jueves, 15 de octubre de 2026

Orígenes del periodismo virreinal.

 

En España, siguiendo una proporción más o menos equitativa, las hojas volantes de corte piadoso coexistieron desde un principio con materiales autorizados a licencias más profanas. Cumplidas las respectivas fórmulas de circunstancias en elogio de este santo, esa virgen o aquella autoridad, podían lectores y escuchas dar rienda suelta a su llana curiosidad, a su lírica avidez, a su descarado morbo.

Para Nueva España las cosas fueron muy distintas. La vigilancia y la censura de la iglesia y la corona se mantuvieron siempre quisquillosas y alertas respecto del riesgo que pudieran acarrear determinadas libertades. Una de las más temprana y férreas proscripciones le correspondió justamente a lo fabuloso y lo profano. Sabemos que, a partir del siglo XVII, en materia de relación de sucesos, se imprimieron romances, milagros, noticias de actualidad y crónicas de desastres. Pero sin hurtarle nunca el sitial de privilegio a la reseña de procesiones, o de festividades tanto civiles como religiosas. Todo indica que, hasta el fin del virreinato, tratándose de pliegos sueltos, el eje dominante hay que enfocarlo primero desde la óptica del proceso de evangelización, y después desde la óptica de las obligaciones que —en tanto súbdito y feligrés— la autoridad aguardaba de un pueblo ya plenamente evangelizado. Para expresarse de manera abierta a través de la página impresa de distribución masiva, el gusto por el chisme escabroso y la peripecia sangrienta tendría que aguardar entre nosotros hasta la llegada de la independencia.

Desde su aparición durante el siglo XVI, junto a las funciones comerciales, doctrinales, educativas, literarias, artísticas y recreativas de los pliegos sueltos, hay que colocar en un sitio preponderante la función informativa. Es habitual que se les identifique como los primeros impresos periodísticos del mundo moderno. Lo fueron sin duda. Sin embargo, para cubrir las necesidades informativas que la modernidad en su vertiginosa consolidación iba demandando, llegó un momento donde sus insuficiencias como órganos noticiosos comenzaron a resultar inocultables. Dichas insuficiencias tenían que ver antes que nada con la propia raíz etimológica de la palabra periodismo: la periodicidad.

La llamada prensa de cordel fue capaz de poner novedades al alcance del público en general, a través de un soporte escrito portátil popularmente accesible; privilegio exclusivo hasta ahí para las élites políticas, religiosas, económicas y militares. Sin embargo, su propia naturaleza la inhabilitaba para plazos de aparición estables. Los primeros periódicos exhiben ya desde ahí una distancia insalvable respecto de ella. Se trata en este caso de materiales concebidos ya para aparecer con una regularidad fija, que habrá de condicionar de antemano tanto la elección de sus contenidos como su diseño, tanto su esquema de redacción como su manutención comercial. Por supuesto, los límites entre ambos géneros ni se establecieron de golpe ni fueron nunca tajantemente insalvables; sus numerosos cruces transfronterizos resultan patentes incluso en los recursos informativos de la actualidad virtual y digital.

Además de su condición periódica, las publicaciones informativas que entre finales del siglo XVII y principios del XVIII comenzaron a aparecer en las principales capitales europeas, trajeron aparejado desde su nacimiento otro rasgo distintivo: el de su presunta autoridad respecto de toda la precedente genealogía de pliegos sueltos. Dicha condición, directamente vinculada a las reglas de juego del emergente espíritu de la Ilustración, derivaba también de puntuales implicaciones políticas. Sometidas de manera férrea a la vigilancia, el control, la censura y los intereses de la autoridad eclesiástica y civil, no hubo hoja volante ni prensa de cordel que llegara a instituirse órgano directo de la oficialidad; esa tarea había quedado hasta ahí depositada en avisos, bandos, proclamas y edictos públicos. Surgidos como privada iniciativa de inversores particulares, los nuevos impresos periodísticos acabaron sin excepción volviéndose portavoces directos de las diversas monarquías, sinceraran o no dicho estatus oficial a través de su correspondiente membrete.

Se les llamó gacetas. Y esa presunta autoridad de la que hablamos, derivada de su cercanía con las supremas instancias de poder, no quedó limitada al plano informativo, sino que fue abarcando también al resto de los contenidos que gradualmente se incorporaron a ellas, fueran estos religiosos, filosóficos, científicos o literarios. Las primeras gacetas aparecen en Italia durante el siglo XVI, y definen el perfil informativo y periódico que las caracterizaría en Europa central a comienzos del XVII; pero su verdadero auge arranca en Francia bajo el reinado de Luis XIII. Durante varias décadas la Gaceta de Francia, cuya primera entrega corresponde a 1631, hará coexistir en sus páginas la retórica grandilocuente propia de las relaciones de sucesos, con el tono impersonal y escueto de un mero catálogo de informaciones. Para cuando en la década de 1660 comience a dar sus pasos iniciales lo que al cabo se convertiría en la Gaceta de Madrid, ya su orientación se ha decantado definitivamente en este último sentido; no eliminando en definitiva la relación de sucesos, pero sí volviéndola una excepción genérica específica, en la cual podemos distinguir el antecedente directo de la crónica periodística actual.

La Gaceta de Madrid será el modelo referencial para la Gaceta de México, llegando en algún período incluso a reemplazarla. Adquiere su nombre definitivo en 1698, y perdura hasta nuestros días como Boletín Oficial del Estado. Aunque se trata sin duda del ejemplo más representativo de este fenómeno para España y sus colonias durante los siglos XVII y XVIII, antes de ella hubo otros ejemplos significativos, como aquellos que por influencia y proximidad con Francia aparecieron en Barcelona antes de mediar el siglo.

De acuerdo con Carmen Espejo Cala, investigadora y catedrática de la Universidad de Sevilla, la década de 1680 representó para el periodismo europeo un período de auge y consolidación, del que esta vez España no quedaría al margen. No sólo Madrid y Barcelona verán multiplicada su oferta periodística, lo mismo con publicaciones independientes en franca competencia, que con publicaciones varias salidas del taller de un mismo impresor; proliferará también la prensa provincial, extendiéndose a prácticamente todos los puntos de la Península y dando a luz impresos castellanos incluso en Ámsterdam y Bruselas.

Todos los indicios apuntan a que, comenzando el siglo XVII, la Gaceta de Madrid tendría que haber llegado con aceptable regularidad a la Nueva España, y hasta haber sido reimpresa en más de una oportunidad por alguno de los para entonces ya numerosos talleres tipográficos de la Ciudad de México. Pero hasta el día de hoy resulta difícil rastrear evidencias materiales y referencias directas en dicho sentido. Como quiera que sea, correspondería al Virreinato del Perú el mérito de dar a la luz el primer periódico americano, activo de 1700 a 1711, al calor de las disputas dinásticas por el trono español entre las casas de Austria y de Borbón. De periodicidad aproximadamente bimensual, pese a su constancia y longevidad no ostentaría un nombre fijo. En su correspondiente estudio y edición, los investigadores Paul Firbas y José Antonio Rodríguez Garrido han optado por denominarlo Diario de noticias sobresalientes en Lima.

La investigación de Firbas y Rodríguez Garrido otorga merecido reconocimiento al impresor limeño José de Contreras y Alvarado como fundamental pionero del trabajo periodístico americano. Su labor editorial e informativa a lo largo de aquella década, siempre en diligente servicio de la causa borbónica, resulta notable y amplía la perspectiva sobre los puntos de influencia y referencia que posibilitaron el proyecto de la Gaceta de México. Desde la penúltima década del siglo XVII hasta la primera del XVIII, Contreras obtuvo el privilegio monopólico de la imprenta en la Ciudad de Lima, llegando a ostentarse simultáneamente como impresor real, impresor del Santo Oficio, impresor del Tribunal de la Cruzada e impresor de la Universidad de San Marcos.  Existe un grabado de su taller que no sólo constituye una de las escasísimas representaciones directas de una imprenta virreinal americana, sino donde él mismo aparece a cuadro, captado con sorprendente oportunidad documental en sus tareas editoriales por el pintor y grabador dominico Miguel Adame. 

Contreras era además poeta. Suyos son los versos que acompañaron la citada calcografía, como parte de un libro consagrado a las exequias del rey Carlos II, último Habsburgo en el trono de España. Versos que acaso valiera identificar como invocación propiciatoria para todo el devenir de la prensa escrita hispanoamericana: “¿Qué hará, señor, la imprenta en negros humos? / Mas ¿qué ha de hacer?  Que giman hoy sus prensas / para imprimir llorando tanta historia”. 



Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 15 de octubre de 2026.
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jueves, 8 de octubre de 2026

La primera imprenta en México.

 

Un libro, como podemos comprobar ahora mismo echando mano de cualquier volumen a nuestro alcance, se confecciona a partir de varios pliegos de papel doblados y encartados. Para mantener unidos y en orden los cuadernillos independientes que resultan de dicho encartamiento, es necesario fijarlos mediante costura o pegado a través de un proceso de encuadernación. Una hoja volante se define como un solo pliego doblado o como varios pliegos encartados que no han sido sometidos a proceso de encuadernación alguno.

El rápido auge de la imprenta durante la segunda mitad del siglo XV, que estimuló la aparición de talleres a lo largo y a lo ancho de todo el continente europeo, trajo consigo la necesidad de legislaciones y normas regulatorias emitidas por las autoridades competentes. En 1502, los Reyes Católicos promulgaron un conjunto de leyes para impresores, libreros, imprentas y librerías, que imponían estrictas regulaciones y engorrosos trámites a la producción y venta de libros dentro de sus dominios, mas no así a otro tipo de materiales impresos. Pueden identificarse dichas leyes como el detonante decisivo para la proliferación de hojas volantes y pliegos sueltos, llamados también pliegos de cordel. No obstante, el auge de tales publicaciones no fue inmediato. Tanto la definición de su perfil como su destacado sitio en el favor de un público al que debieron encargarse de formar, irían consolidándose paso por paso a lo largo de muchas décadas.

La merecidísima aura mítica que rodea a Juan Pablos como primer impresor de América, no debe hacernos olvidar los precarios recursos de que él y su equipo de trabajo dispusieron durante los primeros años, así como las severas restricciones de todo tipo que por contrato debía obedecer. Al llegar a la Ciudad de México en 1539, nada era suyo. Ni los 195 000 maravedíes que portaba para la compra de insumos, útiles, provisiones y gastos; ni su movilidad durante los siguientes diez años, pues quedaba comprometido a no abandonar la capital novohispana en ese lapso;  ni los privilegios reales que certificaban el taller a su cargo como la única imprenta autorizada de todo el continente; ni los materiales y herramientas de trabajo que traía consigo; ni el esclavo negro incorporado como batidor; ni la potestad de elegir al tirador de la imprenta, que podía ser removido y sustituido en el momento que se lo ordenaran; mucho menos las potenciales ganancias que el taller consiguiera rendir, mismas que se comprometía a remitir íntegras a España y de las cuales debía corresponderle al cabo la quinta parte, tras los respectivos descuentos por inversión capitalista, por pérdida o estropicio de bienes del taller, por gastos de traslado, y por manutención de él y su esposa, Jerónima Gutiérrez. Ni siquiera eran suyos el nombre Juan Pablos con que pasaría a la historia, ni el reino español desde el cual arribaba, pues se llamaba en realidad Giovanni Pauli y había nacido en Brescia, Italia.

El verdadero beneficiario de aquella iniciativa era su patrón, Juan Cromberger, cuyo padre, el alemán Jacobo Cromberger, había logrado convertirse durante el primer cuarto del siglo XVI en el más importante impresor de Sevilla (principalísima ciudad para el naciente imperio español ya desde entonces). El patriarca de los Cromberger supo obtener de la corona ventajosos favores que le permitirían no sólo ampliar y diversificar intereses comerciales en Europa, sino incorporarse a lo que en aquella época comenzó a llamarse la “Carrera de Indias”. Por su parte, sin descuidar el negocio que había dado origen a la prosperidad familiar, Juan Cromberger orientó esfuerzos hacia una consolidación mercantil de amplio espectro, que incluía desde el préstamo de dinero hasta el comercio ultramarino, desde la actividad inmobiliaria hasta el tráfico de esclavos. Por lo que hace a su empresa americana, pese al rigor de las leoninas cláusulas impuestas a Juan Pablos, la verdad es que Cromberger manifestó muy poco interés en el monopolio que se le había concedido como única persona autorizada para la impresión e importación de libros en el Nuevo Mundo; su atención y la de sus herederos se consagró casi íntegra a las ricas explotaciones de plata conseguidas en Sultepec y Taxco.

La llegada de la imprenta a la Nueva España había tenido su principal promotor en el franciscano Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien adquiere su mayor celebridad popular en la memoria mexicana por haber sido el primero en mirar a la Virgen de Guadalupe en el ayate de Juan Diego, según narran la tradición y la leyenda. Como casi siempre que de humanos asuntos se trata, acaso sea menester repartir equitativamente su empeño bibliófilo entre el amor, la necesidad, el interés, las responsabilidades y los compromisos adquiridos. Zumárraga amaba los libros. Zumárraga era consciente de la importancia de una imprenta para las labores evangelizadoras y educativas del incipiente virreinato. Y Zumárraga habría tenido un adeudo monetario por préstamo no saldado con la familia Cromberger.

No parece descabellado conjeturar una decisiva influencia del obispo de México para beneficiar los negocios del empresario sevillano en Nueva España. Lo más importante aquí es en todo caso establecer que Juan Pablos inició su labor impresora condicionado en un extremo por el despotismo patronal y la desidia editorial de Juan Cromberger, y en otro por los requerimientos e intereses institucionales de Fray Juan de Zumárraga. Apenas instalada la flamante imprenta en la llamada Casa de las Campanas, las funciones que se aguardaban de ella no correspondían prioritariamente a la manufactura de libros.

La habilitación de un taller tipográfico en la Nueva España obedeció a objetivos bien definidos por parte de la corona, la iglesia y el virrey Antonio de Mendoza. Por una parte, apoyar el proceso de evangelización con la publicación de doctrinas, catecismos, confesionarios, manuales de sacramentos, etc.; por otra, respaldar el proceso de hispanización mediante la elaboración de vocabularios, artes de lengua, cartillas para aprender a leer, etc.; por último, pero no menos importante, facilitar las labores civiles y administrativas sacando a la luz impresos burocráticos como edictos, cédulas, formularios y calendarios, actualmente denominados “literatura gris”.

Hay consenso en distinguir una notable desproporción cualitativa y cuantitativa entre la producción bibliográfica del taller de Juan Pablos al servicio de Cromberger, y el taller ya con Juan Pablos como propietario y titular. Y en esa desproporción tienen peso innegable la precariedad y las prohibiciones impuestas por la familia Cromberger. Sin embargo, no debe minimizarse como otra causa importante la demanda de materiales religiosos, lingüísticos y administrativos que Juan Pablos y su equipo de trabajo debieron cubrir por sí solos durante aquellos años, sin la colaboración ni la competencia de ningún otro impresor, y padeciendo encima las al parecer atávicas crisis por carencia y carestía de papel.

Para el año 1548, las quejas de la autoridad virreinal ante la corona debido al incumplimiento de los compromisos asumidos en materia de producción y envío de libros han surtido efecto, y el taller mexicano aparece traspasado ya a Juan Pablos por Brígida Maldonado, viuda de Juan Cromberger. En su momento, Juan Pablos había arribado a la Nueva España con el mínimo personal indispensable para iniciar trabajos: él mismo en calidad de cajista, encargado de la composición tipográfica; Gil Barbero, contratado por Cromberger como tirador, es decir como operario manual de la imprenta; Pedro, el esclavo de raza negra incorporado como batidor para entintar los moldes; y Jerónima Gutiérrez, quien con toda probabilidad colaboró activamente en los trabajos de impresión. Faltaba no obstante uno de los perfiles esenciales para el cabal funcionamiento de un taller tipográfico como aquel: el fundidor y cortador, encargado tanto de reciclar tipos defectuosos como de elaborar caracteres, adornos y viñetas nuevos. Durante más de una década, Juan Pablos debió arreglárselas con tipografía y grabados de segunda mano, ya gastados por su uso previo en España.

La contratación del fundidor y cortador español Antonio de Espinosa en 1550 junto con otros maestros de imprenta, resultará clave desde varias perspectivas. En primer término, la ampliación y la mejora de sus recursos tipográficos permitirá a Juan Pablos plantearse tareas de cada vez mayor calidad y envergadura. Luego, la favorable respuesta de la corona a la solicitud de Espinosa para que se le retirara a Juan Pablos el monopolio de impresión novohispana, así como la apertura de su propio taller, darán paso a la competencia gremial, diversificarán las posibilidades de la oferta e inaugurarán ahora sí inéditos, aunque todavía incipientes, horizontes de demanda.


Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 8 de octubre de 2026.
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sábado, 3 de octubre de 2026

El pliego fantasma.

 

La aparición de la imprenta moderna trajo consigo una genealogía de soportes a la postre casi tan importantes para la producción literaria como los libros. Privada de ellos, nuestra noción de Literatura sería sin duda muy distinta. Dentro de dicha genealogía cabe incluir desde las primeras hojas volantes hasta numerosos soportes virtuales consagrados a asuntos de Literatura, pero su principal parámetro referencial se halla todavía sin duda en las revistas y suplementos literarios.

Correspondió al siglo XIX convertir este tipo de publicaciones en componente imprescindible para las llamadas bellas letras, y nuestro país no constituyó en ese sentido ninguna excepción. El México independiente, lo mismo durante las convulsas y dilatadas décadas de definición de un proyecto nacional, que bajo el engañoso sosiego de la paz porfiriana, verá desfilar una larga, abigarrada, desigual pero imprescindible galería de impresos con vocación exclusiva o mayoritariamente literaria. Dejemos constancia de esa profusión y esa huella a partir de sólo un puñado de títulos ilustres: El Iris, El Zurriago, El Recreo de las Familias, Panorama de las Señoritas, El Renacimiento, Azul, Revista Moderna.  

Si fuéramos a centrarnos en el plazo que va del Romanticismo al Modernismo, y quisiéramos limitarnos en exclusiva a impresos de carácter literario con voluntad periódica, dispondríamos de una materia prima no copiosa pero sí suficiente para concretar el empeño. Orientándonos antes bien hacia aquellos antecedentes que durante tres siglos de virreinato sentaron las bases necesarias para lo que vino después, las cosas se complican. El período novohispano exige dar grandes rodeos, ampliar los criterios selectivos, focalizar como tierra propia patrias por completo extranjeras si las miramos desde otra perspectiva, como el periodismo, la historiografía o la divulgación científica.

Muchas cosas estaban entonces apenas nombrándose, conformándose, definiéndose. Sus fronteras no eran las nuestras. Ni en términos geográficos, ni en términos culturales, ni en términos mentales. Su educación sentimental puede resultarnos a estas alturas no tanto correspondiente a otra época como a otro planeta, otra dimensión, otra especie. Al internarnos en las diversas fuentes e información disponibles, el factor literario a menudo parece residir menos en el contenido de los textos y las publicaciones que en el perfil novelesco de varios de sus artífices, en las rocambolescas peripecias de este protagonista, en los librescos equívocos que rodean aquel episodio, en los tintes tragicómicos de tal consumada producción o tal malograda iniciativa. 

Para muestra, un botón. Desde el siglo XIX hasta nuestros días, el llamado Pliego suelto del terremoto de Guatemala ha venido siendo presentado por numerosísimas fuentes como la primera pieza periodística y la primera hoja volante aparecida en la Nueva España.  Lírica, narrativa y dramáticamente hablando, ningún perfil más tentador que el suyo para confiarle el acta de nacimiento oficial de nuestras publicaciones literarias. 

Primero, se trataría de un pliego suelto impreso en 1541, es decir apenas a veinte años de la derrota del señorío mexica. Segundo, reproduciría de manera más o menos fiel el informe de primera mano transmitido a España por el conquistador Juan Rodríguez Cabrillo; informe que suele reconocerse como el primer texto periodístico escrito en el Nuevo Mundo. Tercero, habría salido del taller de Juan Pablos, primer mítico impresor en la historia de América. Cuarto: inmortalizaría una truculenta historia relacionada con la suerte final del conquistador Pedro de Alvarado, capitán responsable en ausencia de Cortés de la matanza perpetrada dentro del Templo Mayor de Tenochtitlan en mayo de 1520.

¿No parecen los datos así dispuestos estar perfilando ya por sí solos el material de una apasionante novela? Hernán Cortés sale de la capital mexica rumbo a Veracruz para enfrentar a los españoles enviados contra él por Diego Velázquez, gobernador de Cuba; entre ellos viene precisamente Juan Rodríguez Cabrillo, quien desobedeciendo las órdenes recibidas pasará al bando Cortés, y un año más tarde desempeñará decisivo papel como calafatero de los buques empleados durante la ofensiva final contra las fuerzas de Cuauhtémoc.  Integrado al círculo de confianza de Pedro de Alvarado durante el ciclo conquistador en Centroamérica, Rodríguez Cabrillo quedará al frente de sus fuerzas cuando, a punto de iniciar la exploración del Pacífico Norte mexicano por cuenta del virrey Antonio de Mendoza, Alvarado muera en julio de 1541 (según testimonios, aplastado accidentalmente por un caballo); éste último fungía entonces como gobernador de Guatemala. Antes de partir rumbo al norte y convertirse en el descubridor de California, Rodríguez Cabrillo deja constancia escrita del desastre natural que azotó a la capital guatemalteca el día 10 de septiembre; desastre que, de acuerdo con la imaginería popular de la época, habría obedecido a la actitud blasfema de la gobernadora, doña Beatriz de la Cueva, quien al enterarse de la muerte de Pedro de Alvarado enloqueció de dolor, renegó de Dios y mandó pintar de negro las paredes de la casa que ocuparan durante su breve matrimonio. Unas pocas semanas más tarde, el impresor Juan Pablos habría puesto la noticia a disposición de los ávidos ojos lectores de la capital novohispana, como recién salida del horno y con una envidiable oportunidad periodística para la época.

Estímulos de sobra sin duda para nuestra ensoñación literaria y hasta cinematográfica. Una novela de Salgari, Riva Palacio, incluso Poe, dependiendo de la predilección de cada quien.  Tienta por demás cerrar los ojos y conjeturar a las gentes de aquella Ciudad de México aún en obra negra, leyendo por cuenta propia o escuchando por boca de algún comedido la primera hoja volante de nuestra historia. Pero lo cierto es que ninguna de esas hipotéticas escenas pudo tener lugar, dado que el presunto Pliego suelto del terremoto de Guatemala impreso por Juan Pablos nunca existió. No podía existir. Ninguna condición había para posibilitar que se imprimiera en lo que hace al amplio marco de la situación sociocultural de Nueva España y el imperio español hacia 1541; pero tampoco en lo que hace a las específicas circunstancias de las personas que habrían debido involucrarse en semejante proyecto.

Y, sin embargo, las referencias que dan como un hecho su existencia son, desde el siglo XIX hasta la actualidad, abundantísimas; comenzando con el Diccionario Universal de Historia y Geografía publicado en nuestro país en 1854, y terminando con las vigentes entradas que ahora mismo puede consultar cualquiera ingresando a Wikipedia. Continúan difundiéndose con profusión las fotografías del impreso, cuyo colofón luce con todas sus letras la leyenda: “Imprimióse en la gran ciudad de México. Año de mil y quinientos y cuarenta y uno en casa de Juan Cromberger”.

En su estudio La imprenta en México en el siglo XVI (2018), Guadalupe Rodríguez Domínguez, investigadora de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, se ha encargado de demostrar que la versión del Pliego suelto de Guatemala difundida como mexicana es reelaboración de dos hojas volantes impresas en España en fecha sin determinar; y que no pudo salir del taller a cargo de Juan Pablos, dado que ni la tipografía, ni las orlas, ni los grabados utilizados corresponden a aquellos de los que dispuso el impresor italiano afincado en México. Materiales estos últimos que, por su parte, se hallan plenamente identificados a partir de aquellas obras que Juan Pablos efectivamente imprimió. 

Tras la comprobación técnica, quedaba empero en pie la cuestión de la procedencia de aquel impreso espurio. A Rodríguez Domínguez le llamó la atención que durante cerca de tres siglos no hubiera habido referencia alguna sobre esa hoja volante. Y que tanto la primera noticia a propósito de ella, así como las ulteriores ratificaciones que procedieron a acreditarla, procedieran todas de un selecto y ceñido núcleo de bibliógrafos, encabezados por el célebre humanista decimonónico Joaquín García Icazbalceta.

En su obra de ficción La novela de mi vida, del año 2002, el escritor Leonardo Padura polemiza a propósito de Espejo de paciencia, poema con que el escritor canario Silvestre de Balboa habría fundado la literatura cubana hacia 1620. Padura postula de manera abierta que tanto el poema como el escritor nunca existieron, y que fueron obra de un puñado de escritores del Romanticismo, decididos a otorgarle a la isla un antecedente ilustre del cual carecía, equiparable a la mexicana Crónica de Bernal, a la chilena Araucana de Ercilla y a los peruanos Comentarios Reales del Inca Garcilaso.

De manera análoga, la Doctora Ramírez Domínguez plantea que el pliego suelto del terremoto de Guatemala, atribuido a Juan Pablos, fue creación de García Icazbalceta y su círculo de allegados. Quién sabe si como broma erudita, como venganza personal contra otros especialistas, o como jactancia de su capacidad para incorporarle a la realidad un fruto de la pura fantasía, de la pura ficción.

Acaso nos hemos equivocado y nuestra historia no es una novela. Sino un cuento de Jorge Luis Borges.

Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 1 de octubre de 2026.
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