domingo, 11 de diciembre de 2022

Palabrejas en verso para el Jefe Mendoza.

 
Hace algunas semanas,
al término de la segunda sesión
de un homenaje póstumo a Gaspar Aguilera,
Gustavo Chávez y José Mendoza
concibieron la generosa idea
de compartirle al público asistente,
mediante proyección,
un conjunto de imágenes
correspondientes a su actividad
cultural, literaria, existencial,
allá por los setentas, allá por los ochentas
del vigésimo siglo.
Muchas fotografías, volantes y carteles,
portadas de revistas y programas de mano,
carátulas de libros, perfume de latidos,
porciones de pasión y juventud
llenando a rebosar nuestros ávidos platos
de corazón abierto, memoriosa memoria,
vida vivida, juego bien jugado.
En un momento dado, con esa exaltación
de tribuno y de niño en seis de enero
(tan suya que podría
bien registrarla bajo copyright,
si no se empecinara en seguir caminando
en sentido contrario
de la proactividad empresarial)
dijo don Pepe que eran —él, Gustavo y Gaspar
junto a su cofradía de presencias y ausencias
ahí reunidas o no—
ya pura sociedad de poetas muertos,
ya pura soledad de poetas vivos,
ya purito percance de la historia.
Al salir del evento, conversé
con Armando Salgado,
coincidiendo los dos en que había sido
como pasar las páginas
del álbum familiar de alguno de tus tíos.
Un álbum familiar cuya existencia
conocías de oídas, pero al cual
no habías tenido nunca la ocasión
de echarle algún vistazo.
Un álbum familiar que te entregaba,
en el mismo regalo inesperado,
rasgos preciosos de tu propio rostro,
tramos vitales de tu propia historia.
Hay una cierta etapa juvenil,
grosera, inevitable, necesaria
(y formativamente saludable)
en la que te encandila imaginar
que no provienes de ninguna parte,
ni debes nada a nadie, pues eres resultado
de tu exclusiva suma claustrofóbica
de mérito y demérito. No obstante,
por obtusa que tengas la cabeza,
por mezquina que sea tu perspectiva
y por muy encumbrada que se halle tu autoestima,
tarde o temprano acabas percatándote
de que si bien tus pies te pertenecen
tus pasos siempre son la huella de otros pasos;
puede quizá que huella en rebeldía,
puede quizá que huella matricida,
mas sin remedio huella,
herencia de senderos transitados y abiertos
antes que tú pudieras
soñar siquiera con tenerte en pie.
A mí en lo personal, las muchas ignorancias,
ingratitudes y desatenciones
que alcancé a acumular en esas mocedades
me llevaron al cabo a elegir que la huella
que mi paso camine sea huella agradecida.
Con don José Mendoza últimamente
me acongoja en concreto la inquietud
de en una de esas haber incumplido
cierta cita agendada tal vez por el destino
para cruzar caminos hace mucho tiempo.
Egresado recién del nivel secundario,
presenté con quince años examen de admisión
para cursar la prepa
en el bachillerato nicolaita.
La suerte deparó que me tocara
adscripción en la escuela Isaac Arriaga,
donde Pepe impartía cátedra literaria,
multiplicaba impresos,
iniciaba futuros oficiantes
en el mester de la Pajaromaquia
y alimentaba insospechadas chispas
de hogueras por venir. Puntual continuidad
de un fuego previamente alimentado
por Ocaranzas y por Ricos Canos,
Conchas Urquizas y Méndez Plancartes,
Esteres Tapias y Sanchez de Tagles,
por Navarretes,
Diegos Josés Abades y Atonios Huitziméngaris.
Mas como yo vivía
a sólo un par de cuadras del estadio,
en la colonia Vasco de Quiroga,
y hacerme moreliano me había vuelto
contumaz quisquilloso en tema de distancias,
la prepa cuatro se me figuraba
situada en los confines más extremos
del mundo conocido.
¿Cómo iba a trasladarme diariamente hasta allá?
Además, mi ilusión, tal la de casi todos,
era ser nicolaita desde San Nicolás,
desde el mero colegio del Padre de la Patria.
Y merced a gestiones de cuyos pormenores
prefiero no acordarme
entré al Colegio de San Nicolás.
Donde no resoné en literarias lides
con ningún profesor, con ningún compañero.
Donde perseguí el sueño de volverme escritor
por el sencillo método
de nunca entrar a clases,
encerrarme a leer en un salón vacío
y salir tempranito a andar y desandar
el centro de Morelia
con ojos de novela policiaca.
Al terminar el año estaba reprobado
y debí trasladarme
a nuevos horizontes escolares.
Allá, en otra línea temporal,
yo me vuelvo escritor en contubernio
y bajo el magisterio de Pepe Mendoza
sin reprobar la prepa. En esta que aquí soy
tengo que conformarme con reunir
una caja de prendas y recuerdos
bastante más modesta.
Lo cual no significa menos importante.
Por ejemplo, atesoro como entrañable joya
el haber conocido a Frida Lara Klahr
una tarde en que ambos hacíamos antesala
para que terminara de imprimirnos
ya no recuerdo qué.
Desentendido de nuestros pendientes,
don Pepe sentenciaba que debíamos leernos,
que íbamos a entendernos,
a pesar de ser Frida
la enormísima poeta que ya era
y yo exclusivamente un post adolescente
con ínfulas patosas
de futuro escritor y de teatrero.
Voz de profeta tuvo sin embargo.
Nos entendimos y nos entendemos
todavía hasta la fecha, cuando ella ya no está
sino en sus versos.
Pero ni falta que hace forzar con sacacorchos
los dobles fondos del anecdotario.
Hace más de una década
que la amistad y la complicidad
del escritor Rafael Calderón
me vienen desvelando cotidianamente
cuál es la parentela de que formo parte,
de dónde es que nos viene por vocación y herencia
leer poemas y sacar revistas,
enhebrar proyectos y guajiros sueños,
honrar como se debe la escritura,
la pasión y el trabajo
de quienes nos trazaron y nos trazan aún
horizonte posible
esta heredad de argamasa y de piedra
donde no nos tocó, sino donde elegimos
por propia mano venir a vivir,
venir a leer, venir a escribir,
venir a caminar por el reverso
de todos los silencios decretados.
De modo que no abuso ni exagero,
si vengo aquí esta tarde a declararme
sobrino de don Pepe.
Sobrino natural si ustedes quieren,
descarriado y atípico, pero sobrino al fin,
bien entendido y bien agradecido
de que no poseeríamos este rostro
bastantes de nosotros, si él no estuviera aquí,
si él y los suyos no hubieran alzado
sus carpas saltimbanquis justo aquí.
Hace unos pocos días, preparándome
para venir a sentarme a esta mesa,
había andado leyendo de ida y vuelta
un volumen que incluye
los Poemas Membrillo, la Ciudad de Argamasa
y la Pajaromaquia.
Y mientras más leía y releía
más rumiaba el peligro que corremos
por el perfil leonárdico y vincístico
de don Pepe Mendoza.
Porque siendo editor y promotor,
siendo figura pública, siendo leyenda urbana,
encomio y vilipendio,
docente legendario, nicolaita,
pasto de chisme de verdulería,
Melchor siempre al ladito del rey Pay
y carne de homenaje cada tanto,
se eleva el riesgo de no distinguir
al enorme poeta que sustenta y corona
ese currículum desmesurado.
(No me da el tiempo, ni el formato en verso,
para aquí argumentar mi convicción,
pero pronto será).
Tales cosas pensaba, camino de mi casa
siendo casi las once de la noche,
y justo fui a encontrármelo a don Pepe
a sólo un paso de su propia puerta.
Que tiene su extrañeza y hasta su esotería
el hecho de que hayamos coincidido
mientras andaba yo en pleno membrillaje,
quedará manifiesto al explicar
que viviendo a tres cuadras de distancia
desde hace siete, ocho, nueve años,
no había pasado nunca
que nos topáramos tal nos topamos.
Apenas se enteró  —tras los saludos—
de esa proximidad vecinal casi,
procedió a reclamarme
con unas cajas no por amistosas
destempladas de menos:
¿por qué nunca has pasado
para echarte un café, para echarte una meada?
Yo nada contesté, porque no lo sabía.
Sólo ahora lo sé, sólo ahora contesto.
Me faltaba empezar a escribir esta carta
—remedo paliducho del tono antipoético
en que usted es maestro—
como agradecimiento, como salvoconducto,
como reparación
o como carta de presentación:
vine a Corregidora
porque a mí me dijeron que acá me iba a encontrar
al tío mayor de muchos de nosotros,
un tal Pepe Mendoza.


Texto leído el 10 de diciembre de 2022, 
en la mesa de homenaje a José Mendoza Lara, 
dentro del 6o. Encuentro Nacional de Poetas Jóvenes.

sábado, 3 de diciembre de 2022

25 años de La Sombra de Pan.

 

El germen de lo que sería La sombra de Pan apareció durante mis días de educación secundaria, teniendo yo catorce o quince años, como parte de una fiebre dramatúrgica que me había llevado a escribir una pastorela para las fiestas decembrinas y una comedia de enredos amorosos para el Día de San Valentín. La pastorela se representó en el patio de mi escuela, la comedia de enredos se quedó en los ensayos. Mi tercera entrega no estaba concebida para ninguna efeméride en especial. Había quedado vivamente impresionado por el fragmento de una tenebrosa novela de Rudyard Kipling, incluido en el libro de la materia de Español, y con la osadía propia de esa edad me impuse la peregrina misión de imitar su aliento para trasladarlo al contexto mexicano.

Así arranqué una historia ubicada en un pueblo de Querétaro durante los tiempos del porfiriato. Dos caballeros de la Ciudad de México, hombres de ocio, curiosidad y ciencia, se personaban para averiguar qué habría de cierto en el rumor de que una vecina de la localidad acababa de dar a luz un simio.

La pieza teatral aquella no consiguió llegar demasiado lejos. Apenas tres o cuatro escenas, y el impulso original se desinfló. No obstante, su anécdota base me retornó propicia cuando, cosa de siete años más tarde, en vísperas del cumpleaños de un amigo muy querido, consideré la opción de un regalo que se apartara de lo previsible y habitual.  Dada nuestra compartida devoción por las historias de Sherlock Holmes y de H. P. Lovecraft, en lugar de un libro, un disco o una prenda de vestir, yo le obsequiaría un cuento escrito de mi puño y letra, armonizando ambos estilos en principio inconciliables.

La oposición fundamental entre los universos holmesiano y lovecraftiano, proviene del hecho de que el primero de ellos sustenta su relación con el mundo en una confianza absoluta hacia la racionalidad, la lógica mecanicista y el cientificismo inapelable; mientras el segundo parte justo de la radical subversión de todos esos presupuestos.

La premisa base de aquello que no se sabía aún una novela, ni se llamaba todavía La sombra de Pan, fue preguntarme cómo se las arreglarían Sherlock y su fiel escudero el Doctor Watson para afrontar un misterio perteneciente al más allá de toda explicación razonable. Un caso sin los caminos de vuelta como los que en El sabueso de los Baskerville permiten despachar todas las fantasmagorías sobrenaturales como fruto de la superchería, la sugestión y el espejismo.

No conseguí tener listo el regalo para la fecha de cumpleaños de mi amigo. Apenas sentarme a poner por escrito la historia que traía entre manos, dos cosas se me hicieron al punto evidentes: que su aliento desbordaría los márgenes de relato breve donde yo originalmente había planeado enmarcarla; y que la adecuada contextualización de la trama en la Inglaterra del siglo XIX, por mínima que fuera a ser, me supondría un período preliminar de investigación documental.

Eran otros tiempos. La novela iba a escribirla íntegra ya en computadora, pero empleando aquel sistema operativo MS-DOS previo a la omnipotencia de Windows; respaldándola ni siquiera aún en diskette de 3½ , sino todavía en floppy de 5¼. De internet ni hablar. El acopio de cualquier acervo documental había que realizarlo de cuerpo presente, concurriendo a la biblioteca.

Mi biblioteca de cabecera había sido desde los días de secundaria la Pública Central ubicada junto al Planetario de Morelia: mi borgiana versión adolescente del paraíso. A ella, y en especial a los voluminosos tomos monográficos de la Enciclopedia Británica, acudí para informarme sobre usos horarios ingleses, sobre la fisonomía física e histórica del condado de Somerset, sobre el trazado urbano y la mitología esotérica asociados a la ciudad de Glastonbury, sobre ferrocarriles a carbón y leyendas artúricas.

Mi hermana la segunda gozó el privilegio o padeció la tortura de erigirse en tiempo real como la lectora inaugural de la novela. Apenas terminar un capítulo, iba a tocar a su puerta en la casa de junto, y ella venía solícita y estoica a dar el visto bueno; quedándose en ascuas con cada golpe de efecto de final de episodio, dado que no tenía manera de averiguar (ni yo mismo lo sabía a menudo) cómo continuaría la cosa. Mientras de esa guisa íbamos avanzando semana tras semana, nos pasó por la cabeza la idea de redondear el proyecto con ilustraciones que fueran acompañando cada capítulo. Mi hermana sólo llegó a realizar la primera de ellas, correspondiente a Thomas Godwin, el atribulado hombrecillo encargado de introducir en el enigma a Watson y a Holmes.

Para mediados de aquel año de Dios 1994 la novela estaba lista, si bien encabezada por el título tentativo y al final desechado de “Los hombres de Pan”. Además de ponerla en manos de su destinatario, quien la leyó en vísperas del Mundial de futbol, imprimí otra copia y se la remití por correo a Daniel González Dueñas, quien generoso había apadrinado los festejos de aniversario de mi primer grupo de teatro un par de años atrás.



Conservo la carta de respuesta que Daniel me envió hacia el mes de octubre, como uno de los más preciados tesoros de mi travesía literaria. Además de responder a toda la serie de abigarradas inquietudes librescas que yo le planteaba en mi misiva, y de compartirme un invaluable esquema cartográfico que él había elaborado para el abordaje de la obra de Italo Calvino, procedió a hacerme puntuales comentarios sobre la novela. No sólo eso; se tomó el trabajo de añadir un par de páginas identificando erratas. Y me hizo ver que el juego de palabras que yo pretendía con “Los hombres de Pan” se perdía por completo al prescindir de las mayúsculas.

Ya debidamente puesta a punto, La sombra de Pan salió en busca de buena fortuna, respondiendo a la convocatoria del primer premio de novela Gran Angular, versión México, lanzada por la editorial española SM. Lo hizo en condiciones por demás precarias. El inminente cierre del plazo de entrega coincidió con una racha de peculiar penuria económica. Disponía del importe justo para las fotocopias y la paquetería, de modo que los tres o cuatro juegos se fueron sin engargolar, unidas sus páginas con un amarre de estambre en la esquina superior izquierda, dentro de un paquete improvisado con papel periódico. Encima, con las prisas, uno de los juegos se había ido sin los dos capítulos finales. Así que mis expectativas de recompensa durante las siguientes semanas oscilaron entre lo modesto y lo nulo. Imaginaba que, no bien abrir mi paquete, la editorial lo desecharía por desprolijo.

Asistí a la FILIJ 1996 para recibir el premio del certamen “El mejor teatro para niños” por Los ojos perdidos de Mirmidón. Andando en esas, Rosalía Chavelas, funcionaria del Conaculta a cargo de mi logística, me preguntó si era yo el mismo Monreal que había participado en Gran Angular, para enseguida confiarme que a David Huerta, miembro literario del jurado, le había encantado mi novela, y había dado la batalla para que se le otorgara el primer lugar; no obstante, ante la férrea oposición de una pedagoga o algo así, según la cual el lenguaje de la obra no era el adecuado para un público juvenil, había conseguido no sólo que se le concediera una mención, sino que el acta correspondiente incluyera una recomendación expresa para publicarla.

Fue así como La sombra de Pan tomó rumbo editorial. Fue así como se convirtió acaso en el ejemplar más visible y autónomo de cuanto he escrito. Por más que nos pese, o por más ejemplos de marginalidad imperecedera que podamos traer a colación, la resonancia de una obra literaria en nuestras sociedades está altamente subordinada a los canales comerciales de impresión, distribución, oferta y consumo. La sombra de Pan  es el único libro que he llegado a publicar hasta ahora en una editorial comercial propiamente dicha. SM llegó a México hacia mediados de los años noventa, para posicionarse como una de las principales firmas editoriales de nuestro país dirigidas al público infantil y juvenil; merced a su catálogo literario y escolar, y merced a su privilegiada vinculación con el sistema educativo nacional, que la han vuelto presencia habitual en centros de enseñanza públicos y privados desde nivel preescolar hasta el medio superior.

La sombra de Pan se benefició o formó parte de dicho fenómeno, incorporándose a la lista de lecturas recomendadas y recomendables para estudiantes de bachillerato. Que algún respetable número de docentes decidieron incluirla dentro de los materiales a leer y reseñar en clase, lo certifica siquiera colateralmente el hecho de que una ficha-resumen suya se encuentre incluida en esa inefable página web llamada “Buenas tareas”. El correspondiente contrato firmado entre SM y yo tenía vigencia de una década. Durante los primeros tiempos mantuve un contacto constante y fluido con la dirección de la editorial. A partir de determinado relevo directivo, la comunicación cesó. El plazo de vigencia del contrato, a través del cual SM se arrogaba la propiedad sobre traducciones, adaptaciones e impresiones en el extranjero, concluyó sin que manifestaran interés alguno por renovarlo, ni menos aún respondieran a mis inquietudes sobre un par de reimpresiones extemporáneas o una potencial edición española.

Mi interés en este último sentido había aparecido, por supuesto, desde el momento mismo de firmar contrato con una casa cuya matriz estaba en España. Pero se incrementó al paso de los años, cuando la legión de holmesianos de habla hispana esparcida por el mundo comenzó a dar a cuentagotas muestras de interés en la novela, a través de referencias, reseñas, comentarios y elogios a través de blogs y páginas web. Cuatro o cinco personas a las cuales yo no conocía escribieron directamente a mi correo electrónico desde el otro lado del mar, para preguntarme cómo podían conseguir el libro.  Les sugerí que escribieran directamente a la editorial, pero como ésta les correspondiera también a ellas con un absoluto silencio, hacia 2007 me asumí otra vez en usufructo exclusivo sobre los derechos de mi obra… si bien con escasas ideas y menos contactos para hacer algo con ella.

Fue hasta diez años más tarde, en 2017, cuando el escritor y editor Alberto López Aroca, una de aquellas personas que otrora me escribieran manifestando interés, y que se las ingeniara para conseguir La sombra de Pan por vía transoceánica, me la solicitó para incluirla en dos entregas en “Ulthar”, revista de fantasía, ciencia ficción y terror que él publica y distribuye de manera independiente desde España. Así tuvo mi novela su debut europeo, en el mismo bello tipo de formato donde vieran luz por vez primera los relatos de Lovecraft y Conan Doyle.

Hace un par de años probé ofertarla por mi cuenta en formato digital, con resultados menos que discretos. Si la autogestión y la autopromoción no son lo mío, menos aún el emprendedurismo capitalista.

Entre 2019 y 2020, la tenaz iniciativa de mi esposa Bárbara consiguió que Ricardo Peláez Goycochea, uno de los máximos exponentes del cómic nacional, cuya obra yo conocía y admiraba desde lustros atrás, y que por entonces ponía a circular su versión de El complot mongol con guión de Luis Humberto Crosthwaite, acometiera la adaptación de La sombra de Pan al formato de narrativa gráfica. Se trató de una fecunda colaboración, durante la cual yo escribía el guión, le aportaba a Ricardo soporte gráfico-documental para locaciones, vestuario y atrezo, y él procedía a dibujar con absoluta potestad de ajuste y enmienda a partir de mis propuestas. Creo que el resultado nos satisfizo a ambos. A mí en particular, regresar a la novela me permitió implementar algunas resoluciones argumentales divergentes del original, que según mi juicio no sólo son más funcionales para un cómic, sino que mejoran la historia en sí.

Ya tocará al potencial público lector pronunciarse a este último respecto cuando la pieza llegue a publicarse, y La sombra de Pan comience a vivir así, pian pianito, paso a paso, con dilatadas pausas y sin ningún género de prisas, su segunda, tercera, quinta o ya no sé cuál vida; luego de aquel germen originario, salido hace ya casi cuarenta años de la pluma de un estudiante de secundaria que quería ser escritor.  



 
1. Portada de La sombra de Pan publicada por SM y el CNCA.
2. Ilustración elaborada por Patricia Monreal para la primera versión inédita.
3. La sombra de Pan en Ulthar, revista de fantasía, ciencia ficción y horror.
4. Boceto de la novela gráfica, tomada del facebook de Ricardo Peláez Goycochea.


domingo, 30 de octubre de 2022

Gaspar y su modelo poético para armar.

 

Reza el lugar común que la mejor manera de homenajear a un poeta es leer su obra. Sin embargo, esa buena voluntad puede topar en el camino con diversos escollos para materializarse. Por supuesto, la principal condición para que un poeta pueda ser leído tiene que ver antes que nada con la disponibilidad de los libros que escribió.

¿Cuáles son los volúmenes indispensables para tener una panorámica completa del legado poético de Gaspar Aguilera? Se trata de una pregunta menos sencilla de responder de lo que podría parecer en primera instancia. En buena medida, debido a la ingente tarea que representa agenciarse todos los títulos enlistados en solapas, contraportadas, referencias y fichas bio-bibliográficas diseminadas por aquí y por allá.  Pero también como consecuencia del inercial automatismo con que suele reproducirse la información incluida en dichas fuentes, sin cotejar lo exacta o lo inexacta que pueda resultar.

El desliz más recurrente consiste en enlistar juntos, indistintamente, poemarios originales y recopilaciones elaboradas a partir de poemarios previos. De tal suerte, encontramos fichas donde por ejemplo se otorga el mismo estatus a Zona de derrumbe (1985), Los siete deseos capitales (1982) y La ciudad y sus fantasmas (1991), siendo a su turno el primero un libro inédito, y plaquettes recopilatorias las otras dos. Hay listas que, por incluir la antología Los ritos del obseso de 1999, juzgan ya innecesario mencionar el volumen individual del mismo título, aparecido en 1987. Hay semblanzas donde se enumeran sin hacer distingos los poemarios junto a trabajos de distinto linaje, como los volúmenes ensayísticos o la coordinación de antologías. Varias recopilaciones, por las razones que hayan sido, no se identifican a sí mismas como tales a través de una presentación, un prólogo o un subtítulo, muchos menos mediante referencias puntuales respecto a la fuente de procedencia de cada texto.

De ninguna manera puede hacerse tabla rasa para responsabilizar de este tipo de situaciones (por lo demás normales e inevitables en el ámbito literario) al descuido y al desaliño. La obra de un poeta es un organismo vivo, y hay todo tipo de elecciones y azares involucrados en la incubación de sus insondables misterios editoriales. Pensemos por ejemplo en Imperfección del mundo, un poemario que no se publicó jamás como tal, y que sin embargo Gaspar eligió incorporar a la antología publicada en 1999 por Siglo XXI, junto a selecciones de Los ritos del obseso, Tu piel vuelve a mi boca y Diario de Praga, dejando en cambio fuera por completo sus dos libros inaugurales: Pirénico y Zona de derrumbe.

Aventurando un esbozo general de la producción poética que Gaspar llevó a imprenta a lo largo de su vida, con omisión de antologías y recopilaciones, y en espera de potenciales volúmenes póstumos, me parece que podemos hablar de nueve poemarios propiamente dichos. O en todo caso, de nueve poemarios y medio, para incluir también Imperfección del mundo. Primero, aquellos encargados de abrir el corpus gaspariano: la plaquette Informe de labores, de 1981; Pirénico, primer libro en tanto tal, publicado en 1982; y Zona de derrumbe, de1985. Enseguida, los cuatro títulos que a mi juicio integran la obra mayor de nuestro poeta: Los ritos del obseso, de 1987; Tu piel vuelve a mi boca, de 1992; Diario de Praga, de 1995; y Los últimos poemas de Dante, de 2004; más Imperfección del mundo, incorporado como ya se dijo a la antología Los ritos del obseso de 1999. Finalmente, dos obras dadas a la luz por Gaspar durante su última década de vida: Historia de todas las cosas, de 2011; y Presencia del naufragio, de 2019. Dejo fuera Coloraturas y silencios, aparecido en 2010, por resultarme imposible establecer la cantidad de inéditos que incluye junto a los varios textos recuperados de libros previos.

La lista de poemarios originales de Gaspar Aguilera, quedaría configurada así de la siguiente forma:

 1. Informe de labores.

2. Pirénico.

3. Zona de derrumbe.

4. Los ritos del obseso.

5. Tu piel vuelve a mi boca.

6. Cuaderno de Praga.

6 ½. Imperfección del mundo

 7. Los últimos poemas de Dante.

8. Historia de todas las cosas.

9. Presencia del naufragio.

 De estos nueve volúmenes y medio  de poemas, los de más fácil acceso para el lector interesado o para el mero curioso al día de hoy, son Cuaderno de Praga, Los últimos poemas de Dante, Historia de todas las cosas, Presencia del naufragio y la antología Los ritos del obseso. Si no resulta extraño hallar alguno de ellos en físico recorriendo pasillos de feria literaria, todos pueden adquirirse a través de internet, ya sea en la página de su respectiva editorial, en el sitio web de varias librerías, o en diversas plataformas de compra-venta virtual. En contraste, un título tan fundamental para dimensionar cabalmente la identidad del corpus gaspariano como Zona de derrumbe, resulta simple y llanamente inconseguible. En su caso hay que apelar al rastreo especializado, o a los atisbos que pueda brindar de manera parcial esta o aquella antología, esta o aquella recopilación.

Otro de los lugares comunes correspondientes a eventos como el que hoy nos reúne, consiste en aprovechar la coyuntura para emplazar a las autoridades e instituciones presentes, a fin de que se comprometan a editar la poesía completa o la poesía reunida del autor homenajeado. No tengo noticia de que ninguna poesía reunida ni ninguna poesía completa haya sido concretada a partir de semejantes emplazamientos. Y resulta enteramente natural. Conseguir, capturar, agrupar y organizar crítica y editorialmente el legado poético de toda una vida, máxime si se trata de una vida tan fecunda como la de Gaspar, supone un enorme trabajo, que sólo desde circunstancias extraordinarias podría generarse dentro del seno de una institución no consagrada a la investigación. Lo habitual, lo lógico —me atrevería a decir lo sano— es que semejantes iniciativas sean concebidas, generadas y acometidas de manera independiente, para entonces sí buscar el eco, la complicidad, el involucramiento y el apoyo del ámbito institucional.

No de otra manera ha podido materializarse el homenaje nacional que hoy aquí inicia, y que durante las siguientes semanas, a un año de la desaparición física de nuestro poeta, procurará celebrarlo y honrarlo en su justa medida, abonando a la necesaria utopía de que sea leído en todas las multiformes magnitudes del término. Un significativo número de miembros de la comunidad literaria, principalmente asentada en Michoacán, pero a la cual no podemos dejar de añadir importante participación “foránea”, como la de Lucía Rivadeneyra, Alain Derbez, Hermann Belinghausen y Marco Antonio Campos, se ha reunido, se ha organizado, ha diseñado y gestionado actividades que van de la escritura de textos analíticos a la realización de conversatorios, de la impartición de conferencias magistrales a la gala musical, de la divulgación de la bibliografía más fácilmente disponible a la recuperación de materiales de difícil acceso. Es a esa iniciativa gremial y ciudadana a la que diversas instituciones, encabezadas por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, la Secretaría de Cultura de Michoacán y la Coordinación Nacional de Literatura del INBAL han sabido sumarse.

Pensar a futuro la necesaria publicación de la poesía reunida de Gaspar, tendría que ser sin duda un proyecto del mismo tenor.  Pero hay pasos sólidos que desde lo inmediato pueden comenzar a sembrar en esa dirección.

Dentro de tres semanas, durante la jornada final de este mismo homenaje en la ciudad de Morelia, será presentada la segunda edición de Pirénico, publicada por la Secretaría de Difusión Cultural de la UMSNH. Como ya se dijo, tras el debut editorial de Gaspar con la plaquette Informe de labores, se trata como tal de su primer libro de poesía. Hallándose agotado desde hace muchos años, ponerlo a disposición del público lector resultará sin duda de enorme importancia. De la misma manera en que asumió y llevó a buen puerto este compromiso editorial, acaso no resultaría descabellado proponer que la propia Universidad Michoacana, la Secretaría de Cultura de Michoacán, el INBAL, o incluso todas estas instituciones trabajando de manera coordinada, pudieran plantearse dar continuidad a la reedición de aquellos poemarios de Gaspar hoy inaccesibles.

Una nueva edición de Los ritos del obseso y Tu piel vuelve a mi boca como piezas autónomas, sería harto deseable, si bien de alguna manera el acceso a ellas se encuentra resguardado por la inclusión de buena parte de sus poemas en la antología de 1999. El hueco de verdad crítico a subsanar en primera instancia, corresponde según mi juicio a Zona de derrumbe. Poemario que el autor consideraba parte de su etapa de formación como poeta, pero que representa un punto de quiebre central dentro de su travesía creadora.

Si dentro de un año el siguiente homenaje a Gaspar Aguilera pudiera incluir, ya materialmente concretada para presentarse, una segunda edición de Zona de derrumbe —mejor aún si se tratara de una edición crítica— creo que podríamos congratularnos de continuar con buen pie por el camino de ese lugar común al que aludí de inicio: la mejor manera de homenajear a un poeta es leerlo… y posibilitar que sea leído.

Texto leído en el Homenaje Nacional a Gaspar Aguilera, realizado en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el 23 de octubre pasado.

Fotografías: Gaspar en 1996, por Rogelio Cuéllar.


domingo, 9 de octubre de 2022

David Huerta: la jubilosa sospecha.



Me gusta pensar que conocí a David Huerta hacia mis ocho o nueve años. Al iniciar el ciclo escolar de tercer grado, el profesor procedió a anunciarnos que se incorporaría a nuestro grupo un compañero nuevo, que ya había sido dado de baja en no sé cuantas otras escuelas por problemas de conducta. Aquel niño problema se convirtió sin retórica en el mejor amigo de mi infancia, a pesar de que su paso por mi escuela primaria fue tan accidentado y efímero como supongo había resultado en las anteriores. Seguimos frecuentándonos varios años, incluso cuando él procedió a recalar en otras instituciones educativas. Para ofrecer un botón de muestra sobre su perdurable impronta en mi vida, me limitaré a decir que descubrí Morelia en su compañía durante unas vacaciones donde le permitieron viajar incorporado a mi familia. Su disfuncionalidad para con las convenciones sociales no tenía que ver con agresividades ni violencias, sino con su extrovertida naturaleza aérea, que lo llevaba a volar siempre a su aire, provocando recurrentes complicaciones logísticas no sólo ante los rígidos esquemas escolares, sino incluso ante los mucho más abiertos marcos de convivencia de su contexto familiar. Su mamá era y es todavía escritora, y no creo exagerar si afirmo que influyó decisivamente para que la mía siguiera ese mismo camino.

Al paso de los años, venimos a enterarnos de que aquella mujer escritora había sido durante algún tiempo pareja sentimental de David Huerta, y que dicho período probablemente coincidió con el de la amistad y las mutuas visitas entre mi amigo y yo. La verdad es que estando de visita en su casa, jugando, haraganeando, ensoñándonos con proyectos delirantes, dibujando historietas, descubriendo a Ásterix y Óbelix, hablando él de La historia interminable o ilustrándolo yo sobre la genealogía de superhéroes Marvel, nunca presté atención alguna a los adultos presentes en el departamento, fuera de su mamá.

Hubo una única excepción a esta última norma. Se trató de la temprana etapa en que invité por primera vez a mi amigo a casa. Él aceptó, asegurándome que lo hacía con el correspondiente conocimiento y beneplácito de la autoridad materna. Fue a esperarme a la salida de la escuela (a la cual no había asistido ese día), comió con nosotros, jugó y leyó historietas conmigo toda la tarde. En un momento dado, ya cayendo las sombras de la noche, mi mamá comenzó a inquietarse y le preguntó a qué hora iban a ir a recogerlo; yo había anotado nuestra dirección y elaborado un elemental croquis en su cuaderno desde días atrás. Mi amigo dijo que regresaría solo, a lo cual mi mamá se opuso de forma terminante. Lo acompañamos pues a pie de regreso hasta su hogar, algo distante del nuestro por entonces, aunque tiempo después viviríamos a pocas cuadras de distancia. No bien tocar el timbre de su departamento, la puerta se abrió y apareció en el umbral un hombre de lentes, mezclilla, bigote —no recuerdo si barba— y pelo largo. De inmediato tomó a mi amigo en sus brazos, lo izó hasta su pecho y lo estrechó con una mezcla de desolación, alivio y rabia, para enseguida dar voces llamando a la señora de la casa. Mi mamá y yo no precisamos más explicaciones. Mi amigo había salido de ahí desde la mañana, sin avisar a nadie y sin que hubiera manera de deducir su paradero. A esas alturas, su mamá y el compañero de su mamá habían no sólo agotado los domicilios y teléfonos de todos los amigos y primos a su alcance, sino iniciado la angustiosa instancia de solicitar informes en hospitales, delegaciones y demás.

Cuando —ya adulto y proyecto de escritor— me enteré de que David Huerta había sido pareja sentimental de la mamá de mi amigo, me acostumbré a escrutar cuanta foto de juventud del poeta pasaba por mis manos de manera impresa o virtual, asediando sus rasgos en guajiro afán por recobrar los de aquella fugaz aparición de lentes, bigote, mezclilla y pelo largo, correspondiente a mis años de educación primaria.

Más tarde, los azares de la vida y la literatura me brindaron el placer de coincidir con él en algo así como media docena de oportunidades. Primero, como jurado del certamen Gran Angular 1996, elogió con entusiasmo mi novela La sombra de Pan, asegurándome que él había defendido hasta donde fue posible que se le concediera el primer premio y no la mención honorífica que a final de cuentas recibió. Más adelante, a lo largo del año 2000 en que yo fui becario del Fonca en el área de novela, y él fungía como tutor en el área de poesía, charlamos en varias oportunidades. Se entusiasmó con mi proyecto (a final de cuentas malogrado) de escribir la historia de un alquimista que, perseguido  por la inquisición, se veía en la necesidad de emigrar a Nueva España. Me invitó a su casa, fotocopió y engargoló para mí un volumen de  tratados herméticos y el cuento La rosa de Paracelso de Borges, me hizo jurarle que no volvería a Morelia sin pasar antes por la librería “La torre de Lulio”, me obsequió con elogiosos comentarios el primer libro de cuentos de Eduardo Antonio Parra. Enorme generosidad de una personalidad literaria de su prestigio y su talla hacia un joven escritor de provincia a quien apenas conocía.

Para entonces, David ya había fungido para mí desde la página escrita como guía y adelantado cofrade en los continentes José Lezama Lima, Efraín Huerta y Malcolm Lowry. Durante la época en que nos tocó encontrarnos, se hallaba arrebatado con fervor militante por Góngora, subrayando a quien quisiera oírlo y a quien no que el verdadero irreverente, el verdadero polémico, el verdadero experimentador lúdico, el verdadero humorista, el verdadero apasionado, el verdadero infortunado, había sido don Luis y no Quevedo.  

Coincidimos por última vez en Morelia, sede de la plenaria final para los jóvenes creadores del Fonca aquel año 2000. Entre lecturas, presentaciones, coreografías, exposiciones, conciertos y discursos, tuve oportunidad de presentárselo a mi mamá y a mis hermanas. Para bochorno mío e irritación de malquerientes, apenas divisarnos por los pasillos del Conservatorio de las Rosas o de la Casa de la Cultura, David procedía a exclamar “en Morelia los Monreal son la ley, en Morelia los Monreal son la ley”.  En algún momento, mi mamá se las arregló para preguntarle si en efecto había sido pareja de la mamá de mi mejor amigo de la infancia; sin abundar en detalles ni proceder a ningún cotejo de fechas, David se limitó a confirmárselo con una sonrisa nostálgica y enternecida.

Yo, por mi parte, jamás llegué a aludir al tema. Ni durante mis encuentros con él, ni más tarde, cuando la internet y sus redes sociales abrieron la opción de recuperar a mi amigo y a su mamá tras décadas de distanciamiento e ignorancia totales. Nada que ver con el pudor o con la diplomacia. Me gusta el velo de bruma en torno a la historia aquella. El “igual y sí” entremezclado en oleajes de ida y vuelta con el “igual y no”.

Como poeta, David será siempre para mí antes que nada el autor del primer libro suyo que llegó a mis manos: Cuaderno de noviembre. Al revisitar sus páginas, al revisitar las páginas de cualquiera de sus otros libros de poemas, David no me ofrece ninguna inapelable certidumbre, sino algo infinitamente más precioso: el aliento siempre renovado de una jubilosa sospecha.

Pues eso es. Yo no necesito la inapelable certidumbre de haber conocido a David Huerta hacia mis ocho o mis nueve años: me basta la jubilosa sospecha.


Imagen: David Huerta retratado por Rogelio Cuéllar en 1980.

domingo, 2 de octubre de 2022

El pliego suelto que nunca existió.

 

Un libro, como podemos comprobar ahora mismo echando mano de cualquier volumen a nuestro alcance, se confecciona a partir de varios pliegos de papel doblados y encartados. Para mantener unidos y en orden los cuadernillos independientes que resultan de dicho encartamiento, es menester fijarlos mediante costura o pegado a través de un proceso de encuadernación. Una hoja volante se define como un solo pliego doblado o varios pliegos encartados que no han sido sometidos a proceso de encuadernación alguno.

El rápido auge de la imprenta durante la segunda mitad del siglo XV, que estimuló la aparición de talleres a lo largo y a lo ancho de todo el continente europeo, trajo consigo la necesidad de legislaciones y normas regulatorias emitidas por las autoridades competentes. En 1502, los Reyes Católicos promulgaron un conjunto de leyes para impresores, libreros, imprentas y librerías, que imponían estrictas regulaciones y engorrosos trámites a la producción y venta de libros dentro de sus dominios, mas no así a otro tipo de materiales impresos. Pueden identificarse dichas leyes como el detonante decisivo para la proliferación de hojas volantes y pliegos sueltos, llamados también pliegos de cordel. No obstante, el auge de tales publicaciones no fue inmediato. Tanto la definición de su perfil como su destacado sitio en el favor de un público al que debieron encargarse de formar, irían consolidándose paso por paso a lo largo de muchas décadas.

El término “pliegos de cordel” puede haber surgido por detalles de manufactura o por los modos en que estos impresos solían ser ofertados para su venta. En la actualidad permite además distinguirlos de otros materiales, como las gacetas, que son en sentido estricto también hojas volantes, pero cuyo perfil resultaría muy distinto.

Desde el siglo XIX hasta nuestros días, el llamado Pliego suelto del terremoto de Guatemala ha venido siendo presentado por numerosísimas fuentes como la primera pieza periodística y la primera hoja volante aparecida en la Nueva España.  Lírica, narrativa y dramáticamente hablando, ningún perfil más tentador que el suyo para confiarle el acta de nacimiento oficial de nuestras publicaciones literarias. 

Primero, se trataría de un pliego suelto impreso en 1541, es decir apenas a veinte años de la derrota del señorío mexica. Segundo, reproduciría de manera más o menos fiel un informe de primera mano transmitido a España por el conquistador Juan Rodríguez Cabrillo; informe que suele reconocerse como el primer texto periodístico escrito en el Nuevo Mundo. Tercero, habría salido del taller de Juan Pablos, primer mítico impresor en la historia de América. Cuarto: inmortalizaría una truculenta historia relacionada con la suerte final del conquistador Pedro de Alvarado, capitán responsable en ausencia de Cortés de la matanza perpetrada dentro del Templo Mayor de Tenochtitlan en mayo de 1520.

¿No parecen los datos así dispuestos estar perfilando ya por sí solos el material de una apasionante novela? Tienta por demás cerrar los ojos y conjeturar a las gentes de aquella Ciudad de México aún en obra negra, leyendo por cuenta propia o escuchando por boca de algún comedido la primera hoja volante de nuestra historia. Pero lo cierto es que ninguna de esas hipotéticas escenas pudo tener lugar, dado que el presunto Pliego suelto del terremoto de Guatemala impreso por Juan Pablos nunca existió. No podía existir. Ninguna condición había para posibilitar que se imprimiera, ni en lo que hace al amplio marco de la situación sociocultural de Nueva España y el imperio español hacia 1541, ni en lo que hace a las específicas circunstancias de las personas que habrían debido involucrarse en semejante proyecto.

Un contenido predilecto de los pliegos de cordel a lo largo de su dilatada historia —una historia que se extiende desde el siglo XV hasta la actualidad— corresponde al muy amplio marco genérico de la “relación de sucesos”. Es dentro de este rubro donde se ubicaría la presunta hoja volante impresa en México por Juan Pablos en 1541. Temáticamente, dentro de la relación de sucesos cabían la reseña de efemérides civiles y religiosas, la crónica de hechos históricos, los relatos de milagros y prodigios naturales, el testimonio biográfico y autobiográfico, las truculencias propias de nuestra prensa sensacionalista y de nuestra nota roja, etc.; de hecho, las fronteras entre semejantes bloques temáticos a menudo no solían resultar demasiado claras. Estilísticamente, las relaciones de sucesos admitían lo mismo la prosa que el verso; significativa parte de los romances populares que han llegado hasta nosotros proceden de los pliegos de cordel.

Por lo que respecta al auge gradual de las relaciones de sucesos  aparecidas en hojas volantes durante el siglo XVI, como preludio para su éxito masivo a partir del siglo XVII, la investigadora española María Sánchez Pérez, Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, ha elaborado una interesante tabla[1].  Por supuesto, se trata de una tabla elaborada a partir de materiales conservados, que debe aquilatarse sobre el marco de referencia de una abrumadora mayoría de materiales perdidos; dada su manufactura y su enfoque, los pliegos de cordel fueron siempre altamente perecederos. No obstante, la propia abundancia o carencia de ejemplares correspondientes a un año u otro admite tomarse sin duda como muestra representativa de la evolución del fenómeno.

De acuerdo con dicha tabla, las relaciones de sucesos en pliego de cordel que conservamos dentro del ámbito hispánico, correspondientes al plazo que va  de 1500 a 1550, suman escasamente un total de catorce; los correspondientes al plazo 1551-1600 suman en cambio ciento veintinueve. Del año 1509 subsiste un solo ejemplar; del año 1596 subsisten quince ejemplares. Del año en que habría aparecido el supuesto Pliego suelto del terremoto de Guatemala de Juan Pablos, curiosamente la producción en la península ibérica no nos ha legado un solo ejemplar. Como señala la Doctora Sánchez Pérez, la definitiva implantación del género parece haberse dado hacia 1570, encarando ya el último cuarto del siglo. No hay motivos pues para sobreestimar la presencia de las relaciones de sucesos en pliegos sueltos como un fenómeno consolidado en España antes de dicha fecha; menos aún en sus posesiones recién conquistadas allende el océano.

Claro que los pliegos de cordel acabarían convertidos en las primeras “revistas” literarias de la historia de México, prolongando una inercia que había iniciado en Europa con la popularización de la imprenta. Pero lo harían de manera mucho más tardía, cuando hubiera suficiente número de impresores para sostener la oferta, y mínimo favor público para garantizar la demanda.

La merecidísima aura mítica que rodea a Juan Pablos como primer impresor de América, no debe hacernos olvidar los precarios recursos de que él y su equipo de trabajo dispusieron durante los primeros años, así como las severas restricciones de todo tipo que por contrato debía obedecer. Al llegar a la Ciudad de México en 1539, nada era suyo. Ni los 195 000 maravedíes que portaba para la compra de insumos, útiles, provisiones y gastos; ni su movilidad durante los siguientes diez años, pues quedaba comprometido a no abandonar la ciudad en ese lapso;  ni los privilegios reales que certificaban el taller a su cargo como la única imprenta autorizada de todo el continente; ni los materiales y herramientas de trabajo que traía consigo; ni el esclavo negro incorporado como batidor; ni la potestad de elegir al tirador de la imprenta, que podía ser removido y sustituido en el momento que se lo ordenaran; mucho menos las potenciales ganancias que el taller consiguiera rendir, mismas que se comprometía a remitir íntegras a España y de las cuales debía corresponderle al cabo la quinta parte, tras los respectivos descuentos por inversión capitalista, por pérdida o estropicio de bienes del taller, por gastos de traslado, y por manutención de él y su esposa, Jerónima Gutiérrez. Ni siquiera eran suyos el nombre Juan Pablos con que pasaría a la historia, ni el reino español desde el cual arribaba, pues se llamaba en realidad Giovanni Pauli y había nacido en Brescia, Italia.

El verdadero beneficiario de aquella iniciativa era su patrón, Juan Cromberger, cuyo padre, el alemán Jacobo Cromberger, había logrado convertirse durante el primer cuarto del siglo XVI en el más importante impresor de Sevilla (principalísima ciudad para el naciente imperio español ya desde entonces). El patriarca de los Cromberger supo obtener de la corona ventajosos favores que le permitirían no sólo ampliar y diversificar intereses comerciales en Europa, sino incorporarse a lo que en aquella época comenzó a llamarse la “Carrera de Indias”. Por su parte, sin descuidar el negocio que había dado origen a la prosperidad familiar, Juan Cromberger orientó esfuerzos hacia una consolidación mercantil de amplio espectro, que incluía desde el préstamo de dinero hasta el comercio ultramarino, desde la actividad inmobiliaria hasta el tráfico de esclavos. Por lo que hace a su empresa americana, pese al rigor de las leoninas cláusulas impuestas a Juan Pablos, la verdad es que Cromberger manifestó muy poco interés en el monopolio que se le había concedido como única persona autorizada para la impresión e importación de libros en el Nuevo Mundo; su atención y la de sus herederos se consagró casi íntegra a las ricas explotaciones de plata conseguidas en Sultepec y Taxco.

La llegada de la imprenta a la Nueva España había tenido su principal promotor en el franciscano Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien adquiere su mayor celebridad popular en la memoria mexicana por haber sido el primero en mirar a la Virgen de Guadalupe en el ayate de Juan Diego, según narran la tradición y la leyenda. Como casi siempre que de humanos asuntos se trata, acaso sea menester repartir equitativamente su empeño bibliófilo entre el amor, la necesidad, el interés, las responsabilidades y los compromisos adquiridos. Zumárraga amaba los libros. Zumárraga era consciente de la importancia de una imprenta para las labores evangelizadoras y educativas del incipiente virreinato. Y Zumárraga tenía un adeudo monetario por préstamo no saldado con la familia Cromberger.

No parece descabellado conjeturar una decisiva influencia del obispo de México para beneficiar los negocios del empresario sevillano en Nueva España. Lo más importante aquí es en todo caso establecer que Juan Pablos inició su labor impresora condicionado en un extremo por el despotismo patronal y la desidia editorial de Juan Cromberger, y en otro por los requerimientos e intereses institucionales de Fray Juan de Zumárraga. Es en estos últimos que debemos centrar ahora nuestra atención. Apenas instalada la flamante imprenta en la llamada Casa de las Campanas, las funciones que se aguardaban de ella no correspondían prioritariamente a la manufactura de libros.

La habilitación de un taller tipográfico en la Nueva España obedeció a objetivos bien definidos por parte de la corona, la iglesia y el virrey Antonio de Mendoza. Por una parte, apoyar el proceso de evangelización con la publicación de doctrinas, catecismos, confesionarios, manuales de sacramentos, etc.; por otra, respaldar el proceso de hispanización mediante la elaboración de vocabularios, artes de lengua, cartillas para aprender a leer, etc.; por último, pero no menos importante, facilitar las labores civiles y administrativas sacando a la luz impresos burocráticos como edictos, cédulas, formularios y calendarios, actualmente denominados “literatura gris”.

Hay consenso en distinguir una notable desproporción cualitativa y cuantitativa entre la producción bibliográfica del taller de Juan Pablos al servicio de Cromberger, y el taller ya con Juan Pablos como propietario y titular. Y en esa desproporción tienen peso innegable la precariedad y las prohibiciones impuestas por la familia Cromberger. Sin embargo no debe minimizarse como otra causa importante la demanda de materiales religiosos, lingüísticos y administrativos que Juan Pablos y su equipo de trabajo debieron cubrir por sí solos durante aquellos años, sin la colaboración ni la competencia de ningún otro impresor, y padeciendo encima las al parecer atávicas crisis por carencia y carestía de papel.

Escaso margen y sentido pues para el desliz de una relación de sucesos en hoja volante durante 1541. Y sin embargo, las referencias que dan como un hecho la existencia del Pliego suelto del terremoto de Guatemala son desde el siglo XIX hasta la actualidad abundantísimas, comenzando con el Diccionario Universal de Historia y Geografía publicado en nuestro país en 1854, y terminando con las vigentes entradas que ahora mismo puede consultar cualquiera ingresando a Wikipedia. Continúan difundiéndose con profusión las fotografías del impreso, cuyo colofón luce con todas sus letras la leyenda: “Imprimióse en la gran ciudad de México. Año de mil y quinientos y cuarenta y uno en casa de Juan Cromberger”.

El auge de los pliegos de cordel en Nueva España, aun cuando muy precariamente documentado, cabe ubicarlo hasta ya entrado el siglo XVII. Y además con notables matices respecto de las características que adquiriría el género del otro lado del mar. En la península, siguiendo una proporción más o menos equitativa, las hojas volantes de corte piadoso en sus diversas modalidades coexistieron desde un principio con materiales autorizados a licencias más profanas; cumplidas las respectivas fórmulas de circunstancias en elogio de este santo, esa virgen o aquella autoridad, podían lectores y escuchas dar rienda suelta a su llana curiosidad, a su lírica avidez, a su descarado morbo.

Para Nueva España las cosas fueron muy distintas. La vigilancia y la censura de la iglesia y la corona se mantuvieron siempre quisquillosas y alertas respecto del riesgo que pudieran acarrear determinadas libertades. En el caso que nos ocupa, es decir, el de lo que podía ser impreso y leído o no en el Nuevo Mundo, una de las más tempranas y férreas proscripciones le correspondió justamente a lo fabuloso y lo profano. Sabemos que a partir del siglo XVII, en materia de relación de sucesos, se imprimieron romances, milagros, noticias de actualidad y crónicas de desastres. Pero sin hurtarle nunca el sitial de privilegio a la reseña de procesiones, o de festividades tanto civiles como religiosas. Todo indica que hasta el fin del virreinato, tratándose de pliegos sueltos, el eje dominante hay que enfocarlo primero desde la óptica del proceso de evangelización, y después desde la óptica de las obligaciones que —en tanto súbdito y feligrés— la autoridad aguardaba de un pueblo ya plenamente evangelizado. Y que el resto de las temáticas características de la literatura de cordel quedaron confiadas a otras manifestaciones culturales, como la tradición oral, la copla callejera, la música popular, más algún temerario desliz de cuando en cuando desde la escena teatral. Para expresarse de manera abierta a través de la página impresa de distribución masiva, el gusto por el chisme escabroso y la peripecia sangrienta tendría que aguardar entre nosotros hasta la llegada de la Independencia.

Guadalupe Rodríguez Domínguez, investigadora de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, se ha encargado de demostrar[2] que la versión del Pliego suelto de Guatemala difundida como mexicana es reelaboración de dos hojas volantes impresas en España en fecha sin determinar, y que no pudo salir del taller a cargo de Juan Pablos, dado que ni la tipografía, ni las orlas, ni los grabados utilizados corresponden a aquellos de los que dispuso el bresciano. Materiales estos últimos que, por su parte, se hallan plenamente identificados a partir de aquellas obras que Juan Pablos efectivamente imprimió.

Tras la comprobación técnica, quedaba empero en pie la cuestión de la procedencia de aquel impreso espurio. A Rodríguez Domínguez le llamó la atención que durante cerca de tres siglos no hubiera habido referencia alguna sobre esa hoja volante. Y que tanto la primera noticia a propósito de ella, así como las ulteriores ratificaciones que procedieron a acreditarla, procedieran todas de un selecto y ceñido núcleo de bibliógrafos, encabezados por el célebre humanista decimonónico Joaquín García Icazbalceta.

En su obra de ficción La novela de mi vida, del año 2002, el escritor Leonardo Padura polemiza a propósito de Espejo de paciencia, poema con que el escritor canario Silvestre de Balboa habría fundado la literatura cubana hacia 1620. Padura postula de manera abierta que tanto el poema como el escritor nunca existieron, y que fueron obra de un puñado de escritores del Romanticismo, decididos a otorgarle a la isla un antecedente ilustre del cual carecía, equiparable a la mexicana Crónica de Bernal, a la chilena Araucana de Ercilla y a los peruanos Comentarios Reales del Inca Garcilaso.

De manera análoga, la Doctora Ramírez Domínguez plantea que el pliego suelto del terremoto de Guatemala atribuido a Juan Pablos, fue creación de García Izcabalceta y su círculo de allegados. Quién sabe si como broma erudita, como venganza personal contra otros especialistas, o como jactancia de su capacidad para incorporarle a la realidad un fruto de la pura fantasía, de la pura ficción.

Acaso nos hemos equivocado y nuestra historia no es una novela. Sino un cuento. De Jorge Luis Borges.




[1] Sánchez Pérez María. Panorámica sobre las Relaciones de sucesos en pliegos sueltos poéticos (siglo XVI). En eHumanista: Journal of Iberian Studies,  Vol. 21, 2012.

 [2] Rodríguez Domínguez Guadalupe. La imprenta en México en el siglo XVI. Editorial Regional de Extremadura. Mérida, 2018.


Imágenes:

1. Remodelación de la catedral de la Antigua Guatemala. Antonio Rodríguez Montúfar, 1678.

2. Imprenta limeña. Miguel Adame, 1701.

3. El presunto Pliego suelto del terremoto de Guatemala impreso en México en 1541.