sábado, 7 de noviembre de 2026

La Gaceta de México.

 

Juan Ignacio de Castorena desplegó a lo largo de su vida un perfil multifacético dentro de casi todos los ámbitos de la jerarquía religiosa. Nacido en 1668, su nombre completo era Juan Ignacio María de Castorena Ursúa Goyeneche y Villarreal. Proporcional amplitud tiene su currículum, que inicia como estudiante de filosofía en el colegio jesuita de San Ildefonso y culmina como Obispo de Yucatán, reuniendo en el camino blasones tales como el de Doctor en Teología por la Universidad de Ávila, capellán de honor de Carlos II, racionero de la Catedral Metropolitana, rector de la Real y Pontificia Universidad de México, comisario del Tribunal de la Cruzada y calificador de la Inquisición. La gloria futura que el destino le tenía deparada, descansa sin embargo en dos empresas más bien ajenas a su carrera burocrática y pía: por una parte, la edición en Madrid de Fama y obras Pósthumas de Sor Juana Inés de la Cruz (1700), fruto de su admiración por, su defensa de, y su amistad con la célebre monja jerónima; por otra, entre enero y junio de 1722, la primera época de la Gaceta de México.

El proyecto de la Gaceta de México se inserta en lo que Iván Escamilla González, Doctor en Historia por la UNAM, identifica como el gradual establecimiento de una opinión pública novohispana a la manera dieciochesca, a través de la controversia, el acceso a la información y la democratización de la nueva sociedad letrada. Aun cuando tales manifestaciones se dieran dentro del margen permitido y la estricta vigilancia de los poderes políticos y eclesiásticos, no deben minimizarse ni su vigor ni su alcance, así como tampoco su importancia como fuentes de las cuales abrevaría a la postre el impulso independentista.

Resulta claro que ni la corona ni la autoridad virreinal tenían en 1722 demasiado interés por el proyecto de un órgano informativo periódico en tierras novohispanas. La posición y las relaciones de Castorena y Ursúa allanaron el camino para que pudiera echar a andar su proyecto, pero no le granjearon el respaldo oficial que acaso hubiera cabido esperar, indispensable para la rentabilidad y la supervivencia de cualquier gaceta de la época. El experimento duró seis meses.

Desde una perspectiva actual, la primera Gaceta de México parece a menudo un proyecto orientado más hacia la historia que hacia el periodismo. Su propia idea y diseño apuntan en dicha dirección. Cada número mensual independiente está concebido para después integrarse en un solo volumen como colección completa.  Es decir, la noticia no está pensada ahí todavía como un producto de oportunidad para consumirse y desecharse en lo inmediato, sino como testimonio pertinente para memoria y recuento futuros. Característica compartida por toda la prensa mundial del momento, pero que en el caso de México arraigará de manera singular y perdurable. 

El aporte de la Gaceta de Castorena para la historia de la literatura nacional poco tiene que ver con los contenidos que incluyó, por completo alejados de las llamadas bellas letras. Los libros enlistados en sus páginas como novedades, fueron prácticamente todos de tema religioso. Su importancia literaria radicó antes bien en sentar las bases primeras de un nuevo enfoque y estilo de escritura, así como en el hecho mismo de su publicación.

Más allá de los editoriales donde se abundaba en la conveniencia y los méritos de este tipo de medios de información, su contenido estaba íntegramente consagrado a las noticias, agrupadas cronológicamente, sin criterios suplementarios, de acuerdo con el lugar del cual procedieran. Castorena aprovechó y replicó la experiencia de otras gacetas para el acopio y ordenamiento de la información. Tratándose de noticias del virreinato, echaba mano de funcionarios informantes a manera de corresponsales en las diversas demarcaciones eclesiásticas y civiles a su alcance; tratándose de noticias internacionales, se limitaba a replicar materiales aparecidos en otras gacetas, pero también documentos oficiales, correspondencia privada y testimonios orales llegados por barco desde ultramar. Proliferan por supuesto la constancia de nombramientos institucionales de todo tipo, los recuentos de festividades religiosas realizadas y las actividades sociales de los principales personajes de la élite local.

La Gaceta de México desaparece sin previo aviso y sin ningún género de explicaciones tras su sexta entrega mensual, en junio de 1722. Aunque las hipótesis al respecto son diversas, ninguna ha podido arrojar cabal luz sobre el hecho. Enconadas descalificaciones y crueles burlas emitidas desde el anonimato se habían lanzado contra la publicación durante aquellos meses; la carestía y escasez de papel seguía siendo un mal endémico para la Nueva España; además, debía ser difícil compaginar la diversidad de responsabilidades de Castorena y Ursúa como funcionario eclesiástico con las demandantes exigencias de un proyecto donde era a la vez recopilador, clasificador, editor y redactor.

La Gaceta de Castorena fue publicada por la imprenta de los herederos de la Viuda de Miguel de Ribera y Calderón, una de las más importantes de México durante el siglo XVII; no parece que fuera de las tareas de composición e impresión tipográfica haya habido de su parte alguna otra clase de participación editorial. Lo cual establece una primera distinción con lo que sería la segunda época de la Gaceta de México. Su impresor inicial, José Bernardo de Hogal, ya había estado reimprimiendo por cuenta propia la Gaceta de Madrid en la capital novohispana a lo largo de 1727, bajo el título Gaceta nueva de Madrid. Luego prologaría los primeros compendios anuales encargados de reunir en volumen los números mensuales de la nueva Gaceta de México, aparecidos a partir de enero de 1728; explicando y ponderando con amplitud el papel de estas publicaciones, aun cuando el editor y responsable propiamente dicho fuera el sacerdote Juan Francisco Sahagún de Arévalo.

El vínculo y la reversibilidad entre periodismo e historia, propio de la época y ya señalado en el caso de Castorena, se acentuará más todavía bajo Sahagún, quien en 1733 recibe del Cabildo y el Ayuntamiento el nombramiento como primer historiador y cronista de la Ciudad de México. Pero Sahagún conseguirá sobre todo madurar notablemente el oficio periodístico de la Gaceta, en ámbitos que abarcan por igual las tareas que en la época moderna corresponderían respectivamente a las jefaturas de información y redacción. Tomando como base el mismo exacto modelo de Castorena, Sahagún contó con algo de lo que su predecesor no pudo disponer: tiempo. La segunda época de la Gaceta de México se extenderá desde 1728 hasta 1742; con un intervalo de ausencia entre 1740 y 1741 por —otra vez— la carestía del papel. Esa longevidad de más de una década, pudo quizá deberse a una más franca y organizada vinculación con las instancias de poder, aunque sólo hasta su tercera etapa, casi medio siglo después, llegaría a erigirse como una suerte de portavoz de la autoridad virreinal. 

Transcurriendo ya 1742, es decir el último año de esta segunda etapa, mudado el nombre original del impreso por el de Mercurio de México, a Sahagún se le ocurre rematar cada número con una adivinanza en formato de décima, a la cual denomina “Enigma”. ¿Por qué resulta importante destacar el hecho? Porque se trata de los primeros versos incluidos por una publicación periódica en la historia de nuestro país.

La Gaceta de Sahagún dejará de publicarse sin que el proyecto vuelva a ser resucitado sino hasta 1784. Apelando a los tópicos inerciales habitualmente asociados en el imaginario colectivo al México virreinal, podríamos pensar que tan dilatado plazo obedeció a algún género de prohibición o de censura. Las experiencias ya relatadas de Juan Ignacio Castorena y Juan Francisco Sahagún, así como las que tocaría a su turno vivir a Manuel Antonio Valdés, sugieren que se debió en cambio a la carencia de estímulos, la dificultad logística y las penalidades materiales que proyectos de esta naturaleza debían arrostrar. A partir de los datos existentes, nada sugiere que en los retrasos, las interrupciones y las súbitas desapariciones de las dos primeras gacetas mexicanas, hayan tenido que ver algo las amonestaciones, las protestas, las intrigas, ni mucho menos la acción directa de ninguna instancia gubernamental o eclesiástica. Los impresos se redactaban desde un acatamiento natural de lo permitido y lo no permitido, se sabían bajo el escrutinio ordinario de los mecanismos de censura, incluían por norma obsequiosas dedicatorias a la autoridad. Y a la alta jerarquía virreinal no tenía por qué desagradarle el rol oficioso que en materia informativa y publicitaria cumplían esas nacientes manifestaciones de la prensa periódica. No haría nada para responsabilizarse de su aparición —siempre sujeta a la iniciativa debidamente autorizada de algún particular—, pero se complacería de cuanto servicio y prestigio pudieran brindarle.

Hasta que la guerra de independencia viniera a trastocar el orden de las cosas. En 1810, la Gaceta de México será “expropiada” y rebautizada como Gaceta del Gobierno, convirtiéndose en órgano oficial del bando realista.


Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 5 de noviembre de 2026.
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jueves, 15 de octubre de 2026

Orígenes del periodismo virreinal.

 

En España, siguiendo una proporción más o menos equitativa, las hojas volantes de corte piadoso coexistieron desde un principio con materiales autorizados a licencias más profanas. Cumplidas las respectivas fórmulas de circunstancias en elogio de este santo, esa virgen o aquella autoridad, podían lectores y escuchas dar rienda suelta a su llana curiosidad, a su lírica avidez, a su descarado morbo.

Para Nueva España las cosas fueron muy distintas. La vigilancia y la censura de la iglesia y la corona se mantuvieron siempre quisquillosas y alertas respecto del riesgo que pudieran acarrear determinadas libertades. Una de las más temprana y férreas proscripciones le correspondió justamente a lo fabuloso y lo profano. Sabemos que, a partir del siglo XVII, en materia de relación de sucesos, se imprimieron romances, milagros, noticias de actualidad y crónicas de desastres. Pero sin hurtarle nunca el sitial de privilegio a la reseña de procesiones, o de festividades tanto civiles como religiosas. Todo indica que, hasta el fin del virreinato, tratándose de pliegos sueltos, el eje dominante hay que enfocarlo primero desde la óptica del proceso de evangelización, y después desde la óptica de las obligaciones que —en tanto súbdito y feligrés— la autoridad aguardaba de un pueblo ya plenamente evangelizado. Para expresarse de manera abierta a través de la página impresa de distribución masiva, el gusto por el chisme escabroso y la peripecia sangrienta tendría que aguardar entre nosotros hasta la llegada de la independencia.

Desde su aparición durante el siglo XVI, junto a las funciones comerciales, doctrinales, educativas, literarias, artísticas y recreativas de los pliegos sueltos, hay que colocar en un sitio preponderante la función informativa. Es habitual que se les identifique como los primeros impresos periodísticos del mundo moderno. Lo fueron sin duda. Sin embargo, para cubrir las necesidades informativas que la modernidad en su vertiginosa consolidación iba demandando, llegó un momento donde sus insuficiencias como órganos noticiosos comenzaron a resultar inocultables. Dichas insuficiencias tenían que ver antes que nada con la propia raíz etimológica de la palabra periodismo: la periodicidad.

La llamada prensa de cordel fue capaz de poner novedades al alcance del público en general, a través de un soporte escrito portátil popularmente accesible; privilegio exclusivo hasta ahí para las élites políticas, religiosas, económicas y militares. Sin embargo, su propia naturaleza la inhabilitaba para plazos de aparición estables. Los primeros periódicos exhiben ya desde ahí una distancia insalvable respecto de ella. Se trata en este caso de materiales concebidos ya para aparecer con una regularidad fija, que habrá de condicionar de antemano tanto la elección de sus contenidos como su diseño, tanto su esquema de redacción como su manutención comercial. Por supuesto, los límites entre ambos géneros ni se establecieron de golpe ni fueron nunca tajantemente insalvables; sus numerosos cruces transfronterizos resultan patentes incluso en los recursos informativos de la actualidad virtual y digital.

Además de su condición periódica, las publicaciones informativas que entre finales del siglo XVII y principios del XVIII comenzaron a aparecer en las principales capitales europeas, trajeron aparejado desde su nacimiento otro rasgo distintivo: el de su presunta autoridad respecto de toda la precedente genealogía de pliegos sueltos. Dicha condición, directamente vinculada a las reglas de juego del emergente espíritu de la Ilustración, derivaba también de puntuales implicaciones políticas. Sometidas de manera férrea a la vigilancia, el control, la censura y los intereses de la autoridad eclesiástica y civil, no hubo hoja volante ni prensa de cordel que llegara a instituirse órgano directo de la oficialidad; esa tarea había quedado hasta ahí depositada en avisos, bandos, proclamas y edictos públicos. Surgidos como privada iniciativa de inversores particulares, los nuevos impresos periodísticos acabaron sin excepción volviéndose portavoces directos de las diversas monarquías, sinceraran o no dicho estatus oficial a través de su correspondiente membrete.

Se les llamó gacetas. Y esa presunta autoridad de la que hablamos, derivada de su cercanía con las supremas instancias de poder, no quedó limitada al plano informativo, sino que fue abarcando también al resto de los contenidos que gradualmente se incorporaron a ellas, fueran estos religiosos, filosóficos, científicos o literarios. Las primeras gacetas aparecen en Italia durante el siglo XVI, y definen el perfil informativo y periódico que las caracterizaría en Europa central a comienzos del XVII; pero su verdadero auge arranca en Francia bajo el reinado de Luis XIII. Durante varias décadas la Gaceta de Francia, cuya primera entrega corresponde a 1631, hará coexistir en sus páginas la retórica grandilocuente propia de las relaciones de sucesos, con el tono impersonal y escueto de un mero catálogo de informaciones. Para cuando en la década de 1660 comience a dar sus pasos iniciales lo que al cabo se convertiría en la Gaceta de Madrid, ya su orientación se ha decantado definitivamente en este último sentido; no eliminando en definitiva la relación de sucesos, pero sí volviéndola una excepción genérica específica, en la cual podemos distinguir el antecedente directo de la crónica periodística actual.

La Gaceta de Madrid será el modelo referencial para la Gaceta de México, llegando en algún período incluso a reemplazarla. Adquiere su nombre definitivo en 1698, y perdura hasta nuestros días como Boletín Oficial del Estado. Aunque se trata sin duda del ejemplo más representativo de este fenómeno para España y sus colonias durante los siglos XVII y XVIII, antes de ella hubo otros ejemplos significativos, como aquellos que por influencia y proximidad con Francia aparecieron en Barcelona antes de mediar el siglo.

De acuerdo con Carmen Espejo Cala, investigadora y catedrática de la Universidad de Sevilla, la década de 1680 representó para el periodismo europeo un período de auge y consolidación, del que esta vez España no quedaría al margen. No sólo Madrid y Barcelona verán multiplicada su oferta periodística, lo mismo con publicaciones independientes en franca competencia, que con publicaciones varias salidas del taller de un mismo impresor; proliferará también la prensa provincial, extendiéndose a prácticamente todos los puntos de la Península y dando a luz impresos castellanos incluso en Ámsterdam y Bruselas.

Todos los indicios apuntan a que, comenzando el siglo XVII, la Gaceta de Madrid tendría que haber llegado con aceptable regularidad a la Nueva España, y hasta haber sido reimpresa en más de una oportunidad por alguno de los para entonces ya numerosos talleres tipográficos de la Ciudad de México. Pero hasta el día de hoy resulta difícil rastrear evidencias materiales y referencias directas en dicho sentido. Como quiera que sea, correspondería al Virreinato del Perú el mérito de dar a la luz el primer periódico americano, activo de 1700 a 1711, al calor de las disputas dinásticas por el trono español entre las casas de Austria y de Borbón. De periodicidad aproximadamente bimensual, pese a su constancia y longevidad no ostentaría un nombre fijo. En su correspondiente estudio y edición, los investigadores Paul Firbas y José Antonio Rodríguez Garrido han optado por denominarlo Diario de noticias sobresalientes en Lima.

La investigación de Firbas y Rodríguez Garrido otorga merecido reconocimiento al impresor limeño José de Contreras y Alvarado como fundamental pionero del trabajo periodístico americano. Su labor editorial e informativa a lo largo de aquella década, siempre en diligente servicio de la causa borbónica, resulta notable y amplía la perspectiva sobre los puntos de influencia y referencia que posibilitaron el proyecto de la Gaceta de México. Desde la penúltima década del siglo XVII hasta la primera del XVIII, Contreras obtuvo el privilegio monopólico de la imprenta en la Ciudad de Lima, llegando a ostentarse simultáneamente como impresor real, impresor del Santo Oficio, impresor del Tribunal de la Cruzada e impresor de la Universidad de San Marcos.  Existe un grabado de su taller que no sólo constituye una de las escasísimas representaciones directas de una imprenta virreinal americana, sino donde él mismo aparece a cuadro, captado con sorprendente oportunidad documental en sus tareas editoriales por el pintor y grabador dominico Miguel Adame. 

Contreras era además poeta. Suyos son los versos que acompañaron la citada calcografía, como parte de un libro consagrado a las exequias del rey Carlos II, último Habsburgo en el trono de España. Versos que acaso valiera identificar como invocación propiciatoria para todo el devenir de la prensa escrita hispanoamericana: “¿Qué hará, señor, la imprenta en negros humos? / Mas ¿qué ha de hacer?  Que giman hoy sus prensas / para imprimir llorando tanta historia”. 



Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 15 de octubre de 2026.
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jueves, 8 de octubre de 2026

La primera imprenta en México.

 

Un libro, como podemos comprobar ahora mismo echando mano de cualquier volumen a nuestro alcance, se confecciona a partir de varios pliegos de papel doblados y encartados. Para mantener unidos y en orden los cuadernillos independientes que resultan de dicho encartamiento, es necesario fijarlos mediante costura o pegado a través de un proceso de encuadernación. Una hoja volante se define como un solo pliego doblado o como varios pliegos encartados que no han sido sometidos a proceso de encuadernación alguno.

El rápido auge de la imprenta durante la segunda mitad del siglo XV, que estimuló la aparición de talleres a lo largo y a lo ancho de todo el continente europeo, trajo consigo la necesidad de legislaciones y normas regulatorias emitidas por las autoridades competentes. En 1502, los Reyes Católicos promulgaron un conjunto de leyes para impresores, libreros, imprentas y librerías, que imponían estrictas regulaciones y engorrosos trámites a la producción y venta de libros dentro de sus dominios, mas no así a otro tipo de materiales impresos. Pueden identificarse dichas leyes como el detonante decisivo para la proliferación de hojas volantes y pliegos sueltos, llamados también pliegos de cordel. No obstante, el auge de tales publicaciones no fue inmediato. Tanto la definición de su perfil como su destacado sitio en el favor de un público al que debieron encargarse de formar, irían consolidándose paso por paso a lo largo de muchas décadas.

La merecidísima aura mítica que rodea a Juan Pablos como primer impresor de América, no debe hacernos olvidar los precarios recursos de que él y su equipo de trabajo dispusieron durante los primeros años, así como las severas restricciones de todo tipo que por contrato debía obedecer. Al llegar a la Ciudad de México en 1539, nada era suyo. Ni los 195 000 maravedíes que portaba para la compra de insumos, útiles, provisiones y gastos; ni su movilidad durante los siguientes diez años, pues quedaba comprometido a no abandonar la capital novohispana en ese lapso;  ni los privilegios reales que certificaban el taller a su cargo como la única imprenta autorizada de todo el continente; ni los materiales y herramientas de trabajo que traía consigo; ni el esclavo negro incorporado como batidor; ni la potestad de elegir al tirador de la imprenta, que podía ser removido y sustituido en el momento que se lo ordenaran; mucho menos las potenciales ganancias que el taller consiguiera rendir, mismas que se comprometía a remitir íntegras a España y de las cuales debía corresponderle al cabo la quinta parte, tras los respectivos descuentos por inversión capitalista, por pérdida o estropicio de bienes del taller, por gastos de traslado, y por manutención de él y su esposa, Jerónima Gutiérrez. Ni siquiera eran suyos el nombre Juan Pablos con que pasaría a la historia, ni el reino español desde el cual arribaba, pues se llamaba en realidad Giovanni Pauli y había nacido en Brescia, Italia.

El verdadero beneficiario de aquella iniciativa era su patrón, Juan Cromberger, cuyo padre, el alemán Jacobo Cromberger, había logrado convertirse durante el primer cuarto del siglo XVI en el más importante impresor de Sevilla (principalísima ciudad para el naciente imperio español ya desde entonces). El patriarca de los Cromberger supo obtener de la corona ventajosos favores que le permitirían no sólo ampliar y diversificar intereses comerciales en Europa, sino incorporarse a lo que en aquella época comenzó a llamarse la “Carrera de Indias”. Por su parte, sin descuidar el negocio que había dado origen a la prosperidad familiar, Juan Cromberger orientó esfuerzos hacia una consolidación mercantil de amplio espectro, que incluía desde el préstamo de dinero hasta el comercio ultramarino, desde la actividad inmobiliaria hasta el tráfico de esclavos. Por lo que hace a su empresa americana, pese al rigor de las leoninas cláusulas impuestas a Juan Pablos, la verdad es que Cromberger manifestó muy poco interés en el monopolio que se le había concedido como única persona autorizada para la impresión e importación de libros en el Nuevo Mundo; su atención y la de sus herederos se consagró casi íntegra a las ricas explotaciones de plata conseguidas en Sultepec y Taxco.

La llegada de la imprenta a la Nueva España había tenido su principal promotor en el franciscano Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien adquiere su mayor celebridad popular en la memoria mexicana por haber sido el primero en mirar a la Virgen de Guadalupe en el ayate de Juan Diego, según narran la tradición y la leyenda. Como casi siempre que de humanos asuntos se trata, acaso sea menester repartir equitativamente su empeño bibliófilo entre el amor, la necesidad, el interés, las responsabilidades y los compromisos adquiridos. Zumárraga amaba los libros. Zumárraga era consciente de la importancia de una imprenta para las labores evangelizadoras y educativas del incipiente virreinato. Y Zumárraga habría tenido un adeudo monetario por préstamo no saldado con la familia Cromberger.

No parece descabellado conjeturar una decisiva influencia del obispo de México para beneficiar los negocios del empresario sevillano en Nueva España. Lo más importante aquí es en todo caso establecer que Juan Pablos inició su labor impresora condicionado en un extremo por el despotismo patronal y la desidia editorial de Juan Cromberger, y en otro por los requerimientos e intereses institucionales de Fray Juan de Zumárraga. Apenas instalada la flamante imprenta en la llamada Casa de las Campanas, las funciones que se aguardaban de ella no correspondían prioritariamente a la manufactura de libros.

La habilitación de un taller tipográfico en la Nueva España obedeció a objetivos bien definidos por parte de la corona, la iglesia y el virrey Antonio de Mendoza. Por una parte, apoyar el proceso de evangelización con la publicación de doctrinas, catecismos, confesionarios, manuales de sacramentos, etc.; por otra, respaldar el proceso de hispanización mediante la elaboración de vocabularios, artes de lengua, cartillas para aprender a leer, etc.; por último, pero no menos importante, facilitar las labores civiles y administrativas sacando a la luz impresos burocráticos como edictos, cédulas, formularios y calendarios, actualmente denominados “literatura gris”.

Hay consenso en distinguir una notable desproporción cualitativa y cuantitativa entre la producción bibliográfica del taller de Juan Pablos al servicio de Cromberger, y el taller ya con Juan Pablos como propietario y titular. Y en esa desproporción tienen peso innegable la precariedad y las prohibiciones impuestas por la familia Cromberger. Sin embargo, no debe minimizarse como otra causa importante la demanda de materiales religiosos, lingüísticos y administrativos que Juan Pablos y su equipo de trabajo debieron cubrir por sí solos durante aquellos años, sin la colaboración ni la competencia de ningún otro impresor, y padeciendo encima las al parecer atávicas crisis por carencia y carestía de papel.

Para el año 1548, las quejas de la autoridad virreinal ante la corona debido al incumplimiento de los compromisos asumidos en materia de producción y envío de libros han surtido efecto, y el taller mexicano aparece traspasado ya a Juan Pablos por Brígida Maldonado, viuda de Juan Cromberger. En su momento, Juan Pablos había arribado a la Nueva España con el mínimo personal indispensable para iniciar trabajos: él mismo en calidad de cajista, encargado de la composición tipográfica; Gil Barbero, contratado por Cromberger como tirador, es decir como operario manual de la imprenta; Pedro, el esclavo de raza negra incorporado como batidor para entintar los moldes; y Jerónima Gutiérrez, quien con toda probabilidad colaboró activamente en los trabajos de impresión. Faltaba no obstante uno de los perfiles esenciales para el cabal funcionamiento de un taller tipográfico como aquel: el fundidor y cortador, encargado tanto de reciclar tipos defectuosos como de elaborar caracteres, adornos y viñetas nuevos. Durante más de una década, Juan Pablos debió arreglárselas con tipografía y grabados de segunda mano, ya gastados por su uso previo en España.

La contratación del fundidor y cortador español Antonio de Espinosa en 1550 junto con otros maestros de imprenta, resultará clave desde varias perspectivas. En primer término, la ampliación y la mejora de sus recursos tipográficos permitirá a Juan Pablos plantearse tareas de cada vez mayor calidad y envergadura. Luego, la favorable respuesta de la corona a la solicitud de Espinosa para que se le retirara a Juan Pablos el monopolio de impresión novohispana, así como la apertura de su propio taller, darán paso a la competencia gremial, diversificarán las posibilidades de la oferta e inaugurarán ahora sí inéditos, aunque todavía incipientes, horizontes de demanda.


Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 8 de octubre de 2026.
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