sábado, 22 de marzo de 2025

Margarita Vázquez y su Poesía Reunida.

 

I

El 8 de diciembre de 2023, en el marco de su séptima edición y su décimo aniversario, el Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes de Morelia, bajo la coordinación general de Leonarda Rivera y Daniel Wence, realizó una mesa especial de homenaje para la escritora Margarita Vázquez, a quien todo el evento en su conjunto estuvo dedicado.

Con el objetivo de redondear dicho homenaje a través de una publicación conmemorativa, Rafael Calderón, director del proyecto editorial independiente Centzontli, pájaro de cuatrocientas voces, concibió rescatar el poema en prosa ¡Lotería, cuarto creciente! con una plaquette de veinticinco páginas y tiraje de cincuenta ejemplare.

El poema, incluido en la autobiografía Margarita de 2004 y en la antología De cara al caracol de 2010, jamás había sido publicado de manera autónoma.

Por lo que respecta a Centzontli, para esas fechas había dado a la luz ya más de una veintena de publicaciones, la mayor parte de ellas en coedición con la UMSNH, entre las que destacan las conferencias del ciclo El espacio literario, la memoria Alimentar el fuego y la segunda edición del poemario Pirénico de Gaspar Aguilera; en pocas semanas aparecería también, en coedición con el Conalep Michoacán, la primera edición del libro Pablo Neruda en Morelia.  Centzontli es extensión y continuidad de otras iniciativas generadas por Rafael Calderón, como la revista PalabraPoesía (2006-2012), el ciclo de conferencias y conversatorios El espacio literario (2020-2023) o la colección de fascículos El turno y la presencia, 200 años de poesía michoacana (2025). Iniciativas todas encaminadas a la organización, el estudio y la divulgación de la literatura producida en el estado de Michoacán en general, y en la ciudad de Morelia en particular.

Trabajando en equipo con Rafael, capturamos el poema, diagramamos la plaquette, incorporamos como imagen de portada un grabado de la artista plástica Luna Monreal y realizamos el correspondiente tiraje de manera por completo autogestiva.

1era edición de ¡Lotería...!, en la mesa-homenaje del ENPJ

Quince ejemplares de ¡Lotería, cuarto creciente! fueron obsequiados a su autora. El resto se pusieron a la venta al término de la mesa de homenaje. Entre el público asistente se encontraba Gustavo Ogarrio, coordinador del Plan de Fomento a la Lectura “En Michoacán se lee” y actual miembro de la coordinación de la editorial Cuarta República del Gobierno del Estado de Michoacán. Cuarta República se hallaba por entonces apenas en gestación. Gustavo nos esbozó la iniciativa en términos generales, y nos propuso incorporar a él la plaquette recién presentada, en un tiraje institucional que, a través de la Secretaría de Educación, pudiera enfocarse como material de fomento a la lectura con perspectiva de género para estudiantes de secundaria, dados el tono y enfoque del poema.

Durante esa misma charla, a la postre semilla germinal de los dos materiales que esta tarde se presentan aquí, reflexionamos sobre lo difícil que suele resultar para el público lector michoacano el acceso a la producción de sus poetas, incluso tratándose de aquellas figuras más unánimemente reconocidas y consagradas, dada la precariedad editorial dominante. Gustavo planteó entonces la posibilidad de recuperar algún material más amplio correspondiente a la obra de Margarita, como el poemario La imagen en el agua  publicado en 2005 por la Secretaría de Cultura, o la antología De cara al Caracol publicada en 2010 por editorial Jitanjáfora. Rafael opinó que, en vísperas de las siete décadas de vida de la poeta, a celebrarse en febrero de 2024, lo adecuado era más bien acometer la recopilación y edición de su poesía reunida, incorporando no sólo sus diversos materiales publicados hasta ahí, sino también su producción lírica aún inédita. De ese modo quedó delineado el proyecto De cara al caracol, poesía reunida 1985-2024. Rafael Calderón y quien esto escribe, como responsables de Centzontli, pájaro de cuatrocientas voces, nos haríamos cargo de preparar el contenido del libro en todos sus detalles, para que después Cuarta República procediera a materializar las correspondientes labores de diseño editorial, impresión y distribución.

¡Lotería, cuarto creciente! 2025.

Dicho formato de colaboración, donde los esfuerzos de una iniciativa ciudadana organizada y autogestiva pueden confluir productivamente con instancias y programas institucionales, no era nuevo para nosotros. Veníamos ensayándolo desde hacía varios años. Acaso la experiencia más  emblemática en dicho sentido haya sido el Homenaje Nacional a Gaspar Aguilera realizado entre octubre y noviembre de 2022. Un grupo de personas consagradas al trabajo literario, por iniciativa individual como en el caso de Lucía Rivadeneyra, Raúl Mejía y Gustavo Ogarrio, o incorporando nuestros respectivos proyectos colectivos, como El espacio literario, Silla Vacía  y Jitanjáfora, generamos una actividad a la que supieron sumarse la Dirección de Literatura del INBA, entonces encabezada por Leticia Luna, la Secretaría de Cultura de Michoacán, entonces encabezada por Gabriela Molina, y la Secretaría de Difusión Cultural de la UMNSH, entonces encabezada por Héctor Pérez Pintor.

Por cuanto hace a De cara al caracol, poesía reunida 1985-2024, luego de aquel 8 de diciembre, durante los siguientes meses y siempre en estrecha colaboración con la autora, los responsables de Centzontli nos dimos a la tarea de compilar, capturar, revisar, ordenar, reordenar y glosar la poesía de Margarita Vázquez. Una vez que el material estuvo listo, organizado, dividido en secciones, con su prólogo, su presentación, su epílogo, su ficha curricular, su imagen de portada y su texto de cuarta de forros correspondientes, se le entregó al equipo de Cuarta República para iniciar el proceso de edición propiamente dicho.

Tal el apretado recuento de los trabajos y los días que ha permitido llegar a la presentación que hoy nos reúne. No puerto final de llegada, sino antes bien punto de partida para el verdadero objetivo de toda travesía literaria y editorial: su comparecencia ante el público lector.

 

II

De cara al caracol 2025.

La primera versión de De cara al caracol, aparecida en 2010 bajo el sello editorial Jitanjáfora, se elaboró a su turno como un recuento antológico de la obra poética producida hasta ese momento por Margarita. El volumen incluía la mayor parte de los poemas publicados en libro, plaquette o fanzine, así como una selección correspondiente a poemarios inéditos. Ello arrojaba un total de doce secciones.

Las siete secciones correspondientes a materiales ya publicados eran las siguientes. Una selección de Entrega para hombres de sal, primera compilación poética de Margarita, integrada por textos correspondientes al período 1985-1988, y publicada en edición de autor en el año 2004. El texto íntegro de ¡Lotería, cuarto creciente!, poema en prosa incluido en la autobiografía Margarita, que publicó  el Instituto Michoacano de Cultura en 2004. Una selección de Asómate a mi ventana, plaquette publicada por el Colectivo Artístico Morelia en 1990. Una selección de La dimensión de los cuerpos, libro publicado por editorial Jitanjáfora en 1992. Una selección de La imagen en el agua, libro publicado por la Secretaría de Cultura de Michoacán en 2005. Los textos íntegros de Anio y Eva despierta en una cama cuando está a punto de culminar el siglo XX, poemas en prosa aparecidos en fanzine en 1998.

Las cinco secciones correspondientes a materiales inéditos eran: Cosas de familia, En la ciudad, La persistente lluvia, Espirales y Punto cero.

Presentación en el Museo del Estado, Marzo 21 de 2025.

La edición que esta tarde presentamos, siguió los siguientes criterios. Primero, conservar  el título De cara al caracol para seguir englobando en él la totalidad de la producción poética de Margarita. Segundo, recuperar íntegros todos los poemas correspondientes a obras publicadas, que quedaron excluidos de la edición 2010; en algunos casos se reconfiguró su orden interno dentro del correspondiente poemario. Tercero, respetar las secciones, los títulos y el orden general elegidos para la edición 2010, con una sola excepción: la sección originalmente titulada Espirales se titula ahora Repaso actualizado. Cuarto, enriquecer las secciones correspondientes a materiales inéditos de la edición 2010 con nuevos textos, afines a las temáticas que en ellos se abordan (la memoria genealógica para Cosas de familia, Morelia para En la ciudad, la lucha indígena para La persistente lluvia, etc.). Quinto, incorporar siete secciones nuevas, correspondientes a poemas y poemarios posteriores a 2010, hasta hoy sólo divulgados a través de antologías y de la web: Las siete secciones nuevas llevan por título, respectivamente: Carasol atrapasueños, Nuestros pasos perdidos, Cosas del mar, Fuerzas amadas, El ojo luminoso de un pez, Manto de luz y Dimensiones.

La imagen de portada es autoría de la artista visual Bárbara Cortazar. El prólogo, titulado “Esta sed de siglos”,  fue escrito por Nektli Rojas. La presentación es autoría de quien esto escribe, y se titula “Las caras del caracol”. El epílogo corresponde a Rafael Calderón. El texto de la cuarta de forros es un extracto de la introducción escrita en su momento por Frida Lara Klahr para el poemario La imagen en el agua.

Los poemas son de Margarita.


*Texto leído durante la presentación de ¡Lotería, cuarto creciente! y De cara al caracol, poesía reunida 1985-2024, el 21 de marzo de 2025 en el Museo del Estado de la ciudad de Morelia.


sábado, 4 de enero de 2025

Queridos Reyes Magos...

 

La misión de los magos de todas las épocas es mantener viva la noción del misterio. […] La magia es la religión laica, el teísmo sin Dios, el desafío a mirar más allá, sobre todo en épocas de exceso de razón y de materialismo. El mago es un anarquista desde el momento en que pone en duda los cimientos del edificio mismo de la sociedad y revela los huecos en la concepción instituida de lo real.

Daniel González Dueñas. Meliès: el alquimista de la luz.

 

Entiendo los legítimos reproches que la festividad de Día de Reyes amerita por parte de numerosos críticos, en razón sobre todo de las inercias mercantilistas de que inevitablemente acaba por participar, y que en un momento dado generarían la impresión de haberla circunscrito por completo a sus parámetros, vilezas y extravíos. No obstante, en lo que a mí respecta, siempre he disfrutado transitar las atestadas calles que en las inmediaciones del centro histórico de mi ciudad acostumbran habilitarse para la instalación del tradicional tianguis de juguetes. Contemplando la multitud de adultos compradores, consagrados en significativa parte a alimentarles a sus niños el encanto de una noche de altísima prestidigitación, me da por sentir que no todo en este mundo está irreparablemente perdido.

Cierto, hay siempre en ese mismo tianguis decadentes estampas, capaces de lesionar o al menos humedecer el optimismo más sólido y templado; así como un apabullante catálogo de pedacería asomando puesto tras puesto los contenidos, sobreentendidos e intenciones para nada lúdicos, ni mucho menos inocentes, de la sociedad de consumo postindustrial. Pero la dignidad ha de madurarse siempre sobre las cotidianas materias primas del vivir; a la vez con toda su inexcusable cochambre y con toda su dosis de indómita pureza.

Una mezcla de desesperación, envalentonamiento ensimismado, decepción, rabia y hastío, da en situar hoy a los adalides de lo políticamente correcto en una misma, unánime, monocorde tesitura de pendencia inquisitorial, con cada vez menos distinciones entre quienes se asumen depositarios de las ortodoxias institucionales y quienes se consideran sus virulentos disidentes. Caldo de cultivo que ha puesto de moda vilipendiar la fiesta de Reyes por su supuesta condición de alevosa engañifa adulta contra el inalienable derecho de los infantes a “saber las cosas tal como son”.

Me sorprende y alarma gente tan convencida de saber a ciencia cierta cómo son las cosas, y tan sumisamente así adscrita a las más elementales pulsiones y retóricas del positivismo neoliberal.

Supongo que, entre la edad adulta y la cada vez más remota infancia, la vida y el carácter cambian bastante menos de lo que nos gustaría a veces suponer. Hacia los once años pertenecía yo a la reducida y selecta minoría de quienes con tamaña edad continuaban creyendo a pie juntillas en los Reyes Magos. No la minoría de quienes conservaban intacta la ilusión desde una discreta y algo avergonzada mansedumbre, sino la de aquellos que defendíamos nuestro derecho a esa ilusión con uñas, garras y dientes, frente a las inevitables ofensivas y los irritantes acosos de quienes “ya sabían”, y que se consideraban en la sádica obligación o en el petulante derecho de “abrirte los ojos”.

Al crecer, sin remedio acabas por preguntarte cómo fue posible que alguna vez llegaras a tomarte en serio ese juego, con tan palmarias obviedades exhibiéndolo y desmintiéndolo todo el tiempo delante de tus mismas narices. Y, sin embargo, se mueve. Creíamos. Y en mi caso particular disponía de férreos argumentos de defensa, pergeñados a cuatro bandas en solidario contubernio con mis hermanas.

El primero de tales argumentos a que aludiré, correspondía al orden de la estricta verosimilitud logística, y ni siquiera estaba sustentado en una noche de Reyes, sino en una Navidad. Era víspera de Noche Buena, y desde cerca del mediodía nos encaminamos en bloque a casa de mi abuela paterna, donde celebraríamos la fiesta correspondiente. Habíamos salido todos juntos, y tanto a mis hermanas como a mí nos resultaba claro que al partir no había ninguna anomalía notable, ni en el árbol navideño ni en el nacimiento dispuesto sobre su pedestal. No obstante, cuando retornamos por la noche, el arbolito estaba lleno de ropa para cada uno de nosotros. ¿Quién? ¿A qué hora? ¿Cómo? Santa Claus, fue la respuesta de mis padres, quienes en connivencia con algún vecino habían urdido el prodigio, si bien aquel gordo emblema de la Coca Cola no llegó nunca a arraigar en nuestra mitología familiar.

A partir de entonces, cuando algún escéptico venía a asegurarnos que los Reyes eran los papás, relatábamos esa anécdota y exigíamos se nos explicara cómo habían hecho los nuestros para colocar los regalos en el árbol, si habían estado todo el tiempo con nosotros en casa de la abuela, de qué mágico recurso habían podido valerse para ser tele-transportados durante unos minutos desde Tlatelolco hasta la colonia Narvarte. De nada valían holmesianas conjeturas ni racionales explicaciones. Mis hermanas y yo nos manteníamos inflexibles. Si a otros les tenían que comprar juguetes sus papás, era justo porque habían perdido la fe, porque ya no creían.

Más irritante resultaba acaso para nuestros interlocutores el siguiente argumento a que quiero referirme, utilizado en exclusiva por mi hermana la primera. Sería lo absurdo de la fórmula que postulaba, o el tono medio ultraterreno que espontáneo acudía a sus labios al enunciarlo; el caso es que tras escucharla sus impugnadores no podían sino quedarse callados, estupefactos y vencidos por algo que se les escapaba completamente de las manos. Mi hermana se limitaba a preguntarles cómo era posible, si los Reyes Magos en verdad no existían, que siguieran apareciendo aquellas tres brillantes estrellas en el cielo de la noche temprana. Y los impugnadores torcían el gesto, iniciaban el curso de una inapelable disquisición lógica que nunca llegaba a completarse, para de últimas resoplar impotentes, seguro preguntándose allá en el fondo de su alma de qué anómalo e improbable planeta había mi hermana descendido.

Pero el argumento central en lo que a mí respectaba era otro, tan íntimo y personal que a menudo lo sentía enteramente mío.

Desde los cuatro años me había aficionado al futbol, y vuelto imperecedero devoto de los Potros de Hierro del Atlante. Debió ser por aquellas mismas fechas, hacia mediados de los setenta, que apareció en el mercado nacional un mítico juguete, un futbolito que se convirtió de inmediato en mi obsesión y mi delirio: el Futbol Chutagol. Todavía alcanzo incluso a recordar parte de su publicidad televisiva (“único con barreras de contención, único con porteros que ¡despejan de mano!”). Creo que comencé a solicitarlo en mis cartas de Reyes desde antes de aprender a escribir, y continué haciéndolo en las primeras debidas ya a mi puño y letra. Por motivos financieros que no estaba en mi mano situar, pero que siempre podía explicar en tanto juicios divinos a propósito de mi conducta espiritual durante el año, los Reyes no se dignaban a complacerme. Un año me trajeron un futbolín de madera, fierro y plástico, remedo humilde de los que aún hoy se enseñorean acá de casi todas las ferias populares; al siguiente, hicieron aparecer junto a mi zapato un modelo que se aproximaba al Chutagol, pero no era; otro más, optaron por juguetes que nada tenían que ver con el futbol.

La víspera de Reyes correspondiente a mis siete años, mis padres protagonizaron una disputa conyugal digna a partes iguales de película de Ripstein y de profecía de Nostradamus, al término de la cual sus cuatro hijos (mi hermana la menor todavía un bebé de brazos) tuvimos que ir a parar al departamento de una vecina. Era ya madrugada cuando fuimos restituidos al seno del hogar, para que algún tío convocado de urgencia como réferi y consejero nos metiera a la cama. Horas más tarde, no llegó a ofenderme la cavilosa indiferencia con que mi papá, sentado en algún sillón, enrojecidos los ojos, la cabeza entre las manos, correspondió al alborozo con que le salí al paso. Era demasiada mi felicidad. Porque sí, justo aquella noche en que mis padres no habrían tenido bajo ningún concepto disposición ni plazo para ocuparse de la compra de juguetes, los Reyes habían no sólo acudido a la cita, sino condescendido por fin a prodigarme el parabién de mis mejores sueños.

Por supuesto, había truco. Casi siempre lo hay. Pero es necesario haberse vuelto demasiado pusilánime para decretar que eso cancela o vuelve intrascendentes las potestades de la magia y del “casi”.

Yo, como ya dije, era devoto del Atlante; y mi papá era devoto de los Pumas. De modo que soñábamos ver enfrentados en la cancha de mi Chutagol los colores azulgrana y auriazul. Sólo que los uniformes de los equipos en mi Chutagol eran amarillo y azul, y azul y blanco, sugiriendo indistintamente un Brasil-Italia o un Cruz Azul-América. Algún tiempo después, mi papá compró un juego de esmaltes de aeromodelismo, y se dio a la paciente tarea de pintar jugador por jugador todos los muñequitos. Para ello, debió concederse un par de licencias: a la camiseta atlantista, en vez del centro azul y los flancos rojos, la pintó mitad azul y mitad roja; a los jugadores universitarios, ante la manifiesta imposibilidad de trazarles en el pecho el minúsculo felino de rigor, les otorgó el antiguo uniforme, azul con delgadas franjas doradas. Aunque ya me había advertido que sólo podría jugar con ellos hasta el día siguiente, cuando la pintura secara por completo, permanecí a su lado en la mesa; mirándolo afanarse con un esmero que no estaba yo en condiciones de entender hasta cuál punto próximo a la complicidad y la ternura; en un momento dado me quedé dormido.

Conforme va avanzando la noche en pos de la madrugada por los atestados pasillos de cualquier tianguis de víspera de Reyes, más va uno topándose al paso rostros de hombres y mujeres con ese mismo talante de complicidad y de ternura, ese aire de “terroristas de la felicidad” lúcidamente enunciado por alguna tira de Mafalda. Habrá, no lo niego ni lo dudo, quien esté limitándose a cumplir con cierta burocrática tramitología ya ni siquiera sentimental, o preocupándose ante todo porque su compra sea medio peldaño más ostentosa que la del resto de los moradores del edificio, la cuadra, el vecindario. Pero la inmensa mayoría están ahí para otorgarles a sus hijos, sobrinos, nietos y ahijados, un regalo que va más allá del específico juguete que puedan adquirir de acuerdo a las inclinaciones y recursos de cada cual. Lo que pretendemos regalar la noche de Reyes, intacta, es la misma ilusión, la misma sorpresa, la misma alegría y la misma certidumbre de misterio que alguna vez nos regalaron a nosotros.


Imágenes
Una de las primeras cartas de mi puño y letra a los Reyes.
Algunos de los juguetes que llegaron a casa en 6 de enero.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Verano del 86.

Y cuando desperté, el dinosaurio ya no estaba ahí.

Volví  a la Ciudad de México para las vacaciones de verano del año 1986. Pero la casa de mi abuela ya no existía. Al menos no de la forma en que yo la había conocido ni bajo la fisonomía que a partir de ahí me tocaría asediar desde las devociones, las insuficiencias, las avideces, las imprecisiones y las distorsiones propias de cualquier memoria. La vieja vecindad de la calle de Mosqueta, casi esquina con Reforma, no se había venido abajo con el temblor del 19 de septiembre. Pero había sufrido irreparables daños, obligando a que la piqueta gubernamental consumara el trabajo iniciado por las ondulaciones y trepidaciones del subsuelo profundo.

Ignoro si para la fecha en que mi mamá, mi papá, mis hermanas y yo recalamos en la ciudad, el inmueble ya habría sido demolido o si le tocó aguardar todavía algún tiempo en la agenda. En cualquier caso, me hubiera sido imposible ir a consagrar un minuto de silencio a su vera. La zona donde se había alzado, y donde ahora se llevaban a cabo los trabajos para su derrumbe y reedificación, tenía bloqueado el acceso, como no fuera para máquinas y trabajadores. Un escenario que se repetía aquí y allá por numerosos espacios del centro histórico y sus aledaños. La ciudad de mi infancia se me mostraba como constelada de parches, con el brazo en cabestrillo, la pierna enyesada y la cabeza envuelta de apuro en vendajes que apenas le mal disimulaban las heridas.

Pero mentiría si dijera que aquello provocó en mí algún género de consternación inmediata. El perdurable dolor por la pérdida de las estancias de cal, adobe, duela, vigones y apolillados postigos, en medio de los cuales mi abuela había acrisolado nuestra niñez, sería obra de los años: cuando la construcción sustituta alzada por la autoridad materializara ante mis cinco sentidos el hueco incontestable de todo lo que se había perdido para siempre.

Sin embargo, aquel verano de 1986 yo me las arreglé para aferrarme con jubilosa fruición a lo mucho que, no obstante el devastador cataclismo padecido, había logrado sobrevivir. Poco interés despertaban en mí los campamentos de damnificados instalados por aquí y por allá, en cualquier explanada, glorieta, parque o jardín público. Y más bien me consagré a contemplar los sórdidos micropaisajes de novela negra que antaño me habían enmarcado numerosas caminatas de la mano de mi madre, mi padrino o mi abuela, como si fuese la primera vez que los mirara; de hecho, mirándolos verdaderamente quizá por vez primera en la vida. Sí. Durante aquella semana yo caminé Eje Central y las inmediaciones del mercado de la Lagunilla tras los ahumados cristales de unos anteojos negros. No me refiero a un par de literales anteojos con armazón de metal o de fibra de carbono, sino a unos anteojos hechos de novela negra. Me alborocé contemplando edificios, calles, personajes y rincones con unos anteojos hechos de novela negra.

A los quince años no se es especialista en nada. Correspondientes al género yo había leído El complot mongol de Rafael Bernal, Ensayo de un crimen de Rodolfo Usigli, El halcón maltés de Dashiell Hammett, poco más. Mi devoción por El halcón maltés la había terminado de cimentar la pantalla chica, mas no a partir de una reposición del clásico de John Houston estelarizado por Humprey Bogart y Mary Astor, como cabría presuponer, sino a través de una teleserie nacional de cinco capítulos, donde a Sam Spade lo interpretaba Héctor Bonilla y a Briggite O’Shaugnessy creo recordar que Hilda Aguirre. Sin embargo, no cabría otorgarle ninguna prioridad jerárquica a la novela de Hammett respecto de las obras vernáculas encargadas de apadrinar mi bautismo negro.

El clásico hammettiano, con San Francisco como escenario, con sus umbrales abiertos al mundo medieval mediante el origen templario del halcón, con el exotismo incorporado a la intriga mediante aquellos preliminares que el autor ubica en el lejano oriente, había aportado su dosis de novedad y distancia, sumándola a la inolvidable galería de personajes y a la impecable factura de la trama. Pero Bernal y Usigli, además de los específicos méritos literarios que quepa reconocerles a sus respectivas obras, habían aportado algo distinto: una convicción casi física de proximidad e inmediatez. Ello, lejos de rebajar el universo de cochambrosos misterios al que apenas comenzaba yo a asomarme, para situarlo al nivel de mi cotidiano andar a pie, había obrado el prodigio inverso: es decir, había elevado mi cotidiano andar a pie, sus personajes y escenarios, a un nivel nuevo, desconocido, fascinante. Leer historias negras que hubieran podido ocurrir en territorios mucho más próximos a mí, territorios que de hecho yo había materialmente transitado, me llevó casi en automático a conjeturar estampas negras de manufactura propia en los rincones predilectos de mi diario transcurrir. Miraba en torno mío, hallando por doquier un lirismo inédito, relacionando al mismo tiempo ese lirismo con estancias y pasajes de mi pasado en general, pero sobre todo con los rumbos que mi abuela me enseñara tempranamente a recorrer y amar.

Puedo evocar con nitidez la sensación que me produjo aquel episodio casi inicial de Ensayo de un crimen, durante el cual Roberto de la Cruz pasea por la Alameda Central, comenzando a perfilar la idea de convertirse en un gran criminal. Entre la infancia y los albores de la adolescencia, yo había caminado muchas veces por esos mismos sitios, había corrido por sus senderos, me había tumbado en sus prados; como cualquier niño, me había encaramado con voluntad de juego en los mármoles del Monumento a Juárez y había ido a retratarme con Santa Claus o los Reyes Magos durante la temporada decembrina. Recuperar todo aquello a través de la lectura, convertido en escenario de una aventura policial, me lo devolvía enriquecido.

Por aquellos días de mediados de la década 1980, aparecía mensualmente en los puestos de periódicos una revista dirigida al público juvenil. Encuentro de la juventud, del CREA. A pesar de ser publicada por el gobierno, mucho distaba de tener un tono servilmente oficialista. El equipo editorial se las había ingeniado para despachar sus ineludibles obligaciones institucionales dentro de una sección bien delimitada, consagrando el resto de las páginas con entera libertad a lo que realmente daba sustancia a la publicación: crónicas y reportajes sobre temas de actualidad, entrevistas, reseñas de discos de rock, cuentos de ciencia ficción, cómics, estampas históricas, recomendaciones literarias, etc. El número atrasado que llevaba yo bajo el brazo aquel verano del ochentaiséis, había consagrado su tema central a la novela negra. Traía un texto de Raymond Chandler sobre cómo se escribe una novela policiaca, un divertido relato de Woody Allen en tono de parodia filosófico-detectivesca, y no recuerdo ya cuáles otros materiales más. Me parece evocar, eso sí, que el texto de Chandler estaba ilustrado con carteles de películas de Humprey Bogart y viñetas de Alack Sinner, acaso el mejor cómic que se haya producido dentro de esta vasta demarcación genérica, obra de los argentinos Muñoz y Sampayo.

Pertrechado con semejante arsenal negro, pasé aquellos días de vacaciones indeciso entre contemplarme bajo fisonomía de detective o bajo fisonomía de escritor de historias de detectives. En cualquier caso, dicha indecisión no suponía conflicto alguno, sino que antes bien multiplicaba por dos mi sostenido alborozo, permitiéndome lo mismo conjeturar multitud de bocetos argumentales, que contemplar en las vidrieras con inéditos ojos el reflejo de mis quince años recién cumplidos.

Mi abuela no había ido a incorporarse a ningún albergue de damnificados con el resto de los inquilinos de la vecindad. El hombre con quien desde hacía décadas sostenía una sui generis relación de pareja en calidad de segundo frente, había preferido arrendarle un minúsculo departamento en un edificio ubicado muy cerca del Mercado de la Lagunilla.

No conocí el interior de aquel departamento. Hubiera sido imposible acomodarnos todos en él dadas sus reducidas dimensiones, y mi abuela le atribuía al portero una arbitrariedad iracunda. De modo que durante aquellos días nos limitamos a aguardar abajo para trasladarnos a desayunar con ella en algún otro lado. Tales esperas en las inmediaciones del inmueble, imantadas por la voluntad de novela negra que daba en presidir mis sensaciones, mis pensamientos, mis ensoñaciones y mi disposición sentimental, fijarían de manera indeleble varios fotogramas, a través de los cuales yo conjeturaba detectives de gabardina entre huacales y cargadores, desveladas femmes fatales en el portal de los despachaderos de menudo, contrabandistas maquinando audaces operaciones desde los traseros de un cochambroso expendio de leche embotellada.

Ninguna de las historias que, incipientes, haya podido tejer entonces, ha perdurado en mi recuerdo. De las vacaciones del verano de 1986, aparte de aquella atmósfera de novela enseñoreándose del paisaje de la ciudad en ruinas, las postales más perdurables en mi memoria corresponden a posteriores días, cuando visitando a la hermana menor de mi mamá en un polvoriento municipio del estado de Puebla, asistí desde la sala de su casa al modo en que Maradona se coronaba campeón del mundo sobre la cancha del Estadio Azteca. Días durante los cuales la negritud policial se tomó una tregua… o pareció tomársela para mis ojos todavía neófitos. Ya más adelante podría dimensionar la épica populachera y mafiosa que permitió entronizar al Diego como santo patrono de la ciudad de Nápoles, o el subtexto de las campales batallas entre hooligans ingleses y barras bravas argentinas por Paseo de la Reforma el día de la mano de dios y el gol del siglo. 

Ya más adelante entraría en contacto con otras variables de la picaresca policial a la mexicana a través de Las muertas de Jorge Ibargüengoitia, y descubriría el vasto horizonte rural del género a través de las insondables sordideces de Jim Thompson (1280 almas, La sangre de los King, El asesino dentro de mí). Otorgándole cuerpo, dimensión y hondura a la sabia sentencia del decir popular: pueblo chico, infierno grande.