Juan Ignacio de Castorena desplegó a lo largo de
su vida un perfil multifacético dentro de casi todos los ámbitos de la
jerarquía religiosa. Nacido en 1668, su nombre completo era Juan
Ignacio María de Castorena Ursúa Goyeneche y Villarreal.
Proporcional amplitud tiene su currículum, que inicia como estudiante de
filosofía en el colegio jesuita de San Ildefonso y culmina como Obispo de
Yucatán, reuniendo en el camino blasones tales como el de Doctor en Teología
por la Universidad de Ávila, capellán de honor de Carlos II, racionero de la
Catedral Metropolitana, rector de la Real y Pontificia Universidad de México,
comisario del Tribunal de la Cruzada y calificador de la Inquisición. La gloria
futura que el destino le tenía deparada, descansa sin embargo en dos empresas
más bien ajenas a su carrera burocrática y pía: por una parte, la edición en
Madrid de Fama y obras Pósthumas de Sor
Juana Inés de la Cruz (1700), fruto de su admiración por, su defensa de, y
su amistad con la célebre monja jerónima; por otra, entre enero y junio de 1722,
la primera época de la Gaceta de México.
El proyecto de la Gaceta de México se inserta en lo que Iván Escamilla González,
Doctor en Historia por la UNAM, identifica como el gradual establecimiento de
una opinión pública novohispana a la manera dieciochesca, a través de la
controversia, el acceso a la información y la democratización de la nueva
sociedad letrada. Aun cuando tales manifestaciones se dieran dentro del margen
permitido y la estricta vigilancia de los poderes políticos y eclesiásticos, no
deben minimizarse ni su vigor ni su alcance, así como tampoco su importancia
como fuentes de las cuales abrevaría a la postre el impulso independentista.
Resulta claro que ni la corona ni la autoridad
virreinal tenían en 1722 demasiado interés por el proyecto de un órgano
informativo periódico en tierras novohispanas. La posición y las relaciones de
Castorena y Ursúa allanaron el camino para que pudiera echar a andar su
proyecto, pero no le granjearon el respaldo oficial que acaso hubiera cabido
esperar, indispensable para la rentabilidad y la supervivencia de cualquier
gaceta de la época. El experimento duró seis meses.
Desde una perspectiva actual, la primera Gaceta de México parece a menudo un
proyecto orientado más hacia la historia que hacia el periodismo. Su propia
idea y diseño apuntan en dicha dirección. Cada número mensual independiente
está concebido para después integrarse en un solo volumen como colección
completa. Es decir, la noticia no está
pensada ahí todavía como un producto de oportunidad para consumirse y
desecharse en lo inmediato, sino como testimonio pertinente para memoria y
recuento futuros. Característica compartida por toda la prensa mundial del
momento, pero que en el caso de México arraigará de manera singular y
perdurable.
El aporte de la Gaceta de Castorena para la historia de la literatura nacional poco
tiene que ver con los contenidos que incluyó, por completo alejados de las
llamadas bellas letras. Los libros enlistados en sus páginas como novedades,
fueron prácticamente todos de tema religioso. Su importancia literaria radicó antes
bien en sentar las bases primeras de un nuevo enfoque y estilo de escritura, así
como en el hecho mismo de su publicación.
Más allá de los editoriales donde se abundaba en
la conveniencia y los méritos de este tipo de medios de información, su
contenido estaba íntegramente consagrado a las noticias, agrupadas
cronológicamente, sin criterios suplementarios, de acuerdo con el lugar del
cual procedieran. Castorena aprovechó y replicó la experiencia de otras gacetas
para el acopio y ordenamiento de la información. Tratándose de noticias del
virreinato, echaba mano de funcionarios informantes a manera de corresponsales
en las diversas demarcaciones eclesiásticas y civiles a su alcance; tratándose
de noticias internacionales, se limitaba a replicar materiales aparecidos en
otras gacetas, pero también documentos oficiales, correspondencia privada y
testimonios orales llegados por barco desde ultramar. Proliferan por supuesto
la constancia de nombramientos institucionales de todo tipo, los recuentos de
festividades religiosas realizadas y las actividades sociales de los
principales personajes de la élite local.
La Gaceta de
México desaparece sin previo
aviso y sin ningún género de explicaciones tras su sexta entrega mensual, en
junio de 1722. Aunque las hipótesis al respecto son diversas, ninguna ha podido
arrojar cabal luz sobre el hecho. Enconadas descalificaciones y crueles burlas
emitidas desde el anonimato se habían lanzado contra la publicación durante
aquellos meses; la carestía y escasez de papel seguía siendo un mal endémico
para la Nueva España; además, debía ser difícil compaginar la diversidad de
responsabilidades de Castorena y Ursúa como funcionario eclesiástico con las
demandantes exigencias de un proyecto donde era a la vez recopilador,
clasificador, editor y redactor.
La Gaceta de
Castorena fue publicada por la imprenta de los herederos de la Viuda de Miguel
de Ribera y Calderón, una de las más importantes de México durante el siglo
XVII; no parece que fuera de las tareas de composición e impresión tipográfica
haya habido de su parte alguna otra clase de participación editorial. Lo cual
establece una primera distinción con lo que sería la segunda época de la Gaceta de México. Su impresor inicial,
José Bernardo de Hogal, ya había estado reimprimiendo por cuenta propia la Gaceta de Madrid en la capital
novohispana a lo largo de 1727, bajo el título Gaceta nueva de Madrid. Luego prologaría los primeros compendios
anuales encargados de reunir en volumen los números mensuales de la nueva Gaceta de México, aparecidos a partir de
enero de 1728; explicando y ponderando con amplitud el papel de estas
publicaciones, aun cuando el editor y responsable propiamente dicho fuera el
sacerdote Juan Francisco Sahagún de Arévalo.
El vínculo y la reversibilidad entre periodismo e
historia, propio de la época y ya señalado en el caso de Castorena, se
acentuará más todavía bajo Sahagún, quien en 1733 recibe del Cabildo y el
Ayuntamiento el nombramiento como primer historiador y cronista de la Ciudad de
México. Pero Sahagún conseguirá sobre todo madurar notablemente el oficio
periodístico de la Gaceta, en ámbitos
que abarcan por igual las tareas que en la época moderna corresponderían
respectivamente a las jefaturas de información y redacción. Tomando como base
el mismo exacto modelo de Castorena, Sahagún contó con algo de lo que su
predecesor no pudo disponer: tiempo. La segunda época de la Gaceta de México se extenderá desde 1728
hasta 1742; con un intervalo de ausencia entre 1740 y 1741 por —otra vez— la
carestía del papel. Esa longevidad de más de una década, pudo quizá deberse a
una más franca y organizada vinculación con las instancias de poder, aunque
sólo hasta su tercera etapa, casi medio siglo después, llegaría a erigirse como
una suerte de portavoz de la autoridad virreinal.
Transcurriendo ya 1742, es decir el último año de
esta segunda etapa, mudado el nombre original del impreso por el de Mercurio de México, a Sahagún se le ocurre rematar cada
número con una adivinanza en formato de décima, a la cual denomina “Enigma”.
¿Por qué resulta importante destacar el hecho? Porque se trata de los primeros versos
incluidos por una publicación periódica en la historia de nuestro país.
La Gaceta de
Sahagún dejará de publicarse sin que el proyecto vuelva a ser resucitado sino
hasta 1784. Apelando a los tópicos inerciales habitualmente asociados en el
imaginario colectivo al México virreinal, podríamos pensar que tan dilatado
plazo obedeció a algún género de prohibición o de censura. Las experiencias ya
relatadas de Juan Ignacio Castorena y Juan Francisco Sahagún, así como las que
tocaría a su turno vivir a Manuel Antonio Valdés, sugieren que se debió en
cambio a la carencia de estímulos, la dificultad logística y las penalidades
materiales que proyectos de esta naturaleza debían arrostrar. A partir de los
datos existentes, nada sugiere que en los retrasos, las interrupciones y las
súbitas desapariciones de las dos primeras gacetas mexicanas, hayan tenido que
ver algo las amonestaciones, las protestas, las intrigas, ni mucho menos la
acción directa de ninguna instancia gubernamental o eclesiástica. Los impresos
se redactaban desde un acatamiento natural de lo permitido y lo no permitido,
se sabían bajo el escrutinio ordinario de los mecanismos de censura, incluían
por norma obsequiosas dedicatorias a la autoridad. Y a la alta jerarquía
virreinal no tenía por qué desagradarle el rol oficioso que en materia
informativa y publicitaria cumplían esas nacientes manifestaciones de la prensa
periódica. No haría nada para responsabilizarse de su aparición —siempre sujeta
a la iniciativa debidamente autorizada de algún particular—, pero se
complacería de cuanto servicio y prestigio pudieran brindarle.
Hasta que la guerra de independencia viniera a trastocar el orden de las cosas. En 1810, la Gaceta de México será “expropiada” y rebautizada como Gaceta del Gobierno, convirtiéndose en órgano oficial del bando realista.
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