domingo, 9 de octubre de 2022

David Huerta: la jubilosa sospecha.



Me gusta pensar que conocí a David Huerta hacia mis ocho o nueve años. Al iniciar el ciclo escolar de tercer grado, el profesor procedió a anunciarnos que se incorporaría a nuestro grupo un compañero nuevo, que ya había sido dado de baja en no sé cuantas otras escuelas por problemas de conducta. Aquel niño problema se convirtió sin retórica en el mejor amigo de mi infancia, a pesar de que su paso por mi escuela primaria fue tan accidentado y efímero como supongo había resultado en las anteriores. Seguimos frecuentándonos varios años, incluso cuando él procedió a recalar en otras instituciones educativas. Para ofrecer un botón de muestra sobre su perdurable impronta en mi vida, me limitaré a decir que descubrí Morelia en su compañía durante unas vacaciones donde le permitieron viajar incorporado a mi familia. Su disfuncionalidad para con las convenciones sociales no tenía que ver con agresividades ni violencias, sino con su extrovertida naturaleza aérea, que lo llevaba a volar siempre a su aire, provocando recurrentes complicaciones logísticas no sólo ante los rígidos esquemas escolares, sino incluso ante los mucho más abiertos marcos de convivencia de su contexto familiar. Su mamá era y es todavía escritora, y no creo exagerar si afirmo que influyó decisivamente para que la mía siguiera ese mismo camino.

Al paso de los años, venimos a enterarnos de que aquella mujer escritora había sido durante algún tiempo pareja sentimental de David Huerta, y que dicho período probablemente coincidió con el de la amistad y las mutuas visitas entre mi amigo y yo. La verdad es que estando de visita en su casa, jugando, haraganeando, ensoñándonos con proyectos delirantes, dibujando historietas, descubriendo a Ásterix y Óbelix, hablando él de La historia interminable o ilustrándolo yo sobre la genealogía de superhéroes Marvel, nunca presté atención alguna a los adultos presentes en el departamento, fuera de su mamá.

Hubo una única excepción a esta última norma. Se trató de la temprana etapa en que invité por primera vez a mi amigo a casa. Él aceptó, asegurándome que lo hacía con el correspondiente conocimiento y beneplácito de la autoridad materna. Fue a esperarme a la salida de la escuela (a la cual no había asistido ese día), comió con nosotros, jugó y leyó historietas conmigo toda la tarde. En un momento dado, ya cayendo las sombras de la noche, mi mamá comenzó a inquietarse y le preguntó a qué hora iban a ir a recogerlo; yo había anotado nuestra dirección y elaborado un elemental croquis en su cuaderno desde días atrás. Mi amigo dijo que regresaría solo, a lo cual mi mamá se opuso de forma terminante. Lo acompañamos pues a pie de regreso hasta su hogar, algo distante del nuestro por entonces, aunque tiempo después viviríamos a pocas cuadras de distancia. No bien tocar el timbre de su departamento, la puerta se abrió y apareció en el umbral un hombre de lentes, mezclilla, bigote —no recuerdo si barba— y pelo largo. De inmediato tomó a mi amigo en sus brazos, lo izó hasta su pecho y lo estrechó con una mezcla de desolación, alivio y rabia, para enseguida dar voces llamando a la señora de la casa. Mi mamá y yo no precisamos más explicaciones. Mi amigo había salido de ahí desde la mañana, sin avisar a nadie y sin que hubiera manera de deducir su paradero. A esas alturas, su mamá y el compañero de su mamá habían no sólo agotado los domicilios y teléfonos de todos los amigos y primos a su alcance, sino iniciado la angustiosa instancia de solicitar informes en hospitales, delegaciones y demás.

Cuando —ya adulto y proyecto de escritor— me enteré de que David Huerta había sido pareja sentimental de la mamá de mi amigo, me acostumbré a escrutar cuanta foto de juventud del poeta pasaba por mis manos de manera impresa o virtual, asediando sus rasgos en guajiro afán por recobrar los de aquella fugaz aparición de lentes, bigote, mezclilla y pelo largo, correspondiente a mis años de educación primaria.

Más tarde, los azares de la vida y la literatura me brindaron el placer de coincidir con él en algo así como media docena de oportunidades. Primero, como jurado del certamen Gran Angular 1996, elogió con entusiasmo mi novela La sombra de Pan, asegurándome que él había defendido hasta donde fue posible que se le concediera el primer premio y no la mención honorífica que a final de cuentas recibió. Más adelante, a lo largo del año 2000 en que yo fui becario del Fonca en el área de novela, y él fungía como tutor en el área de poesía, charlamos en varias oportunidades. Se entusiasmó con mi proyecto (a final de cuentas malogrado) de escribir la historia de un alquimista que, perseguido  por la inquisición, se veía en la necesidad de emigrar a Nueva España. Me invitó a su casa, fotocopió y engargoló para mí un volumen de  tratados herméticos y el cuento La rosa de Paracelso de Borges, me hizo jurarle que no volvería a Morelia sin pasar antes por la librería “La torre de Lulio”, me obsequió con elogiosos comentarios el primer libro de cuentos de Eduardo Antonio Parra. Enorme generosidad de una personalidad literaria de su prestigio y su talla hacia un joven escritor de provincia a quien apenas conocía.

Para entonces, David ya había fungido para mí desde la página escrita como guía y adelantado cofrade en los continentes José Lezama Lima, Efraín Huerta y Malcolm Lowry. Durante la época en que nos tocó encontrarnos, se hallaba arrebatado con fervor militante por Góngora, subrayando a quien quisiera oírlo y a quien no que el verdadero irreverente, el verdadero polémico, el verdadero experimentador lúdico, el verdadero humorista, el verdadero apasionado, el verdadero infortunado, había sido don Luis y no Quevedo.  

Coincidimos por última vez en Morelia, sede de la plenaria final para los jóvenes creadores del Fonca aquel año 2000. Entre lecturas, presentaciones, coreografías, exposiciones, conciertos y discursos, tuve oportunidad de presentárselo a mi mamá y a mis hermanas. Para bochorno mío e irritación de malquerientes, apenas divisarnos por los pasillos del Conservatorio de las Rosas o de la Casa de la Cultura, David procedía a exclamar “en Morelia los Monreal son la ley, en Morelia los Monreal son la ley”.  En algún momento, mi mamá se las arregló para preguntarle si en efecto había sido pareja de la mamá de mi mejor amigo de la infancia; sin abundar en detalles ni proceder a ningún cotejo de fechas, David se limitó a confirmárselo con una sonrisa nostálgica y enternecida.

Yo, por mi parte, jamás llegué a aludir al tema. Ni durante mis encuentros con él, ni más tarde, cuando la internet y sus redes sociales abrieron la opción de recuperar a mi amigo y a su mamá tras décadas de distanciamiento e ignorancia totales. Nada que ver con el pudor o con la diplomacia. Me gusta el velo de bruma en torno a la historia aquella. El “igual y sí” entremezclado en oleajes de ida y vuelta con el “igual y no”.

Como poeta, David será siempre para mí antes que nada el autor del primer libro suyo que llegó a mis manos: Cuaderno de noviembre. Al revisitar sus páginas, al revisitar las páginas de cualquiera de sus otros libros de poemas, David no me ofrece ninguna inapelable certidumbre, sino algo infinitamente más precioso: el aliento siempre renovado de una jubilosa sospecha.

Pues eso es. Yo no necesito la inapelable certidumbre de haber conocido a David Huerta hacia mis ocho o mis nueve años: me basta la jubilosa sospecha.


Imagen: David Huerta retratado por Rogelio Cuéllar en 1980.

domingo, 2 de octubre de 2022

El pliego suelto que nunca existió.

 

Un libro, como podemos comprobar ahora mismo echando mano de cualquier volumen a nuestro alcance, se confecciona a partir de varios pliegos de papel doblados y encartados. Para mantener unidos y en orden los cuadernillos independientes que resultan de dicho encartamiento, es menester fijarlos mediante costura o pegado a través de un proceso de encuadernación. Una hoja volante se define como un solo pliego doblado o varios pliegos encartados que no han sido sometidos a proceso de encuadernación alguno.

El rápido auge de la imprenta durante la segunda mitad del siglo XV, que estimuló la aparición de talleres a lo largo y a lo ancho de todo el continente europeo, trajo consigo la necesidad de legislaciones y normas regulatorias emitidas por las autoridades competentes. En 1502, los Reyes Católicos promulgaron un conjunto de leyes para impresores, libreros, imprentas y librerías, que imponían estrictas regulaciones y engorrosos trámites a la producción y venta de libros dentro de sus dominios, mas no así a otro tipo de materiales impresos. Pueden identificarse dichas leyes como el detonante decisivo para la proliferación de hojas volantes y pliegos sueltos, llamados también pliegos de cordel. No obstante, el auge de tales publicaciones no fue inmediato. Tanto la definición de su perfil como su destacado sitio en el favor de un público al que debieron encargarse de formar, irían consolidándose paso por paso a lo largo de muchas décadas.

El término “pliegos de cordel” puede haber surgido por detalles de manufactura o por los modos en que estos impresos solían ser ofertados para su venta. En la actualidad permite además distinguirlos de otros materiales, como las gacetas, que son en sentido estricto también hojas volantes, pero cuyo perfil resultaría muy distinto.

Desde el siglo XIX hasta nuestros días, el llamado Pliego suelto del terremoto de Guatemala ha venido siendo presentado por numerosísimas fuentes como la primera pieza periodística y la primera hoja volante aparecida en la Nueva España.  Lírica, narrativa y dramáticamente hablando, ningún perfil más tentador que el suyo para confiarle el acta de nacimiento oficial de nuestras publicaciones literarias. 

Primero, se trataría de un pliego suelto impreso en 1541, es decir apenas a veinte años de la derrota del señorío mexica. Segundo, reproduciría de manera más o menos fiel un informe de primera mano transmitido a España por el conquistador Juan Rodríguez Cabrillo; informe que suele reconocerse como el primer texto periodístico escrito en el Nuevo Mundo. Tercero, habría salido del taller de Juan Pablos, primer mítico impresor en la historia de América. Cuarto: inmortalizaría una truculenta historia relacionada con la suerte final del conquistador Pedro de Alvarado, capitán responsable en ausencia de Cortés de la matanza perpetrada dentro del Templo Mayor de Tenochtitlan en mayo de 1520.

¿No parecen los datos así dispuestos estar perfilando ya por sí solos el material de una apasionante novela? Tienta por demás cerrar los ojos y conjeturar a las gentes de aquella Ciudad de México aún en obra negra, leyendo por cuenta propia o escuchando por boca de algún comedido la primera hoja volante de nuestra historia. Pero lo cierto es que ninguna de esas hipotéticas escenas pudo tener lugar, dado que el presunto Pliego suelto del terremoto de Guatemala impreso por Juan Pablos nunca existió. No podía existir. Ninguna condición había para posibilitar que se imprimiera, ni en lo que hace al amplio marco de la situación sociocultural de Nueva España y el imperio español hacia 1541, ni en lo que hace a las específicas circunstancias de las personas que habrían debido involucrarse en semejante proyecto.

Un contenido predilecto de los pliegos de cordel a lo largo de su dilatada historia —una historia que se extiende desde el siglo XV hasta la actualidad— corresponde al muy amplio marco genérico de la “relación de sucesos”. Es dentro de este rubro donde se ubicaría la presunta hoja volante impresa en México por Juan Pablos en 1541. Temáticamente, dentro de la relación de sucesos cabían la reseña de efemérides civiles y religiosas, la crónica de hechos históricos, los relatos de milagros y prodigios naturales, el testimonio biográfico y autobiográfico, las truculencias propias de nuestra prensa sensacionalista y de nuestra nota roja, etc.; de hecho, las fronteras entre semejantes bloques temáticos a menudo no solían resultar demasiado claras. Estilísticamente, las relaciones de sucesos admitían lo mismo la prosa que el verso; significativa parte de los romances populares que han llegado hasta nosotros proceden de los pliegos de cordel.

Por lo que respecta al auge gradual de las relaciones de sucesos  aparecidas en hojas volantes durante el siglo XVI, como preludio para su éxito masivo a partir del siglo XVII, la investigadora española María Sánchez Pérez, Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, ha elaborado una interesante tabla[1].  Por supuesto, se trata de una tabla elaborada a partir de materiales conservados, que debe aquilatarse sobre el marco de referencia de una abrumadora mayoría de materiales perdidos; dada su manufactura y su enfoque, los pliegos de cordel fueron siempre altamente perecederos. No obstante, la propia abundancia o carencia de ejemplares correspondientes a un año u otro admite tomarse sin duda como muestra representativa de la evolución del fenómeno.

De acuerdo con dicha tabla, las relaciones de sucesos en pliego de cordel que conservamos dentro del ámbito hispánico, correspondientes al plazo que va  de 1500 a 1550, suman escasamente un total de catorce; los correspondientes al plazo 1551-1600 suman en cambio ciento veintinueve. Del año 1509 subsiste un solo ejemplar; del año 1596 subsisten quince ejemplares. Del año en que habría aparecido el supuesto Pliego suelto del terremoto de Guatemala de Juan Pablos, curiosamente la producción en la península ibérica no nos ha legado un solo ejemplar. Como señala la Doctora Sánchez Pérez, la definitiva implantación del género parece haberse dado hacia 1570, encarando ya el último cuarto del siglo. No hay motivos pues para sobreestimar la presencia de las relaciones de sucesos en pliegos sueltos como un fenómeno consolidado en España antes de dicha fecha; menos aún en sus posesiones recién conquistadas allende el océano.

Claro que los pliegos de cordel acabarían convertidos en las primeras “revistas” literarias de la historia de México, prolongando una inercia que había iniciado en Europa con la popularización de la imprenta. Pero lo harían de manera mucho más tardía, cuando hubiera suficiente número de impresores para sostener la oferta, y mínimo favor público para garantizar la demanda.

La merecidísima aura mítica que rodea a Juan Pablos como primer impresor de América, no debe hacernos olvidar los precarios recursos de que él y su equipo de trabajo dispusieron durante los primeros años, así como las severas restricciones de todo tipo que por contrato debía obedecer. Al llegar a la Ciudad de México en 1539, nada era suyo. Ni los 195 000 maravedíes que portaba para la compra de insumos, útiles, provisiones y gastos; ni su movilidad durante los siguientes diez años, pues quedaba comprometido a no abandonar la ciudad en ese lapso;  ni los privilegios reales que certificaban el taller a su cargo como la única imprenta autorizada de todo el continente; ni los materiales y herramientas de trabajo que traía consigo; ni el esclavo negro incorporado como batidor; ni la potestad de elegir al tirador de la imprenta, que podía ser removido y sustituido en el momento que se lo ordenaran; mucho menos las potenciales ganancias que el taller consiguiera rendir, mismas que se comprometía a remitir íntegras a España y de las cuales debía corresponderle al cabo la quinta parte, tras los respectivos descuentos por inversión capitalista, por pérdida o estropicio de bienes del taller, por gastos de traslado, y por manutención de él y su esposa, Jerónima Gutiérrez. Ni siquiera eran suyos el nombre Juan Pablos con que pasaría a la historia, ni el reino español desde el cual arribaba, pues se llamaba en realidad Giovanni Pauli y había nacido en Brescia, Italia.

El verdadero beneficiario de aquella iniciativa era su patrón, Juan Cromberger, cuyo padre, el alemán Jacobo Cromberger, había logrado convertirse durante el primer cuarto del siglo XVI en el más importante impresor de Sevilla (principalísima ciudad para el naciente imperio español ya desde entonces). El patriarca de los Cromberger supo obtener de la corona ventajosos favores que le permitirían no sólo ampliar y diversificar intereses comerciales en Europa, sino incorporarse a lo que en aquella época comenzó a llamarse la “Carrera de Indias”. Por su parte, sin descuidar el negocio que había dado origen a la prosperidad familiar, Juan Cromberger orientó esfuerzos hacia una consolidación mercantil de amplio espectro, que incluía desde el préstamo de dinero hasta el comercio ultramarino, desde la actividad inmobiliaria hasta el tráfico de esclavos. Por lo que hace a su empresa americana, pese al rigor de las leoninas cláusulas impuestas a Juan Pablos, la verdad es que Cromberger manifestó muy poco interés en el monopolio que se le había concedido como única persona autorizada para la impresión e importación de libros en el Nuevo Mundo; su atención y la de sus herederos se consagró casi íntegra a las ricas explotaciones de plata conseguidas en Sultepec y Taxco.

La llegada de la imprenta a la Nueva España había tenido su principal promotor en el franciscano Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, quien adquiere su mayor celebridad popular en la memoria mexicana por haber sido el primero en mirar a la Virgen de Guadalupe en el ayate de Juan Diego, según narran la tradición y la leyenda. Como casi siempre que de humanos asuntos se trata, acaso sea menester repartir equitativamente su empeño bibliófilo entre el amor, la necesidad, el interés, las responsabilidades y los compromisos adquiridos. Zumárraga amaba los libros. Zumárraga era consciente de la importancia de una imprenta para las labores evangelizadoras y educativas del incipiente virreinato. Y Zumárraga tenía un adeudo monetario por préstamo no saldado con la familia Cromberger.

No parece descabellado conjeturar una decisiva influencia del obispo de México para beneficiar los negocios del empresario sevillano en Nueva España. Lo más importante aquí es en todo caso establecer que Juan Pablos inició su labor impresora condicionado en un extremo por el despotismo patronal y la desidia editorial de Juan Cromberger, y en otro por los requerimientos e intereses institucionales de Fray Juan de Zumárraga. Es en estos últimos que debemos centrar ahora nuestra atención. Apenas instalada la flamante imprenta en la llamada Casa de las Campanas, las funciones que se aguardaban de ella no correspondían prioritariamente a la manufactura de libros.

La habilitación de un taller tipográfico en la Nueva España obedeció a objetivos bien definidos por parte de la corona, la iglesia y el virrey Antonio de Mendoza. Por una parte, apoyar el proceso de evangelización con la publicación de doctrinas, catecismos, confesionarios, manuales de sacramentos, etc.; por otra, respaldar el proceso de hispanización mediante la elaboración de vocabularios, artes de lengua, cartillas para aprender a leer, etc.; por último, pero no menos importante, facilitar las labores civiles y administrativas sacando a la luz impresos burocráticos como edictos, cédulas, formularios y calendarios, actualmente denominados “literatura gris”.

Hay consenso en distinguir una notable desproporción cualitativa y cuantitativa entre la producción bibliográfica del taller de Juan Pablos al servicio de Cromberger, y el taller ya con Juan Pablos como propietario y titular. Y en esa desproporción tienen peso innegable la precariedad y las prohibiciones impuestas por la familia Cromberger. Sin embargo no debe minimizarse como otra causa importante la demanda de materiales religiosos, lingüísticos y administrativos que Juan Pablos y su equipo de trabajo debieron cubrir por sí solos durante aquellos años, sin la colaboración ni la competencia de ningún otro impresor, y padeciendo encima las al parecer atávicas crisis por carencia y carestía de papel.

Escaso margen y sentido pues para el desliz de una relación de sucesos en hoja volante durante 1541. Y sin embargo, las referencias que dan como un hecho la existencia del Pliego suelto del terremoto de Guatemala son desde el siglo XIX hasta la actualidad abundantísimas, comenzando con el Diccionario Universal de Historia y Geografía publicado en nuestro país en 1854, y terminando con las vigentes entradas que ahora mismo puede consultar cualquiera ingresando a Wikipedia. Continúan difundiéndose con profusión las fotografías del impreso, cuyo colofón luce con todas sus letras la leyenda: “Imprimióse en la gran ciudad de México. Año de mil y quinientos y cuarenta y uno en casa de Juan Cromberger”.

El auge de los pliegos de cordel en Nueva España, aun cuando muy precariamente documentado, cabe ubicarlo hasta ya entrado el siglo XVII. Y además con notables matices respecto de las características que adquiriría el género del otro lado del mar. En la península, siguiendo una proporción más o menos equitativa, las hojas volantes de corte piadoso en sus diversas modalidades coexistieron desde un principio con materiales autorizados a licencias más profanas; cumplidas las respectivas fórmulas de circunstancias en elogio de este santo, esa virgen o aquella autoridad, podían lectores y escuchas dar rienda suelta a su llana curiosidad, a su lírica avidez, a su descarado morbo.

Para Nueva España las cosas fueron muy distintas. La vigilancia y la censura de la iglesia y la corona se mantuvieron siempre quisquillosas y alertas respecto del riesgo que pudieran acarrear determinadas libertades. En el caso que nos ocupa, es decir, el de lo que podía ser impreso y leído o no en el Nuevo Mundo, una de las más tempranas y férreas proscripciones le correspondió justamente a lo fabuloso y lo profano. Sabemos que a partir del siglo XVII, en materia de relación de sucesos, se imprimieron romances, milagros, noticias de actualidad y crónicas de desastres. Pero sin hurtarle nunca el sitial de privilegio a la reseña de procesiones, o de festividades tanto civiles como religiosas. Todo indica que hasta el fin del virreinato, tratándose de pliegos sueltos, el eje dominante hay que enfocarlo primero desde la óptica del proceso de evangelización, y después desde la óptica de las obligaciones que —en tanto súbdito y feligrés— la autoridad aguardaba de un pueblo ya plenamente evangelizado. Y que el resto de las temáticas características de la literatura de cordel quedaron confiadas a otras manifestaciones culturales, como la tradición oral, la copla callejera, la música popular, más algún temerario desliz de cuando en cuando desde la escena teatral. Para expresarse de manera abierta a través de la página impresa de distribución masiva, el gusto por el chisme escabroso y la peripecia sangrienta tendría que aguardar entre nosotros hasta la llegada de la Independencia.

Guadalupe Rodríguez Domínguez, investigadora de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, se ha encargado de demostrar[2] que la versión del Pliego suelto de Guatemala difundida como mexicana es reelaboración de dos hojas volantes impresas en España en fecha sin determinar, y que no pudo salir del taller a cargo de Juan Pablos, dado que ni la tipografía, ni las orlas, ni los grabados utilizados corresponden a aquellos de los que dispuso el bresciano. Materiales estos últimos que, por su parte, se hallan plenamente identificados a partir de aquellas obras que Juan Pablos efectivamente imprimió.

Tras la comprobación técnica, quedaba empero en pie la cuestión de la procedencia de aquel impreso espurio. A Rodríguez Domínguez le llamó la atención que durante cerca de tres siglos no hubiera habido referencia alguna sobre esa hoja volante. Y que tanto la primera noticia a propósito de ella, así como las ulteriores ratificaciones que procedieron a acreditarla, procedieran todas de un selecto y ceñido núcleo de bibliógrafos, encabezados por el célebre humanista decimonónico Joaquín García Icazbalceta.

En su obra de ficción La novela de mi vida, del año 2002, el escritor Leonardo Padura polemiza a propósito de Espejo de paciencia, poema con que el escritor canario Silvestre de Balboa habría fundado la literatura cubana hacia 1620. Padura postula de manera abierta que tanto el poema como el escritor nunca existieron, y que fueron obra de un puñado de escritores del Romanticismo, decididos a otorgarle a la isla un antecedente ilustre del cual carecía, equiparable a la mexicana Crónica de Bernal, a la chilena Araucana de Ercilla y a los peruanos Comentarios Reales del Inca Garcilaso.

De manera análoga, la Doctora Ramírez Domínguez plantea que el pliego suelto del terremoto de Guatemala atribuido a Juan Pablos, fue creación de García Izcabalceta y su círculo de allegados. Quién sabe si como broma erudita, como venganza personal contra otros especialistas, o como jactancia de su capacidad para incorporarle a la realidad un fruto de la pura fantasía, de la pura ficción.

Acaso nos hemos equivocado y nuestra historia no es una novela. Sino un cuento. De Jorge Luis Borges.




[1] Sánchez Pérez María. Panorámica sobre las Relaciones de sucesos en pliegos sueltos poéticos (siglo XVI). En eHumanista: Journal of Iberian Studies,  Vol. 21, 2012.

 [2] Rodríguez Domínguez Guadalupe. La imprenta en México en el siglo XVI. Editorial Regional de Extremadura. Mérida, 2018.


Imágenes:

1. Remodelación de la catedral de la Antigua Guatemala. Antonio Rodríguez Montúfar, 1678.

2. Imprenta limeña. Miguel Adame, 1701.

3. El presunto Pliego suelto del terremoto de Guatemala impreso en México en 1541.

domingo, 28 de agosto de 2022

El otro Sergio.

I

Yo no soy Sergio Monreal.

Es decir, sí, mi primer nombre es Sergio y mi apellido paterno es Monreal. De manera que en la inmensa mayoría de los ámbitos de mi convivencia social extra familiar y extra amistosa, toda la vida me han llamado y me he identificado con naturalidad plena como Sergio Monreal.

Dicha norma sólo fue alterada en el plano escolar. Buena parte de la primaria fui Julián. En primer grado de secundaria, habitando todavía tierras defeñas, quedé incorporado a cierto misterioso hábito de la educación media básica capitalina, ignoro hasta qué punto vigente al día de hoy; el hábito consistía en que los estudiantes nos tratábamos entre nosotros empleando el primer apellido, de tal suerte que a lo largo de aquel ciclo escolar me convertí exclusivamente en Monreal, mientras mis contertulios habituales eran Strada, Monterrubio, Pichón, Olvera. Para segundo y tercer grado, instalado ya en Morelia, mis compañeras y compañeros de grupo eligieron llamarme otra vez, como en la primaria, por mi segundo nombre.

Sin embargo, fuera de tales estampas, y  en casi cualquier contexto luego de esas excepciones confirmadoras de la regla, fui y sigo siendo Sergio, Sergio Monreal. Siempre. O casi siempre.

El “casi” adquiere su más significativa magnitud cuando paso a enfocarlo desde cierta específica patria, toda vez que dicha patria pasó a convertirse al cabo en una de las más importantes —si no la más importante— de mi vida. Me refiero a la literatura. Podrá argüirse que tal relevancia resulta harto relativa, y queda circunscrita a los muy debatibles pareceres de mi persona. Pero dado que se trata de mi nombre, de aquello a lo que me dedico y de mí, alguna autorizada voz y algún autorizado voto deberé tener en el asunto.

La cuestión es que en los dominios de la literatura yo no soy Sergio Monreal. Soy Sergio J. Monreal. Hace cosa de veinticinco años que vengo firmando así cuanto texto de mi autoría sale a la luz pública. Hace cosa de veinticinco años también que, por lógica consecuencia o por elemental geometría, aguardo que cualquier persona interesada en involucrarme en literarios asuntos (proyectos, colaboraciones, mesas, entrevistas, etc.) cuide que ese sea el nombre que aparezca escrito en la correspondiente papelería, o enunciado ante el correspondiente micrófono. Con suerte desigual. Esa jota intermedia entre el Monreal y el Sergio parece constituir por lo habitual  una prenda de descuido, desprecio o irritación. Y el organizador, entrevistador, colega o conocido en turno pasa simple y llanamente a omitirla.

Creo recordar que, hace no tantos años, cierto joven reportero del área de cultura gustaba consignar una y otra vez en sus notas el nombre completo de los escritores locales que reseñaba, comentaba, entrevistaba o criticaba; tal si en lugar de un trabajo periodístico estuviese verificando un trámite del INE o del registro civil. Supongo pensaría que eso formaba parte de su potestad informativa, aunque algo me hace presentir que no procedería igual tratándose de Coral Bracho, Marco Antonio Campos, Elsa Cross o David Huerta. En fin, sin consentirse tamañas licencias, la cuestión aquí es que, siendo invitado por personas que conocen mi trabajo, y que por tanto alguna oportunidad han tenido de advertir cómo firmo mis textos, estas prefieren por lo regular escribir o recitar de viva voz: Sergio Monreal. Sin jota.

Precaviendo cualquier equívoco que los párrafos precedentes pudieran provocar, aclararé que el asunto ni me subleva ni me enoja. Antes bien incita mi curiosidad. Y me lleva a considerar que quienes hemos elegido por oficio la escritura no deberíamos tomar tan al pie de la letra —con la festiva seguridad que solemos hacerlo— aquello de que estamos aquí con el fin de renombrar íntegra la realidad para nuestros semejantes, cuando nuestro propio gremio suele mostrarse reacio a que nos llamemos a nosotros mismos de la manera que mejor nos parezca.

¿De dónde proviene no obstante el capricho de esa jota intermedia? Me atrevería a decir que de la literalidad, del respeto y del decoro. Yo no puedo atribuirme el nombre de Sergio Monreal en los dominios de la literatura, sencillamente porque Sergio Monreal ya existe, y comenzó a escribir y a publicar antes que yo.

 

II

Sergio Monreal nace en la Ciudad de México en 1953, es decir dieciocho años antes de mi llegada al mundo. Pertenece pues a la promoción de poetas de medio siglo, bautizados a escala michoacana por Francisco Javier Larios como “la generación del desencanto” en una muestra antológica, publicada en 2009 por la UMSNH, y dentro de la cual Monreal participa por cierto con un par de poemas. Instalado en Morelia hacia 1984, su actividad literaria inicia en el entorno del taller La Cúpula, coordinado por el entrañable poeta y maestro Tomás Rico Cano; ahí comparte formación con nombres de la escena local hoy más identificables que el suyo, como  Margarita Vázquez, Alberto Portillo, Adriana Pineda, Juan García Tapia o Ana Aridjis, entre otros.

Durante la segunda mitad de la década de los ochenta, resultaba difícil no encontrar a Monreal involucrado en la mayor parte de las actividades literarias de la ciudad, fuera como partícipe o como aplicado espectador, pero también como directo promotor y co-organizador. Tal fue el caso de un encuentro regional de talleres literarios bastante sonado por entonces, realizado creo recordar en 1989, y cuya correspondiente memoria impresa incluía unas brillantes reflexiones de Daniel González Dueñas a propósito del trabajo tallerístico, mismas que valdría la pena rastrear, rescatar y difundir a través de los muchos medios hoy disponibles.  

Sergio Monreal fue miembro fundador del grupo Uandáricha, con el cual coordinó la aparición de una hoja literaria que alcanzaría a completar cerca de diez entregas, y anduvo presentando por aquí y por allá algunos recitales poético-musicales dedicados respectivamente a Efraín Huerta, a Ramón Martínez Ocaranza y a los corridos de la Revolución Mexicana. Además de ofrecer muestras de su trabajo en diversas revistas y suplementos locales, así como en alguno que otro medio nacional, alcanzó a publicar dos plaquettes de poesía. La primera, titulada Amor libre por falta de pruebas, formó parte en 1988 de la primera serie “Los tejedores” del entonces Instituto Michoacano de Cultura, mientras que la segunda, Desde tus ojos el mar, apareció un año más tarde, bajo el sello nada menos que de la célebre serie “Cuadernos de Praxis/Dosfilos” de la Universidad de Zacatecas.

Por lo que hace al terreno de las amistades literarias, además de aquellos personajes que como él giraban en torno a Tomás Rico Cano y al grupo Uandáricha, Monreal cultivó fraternos intercambios con autores como Saúl Júarez, Manuel del Postigo, Nefatlí Coria, Francisco Javier Larios o Jesús Rosales. A nivel nacional, consolidó una estrecha relación con Felipe Garrido, mientras los numerosos festivales y encuentros literarios de aquellos años le permitían trabar también contacto con Oscar Oliva, Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos, Vicente Leñero, Ernesto Lumbreras, entre otros.

Hacia 1990 se traslada a Guadalajara, donde continúa su actividad literaria. Realiza la introducción y la selección de la antología Enriqueta Ochoa de bolsillo  para la U de G, y asiste a algunas sesiones del taller coordinado por Juan José Arreola. Todavía en 1992, ya otra vez en tierras michoacanas y residiendo en Erongarícuaro, obtiene el tercer lugar en los Juegos Florales convocados por el Ayuntamiento de Morelia con motivo del 450 aniversario de la fundación de Valladolid; la correspondiente plaquette conmemorativa incluye también a Alejandro Delgado (ganador del primer lugar) y a Antonio Mendiola (acreedor de una mención honorífica).

A partir de ahí, la actividad literaria de Sergio Monreal cesa por completo. Sé, porque conservo una copia al carbón en uno de mis libreros, que dejó inédito un poemario titulado Transiciones. Pero su abandono de la literatura resultó radical, y se mantiene así hasta la fecha.

No obstante, confío en que el recuento que aquí he realizado permita advertir al público lector hasta qué punto fue la suya una travesía creadora de ningún modo despreciable. Y bastará contrastarla con la ficha biográfica que encabeza este blog, para advertir lo poco o casi nada que sus términos coinciden con la mía. Nuestros correspondientes currículums sólo comparten ciudad de origen y fecha arribo a Morelia; cosa de lo más natural si tomamos en cuenta, como cualquiera habrá podido advertir sin excesiva perspicacia, que Sergio Monreal es mi padre.

En términos estilísticos, la poesía publicada por Sergio Monreal giró casi íntegramente en torno al tema amoroso y erótico, con influencias diversas que sería largo enumerar aquí, pero entre las cuales me parece importante resaltar la de Gaspar Aguilera. Uno de los motivos, tal vez el más importante, que convierte a Gaspar (imposible referirse a él mediante el apellido) en referente central de las letras michoacanas, tiene que ver con su capacidad formadora a través de la propia escritura; sus tesituras y obsesiones consiguieron provocar interlocución y eco genuinos en una muy significativa nómina de autoras y autores locales. Sergio Monreal pertenece a esa nómina. Caracterización por completo ajena a Sergio J. Monreal, cuya filiación poética hacia magisterios michoacanos de los años setenta y ochenta habría que buscarla antes bien dentro de la órbita de Frida Lara Klahr. Más allá del erotismo, y aun cuando careciendo de ejemplos al respecto en sus dos plaquettes publicadas, Sergio Monreal acuñó también varias piezas de abierto, sarcástico y pendenciero enfoque político, menos en la línea de Efraín Huerta que de Renato Leduc; muy celebrado fue por aquellos años, en numerosas lecturas y tertulias, un soneto suyo dedicado al ex-presidente de Estados Unidos Ronald Reagan.

 

III

Hacia 1986, cumplidos los quince años, yo sabía ya a ciencia cierta que una parte esencial de mi destino iba a ser literaria. Y desde entonces comencé a preguntarme cómo íbamos a resolver mi papá y yo la cuestión del nombre. Pero el asunto no llegó a ocuparme seriamente sino hasta 1990, cuando se me presentó por vez primera la oportunidad de tener una columna en la prensa local, gracias si no mal recuerdo a las gestiones de Demetrio Olivo, y a la generosa buena voluntad de Raúl López Téllez y Francisco Hernández Herotata. Hasta ahí, el grueso de lo que con absoluto abuso me permitiré llamar mi “producción literaria” había visto la luz en contextos estudiantiles donde lo natural era el uso de nombres completos, o donde ser ubicado como Sergio Monreal no podía prestarse a ningún género de confusiones.

Puesto que mi papá llevaba más de un lustro consagrado a una travesía literaria que en aquel momento nadie tenía manera de suponer cerca de cerrarse, el nombre de Sergio Monreal le correspondía de manera indisputable. A quien tocaba contemplar soluciones para establecer una nomenclatura distintiva entre ambos, era a mí. Por muy devoto que fuera yo de Paco Ignacio Taibo II, cuyas novelas publicadas hasta ahí devoraba con obsesiva reincidencia, jamás me pasó por la cabeza bautizarme Sergio Monreal Segundo, ni nada por el estilo. Al principio, igual que cualquier joven escritor repartido entre el orgullo y el bochorno de verse ubicado públicamente, firmé mis primeras colaboraciones bajo el seudónimo “Sejumov”, que es la abreviatura de mi nombre completo. Aparecieron bajo el título general de “El largo adiós” en un periódico llamado Buen Día, de breve existencia.

Para 1992, se me presentó la posibilidad de participar con una nueva columna en el flamante Cambio de Michoacán. Bolígrafo y libreta en mano, me senté a barajar opciones para el correspondiente título y la correspondiente firma. En cuanto a lo primero, no demoré mucho en decantarme por Página Blanca. Lo segundo exigió más tiempo.

La asonante rima entre mi apellido paterno y mi segundo nombre me irritó desde el comienzo. Julián Monreal sumaba a la rima un sonsonete bisílabo todavía más exasperante, y Sergio Julián Monreal me sonaba a variación apenas matizada del nombre completo en la lista escolar. Aunque cubro con holgada puntualidad e indecoroso orgullo todas las cláusulas propias del complejo de Edipo, nunca contemplé incorporar mi apellido materno al apelativo de batalla que estaba buscando, para convertirme así en Sergio Vázquez, Sergio Julián Vázquez o Julián Vázquez. De modo que al final, por fatiga y con resignación, opté por S. Julián Monreal, diciéndome sin mucha convicción que la ese inicial algo conseguía atenuar la rima y el sonsonete.

S. Julián Monreal fue el nombre que acompañó a Página Blanca durante dos años y varias decenas de entregas, primero en el cuerpo propiamente dicho del diario dirigido por Jaime Rivera, y después como parte del suplemento dominical Cambio en la cultura, coordinado si la memoria otra vez no me falla por Víctor Rodríguez. Ese fue también el nombre con el que hasta 1995 aparecieron los textos que tuvieron la amabilidad de publicarme en otros medios, como la revista Fragmentario del IMC, o Jitanjáfora de José Mendoza Lara.

1996 significó la oportunidad de ver publicados mis primeros libros. Preparándome para enviar diversos materiales a dictamen y a concurso, me dije que con ISBN de por medio ya no habría marcha atrás, y que si aquel S. Julián Monreal estaba realmente lejos de convencerme, era la última oportunidad de buscarle sustituto. Sin excesivas deliberaciones, y también sin demasiado margen de movilidad para improvisar propuestas, mudé abreviatura por nombre y nombre por abreviatura, convirtiendo la ese en Sergio y el Julián en jota. Solicitudes y plicas tomaron el rumbo de la paquetería o el correo signadas por vez primera con el Sergio J. Monreal. Durante los siguientes meses aparecerían en rápida sucesión, cumplimentando una insólita racha de buena fortuna, la pieza de teatro infantil Los ojos perdidos de Mirmidón, el poemario El manar de la sombra y la novela La sombra de Pan. Y el nombre se quedó ya de fijo. De entonces a la fecha.

 

IV

Habrá quien considere que el dilatado y al parecer definitivo silencio literario de Sergio Monreal durante las últimas tres décadas me autoriza a apropiarme el nombre sin ningún género de escrúpulo. Yo no lo veo así. Por un lado, están los aspectos netamente prácticos del asunto. Si al inicio de la década de los noventa el riesgo de confusión residía en que pudiera llegar a pensarse que los textos publicados por mí fueran de la autoría de mi papá, hoy ha pasado a ocurrir exactamente lo contrario. Un par de diccionarios de escritores que andan por ahí, omitiendo la jota, inician la lista de mis publicaciones con Amor libre por falta de pruebas y Desde tus ojos el mar. Mientras que la página “Enciclopedia de la literatura en México”, incluyendo la jota, atribuye la introducción y la selección de Enriqueta  Ochoa de bolsillo a Sergio J. Monreal.

Pero lo más importante queda más allá de las implicaciones prácticas y curriculares. O, en todo caso, las abarca y resignifica. Y es que sin importar lo breve que a su turno haya podido resultar o lo ignorada que en este momento resulte, yo me aferraré a respetar, distinguir y honrar en su singularidad y autonomía esa travesía literaria. Tan diferente de la mía, pero a la cual la mía tanto debe. Por eso le respeto el nombre. Por eso yo no soy Sergio Monreal.


Imágenes:

1. Las dos plaquettes publicadas por Sergio Monreal.
2. De pie en el extremo derecho, Sergio Monreal y demás integrantes del grupo Uandáricha en compañía de otros participantes de un encuentro literario en la ciudad de Zamora, durante 1987.
3. Sergio Monreal fotografiado por la poeta Margarita Vázquez en Guanajuato, en 1987.