domingo, 28 de agosto de 2022

El otro Sergio.

I

Yo no soy Sergio Monreal.

Es decir, sí, mi primer nombre es Sergio y mi apellido paterno es Monreal. De manera que en la inmensa mayoría de los ámbitos de mi convivencia social extra familiar y extra amistosa, toda la vida me han llamado y me he identificado con naturalidad plena como Sergio Monreal.

Dicha norma sólo fue alterada en el plano escolar. Buena parte de la primaria fui Julián. En primer grado de secundaria, habitando todavía tierras defeñas, quedé incorporado a cierto misterioso hábito de la educación media básica capitalina, ignoro hasta qué punto vigente al día de hoy; el hábito consistía en que los estudiantes nos tratábamos entre nosotros empleando el primer apellido, de tal suerte que a lo largo de aquel ciclo escolar me convertí exclusivamente en Monreal, mientras mis contertulios habituales eran Strada, Monterrubio, Pichón, Olvera. Para segundo y tercer grado, instalado ya en Morelia, mis compañeras y compañeros de grupo eligieron llamarme otra vez, como en la primaria, por mi segundo nombre.

Sin embargo, fuera de tales estampas, y  en casi cualquier contexto luego de esas excepciones confirmadoras de la regla, fui y sigo siendo Sergio, Sergio Monreal. Siempre. O casi siempre.

El “casi” adquiere su más significativa magnitud cuando paso a enfocarlo desde cierta específica patria, toda vez que dicha patria pasó a convertirse al cabo en una de las más importantes —si no la más importante— de mi vida. Me refiero a la literatura. Podrá argüirse que tal relevancia resulta harto relativa, y queda circunscrita a los muy debatibles pareceres de mi persona. Pero dado que se trata de mi nombre, de aquello a lo que me dedico y de mí, alguna autorizada voz y algún autorizado voto deberé tener en el asunto.

La cuestión es que en los dominios de la literatura yo no soy Sergio Monreal. Soy Sergio J. Monreal. Hace cosa de veinticinco años que vengo firmando así cuanto texto de mi autoría sale a la luz pública. Hace cosa de veinticinco años también que, por lógica consecuencia o por elemental geometría, aguardo que cualquier persona interesada en involucrarme en literarios asuntos (proyectos, colaboraciones, mesas, entrevistas, etc.) cuide que ese sea el nombre que aparezca escrito en la correspondiente papelería, o enunciado ante el correspondiente micrófono. Con suerte desigual. Esa jota intermedia entre el Monreal y el Sergio parece constituir por lo habitual  una prenda de descuido, desprecio o irritación. Y el organizador, entrevistador, colega o conocido en turno pasa simple y llanamente a omitirla.

Creo recordar que, hace no tantos años, cierto joven reportero del área de cultura gustaba consignar una y otra vez en sus notas el nombre completo de los escritores locales que reseñaba, comentaba, entrevistaba o criticaba; tal si en lugar de un trabajo periodístico estuviese verificando un trámite del INE o del registro civil. Supongo pensaría que eso formaba parte de su potestad informativa, aunque algo me hace presentir que no procedería igual tratándose de Coral Bracho, Marco Antonio Campos, Elsa Cross o David Huerta. En fin, sin consentirse tamañas licencias, la cuestión aquí es que, siendo invitado por personas que conocen mi trabajo, y que por tanto alguna oportunidad han tenido de advertir cómo firmo mis textos, estas prefieren por lo regular escribir o recitar de viva voz: Sergio Monreal. Sin jota.

Precaviendo cualquier equívoco que los párrafos precedentes pudieran provocar, aclararé que el asunto ni me subleva ni me enoja. Antes bien incita mi curiosidad. Y me lleva a considerar que quienes hemos elegido por oficio la escritura no deberíamos tomar tan al pie de la letra —con la festiva seguridad que solemos hacerlo— aquello de que estamos aquí con el fin de renombrar íntegra la realidad para nuestros semejantes, cuando nuestro propio gremio suele mostrarse reacio a que nos llamemos a nosotros mismos de la manera que mejor nos parezca.

¿De dónde proviene no obstante el capricho de esa jota intermedia? Me atrevería a decir que de la literalidad, del respeto y del decoro. Yo no puedo atribuirme el nombre de Sergio Monreal en los dominios de la literatura, sencillamente porque Sergio Monreal ya existe, y comenzó a escribir y a publicar antes que yo.

 

II

Sergio Monreal nace en la Ciudad de México en 1953, es decir dieciocho años antes de mi llegada al mundo. Pertenece pues a la promoción de poetas de medio siglo, bautizados a escala michoacana por Francisco Javier Larios como “la generación del desencanto” en una muestra antológica, publicada en 2009 por la UMSNH, y dentro de la cual Monreal participa por cierto con un par de poemas. Instalado en Morelia hacia 1984, su actividad literaria inicia en el entorno del taller La Cúpula, coordinado por el entrañable poeta y maestro Tomás Rico Cano; ahí comparte formación con nombres de la escena local hoy más identificables que el suyo, como  Margarita Vázquez, Alberto Portillo, Adriana Pineda, Juan García Tapia o Ana Aridjis, entre otros.

Durante la segunda mitad de la década de los ochenta, resultaba difícil no encontrar a Monreal involucrado en la mayor parte de las actividades literarias de la ciudad, fuera como partícipe o como aplicado espectador, pero también como directo promotor y co-organizador. Tal fue el caso de un encuentro regional de talleres literarios bastante sonado por entonces, realizado creo recordar en 1989, y cuya correspondiente memoria impresa incluía unas brillantes reflexiones de Daniel González Dueñas a propósito del trabajo tallerístico, mismas que valdría la pena rastrear, rescatar y difundir a través de los muchos medios hoy disponibles.  

Sergio Monreal fue miembro fundador del grupo Uandáricha, con el cual coordinó la aparición de una hoja literaria que alcanzaría a completar cerca de diez entregas, y anduvo presentando por aquí y por allá algunos recitales poético-musicales dedicados respectivamente a Efraín Huerta, a Ramón Martínez Ocaranza y a los corridos de la Revolución Mexicana. Además de ofrecer muestras de su trabajo en diversas revistas y suplementos locales, así como en alguno que otro medio nacional, alcanzó a publicar dos plaquettes de poesía. La primera, titulada Amor libre por falta de pruebas, formó parte en 1988 de la primera serie “Los tejedores” del entonces Instituto Michoacano de Cultura, mientras que la segunda, Desde tus ojos el mar, apareció un año más tarde, bajo el sello nada menos que de la célebre serie “Cuadernos de Praxis/Dosfilos” de la Universidad de Zacatecas.

Por lo que hace al terreno de las amistades literarias, además de aquellos personajes que como él giraban en torno a Tomás Rico Cano y al grupo Uandáricha, Monreal cultivó fraternos intercambios con autores como Saúl Júarez, Manuel del Postigo, Nefatlí Coria, Francisco Javier Larios o Jesús Rosales. A nivel nacional, consolidó una estrecha relación con Felipe Garrido, mientras los numerosos festivales y encuentros literarios de aquellos años le permitían trabar también contacto con Oscar Oliva, Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos, Vicente Leñero, Ernesto Lumbreras, entre otros.

Hacia 1990 se traslada a Guadalajara, donde continúa su actividad literaria. Realiza la introducción y la selección de la antología Enriqueta Ochoa de bolsillo  para la U de G, y asiste a algunas sesiones del taller coordinado por Juan José Arreola. Todavía en 1992, ya otra vez en tierras michoacanas y residiendo en Erongarícuaro, obtiene el tercer lugar en los Juegos Florales convocados por el Ayuntamiento de Morelia con motivo del 450 aniversario de la fundación de Valladolid; la correspondiente plaquette conmemorativa incluye también a Alejandro Delgado (ganador del primer lugar) y a Antonio Mendiola (acreedor de una mención honorífica).

A partir de ahí, la actividad literaria de Sergio Monreal cesa por completo. Sé, porque conservo una copia al carbón en uno de mis libreros, que dejó inédito un poemario titulado Transiciones. Pero su abandono de la literatura resultó radical, y se mantiene así hasta la fecha.

No obstante, confío en que el recuento que aquí he realizado permita advertir al público lector hasta qué punto fue la suya una travesía creadora de ningún modo despreciable. Y bastará contrastarla con la ficha biográfica que encabeza este blog, para advertir lo poco o casi nada que sus términos coinciden con la mía. Nuestros correspondientes currículums sólo comparten ciudad de origen y fecha arribo a Morelia; cosa de lo más natural si tomamos en cuenta, como cualquiera habrá podido advertir sin excesiva perspicacia, que Sergio Monreal es mi padre.

En términos estilísticos, la poesía publicada por Sergio Monreal giró casi íntegramente en torno al tema amoroso y erótico, con influencias diversas que sería largo enumerar aquí, pero entre las cuales me parece importante resaltar la de Gaspar Aguilera. Uno de los motivos, tal vez el más importante, que convierte a Gaspar (imposible referirse a él mediante el apellido) en referente central de las letras michoacanas, tiene que ver con su capacidad formadora a través de la propia escritura; sus tesituras y obsesiones consiguieron provocar interlocución y eco genuinos en una muy significativa nómina de autoras y autores locales. Sergio Monreal pertenece a esa nómina. Caracterización por completo ajena a Sergio J. Monreal, cuya filiación poética hacia magisterios michoacanos de los años setenta y ochenta habría que buscarla antes bien dentro de la órbita de Frida Lara Klahr. Más allá del erotismo, y aun cuando careciendo de ejemplos al respecto en sus dos plaquettes publicadas, Sergio Monreal acuñó también varias piezas de abierto, sarcástico y pendenciero enfoque político, menos en la línea de Efraín Huerta que de Renato Leduc; muy celebrado fue por aquellos años, en numerosas lecturas y tertulias, un soneto suyo dedicado al ex-presidente de Estados Unidos Ronald Reagan.

 

III

Hacia 1986, cumplidos los quince años, yo sabía ya a ciencia cierta que una parte esencial de mi destino iba a ser literaria. Y desde entonces comencé a preguntarme cómo íbamos a resolver mi papá y yo la cuestión del nombre. Pero el asunto no llegó a ocuparme seriamente sino hasta 1990, cuando se me presentó por vez primera la oportunidad de tener una columna en la prensa local, gracias si no mal recuerdo a las gestiones de Demetrio Olivo, y a la generosa buena voluntad de Raúl López Téllez y Francisco Hernández Herotata. Hasta ahí, el grueso de lo que con absoluto abuso me permitiré llamar mi “producción literaria” había visto la luz en contextos estudiantiles donde lo natural era el uso de nombres completos, o donde ser ubicado como Sergio Monreal no podía prestarse a ningún género de confusiones.

Puesto que mi papá llevaba más de un lustro consagrado a una travesía literaria que en aquel momento nadie tenía manera de suponer cerca de cerrarse, el nombre de Sergio Monreal le correspondía de manera indisputable. A quien tocaba contemplar soluciones para establecer una nomenclatura distintiva entre ambos, era a mí. Por muy devoto que fuera yo de Paco Ignacio Taibo II, cuyas novelas publicadas hasta ahí devoraba con obsesiva reincidencia, jamás me pasó por la cabeza bautizarme Sergio Monreal Segundo, ni nada por el estilo. Al principio, igual que cualquier joven escritor repartido entre el orgullo y el bochorno de verse ubicado públicamente, firmé mis primeras colaboraciones bajo el seudónimo “Sejumov”, que es la abreviatura de mi nombre completo. Aparecieron bajo el título general de “El largo adiós” en un periódico llamado Buen Día, de breve existencia.

Para 1992, se me presentó la posibilidad de participar con una nueva columna en el flamante Cambio de Michoacán. Bolígrafo y libreta en mano, me senté a barajar opciones para el correspondiente título y la correspondiente firma. En cuanto a lo primero, no demoré mucho en decantarme por Página Blanca. Lo segundo exigió más tiempo.

La asonante rima entre mi apellido paterno y mi segundo nombre me irritó desde el comienzo. Julián Monreal sumaba a la rima un sonsonete bisílabo todavía más exasperante, y Sergio Julián Monreal me sonaba a variación apenas matizada del nombre completo en la lista escolar. Aunque cubro con holgada puntualidad e indecoroso orgullo todas las cláusulas propias del complejo de Edipo, nunca contemplé incorporar mi apellido materno al apelativo de batalla que estaba buscando, para convertirme así en Sergio Vázquez, Sergio Julián Vázquez o Julián Vázquez. De modo que al final, por fatiga y con resignación, opté por S. Julián Monreal, diciéndome sin mucha convicción que la ese inicial algo conseguía atenuar la rima y el sonsonete.

S. Julián Monreal fue el nombre que acompañó a Página Blanca durante dos años y varias decenas de entregas, primero en el cuerpo propiamente dicho del diario dirigido por Jaime Rivera, y después como parte del suplemento dominical Cambio en la cultura, coordinado si la memoria otra vez no me falla por Víctor Rodríguez. Ese fue también el nombre con el que hasta 1995 aparecieron los textos que tuvieron la amabilidad de publicarme en otros medios, como la revista Fragmentario del IMC, o Jitanjáfora de José Mendoza Lara.

1996 significó la oportunidad de ver publicados mis primeros libros. Preparándome para enviar diversos materiales a dictamen y a concurso, me dije que con ISBN de por medio ya no habría marcha atrás, y que si aquel S. Julián Monreal estaba realmente lejos de convencerme, era la última oportunidad de buscarle sustituto. Sin excesivas deliberaciones, y también sin demasiado margen de movilidad para improvisar propuestas, mudé abreviatura por nombre y nombre por abreviatura, convirtiendo la ese en Sergio y el Julián en jota. Solicitudes y plicas tomaron el rumbo de la paquetería o el correo signadas por vez primera con el Sergio J. Monreal. Durante los siguientes meses aparecerían en rápida sucesión, cumplimentando una insólita racha de buena fortuna, la pieza de teatro infantil Los ojos perdidos de Mirmidón, el poemario El manar de la sombra y la novela La sombra de Pan. Y el nombre se quedó ya de fijo. De entonces a la fecha.

 

IV

Habrá quien considere que el dilatado y al parecer definitivo silencio literario de Sergio Monreal durante las últimas tres décadas me autoriza a apropiarme el nombre sin ningún género de escrúpulo. Yo no lo veo así. Por un lado, están los aspectos netamente prácticos del asunto. Si al inicio de la década de los noventa el riesgo de confusión residía en que pudiera llegar a pensarse que los textos publicados por mí fueran de la autoría de mi papá, hoy ha pasado a ocurrir exactamente lo contrario. Un par de diccionarios de escritores que andan por ahí, omitiendo la jota, inician la lista de mis publicaciones con Amor libre por falta de pruebas y Desde tus ojos el mar. Mientras que la página “Enciclopedia de la literatura en México”, incluyendo la jota, atribuye la introducción y la selección de Enriqueta  Ochoa de bolsillo a Sergio J. Monreal.

Pero lo más importante queda más allá de las implicaciones prácticas y curriculares. O, en todo caso, las abarca y resignifica. Y es que sin importar lo breve que a su turno haya podido resultar o lo ignorada que en este momento resulte, yo me aferraré a respetar, distinguir y honrar en su singularidad y autonomía esa travesía literaria. Tan diferente de la mía, pero a la cual la mía tanto debe. Por eso le respeto el nombre. Por eso yo no soy Sergio Monreal.


Imágenes:

1. Las dos plaquettes publicadas por Sergio Monreal.
2. De pie en el extremo derecho, Sergio Monreal y demás integrantes del grupo Uandáricha en compañía de otros participantes de un encuentro literario en la ciudad de Zamora, durante 1987.
3. Sergio Monreal fotografiado por la poeta Margarita Vázquez en Guanajuato, en 1987.


domingo, 7 de agosto de 2022

Las comillas.

 

 Cursaba el primer año de primaria. El medio centenar de novicios reunidos en el salón que me había tocado en suerte, fue distribuido en cinco hileras de dobles pupitres, siguiendo criterios que a estas alturas he olvidado.

 Bastaron pocas semanas para que las dos filas extremas (la uno y la cinco), que enmarcaban al grupo desde los muros norte y sur, descubrieran las fecundas virtudes bélicas que, conjugados, espacio público y útiles escolares podían ofrecer. Lápices, crayones, colores, sacapuntas y gomas, surcaban de improviso el aire en festiva y pertinaz lluvia, entre imprecaciones asustadas y alaridos guerreros.

 Extraño desde entonces a las más elementales normas de la convivencia civil, recién salido de una dimensión sin más medida que el juego, víctima de azoro, extrañeza, lentitud y torpeza congénitas, yo me sumaba animoso y feliz a tales arrebatos cada vez que veía a mis compañeros hacerlo, sin establecer ninguna relación causal entre la ausencia de la maestra y el inicio de la batalla.

 Cierta vez que una escaramuza había resultado especialmente emotiva, decidí en un arrebato tomar por mi cuenta y riesgo la reanudación de hostilidades. Localicé en el piso uno de los últimos proyectiles arrojados por el enemigo hasta nuestra trinchera. Un lápiz de color rojo carmín; precisamente rojo. Marca Blanca Nieves; precisamente la metáfora de la mujer y la manzana. Desatendiendo la inmensa calma chicha reinante, susurré alguna arenga al oído de mi compañero de banca (“¿seguimos la guerra contra los de la fila uno?”); y, sin aguardar respuesta, sólo consciente de que en lides tales el factor sorpresa suele ser decisivo, inicié con todo el arrojo de que era capaz lo que ya suponía mi gesta consagratoria.

 Medio centenar de flamígeros índices apuntaron hacía mí, antes de que la maestra acabara de preguntar “¿quién fue?”.

 Debió ser esa la primera vez que me sentí entre comillas.

 Si el paréntesis representa en gramática al ahondamiento, las comillas son el signo propio del relieve. Entre ellas queda establecida una zona de énfasis, de diferencia, de distancia. Al exaltar una parte de lo que decimos, en realidad están exaltando sobre todo su límite exterior; el punto donde, distinguiéndose y entrelazándose, esa parte se toca con el infinito posible de cuanto queda más allá de ellas. Y basta mirar su trazo (pequeñas comas elevadas como alas en el flanco de palabras y de frases) para advertir que hay algo naturalmente jubiloso en dicha exaltación

 La conciencia de sí, la identificación de lo que se es a partir del contacto con lo que no se es, irá acompañada siempre por una natural y saludable dosis de extrañamiento (“¿por qué yo soy yo y no soy tú?”, “¿por qué estoy aquí y no allá?”). No obstante, en el universo judeocristiano, donde ser es ya en sí mismo un pecado, extrañamiento pasa a convertirse de manera automática en sinónimo de remordimiento.

 La segunda vez que me sentí entre comillas fue algunos meses después, todavía dentro de ese mismo ciclo escolar. Yo me había mudado de hilera. Ahora encabezaba la segunda, ajeno a todo desliz guerrero. Y además estaba enamorado. La memoria juega a decirme que había tenido la inmensa suerte de ser colocado como compañero de pupitre precisamente junto aquella a quien amaba, pero no resulta descabellado conjeturar que haya sido al revés, que el ser su compañero de pupitre me hiciese enamorarme de ella. Hecho que, por lo demás, se repetiría hasta cinco veces a lo largo de los años que duró mi enseñanza básica.

 Era práctica común de ciertos compañeros deslizarse furtivamente bajo las papeleras de las bancas para atisbar desde ahí las prendas y partes más íntimas del alumnado femenino. Yo mismo, antes de ser arrebatado por el redentor espíritu de la pasión amorosa (que así a los seis o los noventa años predispone el ánimo a la virtuosa acumulación de merecimientos y dignidades), había realizado alguna incursión en la que, vale decirlo, la ansiedad y la anticipada pesadumbre apenas me permitieron captar fragmentarias y fugaces instantáneas de un par de fondos con olanes.

 Para entonces, como digo, mi único interés radicaba en merecer la estatura de los ojos deseados, y a ello me aplicaba con todo el esmero de que era capaz.

 A saber cuál habrá sido el contenido de la súbita estratagema que ideé para hacerla reír esa mañana. Sólo recuerdo que implicaba que yo me ocultara bajo la mesa del pupitre cuando entrara la maestra. Gesto que la inevitable denunciante de todas las infancias (una de las dos niñas que se sentaban detrás nuestro) dio en interpretar como práctica flagrante del voyeurismo en boga. Aunque de todos conocido, merced a la sospecha de afectadas y al clandestino alarde de ejecutores, hasta ese momento no había conseguido probarse, de tal suerte que un prendimiento in fraganti pasó a convertirse en esperada efeméride.

 Injustamente convertido en reo ejemplar ante los concurrentes, escuché a la maestra aseverar que ya que tenía tantas ganas de ver ropa interior, iba a pedirles a las mamás de mis compañeras que llevaran a la escuela toda la que tuviesen sucia en casa, a fin de que yo la lavara, para al punto pasar a prometer efectos aritméticos inmediatos en mi calificación mensual de conducta. Infiero que humillación pública y censura académica provocaron comparativamente poco daño junto a la desolación sentimental que me embargaba y sólo yo conocía: la conciencia del envilecimiento ante los ojos amados.

Quién sabe hasta qué punto el recato por estos meridianos se derive de identificar exaltación con falta y énfasis con denuncia, arraigando la culpa como atavismo y gesto reflejo.

 Serán tantos sobreentendidos consustanciales a la imaginería católica (por más ardides promocionales que los tiempos le impulsen a adoptar) los que han inoculado a lo largo y a lo ancho de generaciones un permanente y secreto pánico de evidencia, una renovada angustia por resultar en última término mero relieve oprobioso bajo la mirada de dios.

 No resulta sencillo anticipar el destino de un pueblo arrojado al exhibicionismo mediático global, cuando sigue ejerciendo como manifestación de genuino pudor metafísico el hábito de no desnudarse por no sentir vergüenza, el hábito de inclinarse con mayor naturalidad a la exhibición de los huesos que a la exhibición de la piel.

 El saber como remordimiento, la acción como autodenuncia, la vida como pecado, la muerte como expiación. La sospecha de tener eternamente entre comillas, a la vista de todos, el vacío del pensamiento y la soledad del alma.


Imagen: Buster Keaton en Cops (Cline-Keaton, 1922)