sábado, 30 de abril de 2022

¿Quién mató de verdad a Ágatha Christie?

 

Dashiell Hammett es reconocido universalmente como el más definitivo disruptor dentro de la literatura policiaca, en oposición al modelo clásico a la inglesa.  Es decir aquella en la que, fuera de toda directa pretensión sociológica y de denuncia, así como de aspiraciones literarias más allá de las que exija el correcto y claro desarrollo del relato, el misterio se plantea ante todo como un desafío lógico para la sagacidad del lector, a quien corresponderá descubrir la solución del caso propuesto antes de que el escritor —normalmente por boca de su investigador protagonista— proceda a explicársela.

Al imponerse un verismo contextual más próximo al de sus lectores y de sí mismo, al apelar a un conocimiento más preciso de los procedimientos criminalísticos y judiciales, y al exigirse rigores estilísticos, formales y de contenido hasta entonces más bien anómalos dentro del género, Hammett apadrinó desde las páginas de las pulp fiction el origen de la escuela hard-boiled, la novela policial dura norteamericana; rebautizada como novela negra durante la posguerra por la industria editorial francesa. Terminado su ciclo narrativo a través de cinco novelas y más de medio centenar de relatos, entraría al relevo su más adelantado discípulo: Raymond Chandler.

Sin embargo, la distancia que separa a Hammett y a Chandler de la novela policial clásica ha tendido a exagerarse en demasía. Es cierto que a partir de ambos la literatura sobre crímenes experimenta radicales transformaciones, sin las cuales resultarían inexplicables la mayor parte de las tentativas que en el último siglo le han otorgado sus mejores intuiciones literarias, éticas, poéticas, políticas y morales. Pero el entusiasmo que suelen provocar los caminos divergentes explorados con maestría por numerosos narradores a partir suyo, tiende a obviar el hecho de que esos dos referentes modélicos implementaron sus aportes e innovaciones sobre una siempre inalterada premisa básica: continuar escribiendo relatos donde el esclarecimiento del misterio significara un reto de lógica para la perspicacia del lector.

El tradicional aficionado al modelo clásico, incondicional consumidor de las obras de Agatha Christie, Gilbert Keith Chesterton, Van Dine o Ellery Queen, y poco dado tanto a sutiles refinamientos literarios como a comprometidos imperativos de denuncia o violentas exaltaciones de lo truculento, siempre ha podido incorporar a su repertorio de predilecciones El halcón maltés o La dama del lago [1], mientras que autores como Horace McCoy o David Goodis ya tienden a resultarle distantes, extraños, ajenos. Los sobreentendidos al uso suelen dictaminar que ello obedece a la creciente sobrecarga de violencia y realismo en la llamada novela negra; pero no da la impresión de que las narraciones de Hammett y Chandler sean en sus mejores ejemplos menos violentas que las de McCoy o menos realistas que las de Goodis (por mucho que, en sus respectivas escrituras, Horace y David hayan abrazado una militancia testimonial infinitamente más directa que la de Raymond y Dashiell). Las razones quizá correspondan más bien a otro orden. Y es que para Horace McCoy y David Goodis el enigma pasa a volverse en efecto un elemento secundario, cuando no a desaparecer en definitiva, como ejemplifican respectivamente sus emblemáticas ¿Acaso no matan a los caballos? y La víctima[2]. No obstante, incluso en el autor clave encargado de llevar hasta su extremo esta radical corriente de ruptura, el inigualable Jim Thompson, solemos hallar minuciosas armazones lógicas sustentando argumentalmente, con hábiles señuelos de intriga y equívoca apariencia de casualidad, las más caóticas estridencias contextuales. La efectiva renuncia al esclarecimiento del misterio planteado, propia de una obra por ello tan central y tan decisiva como Un ciego con una pistola[3] de Chester Himes, continúa representando todavía una rareza, más tentadora para tránsfugas y advenedizos del género que para quienes lo cultivan de manera asidua, sea leyéndolo o escribiéndolo.

En las cinco novelas de Dashiell Hammett, así como en la mayor parte de sus relatos breves (lo mismo que en significativa parte de cuanto en pleno siglo XXI continúa escribiéndose bajo la etiqueta de “novela policiaca”), descubrir quién es el asesino representa un elemento de central importancia, que se plantea y se resuelve siempre obedeciendo a la estructura tradicional, originalmente propuesta por Poe, Collins, Conan Doyle y compañía; es decir, se comete un delito, se ofrecen pistas a lo largo del desarrollo de la trama, a fin de que quien está leyendo se halle en condiciones de generar hipótesis a propósito de qué fue lo que sucedió y a quién o quiénes hay que responsabilizar por ello, y al final el personaje protagónico esclarece a detalle una y otra cosa. Si en el caso de Hammett sólo El hombre delgado[4] cumple con absoluto apego a la escuela inglesa la comparecencia final de sospechosos frente al brillantísimo detective —aun cuando echando mano de una abierta ironía paródica—, obsérvese que el mismo ritual, no importa cuán camuflado, se respeta por igual en los sucesivos desenlaces de Cosecha roja, La maldición de los Dain, El halcón maltés y La llave de cristal[5].

El mérito de Hammett no consiste en haber roto la estructura convencional del género (pues no lo hizo), sino en haberla llevado a terrenos que acaso sin él le habrían resultado inaccesibles. Celebradas hasta el cliché, frases de Raymond Chandler tales como “Hammett extrajo el crimen del jarrón veneciano y lo depositó en el callejón”[6] o “en caso de duda, hay que hacer que un hombre aparezca en la puerta con una pistola en la mano”[7], no digamos ya que han distorsionado tanto su propia filiación como la de su reconocido maestro, sino obviado el contenido completo de los párrafos de que fueron arrancadas, así como el sentido original con que en su momento se les enunció. Si de apelar a Chandler se trata, basta leer con atención de cabo a rabo sus ensayos The Simple Art of Murder (1944) y Casual Notes on the Mystery Novel (1949) para advertir hasta qué punto él y Hammett se asumen herederos directos de la tradición británica que los antecedió, por más que en varios aspectos cruciales se muestren acerbamente críticos hacia ella:

 

Desbordar los límites de una fórmula sin destruirla es el sueño de todos los que escriben en revistas y no son caballos de tiro sin esperanzas de curación.[8]

 

Desbordaron y respetaron la fórmula del enigma lógico a resolver, apelando principalmente a una nueva convención: la de la verosimilitud realista, respaldada por un más documentado sustento en materia de procedimientos de indagación y persecución del crimen. Tal vez los rasgos de la vieja escuela que más irritaran a los autores hard-boiled, con Hammett y Chandler (y James M. Cain) a la cabeza, fueran por un lado su inclinación hacia el crimen imposible, suerte de acto de prestidigitación, cuyo talante sobrenatural simula inhabilitar de entrada todo tipo de explicaciones; y por otro la cadena de amaneramientos que semejante inclinación tiende casi en automático a provocar: desde la aristocrática excepcionalidad de los investigadores, hasta la recurrencia exótica en las acciones criminales y la pedante competencia erudita como indispensable requisito para el esclarecimiento del misterio. En el policial americano duro no suelen haber crímenes cometidos como por arte de mágicas potencias:

 

Hammett devolvió el asesinato al tipo de personas que lo cometen por algún motivo, y no por el solo hecho de proporcionar un cadáver. Y con los medios de que disponían, y no con pistolas cinceladas a mano, curare y peces tropicales. Describió a esas personas en el papel tales como son, y las hizo hablar y pensar en el lenguaje que habitualmente usaban para tales fines.

Tenía estilo, pero su público no lo sabía, porque lo desarrollaba en un lenguaje que no se suponía capaz de refinamientos. Pensaron que estaban recibiendo un buen melodrama carnal, en el tipo de jerga que creían hablar ellos mismos.[9]

 

Pronto, con multitudinaria profusión, cíclicos booms y pingües réditos editoriales hasta la fecha, fueron legión quienes se pusieron a escribir pensando en ofrecer justamente eso: un buen melodrama carnal, en el tipo de jerga que creían hablar ellos mismos. Lo más cómico (o lo más trágico, según se vea) resulta que en su mayoría lo hicieran y lo hagan convencidos de estar siguiendo a pie juntillas los pasos de Hammett.



Imagen: Dashiell Hammet y Raymond Chandler.

[1] The Maltese Falcon (Hammett, 1930), The Lady in the Lake (Chandler, 1943).

[2] They Shoot Horses, Don't They? (McCoy, 1935). Somebody's Done For (Goodis, 1967).

[3] Blind Man with a Pistol, (Himes, 1969).

[4] The Thin Man (Hammett, 1934).

[5] Red Harvest (Hammett, 1929), The Dain Curse (Hammett, 1929), The Glass Key (Hammett, 1931).

[6] Chandler, Raymond. El simple arte de matar. Bruguera. Barcelona, 1979.

[7] Ídem. Introducción.

[8] Ibídem.

[9] Ídem.

domingo, 10 de abril de 2022

La interrogación.

 

 I

 Estaría yo en cuarto de primaria cuando cierta mañana vino a visitarnos al salón una dama pálida, rolliza y dulce, con el fin de invitarnos a tomar clases vespertinas de inglés. La cuota a pagar por ello era tan ínfima que, cuando volvió a los dos días, tras haber dado tiempo para que los padres de familia recibieran la información, tuvo que extenderle registros de inscripción a la inmensa mayoría del grupo.

 La maestra iba mencionando nuestros nombres por orden de lista. Nosotros nos limitábamos a responder "sí" o "no". En caso de una respuesta afirmativa, debía hacerse un alto para que La Señora del Inglés (como de modo previsible había sido bautizada) se ocupara del registro correspondiente. En caso de una respuesta negativa, se seguía adelante sin mayor inquisición. Hasta que el recuento llegó a mí. Pertenecía a un núcleo de estudiantes por quienes la maestra manifestaba especial aprecio y en los cuales tenía cifradas ambiciosas esperanzas académicas dentro del corto y el mediano plazo; cada integrante de ese núcleo nombrado hasta entonces habían respondido invariablemente "sí". Yo respondí “no”. La maestra levantó los ojos de la lista y me miró con gesto de extrañeza. “¿No?”. No. Valorando la posibilidad de que, a pesar del exiguo costo, mis padres no estuviesen en condiciones de sufragar ese decisivo pilar formativo, la maestra procuró penetrar ahí mismo en las razones de mi respuesta. Yo, el pecho henchido de fervor patrio, escuchando tras de mí el eco de todos los cañones con que no había podido contar el General Anaya durante la guerra de 1847, materializadas ante mis ojos las tropas de la expedición punitiva, resucitada en mi pulso la osadía villista de Columbus, miré no a la maestra, sino a La Señora del Inglés, y repuse: “porque no quiero”. Ambas mujeres me dedicaron un gesto mitad intriga y mitad estupor, para luego encogerse de hombros (o algo parecido) y proseguir con el resto de la lista. Más tarde, ya sin La Señora del Inglés presente, la maestra me llamó a su escritorio, haciendo lo posible por conseguir una explicación más específica; dado que yo consideraba que mi actitud se explicaba por sí sola, no llegamos muy lejos.

 La verdad es que en casa no había pronunciado media palabra ni sobre La Señora del Inglés ni sobre el monto de sus cuotas. No lo hice sino hasta esa misma tarde, confiando en que la elocuencia misma de los hechos me granjearía un beso, un elogio o al menos una sonrisa cómplice. Cuando mi madre, no sólo sorprendida sino francamente irritada, me preguntó cómo era posible que hubiera dejado pasar una oportunidad como ésa, empecé a considerar la posibilidad de que el gesto perplejo de la maestra estuviese justificado, y de que mis motivos no fuesen tan explícitos como a mí me parecía.

 Recibí el regaño en silencio. No podía explicar nada. No creí que fuese necesario explicar nada. ¿Cómo podían pedirme que hablara yo ese idioma? ¿No nos habían robado medio territorio? ¿No nos habían invadido? ¿No se tambaleaban el peso y sus caninas guardias frente al dólar (se me escapaba el significado de esas quejas cotidianas, pero sonaba grave)? ¿No acababa Tonmy Hearnst de noquear a nuestro invencible campeón Pipino Cuevas?

 El azar le dio giro de fábula a toda aquella historia. Un par de semanas más tarde, la mujer pálida, rolliza y dulce, había desaparecido con el dinero de las inscripciones. Dinero que, en conjunto, sumando a toda la escuela, ya no resultaba tan exiguo. Estaba buscándola la policía. El instituto donde iban a impartirse las clases de inglés nunca había existido.

 Como parte de la privilegiada minoría a salvo de la estafa, me convencí de que, esencialmente, los hechos acababan de concederle la razón a mi difuso pero intransigente sentido de resistencia.

 

 II

 Ese tipo de convicciones siguieron marcando mi trato con la lengua inglesa durante todavía algún tiempo. Cuando, hacia el inicio de la secundaria, supe que para aquella sólo existe el signo que cierra una pregunta, mas no así el que en español sirve para abrirla, fui asaltado por una serie de sentimientos encontrados. Por un lado, con la doble suficiencia del nacionalismo y de la pubertad, creí ver en el hecho una prueba más de la prepotente inferioridad espiritual norteamericana. Por otro, sin errar del todo, presentí una amenaza potencial para nuestro idioma, al que la importación irreflexiva de usos y formas ajenos podía depredar más allá de todo arreglo (hoy se ha vuelto una costumbre no abrir la interrogación). Pero por otro, me maravillaba la temeridad de definir el sentido de una frase hasta su término. ¿Cómo podían hacer eso?

 En algún momento, el juicio me hizo recalar por fin en la evidencia de que si el inglés se llamaba así era porque había comenzado a tejer su urdimbre muchos siglos antes del nacimiento de George Washington y del General Pershing. Luego, aunque nunca he hablado otro idioma que el castellano, Shakespeare vino a hacer añicos mis últimos escrúpulos. Y todavía después, Poe, Chandler, Cummings, Miller, Faulkner, Mccullers, Charyn, Dylan y un inagotable etcétera, con un aliento que no puede ser más que estadunidense, acabaron por teñir el recuerdo de mis tempranos arrebatos bajo un velo de sonrojo.

 Al cabo, he terminado además por comprender algunos matices que en inglés permiten omitir el primer signo de interrogación, un signo para nosotros en cambio imprescindible. Y creo que desde ellos bien puede acometerse su defensa.

 No es que en inglés el sentido interrogativo de una oración se vuelva explícito hasta el último instante. Al igual que en español, este sentido también se manifiesta de inicio. Lo que ocurre es que ahí la apertura está dada por una palabra y no por un signo. La disposición misma de los vocablos indica desde el comienzo si se trata de una declaración, una afirmación o una interrogación.

 En castellano las cosas no funcionan así. Las palabras que por sí mismas son capaces de otorgar carácter interrogativo (cuándo, dónde, por qué, etc.) abarcan una parte sumamente reducida del espectro de preguntas formulables. Ya los términos "cuánto, qué, cómo", se abren con ambigüedad hacia la exclamación. Pero además, por si esto fuese poco, cualquier palabra puede convertirse en el inicio de una pregunta. Cualquiera. Y una misma oración, sin alterar el orden de sus vocablos, puede adquirir significados disímiles con la sola aparición de un signo.

 La distancia entre "estás muerto" y "¿estás muerto?", es dada en su totalidad por los signos de interrogación, mientras entre "you are dead" y "are you dead?" lo es por la estructura de la frase. En cualquiera de ambos casos, no obstante la brevedad de la expresión, su carácter se determina desde el comienzo. El signo de cierre no alcanzaría a determinar la entonación correcta con que deben formularse. Es necesario un elemento de apertura. Como en nuestra lengua éste no puede darlo una palabra, el primer signo de interrogación ocupa un sitio irremplazable.

 Por otro lado, estas líneas sinuosas de las que hemos aprendido a valernos para expresar la medida exacta de la duda, acaso sean las más bellas de cuantas tenemos a nuestro afortunado alcance. Lejos de sumarnos al tácito exterminio del signo que abre la interrogación por un prurito de pragmatismo y avaricia —prurito que, contradictoriamente, a nivel práctico generaría infinidad de problemas sin resolver ninguno— yo sugiero más bien lo contrario: invitar al universo de habla inglesa para que inicie una campaña con el fin de adoptarlo. Ya sé que no lo requiere, que en términos estrictamente utilitarios le sale sobrando. Pero, tomando en cuenta que estamos hablando de una lengua que nos ha regalado a Conrad, Carroll, Dickens o Joyce, me parece una lástima que por meros tecnicismos deba verse privada del deleite siquiera visual de tan hermosa figura.


sábado, 26 de marzo de 2022

Peter Pan en el Jamás de Nunca País.

 

…sucede que a veces me canso de desaparecer…

 

Debo haber conocido a Gustavo Ogarrio hace cosa de veinticinco años. A partir de ahí, nuestra amistad se ha confeccionado alternando dos modalidades sostenidas. Durante ciertos períodos, intensas cercanías casi siempre en torno a algún proyecto compartido de trabajo literario. Y entre tales períodos, dilatadas pausas de lejanía y ausencia, durante las cuales no llegamos a perdernos de vista, pero apenas si sabemos el uno del otro mediante alguna lectura, el saludo en ocasión de los cumpleaños, los likes y comentarios a través de las inefables redes sociales.

Esas dilatadas pausas de lejanía son en realidad la cosa más mentirosa de este mundo. Creo que tanto Gustavo como yo tenemos claro que en algún punto del camino, sin esoterismos ni predestinaciones, con la naturalidad propia de los más serenos oleajes, nos tocará volver concederle razón al cortazariano andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos; y que nuestros modestos bajeles corsarios volverán a coincidir en el mismo puerto, para compartirse con alborozo cuanto hayan recolectado en sus respectivas travesías por los mares del vivir, el mirar, el leer, el pensar, el escribir.

Pero si esas dilatadas pausas de lejanía son la cosa más mentirosa de este mundo, es sobre todo porque cada vez que uno de tales reencuentros sobreviene, a Gustavo y a mí nos toca pasmarnos (ahí sí con acentos sobrenaturales), ante la proximidad a menudo mimética de buena parte de las cosas que él por su lado y yo por el mío, sin tener mayor noticia sustancial el uno del otro, hemos estado viviendo, mirando, leyendo, pensando, escribiendo.

Tal proximidad, con la saludable y lúcida mediación del escritor Antonio Monter, consintió entreabrirnos el mecanismo de su relojería profunda allá por el año 2010; cuando, escribiendo a seis manos los guiones narrativos de una serie de documentales para la televisión estatal, nos tocó convivir durante varios meses en absoluta promiscuidad textual, participando directamente de los más íntimos giros idiosincráticos, reflexivos y gramáticos del otro. Al término del proyecto, resultaba imposible saber quién había escrito qué, cuál párrafo sublime o deleznable era de quién.

 

…pero mirar es una alabanza secreta…

 

Para mí, leer su volumen de poemas Ningún país es mi país (Silla Vacía, 2020) ha proyectado ese mimetismo del que hablo  hasta nuevos niveles. Mientras transitaba cada una de las nueve estancias que lo integran, no cesaba de azorarme la constante impresión de que esta o aquella serie de versos bien podría haber formado parte de diversas cosas que yo he escrito en los últimos años; que diversos fragmentos de cosas que he estado escribiendo en los últimos años bien podrían incorporarse con naturalidad a su incesante flujo de visiones, salmodias, conjuros, blasfemias y murmullos. La pieza final, la que da título al libro, hasta por el estilo de versificación me parecía dialogar en musical canon con el remate de algo que, jugando a mirar la situación nacional desde los ojos conradianos de El corazón de las tinieblas, a su turno titulé Sentinela. Más de un pasaje de su apartado II (Radio Moscú) me hubiera venido a la perfección para acompañar el remate de un texto sobre Cantinflas donde me sueño preguntándoles a los actuales policías de la Plaza Garibaldi si me pueden indicar dónde quedó Toña La Negra. El tono general con el cual se canta a través de sus páginas, coincide a plenitud con la cita que elegí para concluir mi asedio a la lírica de José Emilio Pacheco:

 

Añicos y agujeros en la red / nuestra herencia de ruinas. / Por fin tenemos / que hacerlo todo a partir / de esta nada que por fin somos.[1]

 

Más allá de las específicas inflexiones ultraterrenas que el asunto pueda adquirir entre nosotros dos, semejante conjunción de consonancias obedece por supuesto también a razones mucho más racionales y lógicas. Razones que además constituyen uno de los leitmotiv rectores del poemario. Ningún país es mi país termina hermanando solidaria urdimbre, como parte del mismo exilio y el mismo naufragio compartidos, a todos los perfiles generacionales que en este momento consientan seguirse llamando México; igual si se trata de nonagenarios supervivientes de las tandas de música romántica en la XEW durante los años cuarenta, o de infantes desplazados por los más recientes saldos de la desorganización institucional y la criminalidad organizada. Pero lo hace subrayando de principio a fin un perfil generacional específico: el de quienes nacimos arrullados por el eco de las masacres del 2 de octubre y el Jueves de Corpus, fuimos a la primaria escoltados por los últimos coletazos del nacionalismo revolucionario, nos convertimos en la primera generación con un aparato televisor en cada hogar del país, alcanzamos la pubertad con el arribo de la tecnocracia neoliberal, nos asomamos a la prepa con el polvo del sismo de 1985 oscureciendo el aire, votamos por primera vez en las elecciones correspondientes a la célebre caída del sistema, cumplimos treinta años con Vicente Fox ocupando la silla presidencial.

 

…soy también ese comienzo de cangrejo fracturado

de hormiga con heridas felices

de ciudad que se funde con un aire que envenena…

 

Hay matices bien específicos en el hecho de compartir las más recientes debacles patrias perteneciendo a dicha generación. Quizá el más significativo tenga que ver con el hecho de que, además de extraviar un referente de pertenencia territorial unánimemente compartido, a nosotros encima nos ha llegado el tiempo de ver cómo aquellos puntos cardinales que una vez nos sirvieron hasta para habitar el desamparo y la zozobra, ven consumada la implacable fecha de su caducidad. Hace ya cosa de veinte años que se puede ser mexicano sin experimentar ningún género de umbilical conexión con Pedro Infante, María Félix, José Alfredo Jiménez, Angélica María, Cri Cri o El Santo. Algo imposible para la generación de nuestros padres, de nuestros abuelos y la nuestra; algo imposible entre nuestra primera infancia y nuestro primer divorcio. Y el porcentaje de quienes legítimamente ejercen dicha indiferencia hacia nuestro santoral se incrementa día tras día en forma abrumadora, aplicando parsimoniosa la goma de borrar a cuanto fuimos o creímos ser.

Nada de tragedias. Nada que ningún bloque temporal de seres humanos haya dejado de padecer antes o vaya a dejar de padecer después de nosotros. La habitual erosión de los paisajes físicos y emotivos que te permitieron reconocerte, si acaso matizada aquí por el dilatado plazo de perdurabilidad que representó para nuestro país el modelo sociocultural de la Revolución institucionalizada.

Yo he venido jugando desde hace cosa de un lustro  con la idea de Rip Van Winkle, aquel personaje de Washington Irving que se durmió joven y se despertó viejo. Ogarrio, sin expresarlo de manera explícita, pareciera decantarse antes bien hacia Peter Pan, menos en su acepción de niño negado a crecer que en la de huérfano que extravió su sombra. Hay que aclarar que Ningún país es mi país es un libro que a nadie excluye; admite leerse lo mismo en perspectiva iberoamericana, que dándole literalidad de enfoques globales y post-neoliberales a la absoluta carencia de patria. Pero sin duda hay inflexiones, tesituras, ritmos y guiños que sólo podrá dimensionar a cabalidad quien forme parte de la misma promoción sentimental y evocativa que el autor.

 

…blanca estela pavón en el umbral

siempre en el umbral de este dolor que no es dolor…

 

Ahora bien. Si algo me parece indispensable subrayar, es el hecho de que Ningún país es mi país reivindica y sustenta verso a verso su condición de libro de poemas. Pese a la proximidad de temáticas y fechas de aparición respecto del volumen de crónicas ¿En qué país estamos, Agripina? (Nitro/Press, 2020), o tal vez precisamente por ella, nos equivocaríamos al focalizarlo como la anómala glosa lírica de un articulista, la cana al aire de un académico, el resbalón sentimental de un ideólogo.

Ningún país es mi país traza con transparencia las coordenadas de un universo lírico por demás promisorio. Como parte, sí, de las diversas estancias de exploración creativa que conforman ya la obra de su autor. Pero también con un horizonte de autonomía sólido y pleno, que no admite ni apoyaturas, ni dispensas, ni coartadas. Hay por supuesto zonas de descompresión e inestabilidad; imágenes y palabras que se reiteran aquí y allá sin esclarecer todavía su estatus de obsesión perdurable o contingente muletilla; trechos donde las adjetivaciones narrativas parecieran lastrar el aliento musical; alguna tentativa que no terminó por cuajar. Sin embargo, lo que priva es una sostenida consistencia: esa difícil conjunción entre piezas individuales fulgurantes en sí mismas, y enlazadas a la vez como totalidad unitaria.

Aun cuando en términos anecdóticos y sentimentales pueda yo experimentar una especial afinidad hacia apartados iniciales del libro, como Otras diez películas de vaqueros o Radio Moscú, considero que el pulso y la mirada poéticos alcanzan su sazón y elocuencia plenos a partir del quinto apartado, Disparos en la casa de Saturno. Cadencia versicular e imaginería surrealista se nutren, domeñan y equilibran con acierto y fuerza. Estimo que en futuras travesías, para este Peter Pan en busca de su sombra singular en medio de tinieblas que a nadie pertenecen (a las que nadie pertenece), le convendría perseverar en el  formato de versos largos, con frecuencia rematados síncopa de pie quebrado por una o varias codas con línea diagonal:

 

…como una catarata de piel dura y triunfante

                                                              /en las mareas del río…

 

…se revuelcan sin cadáver como dioses del hambre y se van

                                                             /cuando rompe la mañana…

 

…nadie despegará ya por las heridas de este continente

                                                               /que no ha dejado

                                                              /de ser una isla…

 

Hay hallazgos felices también dentro del formato de prosa poética. Sin embargo, la cadencia musical del verso —una cadencia de largo aliento con sostenida métrica irregular— disciplina con mayor exigencia la voz y la mirada, ciñe cada imagen suelta a la figura unitaria que es el poema, depura las adjetivaciones.

Dicha musicalidad posee virtudes depurativas hasta en términos discursivos e ideológicos. Y es que Ogarrio está acometiendo una poesía abiertamente social, coqueteando a menudo con la cotidianidad noticiosa y el panfleto, en los tonos para nada inocentes ni anquilosados de un Roque Dalton o un Manuel Vázquez Montalbán. La suya es en casi todo momento una mirada militante, aun cuando apartidista; una mirada militante desde la izquierda. En las crónicas de ¿En qué país estamos, Agripina?, esa militancia tiende a topar recurrentemente con los insalvables límites de toda ideología: el moralismo y el marco teórico (otro rasgo, por lo demás, de los muchos que nos aproximan). Ante la erosión de sus mitos culposos, ante la franca escenificación apocalíptica legada por las ruinas del capitalismo de estado y la tecnocracia neoliberal, Ogarrio parece sentirse recurrentemente obligado por una parte a la disculpa sociológica, y por otro al desesperado apuntalamiento de cuanto considera políticamente correcto.

En las páginas de Ningún país es mi país, tal norma se vuelve excepción. Ahí están, sí, piezas como “Una manifestación de caracoles recorre los tiempos”, donde el candor reivindicativo (“/hermosas fogatas /de pájaros subversivos”) se ofrenda como un bálsamo de buenas intenciones en medio de la erosión, la turbulencia y la negrura. Pero a diferencia del cronista, el poeta no experimenta necesidad de disculpar a Bruce Lee, deconstruir negativamente su gusto por las canciones de Camilo Sesto, cubrir ninguna cuota de lenguaje inclusivo, ni disimular la recurrente sensación (no importa cuán atinada o cuán equívoca) de que esto quizá no tiene ya salida alguna.

 

…vendrá con su Antígona de pueblo    su Edipo de cantina

como una luz de confusiones blancas

como un martillo en la cabeza que nos arranca al amanecer

                                                         /de los brazos de helena…

 

No es que poemas como “El almirante”, “Sucede que a veces me canso de desaparecer”, “El arte de perdurar en el vacío” o “Breve estancia en ningún país” se deslicen hacia la fácil ambigüedad moral o hacia la resignada amargura. Es que en ellos las intuiciones abandonan toda tentación de concepto, moraleja y consigna, y asumen con valiente desnudez su destino de imagen.

Pongamos como ejemplo  “El sabor del pelícano en la prisión”, para mí uno de los momentos más logrados del poemario. ¿Quién es el atroz Jimmy tras las rejas? ¿Un asesino serial? ¿Un ex mercenario de la CIA? ¿Un criminal de guerra? ¿El mismo Johnny Redman que en otro poema posterior se accidentará con su novia camino de la boda? Hay latiendo en los versos que dibujan el retrato y la historia de Jimmy una entonación antinorteamericana próxima a la de Efraín Huerta en “Avenida Juárez”; pero a diferencia del inmortal Cocodrilo (tan omnipresente a lo largo de este libro poblado de cocodrilos), Ogarrio no apela a ninguna sentencia explícita, a ningún acento de feroz escarnio. Para hacernos sentir el peso oprobioso del personaje, y cuanto en él se blinda más allá de cualquier posible resumen, basta que se limite a mostrarlo, a dejarlo ser sin juicio alguno de por medio, sin tentación ninguna de explicárnoslo. Y el retrato, adoptando como exclusiva brújula un inquietante sabor a pelícanos devorados, termina por transmitir con plena nitidez todo el inconmensurable azoro del presencial testigo, todo el terror acumulado de la potencial víctima; incluso —sin mengua a cuanto el personaje tiene de doloroso, perverso, inmisericorde y atemorizante— consiente deslizarse en determinado punto hacia la sincera misericordia, hacia la condolida solidaridad.

Otra de las dialogantes influencias en la lírica de Ogarrio es sin duda José Carlos Becerra. Queriendo desentrañar reflexivamente un mundo que se derrumbaba ante sus ojos, Becerra engrosó, ramificó, prolongó y enrareció por saturación el hilo discursivo de sus insomnes razonamientos: espesó sobre las ruinas que emergían ante él un versicular diluvio de palabras. Ogarrio prosigue la misma tarea, el mismo insomnio, las mismas versiculares bocanadas de razonamiento enfebrecido, cuando aquellas ruinas reducidas a polvo han sido incluso dispersadas por el viento, y de aquel diluvio no resta sino el eco. Lo mismo que en el Becerra de Relación de los hechos, La Venta o Fiestas de invierno, la exaltada meditación no deja nunca de significar, pero de tan tumultuosos y abstrusos sus contenidos dan en deslizarse hacia la pura melodía, hacia el puro doliente arrullo susurrado a media voz. Aquel páramo de murmuraciones con que Rulfo clausurara el México rural tras recibir la tierra que la Revolución nos había dado, Becerra y otros atinaron a reformularlo y actualizarlo ante la inminente ruina de la modernidad urbana; Ogarrio lo arrostra en el punto justo donde la distopía postindustrial abandona toda traza de anticipación futurista para sincerarse franco costumbrismo.

 

…prefiero la fogata de los que se escapan por los techos de zinc y por los tinacos de aguas podridas en albas atroces con amor de pájaros…

    

Y sin embargo es justo entonces, al arrostrar el implacable desierto —la tierra baldía cíclicamente actualizada— rehuyendo paliativos, disimulos y consuelos, cuando aflora auténtica la medida posible de la dignidad, la rebeldía y la esperanza. Es entonces cuando decir “ningún país es mi país” no sólo se presenta ya como lamento de náufrago a la deriva, sino como la eterna, orgullosa proclama del filibustero sin nombre, sin patrón y sin bandera.

 

…para que otros vuelvan a soñar con su destino de tormenta

                                                             /y de naufragio

 

En el título de otro de sus libros, Ogarrio había aventurado con anterioridad lo que se antojaba una acre y tajante declaración de principios: Nunca seremos poetas.  Hoy resulta posible esclarecer que se trataba sólo del inicio de una frase en espera de completarse. Una frase que Ningún país es mi país finalmente completa: “Nunca seremos poetas… porque siempre lo fuimos”.




[1] Pacheco, José Emilio. Crónica Mexicayotl. De Los trabajos del mar [1979-1983]. En Tarde o temprano [poemas 1958-2009]. Fondo de Cultura Económica. México, 2009. 4a edición.

[Fotografía del autor: Arturo Chávez Carmona].