domingo, 23 de febrero de 2020

Todas las mañanas del mundo.

Imagen: Dibujo de Bárbara Cortazar, Sin Título (2017)
Sentado a la mesa del café, me da de pronto por sentir que esta mañana no es sólo esta mañana. Que esta mañana admite desde cierta luz mirarse como todas las mañanas del mundo en una sola, súbita y al mismo tiempo sosegada fulguración. Todas las mañanas del mundo se concentran aquí, en esta mañana cualquiera. En la taza de café y el vaso de agua algo ya más que mediados. En la resolana que acaricia las columnas de los portales. En los vehículos de la fuerza pública alineados al otro lado de la calle. En los árboles del atrio de Catedral cuyos troncos debo mirar a través del enrejado, pero cuyas copas, cuyas hojas y cuyas más altas ramas, se engríen libres de todo obstáculo a la vista en pos de la ni siquiera tibia luz del sol, y del blanquecino borrón de nubes que a esta hora es el cielo. Todas las mañanas del mundo en la brisita fría de finales de enero. En las catedralicias campanadas que han comenzado a repicar. En la omnipotencia fácil y sin embargo perennemente irresistible de la cantera hacia donde quiera que gires la mirada. Todas las mañanas del mundo concentradas sin grandilocuencias, aspavientos ni concesiones, en este pedazo de día. En este minúsculo jirón de tiempo. En este diálogo de sordos enmudecidos por el asombro. En este diálogo de sordos que celebran no ser ciegos. En este no cansarse de mirar y este no cansarse de ser mirada, establecido entre los ojos de un tipo que es también cualquiera, y una ciudad con la suficiente magnanimidad y la suficiente alevosía para no escatimarle el derecho, el abuso o el desatino, de nombrarla suya.
Todas las mañanas del mundo en la cadencia del andar de cada mujer que pasa, y en la licencia impune de desearlas a todas, una a una, con desfachatada obscenidad caníbal. Reencuentro en el silencioso, puntual, reiterado cumplimiento de esa afrenta, la limpidez algo rústica del niño que alguna vez le rezó a su ángel de la guarda como pacto y augurio para sortear con buena estrella la noche por venir. Codicio desde la misma lúbrica quietud de los otros parroquianos aquella sólida y sin embargo etérea parábola alejándose, y sé que desearla es desearle también el mejor de los días, la mejor de las rutas, el mejor de los tránsitos, los mejores naufragios.
Mujer que con tu paso das eje a la ciudad y a la mañana, y al hacerlo devuelves del modo más pueril y elemental a este que escribe la conciencia de su propio eje. Que el fulgor de tu ritmo te proteja del frío y la dentellada, y nos resguarde así a todos los demás la gracia de la prórroga, la opción del día siguiente ante el café recién servido y caliente todavía. Que lo correcto y lo incorrecto que quepa deslindarle a la fugaz codicia con que tu paso incandesce la mañana, retorne las veces que resulte necesario para desnudar intacta la devoción de cuantos feligreses te contemplamos sin movernos de nuestro sitio, apretando apenas los labios, enarcando las cejas, desmesurando los ojos mediante el torpe disimulo de entornarlos. Que a través de tu carnalidad, cotidianamente renovada como indisputable medida del paisaje, la mañana de mañana pueda otra vez reconocerse y enunciarse como sinónimo de todas las mañanas el mundo. Y que en el principio mismo del tiempo y del espacio, antes de verbos y de dioses, se escuche como enunciada por la brisa aquella versificada consagración litúrgica de Luis García Montero para cuantas estás ahora mismo siendo en todos los rincones del planeta, bajo la bendición de tus devotos infinitos: “Que tengas un buen día, / que la suerte te busque / en tu casa pequeña y ordenada, / que la vida te trate dignamente”.
Pero esta mañana no es sólo la página que escribo desde la mesa del café, ni cuanto alcanzo a desear y a contemplar desde mi sitio. Esta mañana es también un espesar de oprobios que no están a la vista de momento, pero ante los que basta afinar un poco la atención y la memoria para recordarlos acechantes y omnipotentes en derredor, debajo, por encima. Y si esta mañana puede ser y es de hecho todas las mañanas del mundo, hay que enlistarle y añadirle el sucesivo espesar de oprobios que ha acompañado cada salida del sol ante esta misma mesa de café, o en este pedacito de ciudad cuando no había aún en los portales mesa de café. O en este pedacito de universo cuando aquí no había ni portal, ni ciudad, y el mundo contaba ya sin embargo como mundo, y el oprobio contaba como oprobio, y las personas ensimismaban y entretejían infinitamente sus respectivas dosis de vileza y virtud.
¿Era menos malo el mundo en el pasado? ¿Era menos mala la gente?
Mirábamos cierta noche por televisión un documental a propósito de los usos y costumbres de entretenimiento en el Coliseo romano; uno de esos documentales convencidos de que los programas educativos sólo tienen futuro asimilados a la narrativa de las películas de acción y a la estética de la nota roja. Y mirando en pantalla las subjetivas recreaciones contemporáneas de pretéritas escenas de violencia, y escuchando los atroces datos brindados cada tanto como aderezo por el comentarista (bajo la más doctoral y pedagógica de las entonaciones), me pareció advertir con claridad no sólo las vigentes líneas de continuidad de esa  barbarie antigua, sino la franca filiación entre los remotos sanguinarios de obra y sus actuales presentadores de palabra a cuadro. El nivel de refinamiento para la vejación va adquiriendo con cada nuevo giro de la Historia lógicos matices de adecuación espacio-temporal y tecnológica. Pero a final de cuentas, más allá de dichos matices, consiente mirarse como un único ademán, como un único gesto.
Todas las mañanas del mundo ha habido sitios y caras a los que la resolana no llegaba, o llegaba como la broma brutal de algún sádico dios, regocijado en poner un poco de luz inútil sobre el padecimiento del horror. Y no hablo sólo ni pienso de modo primordial en las celdas de los torturadores. Pienso sobre todo en quienes han construido atalayas de prístina limpidez sobre los huesos y las almas machacados de sus semejantes, excusando siempre la cochambre como exageración, como difamación, como mentira, como saldo de otros.
Vivo en un mundo injusto. Vivo en un mundo que ha convertido al lucro en la medida del sentido, la dignidad, la convivencia y la supervivencia, anulando toda distinción entre candidez y cinismo. El miedo a no tener como motor y condición de nuestro ser con los otros. El miedo a no tener, ejercido como ofensiva y vertical histeria sobre todo por aquellos que no han reparado en medios ni en escrúpulos para tenerlo todo. El miedo a no tener, prolongado escalón tras escalón hacia abajo, hasta el último peldaño, hasta cada resquicio donde quede medio centímetro cúbico de aire por disputarle al prójimo.
Y no sé cómo contar eso para volverlo transparente y compartible a los ojos de quien por azar llegue hasta aquí y lea la fábula. No sé de pronto si vale la pena traducir a verso la zozobra; no sé qué verso en todo caso darle. Palabras como dignidad y esperanza suenan huecas y ridículas apenas enunciadas, y yo me pregunto quién a traición me puso los oídos de mi tiempo en el hueco de la oreja. Quién a contramano me inocula de súbito la dominante inercia de cinismo y desencanto. Quién consigue ir convenciéndonos poco a poquito de que el peor pecado del mundo es hacer el ridículo, y de que la medida del ridículo consiste en el afán de seguir alimentando la fe desde el entendimiento.
Vuelvo los ojos hacia mi padre Esquilo. Y me abrazo a sus ropas. Y dejo que me pase por el escaso y ya entrecano entramado de los cabellos su mano solidaria. Su mano fraternal. Su mano respetuosa. Su mano implacable. Su mano situada en el reverso cósmico de toda compasión. La misma mano que escribió de los buitres que se cebaban en las entrañas de Prometeo, la gemela furia de Electra y Clitemnestra, los aterrados llantos de mujer por las calles de Tebas en vísperas del ataque contra sus siete puertas. La misma mano que en los días de su pueblo triunfador fue capaz de estrechar como propio el dolor de los persas vencidos.
La mano de Esquilo. Que es mi padre, sí, pero es también mi hermano. Que no me miente consuelos, ni me excusa obligación de claridades, ni me escatima derecho la mañana, ni me llora, ni pide que le llore. La mano de Esquilo. Como tantas otras veces, lo mismo que a tantos otros desde hace tantas mañanas (mañanas que parecían, y eran cada una, todas las mañanas del mundo), me levanta, me palmea el hombro, estrecha la mía. Insinúa apenas un empujón con la punta de los dedos en mi espalda. Y me manda de regreso a la vida: a mis ojos, a mi mesa de café y a mi resolana tibia. A mí ración de deseo, duda, zozobra y osadía.
De regreso a mi mano que aquí escribe. Sabiendo, aceptando y celebrando el entendimiento de que éste no será tampoco, aun cuando así lo parezca, el punto final.

domingo, 16 de febrero de 2020

Marinas.


Cada atisbo de frase que acude a tu cabeza cuando quieres ponerte a hablar del mar sabe a banalidad, a reiteración estúpida, a saturadísimo lugar común. Y sin embargo el mar, con esa indiferente capacidad de seducción que lo caracteriza, impone más allá de toda resistencia posible que uno se suelte a palabrear sin remedio, recurriendo a los más diversos acentos: desde la salmodia hasta la vociferación, desde la xilofónica cantinela infantil hasta el marmóreo arrebato épico.
Resulta llamativo que algo o Alguien tan recurrentemente asimilado al silencio (sea por física desmesura, metafísica impenetrabilidad o cósmico desborde) estimule de inmediato, incontenible, a la enternecedora y patosa perorata humana. Y no, no considero que sea menester presentar disculpas por el hecho de que entre los orfebres de dicha perorata se hallen un Lautréamont, un Perse o un Homero. Porque lejos estoy de empuñar la caracterización empleada con intenciones denigratorias o con pereza nihilista. Mediante el término “perorata” me permito en primerísimo lugar honrar nuestro más privilegiado margen de dignidad y de belleza, desde la complicidad jubilosa de quien se distingue apenas uno entre los miles de millones alguna vez apabullados por el mar. Si patosos peroramos es porque, comparadas con la elocuencia indescifrable y monumental de cualquier espectáculo marino, nuestras palabras no pueden sino antojarse balbuceos; incluso aunque se trate de las palabras más elocuentes y monumentales que la voz humana haya sido capaz de proferir (la cólera de Aquiles canta, diosa, / sobre el fondo del mar color de vino).
El renovado turista que asume haber comprendido ya el ritmo y el plazo de las olas para sortearlas sin vergonzosos revolcones  (siempre cerca de la playa, por más avezado nadador que se considere y por más intrusiones al mar abierto de que se jacte) acaba tarde o temprano zarandeado patas arriba, con la boca colmada de espuma. Del mismo modo, cada afán literario de homenaje, indagación o vilipendio, debe rendirse ante la evidencia de que nada ni nadie cuenta, interroga o maldice al mar con la hermosura sagrada que él por sí solo despliega hasta en el más humilde de sus embates. Ese embate, por ejemplo, que ahora mismo, mientras la claridad de la tarde da en extinguirse ya sin camino de vuelta ante mis ojos, alboroza allá abajo a los últimos bañistas del día. Sus voces llegan hasta mí tal si se tratara antes bien de gaviotas, albatros, o acaso inclusive difusos ecos provocados por el propio oleaje.
El mar nos mesura e iguala pues a todos dentro de la tribu humana, por vía de democrático apabullamiento. Buena parte de nosotros somos extranjeros de tierra adentro, que por época, condición y destino sólo aspiramos al contacto con su divina inmensidad durante mansas excepciones de recreo; visitantes ocasionales que, aun sublevándonos airados al calificativo de turistas, no podemos sino asumirnos circunscritos a éste durante nuestras breves escalas playeras. Abundan quienes suponen con imbécil petulancia que las tarjetas de crédito otorgan derecho de propiedad sobre los paisajes y sus artífices, sean estos naturales o humanos; pero si conservamos mínimo sentido de la decencia y del ridículo, resulta inevitable que experimentemos una sensación liliputiense cada vez que, frente al eterno alzarse y romperse de las olas, se nos vienen a la cabeza los capitanes de Conrad, los piratas de Salgari y de Stevenson, los marineros de Melville.
Sobrepongámonos no obstante a ese balde de agua fría bañando nuestro amor propio. Una serena meditación a propósito de aquellos heroicos, limítrofes y ejemplares destinos, basta para reparar en que los seres de tormenta, ensueño y altamar que los acometieron se hallan infinitamente más cerca de nosotros que del corazón del enigma marítimo; enigma a través suyo asediado de maneras tan prodigiosas e inolvidables, como a final de cuentas infructuosas. Al término de cada una de tales travesías, la cifra del misterio oceánico prevalece igual de intocada e insondable que al principio, sea que nuestros ojos madurados y (ellos sí) ya jamás iguales, abracen la imbatible distancia redescubierta con risueño júbilo, con serena aceptación o con horrorizado estupor.
Y por su parte el mar no consagra a la tripulación —pongamos por ejemplo del Pecquod en Moby Dick— aspavientos ni furias mayores a las que cada niño, incauto y temeroso ante su primera experiencia marina, siente abatirse sobre sí; los pies todavía firmemente apoyados en la arena, y el nivel del agua a una altura que si consiguiera erguirse no alcanzaría a mediarle el pecho. Pero el caso está justo en que de pronto ese niño no logra erguirse, por mucho que lo intente. Un estruendo de infinito le embota hasta la sordera los oídos, y una memoria de honduras cuyo insuficiente símil más a mano es el vientre materno le acompaña la súbita sospecha de que no podrá salir, la irracional urgencia de recobrar a bocanadas el extraviado hilo del aire.
El niño regresa trastabillando, sin que el cristalino reverberar de la ola ya rota que viene, ni la espumeante resaca que va, consiga elevarse más allá de sus tobillos. Los adultos ríen desde la más pasiva de las serenidades, y el resto de los niños, si no es que partícipes a pie juntillas de su mismo drama, le dedican burlonas puyas que por alguna extraña razón resultan indoloras.
Lo cierto es que a su manera, como en semilla, él trae ya entre los dedos y bajo la lengua la misma inquietud y la misma sabiduría del único sobreviviente del Pecquod; ese que, no bien abierta la primera página del libro, te sale abrupto al paso para solicitar “llámame Ismael”. Y tú no requieres explicación en ninguno de ambos casos para entender a quién tienes delante: a uno que viene de atisbar el reflejo del rostro de Dios… y que regresó para contártelo.

(para Milo, amor de mi sangre abierta)

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Desde debajo del silencio

Escena de la película Vergüenza (Skammen, 1968) de Ingmar Bergman.
No. No nos tocará ser los profetas que clamen la buena nueva revelada, cualquiera que esta sea, en medio de la plaza a voz en cuello, delante de multitudes ávidas. No nos tocará fungir, tal lo soñaba Shelley, como legisladores del mundo, ocupando ningún privilegiado escaño en la Cámara Baja de la Alta Fantasía. No gozaremos siquiera los privilegios de la estirpe Baudelaire, escandalizando con nuestro aspecto a la vía pública. Seremos invisibles. Aunque no siempre. A veces nos verán, y vendrán enfurecidos por nosotros, para silenciar nuestro silencio, para devolver al omnipotente olvido en cuanto les sea posible el frugal pedacito de memoria que hasta ahí hayamos sido capaces de guardar, abrigar y mantener vivo bajo nuestros cuidados. Escena de la película Vergüenza (Skammen, 1968) de Ingmar Bergman.
Disculpen ustedes si sueno resignado. No lo estoy. Desesperado tampoco. Sólo trato de preservarle, con la mayor lucidez posible, genuino espacio de resguardo a la llama de mi rebeldía. Entiendo perfectamente la tentación que experimentamos todos de sumarnos al coro de las vociferaciones. Tentación que en los días venideros será cada vez más grande. Tanta vociferación de sinsentidos en torno de nosotros, tiende a hacernos experimentar cada vez más a menudo la impresión de que sólo vociferando con la misma intensidad podremos hacernos oír, podremos abrirle aunque sea mínimo margen a la porción de aquello que alcanzamos a intuir como verdad. Y suele suceder que, llevados por ese ímpetu, esa desesperación y esa urgencia, cuanto consigamos sea engrosar serviles el mismo estruendo que nos indigna y aterra, olvidando que la verdad, la dignidad y la virtud, cuando en efecto continúan siéndolo y permiten atisbos para la legítima habitabilidad, jamás vociferan.
Propongo pues como medida práctica, y como precautoria prenda de civismo, desconfiar de toda vociferación, sin importar que los específicos contenidos del vociferador en turno resulten de nuestra personal simpatía.
No será fácil. El espontáneo impulso ahí donde todos gritan, consiste en soltarse gritando uno mismo también. Afanarte por elevar la voz dos decibeles encima de los otros, suponiendo que es así como se hará escuchar lo que tienes que decir, lo que te urge denunciar, lo que te apremia reivindicar sin margen para prórrogas. Pero, puesto que ahí donde todos gritan nadie se muestra de suyo dispuesto a oír; puesto que cada cual se asume en idéntico derecho de reivindicación y de denuncia de acuerdo a sus respectivas convicciones, filias, fobias e intereses; puesto que la única unánime coincidencia dentro de semejante territorio consiste en superponer a como dé lugar tu voz a la del prójimo, la alternativa de hacer valer (hacer sonar) determinado punto de vista queda circunscrita a la mayor o menor capacidad de imponerlo mediante la violencia. Más eficiente dicha violencia cuanto más capaz e inescrupulosa se muestre para administrar, con alevoso cálculo, la reinante atmósfera de riña.
Fascismo, sí. Pero no nos llamemos a engaños. No nos rasguemos las vestiduras gritando a los cuatro vientos nuestro cándido azoro por la atroz evidencia de tenerlo otra vez delante con perfecta salud. En realidad no se fue jamás. Y tampoco es que se haya tomado demasiados cuidados con el disimulo. La única razón por la cual pudimos dejar de verlo, es porque preferimos dejar de verlo. Nada más en este continente, los testimonios de hasta qué punto criminales de guerra nazis fueron huéspedes de honor y asesores de élite para significativa parte de las dictaduras militares patrocinadas por Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo pasado, es nota del dominio público. Y aunque sin tanta publicidad, jamás fue lo que se dice un secreto la manera en que alguna importante figura de las finanzas hitlerianas, en razón de sus talentos y con impune olvido de sus deudas, pasó a engrosar las filas de reputadas instituciones financieras dentro del bando aliado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, no se trata tampoco de contentarnos con el a fin de cuentas previsible y parcialísimo censo de unos cuantos nombres propios de primer plano. Tal se convirtió justo en uno de los síntomas característicos de la amnesia general. Acabamos casi todos creyéndonos, con cada vez más insustancial seguridad conforme los lustros transcurrían, que aquello había sido consecuencia de la aparición simultánea de un puñado de individualidades oprobiosas e irrepetibles. La barbarie, la sinrazón, la devastación y el genocidio ejercidos a una escala sin precedentes, por obra exclusiva pues de personajes tan perfectamente ubicables como bien muertos y sepultados, sin boleto de vuelta sobre el escenario de la Historia. El talante a veces sobrehumano y a veces infrahumano con que nos habituamos por norma casi unánime a recordarlos, escarnecerlos, exhibirlos y ridiculizarlos, consiguió desdibujarnos hasta qué punto ellos y sus monstruosas multitudes de prosélitos habían sido no menos y no más que seres humanos, por tanto inquietantemente parecidos en su configuración a nosotros mismos. Y nos volvió imprecisas en extremo, tal si se tratara de extraterrestres cada vez más improbables, a las millones de personas enfervorizadas por aquellos incendiarios discursos, aquellos extraviados remedos de teorización (metafísica, antropológica y biológica) apoyados en la nada, aquella brutalidad pendenciera identificada como virtuosa sinceridad, como meritorio dejar de andarse por las ramas (rasgo celebrado hoy por todos los propios y por no pocos extraños en el caso de Donald Trump).
Omitimos de plano, como prenda del más elemental sentido común, la obvia evidencia de que los muchachos falangistas que rodean a Miguel de Unamuno a su salida de la Universidad de Salamanca en la fotografía de aquel 12 de octubre de 1936, cuando el militar franquista Millán Astray lo increpó durante su intervención como rector al son de “¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!”, admiten plenas semejanzas fisonómicas con buena parte de nuestros vecinos de todos los días. Perdimos de vista que todas esas gentes, parecidas a hormigas en el blanco y negro de los documentales, fuera con el brazo en alto, fuera aplaudiendo entusiastas un discurso del führer, fuera aplaudiendo festivas al paso de un desfile encabezado por el salvatore della Patria, no se habían quedado ahí para pasto de nuestra lástima, nuestro rencor, nuestras burlas, nuestro automático encogimiento de hombros ante “lo que ya pasó”, sino como sostenida, imperecedera demanda para nuestra capacidad de comprensión: exigiéndonos ejercer, responsables, el por supuesto nada grato ejercicio de ponernos en su lugar y tratar de descifrar por qué habían hecho lo que habían hecho, por qué habían pensado lo que habían pensado, por qué habían sentido lo que habían sentido. Hoy podemos seguir experimentando sin duda accesos de lástima, rencor, risa o estética indiferencia al enterarnos de que, por las calles de Brasil, hubo partidarios de Bolsonaro que corearon su triunfo gritando “¡viva, regresó la dictadura!”; pero seamos sinceros, la verdad es que nos provoca sobre todo miedo. El mismo miedo que provocaba vivir hace cuarenta años en casi cualquier capital sudamericana, y escuchar que alguien llamaba a tu puerta a deshoras. El mismo miedo que redescubres cada vez que vuelves a leer El diario de Ana Frank.
No. No es hora de ponernos a ver de nueva cuenta Casablanca, por mucho que la amemos. No es tiempo de sentirnos confortados por la dulce ilusión de que siempre podremos cantarle a los alemanes “La Marsellesa” en las narices, sin importar que luego nos clausuren el bar. Es tiempo de otro tipo de recordatorios, otro tipo de memorias, otro tipo de incómodas dignidades. Tiempo de volver a ver Mephisto de István Szabó, Vergüenza de Ingmar Bergman, y reír hasta las más secas lágrimas de amargura con las recreaciones de la Italia fascista en manos de Federico Fellini. Tiempo de desempolvar a Wilhelm Reich y Albert Camus aunque no sean estrellas de la hermenéutica post-deconstructivista (o tal vez justo por ello). Tiempo de recordar que la poesía de García Lorca es inmortal, pero que a Federico lo mataron; y no como suele lamentar la historiografía literaria, “aunque no le hacía daño a nadie”, sino precisamente porque no le hacía daño a nadie.
Tiempos de volver a ver El ángel exterminador de Luis Buñuel, y recordar todo el tiempo las versiones que señalan como motivo de inspiración para la cinta el óleo de Géricault Le Radeau de la Méduse, donde a su vez se evoca la tragedia de un centenar y medio de náufragos franceses, a la deriva en una balsa durante semanas, procurando preservar en principio mínimas normas de cordialidad y de decencia, y al final aniquilándose y devorándose unos a otros; y prestar atención ante todo, como útil admonición y preventiva alerta, a ese momento donde Blanca (Patricia de Morelos), increpa desolada: “todos, hasta los mejores empiezan a perder la cabeza”.
Tiempos de volver a El rinoceronte de Ionesco y a la poesía de Paul Celan.
Y tiempo también de volver a leer Los errores de José Revueltas, aun cuando en principio parezca que estamos aquí hablando de otra cosa. Entre los múltiples factores que concurrieron para su enfermizo brote, el fascismo surgió a su turno por un lado como brutal respuesta extrema de las oligarquías capitalistas contra el socialismo, en generalizada efervescencia por casi toda Europa tras el triunfo de la revolución bolchevique; por otro, como válvula de escape para el hartazgo, el extravío y la desesperación masivos que estaba provocando la quiebra del modelo hegemónico, emblematizada por el crac bursátil de 1929. El ideal socialista quedó situado entonces ante el fascismo como la intuición de un modelo alternativo viable, a través del cual las aspiraciones de justicia, libertad, igualdad y dignidad pudieran trascender el estatus de irrealizables ilusiones, para materializarse en tendencias, fuerzas, estrategias y actores históricos concretos. El silencio que como comunista, como escritor y como hombre impugna Revueltas en su novela, es el de todos aquellos que supieron, consintieron, disimularon y callaron que el socialismo hubiese devenido, en múltiples y fundamentales aspectos, reflejo literal de su otrora némesis fascista.
…cuando los comunistas callan —callamos— ante la injusticia propia, ante los crímenes sacerdotales de los que han hecho del partido una Iglesia y una Inquisición, cuando guardamos silencio precisamente en este tiempo que es el que menos lo merece entre cualesquiera otros tiempos de la historia, no es nadie sobre la superficie de la tierra, sino el hombre, quien junto a nosotros también ha enmudecido.
Hoy la tragedia no consiste en que el socialismo no se encuentre ya ahí como opción alternativa organizada y viable frente al frontal resurgimiento de la oleada fascista. Hoy la tragedia consiste en que, frente a un orden planetario que ha impuesto el interés privado como ineludible medida de la razón ciudadana y del espacio público, y para el cual dicha oleada fascista no constituye ningún indeseable e imprevisto agente externo, sino un síntoma propio, previsible (y en más de un caso una estrategia intencionadamente planificada), la inmensa mayoría de los seres humanos que habitan el planeta no contemplan concebible ninguna otra alternativa, ningún otro camino. El enfrentamiento entre proteccionismo neofeudal y libre mercado neoliberal, aun cuando promocionalmente se plantee como una virtuosa contienda entre la democracia y el populismo autoritario, no ha puesto jamás en entredicho dentro de ninguno de ambos bandos la preeminencia del interés privado, ni el discrecional derecho a garantizar la salvaguarda de su poder acumulado mediante los recursos que de acuerdo a cada caso se juzguen convenientes. Los costos del oprobioso silencio denunciado por Revueltas siguen y seguirán pagándose, para usar sus propias palabras, “quién sabe durante qué tiempo sin medida que nadie podrá pronosticar”, tanto en el terminal escepticismo como en la resignada aceptación (teñida a la vez de fatalismo religioso y obligatoriedad mecanicista) de que no se puede producir de otra manera, no se puede gobernar de otra manera, no se puede trabajar de otra manera, no se puede ser de otra manera.
El desastre ecológico, la brutal brecha de desigualdad engrosada día tras día, las crisis laboral y migrante que vienen convirtiendo a millones de seres humanos en población de desecho de la que nadie está obligado a hacerse responsable, debían por sí solos indicarnos hasta qué punto el modelo global entronizado tras la caída del muro de Berlín fracasó; pero también cuán poco dispuestos se hallan sus usufructuarios y artífices al menor sacrificio o a la menor pérdida, sin importar lo catastrófico que se anuncie el escenario resultante.
Más allá de las banderas, un sedimento común y más bien monocorde va enseñoreándose de dicho paisaje: la crispación como expresión automática del entendimiento, el linchamiento como único visible recurso para llevar a efecto cualquier modalidad (por reducida y simbólica que sea) de justicia colectiva. La vociferación y el griterío asimilados al más ensordecedor de los silencios.
No. No es hora de vociferar ni de gritar. Es hora de aprender a hablar desde debajo del silencio. Es hora de aprender a alimentar en secreto, como hicieron entonces nuestros maestros, la amenazada llama de la memoria. Un día —no importa que sea hasta que ya casi no quede piedra sobre piedra— las gentes van a cansarse de tanta vociferación y tanto grito, van a quedarse calladas, sin saber qué decir, pero al mismo tiempo necesitadas de palabras: sus propias palabras olvidadas, sus propias memorias extraviadas, su propio derecho a rescatar la voz como prenda de diálogo donde encontrar al otro, donde encontrarse en el otro. Y van a necesitarnos; no propiamente a nosotros, sino a aquel fragmento de canto que cada uno de nosotros haya sido capaz de conservar.
No. No nos toca ser espectaculares prometeos con nombre propio, trayendo el fuego desde el cielo. Nos toca ser los anónimos vagabundos del final de Farenheit 451 de Ray Bradbury, sobreviviendo más allá de la ciudad y resguardando en nuestro pecho el rastro de algún libro, propio o ajeno, capaz de articular mañana, allá muy lejos, cuando pase la noche, algo parecido a Canta oh musa, En el principio era el Verbo, Muchas noches he estado acostándome temprano, Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, ¿Encontraré a la Maga?, Había una vez…