martes, 15 de febrero de 2011

PARQUES


¿De qué modo se construye un espacio humano? Sin duda a partir de la noción de límite. La mirada que se posa sobre la amplitud indiferente y la recorta espacio habitable. En principio no hay siquiera necesidad de que el recorte se haga manifiesto. Bastan la mirada y la conciencia de quien mira. El viajero que identifica una intemperie propicia y, sin que medie modificación alguna, se la apropia, la hace suya a través del sencillo procedimiento de saberla suya. No en tanto propiedad exclusiva, sino más bien en tanto geografía recortada y reconocible; reconocible por recortada.
Cuando niños, realizábamos a menudo semejante operación. A toda hora. Pero hay que pensar sobre todo en el parque vespertino y en las salidas al campo ciertos fines de semana. De los múltiples matices combinatorios que median entre excepción y descampado, derivaban operaciones del mismo linaje pero de distinto género.
El parque cotidiano, próximo a tu casa, permitía configurar continuidades. Perímetros que delimitabas con la plena conciencia de que volverías a ellos en el corto plazo, familiaridad con el paisaje y sus objetos. Este árbol, esta afelpada porción de hierba, aquella explanada terregosa, aquel sendero con una súbita hilera de pedruscos a la mitad. Puesto que es de la continuidad que nace la función, y puesto que éramos niños, resultaba enteramente natural e impremeditado otorgarle a tales coordenadas roles claramente establecidos, si bien nunca cerrados e inflexibles. Roles que la condición pública del espacio en cuestión restringía a la conciencia de quien los asignaba, sin determinantes ni perdurables huellas capaces de someter unilateralmente la identidad de las cosas frente a los ojos de terceros.
Tú identificabas la disposición paralela, la razonable distancia y la adecuada solidez de dos árboles, y sabías que eso era una portería; y te indignabas tremendamente si alguien pretendía marcar goles en sentido inverso. Resultaba que la arbitraria asociación funcional de los dos árboles daba sitio a un derecho y un revés que, si se quería que el juego mantuviera su sentido, ya no podían violentarse de manera arbitraria. Pero ni nadie ajeno al círculo de juego estaba obligado a ver aquello como una portería, ni tú tenías la prerrogativa de condicionarlo objetivamente de acuerdo a tu visión.
Las tentativas orientadas en este último sentido caían siempre por su propio peso. La colección de ramitas que a tu hermana no le habían permitido llevar a casa, y que ella había alineado escrupulosamente, por tamaños, en el hueco de un tronco, “para seguir jugando con ellas cuando volvamos a venir”. Tu portería convertida en sostén de una hamaca. El escenario de la selvática batalla que habías proyectado entre soldados verdes y vaqueros azules, convertido en lecho de retozo para una pareja de novios.
Las esporádicas salidas al campo durante algunos fines de semana, aderezaban esos mismos juegos con un aliento a definitivo, a irrecuperable. Delimitabas el espacio con idéntica naturalidad, idéntico rigor y análogos riesgos, pero sabiendo que toda hipótesis de continuidad resultaba absurda. Hay una peculiar melancolía en la última mirada que un grupo de primos o de amigos infantiles le dedican, camino del autobús o del auto, al paraje de agua, tierra, noche o bosque, donde acaban de compartir un juego que en el fondo, oscuramente, entienden memorable, irrepetible, único.
No cabe duda que el misterio de semejantes certidumbres y hallazgos puede encontrarse también dentro del marco de juegos y espacios con una férrea legislación previamente establecida. Hasta antes del video-game, ningún territorio postulado como lúdico podía declararse impermeable a la invención creadora. Incluso el deporte profesional y los parques temáticos consienten espacio para la subversión —así sea silenciosa y anónima— del imaginario individual. Sin embargo, pareciera que las potencias primigenias del jugar tienden a desplegarse sobre todo ahí donde comienzan a escasear los asideros; en el momento donde la improvisación trasciende lo previsto al punto de subordinarlo y a veces abolirlo.
El espacio nunca vuelve a ser el mismo después de que la mirada libre se ha posado en él. Haya habido antes una norma domesticándolo, o sólo el vacío primigenio de lo informe por deshabitado, será el gesto secreto de quien se trace en él estancia o travesía lo que a final de cuentas entreabrirá a partir suyo opciones de sentido.
Al delimitar nuestros espacios, nos delimitamos a nosotros mismos.

sábado, 29 de enero de 2011

POESIA Y CIRCUNSTANCIA

Detrás de todo poema hay siempre una experiencia individual concreta; esto es, una anécdota. En ciertas ocasiones, autores y obras, semejante anécdota resulta claramente rastreable. En otras se hurta hasta el punto de sugerir, de cara a la experiencia personal de su artífice, la más radical impermeabilidad, la más absoluta autosuficiencia; lo mismo que si el poema viniera de la nada.
Pero no existe poema salido de la nada. No existe obra humana salida de la nada. Alguna vez, interpelado respecto a la nula referencialidad anecdótica de sus piezas líricas, Roberto Juarroz le confiaba al entrevistador en turno, a manera de mero ejemplo, el mundano, doméstico origen de unos versos suyos, en apariencia lacrados por férreos y excluyentes hermetismos. En realidad, semejantes versos, autores y travesías sólo resultan inaccesibles para aquellos lectores y para aquella crítica que, habituados a explicar el fenómeno creador desde su periferia externa, enmudecen de perplejidad e incomprensión cuando se ven obligados a entenderse a solas con la obra desnuda.
Porque lo cierto es que, aun cuando toda poesía tenga detrás un venero anecdótico que la posibilita, sea éste manifiesto o no, ninguna poesía que valga en tanto tal, esto es, que posea el poder de redimensionar lo real por vía de su fulgurante captación como totalidad en devenir, puede reducirse a la anécdota personal que le dio origen. Documentarse sobre la identidad de las mujeres a quienes dedicó Jaime Sabines sus poemas amorosos, o detallar los trágicos pormenores de la vida de Miguel Hernández como preámbulo necesario para un cabal disfrute de “Nanas de la cebolla”, constituyen inocentadas que rayan en la vulgaridad y la ofensa. Lo que un poema precisa para ser habitado queda dentro del poema mismo. Estudios biográficos y apuntes contextuales sólo iluminan la lectura y se convierten en fecundos puentes para transitarla de ida y vuelta, cuando son capaces de asumir con humildad y transparencia su condición de acompañamiento prescindible. Nada que una obra sea incapaz de decir por sí sola puede serle añadido desde fuera.
Privilegiar los usos o abusos familiares, sentimentales, políticos, sociales o sexuales de un autor, como vehículo medular para la aproximación crítica hacia su trabajo, implica acometer cada dictamen valorativo sobre la base de una prejuiciada distorsión. No resulta extraño que los esenciales rasgos poéticos (humanos, espirituales) de una obra y su artífice queden así lamentablemente oscurecidos, cuando no brutalmente invisibilizados. Elías Nandino enfocado desde sus versificaciones cómico-eróticas antes que desde “Nocturna Summa”; Efraín Huerta valorado de frente a los poemínimos y los poemas pro-soviéticos, y de espaldas o al menos de perfil a “Amor, Patria mía”. Ramón Martínez Ocaranza condenado a la cíclica antología de sus convencionales sonetos nicolaitas, a la melodramática magnificación de su breve estancia carcelaria y a los entretelones (ya tremendistas, ya burlescos) que enmarcaron la escritura de este o aquel poema.
Ahora bien. Existen autores que en un momento dado, desde la propia escritura, deciden o se resignan a acometer por sí solos semejante operación. Privilegian la anécdota, subordinando cuada vuelo, cada atisbo, cada exploración del lenguaje y la mirada a los márgenes de la específica experiencia personal que en cada oportunidad se encargó de detonarlos. Versos de circunstancias. Música de coyuntura. Imágenes de ocasión. Sin necesario menoscabo en materia de virtuosismo técnico, ni menos aún en lo que hace a inmediato impacto confesional, emotivo o ideológico, el poeta se habitúa a convertir la vivencia directa en columna vertebral de ese modo de vivencia necesariamente indirecta (vivencia re-presentada) que es el poema. Y la intuición augural va quedando poco a poco limitada a su promesa, como perturbador anticipo de lo que al final no quiso, no supo o no se atrevió a ser.
En semejantes casos, mientras más lejos se halla el lector en turno de la materialidad de los sucesos y la persona aludidos, más ajena e impermeable le resulta la obra, y no hay esfuerzo documental que valga para zanjar el creciente abismo. Contrario a lo que ocurre con los clásicos (minoritarios o masivos, llámense Virgilio o Jerome Charyn), que apenas zanjados ciertos mínimos escollos contextuales son capaces de abrirte por sí solos toda su abarcante e intacta pertinencia.
Aquel reino de nunca jamás, aquel imperio del prodigio que se quedó en amago, solemos suponerlo poblado sobre todo por quienes en un momento dado abandonan la escritura, sea por elección o por accidente. Lo bien que quizá hubiera escrito mi tío abuelo si no hubiera colgado la pluma para siempre al salir de la preparatoria; lo prometedora que resultaba aquella joven tallerista hasta el día que una mala contabilidad la obligó a canjear pareados por biberones; las fulgurantes piezas que según Octavio Paz auguraba José Carlos Becerra al morir.
Pero de ningún modo constituye una rareza o una anomalía la opción contraria: el individuo que se consagra a la literatura de modo profesional, mas cuya vocación no cristaliza jamás las fecundas intuiciones que lo encaminaron hacia ella.

sábado, 15 de enero de 2011

OFICIO DE MIRAR

imagen de Hugo Hiriart

(en memoria de Frida Lara Klahr)

Tenía veinte años la primera vez que impartí clases. Debía hacerme cargo de una hora de taller de teatro a la semana, con cada uno de los seis grupos de una primaria particular. Mirando en perspectiva, no cabe duda que la zozobra que signó de principio a fin aquella efímera experiencia de poco más de un semestre, obedeció más a mi condición de novicio que al específico perfil de mis alumnos. No obstante, por si las dudas, jamás he vuelto a probar suerte como maestro, ni siquiera ocasional, de especímenes de nivel básico. Hasta la sola conjetura de imaginarme dando clases a adolescentes de secundaria consigue llenarme de terror, y acometo con una mezcla de entusiasmo y alivio mi ya prolongada actividad docente frente a bachilleres y universitarios.
Recuerdo nítidas aquellas mañanas de hace dos décadas. Mi cándida y rígida voluntad de planificación debía estrellarse ante la cotidiana evidencia de niños que no respondían nunca como yo lo había presupuestado. Mi natural más bien dubitativo se las veía negras para sortear sin perder el tipo la innata inquietud infantil, que yo leía como muestra permanente de aburrimiento, incomprensión, distracción y hasta animadversión. Y mi tendencia al melodrama me hacía acoger con desencajado talante el fatal, cíclico, consabido momento donde la paciente cortesía de mis interlocutores cedía a la desbandada (“¿y ahora cómo hago que se callen?”, “y ahora cómo hago que se sienten?”).
Mentiría si dijera que se trató de un martirio llano y liso. Esa breve experiencia abarcó para mí, aunque fuera en insinuante germen, todos los rasgos, las exigencias, los prodigios y los hallazgos que la enseñanza atesora para quienes habitan del lado del pizarrón. Las prendas venturosas de aquellas semanas las tengo a estas alturas bien esclarecidas y ordenadas en su estante de lecciones y recuerdos; y no son pocas. Pero todos sabemos lo imposible que resulta casi siempre conciliar en simultáneo entender y vivir. Así que, en honor a la verdad, debo decir que en aquellos días la sensación de pareja tortura me la paliaban sólo dos cosas. El cheque de la quincena. Y Nordy.
Uno de los descubrimientos más importantes para todo aquel que pretende trabajar de profesor, consiste en entender, no a nivel meramente retórico o discursivo, sino desde la sangre misma, que no hay alumnos buenos ni malos; que un aula es un espacio de encuentro para travesías humanas con roles de coyuntura clara y legítimamente distribuidos, pero que en primera y última instancia lo de verdad relevante son las travesías y no los roles. Sin embargo, para el maestro en ciernes, lanzado de cabeza y sin paracaídas que valga al primer aprendizaje de su oficio, cuan necesario, reconfortante y decisivo resulta contar con el eco cómplice de al menos una mirada que le reafirme, no la irrelevante valía de su persona o su currículum, sino la abierta opción de que cuanto hace y dice puede llegar a tener algún sentido.
Eso era Nordy para mí. Esa mirada, esa opción abierta, ese guiño cómplice. Nordy tenía entonces siete años, y los ojos infinitos, alimentados por un antiguo oficio de mirar. Sé que puede sonar raro, pero nada tiene de falso ni de absurdo. ¿Una niña de siete años con un antiguo oficio de mirar, transparente, en los ojos? Por aquellos mismos días, sin que en ello tuvieran nada que ver ni la escuela ni las clases (otra prueba de la puntualidad implacable del azar) conocí a su madre. Y comencé a explicarme de dónde venían la transparencia y la hondura de aquel antiguo oficio de mirar.
Durante años, alimenté con la poeta Frida Lara Klahr una amistad hecha de intermitencias fulgurantes y secretamente doloridas. La leía de cerca y la veía de lejos. Hoy pensaba consagrarle este espacio a su poesía y a su persona. Escribir unas líneas más literarias que sentimentales. Consagradas más a la artista que a la mujer (qué absurdo, como si fuera posible separarlas, romperlas por el talle). Reseñar en retrospectiva el primer conjunto de poemas suyos que leí, agrupados justamente bajo el título “Mi antiguo oficio de mirar”.
Pero no puedo. Estoy aquí, pensando en el oficio de maestro y en los ojos de Nordy. A lo mejor porque Frida Lara Klahr fue, aunque apenas a través de un par de talleres, uno de los escasos y esenciales maestros literarios de cuerpo presente en la errática travesía formativa de este escritor autodidacto. O a lo mejor porque, ahora que me he enterado de su muerte, me ha regresado de pronto aquel impulso de hace dos décadas por tomar a Nordy entre mis brazos y arrullarla. En mutuo pacto y cómplice consuelo, asomado a sus ojos; extraviado en la heredada transparencia de su antiguo oficio de mirar.