sábado, 16 de abril de 2011
POEMA
sábado, 12 de marzo de 2011
ELOGIO DE LA PLAZA PÚBLICA

Elogio de la banca compartida entre extraños. Elogio de la explanada con el paso franco. Elogio del remanso central con la estancia gratuita. Elogio del kiosco centenario junto a las catedrales, o de la cancha de basquetbol entre los edificios de los multifamiliares. Elogio de la holganza vespertina, el paseo dominical, la pachanga popular, la concentración masiva sin acarreo ni soborno.
Cúspide del artificio habitable, la plaza pública está ahí para validar en colectivo, en simultáneo y en gratuito, las opciones del estar y el transitar. Se pasa. Se permanece. Y sin llegar nunca a confundir los términos de la ecuación, ni a aletargarlos mediante la impostación de idílicas armonías, permanencia y paso configuran y consienten prodigiosos armisticios. Se pasa de prisa, con los minutos contados, derechito rumbo a quién sabe dónde. Se pasa al pasito, remansado, de paseo a ninguna parte. Se permanece aguardando, desde la demorada paciencia o la crispada desesperación. Se permanece nomás porque sí, sin que haya necesidad de rendir cuentas ni pagar peaje.
Elogio de las secretarias a la hora del almuerzo. Elogio de los niños al salir de la escuela. Elogio de los jubilados y su ritmo de reloj de sol. Elogio del músico ambulante. Elogio del merolico sin patrocinio, ni comisión ni salario. Elogio de la penumbra en torno del farol. Elogio del predicador y de la puta. Elogio del adoquín hendido por huellas sin cuenta, que durante las tardes de lluvia se encharca.
Pero no basta con decir que la plaza pública es al mismo tiempo un lugar de paso y un lugar para quedarse. Es menester advertir hasta qué punto permanencia y paso adquieren en ella peculiares matices. Movimiento y quietud cobran plena concreción humana no sólo en virtud de quien los consuma, sino de ser acometidos a la vista de los otros, con su franco concurso. En la plaza pública se es siempre para con los otros, así sea ante su total ausencia (como en las altas horas del paseo de madrugada). Mas esa teatral noción de colectividad donde nos descubrimos a la vez personaje, actor y espectador de una polifónica puesta en escena, jamás atenta contra cierto sui generis derecho a la intimidad. La plaza pública constituye uno de los escasos espacios donde todavía se puede ser soberanamente a solas junto al prójimo; no por exclusión o ninguneo, ni por claustrofóbica impotencia: antes bien por legítima, democrática y universal prebenda.
Elogio de los novios que entre la multitud se prodigan dulzuras y arrumacos, más acá del pudor. Elogio de los tristes, que salen a rumiar sus silenciosas desventuras más allá de la esperanza. Elogio de los que se quedan sordos, con la vista clavada en el vacío y la atención extraviada en el más recóndito rincón del pensamiento.
En la plaza pública, cuando lo es de veras, el espacio compartido se valora como un fin en sí mismo. No está ahí para hacer negocios, ni para ponderar administraciones, ni para fomentar el empleo, ni para atraer al turismo. Está ahí nomás, esperando que su gente la tome por asalto. Excepcional o cotidiana, solemne o mitotera, prángana o de gala, muerta de la risa o francamente encabronada. La plaza pública es la habitación abierta, el cobijo sin techo, la puerta sin cerrojo. De todos y de nadie. Ni más ni menos que la casa por la ventana.
He mirado en las plazas, de paso o detenido, palomas y perros callejeros. He escuchado repique de campanas que sonaban a consuelo y cantos a capela que erizaban la espalda. Me he asomado a fuentes de saltarines surtidores, fuentes de aguas estancadas, fuentes secas y explanadas sin fuente. He sentido sobre mis mejillas la iracunda ternura de ciertos crepúsculos de invierno y la mansa alevosía de noches sin estrellas.
Elogio de la intemperie habitable. Elogio de la estancia sin muros.
Ay de las ciudades que confundan plaza comercial con plaza pública. Ay de las ciudades que rediseñen sus plazas públicas con criterios de centro comercial. Ay de las ciudades que supongan que lo público representa apenas una eufemística inflexión de matiz dentro de la norma omnipotente del interés privado.
Ay de las ciudades donde el olvido, el aburrimiento o el miedo acaben por dejar la plaza pública vacía.
martes, 15 de febrero de 2011
PARQUES

Cuando niños, realizábamos a menudo semejante operación. A toda hora. Pero hay que pensar sobre todo en el parque vespertino y en las salidas al campo ciertos fines de semana. De los múltiples matices combinatorios que median entre excepción y descampado, derivaban operaciones del mismo linaje pero de distinto género.
El parque cotidiano, próximo a tu casa, permitía configurar continuidades. Perímetros que delimitabas con la plena conciencia de que volverías a ellos en el corto plazo, familiaridad con el paisaje y sus objetos. Este árbol, esta afelpada porción de hierba, aquella explanada terregosa, aquel sendero con una súbita hilera de pedruscos a la mitad. Puesto que es de la continuidad que nace la función, y puesto que éramos niños, resultaba enteramente natural e impremeditado otorgarle a tales coordenadas roles claramente establecidos, si bien nunca cerrados e inflexibles. Roles que la condición pública del espacio en cuestión restringía a la conciencia de quien los asignaba, sin determinantes ni perdurables huellas capaces de someter unilateralmente la identidad de las cosas frente a los ojos de terceros.
Tú identificabas la disposición paralela, la razonable distancia y la adecuada solidez de dos árboles, y sabías que eso era una portería; y te indignabas tremendamente si alguien pretendía marcar goles en sentido inverso. Resultaba que la arbitraria asociación funcional de los dos árboles daba sitio a un derecho y un revés que, si se quería que el juego mantuviera su sentido, ya no podían violentarse de manera arbitraria. Pero ni nadie ajeno al círculo de juego estaba obligado a ver aquello como una portería, ni tú tenías la prerrogativa de condicionarlo objetivamente de acuerdo a tu visión.
Las tentativas orientadas en este último sentido caían siempre por su propio peso. La colección de ramitas que a tu hermana no le habían permitido llevar a casa, y que ella había alineado escrupulosamente, por tamaños, en el hueco de un tronco, “para seguir jugando con ellas cuando volvamos a venir”. Tu portería convertida en sostén de una hamaca. El escenario de la selvática batalla que habías proyectado entre soldados verdes y vaqueros azules, convertido en lecho de retozo para una pareja de novios.
Las esporádicas salidas al campo durante algunos fines de semana, aderezaban esos mismos juegos con un aliento a definitivo, a irrecuperable. Delimitabas el espacio con idéntica naturalidad, idéntico rigor y análogos riesgos, pero sabiendo que toda hipótesis de continuidad resultaba absurda. Hay una peculiar melancolía en la última mirada que un grupo de primos o de amigos infantiles le dedican, camino del autobús o del auto, al paraje de agua, tierra, noche o bosque, donde acaban de compartir un juego que en el fondo, oscuramente, entienden memorable, irrepetible, único.
No cabe duda que el misterio de semejantes certidumbres y hallazgos puede encontrarse también dentro del marco de juegos y espacios con una férrea legislación previamente establecida. Hasta antes del video-game, ningún territorio postulado como lúdico podía declararse impermeable a la invención creadora. Incluso el deporte profesional y los parques temáticos consienten espacio para la subversión —así sea silenciosa y anónima— del imaginario individual. Sin embargo, pareciera que las potencias primigenias del jugar tienden a desplegarse sobre todo ahí donde comienzan a escasear los asideros; en el momento donde la improvisación trasciende lo previsto al punto de subordinarlo y a veces abolirlo.
El espacio nunca vuelve a ser el mismo después de que la mirada libre se ha posado en él. Haya habido antes una norma domesticándolo, o sólo el vacío primigenio de lo informe por deshabitado, será el gesto secreto de quien se trace en él estancia o travesía lo que a final de cuentas entreabrirá a partir suyo opciones de sentido.
Al delimitar nuestros espacios, nos delimitamos a nosotros mismos.