martes, 26 de octubre de 2010

EL IMPERIO DE LA LEY


La ley es orden, pero un orden que debe circunscribirse a la justicia. De otro modo pierde toda legitimidad y se vuelve mera simulación, mera mascarada. La ley que ha dejado de ser expresión racional de la justicia no ordena la anarquía: la erige norma, y —cuando los recursos no le alcanzan para disimularla— se limita a justificarla y a reservarse discrecionalmente dentro de ella el ejercicio de la fuerza.
La ley es razón, pero razón que debe circunscribirse a la justicia. De otro modo renuncia a la validez para volverse mero cálculo, ardid, estratagema. Cuando la razón deja de ser medida justa de la ley, se limita a impostar coherencias legales y mediáticas para el ejercimiento institucional de la infamia.
Lo que lleva al poder existente a colocar fuera de la ley todo aquello que dé visos de atentar contra él, esto es, de arrebatarle sus prebendas, no es una mera desavenencia teórica, sino que remite a intereses concretos, que es preciso identificar en toda la amplitud de su urdimbre. El imperio de la ley como sinónimo de orden represivo contra el derecho elemental del ciudadano a plantearse una forma distinta de gobierno, no debe ser atribuido en exclusiva a los políticos, sino sobre todo a aquellos verdaderos depositarios del poder; aquellos para los que la ley como imperio reserva sus verdaderos beneficios.
La ley no es obra divina, inmaculada e infalible. La ley es obra de fuerzas históricas reales, que al configurarla dieron expresión a intereses reales, muchas veces condicionados por una situación concreta. Tal es el caso de la Constitución de 1917. Más allá de la hueca retórica propagandística que la enarbola como insuperable modelo, y sin menoscabo de su importancia y de sus méritos, ya en su momento conciliaba o intentaba conciliar un contradictorio haz de posiciones ante el país, obligadas a pactar. Suponer que las enmiendas y reformas efectuadas en ella a lo largo de ya casi un siglo no han seguido otro cauce que el de una improbable Luz del Derecho, puesta por encima del devenir real de los conflictos de la nación (no hubo setenta años de paz social, hubo setenta años de disidencias aplastadas), representaría menos un síntoma de candidez que de irresponsabilidad histórica.
Cuando la ley puede romper o condicionar a capricho sus vínculos con la razón y la justicia históricas, es menester renovarla.
Para quienes hoy con ciega virulencia exigen orden por encima de todo, la ley constituye apenas una coartada. Apego enceguecido al código existente y al interés privado que en los hechos se encarga de salvaguardar. No a la ley como expresión racional de la justicia. No al Derecho como garante de legitimidad universal.
Más allá, contra lo que la circunstancialidad nacional pueda mostrar de facto, el espació de acción para aquellos que en apego a la justicia quedan fuera de la ley, no queda restringido a la violencia, ni pasa en primer término por ella, sino que demanda un redimensionamiento del hacer político, capaz de plantear no sólo alternativas bienintencionadas a la realidad existente, sino de articular las fuerzas reales capaces de llevarlas a efecto.
Hay modos diversos de estar fuera de la ley. Dando cauce a una tendencia histórica legítima, capaz de reconstituirla (y de otorgar nuevos fundamentos para el orden público). Quebrándola sin brújula, por mera tensión acumulada.
Dar visceral salida al hartazgo, por legítimo que este pueda ser, no coloca encima de la ley, sino debajo de ella, inerme. Convertir dicho hartazgo en botín propagandístico, sin viso alguno de solución para la demandas particulares que lo hacen detonar, no digamos ya para redimensionarlas con una perspectiva y un alcance más amplios, entra íntegramente dentro de la envilecida norma de la legalidad existente.

martes, 19 de octubre de 2010

PÁGINA BLANCA


El mítico mal de la página en blanco (el escritor parcial, transitoria o definitivamente derrotado por la sequía creadora), pareciera corresponder sobre todo a la esfera narrativa, y de modo específico a la novela. No porque poetas, cuentistas, ensayistas y dramaturgos sean impermeables a él, sino quizá porque es en el novelista donde sus prendas se decantan de modo más literario hacia el melodrama y la tragedia. Hasta cierto punto, puede decirse que las diversas formas en que los novelistas se vuelven de pronto incapaces de escribir han terminado por configurar su propio género autónomo.
En el horizonte del quehacer novelístico, quedarse sin novelas para escribir es una aterradora posibilidad siempre latente, una condición irrecusable para ejercer, un sello de identidad consustancial al oficio. Acaso tenga que ver con las específicas magnitudes de la disciplina, o con los sobreentendidos culturales a través de los cuales la edad moderna pasó a convertirla en estanco estelar del decir literario; lo cierto es que el miedo a que la obra recién terminada pueda ser la última, jamás acechará en los terrenos de la poesía con la aterradora sugerencia de norma potencial que adquiere en la novela.
El silencio del poeta o del cuentista siempre tiene algo de íntimamente virtuoso. Lúcida aceptación y valeroso acatamiento de la supremacía de lo indecible; esmerado y paciente destilar de recursos expresivos en pos de frutos estilísticamente inapelables (la perfección formal como sinónimo o al menos privilegiada vía de acceso a la plenitud espiritual); contención intencionada, ruta de trabajo, conquista totalizadora del decir a través de los alcances del callar.
Sin embargo, lo que en Torri o Gorostiza constituye una ganancia inapelable, en Rulfo sabe a premio de consolación. Cuando elogiamos el magro cuentagotas expresivo del cuentista o del poeta, lo hacemos contrastando hipótesis y conjeturas sobre la desventajosa evidencia de lo que escribieron. Cuando hacemos lo propio con el novelista, no logramos quitarnos de la cabeza las novelas que hubiera podido llegar a escribir.
Y daría la impresión de que semejante estado de cosas no se limita a mera ilusión óptica por parte del lector. Las meditaciones de Julio Torri en torno a los motivos, los sentidos y los efectos que alientan la parquedad de su obra, jamás lindan con la preocupación —no digamos ya con el lamento— sino antes bien con la jactancia. Las explicaciones de José Gorostiza o Alí Chumacero respecto a los amplios espacios de silencio que enmarcan su poesía, están dictadas por el llano sentido común de quien conoce a fondo las peculiares exigencias materiales y temporales de su oficio. Por el contrario, así sea de manera susurrada y marginal, hay algo de inocultable amargura en los escasos apuntes personales que Juan Rulfo consagró al tema de su sequía creadora tras la aparición de Pedro Páramo; nada que ver con la controlada ecuanimidad de su mutismo ante la prensa y los colegas.
El novelista que no continúa escribiendo adquiere toda la traza de un infractor, y vive como en falta, como incumpliendo una responsabilidad. Poco importa que esgrima o le esgriman a modo de argumentación precautoria el catálogo bastante más nutrido de aquellos escritores que después de la novela maestra (o las novelas maestras) hubiera sido tal vez deseable que no volvieran a escribir nada más. Comulguemos o no con la especial perspectiva de sus travesías mayores, nos sentimos más tentados a la indulgencia con las penosas adendas de un Carlos Fuentes o un Fernando del Paso, que con el inmanejable silencio del autor de El Llano en Llamas.
Una excepción mayor (las menores abundan) a la implacable norma pareció sostenerla durante décadas Josefina Vicens con “El Libro Vacío”, de 1959. Más de dos décadas de inmaculado silencio novelístico tras una obra perfecta, hasta que en 1984 la publicación de “Los años falsos” vino a replantear, para los interesados en el tema, la incómoda realidad creadora del paréntesis. El contrastante tema de ambas obras viene a ser en este caso lo de menos; la estatura de clásico de la primera y el tono de obra menor de la segunda también. Leyendo “Los años falsos”, cualquiera que haya transitado con voluntad de hacedor las estancias del género novela, descubre entrelíneas el febril empeño de una hermana de sangre por sustraerse a la monstruosa estirpe de los que no pudieron escribir nada más.
Tal vez ahí esté el término clave. Pueden haber poetas y cuentistas que no quisieron escribir nada más. Para el novelista, no escribir más significa no haber sabido escribir nada más.
No niego que sea posible agrupar ejemplos en sentido inverso. Novelistas copiosos hasta el despilfarro o conformes con su escasez, poetas atormentados por haber enmudecido o perseguidos por el fantasma de la obra cumbre que nunca volverán a ser capaces de escribir. Pero presiento que no anda demasiado desencaminada del silencio por un lado como valor poético y cuentístico, y por otro como desvalor novelístico.
A nadie que haya escrito una novela lo deja dormir el fantasma de la novela que no ha escrito todavía.

sábado, 9 de octubre de 2010

LA RAZA Y SU DÍA

Siendo octubre, aproximándonos ya al cierre de este año de meditación y de exhibición de credenciales a propósito de los modos y significaciones de encarar y acometer las efemérides, no estará de más consagrarle algunos apuntes al llamado Día de la Raza.
Entiendo y censuro, como cualquier latinoamericano pensante, que la fecha se asimilara durante largo tiempo, y se siga asimilando todavía en algunos ámbitos, a una hueca inercia festiva por obra de la cual, durante veinticuatro horas, volvíamos a asumirnos súbditos jubilosos o al menos conformes de la corona española. Como si lo que estuviera celebrándose fueran las hazañas navales, militares, políticas, religiosas y carniceras de Colón, Cortés, Quiroga o Pizarro.
Entiendo y comparto la irritada vehemencia con que muchos latinoamericanos, encabezados por los pueblos indígenas en tanto depositarios directos de la herencia social, política y cultural precolombina, vienen obligándonos a cuestionar desde hace décadas la perspectiva, el sentido y la legitimidad de tal celebración.
Pero disiento radicalmente de cuantos pretenden caracterizar al Día de la Raza como una efeméride deleznable, cuyos contenidos quedan circunscritos al oprobio. Como en todos los vértices culminantes del devenir histórico a partir de los cuales se ha redefinido nuestra opción de ser, el 12 de octubre exige ser discernido del modo más puntual, alejándonos lo mismo de la banalidad conciliatoria que de la impostación rencorosa.
Este continente no terminará de ajustar las cuentas con su pasado mientras no deslinde con absoluta e implacable transparencia las responsabilidades del genocidio y del despojo sobre el que fue erigido. Pero tampoco ganará derecho pleno sobre su presente mientras pretenda circunscribir el reflejo del rostro que es a la medida del espejo de lo que fue.
El Día de la Raza no es el día ni de aquellos vencedores ni de aquellos vencidos, sino el día de esta desgarrada, multiforme, contradictoria y prodigiosa resultante. La infinita gama del mestizaje que se extiende desde la Patagonia hasta saltar la línea del Río Bravo. ¿Mucho de por medio para lamentar, para maldecir, para condenar, para llorar? Sin duda. ¿Mucho para cuestionar, reflexionar, conmemorar, analizar, discernir? Por supuesto.
Pero también, según mi juicio, mucho para celebrar, festejar, cantar, zapatear, corear. No con el tono descafeinado y políticamente correcto de los herederos de nuestras oligarquías criollas, para quienes el alcance de la sangrienta mixtura americana se reduce al chocolate con churros o a los chiles en nogada durante las tertulias de postín, o al huipil de marca a lomos de jaguar high-definition como una estrella más del canal de la familia mexicana; no con la piedad del amo blanco que se jacta de darle a su chacha morena el mismo trato que a sus mejores y más finos perros.
Con el tono de derecho conquistado del comunero de Santa Fe de la Laguna que funde vihuela de por medio armonías andaluces, salmodias purembes y reivindicaciones zapatistas. Con el tono de futuro posible de la mulata ecuatoriana que sopla jugueteando una zampoña mientras la televisión reseña el intento golpista en Guayaquil. Con el tono de esperanza proscrita del negro que en Puerto Príncipe se asoma a la ventana para sentir la brisa y contemplar el cielo sin estrellas. Con el tono de azoro desafiante del rubio adolescente porteño, que cerca de Belgrano le rescata a un bajo eléctrico los acentos de candombe de los mejores tangos. Con el tono de intimidad abierta, de generosa lucidez y de abrazo fraternal con que las páginas de José Martí le hablan sin distingos al mestizo con predominio indígena, al mestizo con predominio africano, al mestizo con predominio ibérico, y al mestizo sin predominio identificable.
Basta ya, carajo. Basta ya de mirar la hora de nacer como la hora de empezar a arrepentirnos por haber nacido.
Viva la raza.