío y lo intransferiblemente individual, podría antojarse menos que precaria, pero que hasta en las travesías del género más extremas, caóticas, underground, dinamiteras o iconoclastas, restituye como horizonte posible la unidad de sentido. Si la novela se halla fatalmente destinada a proyectar semejante horizonte sobre el mundo, se debe a que la unidad no constituye una norma exterior impuesta sobre la realidad viva de las obras, sino su más elemental condición de existencia. Al suprimir la unidad narrativa, es la propia novela quien desaparece.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Tal es lo que plantea de manera implícita Italo Calvino en la conferencia final de su libro “Seis propuestas para el próximo milenio”. Cuando identifica como noción clave del género novelístico a la multiplicidad, lo hace sabiendo que si se le asume en tanto llana enumeración acumulativa de lo diverso, a lo más que alcanzaría en términos literarios a aspirar es al catálogo. A contracorriente de una época que ha convertido la sobreabundancia de información en un atentado contra el conocimiento, y la hueca ponderación de la diferencia en tácita legitimación del más unívoco totalitarismo de la historia humana (el del capital), Calvino jamás pierde de vista que asomarse a la multiplicidad es en todo momento un desafío para hallar en ella sentidos unitarios válidos, donde el devenir humano pueda verse permanentemente reconstituido.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;El enciclopedismo de la novela participa, sí, de la desmesurada pretensión de abarcar extensivamente el universo infinito a través de una obra, como todas las del hombre, hecha de finitud. Pero tal pretensión, en significativa paradoja, exige que la obra se constituya interiormente unidad perdurable.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Los modos de dicha unidad son diversos, por no decir potencialmente infinitos, y hace mucho tiempo que dejaron de referir de manera exclusiva o prioritaria a la anécdota, si bien la historia por contar continúa erigiéndose como la más privilegiada y fecunda mediación entre las potencias primordiales de lo real, la sensibilidad creadora del escritor y el razonamiento crítico de su tiempo y su espacio históricos. A partir de esta sencilla evidencia, podemos decir que la novela tiene plena libertad para romper la unidad de tiempo, la unidad de espacio, la unidad del lenguaje, la unidad de personajes, la unidad de líneas narrativas; la unidad, en fin, de los diversos planos de realidad que el trinomio trazado por obra, autor y lector conjuga. Sin embargo, se halla imposibilitada para romper con toda noción de unidad. En el plano novelístico, el cadáver exquisito (reunión arbitraria de fragmentos sin vínculo originario entre sí) no existe. Si Julio Cortázar se hubiese limitado a entregar a la imprenta la tercera parte de “Rayuela” (ese entrañable y abigarrado cajón de sastre titulado “de otros lados”) probablemente seguiríamos hablando de una obra literaria significativa y perturbadora, pero en modo alguno de una novela.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;La poesía es una travesía desnuda hacia lo real, y suele abrirse con frecuencia hacia las inmediaciones de lo humano. La novela elabora la crónica de dicha travesía, volviéndola experiencia memorable, a la manera de la épica. Sólo que lo hace en un contexto donde la memoria ha dejado de ser reiteración ritual de los orígenes para volverse meditación crítica del devenir. Y aunque pueda con atronadora lucidez asomarse a la misma dimensión limítrofe hollada por los navegantes de la estirpe Poe, Holderlin o Rimbaud (tal lo muestran Conrad, Melville o Dostoievsky) lo hace siempre desde este lado. Sin disimular el abismo, pero articulando la ruta que conduce hacia él cartografía común, patrimonio compartido. Destino de ida, pero también de vuelta.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;En tanto género, la novela representa el recordatorio colectivo de que toda ciudad se funda, lo sepa o no, sobre el testimonio del más reciente naufragio, pero también el de que hasta la más osada y terminal de las navegaciones presupone no sólo un puerto, sino el arduo “vivir es preciso” en que la propia idea de puerto se enaltece y justifica.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-3875930919993927320?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3875930919993927320'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/3875930919993927320'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2010/02/el-naufragio-y-el-puerto.html' title='EL NAUFRAGIO Y EL PUERTO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-6429958766436636307</id><published>2009-12-04T15:30:00.000-08:00</published><updated>2009-12-04T15:38:57.207-08:00</updated><title type='text'>(IN)DISCIPLINAS LITERARIAS</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;Imponerte la mínima, elemental disciplina cotidiana de un par de hojas garabateadas a vuelapluma en una libreta. Y dejar que línea a línea el pensamiento vaya decantándose sin restricción alguna por los rumbos que el capricho le mande. Que aparezcan lo mismo meditaciones existenciales de esas que se empecinan en merodear la médula sin llegar nunca a realmente rozarla; o algún desliz narrativo insinuándose a traición y sin futuro; o incluso comentarios de actualidad, susceptibles acaso de salir a la luz pública pero escritos como apunte íntimo, personal, sin otro apremio que el de combatir con meticuloso escrúpulo el silencio.&lt;br /&gt;Obligarte a escribir con una disposición semejante a la de esos interminables castigos escolares propios de la educación básica. Imponerte la rígida obligación de escribir planas y planas en abierto combate a la aridez que el pensamiento —súbito consonante del espacio y el tiempo cuyo horizonte habita— pareciera insinuar a cada paso. Asumir a manera de mortales enemigos los párrafos que se entrecortan a mitad de la página, la extraviada frase que se descoyunta y culmina en tristísimo deshilamiento de tinta frente a la imbatible inmensidad del papel casi en blanco.&lt;br /&gt;Porque quizá esa sea la derrota mayor. Cuando queda por completo inmaculada, la página en cierto sentido juega a mentirnos que la palabra no existe, que no existió nunca, disimulando hasta qué punto hemos sido vencidos. Muy diverso es en cambio el rastro mínimo, insuficiente, apenas balbuceado, que afronta desmesura cuanto no pudo llenar, cuanto no supo llenar.&lt;br /&gt;Yo nunca me he quedado sin nada que decir. Cuando el silencio vence, en mi caso es sólo por desidia. Sé que va a sonar a fanfarronería, pero no me he topado jamás en el camino ninguna incapacidad creativa que el trabajo por sí mismo no supere, subsane, resuelva. Apropiarme la extrema desconfianza reinante hacia la palabra, poner en &lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;"&gt;cuestión hasta su certidumbre más elemental, de cara a mi particular proceso y perspectiva sería, al menos hasta ahora, al menos de momento, al menos hasta aquí, impostación, fingir, amanerar. Pretexto apenas para justificar la desidia.&lt;br /&gt;Tengo cosas que decir. O, para expresarlo con mayor propiedad: hay cosas que me han elegido para ser dichas por mí. Y quedarme en silencio, dejar una retacería de frases inconclusas página tras página en la libreta, documento tras documento en la pantalla de la computadora, no se me presenta como la victoria de alguna omnipotente otredad, ante la cual las potencias de la palabra terminarían resultando inútiles, absurdas, insuficientes y sin sentido; se me presenta más bien como cierta específica incapacidad mía para convertirme en canal de lo que espera ser dicho por mí, desatenciones para atinarle a mi voz su tesitura verdadera, descuidos para modelar mi rostro a la medida justa de sus infinitas máscaras. Incapacidades, desatenciones y descuidos enmendables todos; al alcance de la mano siempre que la mano no pierda de vista que la distancia por recorrer no es otra que el trecho que la separa de sí misma.&lt;br /&gt;¿Demasiada confianza? ¿Demasiada candidez? ¿Demasiada fe en las palabras? Probablemente. No creo en dios, ni en la verdad, ni en el sentido, pero creo en su posibilidad; a ella nace consagrado cuanto hallazgo sean capaces de atesorar los afanes de mi oficio. Por el contrario, la posibilidad del sinsentido no me ha seducido jamás. Tengo la impresión de que se trata de una posibilidad capaz de consumarse por sí sola, y que no requiere de mí.&lt;br /&gt;Desconfío de la jubilosa desilusión de quienes nunca han corrido el riesgo de ilusionarse. Mejor que ser brillante, ser real. &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-6429958766436636307?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6429958766436636307'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/6429958766436636307'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2009/12/indisciplinas-literarias.html' title='(IN)DISCIPLINAS LITERARIAS'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-163312370981266758</id><published>2009-08-03T10:16:00.000-07:00</published><updated>2009-08-03T10:21:10.887-07:00</updated><title type='text'>DESDE TUS PROPIOS OJOS</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Hace un par de semanas anduve leyendo un puñado de relatos de Ambrose Bierce sobre la guerra civil norteamericana. En ellos, los adornos líricos y políticos que disimulan el campo de batalla al mirarlo de lejos y de espaldas son meticulosa e implacablemente abatidos. Y mucho tiene que ver sin duda en ello la fidelidad narrativa del escritor que, a la vez humilde y orgulloso —orgulloso de su humildad—, se asume mirada de a pie frente a una realidad que nadie tiene que contarle, que ha contemplado con sus propios ojos.&lt;br /&gt;Sin embargo, el razonamiento quedaría incompleto, precario y embustero si lo formuláramos así nada más. Siglos de literatura se han encargado de mostrarnos el insuficiente mérito del testimonio por el testimonio, la recurrente cortedad de los testigos que le suponen a su relato un automático certificado de valía por el hecho de ser la transcripción directa de un episodio al que personalmente asistieron.&lt;br /&gt;De hecho, en el ámbito artístico la proximidad vivencial con aquello que se cuenta no constituye jamás una virtud por sí misma. Más bien sucede que llega a convertirse en lo contrario. Pues sólo aquello que es capaz de marcar distancia con su materia prima, articulándose perspectiva mediada, llega adquirir valor estético, abierta pertinencia compartida y posibilidad de una genuina resonancia espiritual.&lt;br /&gt;No nos engañemos. Las obras de arte que más pasionalmente parecen sucumbir a la inmediatez del sentimiento o de la circunstancia, si valen como obras y no sólo como documentos, es porque no quedan circunscritas a la vivencia o la emoción que les dio origen. La reelaboran. La reinventan.&lt;br /&gt;Así que quizá convendría matizar algunas de las aseveraciones vertidas de entrada a propósito de los relatos de Ambrose Bierce. Cierto: su genio obedece, como el de tantos otros grandes narradores, al hecho de que se asume mirada de a pie frente a una realidad que nadie tiene que contarle, que ha contemplado con sus propios ojos. Pero, a lo menos en los territorios de la Alta Fantasía, contemplar con los propios ojos muchas veces no significa sino ser capaz de imaginar con absoluta libertad. Siempre que no entendamos semejante prerrogativa como sinónimo de manipular el suceso y la invención a capricho, arbitrariamente. Para imaginar con absoluta libertad, de lo que primero que tenemos que ponernos a salvo es justo de nuestras personales apetencias y fobias.&lt;br /&gt;Página tras página, línea tras línea, palabra tras palabra, mientras pincela con magistral aliento este y aquel episodio de tierna sinrazón o grotesco heroísmo, ora entre los soldados rasos del ejército de la Unión, ora entre las filas confederadas, ora entre los civiles a quienes la guerra y su cauce brutal tanto espanta y fascina, Bierce no sólo está diciéndonos que su potencia narrativa le viene haber estado ahí, sino sobre todo recordándonos que las maneras de “estar ahí” son infinitas.&lt;br /&gt;Pienso y releo a Bierce en función del país donde vivo. En función de su cotidiana virulencia. En función del modo paradójico en que las charlas tienden a volverse monotemáticas (cada quién tiene ya un suficiente repertorio personal de estampas de ignominia) y como, sin embargo, no nombrar la realidad pareciera erigirse al mismo tiempo único medio para mantenerla mínimamente transitable (habitable resultaría a estas alturas un adjetivo pretencioso). En función de las muchas novelas, cuentos, ensayos, obras teatrales y guiones cinematográficos que durante los últimos años se han escrito en este país, pensando el crimen organizado como garantía de éxito gremial y comercial, o como pintoresca alternativa lúdica para el tedio intelectual y la aridez creativa. En función de lo inútiles e imbéciles que la inmensa mayoría de esas obras resultan; lo mismo desde el punto de vista artístico que como testimonio de perplejidad compartida, no digamos ya como mínima salvaguarda de lucidez en medio del terror.&lt;br /&gt;Pienso y releo a Bierce mientras escribo. Las maneras de estar aquí son infinitas.&lt;br /&gt;No necesitas que un sicario te apoye su pistola en la nuca para escribir sobre el narco. No necesitas escribir sobre el narco para entender dónde vives. Escribe tus cuentos infantiles, tus novelas de fantasmas y tus poemas de amor asumiéndote mirada de a pie frente a una realidad que nadie tiene que contarte; que contemplas en toda su múltiple amplitud desde tus propios y diversos ojos.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-163312370981266758?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/163312370981266758'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/163312370981266758'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2009/08/desde-tus-propios-ojos.html' title='DESDE TUS PROPIOS OJOS'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-5164254126092684446</id><published>2009-01-19T11:41:00.000-08:00</published><updated>2009-01-19T11:43:55.716-08:00</updated><title type='text'>OFICIO</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Fue en segundo año de secundaria cuando sentí por vez primera, de modo inaplazable y vehemente, la pulsión por la escritura. Como en cualquier otro caso, de Homero a la fecha, nacía directamente entreverada de la pulsión por la lectura. Quien conoce de esto por la única vía en que es posible conocerlo, es decir, por carne propia, sabe que hay un punto indeterminado donde ambas pulsiones se confunden en una sola y devastadora compulsión. Como el amor. Después, el camino de la perseverancia puede llenarse de monstruos y al incipiente aprendiz de brujo, como a los amantes, es posible que esa pasión transparente y pura se le enturbie, en algo que los entendidos suelen llamar "pérdida de frescura" pero que en el fondo es algo mucho más profundo y mucho más patético: la pérdida de la intuición desnuda que lleva al hombre a la palabra.&lt;br /&gt;Una vez que los talleres, los profesores, las novedades editoriales, la carrera de letras, los chismes del medio, los suplementos y revistas, convencen a alguien de que el trabajo literario es una mera suma de ritos sociales orientados hacia el reconocimiento individual, haciéndolo olvidar que cuando la intuición desnuda vino a buscarlo no había delante nadie para verlo y aplaudir, puede afirmarse con un margen casi absoluto de certeza que acaba de abortarse un escritor. Poco importa si es precisamente a partir de ese momento que empieza a participar en encuentros, publicaciones y certámenes. Poco importa si a la vuelta de la esquina se convierte en una personalidad reconocida, obtiene premios, imparte cursos. Poco importa que quienes hayan logrado ascender con él la escala social por encima de otras cabezas traten de legitimar su obra extrayendo de ella inexistentes virtudes más allá del mero dominio técnico o teórico (finalmente asequible a cualquiera). La obra por sí misma está incapacitada para mentir, e invariablemente desnuda a su artífice. De ahí que un gris empleadillo introvertido y conflictivo llamado Franz, desvinculado por completo de los círculos literarios oficiales, sea una de las piedras angulares de toda la historia de la literatura.&lt;br /&gt;La puerta que nos abre el camino hacia el centro de nosotros mismos no la elegimos. Borges fue predestinado a la vocación literaria por la anglofílica biblioteca de su padre. Amó a de Quincey, Chesterton y Kipling por encima de todas las cosas, leyó del Quijote la versión inglesa antes de acceder a la obra original en castellano. A mí, desde temprana edad y hasta los albores de la adolescencia, mi madre me obligaba a leer, llegando al extremo de mantenerme encerrado en una habitación mientras no concluyera un capítulo completo y le relatara suficientemente de qué trataba. Stevenson, Juan Ramón Jiménez y Conan Doyle, entre otros, fracasaron en sus afanes de conquista, acaso con la sabiduría alevosa de que años más tarde no requerirían esfuerzo alguno para conquistarme cuando fuera a buscarlos por mi propio pie.&lt;br /&gt;Podría decir que la vocación literaria me la decidió una página de Rulfo, Musil o Joyce. Sería tan digno como previsible, pero por completo falso. La vocación literaria me la decidieron un par de cuentos de Richard Mathesson, autor norteamericano de ciencia ficción ni siquiera considerado entre las figuras indispensables del género (Asimov, Bradbury, Silverberg, Dick), pese a que suele reconocerse que una de sus novelas, "Soy leyenda", constituye sin lugar a dudas una obra maestra.&lt;br /&gt;Como Aristóteles sabía hace ya tiempo, uno de los impulsos que lleva a la creación artística en general y la literaria en particular, es el de la mimesis, entendida no como mera imitación de formas, sino sobre todo como persecución de las esencias fundamentales que la apariencia contiene. Procuré imitar el aliento de Mathesson en una serie de textos hoy por fortuna desaparecidos. Podría decir que en seguida los alientos que me tentaron fueron los de Neruda, Pound o Blake, pero una vez más estaría mintiendo. Luego de que Mathesson (o lo que Mathesson y sus dos cuentos encarnaron en ese momento preciso) marcara indeleblemente en mí la tentación todavía oscura de la Alta Fantasía, los alientos que me guiaron fueron los de Nervo y Bécquer. Rimas sensibleras y de rústicas pretensiones metafísicas colmaron las páginas que antes habían colmado balbuceantes historias fantásticas. Vuelvo los ojos a lo que ahora escribo, y concluyo que bien pueden serle aplicados los mismos calificativos. Las obstinaciones sobreviven al paso del tiempo porque las alimentan una misma búsqueda y una misma intuición.&lt;br /&gt;En tercero de secundaria, me obsesionaba la posibilidad de conseguir que el lector pudiera ver algo exactamente como yo lo estaba viendo, y me daba a la tarea de acometer angustiados y estériles ejercicios de descripción inspirados por la entonación más decimonónica del realismo español. A los quince años había decidido no escribir otra cosa que novelas policíacas comprometidas con la denuncia social.&lt;br /&gt;No he padecido nunca el mal de la página en blanco. Al menos no de la forma que lo padecen la mayor parte de quienes dicen padecerlo. Siempre he tenido algo qué decir. Si a veces las palabras no acuden, es por la incapacidad de serle fiel al compromiso que invariablemente demandan. A menudo, sobre todo en los últimos tiempos, me da la impresión de no estar a la altura de las exigencias que una imagen, un personaje o una historia me están planteando. Para salir del atolladero podría contarme al oído mis magras conquistas de reconocimiento social. No. El reconocimiento social, involucrado en la gestación de una obra, se convierte inevitablemente en un lastre.&lt;br /&gt;A los dieciséis años caminaba incansablemente la ciudad, convirtiendo paso tras paso cada persona en un personaje, cada imagen en una atmósfera, cada diálogo en una situación. Estaba convencido que ello me colocaba en la médula de lo real, una médula hecha de la materia de todo lo que veía, pero cuyo reconocimiento le estaba vedado por principio a esa materia. Sin poderlo formular de manera teórica, yo sabía ya que no hay medio más profundo y cierto de conocer y edificar el mundo que la rigurosa generosidad de la imaginación.&lt;br /&gt;Hoy, al caminar por la calle, lo que mis ojos buscan es la mirada de aquel adolescente. El oficio de escritor no consiste sino en la renovación infinita de esa primera inocencia.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-5164254126092684446?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5164254126092684446'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/5164254126092684446'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2009/01/oficio.html' title='OFICIO'/><author><name>Sergio J. Monreal</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-145675906030975399.post-8471345168367170852</id><published>2008-08-23T18:28:00.000-07:00</published><updated>2008-08-23T19:13:07.609-07:00</updated><title type='text'>CURRICULUM</title><content type='html'>&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:130%;color:#ffffff;"&gt;Arrojo hacia el minuto que viene&lt;br /&gt;la moribunda promesa&lt;br /&gt;de estos versos&lt;br /&gt;que alguno me confió&lt;br /&gt;mientras dormía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así aprendí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando niño,&lt;br /&gt;los ventanales&lt;br /&gt;apedreaban en silencio&lt;br /&gt;la quietud de mis manos&lt;br /&gt;y volar era cosa del ramaje&lt;br /&gt;no del pájaro.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/145675906030975399-8471345168367170852?l=gambetainfinita.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/feeds/8471345168367170852/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2008/08/arrojo-hacia-el-minuto-que-viene-la.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8471345168367170852'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/145675906030975399/posts/default/8471345168367170852'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://gambetainfinita.blogspot.com/2008/08/arrojo-hacia-el-minuto-que-viene-la.html' title='CURRICULUM'/><author><name>Sergio J. 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