sábado, 26 de diciembre de 2020

Yo es otro todavía.

Yo tuve la cara de Rimbaud a los diecisiete años.

Por supuesto, todos la tuvimos. Parte del poder irredento, inagotablemente renovado, propio del niño caminante y su leyenda eterna, tiene que ver justo con su capacidad para enunciar de manera tan amplia como literal lo que cada ser humano es o debería tener derecho de ser a los diecisiete años. Ese fulgor. Esa inocencia conmovida por su propio efímero espectáculo. Esa limpia arbitrariedad. Esa cruel y sagrada intransigencia.

Pero es que yo además, sin que hubiese necesidad de ningún género de utilería, ningún calculado recurso de peluquería, ninguna forzada gesticulación, desde mis ojos de entonces sentía por completo legítimo reclamar como propios los rasgos de la cara de Rimbaud, según han llegado hasta nosotros en su fotografía más célebre, reproducida y reinterpretada hasta la saciedad por legiones de devotos.

No vaya a pensarse que desde aquí, desde mi sitio actual, desde mi irreparable “yo es otro” consumado respecto de quien haya podido ser en aquella remotísima edad, aliento algún tipo de petulancia jactanciosa en torno de semejante asunto. Reviso mis escasas fotos correspondientes a aquellos años, las contrasto con las todavía más escasas que ha legado para nosotros el arcangélico Jean-Arthur, y llego a la conclusión de que en realidad no nos parecíamos en nada. Se trata de dos fisonomías por completo divergentes, a las que  en caso de que —con un poco de buena voluntad— cupiera establecerles cierto remoto parentesco, sería en virtud de la desgastada calidad de las imágenes y de la flagrante adolescencia de los personajes ahí aludidos. Yendo aun más allá, la vida, las osadías, el genio y el temperamento de Jean-Arthur en su mocedad quedaban por completo distantes de lo que yo era; tanto como pueden quedar de quien soy ahora cuantos correspondieron a su ulterior destino de mercader baldado.

Lo cual no quita que aquel muchacho haya asumido como una verdad rotunda que aquella era su cara, durante la iniciática ocasión donde, recién oída apenas la primera admirativa glosa a propósito de cuáles habían sido su existencia y sus hechos, alguien le puso en las manos un libro de Rimbaud; y apenas dar la vuelta a la primera página o a la contraportada, sintió que estaba frente a un hechizado sucedáneo de reflejo.

Por lo demás, tal vez no resulte abusivo continuar insistiendo en que, por encima de las distancias estrictamente circunstanciales y anecdóticas de por medio, el enigma Rimbaud a todos alude y a nadie excluye. Todos a nuestro turno, adaptando la prestidigitación según nuestro propio rostro y nuestra propia biografía, cumplimentamos a pie juntillas ese mismo inquietante tránsito entre los extremos términos de lo que comenzamos siendo y lo que terminamos siendo. Y quien con mayor empecinamiento se afane en proclamar las señas referenciales de su pasado como intactas prendas del presente, con más implacable virulencia acabará por ver subrayado en el espejo el margen de todas las mutaciones que el viaje recorrido  —sin espacio alguno para enmiendas y reparaciones— operó.

Yo era pues como Rimbaud, en idéntica proporción a todo ser humano que acabe de cumplir diecisiete años, y sienta arrebatársele el pecho por el vértigo de lo innombrable, sienta en sus venas encendérsele la sangre ante la expectativa del camino, sienta nublársele los ojos por el perfil enceguecedor con que el horizonte da en fundir a la distancia la intuición del demonio y la intuición de Dios. Pero los hechos de mi vida no iban a parecerse ni entonces ni después en términos estrictamente narrativos a los de la vida de Rimbaud. Otras serían mis osadías y otras mis blasfemias, mucho más retraídas al interior de mí mismo, mucho más próximas a la quieta travesía vertical de los vegetales que al animal impulso del andar devorador y vagabundo.

Y no obstante tamaña discrepancia —que acaso alguien pueda considerar esencial, dicotómica, inconciliable—, tal lo he señalado ya, la primera vez que vi el rostro de Jean-Arthur en la portadilla o la contraportada de un libro, no pude menos que sentir, antes de haber leído una sola letra, que aquella era mi cara, aquellos mis cabellos, aquella mi delgadez de hombre aún en obra negra. Supongo que se trataría de Una temporada en el infierno o de las Iluminaciones, en la edición de la editorial “La Nave de los Locos”, traducidos respectivamente por Marco Antonio Campos y Cintio Vitier. Descubrí que aquella era mi cara, decidí que aquella era mi cara.

¿Y luego? Luego no entendí nada.

Leí con obcecación, leí con furia, leí peleando línea tras línea con cada palabra. Sintiendo que lo que ahí se clamaba iba transmutándose ora inexpugnable fortaleza, ora bosque plagado de sombríos señuelos sólo propicios al extravío, ora neblina en altamar encegueciéndote con la más insoportable mansedumbre, ora un relámpago que no alcanzaba a iluminar durante plazo suficiente.

Terminé desistiendo de Rimbaud según yo. Maldiciendo mi incapacidad, mi insuficiencia, mi falta de lecturas complementarias capaces de contextualizarme aquello; maldiciendo sobre todo mi íntima y certera sospecha adolescente de que en realidad no había —ni habría jamás— sobre la faz de la tierra lecturas complementarias capaces de contextualizarme a cabalidad aquello. Me decía que, puesto que cuanto ahí se decía había sido escrito por alguien de mi edad que tenía mi cara, yo tendría que haberlo entendido por mí mismo, sin ayuda de nadie.

Abismado en mi rabia o mi rabieta no llegué a percatarme sino hasta después, ya muy tarde, que aquella sola lectura según yo infructuosa había bastado para grabar en mí varias imágenes y frases de manera indeleble, perdurable, eterna; como sólo puede hacerlo nuestro respectivo repertorio de páginas esenciales. Senté a la belleza en mis rodillas y la encontré amarga, apreciemos sin vértigo la vastedad de mi inocencia, la alquimia del verbo, la vida es la farsa que todos debemos representar.

Desistí de Rimbaud según yo. Dictaminé que había terminado con Rimbaud, según yo. Devolví su libro a la repisa. Y me largué ahí mismo para abrasarme en las ascuas de un amor proscrito desde los cuatro puntos cardinales, a propósito del cual todo el mundo (conocido o no por mí) parecía sentirse autorizado a opinar; para empecinar el paso que me fijaría de por vida en la misma ciudad; obedeciendo nada más que a mis propias sospechas e intuiciones; sin prestar atención, oídos ni mucho menos alma a los diligentes inquisidores de siempre, empecinados en indicar desde sus mohosas certidumbres, sus cíclicas mojigaterías, sus tendencias de moda en materia de ideologías y relicarios  cómo había que ser, cómo había que mirar, cómo había que leer, cómo había que escribir, cómo había que amar, cómo había que vivir. Levantada la cabeza, socarrona la mirada, echado hacia adelante el esmirriado pecho, prestas en la garganta la imprecación y la alabanza, para según fueran a necesitarse. Desistí de Rimbaud según yo, llevándomelo en la cara y en la sangre.

Luego, al igual que Jean-Arthur, no volvería a tener jamás diecisiete años. Lo cual no impide que hasta hoy aún alguna mala luz o alguna buena sombra vengan de cuando en cuando a mentirme en la penumbra que sí, que por qué no, que todavía.

Ante la ocasional revisita de ese repertorio de galas y de muecas, hace tiempo que dejé de proceder con apropiaciones emotivas por completo fuera de lugar; pero tampoco me les río en la cara en petulante abuso de descortesía. Las agradezco en calidad de afeites viejos y guardarropía de carnaval, condesciendo a ataviarme con ellas durante cosa de un rato, entendiendo lo mal que me vienen y evitando cruzarme por pudor con cualquier espejo. No se trata de que hayan quedado por debajo de mí. No se trata de que haya quedado yo por debajo de ellos. No se trata aquí de jerarquías, de evoluciones ni de involuciones. Se trata simplemente, lo dije ya desde el principio, de que yo es otro.

Ningún caso tiene tomárselo a la tremenda. De modo que procedo a calzarme brevemente aquellos rasgos, a ensayar con media sonrisa en la esquina de la boca aquellos gestos, antes de volver a lo mío, sea esto lo que sea.

Como el abuelo que deja que su nieta lo maquille de muñeca, y que juega a ser muñeca por un rato; puesta la mente en darle a ella y a sí mismo un gusto que no tiene nada que ver con la hipótesis de ser muñeca, sino que corresponde íntegra a la realidad simple y llana de ser abuelo. Yo, que no tengo edad para ser abuelo todavía. Pero que entiendo con plena transparencia aguardándome a la vuelta del sendero, más allá de la  prisa y de la pausa, a eso otro irrefutable —vagamente parecido a mí— en el que al cabo habré de convertirme.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Tercera Dimensión en gris menor.

Entre los juguetes predilectos de mi infancia estuvo un visor de imágenes tridimensionales. Enfocado desde la época actual, con sus ensueños holográficos y sus realidades aumentadas, se antojará sin duda un cachivache de lo más modesto, de lo más pueril y de lo más arcaico. “Una de esas cosas que asombraban a los de antes”, para decirlo con la frase tópica y petulante entre todos los reos habidos y por haber de su propia efímera novedad.

Su nombre comercial era View Master, y su modelo original databa de varias décadas atrás. Al llegar mi niñez, el modelo actualizado era de plástico rojo, con una palanca color naranja para ir cambiando las vistas, pero la mecánica de su funcionamiento seguía manteniéndose intacta: insertabas por su ranura superior un pequeño disco de cartón con siete diapositivas estereográficas integradas, pegabas tus ojos a su par de lentes, y mirabas. Una minúscula y a la vez infinita cámara oscura se abría entonces ante ti. Allá al fondo, se ofrecía una imagen fija en cuyos detalles te extraviabas sin término, hipnotizado por el prodigio no sólo de su tridimensionalidad, sino por la inequívoca sugerencia de una sala cinematográfica con todas las de la ley a la medida de tus manos, sin importar para nada que las figuras ante ti no se movieran.

El aparato venía acompañado de un disco promocional de muestra, pero los paquetes propiamente dichos, con las dimensiones digamos de un cuarto de hoja de papel tamaño carta, e integrados por tres discos y un cuadernillo monográfico complementario, se vendían aparte.

El día que mis papás me regalaron de cumpleaños el visor, incorporaron uno de aquellos paquetes. El poderoso Thor según Marvel enfrentando a la Gárgola Gris, con dibujos del mítico Jack Kirby. Odín, irritado por el hecho de que su hijo predilecto se halle prendado de la mortal Jane Foster, le prohíbe hacer uso de sus poderes; de modo que el héroe, preso en el cuerpo flacucho y medio baldado del doctor Donald Blake, se las ve negras para escapar de los ataques del villano. Hasta que la autoridad paterna se conduele de él, permitiéndole hacer uso de su apariencia divina y su martillo.

Durante largo tiempo, ese fue el único juego de discos de que dispuse. Como era importado, y el cuadernillo monográfico venía en inglés, la verdad es que ciertas partes de la historia —como el motivo del enojo de Odín, o quién era el heraldo que enviaba para notificarle el transitorio levantamiento de su castigo—resultaban un total misterio para mí, y hube de reconstruirlas a posteriori.

Claro que me hubiera gustado tener no sólo ese juego de discos, sino muchos más. Pero su costo quedaba fuera de nuestro presupuesto familiar ordinario, siempre de suyo reducido, y condicionado en materia de excepcionalidades y lujos no sólo por mis apetencias, sino por las de mis tres hermanas. Así que tuve que conformarme con contemplar ilusionado cada vitrina donde los paquetes View Master eran ofertados, conjeturando cuál elegiría para mi siguiente cumpleaños o el próximo Día de Reyes.

Los visores y sus juegos de discos eran ofertados por supuesto en centros comerciales y jugueterías. Pero sobre todo los recuerdo expuestos en los anaqueles de los establecimientos de revelado fotográfico, entonces abundantísimos, al lado de la habitual oferta de cámaras, rollos, flashes, angulares, álbumes y portarretratos. A la vuelta de la escuela y a la vuelta de mi casa, equidistante de ambas, había uno de aquellos establecimientos; día tras día, al regresar de la primaria, me acostumbré al inexcusable ritual de detenerme para mirar en el aparador los paquetes de View Master.

Supongo que un día, comprando la despensa en algún centro comercial o paseando por el centro histórico, nos topamos con una oferta. El caso es que al cabo, sin que hubiese efeméride alguna de por medio, vi duplicado mi acervo por una nueva trilogía de discos y un nuevo cuadernillo monográfico, esta vez en español. Las siete maravillas del mundo. En el primero de los discos se incluía una reconstrucción conjetural en maqueta de cada una de las maravillas clásicas, tradicionales: las llamadas Maravillas del Mundo Antiguo; mis favoritas eran (de hecho lo habían sido desde mucho antes, desde que sólo constituían una fantasía narrativa evocada por mi mamá) el Coloso de Rodas y el Faro de Alejandría. El segundo disco, si mal no recuerdo, correspondía a maravillas de la naturaleza, como los venerables secuoyas estadunidenses o la catarata Iguazú en Sudamérica. El último ampliaba a catorce el repertorio de maravillas culturales, incorporando monumentos como el Taj-Mahal o la Muralla China.

Desde el primer día que me asomé a la tienda fotográfica equidistante entre mi casa y mi escuela, un juego de discos en específico se me había convertido en obsesión: un paquete correspondiente a El Zorro, con el espadachín enmascarado empuñando el florete en una mano, y tirando de las riendas con la otra para sostener en dos patas a su caballo azabache.

El Zorro había tenido su primer espectacular reinado cinematográfico, sepultado sin remedio por las sucesivas, fatales, corrosivas y parsimoniosas oleadas de la amnesia, allá hacia los años veinte, durante la época de las primeras grandes producciones del Hollywood silente, encarnado por su más célebre estrella de acción: Douglas Fairbanks. Para los años setenta, quien continuaba dictando en el imaginario global la fisonomía del oscuro justiciero con antifaz (padre de Batman) era Tyrone Power, protagonista en 1940 del primero en una interminable saga de remakes. Incluso las vernáculas adaptaciones en modalidad de western ranchero, donde Luis Aguilar pasaba a cubrirse el rostro con enormes paliacates bajo advocaciones como “el látigo negro” o “el zorro escarlata”, seguían obedientes el repertorio de atavíos, escenografías, amaneramientos y gesticulaciones establecidos por Power y por el director Rouben Mamoulian. El paquete de View Master que se me convirtió en obsesión, correspondía a una serie televisiva producida por Walt Disney durante los años sesenta, y que procuraba prolongar episódicamente, del modo más puntual posible, la estética de esa misma cinta.

Tal vez valga la pena explicar que por entonces ciertos plazos culturales tendían a resultar mucho más perdurables. Los espacios nocturnos y matutinos hoy copados en la televisión abierta por el telemercadeo y los predicadores, solían ocuparlos interminables tandas de películas hollywoodenses correspondientes a veinte o treinta años atrás. De tal suerte que para el ejemplar mexicano promedio con acceso regular a la pantalla chica, resultaba más bien difícil arribar a la pubertad sin acumular en su haber, aunque fuera por accidente y sin especial inclinación hacia ellas, respetables dosis de Bela Lugosi y Boris Karloff haciendo de monstruos, John Wayne y Yul Brynner matando apaches, James Cagney y Edgar G. Robinson homenajeando los tiempos de Al Capone, Kirk Douglas y Charlton Heston luciendo sus pectorales a la menor provocación con coartadas de romano o de vikingo, Judy Garland y Shirley Temple eternizándose niña con crinolina en la pantalla, Ginger Rogers y Fred Astaire bailando al infinito y más allá en toda suerte de glamorosos decorados.

Cuán mayor no resultaría la fascinación por aquel universo fílmico, cuando además de recibirla en calidad de público cautivo habías visto alimentado por tus padres un manifiesto alborozo cómplice hacia varias de sus prendas.

En casa se conocía de sobra mi cotidiana parada ante las vitrinas de la tienda fotográfica. Los días que faltaban para mi siguiente cumpleaños o para el próximo Día de Reyes eran muchos aún. Y hasta creo recordar que su respectivo arribo me vio decantarme por otros regalos de pronto más codiciables que los discos de El Zorro. Así que el lapso durante el cual, entre el suspiro añorante y la constatación sonriente, me conformé con ir a pegar la nariz a la vitrina, se me dilata en el recuerdo hasta proporciones mayúsculas. Llegaban nuevas existencias, se vendían otros paquetes; me tocaba llevarme algún susto por un reacomodo en las estanterías, que había mudado el objeto de mi codicia hasta otro aparador. Llegó incluso el día en que mi atención y mi avidez cambiaron transitoriamente de destinatario, con la aparición de un juego de discos del Hombre Araña, vendido no obstante con rapidez, dada la disparidad de fervores que uno y otro personaje despertaban para entonces. Podía respirar tranquilo: niños entusiasmados con el Zorro —por más que casi todos lo conociéramos, y aun cuando para buena parte de mi generación el primer superhéroe hubiera alcanzado a ser todavía El Llanero Solitario— había ya más bien pocos.

Supongo que mi cariño y mi avidez por aquel oscuro objeto del deseo, a la vez tan mío, tan al alcance de la mano, como idealmente inaccesible y herméticamente inalcanzable, estaba en buena medida predestinado a alinearse dentro del mismo idéntico orden de todas aquellas relaciones cuya cifra y sentido se hallan antes bien en la espera que en la cita cumplida. Pero quisieron el hado o las hadas que resultara de otra suerte.

Uno de tantos mediodías, al hacer mi religiosa parada en la tienda de revelado y artículos fotográficos, sucedió que el paquete de El Zorro ya no estaba ahí.  Preso de la desolada negación con que nos acostumbramos desde pequeños a afrontar la evidencia de lo irremediable, y a pesar de que el resto de los juegos de discos en exhibición ocupaban el mismo sitio exacto del día anterior (volviendo más evidente aún el hueco de la ausencia cumplida), me lancé a revisar con febril minucia cada una de las repisas de cada una del resto de las vitrinas. Vano afán. Las pesquisas que en medio de mi zozobra acometí, no hicieron sino ratificarme lo desde el principio obvio: alguien más había comprado mi paquete de El Zorro.

Lacerado por la tristeza, la auto-conmiseración y el sentimiento de culpa, me maldije. Si en vez de aquellos otros regalos elegidos en coyunturas propicias hubiera optado por El Zorro. Si el hecho de hallarme el juego de discos en el anaquel día tras día, semana tras semana a lo largo de tantos meses, no me hubiera convertido en reo del estúpido espejismo de que iba a estar esperándome ahí para siempre. Si hubiera empecinado algún chantajista ahínco de presión con mi abuela, sin temor a amonestaciones y represalias por parte de mis padres. Si hubiera. Si hubiera. Si hubiera.

Para dimensionar a cabalidad la magnitud de mi tragedia, supongo será preciso establecer que, durante todo aquel largo período de enamoramiento y espera, no habíamos llegado a toparnos ese juego de discos en ningún mostrador de ningún centro comercial, ni de ninguna otra tienda fotográfica. De modo que, sin sombra de exageración ni de retórica, aquel ejemplar resultaba literalmente único para el alcance de mi entendimiento y mis posibles.

Cierto poema de Efrén Hernández refiere su puntual sensación de que, tras el padecimiento de un terminal abandono amoroso, las estrellas se han venido abajo, y que él camina pisándolas de regreso a su aposento, lo mismo que a hojas secas. “Estrellas secas” se llama el poema. Así volví yo también a mi casa, aquel mediodía de mis nueve o mis diez años: pisando estrellas secas.

No me quedaba corazón más que para aguardar el momento de compartirle a mi mamá la carga de mi desamparo; un deseo no tan virtuosamente desvalido como podría de entrada pensarse. Tal suele suceder siempre en este tipo de casos, acusaba también el malsano impulso de endilgarle en aumentada proporción mis resentimientos y mis culpabilidades. Que advirtiera y asumiera la catástrofe que había provocado su nula voluntad de convidarme con un extemporáneo obsequio, pese a mis sobradas y conmovedoras muestras de devoción, mansedumbre y paciencia.

Al abrirse la puerta del departamento de planta baja donde entonces vivíamos (el mismo departamento donde moré la mayor parte de mi infancia) lo primero que advertí fue que el juego de discos de El Zorro estaba encima de la mesa, aun cuando faltara todavía mucho para el próximo Día de Reyes y para mi siguiente cumpleaños.

Y así, durante el plazo de un instante infinito, fui el niño más feliz sobre la faz de la tierra. Y vi lavadas no sólo mis terminales pesadumbres, sino también cada uno de los acochambrados bocetos de vergonzante mezquindad que mi alma había venido acumulando durante la última cuadra de camino. Mirando la escena en retrospectiva, es como si yo mismo, mi mamá congratulada por la alegría y la sorpresa que acababa de regalarme, los maltrechos muebles del pequeño departamento, mis hermanas como testigos de primera fila para la escena, el paquete todavía envuelto en plástico sobre la mesa, nos hubiéramos vuelto imagen fija en tercera dimensión, dentro de una imperecedera cámara negra suspendida por encima de toda pérdida, todo desencuentro, todo olvido.

Sin importar que a la postre mi paquete favorito de View Master no fuera a ser ese, sino otro donde Jack Kirby ilustraba el origen de los Cuatro Fantásticos, con el cual quedaría completada en definitiva mi frugal colección, y que los Reyes Magos dejarían junto a mi zapato unos meses más tarde.



domingo, 13 de diciembre de 2020

Pálidas sombras.

 

Hace tiempo terminé por convencerme de que, para recordarnos cuán parcial y aproximativo continúa siendo nuestro conocimiento de la realidad, lo sobrenatural gusta prodigar sus oportunas dosis de una manera impredecible, asimétrica, y por completo impermeable a cualquier pragmático utilitarismo.

Nada de milagreros efectos especiales para engrosar feligresías. Nada de candentes revelaciones cósmicas o metafísicas que nos ahorren el trabajo de preguntarnos todo aquello que nos corresponde interminablemente preguntar. Ninguna emisión de exclusivas certificadas para obsesos de los platos voladores, las profecías apocalípticas, la ouija, los horóscopos o el Monstruo del Lago Ness.

Apenas inquietantes y ambiguos guiños, sin predecible calendarización, inútiles a la hora de anticipar  un reintegro de lotería o la fecha idónea para canjear pesos por dólares durante un trance de devaluación. Guiños que insinúan que el tiempo, el espacio, el devenir y los propios seres humanos acaso no estén configurados de la forma en que, para poder transitar por el mundo, asumimos de antemano día a día que se hallan configurados; sin preocuparse por demostrarlo según los términos harto debatibles (pero cuán omnipotentemente inquisitoriales todavía) del peor positivismo.

Siempre me he considerado perteneciente a un perfil poco propicio para el repertorio estelar de los eventos sobrenaturales, como las apariciones fantasmagóricas y los presentimientos brujeriles: esas inexplicables anécdotas con que todos hemos deleitado alguna reunión, procurando llenarnos de pánico en amistoso y solidario contubernio. No obstante, mi vida acumula de continuo, desde que tengo memoria, pequeños y curiosos incidentes del tipo de aquellos a que he comenzado a referirme desde las primeras líneas. Incidentes que no dan pues para un cuento de Lovecraft, Quiroga o Poe; que, como motivo de inspiración, seguro habrían provocado una sonrisa de cortés indiferencia en los labios de Cortázar, Borges o Richard Matheson; cuya hipotética filiación narrativa habría que buscarla en todo caso quizá por los rumbos de Felisberto Hernández, si bien incluso en este caso atenuando al mínimo su perenne velo de eléctrica imantación subterránea.

Bajo ninguna circunstancia me atrevería a menospreciar o minimizar el nutrido álbum de guiños de esta índole que me acompaña, y que de acuerdo a plazos siempre reacios a las programaciones sé que continuará engrosándose con implacable parsimonia hasta el fin de mis días. Se trata de prendas preciadísimas, de las que no cabe sin embargo hacer ningún género de alarde. Menos imperativo énfasis que subjuntiva suspensión; menos esclarecedor relieve de certidumbre, que pálida sombra de inquietud y de duda. Y, en esa misma medida, indómito refrendo de los senderos de vida, búsqueda y oficio en que me he elegido y que me han elegido.

Quiero referirme no obstante esta vez a aquellas oportunidades donde lo ignoto, lo insondable, el misterio o como gusten llamarle, elige para manifestar su recordatorio una parafernalia peculiarmente ridícula.

Víctor Yturbe, apodado “El Pirulí”, fue un cantante romántico que inició su carrera hacia mediados de la década de los sesenta, pero cuya identidad sonora dominante resulta inconfundiblemente setentera. Se hizo famoso cantando boleros, justo durante la época donde el género experimentó su definitiva debacle y comenzó a interpretarse ya no en tiempo presente (como había sucedido entre los treinta y los cincuenta), sino como nostálgica evocación de un tiempo a partir de ahí irrecuperable. Algunos escasos comentaristas y glosadores biográficos se conceden la ocurrente licencia de referirse a él como uno de los mejores intérpretes masculinos de boleros en la historia de nuestro país, más por su perdurable relación profesional con el requintista Chamín Correa que por otra cosa; pero la verdad es que semejante calificativo aparece sólo en notas, apuntes y entradas de blog consagradas en específico a El Pirulí. El lector curioso que en cambio consulte materiales correspondientes a la historia del bolero en general, lo más probable es que no encuentre su nombre por ningún lado. Modesto remedo e imitador no por completo involuntario del talento y el estilo de Marco Antonio Muñiz, su voz meliflua, su blandengue presencia escénica, su carisma más bien discreto y su galanura más bien inexistente, acaso le auguraban ya el merecido olvido desde los tiempos de su gloria y su acceso al hit parade.

Si no me equivoco, el único par de temas medianamente perdurables que ha conseguido colar en las antologías mp3 de éxitos del ayer son Verónica (“extraño tu voz cuando no estás junto a mí”) y Felicidad (“hoy amanece, y el sol tiene un raro esplendor”). Cualquier día puedes descubrirte escuchándolos cuando viajes en un vehículo del transporte público cuyo chofer sobrepase los cuarenta, perdidos entre las por contraste abundantísimas canciones incluidas de Leo Dan, Leonardo Favio, Roberto Carlos o José Luis Perales. Víctor Yturbe era el eterno participante perdedor del Festival OTI. No triunfó en Viña del Mar ni se convirtió en el artista predilecto de Raúl Velasco durante alguna de las kilométricas temporadas de Siempre en domingo. Nada tuvo para competir en la memoria de mi generación y la de mis padres con la privilegiada voz de un José José, el inconfundible feeling de un Emmanuel, o hasta con el audaz desparpajo de cantautor naif de un José María Napoleón. El Pirulí, no obstante la rutilante bonanza de sus horas estelares, a la postre quedó ubicado en la segunda línea de aquel mercado ya mayoritariamente caduco: la línea de Sergio Esquivel, Gualberto Castro, Álvaro Dávila, Yoshio y un larguísimo etcétera.

Mucho más que sus discos alcanza a perdurar en el recuerdo su muerte, acaecida en turbias y jamás aclaradas circunstancias, y que en cierto sentido constituyó un adelantado botón de muestra para los estrechos vínculos entre farándula y delincuencia organizada tal y como ahora los entendemos. Al término de las cuentas, Víctor Yturbe quedó ajustado menos al perfil de cantante inolvidable que al de personaje secundario en una novela de Héctor Belascoarán Shayne.

Asumo posible, y no propicio a ningún género de suspicacias metafísicas, que un chofer de colectivo en Morelia pueda traer, al abordar yo su vehículo, sonando en el estéreo un mp3 integrado por puras canciones a cargo de El Pirulí. Porque todo en esta vida es posible. Nada hay de anómalo e inquietante en la opción. Que el porcentaje de probabilidad para anticipar semejante experiencia resulte sin duda reducido, de ninguna manera autoriza para descartarla en definitiva.

Así que cuando aquella mañana, sumidas todavía las calles de la ciudad en las postreras sombras de la madrugada, abordé el primer colectivo del día para acompañar a mi hijo a la escuela, y advertí que el chofer venía escuchando un mp3 de El Pirulí, me sorprendí pero no en exceso; se trataba de una rareza completamente posible, aun cuando altamente improbable. Y aunque he expresado con sobrada suficiencia mi total falta de devoción por el cantante, debo decir que viajé feliz oyéndolo; agradeciendo no sólo encontrarme por una vez a salvo del asedio dictatorial y medio terrorista de la narcobanda y el reguetón, sino también de iniciar el día ensoñándome con diversas atmósferas recuperadas de mi infancia, bajo tan imprevisto patrocinio.

Circunstancias que no vienen a cuento me hicieron pasar la mayor parte de ese mismo día en una de las salas de espera del ISSSTE de Atapaneo. Hacia las nueve de la noche, fatigados a partes iguales el ánimo, la mente y los huesos, abordé un taxi para regresar a casa. El estéreo reproducía un mp3 de El Pirulí.

Ya medité a propósito de lo improbable pero no significativamente anómalo que podía resultar encontrarte con que, corriendo el año 2018, un chofer del transporte público de Morelia viniera escuchando en su automóvil las obras completas de Víctor Yturbe. Sin embargo, ¿cómo mantenerse indiferente o ecuánime ante el hecho de que, el mismo día, dos transportes públicos hayan acompañado mi madrugadora salida de casa y mi nocturno regreso a casa con las obras completas de Víctor Yturbe?

Los convencidos de que la vida es una lineal suma de relaciones de causa-efecto, se aprestarán a postular hipótesis que según ellos expliquen con presunta racionalidad la absurda coincidencia. Algún líder transportista distribuyó masivamente entre los trabajadores del volante de Morelia miles de mp3 de El Pirulí, porque a él le gustaban mucho y le recordaban a su papá. Los choferes de mi colectivo matutino y mi taxi noctívago eran compadres o hermanos. El más reciente reality televisivo había resucitado masivamente a Víctor Yturbe durante algunas semanas, sin que yo me percatara, mediante la versión sinaloense de Felicidad o de Verónica. Alguien que no me quería había emprendido la paciente misión de desquiciarme mediante una sui generis variante de persecución subliminal.

Los afanes de la razón por cuadrar la inmensa vastedad de lo real a su propia limitada medida, terminan por resultar siempre la cosa más irracional del mundo. Bien dijo Goya que el sueño de la razón produce monstruos. Cuando a la razón le da por soñar, casi sin remedio hay que empezar a temer y pagar el saldo de sus pesadillas.

Y sin embargo, por otro lado, si hemos de considerar algún grado de ultraterrena influencia en todo este asunto, ¿qué iniciática enseñanza cabe suponer que estaba ofreciendo?, ¿a qué esencial revelación me estaba asomando? La verdad es que esmerarme en buscarle filones de esoterismo trascendente a mis encuentros cercanos del tercer tipo con Víctor Yturbe, me parecería un bochornoso despropósito. Lo cual no quita que el episodio sea raro. Lo cual no impide que, sin dejar un segundo de reír a carcajadas, me siga perturbando.

Asevera Oliveira en Rayuela que, para la época de su encuentro en París con La Maga, ya se había habituado a que le ocurrieran cosas modestamente prodigiosas, como que un silbato de tren se superpusiera con puntual exactitud armónica y rítmica al fragmento de una pieza de Beethoven que en ese mismo instante se encontraba escuchando. Pero en su caso, semejantes episodios parecen dotados siempre de una cierta dignidad cultural; un elegante lirismo que, en la anécdota personal que he relatado, por más que le dé vueltas, tiende a brillar por su ausencia, enfatizando antes bien el más patoso y vulgar contenido cómico. Tampoco será casual. Creo recordar que El Pirulí trabajaba como payaso en Acapulco antes de volverse intérprete de boleros, y que un feo accidente acabó por decidirle la vocación ante su manifiesta imposibilidad de continuar ejecutando maromas y acrobacias.

Acaso haya que desandar un trecho mucho más largo de camino, y volver a preguntarnos de nueva cuenta dónde empieza lo ridículo y dónde empieza lo serio. Qué es lo que en cualquier momento vuelve cómica a la tragedia. Qué es lo que, de súbito y sin aviso, vuelve trágica a la comedia. La vida es la farsa que todos debemos representar, decía Rimbaud. Y Juan de Dios Peza, en un poema que todavía gustaban declamar durante las reuniones de familia los hombres mayores del mundo de mi infancia, sentenciaba: “el carnaval del mundo engaña tanto que la vida son breves mascaradas, aquí podemos sonreír con llanto y también llorar a carcajadas”. Aprendí esos versos de niño, y ya nunca pude olvidarlos. El Pirulí tenía cara de payaso triste, y he comenzado a arrepentirme de cuanto en tono burlón me permití decir de él párrafos atrás. ¿Qué puede haber más trágico que un hombre que se dedicó a cantar boleros porque ya no pudo seguir siendo payaso? ¿Qué puede haber más cómico que un hombre que se dedicó a cantar boleros porque ya no pudo seguir siendo payaso? El carnaval del mundo engaña tanto…

A final de cuentas, todas y cada una de las pálidas sombras a que aludía de inicio, terminan por reivindicar para sí la misma inaprehensible elocuencia, sin importar cuán vergonzosas puedan antojársenos de entrada las prendas que la configuran. La misma inaprehensible elocuencia, y también la misma rotunda inutilidad práctica. Una sostenida, indómita vocación elusiva frente a todo aquello a lo que la ideología dominante, la retórica empresarial, la inteligencia emocional y el modelo educativo por competencias, les gusta identificar como sinónimo de “la vida real”.

Fuera de la lógica del lucro, y de todo pragmático sentido del provecho, esas pálidas sombras. Y sin embargo recordándonos con oportuno y sincopado acento las coordenadas de sentido indispensables para que la humana existencia continúe resultando digna de semejante nombre.

Conocí a mi esposa, Bárbara, en una coyuntura social e institucional bastante concurrida, que sólo nos posibilitó un par de breves charlas y la oportunidad de compartir nuestros respectivos correos electrónicos a la hora de las despedidas. Realmente nos hicimos amigos por vía epistolar y virtual en el transcurso de los meses posteriores. La primera oportunidad  para conversar, ir al café y acudir al cine, sobrevino todavía más tarde.

Desocupado de un obligatorio compromiso con que debía cumplir antes de verla, la llamé por teléfono y quedamos de encontrarnos en la glorieta del Metro Insurgentes. Se trataba de la época previa al Metrobús. Abordé un colectivo. Eran casi las cinco de la tarde, era Avenida Insurgentes. Y, sin embargo, el colectivo en un momento dado se quedó vacío. Sólo el chofer allá adelante, y yo en el último asiento, presa de una creciente inquietud en la boca del estómago. El estéreo comenzó a tocar A Whiter Shade of Pale de Procol Harum. Una pálida sombra, como gustaban presentarla las estaciones de radio mexicanas. La inquietud devino hueco devorador en el estómago, y consumí el resto del trayecto tratando de convencerme de que no había nada especial, anómalo o sobrenatural en el episodio. Concluyó A Whiter Shade of Pale, subieron otras personas al microbús. Comencé a burlarme de mi atávica propensión por el melodrama y el tremendismo.

Aquí es oportuno mencionar que, durante aquella época, iniciado recién el nuevo siglo, aún estaba bastante generalizada la costumbre de regalar a las personas de nuestra estima, amigos, parientes y amores potenciales (sobre todo cuando nos hallábamos en las primeras etapas de conocimiento mutuo), un casete grabado con las canciones que más nos gustaran.

Volví a Morelia con el sueño de la razón produciendo monstruos a todo lo que daba. Al tercer día de nuestro encuentro en la glorieta del Metro Insurgentes, Bárbara y yo habíamos ido al Museo José Luis Cuevas a mirar los grabados de Goya. Los desastres de la guerra. Los Caprichos. Los Disparates. Yo me preguntaba si realmente estaría enamorándome, o si se trataba sólo de un capricho, de un franco disparate. Recordaba o anticipaba los desastres de la guerra que ciertos corazones (por descontado el mío) tienen por costumbre provocar, haciendo gala de un entusiasmo medio suicida. Procuraba otorgarme todo género de ecuánimes desalientos y procurarme cuantas inapelables pruebas de arbitrario espejismo resultara posible. Procuraba sobre todo no pensar demasiado en el rato aquel durante el cual el chofer y yo nos quedamos a solas con Procol Harum y Una pálida sombra, en plena Avenida Insurgentes a las cinco de la tarde. Rato a propósito del cual, por supuesto, no había llegado a decirle media palabra a nadie.

Traía en la mochila el casete con las canciones favoritas de Bárbara. Yo, despistado, lento y siempre carente de todo sentido de oportunidad, no había llegado a grabar el mío. Se lo llevaría hasta la siguiente visita. Era pues ya la mañana del lunes, saqué el casete de la mochila, lo puse en el estéreo de la sala de mi casa. He mencionado más atrás que los guiños del misterio prefieren la asimetría, ese descolocamiento que los salva de toda perfección (así sea sólo la perfección lírica de una casualidad). Por el orden en que había sido grabado, el casete comenzaba por el lado B. Su primer tema era Who by Fire de Leonard Cohen, y me basta volver a escuchar sus primeros acordes para encontrar restituida íntegra la atmósfera de aquella mañana (“¿y quién por el fuego, quién por el agua? ¿quién en el brillo del sol, quién en el tiempo nocturno?”).

Terminó el lado B. Volteé el casete. El primer tema del lado A era, claro, A Whiter Shade of Pale de Procol Harum. Una pálida sombra. No más. Pero tampoco menos.