domingo, 7 de agosto de 2022

Las comillas.

 

 Cursaba el primer año de primaria. El medio centenar de novicios reunidos en el salón que me había tocado en suerte, fue distribuido en cinco hileras de dobles pupitres, siguiendo criterios que a estas alturas he olvidado.

 Bastaron pocas semanas para que las dos filas extremas (la uno y la cinco), que enmarcaban al grupo desde los muros norte y sur, descubrieran las fecundas virtudes bélicas que, conjugados, espacio público y útiles escolares podían ofrecer. Lápices, crayones, colores, sacapuntas y gomas, surcaban de improviso el aire en festiva y pertinaz lluvia, entre imprecaciones asustadas y alaridos guerreros.

 Extraño desde entonces a las más elementales normas de la convivencia civil, recién salido de una dimensión sin más medida que el juego, víctima de azoro, extrañeza, lentitud y torpeza congénitas, yo me sumaba animoso y feliz a tales arrebatos cada vez que veía a mis compañeros hacerlo, sin establecer ninguna relación causal entre la ausencia de la maestra y el inicio de la batalla.

 Cierta vez que una escaramuza había resultado especialmente emotiva, decidí en un arrebato tomar por mi cuenta y riesgo la reanudación de hostilidades. Localicé en el piso uno de los últimos proyectiles arrojados por el enemigo hasta nuestra trinchera. Un lápiz de color rojo carmín; precisamente rojo. Marca Blanca Nieves; precisamente la metáfora de la mujer y la manzana. Desatendiendo la inmensa calma chicha reinante, susurré alguna arenga al oído de mi compañero de banca (“¿seguimos la guerra contra los de la fila uno?”); y, sin aguardar respuesta, sólo consciente de que en lides tales el factor sorpresa suele ser decisivo, inicié con todo el arrojo de que era capaz lo que ya suponía mi gesta consagratoria.

 Medio centenar de flamígeros índices apuntaron hacía mí, antes de que la maestra acabara de preguntar “¿quién fue?”.

 Debió ser esa la primera vez que me sentí entre comillas.

 Si el paréntesis representa en gramática al ahondamiento, las comillas son el signo propio del relieve. Entre ellas queda establecida una zona de énfasis, de diferencia, de distancia. Al exaltar una parte de lo que decimos, en realidad están exaltando sobre todo su límite exterior; el punto donde, distinguiéndose y entrelazándose, esa parte se toca con el infinito posible de cuanto queda más allá de ellas. Y basta mirar su trazo (pequeñas comas elevadas como alas en el flanco de palabras y de frases) para advertir que hay algo naturalmente jubiloso en dicha exaltación

 La conciencia de sí, la identificación de lo que se es a partir del contacto con lo que no se es, irá acompañada siempre por una natural y saludable dosis de extrañamiento (“¿por qué yo soy yo y no soy tú?”, “¿por qué estoy aquí y no allá?”). No obstante, en el universo judeocristiano, donde ser es ya en sí mismo un pecado, extrañamiento pasa a convertirse de manera automática en sinónimo de remordimiento.

 La segunda vez que me sentí entre comillas fue algunos meses después, todavía dentro de ese mismo ciclo escolar. Yo me había mudado de hilera. Ahora encabezaba la segunda, ajeno a todo desliz guerrero. Y además estaba enamorado. La memoria juega a decirme que había tenido la inmensa suerte de ser colocado como compañero de pupitre precisamente junto aquella a quien amaba, pero no resulta descabellado conjeturar que haya sido al revés, que el ser su compañero de pupitre me hiciese enamorarme de ella. Hecho que, por lo demás, se repetiría hasta cinco veces a lo largo de los años que duró mi enseñanza básica.

 Era práctica común de ciertos compañeros deslizarse furtivamente bajo las papeleras de las bancas para atisbar desde ahí las prendas y partes más íntimas del alumnado femenino. Yo mismo, antes de ser arrebatado por el redentor espíritu de la pasión amorosa (que así a los seis o los noventa años predispone el ánimo a la virtuosa acumulación de merecimientos y dignidades), había realizado alguna incursión en la que, vale decirlo, la ansiedad y la anticipada pesadumbre apenas me permitieron captar fragmentarias y fugaces instantáneas de un par de fondos con olanes.

 Para entonces, como digo, mi único interés radicaba en merecer la estatura de los ojos deseados, y a ello me aplicaba con todo el esmero de que era capaz.

 A saber cuál habrá sido el contenido de la súbita estratagema que ideé para hacerla reír esa mañana. Sólo recuerdo que implicaba que yo me ocultara bajo la mesa del pupitre cuando entrara la maestra. Gesto que la inevitable denunciante de todas las infancias (una de las dos niñas que se sentaban detrás nuestro) dio en interpretar como práctica flagrante del voyeurismo en boga. Aunque de todos conocido, merced a la sospecha de afectadas y al clandestino alarde de ejecutores, hasta ese momento no había conseguido probarse, de tal suerte que un prendimiento in fraganti pasó a convertirse en esperada efeméride.

 Injustamente convertido en reo ejemplar ante los concurrentes, escuché a la maestra aseverar que ya que tenía tantas ganas de ver ropa interior, iba a pedirles a las mamás de mis compañeras que llevaran a la escuela toda la que tuviesen sucia en casa, a fin de que yo la lavara, para al punto pasar a prometer efectos aritméticos inmediatos en mi calificación mensual de conducta. Infiero que humillación pública y censura académica provocaron comparativamente poco daño junto a la desolación sentimental que me embargaba y sólo yo conocía: la conciencia del envilecimiento ante los ojos amados.

Quién sabe hasta qué punto el recato por estos meridianos se derive de identificar exaltación con falta y énfasis con denuncia, arraigando la culpa como atavismo y gesto reflejo.

 Serán tantos sobreentendidos consustanciales a la imaginería católica (por más ardides promocionales que los tiempos le impulsen a adoptar) los que han inoculado a lo largo y a lo ancho de generaciones un permanente y secreto pánico de evidencia, una renovada angustia por resultar en última término mero relieve oprobioso bajo la mirada de dios.

 No resulta sencillo anticipar el destino de un pueblo arrojado al exhibicionismo mediático global, cuando sigue ejerciendo como manifestación de genuino pudor metafísico el hábito de no desnudarse por no sentir vergüenza, el hábito de inclinarse con mayor naturalidad a la exhibición de los huesos que a la exhibición de la piel.

 El saber como remordimiento, la acción como autodenuncia, la vida como pecado, la muerte como expiación. La sospecha de tener eternamente entre comillas, a la vista de todos, el vacío del pensamiento y la soledad del alma.


Imagen: Buster Keaton en Cops (Cline-Keaton, 1922)

domingo, 3 de julio de 2022

Neoclásico y Romanticismo: apuntes.

 

Todo es mezcla. Todo es matiz. Todo es frontera imprecisable, límite que se difumina. Y sin embargo al mismo tiempo, para ubicar y transitar esa pluralidad impetrificable, precisamos distinguir, delimitar, clarificar. No de otro modo admite una cartografía ser elaborada, sino mediante el establecimiento de fronteras y límites donde ni la tierra ni el mar han puesto límite alguno. Y no de otro modo admite la navegación el ejercicio de su arte, sino a través de la orientación de una cartografía, por rudimentaria y mínima que esta sea, aunque sin duda buscando en ella la mayor precisión posible. Soñarnos navegantes sin brújula, timón ni portulano, podrá exaltar sentimentalmente nuestra fantasía, pero poco tiene que ver con la real posibilidad de navegar.

Tal vez el secreto resida en no olvidar que el más exacto de los mapas jamás sustituirá el espacio material del mar y de la tierra. Que cualquier cartografía es una estrategia de aproximaciones obligada al rigor de lo categórico, pero siempre al servicio de materias donde lo categórico gusta disolverse en toda suerte de ambigüedades.

¿Dónde comienza un estilo artístico? ¿Dónde termina? ¿Cómo es que nos consentimos agrupar en especies y linajes comunes, obras que al aproximar en detalle la mirada advertimos inconciliablemente diversas, contradictorias, encontradas? ¿Cómo nos atrevemos a decretar distancias ahí donde no dejan de subrayarse, a través de los siglos y las geografías,  inequívocas líneas de continuidad?

¿Neoclásico? ¿Romanticismo?

En el teatro inglés, Ben Jonson inaugura según unos autores el Neoclásico desde  principios del siglo XVII. En la pintura francesa, según otros, el Neoclásico cristaliza ya con el siglo XIX encima, entre lo que se ha dado en denominar protorromanticismo y el Romanticismo propiamente dicho. Desdiciendo las cronologías canónicas, Goethe (nada menos que Goethe) decide ser primero romántico y después neoclásico. Desde cierta perspectiva, el Neoclasicismo se admite como la perpetuación aristocrática de los modelos clásicos; desde otra, como el arranque de la revolución burguesa contra la autoridad aristocrática y sus modelos artísticos referenciales. ¿Son más neoclásicas las actualizaciones de los mitos griegos acometidas por Racine que las innovaciones burguesas de los dramas de Diderot? ¿Aspiró el Neoclásico a retraerse en pos de los marcos normativos de la antigua Grecia, la antigua Roma y el Renacimiento? ¿O por el contrario, pretendió otorgarle la misma autoridad de esos marcos normativos a los aportes de un arte totalmente nuevo, de una época totalmente nueva?

¿Todas esas opciones a la vez? ¿Ninguna de esas opciones en absoluto? ¿Algunas obras y personalidades corresponden a ciertos rasgos hasta cierto punto? ¿Algunas otras todo lo contrario?

Escojo a propósito el Neoclásico para la enunciación de dicha zozobra, porque solemos suponer que es justo en él donde cada cosa está más clara, precisa, delimitada. ¿No se trataba después de todo de obedecer a la guía de la razón, establecer reglas inapelables universalmente válidas? Otra vez, sí y no. Otra vez, depende de quién, depende de dónde, depende de cuándo; y, sobre todo, depende de por qué y de para qué. No es lo mismo Defoe que Moratín. No es lo mismo Feijoo que Lafontaine.

Si esto ocurre con el que se supone cuadrado, aburrido y predecible Neoclásico, cuánto no sucederá con el Romanticismo, al que de inmediato nos apresuramos a reputar de espontáneo, indómito, tempestuoso. Máxime si aceptamos, como sostuviera en su momento Octavio Paz, que la revolución romántica se mantiene aún en curso, y que nosotros hemos de reconocernos apenas como los más recientes partícipes de su travesía. Pero ya que a las meditaciones de Paz aludimos, aprovechemos para recordar que él entendía a la Ilustración del siglo XVIII y al Romanticismo del siglo XIX como un binomio inseparable, como la génesis fundamental de lo que gustaba llamar Modernidad, y yo prefiero llamar sociedad burguesa.

Si toda cartografía exige una elevada dosis de arbitrariedad en su intención de ser útil al navegante, acaso no reste al cartógrafo otra merced que sincerar del modo más honesto, hasta donde él mismo sea capaz de distinguirlo, el margen de sus respectivas arbitrariedades.

Yo, por mi parte, me inclino por caracterizar el tránsito del Neoclásico al Romanticismo como un período de franca confrontación entre nobleza y burguesía, por entronizarse como cima del orden social. Dicha confrontación es tan antigua como la civilización cristiana, y aun en las grandes culturas antiguas resulta posible rastrear, con matices diversos, el mismo cíclico perfil de conflicto. Esto es, un linaje señorial originario que se extiende y ramifica hasta generar en su seno virulentas acechanzas por el poder; exigiendo, lo mismo de quien ocupa el trono que de quienes aspiran a él, un respaldo material y político por parte de clases advenedizas que así van poco a poco conquistando privilegios y capacidad de influencia en el rumbo del reino, la ciudad, el señorío, el imperio.

Al iniciarse el Neoclásico, la burguesía tiene significativos espacios de poder conquistado, que ya no perderá. En múltiples casos, cabe quizá aseverar que ya es suyo el poder económico, aun cuando los poderes político, ideológico, social y cultural aparezcan sólidamente aferrados todavía a su milenaria raíz aristocrática. Al culminar el Romanticismo, las noblezas europeas habrán cedido también el control de esos poderes, no obstante que en diversos países vayan a mostrarse capaces de conservar parte de sus funciones y sus privilegios, mismos que en numerosos ejemplos mantienen hasta hoy. Pero no nos engañemos. Basta contrastar el alcance de esa influencia y esos privilegios con el alcance y la influencia de los privilegios de esa misma nobleza durante los siglos precedentes, para que la magnitud de la pérdida se nos revele en toda su (para ella) catastrófica dimensión.

Sin embargo, nos equivocaríamos si cediéramos a esa tendencia escolar refleja, acostumbrada a dictaminar un Neoclásico eminentemente aristocrático en simétrica oposición frente a un Romanticismo eminentemente burgués. Aun cuando las horas doradas del Neoclásico sobrevengan dentro del esplendor cortesano de las monarquías absolutas, significativa parte de su contextura y sus valores se hallan por completo asociados a lo que identificamos como burgués de manera más típica: el racionalismo, el sentido pragmático, la administración usurera de recursos, etc. Asimismo, las más sublimes horas de la tempestad romántica suelen antojarse a menudo un aferramiento entre desesperado y nostálgico a múltiples nociones y jerarquías nobiliarias en declive; limitémonos a mencionar su sentido de aristocratismo espiritual y su intransigente reivindicación de lo irracionalmente sagrado.

El devenir de esta dilatada y compleja transición histórica no será pues lineal ni unívoco. Tendremos aristócratas liberales y burgueses monárquicos. Tendremos las más diversas modalidades de alianza entre individuos, grupos y corporaciones de la nobleza, la monarquía y la burguesía, con la participación del resto de las clases sociales como inestable fiel de la balanza, dada su sostenida proporción mayoritaria y su acumulado inventario de postergamientos y agravios. Limitémonos a apuntar aquí un único botón de muestra al respecto: representando el decisivo punto de quiebre para el advenimiento del siglo de las revoluciones liberales, la guerra de independencia de Estados Unidos es en principio, y hasta su consumación, antes que nada un conflicto para que entre sí diriman sus afanes de protagonismo imperial las coronas de Inglaterra, Francia y España.

Cuando enfocamos el Neoclásico desde los ojos de Corneille, nada nos parece menos neoclásico que Voltaire. Cuando enfocamos el Romanticismo desde los ojos de Gérard de Nerval, nada nos parece más neoclásico que Voltaire. La Revolución Francesa y el imperio napoleónico, principalísimas prendas de la convulsión romántica, hallarán inmortalizada para la memoria futura su más significativa evocación visual dentro de parámetros estrictamente neoclásicos, a través de la primera etapa creativa del pintor Jacques-Louis David.

Cuán puntual no resultará esta compleja reversibilidad, este ir y venir de vasos comunicantes, cuando desplazamos la mirada hacia nuestro propio país. La herencia neoclásica consolidada durante el Siglo de las Luces, no sólo constituye el postrer legado educativo y cultural novohispano: durante todo el siglo XIX, con matices y ramificaciones que consiguen prolongarse hasta entrado ya el siglo XX, servirá de fundamento y columna vertebral para significativa parte de las travesías artísticas y literarias del flamante estado-nación mexicano. No podía ser de otra manera. Enfrascadas en dirimir el horizonte de un nuevo modelo de país, en medio de un sostenido clima de inestabilidad política y social, con recurrentes períodos de franca guerra civil y ante la permanente acechanza de la voracidad imperial extranjera, los protagonistas de todos los bandos debieron echar mano del último referente formativo sólido, institucionalmente validado. Son ya a estas alturas asunto debatido y aceptado, tanto los inequívocos alientos románticos presentes en el epítome de nuestro Neoclasicismo, Manuel Martínez de Navarrete, como las hondas filiaciones neoclásicas de románticos tan recalcitrantes como Fernández de Lizardi o el Nigromante. Manuel Acuña, prenda emblemática de aquello que los especialistas han dado en denominar segundo romanticismo mexicano, incubó en su breve y malograda travesía poética  un manifiesto espíritu positivista, que en Europa mal hubiera casado con el ideal romántico; forzando un poco las tornas cabría decir que, con su escritura y su suicidio, Acuña le otorga banderazo de salida lírico a la porfiriana casta de los Científicos.

Otra disposición habitual en este tipo de asuntos tiene que ver con la inmoderada exaltación o el inmoderado menosprecio de lo que nos es más inmediatamente propio. De un lado, los cáusticos descalificadores, según los cuales la Ilustración y el Romanticismo de tradición hispánica carecen de toda relevancia y valor, como no sea para especialistas académicos de lo insignificante. Del otro, las exaltaciones panegíricas que, con todo género de superlativos, proceden a dar por sentada la equivalencia de alcances entre Samaniego, Swift, Schiller y Sterne, entre Espronceda, Keats, Pushkin y Leopardi.

Acá, sin renunciar a la fatal propensión partidista de cada quien, se hace indispensable como siempre apelar a la mesura crítica y autocrítica. Situando las puntuales valías y falencias de cada caso, los románticos y neoclásicos de España, América Latina y México, fueron nuestros directos partícipes, nuestro efectivo margen de interlocución con las profundas transformaciones que estaban aconteciendo en el orbe. El trabajo que realizaron no cesa de agigantar a la distancia su mérito de conjunto. Para mal, pero sobre todo para bien, no seríamos quienes somos sin sus curiosidades, sus osadías, sus estrategias, sus preguntas, sus amagos de respuesta.

Carece de sentido preguntarse en qué peldaño del escalafón quedan situados José Antonio Bartolache respecto de Montesquieu o Isabel Prieto Landázuri respecto de Victor Hugo. Más provechoso resultaría aceptar y discernir nuestro deber de eterna gratitud hacia ellos y sus pares. No sólo por haber sabido convertirse en lúcida ventana y generosa puerta de acceso, sino por haber adelantado los cimientos de una habitación propia; una habitación que, a final de cuentas, sigue siendo todavía la nuestra.


Imágenes:

1. La muerte de Abel (México, 1851). Santiago Rebull.

2.  La radeau de la Méduse (Francia, 1819). Théodore Géricault. 

3. Le serment de jeu de paume (Francia, 1791). Jacques-Louis David. 

5. El descubrimiento del pulque (México, 1869). José María Obregón.

sábado, 4 de junio de 2022

La ilusión pospretérita.

 

El copretérito es un tiempo sostenido entre pasado y presente; lo que a todas luces comenzó a realizarse en determinado ayer, pero no queda claro si se concluyó en ese ayer o si, por el contrario, continúa prolongándose: incluso hasta el momento mismo de emplear el verbo así enunciado. El pospretérito es a su vez un tiempo sostenido entre presente y futuro; lo que, desde determinado ahora, no comenzó todavía a realizarse, pero bajo el concurso de determinadas circunstancias cabe proponer realizable. Volvería, amaría, viviría, sería.

En sentido estricto, el pospretérito admite concebirse a la perfección como el tiempo verbal de lo potencial y de lo posible, incluso con cierto intrínseco tono de augural promesa. Sin embargo, a título personal, a mí siempre me ha sonado más bien como el tiempo de lo improbable: el signo de aquello que, pese a todas nuestras profesiones de anhelo e inminencia, en el fondo entendemos que no va a sobrevenir jamás. Y, tal vez por ello mismo, su sugerencia me lleva de inmediato a la evocación de diversos sueños guajiros de toda catadura: lograría, haría, vencería, besaría, conseguiría.

Para cuando ingresé a primero de secundaria, tanto mi mamá como mi papá trabajaban. La presión económica había empujado nuestro bastión materno, hasta entonces consagrado mayoritariamente al hogar, en pos de un empleo. Y las cotidianas faenas domésticas (tender las camas, servir la comida, lavar los trastes, limpiar el baño) quedaron equitativamente calendarizadas por día para dos de mis hermanas y para mí, pues la menor era aún demasiado pequeña.

Creo recordar que lo que más odiábamos era lavar los trastes. Una tarea tan tediosa, tan ímproba, que nuestro malhumor y nuestra desidia podía prolongarla hasta durante dos horas; siempre con riesgo de que al volver mi papá descubriera que no estaban bien lavados, y hubiera que volver a empezar.

Mi hermana la primera dice que ella jugaba a que vendía aguas mientras lavaba, y que por eso se tardaba tanto. Mi hermana la segunda cerraba la puerta de la cocina, y parecía enfrascarse allá dentro en una salvaje escamaruza de artillería, cuyas consecuencias no podían calcularse con precisión, aunque cabía siempre augurarlas catastróficas. Por cuanto a mí respecta, mis manos desarrollaron a partir de ahí, y durante muchísimos años, una espectacular alergia contra el jabón lavatrastes.

Prueba incontestable de hasta cuál punto el pospretérito excede los terrenos de frustración y quimera a que mi parecer tiende a remitirlo, es el propio contexto de cuanto estoy comenzando a narrar. Cursaba, como digo, el primer año de secundaria en la Ciudad de México. A la vuelta de un año, mi existencia cambiaría de forma radical. Estaría viviendo en otra ciudad. Estudiaría en otra secundaria. Vestiría un uniforme muy distinto. Mi madre no trabajaría, al menos durante algún tiempo. Y yo me encontraría perdidamente enamorado por vez primera (al menos esa vez primera que al adolescente le hace parecer ridículos todos sus amores de infancia). Cambiaría, estaría, vestiría, trabajaría, encontraría. Nada de conjeturas. Realidades bien materiales, con las que el pospretérito exhibiría para mí, tal acostumbra hacerlo a su turno para todos, cada una de sus potencias de vaticinador implacable.

Sin embargo, inclinado sobre la tarja de la cocina, frente a una pila de trastes que a mis ojos se antojaba inmensa, el pospretérito poco tenía que ver con aquellas telúricas potestades del dato duro, y se convertía en algo muy distinto: se convertía en el tiempo cómplice de la fuga.

Durante ese primer año de secundaria, formé cofradía con otros cuatro amigos; a los que nunca había visto antes en la vida, a los que nunca en la vida volvería a ver después. Pasábamos juntos en la escuela la mayor parte del tiempo. No éramos guapos, no éramos talentosos, no éramos aplicados, no éramos rudos, no éramos brillantes, no éramos atléticos. No contabilizábamos entre los promedios más altos ni estábamos en riesgo de reprobación. Quedábamos equitativamente distantes de los mejores y de los peores, en todos los sentidos. Exiliados por incompetentes de los equipos de élite en los recreos, jugábamos futbol entre nosotros con un envase de frutsi. Padecíamos en estoico bloque el bullying prodigado por los caudillos de nuestro salón de clase. Nos entusiasmaba por igual hablar de nuestros juguetes infantiles aún en uso, y adoptar estratégica posición bajo los barandales para mirarles las piernas a las de tercero.

Nos gustaba para novia la misma muchachita morena, delgada, de rostro presto al mohín, temperamento fuerte y promedio de calificaciones impecable, sentada siempre en la primera fila de nuestro mismo salón. Nos gustaba, para devaneo de nuestros más pueriles y enfebrecidos conciliábulos compartidos en el patio, otra de las compañeras más apacibles y serias de la clase, a cuya anatomía la pubertad había decidido precipitarle de modo prematuro (tal vez a cuenta de geométrico contraste) todas las concupiscentes inminencias del caso.

Pero, sobre todo, habíamos decidido enamorarnos en unánime contubernio de una alumna de tercer grado. Bellísima, aérea, inalcanzable. Un imposible compartido, al que seguíamos de lejos con la mirada siempre que fuese posible, estuviéramos juntos los cinco o no. Teniéndola por tema, era imposible cansarse de conversar. Nos atrevimos a enviarle una primera carta colectiva, de desesperada confesión, misma que ella arrugó y tiró al piso, desdeñosa. Luego, sin sombra de retórica, nos hizo los seres más felices sobre la faz de la tierra cuando, confundidos entre la multitud de la salida de la escuela, la miramos sonreír ante nuestra segunda carta, de respetuoso desagravio, para devolverla al sobre y guardársela en la mochila.

¿Qué tiene que ver ese colectivo amor sin esperanza con la pila de trastes que yo debía afrontar cada cuarto día de entresemana frente a la tarja de la cocina de mi casa? Más de lo que pudiera parecer en primer término. Antes que nada, hay que decir que la fraterna camaradería con que aquellos cuatro amigos sin retorno y yo llevábamos adelante nuestra pasión, podía sostenerse hasta los extremos ya reseñados justo porque se asentaba en la tácita aceptación del imposible como imposible. Es decir, resultaba ridículo sentir celos entre nosotros, partiendo de la palmaria evidencia de que ninguno iba a poder tenerla jamás (y la verdad es que ni siquiera sabíamos aún a ciencia cierta qué podría quedar encerrado bajo el nebuloso término de “tenerla”). Ninguno de los cinco había tenido novia hasta entonces; ninguno de nosotros consideraba viable que fuese a tener novia jamás. Menos pretender con algún margen de verosimilitud que justamente ella…

Ahora bien, el hecho de que nos quedara perfectamente claro esto último, no inhabilitaba por supuesto las potestades del ensueño. Ni sus ventajosas mezquindades. De modo supongo que previsible, cada uno de nosotros se soñaba por su cuenta conquistándola en exclusiva para sí, y aventajando para ello, sin ningún género de escrúpulo ni de remordimiento, al resto de los camaradas.

Asumo que, durante aquella época, mis individuales momentos de usurera ensoñación en torno al tema debieron sobrevenir en escenarios diversos. Lo cierto es que mi recuerdo sólo consigue situarlos en la cocina, mientras lavaba los trastes, y sin mis progenitores en casa. Los denomino “momentos individuales” y no “momentos íntimos” porque a menudo consistían en que me soltara cantando a voz en cuello, audible supongo hasta los departamentos del último piso (si no es que incluso hasta las jaulas, los lavaderos y los cuartos de servicio ubicados en la azotea); se trataba de la potencia necesaria para otorgarle según yo mínima verosimilitud a una de las modalidades de guajiro espejismo en que más me gustaba incurrir, y a la cual cabría tal vez referirse como el momento estelar del tiempo pospretérito.

En un momento dado, quién sabe por qué, tal vez por tener familiares viviendo en alguno de los departamentos de arriba, ella, el aéreo imposible tejido en colectivo por mi cofradía de cómplices, vendría subiendo la escalera, y se preguntaría intrigada quién cantaba tan bien, con tan bella entonación, con tan sincero sentimiento. Y yo, de manera por completo casual (dado que una vez instalados en casa tras volver de la escuela no abríamos la puerta para nada), me asomaría en ese preciso instante al pasillo, me sorprendería por encontrarla allí, me alegraría con ecuánime disimulo cuando ella me reconociera: “Tú vas en la secundaria 72, ¿verdad?; eres de primero”.

No me avergüenza recordar a detalle semejantes extravíos, que entiendo por supuesto bochornosos. Han sido prenda esencial de toda adolescencia desde el principio de los tiempos, y cada cual posee su respectivo, nutridísimo repertorio correspondiente, confeso o no.

A veces mi pospretérita ilusión de púber lavaplatos pecaba de gula, y me daba por figurar que en el pasillo, deslumbrada por efecto de mis insospechadas dotes de cantante, no se detendría ella sola, sino insólitamente acompañada por la muchacha esbelta, morena, brillante y temperamental que nos gustaba para novia, y por la compañera con quien la pubertad había decidido precipitar en flor todas sus carnales inminencias. Pospretéritas y en tercera persona del plural, las tres escucharían, las tres se asombrarían, las tres cuchichearían antes de decidirse a llamar a la puerta. Y a partir de ese instante yo, pospretérito a mi vez, materializaría la mundanidad, encarnaría el donaire, corporizaría la soltura, redefiniría a la simpatía, redimensionaría el arte de la buena conversación.

Y esa constituía apenas una entre varias versiones posibles del ensueño. Súbitos accesos de vigilia me hacían inoportunamente reparar cada tanto en los muchos trastes por lavar que restaban todavía, así como en el cada vez menos tiempo que restaba para que mi papá volviera del trabajo (“¿todavía no terminas de lavar los trastes?, ¿ya viste qué hora es?, ¿y toda esta grasa de aquí?”). Cenicienta ocupándose de sus domésticas faenas mientras sueña con la fiesta en el castillo. Aun cuando acá pareciera más propicia al disfraz de Hombre Araña que a la zapatilla de cristal, y se vislumbrara no en los brazos de un príncipe de cuento, sino en la deslumbrada retina de tres princesas de secundaria pública.

No todo resultó mentira sin embargo, entre el cúmulo de delirantes atisbos que el pospretérito me prodigó frente a la tarja de la cocina entre los doce y los trece años. Justo es decirlo. Tiempo después, Cenicienta (una Cenicienta sin duda más acorde con la versión de Tin Tan que con la de Walt Disney) advertiría, no sin asombro, que ahora sí ya sabía lavar los trastes: rápido y bien. Y no es poca cosa. Hay quien se muere sin haber aprendido jamás.


Imagen: Buster Keaton y Kathryn McGuire en The Navigator (Keaton-Crisp, 1924).