domingo, 29 de agosto de 2021

Presente simple.

 Ingresé a la primaria sentado en un cajón de madera.

 No era un cajón con alas. No era un cajón con ruedas. Era un cajón común y corriente. De esos que arriban al mercado rebosando sonrisas vegetales, guiños tubérculos, orgullo jitomate, dignidad cebolla. De esos que, desde el principio de los tiempos, ya huérfanos, ven apilado su gesto melancólico y torcido en un rincón por los marchantes de puesto de verdura. Huacales los nombraba mi abuela, y he escuchado que así les llaman algunos todavía, aunque nuestra edad y la ofensiva de los centros comerciales hayan inclinado de manera decisiva la balanza del ayer hacia el jamás.

 Para sosiego de literales racionalistas y devotos de la verosimilitud, he de precisar que esto de ingresar a la primaria sentado en un cajón de madera constituye una licencia metafórica; que no es menester imaginarme con seis años cumplidos a lomo de huacal, espoleando astillados ijares y arrancándole a la banqueta funestos chirridos de maderillas rasgadas.

 No. Mi relación con aquel humilde, anónimo y a estas alturas ya distante asiento, fue signada hasta donde a recordar alcanzo por la más serena de las cordialidades, por la más amable de las quietudes. Caía a plomo el sol en la acera de enfrente, mientras en la que yo ocupaba iba viéndose vertiginosamente recortado el efímero margen de la sombra, para envolver la escena en una suerte de ambarina bruma.

 Era el día señalado a los aspirantes de nuevo ingreso para realizar sus trámites de inscripción. La fila correspondiente desbordaba la fresca penumbra de un zaguán todavía desconocido para mí, con sus tres amplios tableros para fijar los avisos de la dirección y los periódicos murales del turno matutino y vespertino; salía luego al sol, para extenderse a todo lo largo de la fachada de altas ventanas entreabiertas y gruesos mosaicos traslúcidos ribeteados de verde; y finalmente se prolongaba hasta las inmediaciones del mercado frontero, donde cabe conjeturar sin excesiva perspicacia que mi madre había obtenido el cajón que me servía de asiento.

 No debía ser el mío un caso excepcional. Advertidas de la vasta cantidad de demandantes y de la hora en que las oficinas de la escuela abrirían el proceso de registro propiamente dicho, varias habrán sido las mujeres que optaron por dejar montando guardia a alguno de sus hijos mayores, caso de tenerlos. Los primogénitos, claro está, no disponíamos de aquel recurso y debíamos cumplir personalmente la tarea de reservar sitio en la fila, encargados a la custodia del adulto más próximo. Lujos de confianza que en aquellos años las ciudades de este país podían todavía permitirse.

 Y es aquí donde la memoria echa a andar los sutiles mecanismos de su trampa. Recordar es siempre, pese a nuestros mejores y más aplicados empeños, distorsionar. Antes de pretender fijarlo testimonio, todo recuerdo parece ofrecer con peculiar nitidez sus certidumbres, por elementales y precarias que éstas sean. Hay algo que, antes de contarse, parece impermeable al extravío, reservado precisamente para de viva voz compartirse. Sensaciones fielmente conservadas, plegadas sobre sí mismas y de perfume intacto, que al ser abiertas con el mayor de los tientos y la más extrema de las atenciones alzarán delante nuestro un confuso jirón de mascaradas, desliéndose en una madeja de olores inatrapables.

 La carta que durante años nos hemos resistido a abrir para no desgastarla, y que al salir del sobre esparce por la mesa un puñado de cenicientos pétalos, una nube de alas de polilla.

 Al afrontar la primera línea de este apunte, traía entre las manos una imagen transparente. La transparente imagen del presente simple, que aquella mañana vino a revelárseme más allá de las palabras, mientras instalado en el cajón de madera aguardaba sin aguardar la vuelta de mi madre o el avance de la fila. Ahora no me queda nada. Entre remotas posesiones iniciales y cruentos despojos finales, a menudo sólo parece adquirir consistencia de realidad vigente la impiadosa vivencia de la pérdida.

 Será que presente es apenas la conciencia detenida de una disolución inexorable. La quietud de la mirada proyectada sobre aquello que no conoce la quietud; es decir, sobre el tiempo.

 Sé que en un momento dado, un hombre se acercó a conversar brevemente conmigo, tocado de curiosidad por mi traza, por el cajón en que sentado aguardaba, por mi pudorosa reticencia a abrir los ejemplares serie águila de El llanero solitario que conmigo llevaba. Pero, aunque recuerdo con claridad la expresión de su rostro ceñudo tras los anteojos negros, el pelo pulcramente engominado y el traje oscuro de finas rayas grises, me es imposible precisar si tales prendas provienen del momento justo que relatar pretendo, o si las he ido armando de retazos a partir de otras instantáneas. Porque vería a aquel hombre a menudo en el curso de los años siguientes. Y puesto que, a partir suyo, la palabra Maestro adquiriría las resonancias esenciales que la hurtan de toda burocrática acepción coyuntural, cabe conjeturar que la escena de mi ingreso a la primaria sentado en un cajón de madera esté pasada íntegra por el devoto tamiz de su añoranza, y nada de lo que reconstruyo haya sido exactamente así.

 Ya no estoy seguro de si aquella mañana el sol caía a plomo sobre la acera de enfrente mientras agostaba a mis pies el margen de la sombra. Ya no distingo si el ambarino velo de la bruma lo pusieron aquellos ojos niños o la distorsión, quién sabe qué tan inocente, de esta memoria sin edad. Ya no sé si entre aquellos ojos y esta memoria existe de verdad alguna diferencia. Ya no atino a discernir si la fila era tan larga, si llevaba conmigo esos ejemplares de El llanero solitario, si a ellos se debía mi sensación de vergüenza.

 Ya no sé si el cajón de madera en efecto estuvo ahí.

 Lo que recuerdo de cierto es que, con cajón o sin él, con resolana o sin ella, con ambarina bruma o sin ella, con revistas o sin ellas, en un momento dado me asaltó la impresión de que el tiempo bien podía empezar ahí, bien podía terminar ahí. Y aunque estaba ahí para esperar, ya fuera el avance de la fila o la vuelta de mi madre, ese instante necesariamente transitorio tenía valor por sí mismo, sin deuda alguna para con lo ido o lo porvenir. Presente. Presente simple. Presente es la conciencia detenida en el instante libre sobre el que cada cual funda su tiempo.

 No fue casual que, con un gesto y medio diálogo, el Maestro se detuviese a avistarme el porvenir. No fue casual que estuviera solo. No fue casual que ingresara a la primaria sentado en un quieto cajón de madera, sin ruedas y sin alas.

 Lo sagrado, como el presente, suele ser simple. Casual jamás.


Imagen: Escena The Paleface (1922). Escrita, dirigida y protagonizada por Buster Keaton.

jueves, 12 de agosto de 2021

De rojo barro.

 

Mi abuela Aurora nos acostumbró a eternizar las despedidas.

El momento del adiós era siempre un interminable agitar la mano y mantener vuelta atrás la cabeza, mientras la distancia entre nosotros iba haciéndose cada vez mayor. El juego, el ritual, el acuerdo no escrito, consistía en continuar agitando la mano en tanto consiguiéramos distinguirnos, aunque fuera ya nada más como una minúscula mota en la lejanía. Lo habitual solía ser que el adiós se viera finiquitado por el giro en una esquina, por el trazo de una calle donde una pared o una vidriera procedían a borrarte al otro.

El mismo libreto fijo una y otra vez. Igual si había venido a visitarnos a casa y nosotros la despedíamos desde nuestra ventana. Igual si la visita era nuestra, y había decidido acompañarnos hasta la estación del metro Guerrero, permaneciendo junto a la taquilla mientras nosotros —ya del otro lado de los torniquetes— nos hundíamos en el hueco de las escaleras.

La prenda emblemática de dicho ritual correspondía al momento de separarnos en la puerta exterior de la vecindad de la calle de Mosqueta, casi esquina con Reforma, donde moró durante décadas. Aurora instalada apenas un palmo fuera del zaguán, nimbada a contraluz o iluminada de frente por las blanquecinas lámparas del expendio de revistas usadas que había al lado, según nosotros hubiéramos partido con rumbo oriente o con rumbo poniente. Rumbo al oriente tomábamos por lo habitual hasta mis diez años, para abordar el trolebús en Eje Central; rumbo al poniente nos acostumbramos a dirigirnos en automático cuando, cursando yo quinto de primaria, cambiamos de domicilio y lo conducente se volvió abordar el metro en los aledaños del mercado Martínez de la Torre.

Había un sostenido, claustrofóbico y medio masoquista regusto de tristeza en aquella forma de despedirse. Una opresión en el pecho, no por tenue y transitoria menos significativa. No queríamos que Aurora se borrara a la distancia, no queríamos que su mano agitándose en el aire se desvaneciera. Y al mismo tiempo, siendo todavía niños como lo éramos mis hermanas y yo, el propio camino imponía metro a metro nuevas demandas y curiosidades. Queríamos echar a correr, queríamos jugar, queríamos ganar sitio de privilegio tomando la mano de mi mamá o de mi papá. Queríamos consagrarnos a otros rituales, que el hábito de tantas noches de despedida semejantes había terminado por instaurar complementariamente entre nosotros. Sin contar que mi mamá y mi papá procedían a imponer, perentorios, las necesarias obligaciones que supone saltar de una acera, esquivar unos coches, bajar unos escalones, cruzar una calle, salir a la noche. Y no obstante, un remordimiento de imperdonable traición procedía a cebarse sin apelaciones contra quien se atreviera a ya no volver la mirada atrás, sabiendo que Aurora estaba ahí en su puerta, diciendo adiós.

No quiero banalizar moraleja nada de esto. Se trata de hechos, vivencias, pensamientos y emociones reales. Se trata de la vida y no de un manual; mucho menos de un catecismo. Había que habitar y asumir la contradicción: apechugar la incomodidad y la melancolía que despedirnos de ese modo suponía, abrazando al mismo tiempo la complicidad intrínseca de un juego compartido y bueno. Y ninguno de los factores de la ecuación resultaba negociable.

El más triste de aquellos adioses correspondió en mi caso, sin ningún género de duda, a una víspera de Navidad. Apurando la memoria, casi me siento en condiciones de asegurar que se trató de las vacaciones decembrinas de mis once años. Como siempre que en estos menesteres de la memoria nos internamos, puede ser que esté forzando la geometría del recuerdo para alinear episodios por completo distintos. Pero esas constituyen por su parte las innegociables reglas de juego de la evocación y del testimonio. Así que prosigo, aun cuando sea cargando a cuestas mi sospecha, mi incertidumbre, mi duda. Tal se viene a la vida, tal se va hacia la muerte.

Las vacaciones decembrinas de mis once años fueron en varios sentidos inolvidables. Mis hermanas y yo estábamos preparándonos para la primera comunión, gracias en buena medida al tesón de Aurora. Llevábamos meses asistiendo al catecismo, no en la colonia Narvarte donde vivíamos, sino en la colonia Guerrero. Adscritos específicamente a la iglesia del Sagrado Corazón de María, con sesión matutina todos los sábados y sitio reservado en la misa para niños del domingo. Avecinándose la temporada de Noche Buena, el padre Abel, un párroco al parecer influenciado por la Teología de la Liberación, que procuraba involucrarse activamente con la feligresía desde una perspectiva social, dictaminó cumplimentar las posadas recuperando su estricto  sentido religioso originario, e integrando a todos los grupos de futuros comulgantes que tenía distribuidos por el barrio. Nuestros catequistas, jóvenes estudiantes de preparatoria, impartían “la doctrina” desde sus propios domicilios particulares.

Así que durante los meses anteriores mis hermanas y yo nos habíamos acostumbrado a arribar a casa de Aurora los viernes después de comer, para ser recogidos por mis papás el domingo al mediodía. Apenas iniciarse las vacaciones nos trasladamos para cumplir completa la semana de posadas. Del dieciséis al veintitrés de diciembre concurriríamos a un edificio o una vecindad —cada día diferente— de la colonia Guerrero, encenderíamos nuestras velitas de colores, iniciaríamos procesión, recitaríamos las letanías, cargaríamos los peregrinos, pediríamos asilo en nombre de José y María, rezaríamos las correspondientes oraciones y romperíamos la piñata.

Para mis hermanas y para mí, especial relieve tuvo la posada que se realizó en la vecindad donde moraba Aurora, pues aunque no hubiéramos puesto de nuestro bolsillo ni medio tejocote fungimos de anfitriones; me supo a afrenta no conseguir ser yo quien quebrara la piñata, pese a mis ingentes esfuerzos con el palo de escoba. Pero toda la semana fue de ensueño, pues no sólo nos gustaban los dulces y las frutas, las risas y la alharaca, sino también el misterio religioso. Memorizábamos los versículos mejor que nadie, solíamos ser elegidos para leer la primera o la segunda lectura en la misa de niños del domingo, y poníamos en serios aprietos a nuestras catequistas cada vez que —documentados por el conocimiento adquirido a través de la ópera rock Jesucristo Superestrella— procedíamos a preguntarles si Judas acaso no tendría razón en algunas cosas, si Pilatos había hecho bien o mal al lavarse las manos o si Jesús era susceptible de cometer errores pese a tratarse del Hijo de Dios.

Tal es habitual en el seno de muchísimas familias, llegadas Noche Buena y Noche Vieja, nosotros también las repartíamos equitativa y alternadamente entre abuela materna y abuela paterna. Cada año, una de ambas fiestas la pasábamos con Elena en Tlatelolco, mientras la otra le correspondía a Aurora, ya fuera en su casa o en la nuestra. Ese año de las siete posadas, había querido la logística que la víspera de Navidad tocara en Tlatelolco. Pero además resultó que Aurora no contaría con visita alguna; ni la de mi tío el mayor, quien vivía en la ciudad pero había elegido reservarse igual que nosotros para el día treintaiuno; ni la de mi tía la menor, quien viviendo en Puebla no siempre lograba cuadrar las economías para trasladarse con mis cuatro primas a la capital.

Debo aclarar que semejante situación no era en modo alguno anómala, y que seguro se había repetido delante mismo de mis infantiles narices con anterioridad, careciendo hasta ahí de enfáticos relieves de cara al futuro; sumándose anónima en todo caso a las infinitas ocasiones acumuladas desde mi más temprana infancia, durante las cuales la hora de decirle adiós a Aurora me entristecía el corazón y me hacía desear quedarme con ella.

 Aunque a veces mi tío el mayor eligiera para pasar con Aurora la fiesta decembrina donde nosotros no estaríamos, resultaba habitual que optara justo por lo contrario. La presencia de mi tía la menor en la capital hacía tiempo se había convertido en una excepción sin periodicidad agendable. Y en cuanto a “El Señor”, ese hombre con familia aparte que fungía como sui generis pareja de Aurora desde hacía ya muchísimo tiempo, sus desplantes de generosidad jamás podían predecirse; igual anunciaba que pasaría una de ambas efemérides con ella, llevándole comida china de algún restaurante de la calle de Dolores, igual no mencionaba media palabra ni se aparecía en toda la quincena.

El detalle singularizador supongo fue que aquella vez Aurora no sólo se me aparecía en el pecho y los sentidos como  mi memoria y mi patria más festiva, ni como el continente esencial de mis ensueños más perdurables, ni como la inagotable fuente de mis mejores juegos y mis mejores risas. Aurora se me aparecía en específico como la santa patrona de esos siete días, como la estampa dominante de esas vacaciones en compañía de mis hermanas. Y se me aparecía, por encima de todo, como el eco jubiloso pero a la vez incómodo de las palabras del padre Abel, al repetirnos que las posadas no debían mirarse sólo como una fiesta, sino como un ciclo de peregrinación para cumplirlo completo en homenaje a José y María, coronándolo con el nacimiento del Niño la noche del veinticuatro. Nosotros habíamos cumplido el ciclo completo por Aurora, con Aurora, gracias a Aurora, merced a Aurora. No sólo durante las posadas propiamente dichas, sino de la mañana a la noche. Desde el despertar entre el inconfundible olor de sus cobijas y el náutico rechinar de su colchón, hasta el bolillo nocturno remojado en la taza de café con leche, pasando por las correrías en su azotehuela, la cotidiana y ritual ida al mercado, el peso o el tostón para ir a intercambiar revistas en el expendio de junto, la negrura impenetrable de su recámara a la hora de dormir. Nosotros, pues, habíamos cumplido el ciclo gracias a Aurora, pero nos iríamos a coronarlo en otro sitio, mientras ella se quedaba a pasar la Noche Buena sola.

Sé comprenderá entonces que —ya a la intemperie, ya con Mosqueta anochecida, mientras avanzábamos rumbo al oriente para abordar el trolebús o el Ruta 100 encargado de conducirnos hasta Tlatelolco— el juego de despedirnos de Aurora agitando infinitamente la mano con la cabeza vuelta hacia atrás, resultara aquella vez para mí peculiarmente doloroso y amargo.

Siendo muy pequeño, tanto que el recuerdo en este caso no alcanza a contemplar todavía dentro de su marco a ninguna de mis tres hermanas, mi mamá y Aurora se habían encargado de incorporar a mi primera relación con las palabras varias coplas de sencillos versos. Coplas entonces habituales en los arrullos de muchísimos hogares. El lindo pescadito, la luna que se cayó en la laguna, el pon pon papas, los tomatitos del puré Del Fuerte. Una de tales coplas rezaba: “jarrito de rojo barro / donde tomo mi café; / te quiero mucho, jarrito, / que nunca te romperé”.  Yo casi de inmediato la había modificado en homenaje a Aurora: “abuelita de rojo barro / donde tomo mi café; / te quiero mucho, abuelita, / que nunca te romperé”.

Aquella víspera de Navidad, avanzando por Mosqueta rumbo a Reforma Norte, mientras Aurora y su mano diciendo adiós iban haciéndose más y más pequeñas entre las sombras y la distancia, dichos versos no cesaban de venir a mi cabeza. Por cursi y tremendista que así expresado suene, sentía que estaba faltando al pacto, al juramento. Yo estaba rompiendo a mi abuelita. Y refrenaba el impulso de volver sobre mis pasos, de decirles a mis papás que mejor me quedaba, de volver llanto franco la mustia lágrima que daba en amagarse en la esquina de mis ojos. Nadie hubiera entendido. Si llevaba siete días al lado de ella, si íbamos a pasar juntos la fiesta de Año Nuevo, si en Tlatelolco estaban aguardándome mi primo más querido, regalos, juegos, risas. Nadie hubiera entendido que yo cambiara todo eso por el café con leche y la negrura omnipotente entre las cobijas de Aurora. Nadie lo entendió creo que jamás.

Así que continué caminando en silencio, mezclando la tristeza con la rabia. Rabia no contra los otros, sino contra mí. Porque al final de las cuentas Aurora acabaría borrándose sin reparación posible a la vuelta de la siguiente esquina. Y yo, sobreponiéndome a la melancolía en dos o tres cuadras, acabaría por ajustar mi paso al ritmo de la carrera de mis hermanas. Y comenzaría a interesarme por el regalo (un suéter, un par de playeras, una alcancía) que estaba aguardándome en Tlatelolco. Y conjeturaría al lado de mis papás cuáles tíos iban a asistir y cuáles no. Y a la postre me la pasaría muy bien, jugando con mis primos, extraviándome entre multitud de invitados, enamorándome de niñas que eran mis parientes pero a las que no conocía, cenando con abundancia.

Y la noche y la fiesta y diciembre seguirían. Lo mismo que sigue siempre, implacable, la vida. Edificándose sobre nuestro olvido, sosteniéndose sobre los restos de todos nuestros jarros de rojo barro reducidos a polvo. Sin importar cuánto sigamos agitando la mano desde la distancia, en impotente ademán de prestidigitación por volver a unir sus pedacitos.