domingo, 29 de marzo de 2026

La expedición subjuntiva.

 

La Expedición Subjuntiva agrupaba sus primeros efectivos visibles, los básicos, los esenciales, en cuatro departamentos del edificio de la Ciudad de México donde viví entre los cinco y los diez años. Todos eran argentinos. Un matrimonio con hijos. Un matrimonio sin hijos, pero con gato. Dos hombres que vivían cada uno solo, pero cuyas novias mexicanas solían acompañarlos a menudo y pernoctar con ellos, dibujando ante mis ojos un enigmático, sugerente, hasta entonces desconocido universo de alternativas de emparejamiento y de vida.

Todos me parecían tremendamente jóvenes. Lo cual para un niño significa antes que nada plenitud a futuro, mágica consistencia por venir. “Cuando yo sea joven” acostumbrábamos iniciar entre primos y amigos, con inconsciente subjuntivo, el infinito catálogo de nuestros ensueños más descabellados y entrañables.

Cuando yo fuera joven tendría un departamento pequeño y acogedor que oliese a madera, como los suyos. Escucharía música ajena a todas las estaciones de radio conocidas, donde el júbilo a flor de piel se mezclaría hasta confundirse con la tristeza más inexplicable y más honda vista jamás sobre la tierra. Adornaría las paredes con extraños cuadros y fotografías en blanco y negro. Cenaría pasta con tuco y abandonaría las tortillas por las barras de pan oscuro. Leería libros, tocaría la guitarra, pasaría horas aferrado a una taza de café frente a mi tesis.

Todos me parecían también tremendamente hermosos. Cuando yo fuera hermoso me habituaría a enamorarme de mujeres de cabello largo y piel morena, a las que no llamaría novias o esposas sino compañeras. Saludaría a todos mis amigos —barbones o lampiños, petizos o espigados— de un beso en la mejilla, desafiante frente al mexicanísimo y machista qué dirán. No tendría miedo de llorar cada vez que hiciera falta. Pronunciaría palabrotas que jamás sonarían vulgares, y en cambio me dejarían en la boca un peculiar regusto a dignidad. Y decirles “viejos” a mis padres atesoraría íntegro el misterio de respeto y ternura que tan torpe y fallidamente procuraban inculcarme los catecismos y la escuela.

De forma gradual fui enterándome de que aquellos cuatro departamentos del edificio donde vivíamos, constituían para la Expedición Subjuntiva apenas un puesto de avanzada. Por aquí y por allá, en numerosos rincones de esa ciudad que apenas empezaba a intuir, no sólo argentinos como los que yo conocía, sino también uruguayos y chilenos, arrojados en reflujo de espuma por una oleada de horror y de ignominia, se reinventaban patria a cientos de kilómetros de sus sitios de origen. Y al hacerlo contribuían secreta y decisivamente a nuestra propia reinvención.

Una privilegiada prenda para precisar la naturaleza subjuntiva de aquella expedición, solía sobrevenir con inagendable puntualidad ritual durante las guitarreadas. Atestado hasta empañar las ventanas alguno de los cuatro departamentos por voces, risas, empanadas y vasos de vino tinto, iban y venían de pared a pared canciones que aprendías a entender sin entender nunca del todo, como conviene por naturaleza a las canciones (“yo no canto por vos, te canta la samba”). Y en un momento dado la exaltación daba en remansarse para que aquella íntima multitud entonara, tal si estuviera más bien callándolos, ciertos versos de María Elena Walsh:

 

Porque me duele si me quedo

pero me muero si me voy.

Por todo, y a pesar de todo,

mi amor,

yo quiero vivir en vos.

 

Pero me muero si me voy. ¿Acaso no estaban vivos? ¿Acaso no eran el testimonio más completo y más puntual de cuanto cabía presentir como la vida? Sin embargo se habían ido, y le cantaban desde lejos al dolor insoportable de quedarse.

Tal vez no se habían ido jamás, y por eso podías sentir tierra propia esos espacios, esos instantes, esos hallazgos y esa amistad que te ofrecían al paso como si nada, como quien sólo está viviendo. O tal vez en cierto sentido estaban muertos o muriéndose mientras tú los mirabas como sólo viviendo; y de ahí provenía ese nítido aunque rara vez enunciado sustrato de tristeza, que a la vez parecía imantarlos desde debajo de donde pisaban, y suspenderlos por encima de donde parecían no pisar mientras andaban. Y entre esa imantación terrestre y esa suspensión aérea, el subjuntivo, sin que tú lo supieras, estaba transparentando para ti todas sus inaprensibles potestades, esa indefinición medio fatal a la que parecen convenirle sobre todo el si condicional, el aunque, el ojalá y el quizás. Aunque me duela. Si me quedara. Quizá muera. Si me fuese.

El modo verbal subjuntivo tiende al franco desdibujo de las fronteras entre presente, pretérito y porvenir. Las frases con que los manuales de gramática procuran caracterizarlo no pueden resultar al respecto más ilustrativas. Extraigo algunas del correspondiente capítulo en mi Larousse de la conjugación: “el carácter de irrealidad que encierra este modo”, “todos los tiempos del subjuntivo son relativos”, “las relaciones de anterioridad, coexistencia y posteridad se revelan harto aleatorias”.

Por su parte, Juan Luis Fuentes de la Corte, Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Santo Tomás en Roma, dice a propósito de los tiempos del subjuntivo en su Gramática Moderna de la lengua española: “el presente de subjuntivo se refiere indistintamente a un presente o a un futuro, pero nunca a un pasado”, “el imperfecto tiene una referencia temporal más amplia ya que puede indicar presente, futuro y pretérito”, “el pretérito perfecto indica una acción de pasado o futuro en la que se siente instalado el hablante”. Uno se queda dudando si el Santo Tomás que ampara a la Universidad donde se doctoró don Juan Luis será el sabio dominico que en el siglo XIII desempolvó a Aristóteles para enfrentar el platonismo dominante, o aquel bíblico apóstol del hasta no ver no creer; tomasiana confusión que la Maga, esa santa patrona de todo trasterrado y todo subjuntivo, a su turno cultiva en algún punto de Rayuela de Julio Cortázar.

Pero quedémonos con la última aseveración del Doctor Fuentes: el pretérito perfecto de subjuntivo indica una acción pasada o futura en la que se siente instalado el hablante.

Lo confiaran o no sus variopintos miembros bajo otras circunstancias, cuando la Expedición Subjuntiva  procedía a entonar las estrofas de María Elena Walsh (“porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos”) resultaba claro que lo hacían equitativamente arrebujados en el pretérito previo a su partida y en el porvenir posterior a su regreso, por más que mientras cantaban ambas instancias se blindaran hermético imposible: irrecuperable pérdida lo primero, inalcanzable esperanza lo segundo.  

Acaso el subjuntivo no sea en el fondo sino la modalidad más fiel y más implacable del exilio. No un exilio personal y anecdótico, remitido a esta o aquella específica circunstancia. Un exilio radical del Tiempo, donde comparten la misma parsimoniosa claustrofobia el deseo y la memoria, pero donde no puede sino terminar imponiéndose el terco sin remedio de seguir viviendo. ¿Y cómo vivir entonces, sino desde la dignidad compartida que un día —ayer, mañana, hoy— nos enseña el sentido de desear, ser y no olvidar?

Canción para la tierra de uno  se llamaba. Y ellos la cantaban desde muy lejos, sintiendo sin embargo florecida quemadura presente esa tierra suya. Puesto que María Elena Walsh, almirante mayor de todos los misterios subjuntivos, perteneció a esa misma generosa estirpe, y participó de esa misma esperanzada edad sin esperanza, no la tituló “canción para Argentina” o “canción para mi tierra”. Canción para la tierra de uno. Es decir, canción que se ofrece fraterna para que cualquiera pueda cantarle cuando venga en falta a su respectiva tierra (“por tus antiguas rebeldías y por la edad de tu dolor”).

Han pasado muchísimos años desde entonces. Pero hoy que, aunque habitándola, con frecuencia suelo sentir a punta de oprobio, horror, rapiña y desvergüenza alejarse mi tierra hasta siderales lejanías de no retorno, atenazada mi garganta con el peso de la misma orfandad que  entreví por vez primera en los ojos de mis antiguos vecinos de edificio, me da por susurrar bajito aquellos versos cada vez más a menudo. Incorporado por pleno derecho de interior exilio a idéntico compromiso de dignidad, idéntico desafío de habitabilidad, idéntica demanda de solidario encuentro en la intemperie.

Ajeno a su juventud y su hermosura, ya he devenido sin embargo —tal como lo soñé, más la tristeza— tripulante de su misma subjuntiva expedición.


Imagen de María Elena Walsh: Fotografía de Sara Facio.