sábado, 20 de marzo de 2021

Cien años de Suave Patria.

 

Para la cultura mexicana, un referente señero a la hora de afrontar las problemáticas relaciones entre doméstica intimidad y cívico fervor, sigue siendo la épica sordina de Ramón López Velarde. Aunque se ha insistido en que Suave Patria no es el mejor de sus poemas, sin duda cumple una función espiritual e histórica que mal hubiese podido plantearse cualquiera de sus piezas dictaminadas como mayores por la crítica especializada. Suave Patria, desde los hallazgos más hondos y fecundos del poeta, le tiende un transitable puente para reconocerse al país que, sin advertirlo, a través de ellos había alcanzado por fin una voz propia. Como se ha escrito de sobra, al hablarle a la patria, López Velarde le habla siempre a una mujer. No una mujer de mármol, bronce, jade u obsidiana, sino una mujer hecha a la fugaz medida de los sentidos, tejida por las texturas y los perfumes del instante. A través de esa visión, la patria (desmesurada e intangible, ajena por innombrable, instantánea petrificadora de cuantas palabras y voces procuran enunciarla) se amaga por fin permeable a la humana y diaria pertenencia. Ni domesticada, ni dócil, ni distorsionada por complacientes letargos, la Historia deviene territorio para el más íntimo de los actos (la pasión amorosa) y entreabre así la verosímil opción de nombrarla, concebirla y asumirla propia desde la irreductible singularidad de cada cual.

Por cuanto respecta a la divulgada especie de que el alba lírica augurada por el poema no despuntó jamás, y de que sus herederos no consiguieron sino convertirse en burdos imitadores, pasando a engrosar las filas del más pueril folklorismo, resulta indispensable esclarecer que Suave Patria lleva tras de sí una larga y fecunda genealogía, hecha patente en toda su dimensión de ciclo cumplido hacia 1982 por Efraín Huerta en Amor, Patria mía. Se equivocaron quienes supusieron que la fidelidad había que asumirla en relación a los referentes temáticos y estilísticos más superficiales, pues se trataba de una fidelidad apenas aparente, empecinada en seguir al poema desde fuera de él y dejándolo —para bien y para mal— intacto. La verdadera fidelidad corresponde a cuantos autores, herederos de un impulso universal que López Velarde no había inaugurado, pero sí matizado en perspectiva nacional de cara a la muerte de un México y el nacimiento de otro, asumieron la experiencia amorosa como privilegiada mediación entre instante y tiempo, entre Historia y experiencia individual, sorteando el riesgo dual de la petrificación ante el mundo y del extravío interior. A la artificial disyuntiva entre abstracción egocéntrica y dispersión excéntrica, tal fidelidad supo oponer la puntual definición poética de la identidad particular como garantía de participación universal, y de la perspectiva universal como mediación indispensable para definir la condición y el espacio de lo secreto.

López Velarde, que al término de la lucha armada 1910-1920 había completado ya la espiral ascendente de cuantos alcances regenerativos atesoraba su zozobra, antes de morir alcanzó a rematar este fundacional poema; donde tales alcances se ofrendan patrimonio colectivo y perfilan, sin traicionarse, las honduras a remontar por quien sea capaz de trascender, retrospectivamente, los pintorescos señuelos de la apariencia. A partir de tales elementos, puede perfilarse la real vastedad de la genealogía que Suave Patria inauguró, distinguiendo como indisputables partícipes de su linaje a Piedra de Sol de Octavio Paz, Horas de Junio de Carlos Pellicer, Retorno de Electra de Enriqueta Ochoa, El manto y la corona de Rubén Bonifaz Nuño, Poesía no eres tú de Rosario Castellanos o Yuria de Jaime Sabines, entre muchas otras más.

La opción de transmutar las emotividades patrias en prendas de íntimo retraimiento  no quedaría referida en exclusiva a la esfera literaria. “Espectáculo para la vista y el oído” señala Octavio Paz, “La suave patria se parece, más que a la pintura mural, a la música de Silvestre Revueltas”[1].  Por su parte, apunta Juan José Arreola:

 

Otra vez lo tremendo del misterio: vamos cantando por el mundo las canciones del amor ajeno, y de pronto la mirada de una mujer nos rompe en el alma nuestro propio canto. Y esa mujer es mestiza, como nosotros mismos, y da la casualidad, precisamente, de que esa mujer, rostro entrevisto en medio de una multitud, es la Patria. Así, con mayúscula, López Velarde nos da la imagen de México en minúsculos detalles. Por eso es el primero y el mejor de los muralistas: el que acentúa con toda la voz y con todo el pincel un rostro anónimo.[2]

 

Suave Patria es una función de teatro. Todo se enmascara, atavía y dispone en estado de representación, comenzando por el propio poeta que, para dar inicio a la obra, se adelanta sobre el escenario y encara a los espectadores afectando su tono de voz habitual (él, que siempre prefirió quedarse a recitar o cantar bajito en la intimidad hogareña, consintiéndose apenas cada tanto el papel de apuntador que susurra fuera de la visión del público):

 

Yo que sólo canté de la exquisita

partitura del íntimo decoro,

alzo hoy la voz a la mitad del foro

a la manera del tenor que imita

la gutural modulación del bajo

para cortar a la epopeya un gajo.[3]

 

¿Pero qué clase de obra de teatro es la que toma por modelo Suave Patria? Determinados enfoques críticos parecieran tácita o abiertamente reprochar a López Velarde el voluntario alejamiento de las zonas de mayor densidad de su obra, para refugiarse en convenciones populares más próximas al público anónimo, sencillo y mayoritario que, a pesar de la institucionalización oficial del poema (y no gracias a ella) terminaría por apropiárselo.

En efecto. Lo que hizo López Velarde fue confeccionar una pieza de teatro de revista, una mexicanísima opereta donde las más hondas obsesiones de su lírica en modo alguno quedaban abandonadas, sino antes bien se ponían el antifaz o se empolvaban la cara para mejor y con mayor desnudez (transparencia) compartirse; como ha convenido siempre al arte dramático. Poeta católico en la misma línea fraterna y franciscana que Carlos Pellicer llevaría a su máxima extroversión, pero que en él tendió a manifestarse siempre en términos mucho más cautelosos y discretos, temprano advierte que las tensiones y los hallazgos personales de su travesía poética de ninguna manera le pertenecen en exclusiva, sino antes bien constituyen su margen de participación en un vastedad secretamente compartida, así como la teatralización del sostenido drama (acaso irresoluble) entre lo inminente y lo perdido. Si la instancia culminante de la misa es el momento teatral donde ministro y feligresía devienen actores para actualizar eterno presente la comunión, ¿por qué no iba el teatro a servir de espacio y tiempo sagrado para partir y repartir la Patria como un pan del que todos pudieran comer?

La inclinación de López Velarde hacia los espectáculos populares como el circo, la zarzuela y el teatro está ampliamente documentada por sus biógrafos y comentaristas, y suficientemente ilustrada por sus propios escritos. A propósito de cierta prosa publicada en 1909 en el diario El regional de Guadalajara, donde el poeta confiesa su fascinación por una artista que le deslumbrara años atrás desde las tablas, comenta Juan José Arreola:

 

No quiero decirlo porque es cierto. Una mujer vista en la escena suele ser más impresionante que la imagen de una mujer vista en la vida. Y aquella actriz modesta “que paseó su juventud, en medianos éxitos de arte, por los escenarios de provincia”, parece que dejó una imagen indeleble… “Sólo recuerdo haber abandonado el teatro con la emoción vaga del que se inicia en el ensueño…”. Indudablemente, el texto publicado en El Regional de Guadalajara es una tentativa para provocar el encuentro, un mensaje amoroso encerrado en una botella herméticamente arrojada al mar del tiempo y la memoria […].[4]

 

Esa peculiar e indeleble impresión provocada por una mujer vista en las tablas es la que consigue López Velarde con su célebre pieza lírica en dos actos y un intermedio. Y la “modesta actriz que paseó su juventud en medianos éxitos de arte, por los escenarios de provincia”, resulta ser la propia Patria ojerosa y pintada, retocando sus encantos para una última función de gala que es al mismo tiempo, y sin contradicción excluyente, también su debut.

Constituye un tema ya de sobra conocido el sometimiento de López Velarde al aura tutelar de dos figuras de mujer disímiles y complementarias, objeto cada una de caballeroso disimulo en alguna etapa de la vida o la muerte del poeta. Fuensanta enmascara durante apenas la primera edición del libro inaugural del corpus velardiano (La sangre devota, 1916) a  Josefa de los Ríos, pasión de sus bisoñas horas provincianas, cuyo influjo habrá de perseguirlo hasta la tumba y cuya identidad se verá revelada tempranamente; por su parte, Margarita Quijano, quintaesencia de las desconocidas potencias carnales y espirituales que lo femenino revela en el contacto de López Velarde con la gran ciudad, se vuelve, durante los primeros lustros posteriores a su prematuro fallecimiento, un nombre silenciado por la galante discreción de casi todos sus comentaristas, biógrafos y críticos.

Personalidades materiales a la vez que intuiciones metafísicas, el poeta verá madurar su travesía cuando consiga transparentarla pendular vaivén entre ambos polos de imantación. Y será hasta entonces cuando se halle en condiciones de precisar cuál es el linaje a que pertenece: un linaje por encima de toda consanguinidad.

Apunta Octavio Paz a este respecto:

 

En la libertad erótica de la mujer reconoce la suya y sobre esas dos libertades enemigas funda una hermandad. Es una fraternidad vertiginosa porque se apoya en el instante: fundación en un abismo. Sociedad secreta donde no cuentan ni el nombre ni el rango ni la moral[…]. No es una sociedad de libertinos sino de solitarios que se unen en un rito apartado. También las vírgenes provincianas son parte de esa cofraternidad clandestina.[5]

 

Podría decirse que Fuensanta singulariza nombre propio a ese coro de vírgenes, habitual dentro de la poesía velardeana. En su porción de luz, las paisanas puras, las intactas jerezanas de la edénica infancia pueblerina, serán capaces a la postre hasta de cifrar para la Patria el misterio de la dicha perdurable (“sé siempre igual, fiel a tu espejo diario”[6]). Pero en su porción de sombra, tan idílico sueño de instante detenido ya de suyo atesora claustrofóbicas notas de oprobio (“he visto el manicomio en que murmura / vuestra cabeza rota sus delirios”[7], “cuando el sol vespertino amorate / vuestros vidrios, y os heléis / en el diario silencio del inútil combate”[8]). No están destinadas a prevalecer inmaculadas en su paraíso, sino a precipitarse con sufrida resignación fuera del edén, en idéntica proporción al poeta que las canta. Son ellas el edén subvertido al que Ramón no podrá excusarse de volver, puesto que le salen al paso en cada esquina de la gran ciudad, asomadas a las vidrieras, delineando irreparables orfandades en cada angustiante parte noticioso de la Revolución en marcha, volviéndolo a él mismo partícipe y cómplice directo de su mancilla durante culposas escapadas prostibularias; sugiriendo que su estatura de ángeles en ejercicio de elevación quizá no haya sido nunca sino un piadoso espejismo de la nostalgia: un espejismo desmentido por la cotidiana, incontestable evidencia de ángeles para siempre caídos, almas desde siempre desterradas, vírgenes desde siempre y para siempre dolientes.

Extranjeras, mancilladas y extraviadas, las vírgenes caídas renuevan con el poeta sus votos de paisanas y cofrades:

 

López Velarde está unido a ellas por un lazo más fuerte que la sangre y el bautismo. En la soledad de un cuarto cerrado al mundo exterior, caverna urbana o “perdida alcoba de nigromante”, han compartido con él unas cuantas horas fuera de los horarios: lujuria, aburrimiento, sabor de crimen y de inocencia, abandono y concentración.[9]

 

No es posible resumir en unas pocas líneas el complejo zodiaco que lo femenino articula en el horizonte espiritual y literario de López Velarde, ni las múltiples, reversibles gravitaciones, influencias y problemáticas establecidas entre las diversas figuras que lo integran. Baste decir que dicho zodiaco se proyecta desde el íntimo contexto autobiográfico del poeta hasta amplias magnitudes cósmicas y metafísicas, pasando de modo decisivo por la dimensión nacional.

La Patria se identificará a través de sus visiones como una de aquellas vírgenes provincianas, capaz de renovar votos de perenne pureza desde los más elementales gestos y los más modestos ritos de la cotidianidad doméstica:

 

Inaccesible al deshonor floreces;

creeré en ti, mientras una mexicana

en su tápalo lleve los dobleces

de la tienda, a las seis de la mañana,

y al estrenar su lujo quede lleno

el país, del aroma del estreno.[10]

 

 Pero también se asimilará a la dama cuya reputación (ante los ojos del agonizante moralismo porfirista) no puede sino quedar en entredicho cuando se contempla a deshoras su despeinado retorno de la fiesta:

 

Sobre tu Capital, cada hora vuela

ojerosa y pintada, en carretela…[11]

 

Mediante el juego de espejos entre ambas fisonomías (la primera de ellas festiva y abiertamente enaltecida, la segunda púdica pero nítidamente perfilada), Suave Patria no sólo consigue enunciar privilegiadamente y en tono de celebración su hora recién cumplida, es decir, la hora entrecortada y convulsa del sobresalto revolucionario. También fija ideal el pasado perdido; pero, sobre todo, consigue anticipar la instantánea en ciernes de la triunfal Revolución hecha país. Instantánea que conseguirá cumplir un ciclo de casi cinco décadas; hasta que llegue 1968, para hacer añicos el espejo.



[1] Paz, Octavio. Cuadrivio. Joaquín Mortiz. México, 1991.

[2] Arreola, Juan José. Ramón López Velarde: el poeta, el revolucionario. Alfaguara. México, 1997.

[3] López Velarde, Ramón. Suave Patria. De El son del corazónEn Poesías Completas y El Minutero. Edición y prólogo de Antonio Castro Leal. Porrúa. México, 1953.

[4] Arreola, Juan José. Op. Cit.

[5] Paz, Octavio. Cuadrivio.

[6] López Velarde, Ramón. Suave Patria. Op. cit.

[7] López Velarde, Ramón. Jerezanas… Ídem.

[8] Ibídem.

[9] Paz, Octavio. Ídem.

[10] López Velarde, Ramón. Suave Patria. Op. cit.

[11] Ibídem.


Imagen: Alicia (1916), de Saturnino Herrán.

sábado, 6 de marzo de 2021

Los perros del amanecer.

Alcancé a cursar primer grado de secundaria en el Distrito Federal. Al año siguiente, corriendo 1984 y estando yo por cumplir trece años, nos trasladamos a vivir a Morelia. Desde el momento en que tuve preliminar noticia de la mudanza como mero proyecto, juré que a la primera oportunidad emprendería el camino de vuelta a la ciudad de mi infancia.

Y en efecto regresé. Infinidad de veces. Pero sólo de visita. Acumulando en la garganta, con cada nueva escala, una dulzona amargura de imposible, propia de esos amores inmunes a toda borradura, por más que asumas con fatal entendimiento que no habrán de consumarse jamás.

Las siguientes vacaciones veraniegas me permitieron arraigar en definitiva una incondicional y perdurable devoción por Los intocables; aquella serie televisiva hoy clásica, rodada en los años sesenta pero bajo un apego bastante estricto a las convenciones del cine negro de los cuarenta. Con Robert Stack a la cabeza interpretando a Elliot Ness, ficcionaba la lucha entre Al Capone y el equipo especial de policías federales que acabaron por enviar a prisión al emblemático mafioso, aunque  por asuntos legales detrás de cámaras el argumento convertía en antagonista central a su colaborador Frank Nitti.

Dicha devoción había comenzado a perfilarse de oídas por vía materna desde que era muy pequeño. Mi mamá siempre cultivó el hábito de relatarme tanto sus sueños como las películas que iba a ver al cine con mi papá, y a las cuales por mi edad yo no podía tener acceso. Sus relatos hacían —siguen haciendo— acopio de una minuciosidad laberíntica, así como de toda suerte de confusos retrocesos narrativos. De modo que a la trama de El exorcista, Kramer contra Kramer, Cuando el destino nos alcance, Tootsie, Coma, Naranja mecánica y muchas más, yo me acostumbré a asomarme más desde la sugerencia emotiva que desde la nitidez argumental. Así también fue construyéndose mi ávida expectativa en torno a Los intocables y a la serie bélica Combate; aunque en este último caso me vería más bien defraudado, puesto que Combate me resultó desde el primer momento aburridísima.

En el verano de 1985, una de las cíclicas oleadas retro del Canal Cuatro o del Canal Nueve había incorporado ambos programas a su oferta nocturna. Cinco días a la semana, en horario si no mal recuerdo de veintidós horas para Combate y de veintitrés horas para Los intocables. Como esos canales televisivos no llegaban entonces a Morelia, me consagré a sacarle el mayor provecho posible a la coyuntura vacacional.

Mis hermanas y yo nos habíamos ido a instalar durante algunos días en casa de mi abuela materna. Puede decirse que la casa de nuestra infancia, aun cuando en sentido estricto jamás hayamos llegado a vivir ahí. La casa de nuestros sueños y de nuestros ensueños. La casa en que, por convencional y cursi que así dicho suene, se nos entregaron de principio a fin tanto el corazón, el juego, la risa, la magia y lo sagrado, como los olores, sonidos y sabores más perdurables de nuestras vidas. La casa que acostumbraba regalárnoslo todo, aunque por lo regular no hubiera en ella sino poco menos que nada.

Casa de vecindad todavía con paredes de adobe, apolillados postigos de madera pintados de rojo, duela chirriante en el espacio correspondiente a lo que alguna vez había sido la estancia, y robustos vigones sosteniendo techos que a mí se me antojaban altísimos. La alargada cocina no tenía tarja, de modo que los trastes debían ser lavados en el lavadero de la azotehuela. La llave del lavadero siempre estaba asegurada con el amarre de una media de popotillo, para contener sus eternas fugas. El baño era una reducida caseta junto al lavadero, con una cortina de plástico en vez de puerta, y sin espacio dentro más que para su vetusto escusado de cadena; los adultos se bañaban a cubetadas ahí mismo, mientras que a los niños se nos habilitaba para tal menester una tina de lámina en la cocina. El espacio originalmente concebido como estancia para sala y comedor, se había transmutado en dos recámaras por el sencillo método de introducir un tocador y un ropero en el medio. La recámara propiamente dicha la recuerdo mayoritariamente convertida en bodega, para mercancías del propietario de un puesto de salchichonería en el Mercado de la Lagunilla; hombre que llevaba ya muchos años de relación con mi abuela, y a quien mi abuela tenía por costumbre referirse en reverente y hermética mayúscula como “Él”.

La vecindad estaba ubicada en la añeja pero jamás respetable colonia Guerrero. Sobre Mosqueta, a media cuadra del cruce entre Reforma y Eje Central. Durante la época previa a la Conquista, esos eran los límites de la parcialidad tenochca de Copolco, perteneciente al barrio de Cuepopan, y sirvieron de escenario para diversas batallas donde los mexicas consolidaron su poder ante los de Tlatelolco. Me gusta imaginar que fue justo por la zona de la casa de mi abuela que Hernán Cortés estuvo a punto de ser aprehendido y de dejar el pellejo, cuando a un año de la llamada Noche Triste él y sus hombres se internaron por tales rumbos, pretendiendo vengarse en el primer aniversario de la afrenta, y saliendo con el yelmo doblemente abollado.

Podría decirse que los dominios de mi abuela, su habitual zona de caminatas, consejas  y evocaciones, se extendían por el poniente hasta la Plaza Garibaldi y el Mercado de la Lagunilla, abarcando como imantadas prendas postales para mis ojos de niño el Club Bombay, el Burlesque del Colonial, el Teatro Blanquita, la Carpa México, la iglesia de Santa María la Redonda, los comederos de San Camilito, e incluso el frontispicio de la Arena Coliseo; por el oriente, dichos dominios llegaban hasta la calle de Guerrero, abarcando el Mercado Martínez de la Torre, la iglesia del Inmaculado Corazón de María donde hice la primera comunión, la vieja estación del metro, los expendios de tacos y tarros de tepache helado, ecos de una nomenclatura de calles para mí imprecisables y misteriosas: Soto, Camelia, Zarco, Héroes, Magnolia, Moctezuma.

Había pasado pues extensos y esenciales pasajes de mi infancia en el escenario más propicio del mundo que cupiera concebir para la mejor de las novelas negras. Pero no llegaría a tomar conciencia de ello sino justo en el par de vacaciones de verano a las que estoy refiriéndome: las vacaciones largas de mis catorce y mis quince años. De ninguna manera hubiera podido ser antes, y sin embargo el paso de los años no ha conseguido diluir en mi pecho la impresión de que fue demasiado tarde.

Y es que aquellos días del verano de 1985 —no recuerdo cuántos, ni si correspondieron a julio o a agosto—, sin que hubiese manera de preverlo, fueron los últimos que pasé en casa de mi abuela. Como digo, la casa de mis sueños y de mis ensueños: la casa que definió inadvertidamente y por anticipado mi vocación por la literatura.

Evitemos equívocos. Al predio en sí continué regresando todavía durante más de veinte años. Y al hacerlo, reencontraba en él tanto a mi abuela como a todo el repertorio de enseres y perfumes que me la convirtieran desde niño en eje cardinal de lo impalpable, en rosa de los vientos del prodigio. Pero las paredes de adobe, la larga cocina sin tarja, los vigones en el techo altísimo, los postigos de madera y el escusado de cadena estaban cerca de desaparecer sin ningún género de metáforas ni de apelaciones. En breve sobrevendría el sismo del 19 de septiembre; y aunque la vetusta y descascarada vecindad conseguiría sobrellevarlo en pie, las correspondientes afectaciones orillarían a demolerla, para alzar en su lugar uno de esos ejemplares de catálogo a la postre habilitados por toda la Ciudad de México para relativo resarcimiento de millares de damnificados. Relativo resarcimiento, porque lo esencial de los espacios que amamos, y de cuanto somos capaces de inventar en ellos, queda fuera de la jurisdicción de los ladrillos, los ingenieros y las dependencias de desarrollo urbano.

Vuelvo pues a aquel inadvertido epílogo vacacional, correspondiente a las vísperas del sismo del ochentaicinco. Mientras mis tres hermanas debían dormir aún en la cama dispuesta tras el tocador (un desvencijado tambor de resortes, un roñoso colchón y un montón de almohadas rellenas de retazos de tela), yo en razón de mi edad y de mi progenitura había adquirido desde antes de nuestro exilio moreliano el privilegio de dormir en un catre frente al televisor, al lado de la cama de mi abuela. Como mis hermanas manifestaran que también querían ver Los intocables, mi abuela se las arregló para que todas pudieran acomodarse con ella, acostadas a lo ancho y con los pies sobresaliéndoles de las cobijas. Sólo que, cumplido el turno de la telenovela nocturna que acostumbraba ver, había que aguardar todavía una hora; y Combate mostró desde el comienzo cualidades soporíferas sobre nosotros. Así que para cuando Elliot Ness y su equipo aparecían en pantalla, el único que permanecía despierto era yo.

No, Combate no me gustaba para nada. Pero como consideraba indispensable llegar a Los intocables en elitista soledad, me negaba a darles a mis hermanas el gusto de cambiar de canal mientras duraba la espera. Y me fingía interesadísimo en las peripecias bélicas de la trama, aun cuando los párpados se me cerraran de aburrimiento.

Ignoro si algo así continúe pasando entre algún sector de las nuevas generaciones, pero durante aquella época una prenda fundamental para certificar que habías dejado atrás el pueril territorio de la infancia consistía en dormirte lo más tarde que se pudiera. No era que debieses consagrarte a alguna actividad en particular; se trataba simplemente de que en un momento dado miraras el reloj, y te certificaras transitando usos horarios por lo regular sólo autorizados para la fiesta familiar de fin de año. La desvelada tenía valor de madurez por sí mismo.

Recuerdo por ejemplo una reunión en casa de uno de los hermanos de mi papá. Los adultos cantaban, reían, bebían, discutían y jugaban cartas en la sala. Los niños habíamos terminado por concentrarnos en una recámara tras la llegada de la noche. Ya la mayor parte roncaba, despatarrada por aquí y por allá, pero los primos mayores empeñábamos ingentes esfuerzos en ser los últimos en dormirnos, saliendo a mirar cada tanto el reloj para comprobar lo tarde que era, lo lejos que habíamos llegado esta vez en eso de ganarle la pulsada al sueño.

La adquisición definitiva de dicho certificado, sobrevino para mí en las vacaciones a que aludo. Porque no se trataba sólo de mirar completo el capítulo de Los intocables, sobreponiéndome a cuantas cabezadas me hubiese impuesto previamente Combate; sino de luego ponerme a mirar la tanda de películas hollywoodenses de los años cuarenta y cincuenta que venía a continuación, con manifiesta voluntad de permanecer despierto hasta el amanecer. Sonará medio absurdo y bobo así dicho, pero de eso se trataba: de mirar las primeras luces y escuchar los ladridos de los primeros perros del amanecer filtrándose por debajo de los postigos, sin haber pegado ojo en toda la madrugada.

Claro que eso de no pegar ojo en toda la madrugada, resultó a lo largo de aquellos días bastante relativo. El sueño me derrotaba con frecuencia y a traición. Al punto de que entre todas aquellas películas (tres por noche, según mis cuentas) sólo recuerdo a cabalidad una de ellas, titulada La mala semilla: relataba la historia de una encantadora niña, tocada desde la cuna por el sello quién sabe si genético o sobrenatural del mal, y que regida por sus caprichos iba consumando toda suerte de atroces crímenes.

La suprema coronación del reto correspondía a la certificación de mi hazaña por parte de testigos y relatores. En principio mi abuela, quien despertando cada tanto a lo largo de la noche, blandamente procedía a amonestarme siempre con la misma frase de preocupación: “¿todavía estás despierto?”. Enseguida, y de manera central, mis tres hermanas, quienes al levantarse y descubrirme aún frente al televisor encendido, procedían a admirarse ante la proeza de que no hubiese dormido yo para nada. En última instancia mis papás —cuando en unos días más vinieran a recogernos—, a los cuales el relato de mis desveladas les certificaría hasta qué punto había ya crecido, hasta qué punto había dejado atrás la niñez.

Como digo, en los hechos dormí bastante durante aquellas noches, vencido por el sueño con recurrencia pese a mis más voluntariosos afanes. Aunque eso sí, de manera entrecortada y superficial; atento en duermevela al menor movimiento de la cama de junto, para proceder a ostentarme absorto en lo que estuviera sucediendo en ese momento en la pantalla.

La medida de aquel bobalicón y medio delirante heroísmo ha quedado asociada en mí, de manera indeleble, a las peripecias de Elliot Ness y de sus Intocables. El programa sigue gustándome muchísimo, y cada tanto vuelvo a darle un vistazo a algunos de sus capítulos, para irritado tedio de mi mujer y de mi hijo. No sé si atenuaría un poco la molestia de ambos, confiándoles que más que a la coloratura en blanco y negro, las intrigas policiales, las ambientaciones, los personajes y la inolvidable voz en off, a lo que trato en el fondo de volver es a las vacaciones de aquel verano de 1985; al último puñadito de días que pasé en la casa de mi infancia, mi memoria y mis sueños. A aquel Elliot Ness de catorce años en calzoncillos, ensayando entre las cobijas de su chirriante catre la medida posible de su modesto heroísmo, mientras aguardaba a lo lejos el inminente, inapelable, irreversible ladrido de los perros del amanecer.