jueves, 8 de octubre de 2026

La primera imprenta en México.

 

Un libro, como podemos comprobar ahora mismo echando mano de cualquier volumen a nuestro alcance, se confecciona a partir de varios pliegos de papel doblados y encartados. Para mantener unidos y en orden los cuadernillos independientes que resultan de dicho encartamiento, es necesario fijarlos mediante costura o pegado a través de un proceso de encuadernación. Una hoja volante se define como un solo pliego doblado o como varios pliegos encartados que no han sido sometidos a proceso de encuadernación alguno.

El rápido auge de la imprenta durante la segunda mitad del siglo XV, que estimuló la aparición de talleres a lo largo y a lo ancho de todo el continente europeo, trajo consigo la necesidad de legislaciones y normas regulatorias emitidas por las autoridades competentes. En 1502, los Reyes Católicos promulgaron un conjunto de leyes para impresores, libreros, imprentas y librerías, que imponían estrictas regulaciones y engorrosos trámites a la producción y venta de libros dentro de sus dominios, mas no así a otro tipo de materiales impresos. Pueden identificarse dichas leyes como el detonante decisivo para la proliferación de hojas volantes y pliegos sueltos, llamados también pliegos de cordel. No obstante, el auge de tales publicaciones no fue inmediato. Tanto la definición de su perfil como su destacado sitio en el favor de un público al que debieron encargarse de formar, irían consolidándose paso por paso a lo largo de muchas décadas.

La merecidísima aura mítica que rodea a Juan Pablos como primer impresor de América, no debe hacernos olvidar los precarios recursos de que él y su equipo de trabajo dispusieron durante los primeros años, así como las severas restricciones de todo tipo que por contrato debía obedecer. Al llegar a la Ciudad de México en 1539, nada era suyo. Ni los 195 000 maravedíes que portaba para la compra de insumos, útiles, provisiones y gastos; ni su movilidad durante los siguientes diez años, pues quedaba comprometido a no abandonar la capital novohispana en ese lapso;  ni los privilegios reales que certificaban el taller a su cargo como la única imprenta autorizada de todo el continente; ni los materiales y herramientas de trabajo que traía consigo; ni el esclavo negro incorporado como batidor; ni la potestad de elegir al tirador de la imprenta, que podía ser removido y sustituido en el momento que se lo ordenaran; mucho menos las potenciales ganancias que el taller consiguiera rendir, mismas que se comprometía a remitir íntegras a España y de las cuales debía corresponderle al cabo la quinta parte, tras los respectivos descuentos por inversión capitalista, por pérdida o estropicio de bienes del taller, por gastos de traslado, y por manutención de él y su esposa, Jerónima Gutiérrez. Ni siquiera eran suyos el nombre Juan Pablos con que pasaría a la historia, ni el reino español desde el cual arribaba, pues se llamaba en realidad Giovanni Pauli y había nacido en Brescia, Italia.

El verdadero beneficiario de aquella iniciativa era su patrón, Juan Cromberger, cuyo padre, el alemán Jacobo Cromberger, había logrado convertirse durante el primer cuarto del siglo XVI en el más importante impresor de Sevilla (principalísima ciudad para el naciente imperio español ya desde entonces). El patriarca de los Cromberger supo obtener de la corona ventajosos favores que le permitirían no sólo ampliar y diversificar intereses comerciales en Europa, sino incorporarse a lo que en aquella época comenzó a llamarse la “Carrera de Indias”. Por su parte, sin descuidar el negocio que había dado origen a la prosperidad familiar, Juan Cromberger orientó esfuerzos hacia una consolidación mercantil de amplio espectro, que incluía desde el préstamo de dinero hasta el comercio ultramarino, desde la actividad inmobiliaria hasta el tráfico de esclavos. Por lo que hace a su empresa americana, pese al rigor de las leoninas cláusulas impuestas a Juan Pablos, la verdad es que Cromberger manifestó muy poco interés en el monopolio que se le había concedido como única persona autorizada para la impresión e importación de libros en el Nuevo Mundo; su atención y la de sus herederos se consagró casi íntegra a las ricas explotaciones de plata conseguidas en Sultepec y Taxco.

La llegada de la imprenta a la Nueva España había tenido su principal promotor en el franciscano Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien adquiere su mayor celebridad popular en la memoria mexicana por haber sido el primero en mirar a la Virgen de Guadalupe en el ayate de Juan Diego, según narran la tradición y la leyenda. Como casi siempre que de humanos asuntos se trata, acaso sea menester repartir equitativamente su empeño bibliófilo entre el amor, la necesidad, el interés, las responsabilidades y los compromisos adquiridos. Zumárraga amaba los libros. Zumárraga era consciente de la importancia de una imprenta para las labores evangelizadoras y educativas del incipiente virreinato. Y Zumárraga habría tenido un adeudo monetario por préstamo no saldado con la familia Cromberger.

No parece descabellado conjeturar una decisiva influencia del obispo de México para beneficiar los negocios del empresario sevillano en Nueva España. Lo más importante aquí es en todo caso establecer que Juan Pablos inició su labor impresora condicionado en un extremo por el despotismo patronal y la desidia editorial de Juan Cromberger, y en otro por los requerimientos e intereses institucionales de Fray Juan de Zumárraga. Apenas instalada la flamante imprenta en la llamada Casa de las Campanas, las funciones que se aguardaban de ella no correspondían prioritariamente a la manufactura de libros.

La habilitación de un taller tipográfico en la Nueva España obedeció a objetivos bien definidos por parte de la corona, la iglesia y el virrey Antonio de Mendoza. Por una parte, apoyar el proceso de evangelización con la publicación de doctrinas, catecismos, confesionarios, manuales de sacramentos, etc.; por otra, respaldar el proceso de hispanización mediante la elaboración de vocabularios, artes de lengua, cartillas para aprender a leer, etc.; por último, pero no menos importante, facilitar las labores civiles y administrativas sacando a la luz impresos burocráticos como edictos, cédulas, formularios y calendarios, actualmente denominados “literatura gris”.

Hay consenso en distinguir una notable desproporción cualitativa y cuantitativa entre la producción bibliográfica del taller de Juan Pablos al servicio de Cromberger, y el taller ya con Juan Pablos como propietario y titular. Y en esa desproporción tienen peso innegable la precariedad y las prohibiciones impuestas por la familia Cromberger. Sin embargo, no debe minimizarse como otra causa importante la demanda de materiales religiosos, lingüísticos y administrativos que Juan Pablos y su equipo de trabajo debieron cubrir por sí solos durante aquellos años, sin la colaboración ni la competencia de ningún otro impresor, y padeciendo encima las al parecer atávicas crisis por carencia y carestía de papel.

Para el año 1548, las quejas de la autoridad virreinal ante la corona debido al incumplimiento de los compromisos asumidos en materia de producción y envío de libros han surtido efecto, y el taller mexicano aparece traspasado ya a Juan Pablos por Brígida Maldonado, viuda de Juan Cromberger. En su momento, Juan Pablos había arribado a la Nueva España con el mínimo personal indispensable para iniciar trabajos: él mismo en calidad de cajista, encargado de la composición tipográfica; Gil Barbero, contratado por Cromberger como tirador, es decir como operario manual de la imprenta; Pedro, el esclavo de raza negra incorporado como batidor para entintar los moldes; y Jerónima Gutiérrez, quien con toda probabilidad colaboró activamente en los trabajos de impresión. Faltaba no obstante uno de los perfiles esenciales para el cabal funcionamiento de un taller tipográfico como aquel: el fundidor y cortador, encargado tanto de reciclar tipos defectuosos como de elaborar caracteres, adornos y viñetas nuevos. Durante más de una década, Juan Pablos debió arreglárselas con tipografía y grabados de segunda mano, ya gastados por su uso previo en España.

La contratación del fundidor y cortador español Antonio de Espinosa en 1550 junto con otros maestros de imprenta, resultará clave desde varias perspectivas. En primer término, la ampliación y la mejora de sus recursos tipográficos permitirá a Juan Pablos plantearse tareas de cada vez mayor calidad y envergadura. Luego, la favorable respuesta de la corona a la solicitud de Espinosa para que se le retirara a Juan Pablos el monopolio de impresión novohispana, así como la apertura de su propio taller, darán paso a la competencia gremial, diversificarán las posibilidades de la oferta e inaugurarán ahora sí inéditos, aunque todavía incipientes, horizontes de demanda.


Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 8 de octubre de 2026.
Disponible también en:



 

sábado, 3 de octubre de 2026

El pliego fantasma.

 

La aparición de la imprenta moderna trajo consigo una genealogía de soportes a la postre casi tan importantes para la producción literaria como los libros. Privada de ellos, nuestra noción de Literatura sería sin duda muy distinta. Dentro de dicha genealogía cabe incluir desde las primeras hojas volantes hasta numerosos soportes virtuales consagrados a asuntos de Literatura, pero su principal parámetro referencial se halla todavía sin duda en las revistas y suplementos literarios.

Correspondió al siglo XIX convertir este tipo de publicaciones en componente imprescindible para las llamadas bellas letras, y nuestro país no constituyó en ese sentido ninguna excepción. El México independiente, lo mismo durante las convulsas y dilatadas décadas de definición de un proyecto nacional, que bajo el engañoso sosiego de la paz porfiriana, verá desfilar una larga, abigarrada, desigual pero imprescindible galería de impresos con vocación exclusiva o mayoritariamente literaria. Dejemos constancia de esa profusión y esa huella a partir de sólo un puñado de títulos ilustres: El Iris, El Zurriago, El Recreo de las Familias, Panorama de las Señoritas, El Renacimiento, Azul, Revista Moderna.  

Si fuéramos a centrarnos en el plazo que va del Romanticismo al Modernismo, y quisiéramos limitarnos en exclusiva a impresos de carácter literario con voluntad periódica, dispondríamos de una materia prima no copiosa pero sí suficiente para concretar el empeño. Orientándonos antes bien hacia aquellos antecedentes que durante tres siglos de virreinato sentaron las bases necesarias para lo que vino después, las cosas se complican. El período novohispano exige dar grandes rodeos, ampliar los criterios selectivos, focalizar como tierra propia patrias por completo extranjeras si las miramos desde otra perspectiva, como el periodismo, la historiografía o la divulgación científica.

Muchas cosas estaban entonces apenas nombrándose, conformándose, definiéndose. Sus fronteras no eran las nuestras. Ni en términos geográficos, ni en términos culturales, ni en términos mentales. Su educación sentimental puede resultarnos a estas alturas no tanto correspondiente a otra época como a otro planeta, otra dimensión, otra especie. Al internarnos en las diversas fuentes e información disponibles, el factor literario a menudo parece residir menos en el contenido de los textos y las publicaciones que en el perfil novelesco de varios de sus artífices, en las rocambolescas peripecias de este protagonista, en los librescos equívocos que rodean aquel episodio, en los tintes tragicómicos de tal consumada producción o tal malograda iniciativa. 

Para muestra, un botón. Desde el siglo XIX hasta nuestros días, el llamado Pliego suelto del terremoto de Guatemala ha venido siendo presentado por numerosísimas fuentes como la primera pieza periodística y la primera hoja volante aparecida en la Nueva España.  Lírica, narrativa y dramáticamente hablando, ningún perfil más tentador que el suyo para confiarle el acta de nacimiento oficial de nuestras publicaciones literarias. 

Primero, se trataría de un pliego suelto impreso en 1541, es decir apenas a veinte años de la derrota del señorío mexica. Segundo, reproduciría de manera más o menos fiel el informe de primera mano transmitido a España por el conquistador Juan Rodríguez Cabrillo; informe que suele reconocerse como el primer texto periodístico escrito en el Nuevo Mundo. Tercero, habría salido del taller de Juan Pablos, primer mítico impresor en la historia de América. Cuarto: inmortalizaría una truculenta historia relacionada con la suerte final del conquistador Pedro de Alvarado, capitán responsable en ausencia de Cortés de la matanza perpetrada dentro del Templo Mayor de Tenochtitlan en mayo de 1520.

¿No parecen los datos así dispuestos estar perfilando ya por sí solos el material de una apasionante novela? Hernán Cortés sale de la capital mexica rumbo a Veracruz para enfrentar a los españoles enviados contra él por Diego Velázquez, gobernador de Cuba; entre ellos viene precisamente Juan Rodríguez Cabrillo, quien desobedeciendo las órdenes recibidas pasará al bando Cortés, y un año más tarde desempeñará decisivo papel como calafatero de los buques empleados durante la ofensiva final contra las fuerzas de Cuauhtémoc.  Integrado al círculo de confianza de Pedro de Alvarado durante el ciclo conquistador en Centroamérica, Rodríguez Cabrillo quedará al frente de sus fuerzas cuando, a punto de iniciar la exploración del Pacífico Norte mexicano por cuenta del virrey Antonio de Mendoza, Alvarado muera en julio de 1541 (según testimonios, aplastado accidentalmente por un caballo); éste último fungía entonces como gobernador de Guatemala. Antes de partir rumbo al norte y convertirse en el descubridor de California, Rodríguez Cabrillo deja constancia escrita del desastre natural que azotó a la capital guatemalteca el día 10 de septiembre; desastre que, de acuerdo con la imaginería popular de la época, habría obedecido a la actitud blasfema de la gobernadora, doña Beatriz de la Cueva, quien al enterarse de la muerte de Pedro de Alvarado enloqueció de dolor, renegó de Dios y mandó pintar de negro las paredes de la casa que ocuparan durante su breve matrimonio. Unas pocas semanas más tarde, el impresor Juan Pablos habría puesto la noticia a disposición de los ávidos ojos lectores de la capital novohispana, como recién salida del horno y con una envidiable oportunidad periodística para la época.

Estímulos de sobra sin duda para nuestra ensoñación literaria y hasta cinematográfica. Una novela de Salgari, Riva Palacio, incluso Poe, dependiendo de la predilección de cada quien.  Tienta por demás cerrar los ojos y conjeturar a las gentes de aquella Ciudad de México aún en obra negra, leyendo por cuenta propia o escuchando por boca de algún comedido la primera hoja volante de nuestra historia. Pero lo cierto es que ninguna de esas hipotéticas escenas pudo tener lugar, dado que el presunto Pliego suelto del terremoto de Guatemala impreso por Juan Pablos nunca existió. No podía existir. Ninguna condición había para posibilitar que se imprimiera en lo que hace al amplio marco de la situación sociocultural de Nueva España y el imperio español hacia 1541; pero tampoco en lo que hace a las específicas circunstancias de las personas que habrían debido involucrarse en semejante proyecto.

Y, sin embargo, las referencias que dan como un hecho su existencia son, desde el siglo XIX hasta la actualidad, abundantísimas; comenzando con el Diccionario Universal de Historia y Geografía publicado en nuestro país en 1854, y terminando con las vigentes entradas que ahora mismo puede consultar cualquiera ingresando a Wikipedia. Continúan difundiéndose con profusión las fotografías del impreso, cuyo colofón luce con todas sus letras la leyenda: “Imprimióse en la gran ciudad de México. Año de mil y quinientos y cuarenta y uno en casa de Juan Cromberger”.

En su estudio La imprenta en México en el siglo XVI (2018), Guadalupe Rodríguez Domínguez, investigadora de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, se ha encargado de demostrar que la versión del Pliego suelto de Guatemala difundida como mexicana es reelaboración de dos hojas volantes impresas en España en fecha sin determinar; y que no pudo salir del taller a cargo de Juan Pablos, dado que ni la tipografía, ni las orlas, ni los grabados utilizados corresponden a aquellos de los que dispuso el impresor italiano afincado en México. Materiales estos últimos que, por su parte, se hallan plenamente identificados a partir de aquellas obras que Juan Pablos efectivamente imprimió. 

Tras la comprobación técnica, quedaba empero en pie la cuestión de la procedencia de aquel impreso espurio. A Rodríguez Domínguez le llamó la atención que durante cerca de tres siglos no hubiera habido referencia alguna sobre esa hoja volante. Y que tanto la primera noticia a propósito de ella, así como las ulteriores ratificaciones que procedieron a acreditarla, procedieran todas de un selecto y ceñido núcleo de bibliógrafos, encabezados por el célebre humanista decimonónico Joaquín García Icazbalceta.

En su obra de ficción La novela de mi vida, del año 2002, el escritor Leonardo Padura polemiza a propósito de Espejo de paciencia, poema con que el escritor canario Silvestre de Balboa habría fundado la literatura cubana hacia 1620. Padura postula de manera abierta que tanto el poema como el escritor nunca existieron, y que fueron obra de un puñado de escritores del Romanticismo, decididos a otorgarle a la isla un antecedente ilustre del cual carecía, equiparable a la mexicana Crónica de Bernal, a la chilena Araucana de Ercilla y a los peruanos Comentarios Reales del Inca Garcilaso.

De manera análoga, la Doctora Ramírez Domínguez plantea que el pliego suelto del terremoto de Guatemala, atribuido a Juan Pablos, fue creación de García Icazbalceta y su círculo de allegados. Quién sabe si como broma erudita, como venganza personal contra otros especialistas, o como jactancia de su capacidad para incorporarle a la realidad un fruto de la pura fantasía, de la pura ficción.

Acaso nos hemos equivocado y nuestra historia no es una novela. Sino un cuento de Jorge Luis Borges.

Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 1 de octubre de 2026.
Disponible también en: 


 
 
 
 


domingo, 6 de septiembre de 2026

Suave Patria: corona del Modernismo.

 El sueño modernista, a la vez sepultado, coronado y cumplimentado en México por la Revolución, otorgó dimensión poética y dignidad estética a una aspiración más temporal que espacial de significativos sectores de las sociedades iberoamericanas: actualizarse, ponerse al día, colocarse en sintonía con las tendencias que de pensamiento y obra habían venido a pautar la fisonomía global a partir de la definitiva consolidación de la sociedad burguesa. Hay consenso en identificar a Ramón López Velarde como una de las prendas centrales para la consumación de dicho sueño, y a Suave Patria una pieza clave para dimensionar los alcances de la obra lírica del zacatecano.


“Ese curioso poema que por cantar una matria desaparecida se convirtió en paradójica recitación de la oficial patria vencedora” comenta el crítico Guillermo Sheridan, omitiendo el tanto o más relevante hecho de que Suave Patria sea también el poema no oficial de la dignidad superviviente, del mundo que no se resigna a quedar definido por la dicotómica tensión entre los fantasmas de la pérdida y las consignas de los monolitos. Suave Patria es a la vez una epifanía y una elegía: reivindicación intransigente, a la vez que amoroso resguardo del derecho a la habitabilidad y al entendimiento; margen intocado de cuantas almas precisan a partes iguales la opción de vivir y mirarse vivir.

El poema, fechado el 24 de abril de 1921, aparece publicado por primera ocasión poco más de un mes más tarde, el día primero de junio, en el tercer número de la revista El Maestro; López Velarde fallecerá tres semanas después, el día 19 de junio, a causa de una pulmonía; tenía 33 años de edad. ¿Demasiado teatral? Sin duda. Y más incluso: operístico, circense, bufo.

La inclinación de López Velarde hacia los espectáculos populares como el circo, la zarzuela y el teatro está ampliamente documentada por sus biógrafos y comentaristas, y suficientemente ilustrada por sus propios escritos. A propósito de cierta prosa publicada en 1909 en el diario El regional de Guadalajara, donde el poeta confiesa su fascinación por una artista que le deslumbrara años atrás desde las tablas, comenta Juan José Arreola en su imprescindible ensayo Ramón López Velarde: el poeta, el revolucionario (1988):

No quiero decirlo porque es cierto. Una mujer vista en la escena suele ser más impresionante que la imagen de una mujer vista en la vida. Y aquella actriz modesta “que paseó su juventud, en medianos éxitos de arte, por los escenarios de provincia”, parece que dejó una imagen indeleble… “Sólo recuerdo haber abandonado el teatro con la emoción vaga del que se inicia en el ensueño…”. Indudablemente, el texto publicado en El Regional de Guadalajara es una tentativa para provocar el encuentro, un mensaje amoroso encerrado en una botella herméticamente arrojada al mar del tiempo y la memoria.

Esa peculiar e indeleble impresión provocada por una mujer vista en las tablas es la que consigue López Velarde con su célebre pieza lírica en dos actos y un intermedio. Y la “modesta actriz que paseó su juventud en medianos éxitos de arte, por los escenarios de provincia”, resulta ser la propia Patria ojerosa y pintada, retocando sus encantos para una última función de gala que es al mismo tiempo, y sin contradicción excluyente, también su debut.

Suave Patria tiene estructura pues de obra de teatro. ¿Pero qué clase de modelo es el que adopta? Determinados enfoques críticos parecieran tácita o abiertamente reprochar a López Velarde el voluntario alejamiento de las zonas de mayor densidad de su obra, para refugiarse en convenciones populares más próximas al público anónimo, sencillo y mayoritario que, a pesar de la institucionalización oficial del poema (y no gracias a ella) terminaría por apropiárselo.

En efecto. Lo que hizo López Velarde fue confeccionar una pieza de teatro de revista, una mexicanísima opereta donde las más hondas obsesiones de su lírica en modo alguno quedaban abandonadas, sino antes bien se ponían el antifaz o se empolvaban la cara para con mejor desnudez y mayor transparencia compartirse; como ha convenido siempre al arte dramático. Poeta católico en la misma línea fraterna y franciscana que Carlos Pellicer llevaría a su máxima extroversión, pero que en él tendió a manifestarse siempre desde el más “íntimo decoro”, temprano advierte que las tensiones y los hallazgos personales de su travesía poética de ninguna manera le pertenecen en exclusiva, sino antes bien constituyen su margen de participación en un vastedad secretamente compartida, así como la teatralización del sostenido drama, acaso irresoluble, entre lo inminente y lo perdido.

Al igual que en Chin-Chun-Chan (1904), El país de la metralla (1913) o tantos otros ejemplos proporcionados por el célebre José F. Elizondo y demás libretistas del teatro de revista de la época, Suave Patria está integrado por una sucesión de coloridos cuadros, que el intermedio consagrado a Cuauhtémoc separa en dos actos o hemisferios, y a los que remata una espectacular apoteosis festiva, un mitote popular del cual queda descartada toda grandilocuencia. La épica sordina teatraliza los rostros cotidianos para celebrarlos con doméstica sencillez, sin que ello derive en momento alguno hacia la frivolidad o el escarnio. Si algo preside el poema de López Velarde es una gozosa solemnidad infantil; una festiva dicha, que toma humana y compartible posesión de lo sagrado sin por ello atenuar su densidad:

Suave Patria: te amo no cual mito, / sino por tu verdad de pan bendito, / como a niña que asoma por la reja / con la blusa corrida hasta la oreja / y la falda bajada hasta el huesito.

Todo se enmascara, atavía y dispone en estado de representación, comenzando por el propio poeta que, para dar inicio a la obra, se adelanta sobre el escenario y encara a los espectadores afectando su tono de voz habitual; él, que siempre prefirió quedarse a recitar o cantar bajito en la intimidad hogareña, consintiéndose apenas cada tanto el papel de apuntador que susurra fuera de la visión del público:

Yo que sólo canté de la exquisita / partitura del íntimo decoro, / alzo hoy la voz a la mitad del foro / a la manera del tenor que imita / la gutural modulación del bajo / para cortar a la epopeya un gajo.

Empuñando su “íntima tristeza reaccionaria” como irónica distancia y crítica mediación, López Velarde puede lanzarse con el entusiasmo propio de los niños al festejo de cuanto había logrado cristalizarse y perfilarse tras una década de insurrección armada. ¿Significaba eso que desconocía, olvidaba o intencionadamente callaba cuanto la Novela de la Revolución se ocupaba ya en ese mismo lapso de disponer en primer término con virulenta lucidez: la traición, el gatopardismo, la usura, la irracionalidad desatada? No. Lo que otorga cabal legitimidad y perenne vigencia a su poema es el resguardo jubiloso de la habitabilidad alcanzada, desde la transparente advertencia de todos sus contenidos opresivos.

Por tu balcón de palmas bendecidas / el Domingo de Ramos, yo desfilo / lleno de sombra, porque tú trepidas.

Suave Patria no escatima, minimiza o disimula los antecedentes, las herencias ni los devastadores augurios invernales que sus lujos de abalorio y percal llevan de por medio; pero tampoco admite se les niegue el derecho de estancia y de contento bien ganado por la nación y el pueblo mexicanos, tras su soberano y tumultuoso pronunciarse a propósito de quiénes eran, quiénes querían y podían ser. Era hora de que el patrio corazón, ameritado en la sombra, se ofrendara en solar celebración.

“Mi corazón, leal, se amerita en la sombra” había consignado ya López Velarde en una de las más célebres piezas de Zozobra (1919), su segundo poemario. Además de las específicas significaciones biográficas y de tesitura que la declaración entraña, abarca ahí una condición compartida por todo aquel que se haya elegido en el oficio de escritor: el trabajo secreto, silencioso, concentrado, melancólico, del poeta que desde la renuncia a las luces madura los trabajos que lo llevan hacia su propia luz; y al mismo tiempo la tentación, el ensueño y el temor por la claridad compartida.

Desde una cumbre enhiesta yo lo he de lanzar / como sangriento disco a la hoguera solar. […] …y habrá en mi corazón la llama que le preste / el incendio sinfónico de la esfera celeste.

Suave Patria representa dicha claridad compartida, la incorporación al sinfónico incendio del cosmos; el momento donde el corazón, que en la sombra ha sabido madurarse, pasa a ser entregado en eucarística ofrenda. Ahora bien, si la instancia culminante de la misa es el momento teatral donde ministro y feligresía devienen actores para actualizar eterno presente la comunión, ¿por qué no iba el teatro a servir de espacio y tiempo sagrado para partir y repartir la Patria como un pan del cual todos pudieran comer?

Un país de fiesta por el sostenido prodigio del nacimiento y la muerte, pero en particular por un nacimiento y una muerte específicos: los suyos propios, a cuenta de diez años de guerra civil y un millón de muertos. El nacimiento del México urbano que la Revolución inaugura; la muerte del México rural que la Revolución sepulta. Jolgorio que inicia verbena pueblerina y concluye pachanga de barrio. Defunción que arranca en el patio de cualquier casco de hacienda, al compás de un mariachi que no ha descubierto todavía las estridentes virtudes de la trompeta, dirimiendo ilusiones y desventuras a puro sortilegio de cuerdas: jarana, violín, arpa y guitarrón. Parto que remata en cualquier anónimo congal de la urbe infinita, diluyendo eternidad los minutos que distinguen a la noche de la madrugada.
 
 *Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 27 de agosto de 2026.
Disponible también en: