viernes, 7 de agosto de 2026

El nacimiento del Modernismo.


1876. Hace ciento cincuenta años.

Enero 10. 
Desde Brownsville, Texas, Porfirio Díaz hace promulgar en Oaxaca el Plan de Tuxtepec, iniciando un alzamiento contra el presidente Sebastián Lerdo de Tejada en nombre del sufragio efectivo y la no reelección. En la redacción del plan —posteriormente modificado en Palo Blanco, Tamaulipas— han participado Vicente Riva Palacio, héroe de la Reforma, e Ireneo Paz, abuelo de un futuro Premio Nobel.

Enero 30. 
Ireneo Paz publica el Plan de Tuxtepec en su periódico El Padre Cobos, y es inmediatamente encarcelado.

Febrero 20. 
José Martí, presencia habitual con sus crónicas y ensayos en la prensa capitalina desde el año anterior, aparece por vez primera como miembro de la plana de colaboradores de El Socialista, órgano del Gran Círculo de Obreros de México, afín a Lerdo de Tejada. Figura como editor, al lado de Juan de Mata Rivera, el michoacano Agapito Silva, quien fuera amigo de Manuel Acuña y amante de Laura Méndez de Cuenca.

Marzo 5. 
Se celebra el primer Congreso Obrero en la historia de nuestro país, bajo los auspicios del Gran Círculo de Obreros de México. Agapito Silva, elegido como su vicepresidente, conmina desde El Socialista a las sociedades foráneas que aún no hayan elegido a sus delegados, para que los busquen entre la “pléyade de jóvenes que desfilan hoy en la República de las Letras”. Destaca entre los participantes el activista e ideólogo de origen griego Plotino Rhodakanaty. Se presume que habría asistido también José Martí.

Marzo 25. 
Federico Sosa —amigo de Justo Sierra, discípulo, compañero de andanzas y protegido de Vicente Riva Palacio— amonesta desde El Federalista a Agapito Silva, quien meses atrás puso en circulación un volumen de composiciones literarias titulado Páginas sueltas, pidiéndole se aparte de la poesía sentimental de tema amoroso, tan poco edificante y escasamente actual como la poesía religiosa, y encause sus esfuerzos líricos por las sendas de la utilidad social; asevera que el poeta “debe consagrar su actividad moral a la propaganda de la idea y encaminar sus esfuerzos todos a un fin positivo y práctico”.

Marzo 28. 
Desde El Federalista, Agapito Silva agradece los comentarios de Francisco Sosa a propósito de Páginas sueltas, otorgándole total razón y aceptando cada uno de sus señalamientos, a los que no identifica como sugerencias, sino como indicaciones.

Abril 5. 
Ireneo Paz abandona la cárcel, y comienza a preparar su traslado a Estados Unidos vía La Habana, para desde ahí continuar apoyando la insurrección de Díaz.

Mayo 10 al 14. 
Manuel Gutiérrez Nájera publica en La Iberia, a través de cinco entregas, un texto a propósito de Páginas sueltas. Menos interesado en los poemas de Agapito Silva que en las argumentaciones de Francisco Sosa, se declara acérrimo enemigo del positivismo, reivindica al sentimiento como la más fundamental y legítima fuente de la auténtica poesía, se opone a cualquier afán de restringir la libre inspiración del genio creador, postula a la poesía como el culto a la belleza en todas sus formas, encumbra los bienes del ideal y del espíritu por encima de los correspondientes a la industria y la política, sostiene que el arte es la escala a través de la cual el espíritu humano asciende hacia lo divino, y se acoge abiertamente a la fascinación romántica por lo sublime.

Mayo 20. 
Mientras Díaz llora su derrota en la Batalla de Icamole, episodio que propiciará su apodo de “El Llorón de Icamole”, Vicente Riva Palacio se levanta en armas, para apoyarlo ahora por la vía militar.

Junio 16. 
La Colonia Española, a través de su director Adolfo Llanos, convoca a un certamen literario con “premio de doscientos pesos al autor de la mejor oda escrita en lengua castellana a la memoria de Hernán Cortés”. Como fecha de premiación se establece el 16 de septiembre, lo que provoca airadas protestas.

Junio 24. El Monitor Republicano publica un artículo fechado el 17 de mayo, donde se elogian con entusiasmo los talentos críticos y estilísticos de Gutiérrez Nájera en su texto sobre Páginas sueltas; sin embargo, se objetan las ideas que ahí plantea, y se respalda y suscribe a pie juntillas el punto de vista previamente expresado por Francisco Sosa. El autor atribuye el idealismo najeriano a las naturales ilusiones de un alma juvenil, le augura aleccionadores desencantos durante los años por venir, pone en duda la existencia misma del espíritu, define al amor como un término eufemístico para aludir a la atracción sexual, tacha de anacrónico todo sentimentalismo e insta a los poetas para que orienten su inspiración al servicio de fines útiles y prácticos, como el recuento de los grandes hechos históricos y el enaltecimiento de los héroes patrios. La firma P.T. al pie del artículo ya ha sido previamente utilizada en otras colaboraciones por el escritor Pantaleón Tovar, veterano militante del liberalismo radical, y colega de Francisco Sosa en la sala de redacción de El Federalista.

Junio 29. 
Manuel Gutiérrez Nájera responde en La Iberia a Pantaleón Tovar, cuya identidad desconoce y a quien se refiere como “nuestro incógnito adversario”. Por un lado, agradece sus comentarios elogiosos; por otro, promete refutar en breve sus asertos, que de ningún modo comparte.



Agosto 5 a septiembre 5. 
El Correo Germánico publica en seis entregas “El arte y el materialismo”, texto donde Manuel Gutiérrez Nájera refrenda, puntualiza y ahonda las ideas planteadas tres meses atrás en La Iberia. Explica que la poesía sentimental no se restringe al tema erótico, sino que abarca todo el horizonte pasional humano; reivindica la libertad como principio creador imposible de circunscribir a los márgenes de la materialidad y de la utilidad, a la belleza sublime como fin último del poeta y al amor por lo divino como la vía ideal para alcanzarla; finalmente refrenda su aversión hacia los enfoques positivistas encaminados a esclavizar la expresión y focaliza en el centro de su propuesta la dignidad espiritual, abominando a partes iguales del naturalismo y el decadentismo. En un momento dado, sentencia: “La virgen América no dobla su cabeza al yugo de la carcomida Europa. Es bastante potente para levantarse muy alto por sí misma y crear una escuela propia”.

Agosto 22. 
Fallece Pantaleón Tovar, cuando restan aún por aparecer la mitad de las seis entregas donde Gutiérrez Nájera, ignorante de su identidad, le responde.

Agosto 24. 
El Bien Público publica una necrológica firmada por Justo Sierra, que inicia diciendo: “Uno de los miembros de la generación que realizó la Reforma en México ha muerto ayer. Pantaleón Tovar era uno de esos hombres que atraviesan la vida tras un sueño de amor o de gloria, y que el día que reciben el desengaño supremo, es el primero de su agonía”. Por su parte, en La Revista Universal, José Martí escribe un breve apunte informativo sobre la creación de una nueva sociedad literaria; hacia el término del mismo, comenta: “Por unanimidad fue electo presidente de la Sociedad Peón Contreras, un joven dueño de un nombre que comienza a ser oído y celebrado, Manuel Gutiérrez Nájera”.

Agosto 31. 
En El Bien Público, Justo Sierra analiza el cómputo electoral publicado el día anterior por El Federalista, y a través del cual pretende legitimarse la reelección de Lerdo. Como cierre de su análisis, sentencia: “En las elecciones para presidente de la República y magistrados de la Suprema Corte verificadas en 1876, el pueblo mexicano no ha votado”.

Septiembre 28. 
En El Correo Germánico, Gutiérrez Nájera elogia el certamen literario que el 16 de septiembre anterior premió la mejor oda dedicada a Hernán Cortés. El primer lugar fue para Miguel Peón Contreras, el segundo para Agapito Silva; presidió el jurado Ignacio Manuel Altamirano.

Octubre 28. 
A través del Plan de Salamanca, el presidente de la Suprema Corte de Justicia José María Iglesias declara roto el orden constitucional, planteando el establecimiento de un gobierno provisional y una convocatoria a nuevas elecciones. Se ha trasladado a Guanajuato, en busca del apoyo del gobernador del estado. Allá irán a adherírsele, entre otros, Guillermo Prieto, Justo Sierra y Francisco Sosa. Ignacio Ramírez El Nigromante es encarcelado por oponerse a la reelección de Lerdo.

Noviembre 7. 
Vicente Riva Palacio participa en las negociaciones, finalmente malogradas, de los “Acuerdos de Acatlan”, en busca de un consenso entre Díaz e Iglesias.

Noviembre 16 a 26. 
Derrotadas sus fuerzas en la Batalla de Tecoac, Lerdo de Tejada abandona la Ciudad de México. Ingreso triunfal de Díaz a la capital. Iglesias rechaza el ofrecimiento de fungir como presidente provisional a cambio de la aceptación plena de los planes de Tuxtepec y Palo Blanco. Ignacio Ramírez sale de prisión.

Noviembre 28. 
Porfirio Díaz asume por vez primera el Poder Ejecutivo de la Nación, dando inicio al período de más de tres décadas signado por su nombre y su persona.

Noviembre 30. 
Comparando a Iglesias con Díaz, Guillermo Prieto sentencia: “de un lado, la majestad del derecho; del otro, el hecho brutal de la fuerza”.

Diciembre 6. 
José Martí publica en El Federalista una honra fúnebre en honor a Manuel Acuña, fallecido en 1873. El texto inicia diciendo: “¡Lo hubiera querido yo tanto, si hubiese él vivido! Yo le habría explicado qué diferencia hay entre las miserias imbéciles y las tristezas grandiosas…”.

Diciembre 16. 
José Martí publica en El Federalista un artículo titulado “Extranjero”, donde se despide de México y expresa su rechazo al triunfo de Díaz: “Por eso me sentí como herido en el pecho, la tarde en que a la luz opaca del crepúsculo, porque el sol mismo le negaba sus luces, leí aquel decreto inviolable en que un hombre se declara, por su exclusiva voluntad, señor de hombres”.

Diciembre 22. 
Manuel Gutiérrez Nájera cumple diecisiete años.


*Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 7 de agosto de 2026.

Disponible también en:

Jueves HD 

lavozdemichoacan.com 



 


 

domingo, 29 de marzo de 2026

La expedición subjuntiva.

 

La Expedición Subjuntiva agrupaba sus primeros efectivos visibles, los básicos, los esenciales, en cuatro departamentos del edificio de la Ciudad de México donde viví entre los cinco y los diez años. Todos eran argentinos. Un matrimonio con hijos. Un matrimonio sin hijos, pero con gato. Dos hombres que vivían cada uno solo, pero cuyas novias mexicanas solían acompañarlos a menudo y pernoctar con ellos, dibujando ante mis ojos un enigmático, sugerente, hasta entonces desconocido universo de alternativas de emparejamiento y de vida.

Todos me parecían tremendamente jóvenes. Lo cual para un niño significa antes que nada plenitud a futuro, mágica consistencia por venir. “Cuando yo sea joven” acostumbrábamos iniciar entre primos y amigos, con inconsciente subjuntivo, el infinito catálogo de nuestros ensueños más descabellados y entrañables.

Cuando yo fuera joven tendría un departamento pequeño y acogedor que oliese a madera, como los suyos. Escucharía música ajena a todas las estaciones de radio conocidas, donde el júbilo a flor de piel se mezclaría hasta confundirse con la tristeza más inexplicable y más honda vista jamás sobre la tierra. Adornaría las paredes con extraños cuadros y fotografías en blanco y negro. Cenaría pasta con tuco y abandonaría las tortillas por las barras de pan oscuro. Leería libros, tocaría la guitarra, pasaría horas aferrado a una taza de café frente a mi tesis.

Todos me parecían también tremendamente hermosos. Cuando yo fuera hermoso me habituaría a enamorarme de mujeres de cabello largo y piel morena, a las que no llamaría novias o esposas sino compañeras. Saludaría a todos mis amigos —barbones o lampiños, petizos o espigados— de un beso en la mejilla, desafiante frente al mexicanísimo y machista qué dirán. No tendría miedo de llorar cada vez que hiciera falta. Pronunciaría palabrotas que jamás sonarían vulgares, y en cambio me dejarían en la boca un peculiar regusto a dignidad. Y decirles “viejos” a mis padres atesoraría íntegro el misterio de respeto y ternura que tan torpe y fallidamente procuraban inculcarme los catecismos y la escuela.

De forma gradual fui enterándome de que aquellos cuatro departamentos del edificio donde vivíamos, constituían para la Expedición Subjuntiva apenas un puesto de avanzada. Por aquí y por allá, en numerosos rincones de esa ciudad que apenas empezaba a intuir, no sólo argentinos como los que yo conocía, sino también uruguayos y chilenos, arrojados en reflujo de espuma por una oleada de horror y de ignominia, se reinventaban patria a cientos de kilómetros de sus sitios de origen. Y al hacerlo contribuían secreta y decisivamente a nuestra propia reinvención.

Una privilegiada prenda para precisar la naturaleza subjuntiva de aquella expedición, solía sobrevenir con inagendable puntualidad ritual durante las guitarreadas. Atestado hasta empañar las ventanas alguno de los cuatro departamentos por voces, risas, empanadas y vasos de vino tinto, iban y venían de pared a pared canciones que aprendías a entender sin entender nunca del todo, como conviene por naturaleza a las canciones (“yo no canto por vos, te canta la samba”). Y en un momento dado la exaltación daba en remansarse para que aquella íntima multitud entonara, tal si estuviera más bien callándolos, ciertos versos de María Elena Walsh:

 

Porque me duele si me quedo

pero me muero si me voy.

Por todo, y a pesar de todo,

mi amor,

yo quiero vivir en vos.

 

Pero me muero si me voy. ¿Acaso no estaban vivos? ¿Acaso no eran el testimonio más completo y más puntual de cuanto cabía presentir como la vida? Sin embargo se habían ido, y le cantaban desde lejos al dolor insoportable de quedarse.

Tal vez no se habían ido jamás, y por eso podías sentir tierra propia esos espacios, esos instantes, esos hallazgos y esa amistad que te ofrecían al paso como si nada, como quien sólo está viviendo. O tal vez en cierto sentido estaban muertos o muriéndose mientras tú los mirabas como sólo viviendo; y de ahí provenía ese nítido aunque rara vez enunciado sustrato de tristeza, que a la vez parecía imantarlos desde debajo de donde pisaban, y suspenderlos por encima de donde parecían no pisar mientras andaban. Y entre esa imantación terrestre y esa suspensión aérea, el subjuntivo, sin que tú lo supieras, estaba transparentando para ti todas sus inaprensibles potestades, esa indefinición medio fatal a la que parecen convenirle sobre todo el si condicional, el aunque, el ojalá y el quizás. Aunque me duela. Si me quedara. Quizá muera. Si me fuese.

El modo verbal subjuntivo tiende al franco desdibujo de las fronteras entre presente, pretérito y porvenir. Las frases con que los manuales de gramática procuran caracterizarlo no pueden resultar al respecto más ilustrativas. Extraigo algunas del correspondiente capítulo en mi Larousse de la conjugación: “el carácter de irrealidad que encierra este modo”, “todos los tiempos del subjuntivo son relativos”, “las relaciones de anterioridad, coexistencia y posteridad se revelan harto aleatorias”.

Por su parte, Juan Luis Fuentes de la Corte, Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Santo Tomás en Roma, dice a propósito de los tiempos del subjuntivo en su Gramática Moderna de la lengua española: “el presente de subjuntivo se refiere indistintamente a un presente o a un futuro, pero nunca a un pasado”, “el imperfecto tiene una referencia temporal más amplia ya que puede indicar presente, futuro y pretérito”, “el pretérito perfecto indica una acción de pasado o futuro en la que se siente instalado el hablante”. Uno se queda dudando si el Santo Tomás que ampara a la Universidad donde se doctoró don Juan Luis será el sabio dominico que en el siglo XIII desempolvó a Aristóteles para enfrentar el platonismo dominante, o aquel bíblico apóstol del hasta no ver no creer; tomasiana confusión que la Maga, esa santa patrona de todo trasterrado y todo subjuntivo, a su turno cultiva en algún punto de Rayuela de Julio Cortázar.

Pero quedémonos con la última aseveración del Doctor Fuentes: el pretérito perfecto de subjuntivo indica una acción pasada o futura en la que se siente instalado el hablante.

Lo confiaran o no sus variopintos miembros bajo otras circunstancias, cuando la Expedición Subjuntiva  procedía a entonar las estrofas de María Elena Walsh (“porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos”) resultaba claro que lo hacían equitativamente arrebujados en el pretérito previo a su partida y en el porvenir posterior a su regreso, por más que mientras cantaban ambas instancias se blindaran hermético imposible: irrecuperable pérdida lo primero, inalcanzable esperanza lo segundo.  

Acaso el subjuntivo no sea en el fondo sino la modalidad más fiel y más implacable del exilio. No un exilio personal y anecdótico, remitido a esta o aquella específica circunstancia. Un exilio radical del Tiempo, donde comparten la misma parsimoniosa claustrofobia el deseo y la memoria, pero donde no puede sino terminar imponiéndose el terco sin remedio de seguir viviendo. ¿Y cómo vivir entonces, sino desde la dignidad compartida que un día —ayer, mañana, hoy— nos enseña el sentido de desear, ser y no olvidar?

Canción para la tierra de uno  se llamaba. Y ellos la cantaban desde muy lejos, sintiendo sin embargo florecida quemadura presente esa tierra suya. Puesto que María Elena Walsh, almirante mayor de todos los misterios subjuntivos, perteneció a esa misma generosa estirpe, y participó de esa misma esperanzada edad sin esperanza, no la tituló “canción para Argentina” o “canción para mi tierra”. Canción para la tierra de uno. Es decir, canción que se ofrece fraterna para que cualquiera pueda cantarle cuando venga en falta a su respectiva tierra (“por tus antiguas rebeldías y por la edad de tu dolor”).

Han pasado muchísimos años desde entonces. Pero hoy que, aunque habitándola, con frecuencia suelo sentir a punta de oprobio, horror, rapiña y desvergüenza alejarse mi tierra hasta siderales lejanías de no retorno, atenazada mi garganta con el peso de la misma orfandad que  entreví por vez primera en los ojos de mis antiguos vecinos de edificio, me da por susurrar bajito aquellos versos cada vez más a menudo. Incorporado por pleno derecho de interior exilio a idéntico compromiso de dignidad, idéntico desafío de habitabilidad, idéntica demanda de solidario encuentro en la intemperie.

Ajeno a su juventud y su hermosura, ya he devenido sin embargo —tal como lo soñé, más la tristeza— tripulante de su misma subjuntiva expedición.


Imagen de María Elena Walsh: Fotografía de Sara Facio.

jueves, 31 de julio de 2025

Génesis.





No bien probaron el fruto prohibido, Eva y Adán contemplaron sus cuerpos como si fuera la primera vez. En ese mismo instante, nacieron el bolero y el danzón.

Supieron del prodigio. Y al saberlo, comprendieron al fin el precio y el oprobio de la pérdida, que hasta ese día cumplido les había resultado indiferente. No había sido que antes no murieran, era que daba igual morir o no.

Pudo más el prodigio que el oprobio, pudo más el hallazgo que la pérdida. Decidieron vestirse, cubrir sus desnudeces. No por pena o por culpa, sino por regalarse hasta el fin de los tiempos la opción de desnudarse, la opción de repetir letra por letra la misma tentación bajo otros árboles, la mutua mordedura en otros frutos, la infinita caída en sus dos cuerpos.

Trazaron nuevos planes. Los primeros, los nuestros, los de toda la vida: trabajar, tener hijos, hacerse responsables de sí mismos, defender el derecho de buscar, defender el derecho a estar perdidos, no volver a vivir de prestado y a ciegas.

“En el principio fue la dignidad” iban cantando, muertos de la risa, a la hora de marcharse.

Los dueños del jardín lo encontraron vacío y con la reja abierta. Prestigio y amor propio por delante, escribieron la historia a su manera: el gerente que expulsa, el pecado, la culpa, la vida como eterna penitencia.


Imagen: Eva y Adán (1999). Acrílico de Bárbara Cortazar.