domingo, 24 de mayo de 2020

La casa en que nace el sol.


Dice mi madre que siendo muy pequeño, antes incluso de poder hablar, me entusiasmaba sobremanera apenas los acordes de la 1812 de Tchaikovski alcanzaban en el tocadiscos sus instancias culminantes. Puede que sí, aunque siendo honestos —a pesar de mi anómala retentiva para recuerdos de tempranas épocas— no consigo evocar ningún rastro que corresponda a la estampa. Por lo demás, después de aquello, la referida obertura tchaikovskiana siempre ha tendido a provocarme más bien indiferencia.
Recuerdo en cambio, con enorme nitidez, los fundacionales cosquilleos que otros territorios musicales me proveyeron durante épocas apenas posteriores a esa, digamos hacia los cuatro años. Serrat rematando su musicalización de Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de don Guido de Antonio Machado, con algo que para mis oídos quedaba entre el reclamo y la admiración jubilosa (“¡tan formal! / el caballero andaluz”); Óscar Chávez entonando La Ixhuateca, esa inspirada pieza donde los fúnebres acentos de la voz que la Catrina le dio hallan uno de sus más plenos y propicios marcos (“yo andaba buscando la muerte / cuando me encontré contigo”). Se trata de prendas para mí tan entrañables como perdurables, a las que puedo rescatar intactas, sin que su sabor o su perfume hayan envejecido en lo más mínimo, cada vez que vuelvo a escuchar una y otra canción.
Pero no quiero referirme en esta oportunidad ni a Serrat ni a Óscar Chávez. Tampoco a aquel álbum de estampas que ilustraba las canciones de Cri Cri, y delante del cual mi madre, a veces a capela y a veces con el respaldo de Gabilondo Soler y su orquesta brotando de la bocina, arrulló durante alguna temporada mis ensueños previos a la hora de dormir.
De lo que quiero hablar es de mi descubrimiento del rock. No el descubrimiento informativo y referencial, sino el otro. El que comparto con decenas de millones de personas, sea que lo hayan experimentado hace apenas unos minutos o hacia comienzos de la década de 1950. En cada caso con una anécdota distinta de por medio; en cada caso con un tema personalmente inolvidable como detonante y puntal; con cada caso ensanchando al infinito una atestada lista de nombres (bandas, álbumes, vocalistas, guitarristas, estribillos, bateristas, solos, coros). Pero consignando siempre el mismo telúrico estremecimiento en las vísceras y en todas las terminales nerviosas; el mismo relámpago de intraducible lucidez que a la vez abraza, abrasa y hiere; el mismo eléctrico escalofrío que te lo explica todo sin necesidad (ni posibilidad) de explicar nada.
Aquellos discos de Joan Manuel Serrat (Dedicado a Antonio Machado, poeta) y de Óscar Chávez (La Llorona) pertenecían a mi padrino, quien fue el indisputable héroe de carne y hueso de mi infancia. Luego tuvimos en casa los nuestros propios de uno y otro cantautor, pero durante aquella temprana etapa a la que estoy refiriéndome era necesario, para oírlos, que los tuviéramos en transitorio préstamo o que hubiéramos ido a visitarlo él.
Mi padrino fue en su juventud uno de esos curiosos especímenes solitarios, que de manera por completo autodidacta, ecléctica y personal, se proveen una formación cultural confeccionada mediante la mixtura de variopintas materias primas: suplementos y revistas culturales al lado de manuales de inglés y de electrónica; la bibliografía básica de Rius al lado de textos de astronomía y programas de divulgación científica; lo mejor de la literatura mexicana del siglo XX y de los clásicos de la ciencia ficción al lado de pilas de historietas; manuales de ajedrez al lado de una cantimplora y un radio de onda corta; extenuantes paseos por la megalópolis infinita al lado de recurrentes excursiones en el monte; cálida cercanía y permanente presencia al lado de silencios insondables y prolongadas ausencias.
De acuerdo con mi madre, la colección de discos que su hermano reunió durante la primera mitad de los años setenta llegó a ser más que nutrida. Y aunque Serrat y Óscar Chávez figuraban en ella con suficiencia, autonomía y derecho propio, no dejaban de resultar ante todo elementos complementarios. Pues la mayor parte de los ejemplares que integraron aquella colección —después perdida de modo irreparable— eran discos de rock. Exageraría sin embargo al aseverar que todos o siquiera la mayoría de mis primeros atisbos rocanroleros se los adeudo a él. La radio, tal consigna la accidentada historia del género en México, había declarado inexistente prácticamente toda producción vernácula, pero en cambio no había mayor problema para tropezarte en algún punto del cuadrante con Rolling Stones, Doors o Credence. Sé que a mi padrino y a su colección les adeudo, sin lugar a dudas, mi temprana lealtad hacia Cream y hacia John Mayall; pero les adeudo sobre todo mi relámpago primigenio dentro de esa específica parcela del universo musical: les adeudo The House of the Rising Sun.
Llegamos pues a la parte complicada del presente texto. La parte donde yo procuro asediar con explicaciones algo que dada su misma condición resulta inexplicable.
Sería inútil que tratara de fechar, siquiera aproximativamente, la primera oportunidad en que escuché cómo Erick Burdon escupía “there is a house in New Orleans...”. Pero sé bien que ese día preciso, extraviado entre la ventolera de los calendarios, antes incluso de que la inolvidable voz de Burdon comenzara a escupir (ladrar, arrullar, aullar, orar o lo que sea que está haciendo), ya el arpegio introductorio de la guitarra de Hilton Valentine me había erizado la nuca, tensando una desconocida urdimbre de cables entre mi estómago, mis omóplatos y mi bajo vientre.
Mencioné antes que Llanto y coplas y La Ixhuateca han prevalecido a lo largo de mi vida como prendas a la vez amadas y perennes, susceptibles de remontar íntegro —sin ningún género de obstáculos, y al menor pase de prestidigitación— el río de los años transcurridos, para recobrar así todas sus originarias potestades. The House of the Rising Sun pertenece a ese mismo exacto linaje, pero al propio tiempo se trata de algo por completo distinto. Si tuviera que emplear una metáfora aproximativa, diría que tanto a La Ixhuateca como a Llanto y coplas cabe referirlas y representarlas bajo la modalidad de una tibia y acogedora caricia, donde hasta la mordedura de la nostalgia lastimaría no digo yo que de forma menos punzante, pero sí con una suerte de retraído ensimismamiento; The House of the Rising Sun, por el contrario, se parece más bien a un saludable duchazo de agua fría.
Bajo ninguna circunstancia me permitiría aseverar que esa fulminante descarga de absoluto, que a mí me fue revelada por el mítico tema de The Animals hacia los cuatro años, le corresponda al rock como excluyente feudo o como coto privado. Pero sí considero que, durante las últimas siete décadas, quien con mayor transparencia, honestidad y amplitud ha permitido a significativa parte de la humanidad acceder (o asomarse siquiera) hacia ella, ha sido sin duda el rock. Admito que semejante planteamiento lleva implícitos toda suerte de claroscuros y contradicciones, pero ello no me parece suficiente para considerarlo erróneo. Y difícilmente cabría tratar de ser aquí más claro con las explicaciones, a riesgo de banalizar hasta términos de esquema y moraleja lo que en buena medida nació como indómita oposición a todo esquematismo y toda moralina. Hasta hoy, no he encontrado mejor tentativa de definición para el multiforme, potente, generoso e inaprehensible espíritu rocanrolero, que aquellas palabras de Pete Townshend utilizadas por Charly García como epígrafe para su primer álbum solista (Yendo de la cama al living):

Si grita pidiendo verdad en lugar de auxilio, si se compromete con un coraje que no está seguro de poseer, si se pone de pie para señalar algo que está mal pero no pide sangre para redimirlo, entonces es rock and roll.

Tampoco pretendería caracterizarme de manera cómicamente improbable como rockero. O siquiera sugerir que mi primera formación musical haya gozado de algún espectacular privilegio respecto a lo que correspondió al mexicano urbano promedio dentro de mi generación. La dotación de discos en el núcleo familiar durante mi infancia incluyó lo mismo a Antonio Vivaldi que a Richard Clayderman, a los Beatles con Help que a José José con La nave del olvido, a Rocío Durcal interpretando a Juan Gabriel que a Mercedes Sosa interpretando a Atahualpa Yupanqui, a Village People que a Los Hermanos Rincón. Y mi repertorio evocativo conserva como parte irremediable suya una vergonzante cantidad de letras y melodías compuestas (o plagiadas) por José María Napoleón, así como quién sabe qué regusto a lusitana saudade asociado con los temas de Los ángeles negros y Los pasteles verdes que solían escucharse durante las fiestas barriales.
Pero hay memorias que no sólo nos eligen, sino en las cuales nos elegimos. Es a este último género de memorias a la que pertenecen en mi caso La Ixhuateca, Llanto y coplas y The House of the Rising Sun; con, como ya decía, un peculiar y significativo matiz en el caso de esta última. Bastaba distinguir sus primeros acordes en el tocadiscos o en la radio, para sentir que el torrente de una invertida catarata daba en treparme por la columna vertebral. Y no había manera de que supiera yo que para entonces, a poco más de una década de su lanzamiento, se había convertido ya en un clásico. Durante años, mi única información añadida a la que me proporcionaban el áspero timbre de la voz de Burdon, la batería, las guitarras, y en especial ese órgano en una suerte de concéntrico y crispado crescendo, era que el primer vinilo en que la había escuchado pertenecía a mi padrino.
Incluso pasó muchísimo tiempo antes de enterarme qué era lo que decía la letra. Debió ser hacia mis veinte años o algo así. Nunca aprendí inglés, el supermercado de la información quedaba entonces bastante más allá de un link y un click, y la verdad es que jamás me había hecho falta saber el significado de aquellas palabras vociferadas por Burdon, aun cuando al verlas por fin traducidas procediera a maldecirme por haber sido capaz de tan dilatadamente habitar esa canción, o dejarme habitar por ella, prescindiendo del entendimiento de su texto (a partir de ahí por supuesto imprescindible). En todo caso, podría decir que la traducción literaria ahondó significativamente, pero jamás modificó en esencia, lo que el tema venía diciéndome desde tres lustros atrás.
No hará falta aclarar que no soy ningún erudito ni teórico de rock. Ni se me ocurriría pasar por tal. Sólo me gustaría confiar en que un guiño de complicidad consiga devolver los ojos de cada potencial lector hacia el tema o los temas de su íntima predilección, que hayan desempeñado dentro de su respectiva biografía (musical y no) el papel que en la mía desempeñó esta casa de sol naciente: esta casa en que nace el sol. Y que comprendieran a qué me refiero cuando, más acá de toda boba intención autoritaria o grandilocuente, me consiento afirmar que la historia entera del rock —y de todo lo demás— cabe en aquella pausa dilatada grito por Erick Burdon hacia el final de The House of the Rising Sun, cuando aúlla: “Well, I got one foot on the platform. / The other foot on the train”.
Hacia los cuatro años, aun cuando no pudiera (ni necesitara) discernirlo o enunciarlo, entendí que de eso se trataba. Que de eso se trataría ya para siempre.
Con uno de los pies en el andén / y el otro pie en el tren.


Imagen: Eric Burdon, John Mayall, Jimy Hendrix, Steve Winwood y Carl Wayne, en Suiza, durante mayo de 1968 (ahí nomás). Fotógrafo no identificado.

sábado, 16 de mayo de 2020

domingo, 3 de mayo de 2020

Botella en altamar.


Elegir, elegir, elegir. Enhebrados en la cadena de las decisiones como un eslabón más. Ya indiscernible e indiferente lo que es deliberación preliminar, acción ejecutora, balance final. Condenados a la elección, condenados a la decisión: nuestra prenda de privilegio, nuestra inexcusable sentencia.
Nos hemos habituado a la resignada y algo comodina lamentación por todo aquello que queda fuera del alcance de nuestra mano, por el cada vez más restringido margen de maniobra para el albedrío; por los cada vez más refinados y sutiles mecanismos de todo género implementados para hacernos sentir que decidimos, justo ahí donde se nos ha cancelado toda opción (por mínima que sea) de decidir. Sin embargo, los márgenes de la elección dentro de las específicas condiciones de posibilidad de cada cual se mantienen tan intactos y tan fatales como el día en que Héctor consultó el oráculo para enterarse de que Troya irremediablemente caería, a despecho de sus esfuerzos, los de su gente, e incluso los de sus dioses protectores (aquellas figuras del panteón olímpico alineadas por diversas afinidades al lado de Afrodita y de Paris). Héctor pudo hacer el intento de escapar, sumirse en la desesperación o en el tedio nihilista, abismarse en la duda de qué sentido tenía seguir peleando frente a tamaña certidumbre de derrota; pero eligió quedarse a combatir.
Creo que  fueron los existencialistas quienes con mayor minucia, a menudo casi morbosa, demoraron su meditación en el implacable reducto de que la elección dispone, así sea frente a las circunstancias más opresivas y adversas. Es natural. La historia les había concedido el incómodo honor de ser los primeros en meditar formas de coerción tan peculiarmente depuradas como democráticamente compartidas por las diversas modalidades de autoritarismo vigentes, formando parte de una sociedad de masas que apenas se estrenaba a nivel planetario en tanto tal. Por un lado, surgían recursos de vigilancia, control, manipulación y represión inéditos; por otro, la progresiva consolidación de los mass media posibilitaba —no sin infinitos obstáculos y disimulos que sortear— la visibilización de métodos, prácticas e instrumentos añejos, pero otrora sólo detectables para sus directos ejecutores y víctimas.
Cada vez que me siento tentado a maldecir las dificultades que afronto desde mi trabajo de escritor, así sea para procurarme una subsistencia material mínimamente digna, o para hallar canales de comunicación efectiva entre lo que escribo y el potencial público lector; cada vez que, como a casi cualquiera consagrado a este tipo de lides, me da por considerar que el destino es por demás injusto, que no dispongo de los espacios, tiempos y medios para escribir como quisiera, lo que quisiera y cuando quisiera, ni para ser leído cuanto y donde quisiera; cada vez que, como todo aquel condenado a padecer el inexcusable tributo de egolatría consustancial al oficio literario, me da por perfilarme ante el espejo como el más infortunado de los hombres, el más incomprendido de los talentos, el más acotado de los destinos; cada una de estas veces, apelo a la eficaz disciplina de recordar al uruguayo Mauricio Rosencof. Y un golpe de decencia, mesura y elemental sentido del ridículo viene de inmediato a conjurarme toda melodramática histeria, y me lleva de vuelta a mi eterna pila de libros por leer, a mi libreta en turno por terminar de colmar con bichitos de tinta; al teclado y la pantalla de la computadora donde procedo siempre a escribir lo que quiero, como quiero y cuando quiero, dentro del espacio y el tiempo reales de aquello que soy y de aquello que habito; no desde la banal ensoñación de quién sabe cuáles idealizadas fábulas.
Conocí a Mauricio Rosencof hace muchísimos años. (Abisma darte cuenta de que se llega el día donde los plazos de vida admiten ya medirse en décadas). Resulta no obstante excesivo aseverar que lo conocí. Más exacto resultaría decir que tuve oportunidad de conocerlo, y que desperdicié la oportunidad. Pero tampoco quiero encarnizarme con las elecciones de uno de aquellos tantos que alguna vez fui; una de las estrategias predilectas del ego del escritor consiste justo en la autoflagelación y el autovilipendio. Tuve oportunidad de conocer a Mauricio Rosencof, y elegí no conocerlo. La vida en aquel momento me invitaba, como invita al bañista el agua del río apenas se hunde hasta la cintura en él, hacia otras direcciones, de modo que al terminar la charla y lectura que Mauricio Rosencof ofreciera en el entonces flamante foro La Mueca de Morelia, en vez de sumarme a la cena y conversación que vino después para departir en términos más íntimos con él, me marché; la verdad es que no recuerdo ya con quiénes ni a qué.
Eliges, decides, optas. Y aunque cada una de las veces has de hacerte, quieras o no, responsable de ello, no tiene mayor sentido demorarse en lamentaciones. Nunca llegué pues a conversar en sentido estricto con Mauricio Rosencof, pese a que hubiera tenido buena oportunidad para hacerlo. Y sin embargo determinadas palabras de Mauricio Rosencof, pronunciadas aquella noche de la que me separa ya cosa de un cuarto de siglo, perduran en mí con la misma transparencia que si las hubiera escuchado hace sólo un minuto; no las palabras propiamente dichas, sino su eco, su elocuencia callada, su misterio secreto.
Mauricio Rosencof, además de escritor, había sido militante tupamaro. Preso político durante más de una década bajo la dictadura militar uruguaya de los años setenta, vivió su encarcelamiento en condiciones que no resulta ampuloso ni retórico calificar de espeluznantes; confinado en una celda insalubre, de estrechísimas dimensiones y sin ventanas, consiguió obtener cada tanto, de los mismos hombres que lo custodiaban y trasladaban a la sala de torturas, cigarrillos y un repuesto de bolígrafo, a cambio de componerles acrósticos para sus novias y madres. Mauricio Rosencof se habituó entonces a vaciar el tabaco de los cigarrillos, y a escribir poemas en el pequeño papel con que cada uno de ellos venía liado, para luego disimularlos en las costuras de la ropa que le permitían enviar a lavar de vez en vez con su familia.
Pienso en Mauricio Rosencof. Y un sabor a dignidad, a vergüenza y a fraterna ternura me inunda de inmediato la boca. Porque ese hombre empecinándose en escribir justo ahí donde nadie se atrevería a reprocharle que hubiera dejado de hacerlo, que desde semejante empecinamiento y semejante esmero reivindicaba para sí —y acaso para todos nosotros— el esencial sentido de humanidad que sus captores pretendían arrebatarle, me hace dimensionar en su justa medida las responsabilidades implícitas en mi propia voluntad de escritura, las prerrogativas puntualizadas dibujo y forma tanto por el espacio como por el tiempo desde los cuales escribo. Un tiempo y un espacio que no pude elegir, como no puede elegirlos nadie, pero que delimitan el perímetro dentro del cual quedo obligado a elegirme, a elegir lo que quiero escribir, a ser elegido por lo que debo escribir, a entre la condición y el deseo trazarme escritura como legítima realidad posible.
Sólo quien se haya planteado verosímil hipótesis la efectiva opción de hacerse escritor podrá entender el empecinamiento de Mauricio Rosencof por escribir donde, al pie de la letra, no existía ninguna posibilidad para hacerlo. Pero sólo quien al final de las invisibles cuentas en verdad lo sea podrá comprender e identificar, como espejo de la suya propia, esa aplicada disciplina ejercida para que aquellos poemas escritos en papel de cigarro hayan llegado hasta la página impresa, dando forma a un libro de sonetos que se titula La Margarita.
De ninguna manera pretendería que lo hasta aquí dicho fuera interpretado en los ramplones términos al uso, según los cuales siempre se puede estar peor y hay por ello que agradecer y proteger con neurótica usura lo poco o lo mucho que se tiene (lo poco o lo mucho que se cree que se tiene). O en los de esa insostenible certeza, tan hondamente arraigada sin embargo, de que al final te va a ir muy bien si eres bueno y te va a ir muy mal si no, de que la suerte les sonreirá con un giro a favor de última instancia a todos los virtuosos y con un aleccionador giro en contra de última instancia a todos los malvados. Pensar, por ejemplo, las obras de Mauricio Rosencof publicadas por Alfaguara como el predestinado corolario que sus esfuerzos ya anticipaban (y quién sabe si desde el principio buscaban): el remate obligado y lógico para la vida y la obra de uno que nunca renunció a la condición de triunfador.
Debíamos habernos hartado ya de esa imbécil inercia empecinada en resumirnos lo real como un vertical y monótono vaivén entre triunfadores y perdedores. Ponerse a debatir si Héctor, Aquiles, Odiseo, Eneas, Rosencof, García Lorca o Camus son ganadores o perdedores, constituye desde mi punto de vista no sólo la más árida de las charadas, sino sobre todo una asaz desatenta falta de respeto. Su entereza para asumirse elección en medio de una circunstancialidad que no eligieron, nos confronta con territorios que bajo ningún concepto corresponden a la dicotomía victoria-derrota: nos remiten al correspondiente plazo de nuestro respectivo, inexcusable albedrío. Todo aquello que hemos elegido, todo aquello en lo que nos hemos elegido.
Hasta rehusarse a elegir ha sido siempre una forma de elección. “Hoy la casualidad debe terminar” dice Marion hacia el final de El cielo sobre Berlín, esa obra maestra de Wim Wenders grotescamente frivolizada por Hollywood en su insípido remake Un ángel enamorado. No es que aquella inolvidable funámbula de circo suburbial considere viable, concebible o deseable conjurar los vientos del azar, con la complacencia de quienes predican que la convicción voluntariosa todo lo puede (just do it); es que comprende hasta qué punto solemos consentirnos elegir con los ojos cerrados, excusándonos de toda responsabilidad respecto de nuestros propios actos.
Hoy la casualidad debe terminar, no más allá de mi decisión, sino en el acto mismo de mi decisión. No puedo continuar decidiendo como si diera igual, como si no importara, como si no fuera conmigo. No puedo seguir delegando el contenido de lo que sólo a mí me es dado significar con mi elección, en manos del irresponsable presupuesto optimista de que todo va a terminar bien o del irresponsable presupuesto pesimista de que todo va a terminar mal. No sé cómo vaya a terminar: nadie tiene ni ha tenido jamás manera de saberlo. Pero puedo preguntarme cómo querría que terminara, y responderme cuánto puedo y cuánto estoy dispuesto a acometer desde el reducto de mis condiciones y posibilidades para procurar encaminar en aquella dirección el trecho de agua de río que pasa junto a mí.
No puedo garantizar que aquello que amo me ame, pero puedo garantizar la elección soberana de mi amor, o el soberano acatamiento de la irremediable fatalidad de mi amor. No puedo garantizar que alguien reciba, acepte y lea algún día el mensaje guardado en mi botella, y lanzado a las corrientes de altamar. Pero puedo escribir el mensaje, tapar la boca de la botella con el cuidado necesario para que el agua no vaya a filtrarse y correr la tinta, y arrojar con toda la fuerza de mi brazo la botella al agua. Y estrechar enteros, mientras la contemplo alejándose entre las olas y entre las demás botellas, todo mi desolado derecho a la incertidumbre y la duda, todo mi irredento (y trabajado a pulso) derecho a la esperanza.

Imagen: Peter Falk en la cinta de Wim Wenders 
El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987), 
más conocida como "Las alas del deseo".