La Expedición Subjuntiva
agrupaba sus primeros efectivos visibles, los básicos, los esenciales, en
cuatro departamentos del edificio de la Ciudad de México donde viví entre los cinco y los diez años. Todos eran argentinos. Un matrimonio con hijos. Un matrimonio sin
hijos, pero con gato. Dos hombres que vivían cada uno solo, pero cuyas novias
mexicanas solían acompañarlos a menudo y pernoctar con ellos, dibujando ante
mis ojos un enigmático, sugerente, hasta entonces desconocido universo de
alternativas de emparejamiento y de vida.
Todos me parecían tremendamente
jóvenes. Lo cual para un niño significa antes que nada plenitud a futuro,
mágica consistencia por venir. “Cuando yo sea joven” acostumbrábamos iniciar
entre primos y amigos, con inconsciente subjuntivo, el infinito catálogo de
nuestros ensueños más descabellados y entrañables.
Cuando yo fuera joven tendría
un departamento pequeño y acogedor que oliese a madera, como los suyos.
Escucharía música ajena a todas las estaciones de radio conocidas, donde el
júbilo a flor de piel se mezclaría hasta confundirse con la tristeza más
inexplicable y más honda vista jamás sobre la tierra. Adornaría las paredes con
extraños cuadros y fotografías en blanco y negro. Cenaría pasta con tuco y
abandonaría las tortillas por las barras de pan oscuro. Leería libros, tocaría
la guitarra, pasaría horas aferrado a una taza de café frente a mi tesis.
Todos me parecían también
tremendamente hermosos. Cuando yo fuera hermoso me habituaría a enamorarme de
mujeres de cabello largo y piel morena, a las que no llamaría novias o esposas
sino compañeras. Saludaría a todos mis amigos —barbones o lampiños, petizos o
espigados— de un beso en la mejilla, desafiante frente al mexicanísimo y
machista qué dirán. No tendría miedo de llorar cada vez que hiciera falta.
Pronunciaría palabrotas que jamás sonarían vulgares, y en cambio me dejarían en
la boca un peculiar regusto a dignidad. Y decirles “viejos” a mis padres
atesoraría íntegro el misterio de respeto y ternura que tan torpe y
fallidamente procuraban inculcarme los catecismos y la escuela.
De forma gradual fui
enterándome de que aquellos cuatro departamentos del edificio donde vivíamos,
constituían para la Expedición Subjuntiva apenas un puesto de avanzada. Por
aquí y por allá, en numerosos rincones de esa ciudad que apenas empezaba a intuir,
no sólo argentinos como los que yo conocía, sino también uruguayos y chilenos, arrojados en reflujo de espuma por una oleada de horror
y de ignominia, se reinventaban patria a cientos de kilómetros de sus sitios de
origen. Y al hacerlo contribuían secreta y decisivamente a nuestra propia reinvención.
Una privilegiada prenda para
precisar la naturaleza subjuntiva de aquella expedición, solía sobrevenir con
inagendable puntualidad ritual durante las guitarreadas. Atestado hasta empañar
las ventanas alguno de los cuatro departamentos por voces, risas, empanadas y
vasos de vino tinto, iban y venían de pared a pared canciones que aprendías a
entender sin entender nunca del todo, como conviene por naturaleza a las
canciones (“yo no canto por vos, te canta la samba”). Y en un momento dado la
exaltación daba en remansarse para que aquella íntima multitud entonara, tal si
estuviera más bien callándolos, ciertos versos de María Elena Walsh:
Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy.
Por todo, y a pesar de todo,
mi amor,
yo quiero vivir en vos.
Pero me muero si me voy. ¿Acaso
no estaban vivos? ¿Acaso no eran el testimonio más completo y más puntual de
cuanto cabía presentir como la vida? Sin embargo se habían ido, y le cantaban
desde lejos al dolor insoportable de quedarse.
Tal vez no se habían ido jamás,
y por eso podías sentir tierra propia esos espacios, esos instantes, esos
hallazgos y esa amistad que te ofrecían al paso como si nada, como quien sólo está
viviendo. O tal vez en cierto sentido estaban muertos o muriéndose mientras tú
los mirabas como sólo viviendo; y de ahí provenía ese nítido aunque rara vez
enunciado sustrato de tristeza, que a la vez parecía imantarlos desde debajo de
donde pisaban, y suspenderlos por encima de donde parecían no pisar mientras
andaban. Y entre esa imantación terrestre y esa suspensión aérea, el
subjuntivo, sin que tú lo supieras, estaba transparentando para ti todas sus
inaprensibles potestades, esa indefinición medio fatal a la que parecen
convenirle sobre todo el si condicional, el aunque, el ojalá y el quizás. Aunque
me duela. Si me quedara. Quizá muera. Si me fuese.
El modo verbal subjuntivo tiende
al franco desdibujo de las fronteras entre presente, pretérito y porvenir. Las
frases con que los manuales de gramática procuran caracterizarlo no pueden
resultar al respecto más ilustrativas. Extraigo algunas del correspondiente
capítulo en mi Larousse de la conjugación:
“el carácter de irrealidad que encierra este modo”, “todos los tiempos del
subjuntivo son relativos”, “las relaciones de anterioridad, coexistencia y
posteridad se revelan harto aleatorias”.
Por su parte, Juan Luis Fuentes
de la Corte, Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Santo Tomás en
Roma, dice a propósito de los tiempos del subjuntivo en su Gramática Moderna de la lengua española: “el presente de subjuntivo
se refiere indistintamente a un presente
o a un futuro, pero nunca a un
pasado”, “el imperfecto tiene una referencia temporal más amplia ya que puede
indicar presente, futuro y pretérito”, “el pretérito perfecto indica una acción de pasado o futuro en la que se siente instalado el hablante”. Uno se queda
dudando si el Santo Tomás que ampara a la Universidad donde se doctoró don Juan
Luis será el sabio dominico que en el siglo XIII desempolvó a Aristóteles para
enfrentar el platonismo dominante, o aquel bíblico apóstol del hasta no ver no
creer; tomasiana confusión que la Maga, esa santa patrona de todo trasterrado y
todo subjuntivo, a su turno cultiva en algún punto de Rayuela de Julio Cortázar.
Pero quedémonos con la última
aseveración del Doctor Fuentes: el pretérito perfecto de subjuntivo indica una
acción pasada o futura en la que se siente instalado el hablante.
Lo confiaran o no sus variopintos
miembros bajo otras circunstancias, cuando la Expedición Subjuntiva procedía a entonar las estrofas de María
Elena Walsh (“porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos”)
resultaba claro que lo hacían equitativamente arrebujados en el pretérito
previo a su partida y en el porvenir posterior a su regreso, por más que
mientras cantaban ambas instancias se blindaran hermético imposible:
irrecuperable pérdida lo primero, inalcanzable esperanza lo segundo.
Acaso el subjuntivo no sea en
el fondo sino la modalidad más fiel y más implacable del exilio. No un exilio
personal y anecdótico, remitido a esta o aquella específica circunstancia. Un
exilio radical del Tiempo, donde comparten la misma parsimoniosa claustrofobia
el deseo y la memoria, pero donde no puede sino terminar imponiéndose el terco
sin remedio de seguir viviendo. ¿Y cómo vivir entonces, sino desde la dignidad
compartida que un día —ayer, mañana, hoy— nos enseña el sentido de desear, ser
y no olvidar?
Canción
para la tierra de uno se
llamaba. Y ellos la cantaban desde muy lejos, sintiendo sin embargo florecida
quemadura presente esa tierra suya. Puesto que María Elena Walsh, almirante
mayor de todos los misterios subjuntivos, perteneció a esa misma generosa
estirpe, y participó de esa misma esperanzada edad sin esperanza, no la tituló
“canción para Argentina” o “canción para mi tierra”. Canción para la tierra de
uno. Es decir, canción que se ofrece fraterna para que cualquiera pueda
cantarle cuando venga en falta a su respectiva tierra (“por tus antiguas
rebeldías y por la edad de tu dolor”).
Han pasado muchísimos años desde entonces. Pero hoy que, aunque habitándola, con frecuencia suelo sentir —a punta de oprobio, horror, rapiña y desvergüenza— alejarse mi tierra hasta siderales lejanías de no retorno, atenazada mi garganta con el peso de la misma orfandad que entreví por vez primera en los ojos de mis antiguos vecinos de edificio, me da por susurrar bajito aquellos versos cada vez más a menudo. Incorporado por pleno derecho de interior exilio a idéntico compromiso de dignidad, idéntico desafío de habitabilidad, idéntica demanda de solidario encuentro en la intemperie.
Ajeno a su juventud y su
hermosura, ya he devenido sin embargo —tal como lo soñé, más la tristeza—
tripulante de su misma subjuntiva expedición.







