Un libro, como podemos comprobar ahora mismo
echando mano de cualquier volumen a nuestro alcance, se confecciona a partir de
varios pliegos de papel doblados y encartados. Para mantener unidos y en orden
los cuadernillos independientes que resultan de dicho encartamiento, es necesario
fijarlos mediante costura o pegado a través de un proceso de encuadernación.
Una hoja volante se define como un solo pliego doblado o como varios pliegos
encartados que no han sido sometidos a proceso de encuadernación alguno.
El rápido auge de la imprenta durante la segunda
mitad del siglo XV, que estimuló la aparición de talleres a lo largo y a lo
ancho de todo el continente europeo, trajo consigo la necesidad de
legislaciones y normas regulatorias emitidas por las autoridades competentes.
En 1502, los Reyes Católicos promulgaron un conjunto de leyes para impresores,
libreros, imprentas y librerías, que imponían estrictas regulaciones y
engorrosos trámites a la producción y venta de libros dentro de sus dominios,
mas no así a otro tipo de materiales impresos. Pueden identificarse dichas
leyes como el detonante decisivo para la proliferación de hojas volantes y
pliegos sueltos, llamados también pliegos de cordel. No obstante, el auge de
tales publicaciones no fue inmediato. Tanto la definición de su perfil como su
destacado sitio en el favor de un público al que debieron encargarse de formar,
irían consolidándose paso por paso a lo largo de muchas décadas.
La merecidísima aura mítica que rodea a Juan
Pablos como primer impresor de América, no debe hacernos olvidar los precarios
recursos de que él y su equipo de trabajo dispusieron durante los primeros
años, así como las severas restricciones de todo tipo que por contrato debía
obedecer. Al llegar a la Ciudad de México en 1539, nada era suyo. Ni los 195
000 maravedíes que portaba para la compra de insumos, útiles, provisiones y
gastos; ni su movilidad durante los siguientes diez años, pues quedaba
comprometido a no abandonar la capital novohispana en ese lapso; ni los privilegios reales que certificaban el
taller a su cargo como la única imprenta autorizada de todo el continente; ni
los materiales y herramientas de trabajo que traía consigo; ni el esclavo negro
incorporado como batidor; ni la potestad de elegir al tirador de la imprenta,
que podía ser removido y sustituido en el momento que se lo ordenaran; mucho
menos las potenciales ganancias que el taller consiguiera rendir, mismas que se
comprometía a remitir íntegras a España y de las cuales debía corresponderle al
cabo la quinta parte, tras los respectivos descuentos por inversión
capitalista, por pérdida o estropicio de bienes del taller, por gastos de
traslado, y por manutención de él y su esposa, Jerónima Gutiérrez. Ni siquiera
eran suyos el nombre Juan Pablos con que pasaría a la historia, ni el reino
español desde el cual arribaba, pues se llamaba en realidad Giovanni Pauli y
había nacido en Brescia, Italia.
El verdadero beneficiario de aquella iniciativa
era su patrón, Juan Cromberger, cuyo padre, el alemán Jacobo Cromberger, había
logrado convertirse durante el primer cuarto del siglo XVI en el más importante
impresor de Sevilla (principalísima ciudad para el naciente imperio español ya
desde entonces). El patriarca de los Cromberger supo obtener de la corona ventajosos
favores que le permitirían no sólo ampliar y diversificar intereses comerciales
en Europa, sino incorporarse a lo que en aquella época comenzó a llamarse la
“Carrera de Indias”. Por su parte, sin descuidar el negocio que había dado
origen a la prosperidad familiar, Juan Cromberger orientó esfuerzos hacia una
consolidación mercantil de amplio espectro, que incluía desde el préstamo de
dinero hasta el comercio ultramarino, desde la actividad inmobiliaria hasta el
tráfico de esclavos. Por lo que hace a su empresa americana, pese al rigor de
las leoninas cláusulas impuestas a Juan Pablos, la verdad es que Cromberger
manifestó muy poco interés en el monopolio que se le había concedido como única
persona autorizada para la impresión e importación de libros en el Nuevo Mundo;
su atención y la de sus herederos se consagró casi íntegra a las ricas
explotaciones de plata conseguidas en Sultepec y Taxco.
La llegada de la imprenta a la Nueva España había
tenido su principal promotor en el franciscano Fray Juan de Zumárraga, primer
obispo de México, quien adquiere su mayor celebridad popular en la memoria
mexicana por haber sido el primero en mirar a la Virgen de Guadalupe en el
ayate de Juan Diego, según narran la tradición y la leyenda. Como casi siempre
que de humanos asuntos se trata, acaso sea menester repartir equitativamente su
empeño bibliófilo entre el amor, la necesidad, el interés, las
responsabilidades y los compromisos adquiridos. Zumárraga amaba los libros.
Zumárraga era consciente de la importancia de una imprenta para las labores
evangelizadoras y educativas del incipiente virreinato. Y Zumárraga habría
tenido un adeudo monetario por préstamo no saldado con la familia Cromberger.
No parece descabellado conjeturar una decisiva
influencia del obispo de México para beneficiar los negocios del empresario
sevillano en Nueva España. Lo más
importante aquí es en todo caso establecer que Juan Pablos inició su labor
impresora condicionado en un extremo por el despotismo patronal y la
desidia editorial de Juan Cromberger, y en otro por los requerimientos e
intereses institucionales de Fray Juan de Zumárraga. Apenas instalada la
flamante imprenta en la llamada Casa de las Campanas, las funciones que se
aguardaban de ella no correspondían prioritariamente a la manufactura de
libros.
La habilitación de un taller tipográfico en la
Nueva España obedeció a objetivos bien definidos por parte de la corona, la
iglesia y el virrey Antonio de Mendoza. Por una parte, apoyar el proceso de
evangelización con la publicación de doctrinas, catecismos, confesionarios,
manuales de sacramentos, etc.; por otra, respaldar el proceso de hispanización
mediante la elaboración de vocabularios, artes de lengua, cartillas para
aprender a leer, etc.; por último, pero no menos importante, facilitar las
labores civiles y administrativas sacando a la luz impresos burocráticos como
edictos, cédulas, formularios y calendarios, actualmente denominados
“literatura gris”.
Hay consenso en distinguir una notable
desproporción cualitativa y cuantitativa entre la producción bibliográfica del
taller de Juan Pablos al servicio de Cromberger, y el taller ya con Juan Pablos
como propietario y titular. Y en esa desproporción tienen peso innegable la
precariedad y las prohibiciones impuestas por la familia Cromberger. Sin
embargo, no debe minimizarse como otra causa importante la demanda de
materiales religiosos, lingüísticos y administrativos que Juan Pablos y su
equipo de trabajo debieron cubrir por sí solos durante aquellos años, sin la
colaboración ni la competencia de ningún otro impresor, y padeciendo encima las
al parecer atávicas crisis por carencia y carestía de papel.
Para el año 1548, las quejas de la autoridad
virreinal ante la corona debido al incumplimiento de los compromisos asumidos
en materia de producción y envío de libros han surtido efecto, y el taller
mexicano aparece traspasado ya a Juan Pablos por Brígida Maldonado, viuda de
Juan Cromberger. En su momento, Juan Pablos había arribado a la Nueva España
con el mínimo personal indispensable para iniciar trabajos: él mismo en calidad
de cajista, encargado de la composición tipográfica; Gil Barbero, contratado
por Cromberger como tirador, es decir como operario manual de la imprenta;
Pedro, el esclavo de raza negra incorporado como batidor para entintar los
moldes; y Jerónima Gutiérrez, quien con toda probabilidad colaboró activamente
en los trabajos de impresión. Faltaba no obstante uno de los perfiles
esenciales para el cabal funcionamiento de un taller tipográfico como aquel: el
fundidor y cortador, encargado tanto de reciclar tipos defectuosos como de
elaborar caracteres, adornos y viñetas nuevos. Durante más de una década, Juan
Pablos debió arreglárselas con tipografía y grabados de segunda mano, ya
gastados por su uso previo en España.
La contratación del fundidor y cortador español
Antonio de Espinosa en 1550 junto con otros maestros de imprenta, resultará
clave desde varias perspectivas. En primer término, la ampliación y la mejora
de sus recursos tipográficos permitirá a Juan Pablos plantearse tareas de cada
vez mayor calidad y envergadura. Luego, la favorable respuesta de la corona a
la solicitud de Espinosa para que se le retirara a Juan Pablos el monopolio de
impresión novohispana, así como la apertura de su propio taller, darán paso a
la competencia gremial, diversificarán las posibilidades de la oferta e
inaugurarán ahora sí inéditos, aunque todavía incipientes, horizontes de
demanda.










