jueves, 20 de agosto de 2026

Escuela o época modernista.

 

Abriendo la introducción de su volumen antológico La construcción del modernismo, Belem Clark de Lara y Ana Laura Zavala Díaz apuntan: “…una de las cuestiones que sobresalen es la continua discusión acerca del significado y los límites de este término, que para la mayoría de los estudiosos refiere no sólo a una escuela literaria que apareció en tierras americanas en el último tercio del siglo XIX, sino también a una actitud, a un espíritu epocal…”.

Dicho aserto, emitido en el año 2001, resultaría igual de vigente emitido en 1930 o en 2020. Fuera del contexto hispanoamericano, el término modernismo puede ser empleado para aludir tanto a algunas específicas manifestaciones literarias de la Europa inmediatamente posterior al romanticismo, como a la estética art nouveau en las artes visuales, la arquitectura, la publicidad y el diseño, o a la totalidad de las manifestaciones artísticas de vanguardia durante el período de entreguerras. Todas estas acepciones dialogan con la travesía modernista en tierras hispanoamericanas; ninguna alcanza para abarcarla y definirla por entero.

No deja de resultar paradójico que las obras y figuras más descollantes del modernismo en lengua castellana, a la hora de ver reivindicadas su resonancia y valía en una perspectiva más amplia, parecieran obligadas a deslindarse del entorno inmediato que las posibilitó, como si de una suerte de rémora provinciana se tratara. Los más entusiastas reivindicadores de, por ejemplo, Horacio Quiroga o Ramón del Valle-Inclán, como vía estratégica para enaltecerlos suelen apresurarse a puntualizar que antes que modernistas (hispanoamericanos) son modernos (universales). El problema es que siguiendo ese camino hasta el propio Rubén Darío termina por resultar no modernista.

Nada nuevo. En una tesitura distinta de la misma cuestión, durante las primeras décadas de organización crítica e historiográfica del fenómeno, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal y José Asunción Silva quedaban tipificados como “pre-modernistas”. Mientras Alfonsina Storni, Gabriela Mistral o Ramón López Velarde recibían el calificativo de “pos-modernistas”, superlativamente propicio al embrollo, no tanto por las ulteriores significaciones del término hacia finales del siglo XX, como por su nebuloso estatus de presunta transición entre el modernismo y las vanguardias. En su Historia de la Literatura Hispanoamericana, Enrique Anderson Imbert justificaba tal caos en razón de la proximidad del período analizado: “El crítico, imprudentemente actúa como juez y parte. Sin suficiente perspectiva histórica es difícil jerarquizar a los escritores”. Aunque no deja de tener razón, resulta llamativo que en más de un sentido las confusiones alrededor del modernismo perduren intactas un siglo después.

Uno de los materiales más útiles al tratar de poner algo de orden en este debate sin verosímil opción de punto final, es fuera de toda duda la Antología del modernismo publicada por José Emilio Pacheco en 1970. Si en el correspondiente estudio introductorio arranca con la célebre sentencia “no hay modernismo sino modernismos”, en la nómina de autores seleccionados se autoriza incluir a Manuel José Othón y a López Velarde, hasta entonces tratados con reticencia a la hora de vincularlos al movimiento. A Othón solía circunscribírsele dentro de una tradición de raigambre académica, más bien impermeable a las inflexiones y amaneramientos que tienden mayoritariamente a identificarse como prototípicos del modernismo; a López Velarde, tal ya quedó apuntado, se le remitía a la franja de una incierta transición posmodernista y prevanguardista. El enfoque de Pacheco resulta claro: privilegiar al modernismo menos como una escuela y un estilo, que como una tendencia general capaz de englobar todas las tentativas de renovación de la literatura y la lengua castellanas, durante el plazo que va del cierre del romanticismo al surgimiento de las vanguardias. Puesto que está presentando una antología lírica, subrayará sobre todo la capacidad modernista para asimilar y mixturar de manera conjunta las corrientes romántica, parnasiana y simbolista; pero en otros materiales, como sus apuntes a propósito de la obra de Federico Gamboa, ampliará el espectro de dichas asimilaciones y mixturas hasta los terrenos del realismo y el naturalismo.

Entre 1821 y 1875, es decir, desde el fin de la revolución de independencia hasta el período de la república restaurada, las letras de la naciente nación se edifican, como no podía ser de otra manera, sobre los últimos cimientos sólidos disponibles: los del humanismo neoclásico, adquiridos durante el ocaso de la etapa virreinal. A ellos incorporan lo que pueden ir recolectando de la vigente revolución romántica, en la medida que lo permiten la inestabilidad política y social, las interminables luchas intestinas, las recurrentes invasiones extranjeras, así como el inexcusable aporte de servicio público que las circunstancias patrias demandan de todas las personas con alguna instrucción por encima de la enseñanza básica. La noción moderna de escritor profesional, correspondiente a aquel individuo en posibilidad de garantizarse la supervivencia consagrado en exclusiva a faenas directa o indirectamente relacionadas con la literatura, resultaba impensable en dicho contexto. 

 
Al mediar la década 1870, diversos factores se conjugan para volver verosímil la opción de escritores consagrados de manera exclusiva o prioritaria a escribir, aunque sea al precio de acatar como perfil preponderante el de chroniqueur de prensa, que de hecho están fundando. Puede entonces cobrar forma y continuidad el debate a propósito de qué ha de escribirse y de cuáles medios habrá que echar mano para hacerlo. Debate en principio sostenido, tal debe ser, a partir de las obras creativas propiamente dichas; pero que supondrá también un intenso intercambio crítico. Si en 1970 Pacheco, algo precipitadamente, lamentaba la carencia de manifiestos, postulados y declaraciones de principios por parte de los protagonistas del modernismo, numerosas investigaciones durante las décadas posteriores se han encargado de documentar y glosar con amplitud el nutrido diálogo autorreflexivo que desde sus primeras horas acompañó al movimiento.

Acaso la descolocación crítica en torno al modernismo se deba en principio al específico punto donde toma plena conciencia de sí. A partir de 1875 y durante más de tres lustros, a través de sus ideas y de sus obras, diversas figuras habían situado las coordenadas y habían adelantado senda para un programa de apropiación de las estéticas europeas contemporáneas, como estrategia para que las letras hispanoamericanas consiguieran cristalizar una voz propia. El término “moderno” ya campeaba desde ahí como noción rectora de tales inquietudes. Pero es hasta 1896 cuando Rubén Darío lo convierte en divisa de batalla y nomenclatura común para referirse a un impulso que ha podido documentar ya con suficiencia a lo largo y a lo ancho de toda América. Es el año en que el nicaragüense publica Prosas profanas, fruto de un fecundo itinerario donde no sólo tuvo oportunidad de ir de Nicaragua a Chile, de Guatemala a Argentina y de La Habana a Nueva York, trabando contacto directo con Gavidia, Freyre, Lugones, Casal y Martí, entre infinidad de nombres más; sino donde ha viajado ya a Madrid y a París, para contrastar directamente sus intuiciones y las de sus cofrades continentales con los más amplios pulsos de la lengua castellana y de la actualidad literaria mundial.

La cuestión es que el devenir creador de Darío, compartido de manera prototípica por buena parte de los poetas hispanoamericanos del momento, durante el último lustro del siglo XIX se decanta del parnasianismo hacia el simbolismo, optando por su designación más temprana y provocadora: decadentismo.

En las polémicas de dicha etapa, tan decisivas, pero a la vez tan transitorias, tan parciales y tan insuficientes para garantizar por sí mismas un pleno entendimiento de la enorme renovación que estaba viviéndose, propios y extraños se habituarán a identificar sinónimos gusto moderno y gusto decadente, volviendo norma emplear de modo indistinto ambos términos. Ya han fallecido para entonces Gutiérrez Nájera, Casal, Silva y Martí, lo cual contribuye a desdibujar lo mucho que el modernismo había sido —y sería aún— antes de quedar asimilado al decadentismo. En 1898, al calor de las incidencias que en México acompañan el nacimiento de la Revista Moderna, José Juan Tablada no sólo reivindica con vehemente intensidad las escandalosas novedades de la corriente decadentista, sino que con toda desfachatez asevera que a principios de esa década él había sido el único autor nacional en adoptar el “procedimiento modernista”. La especie que circunscribe lo modernista a lo decadente arraigará con plazo perdurable; no servirá para conjurarla ni siquiera la ulterior atenuación de los énfasis simbolistas en las obras de Darío, Nervo o Lugones. La célebre sentencia emitida en 1911 por Enrique González Martínez, “tuércele el cuello al cisne”, será leída no como lo que de hecho constituye: el imperativo de liberar de unívocas tesituras a un impulso modernista todavía en trance de plena consumación; sino de plano como la liquidación del modernismo en su conjunto.

Otra de las razones que contribuirán al encasillamiento del término, a su desenfoque como corriente general de una época y su catalogación como escuela específica, será la prioridad crítica otorgada a la poesía sobre la narrativa. No es sólo que durante décadas, al menos en el caso mexicano, la prosa de los poetas modernistas vaya a considerarse complemento secundario de sus versos; sino que cuanto estaba sucediendo entre los novelistas y cuentistas “puros” tendía asumirse como independiente o francamente ajeno. La aseveración de que los hallazgos del modernismo sólo entre posteriores generaciones hallan eco cabal, pasará a erigirse como otro lugar común.

Lo cierto es que, sin acentos que en principio remitan en lo más mínimo ni a parnasianos ni a simbolistas, la aparición de Los de abajo en 1916 tendría que identificarse como uno de los hitos culminantes de nuestro modernismo. Mariano Azuela muestra ahí plenamente asimilados lo realista y lo naturalista, no ya desde prioridades de aprendizaje, imitación o experimento, como en su hora correspondiera a Federico Gamboa y su Santa; sino desde la comparecencia de una tesitura inobjetablemente propia. Azuela, López Velarde, así como los integrantes de la aventura ateneísta, no aspirarán a ser modernos: lo serán sin más. La promoción siguiente, sea con Novo o contra Novo, gozará a su vez de licencia plena para declararse contemporánea.

Por vías diversas, el sueño najeriano llegaba a su término. Como sueño cumplido.


 

*Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 20 de agosto de 2026.
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viernes, 14 de agosto de 2026

Martí y su Amor de Ciudad Grande.


Los borradores de Amor de ciudad grande están fechados por José Martí en Nueva York, durante el año 1882. Se trata de un poema donde la experiencia amorosa, en tanto ejercicio de una libertad y una honestidad irredentas y a contracorriente, queda planteada como algo todavía por vivirse, como un camino todavía por recorrer.

Amor de ciudad grande constituye menos el recuento de una experiencia que el testimonio de una inminencia: una elección acatada en simultáneo como sino fatal y como encomienda por acometer frente al horizonte futuro. Lo cual otorga a sus versos una franca intensidad adolescente. El poema admite contemplarse como la declaración de principios de un niño en trance de hacerse hombre. Y no resulta menor ni casual que semejante toma de protesta, semejante profesión de fe, sea pronunciada por un emblemático referente de la América hispánica durante la recta final del siglo XIX; es decir, perteneciente al último rincón de Iberoamérica por independizarse de la corona española, de cara ya a los albores de la vigésima centuria.

“Me espanta la ciudad” confiesa el poeta, enfrentado a los crueles, equívocos pero a la vez irresistibles encantos de la urbe decimonónica, transparentada para entonces en todos sus novísimos claroscuros por Poe, Baudelaire y compañía; y ya distinguible también como obligado patrimonio global para cuantos pueblos, afanosos, se empecinaran en remitir a sus propios parámetros de referencia los ideales burgueses de libertad, igualdad y fraternidad, con todas las implicaciones que ello llevaba de por medio.

El sujeto lírico de Amor de ciudad grande no llega a singularizarse en momento alguno, aun cuando durante significativo trecho del poema se apele a la primera persona, y nosotros podamos entender cuánto de personal confesionalismo lleva de por medio cada verso, aludiendo a la decisiva y dilatada experiencia neoyorquina de su artífice. El tono dominante corresponde a una impersonalidad que intercambia y confunde discreción y desmesura, como temprano anticipo de la “épica sordina” que luego servirá a Ramón López Velarde para rematar, al menos en el caso mexicano, la aventura modernista.

Amor de ciudad grande no puntualiza entonces ningún anecdotario biográfico, no consigna ni geografías específicas ni nombres propios. La datación histórica del principio del poema juega incluso con cierta indeterminación primigenia, propia del Libro del Génesis:


De gorja son y rapidez los tiempos:
corre cual luz la voz; en alta aguja 
cual nave despeñada en sirte horrenda
húndese el rayo…


No estamos más allá del tiempo, estamos en el tiempo histórico, Y el empleo del plural (“los tiempos”) permite puntualizar dicha condición. Pero esclarecido ya ese indispensable punto de partida, el vértigo de dicho tiempo singular y la vorágine en curso de la época permiten sugerir abiertos tintes de caos primordial. Es en medio de ellos, con la conmovedora fragilidad heroica tan habitual en el corpus martiano, con esa indómita dignidad resguardada siempre en lo más sencillo y más ligero, que hace su irrupción la presencia humana:


Cual nave despeñada en sirte horrenda
húndese el rayo, y en ligera barca
el hombre, como alado, el aire hiende.


Cuán enorme en su pequeñez, cuán diminuto en su grandeza, el ser humano dibujado así, como tripulante de una pequeña embarcación marítima, emergiendo superviviente y victorioso, tal si estuviera dotado de alas, ahí donde los navíos enormes y pesados sólo admiten despeñarse y hundirse. Luego viene el ardoroso, atemorizado y adolescente deseo del poeta que escruta con vértigo el paisaje de la gran ciudad, susceptible de representarse como infinito horizonte de copas rebosantes o vacías:


¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena
de copas por vaciar o huecas copas!


La metáfora de la copa, del vino por beber o ya bebido, resulta recurrente en el universo poético de José Martí, y central en el caso de esta pieza específica. El poeta quiere y debe beber. No se contempla aquí, ni siquiera como vana y transitoria hipótesis, ningún “aparta de mí este cáliz”. No obstante, el poeta quiere estar seguro de beber su vino y nada más que su vino. La idea de trasegar veneno equivaldrá en este caso a sumarse dócil a la turbulenta avidez de cuantos apuran una copa tras otra sin parar. El bebedor de amores como cazador consagrado a acumular presas que una vez cobradas nada significan, y que empujan a proseguir con ciego apetito en pos de la siguiente. Romeo antes de tropezarse con Julieta, convencido de que se halla a punto de desfallecer de pasión por una Rosalina a la que pocas horas más tarde habrá olvidado. Don Juan acumulando, en estéril catálogo, nombres de mujer y hazañas amatorias carentes de valor en sí mismos, cuya razón de ser reside íntegra en su propia acumulación ostentosa. Y además situándonos en Nueva York, ciudad que ya para entonces se anticipa capital universal de una existencia humana entendida como sinónimo de voraz consumismo, interesada compraventa y programada obsolescencia.

Razones biográficas y contextuales nos informan sin margen para equívocos cuál es la ciudad inmediata y material que Martí contempla. No obstante, como ya quedó advertido, no llega jamás a consignarla con nombre propio, y el poder alusivo de semejante omisión se proyecta con democrática equivalencia a todas las capitales iberoamericanas; consagradas durante el último cuarto del siglo XIX, de lleno y sin camino de vuelta, al sueño cosmopolita. Se trata de una de las señas claves de nuestro Modernismo.

El dominante amor de ciudad grande que Martí contempla en Nueva York, ante el cual busca establecer distancia, por cuya turbulencia teme verse arrastrado, es fatuo: frívolo, engolado, convencional. El poeta pretende oponerle la muy distinta y apenas intuida cifra de su propio amor: un amor gemelo del constante más allá de la muerte que clamara Francisco de Quevedo, capaz de pintar rojas las rosas al benigno calor de su propia hoguera:


Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,
irse tiñendo de color las rosas.


Martí contrapone “el amor” a “los amores”, sugiriendo que el deterioro y la perversión del estatus sagrado para la experiencia amorosa sobreviene al dejarnos arrastrar por el devorador vértigo de ir de un cuerpo a otro, de un rostro a otro, de un nombre a otro. Para él, el más claustrofóbico extravío consiste en hacer del amor una copa que se apura o se derrama con avidez indiferente. Así mira que tiende a amarse en los tiempos de gorja y rapidez que le ha corrido en suerte transitar. Los más propicios símiles para semejante malestar social e histórico le parecen por un lado el del cazador que va de una a otra presa, reuniendo trofeos que no interesan sino en razón de su propio cúmulo, y por otro el del catador que arroja al suelo una interminable sucesión de copas a medio beber.

De cara a las vísperas del siglo XX, clama pues Martí con acentos de prólogo desde la novísima tierra americana, consagrada a reinventarse a través de sus harto problemáticos procesos de independencia y autodeterminación. La inminencia a la vez esperanzada y temerosa que canta por su boca es la de todo el continente.



AMOR DE CIUDAD GRANDE
José Martí

De gorja son y rapidez los tiempos.
Corre cual luz la voz; en alta aguja,
cual nave despeñada en sirte horrenda,
húndese el rayo, y en ligera barca
el hombre, como alado, el aire hiende.
¡Así el amor, sin pompa ni misterio
muere, apenas nacido, de saciado!
¡Jaula es la villa de palomas muertas
y ávidos cazadores! Si los pechos
se rompen de los hombres, y las carnes
rotas por tierra ruedan, ¡no han de verse
dentro más que frutillas estrujadas!

Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
de los salones y las plazas; muere
la flor el día en que nace. Aquella virgen
trémula que antes a la muerte daba
la mano pura que a ignorado mozo;
el goce de temer; aquel salirse
del pecho el corazón; el inefable
placer de merecer; el grato susto
de caminar de prisa en derechura
del hogar de la amada, y a sus puertas
como un niño feliz romper en llanto;
y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,
irse tiñendo de color las rosas.

¡Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tiene
tiempo de ser hidalgo? ¡Bien que sienta,
cual áureo vaso o lienzo suntuoso,
dama gentil en casa de magnate!
O si se tiene sed, se alarga el brazo
¡y a la copa que pasa se la apura!
Luego, la copa turbia al polvo rueda,
¡Y el hábil catador —manchado el pecho
de una sangre invisible— sigue alegre,
coronado de mirtos, su camino!
¡No son los cuerpos ya sino desechos,
y fosas, y jirones! Y las almas
no son como en el árbol fruta rica
en cuya blanda piel la almíbar dulce
en su sazón de madurez rebosa,
¡sino fruta de plaza que a brutales
golpes el rudo labrador madura!

¡La edad es ésta de los labios secos!
¡De las noches sin sueño! ¡De la vida
estrujada en agraz! ¿Qué es lo que falta
que la ventura falta? Como liebre
azorada, el espíritu se esconde,
trémulo huyendo al cazador que ríe,
cual en soto selvoso, en nuestro pecho;
y el deseo, de brazo de la fiebre,
cual rico cazador recorre el soto.

¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena
de copas por vaciar, o huecas copas!
¡Tengo miedo ¡ay de mí! de que este vino
tósigo sea, y en mis venas luego
cual duende vengador los dientes clave!
¡Tengo sed, mas de un vino que en la tierra
no se sabe beber! ¡No he padecido
bastante aún, para romper el muro
que me aparta ¡oh dolor! de mi viñedo!
¡Tomad vosotros, catadores ruines
de vinillos humanos, esos vasos
donde el jugo de lirio a grandes sorbos
sin compasión y sin temor se bebe!
¡Tomad! ¡Yo soy honrado, y tengo miedo!



*Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 13 de agosto de 2026.

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viernes, 7 de agosto de 2026

El nacimiento del Modernismo.


1876. Hace ciento cincuenta años.

Enero 10. 
Desde Brownsville, Texas, Porfirio Díaz hace promulgar en Oaxaca el Plan de Tuxtepec, iniciando un alzamiento contra el presidente Sebastián Lerdo de Tejada en nombre del sufragio efectivo y la no reelección. En la redacción del plan —posteriormente modificado en Palo Blanco, Tamaulipas— han participado Vicente Riva Palacio, héroe de la Reforma, e Ireneo Paz, abuelo de un futuro Premio Nobel.

Enero 30. 
Ireneo Paz publica el Plan de Tuxtepec en su periódico El Padre Cobos, y es inmediatamente encarcelado.

Febrero 20. 
José Martí, presencia habitual con sus crónicas y ensayos en la prensa capitalina desde el año anterior, aparece por vez primera como miembro de la plana de colaboradores de El Socialista, órgano del Gran Círculo de Obreros de México, afín a Lerdo de Tejada. Figura como editor, al lado de Juan de Mata Rivera, el michoacano Agapito Silva, quien fuera amigo de Manuel Acuña y amante de Laura Méndez de Cuenca.

Marzo 5. 
Se celebra el primer Congreso Obrero en la historia de nuestro país, bajo los auspicios del Gran Círculo de Obreros de México. Agapito Silva, elegido como su vicepresidente, conmina desde El Socialista a las sociedades foráneas que aún no hayan elegido a sus delegados, para que los busquen entre la “pléyade de jóvenes que desfilan hoy en la República de las Letras”. Destaca entre los participantes el activista e ideólogo de origen griego Plotino Rhodakanaty. Se presume que habría asistido también José Martí.

Marzo 25. 
Federico Sosa —amigo de Justo Sierra, discípulo, compañero de andanzas y protegido de Vicente Riva Palacio— amonesta desde El Federalista a Agapito Silva, quien meses atrás puso en circulación un volumen de composiciones literarias titulado Páginas sueltas, pidiéndole se aparte de la poesía sentimental de tema amoroso, tan poco edificante y escasamente actual como la poesía religiosa, y encause sus esfuerzos líricos por las sendas de la utilidad social; asevera que el poeta “debe consagrar su actividad moral a la propaganda de la idea y encaminar sus esfuerzos todos a un fin positivo y práctico”.

Marzo 28. 
Desde El Federalista, Agapito Silva agradece los comentarios de Francisco Sosa a propósito de Páginas sueltas, otorgándole total razón y aceptando cada uno de sus señalamientos, a los que no identifica como sugerencias, sino como indicaciones.

Abril 5. 
Ireneo Paz abandona la cárcel, y comienza a preparar su traslado a Estados Unidos vía La Habana, para desde ahí continuar apoyando la insurrección de Díaz.

Mayo 10 al 14. 
Manuel Gutiérrez Nájera publica en La Iberia, a través de cinco entregas, un texto a propósito de Páginas sueltas. Menos interesado en los poemas de Agapito Silva que en las argumentaciones de Francisco Sosa, se declara acérrimo enemigo del positivismo, reivindica al sentimiento como la más fundamental y legítima fuente de la auténtica poesía, se opone a cualquier afán de restringir la libre inspiración del genio creador, postula a la poesía como el culto a la belleza en todas sus formas, encumbra los bienes del ideal y del espíritu por encima de los correspondientes a la industria y la política, sostiene que el arte es la escala a través de la cual el espíritu humano asciende hacia lo divino, y se acoge abiertamente a la fascinación romántica por lo sublime.

Mayo 20. 
Mientras Díaz llora su derrota en la Batalla de Icamole, episodio que propiciará su apodo de “El Llorón de Icamole”, Vicente Riva Palacio se levanta en armas, para apoyarlo ahora por la vía militar.

Junio 16. 
La Colonia Española, a través de su director Adolfo Llanos, convoca a un certamen literario con “premio de doscientos pesos al autor de la mejor oda escrita en lengua castellana a la memoria de Hernán Cortés”. Como fecha de premiación se establece el 16 de septiembre, lo que provoca airadas protestas.

Junio 24. El Monitor Republicano publica un artículo fechado el 17 de mayo, donde se elogian con entusiasmo los talentos críticos y estilísticos de Gutiérrez Nájera en su texto sobre Páginas sueltas; sin embargo, se objetan las ideas que ahí plantea, y se respalda y suscribe a pie juntillas el punto de vista previamente expresado por Francisco Sosa. El autor atribuye el idealismo najeriano a las naturales ilusiones de un alma juvenil, le augura aleccionadores desencantos durante los años por venir, pone en duda la existencia misma del espíritu, define al amor como un término eufemístico para aludir a la atracción sexual, tacha de anacrónico todo sentimentalismo e insta a los poetas para que orienten su inspiración al servicio de fines útiles y prácticos, como el recuento de los grandes hechos históricos y el enaltecimiento de los héroes patrios. La firma P.T. al pie del artículo ya ha sido previamente utilizada en otras colaboraciones por el escritor Pantaleón Tovar, veterano militante del liberalismo radical, y colega de Francisco Sosa en la sala de redacción de El Federalista.

Junio 29. 
Manuel Gutiérrez Nájera responde en La Iberia a Pantaleón Tovar, cuya identidad desconoce y a quien se refiere como “nuestro incógnito adversario”. Por un lado, agradece sus comentarios elogiosos; por otro, promete refutar en breve sus asertos, que de ningún modo comparte.



Agosto 5 a septiembre 5. 
El Correo Germánico publica en seis entregas “El arte y el materialismo”, texto donde Manuel Gutiérrez Nájera refrenda, puntualiza y ahonda las ideas planteadas tres meses atrás en La Iberia. Explica que la poesía sentimental no se restringe al tema erótico, sino que abarca todo el horizonte pasional humano; reivindica la libertad como principio creador imposible de circunscribir a los márgenes de la materialidad y de la utilidad, a la belleza sublime como fin último del poeta y al amor por lo divino como la vía ideal para alcanzarla; finalmente refrenda su aversión hacia los enfoques positivistas encaminados a esclavizar la expresión y focaliza en el centro de su propuesta la dignidad espiritual, abominando a partes iguales del naturalismo y el decadentismo. En un momento dado, sentencia: “La virgen América no dobla su cabeza al yugo de la carcomida Europa. Es bastante potente para levantarse muy alto por sí misma y crear una escuela propia”.

Agosto 22. 
Fallece Pantaleón Tovar, cuando restan aún por aparecer la mitad de las seis entregas donde Gutiérrez Nájera, ignorante de su identidad, le responde.

Agosto 24. 
El Bien Público publica una necrológica firmada por Justo Sierra, que inicia diciendo: “Uno de los miembros de la generación que realizó la Reforma en México ha muerto ayer. Pantaleón Tovar era uno de esos hombres que atraviesan la vida tras un sueño de amor o de gloria, y que el día que reciben el desengaño supremo, es el primero de su agonía”. Por su parte, en La Revista Universal, José Martí escribe un breve apunte informativo sobre la creación de una nueva sociedad literaria; hacia el término del mismo, comenta: “Por unanimidad fue electo presidente de la Sociedad Peón Contreras, un joven dueño de un nombre que comienza a ser oído y celebrado, Manuel Gutiérrez Nájera”.

Agosto 31. 
En El Bien Público, Justo Sierra analiza el cómputo electoral publicado el día anterior por El Federalista, y a través del cual pretende legitimarse la reelección de Lerdo. Como cierre de su análisis, sentencia: “En las elecciones para presidente de la República y magistrados de la Suprema Corte verificadas en 1876, el pueblo mexicano no ha votado”.

Septiembre 28. 
En El Correo Germánico, Gutiérrez Nájera elogia el certamen literario que el 16 de septiembre anterior premió la mejor oda dedicada a Hernán Cortés. El primer lugar fue para Miguel Peón Contreras, el segundo para Agapito Silva; presidió el jurado Ignacio Manuel Altamirano.

Octubre 28. 
A través del Plan de Salamanca, el presidente de la Suprema Corte de Justicia José María Iglesias declara roto el orden constitucional, planteando el establecimiento de un gobierno provisional y una convocatoria a nuevas elecciones. Se ha trasladado a Guanajuato, en busca del apoyo del gobernador del estado. Allá irán a adherírsele, entre otros, Guillermo Prieto, Justo Sierra y Francisco Sosa. Ignacio Ramírez El Nigromante es encarcelado por oponerse a la reelección de Lerdo.

Noviembre 7. 
Vicente Riva Palacio participa en las negociaciones, finalmente malogradas, de los “Acuerdos de Acatlan”, en busca de un consenso entre Díaz e Iglesias.

Noviembre 16 a 26. 
Derrotadas sus fuerzas en la Batalla de Tecoac, Lerdo de Tejada abandona la Ciudad de México. Ingreso triunfal de Díaz a la capital. Iglesias rechaza el ofrecimiento de fungir como presidente provisional a cambio de la aceptación plena de los planes de Tuxtepec y Palo Blanco. Ignacio Ramírez sale de prisión.

Noviembre 28. 
Porfirio Díaz asume por vez primera el Poder Ejecutivo de la Nación, dando inicio al período de más de tres décadas signado por su nombre y su persona.

Noviembre 30. 
Comparando a Iglesias con Díaz, Guillermo Prieto sentencia: “de un lado, la majestad del derecho; del otro, el hecho brutal de la fuerza”.

Diciembre 6. 
José Martí publica en El Federalista una honra fúnebre en honor a Manuel Acuña, fallecido en 1873. El texto inicia diciendo: “¡Lo hubiera querido yo tanto, si hubiese él vivido! Yo le habría explicado qué diferencia hay entre las miserias imbéciles y las tristezas grandiosas…”.

Diciembre 16. 
José Martí publica en El Federalista un artículo titulado “Extranjero”, donde se despide de México y expresa su rechazo al triunfo de Díaz: “Por eso me sentí como herido en el pecho, la tarde en que a la luz opaca del crepúsculo, porque el sol mismo le negaba sus luces, leí aquel decreto inviolable en que un hombre se declara, por su exclusiva voluntad, señor de hombres”.

Diciembre 22. 
Manuel Gutiérrez Nájera cumple diecisiete años.


*Texto publicado en la sección Jueves del periódico La voz de Michoacán, el 7 de agosto de 2026.

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