domingo, 26 de noviembre de 2023

Mujer y Magia Negra.


 La Brujería es la hermana oscura de la Alquimia.

Al alquimista, la Búsqueda y la Obra lo llevan por sendas heterodoxas que sin embargo, en el fondo, algo acaban por tener de sutilmente ortodoxo: la organización procedimental y la permanente referencia a un corpus que, al haber  sido fijado por escrito, de alguna manera valida oficialmente las tentativas, las intuiciones, las travesías (esas sí singularísimas e intransferibles) de cada nuevo adepto. Hay en al atanor —el horno alquímico— una docta dignidad que el caldero está lejos de poseer.

Aunque la historia de la Alquimia consiente célebres, venerables ejemplos femeninos, se trata a no dudarlo de un ámbito donde las figuras preponderantes son hombres. Hombres que eligen transitar el revés invisible y solitario de las sociedades y ciudades que a la vez los ignoran, los desprecian y los temen. Poco importa que podamos hallarlos en el campo, lejos de villas y palacios; el alquimista lleva el incipiente universo urbano en sus libros. Se trata de un ermitaño que no precisa retirarse al último rincón del bosque para habitar el íntimo pozo de su soledad, en busca de la plena compañía del Espíritu. Sabe que, sin quedar burocráticamente remitidos a los libros, sus trabajos resultarían inconcebibles más allá de la palabra escrita. Desde las tablas de arcilla con toscos signos grabados a punta de punzón, hasta los venerables volúmenes cuyos lomos han ajado y cuyas láminas han puesto amarillentas los dobles fondos de incontables baúles, pasando por pieles, rollos y pergaminos.

La bruja, de suya analfabeta, se desprende del fuego del hogar, o mejor dicho, se lleva las sabidurías secretas que en el fuego del hogar cotidianamente ha alimentado, y que ya no caben en el espacio doméstico, para arrostrar en lo profundo del bosque sus más febriles intuiciones, sus más negras intenciones. La bruja no apela sino al libro mismo de la naturaleza. El “corpus” de sabiduría de que puede abrevar es tan antiguo y digno como el del alquimista, pero la diferencia crucial es que no se halla depositado en libro alguno, sino en una serie de consejas, refranes,  juegos de palabras, conjuros y hechizos transmitidos de manera oral.

Igual de dignos son también los alcances últimos de su sabiduría. Hay todavía quien pretende establecer una inferioridad jerárquica entre Brujería y Alquimia, asociando a aquella con la improvisación, la superchería y la malevolencia. Lo cierto es que el riesgo de quedarse en mero perverso y pragmático charlatán no resulta menos habitual entre los alquimistas, con la diferencia de que mientras la mala bruja prodiga salaciones, amarres y pócimas fraudulentas entre el pueblo llano, el mal alquimista pone sus nigromancias al mejor postor entre monarcas, nobles y cortesanos. Más allá, nada distingue en términos de alcance luminoso al sabio que ha visto consumar en su gabinete el ciclo completo de las transmutaciones, y a la dama de los bosques que desde la humilde covacha donde vienen a solicitar sus remedios, termina de resucitar por propia mano los extraviados misterios de la Alta Magia pagana.

La Negra es una bruja, así en la palabra como en la vida. Una bruja empecinada en ser alquimista. Y la alquimia, a partes iguales, la convoca, la seduce, la rechaza, la repele, la proscribe. Lleva décadas escribiendo poesía, con la más indisciplinada de las disciplinas, con la más disciplinada de las indisciplinas. En su vetusto caldero de palabras, el venero de lo propiamente lírico se mixtura, enriquece, corrompe y renueva —incesante y sin licencia— con los de la filosofía, el esoterismo y la confesión existencial más visceral.

Nunca ha terminado de asumirse escritora. Y es que, para su fortuna —en los términos de individualidad clasificable, dócilmente circunscrita a los parámetros de validación de la vida literaria— no lo es. Claro que, salvaguardar como virtud esa cualidad de alma indómita y limítrofe, tiene también su precio. Cada vez que La Negra es invitada a participar en una publicación, en un encuentro, en una mesa redonda, vuelve a repetirse siempre el mismo episodio, en apariencia anodino pero en el fondo esencialmente revelador. A la hora de consignar su nombre, el organizador en turno pregunta siempre:

—¿Cómo te presento? ¿Cómo firmas? ¿Cómo te llamas?

—La Negra.

Y el organizador en turno ríe divertido, guiña cómplice, bromea paternal, se impacienta adulto, reprocha institucional, instruye profesional… y siempre, por las santas pistolas de su arbitraria sapiencia, acaba presentándola como Lourdes Esquivel. Y el irrespetuoso atrevimiento jamás considera necesaria disculpa ni explicación alguna, como si las huecas formalidades se explicaran por sí mismas.

—Eso de jugar con las palabras lo hacemos todos, todos subvertimos el lenguaje y nos dejamos subvertir por él, pero no vas a andar por el mundo cambiándote el apelativo de manera infantil ante la gente. Faltaba más. Que los poetas renombren las cosas dentro de las infranqueables fronteras de la corrección literaria, pero que jamás vayan a pretender llevar esa potestad al espacio de la vida, así se trate nada más de renombrarse a sí mismos.

La Negra sabe y ha asumido, sin importar los costos, que su nombre es este, el que la lúcida voluntad en medio de los torbellinos del azar le eligieron; no aquel contingente que los documentos oficiales consignan. Y sigue respondiendo a cuantos le preguntan:

—Yo soy La Negra.

Lo cual no significa que afecte ninguna socarrona suficiencia. Alma de cronopio a fin de cuentas, La Negra se devuelve a su cueva cavilosa y cabizbaja, convencida de que lo más seguro es que la equivocada sea ella. Y mientras poda su mandrágora, mientras usa para barrer la escoba de volar y mientras aviva con tequila el fuego del caldero, se jura penitencias, aprendizajes y trabajos que puedan aproximarla aunque sea un poquito al sentido común de quienes sí son poetas, de quienes sí son escritores.

Y así va que te viene: de las ancas de rana, a las patas de cabra; del arco del violoncello y los cuidados del xoloiscuintle en turno, al perfeccionamiento de sus personales versiones de pozole; del taller literario para jóvenes que cada tanto vuelve a impartir, al cultivo del estrecho núcleo de afectos que alimenta. Apelando afanosa a un montón de libros y a unas pocas gentes para depurarse, para instruirse, para adquirir las indóciles herramientas técnicas capaces de otorgarle los misterios del “escribir bien”.

Hace años que acude para requerirme reglas, ejercicios, rutinas, guías de lectura. Tantos años como para que se le haya olvidado que la savia nutrífera que sustenta cuantas reglas, ejercicios, rutinas y guías de lectura pueda yo proponerle, fue ella quien me la reveló. Pero así y todo, hace tiempo que dejé de decirle “qué cosa voy yo a enseñarte de poesía, Negra”, y me consiento el abuso de fungir para ella de payaso demiurgo. Y le expongo los misterios del punto de vista y el tiempo narrativo, y le encomiendo tablas gimnásticas de alejandrinos, puntuación decimonónica, verso blanco y esquemas ABBA, y le aproximo personales hallazgos de lectura para ensanchamiento de sus referentes documentales.

Y La Negra se aplica, se disciplina, se mortifica cual mineral en el mortero, cual líquida perla en el alambique, sin jamás quedar satisfecha del resultado de sus intentos. Las musicalidades octosílabas se le deshilvanan rebelde aliento versicular, el verso libre se le infesta de métricas regulares y rimas consonantes, el relato se le subleva poema, el poema se le subleva manifiesto, el manifiesto se le subleva bolero, y el tranvía Hegel va a parar siempre a la estación Camus. Y, como diría Cortázar, la cama se le llena de trajes, y los floreros se le llenan de sábanas, y los tranvías se le llenan de rosas, y los campos se le llenan de tranvías…[1]. Ya saben ustedes cómo es eso.

Puesto que La Negra es poeta (y quizá sea poeta precisamente porque nunca ha sabido ser escritora), de esas atléticas y obsesas tentativas suelen resultarle textos prodigiosos y extraños. Pero siempre como a cuentagotas, con algo de estricta contención que no puede más que contrastar con el tumultuoso caudal de imágenes, ensalmos y vociferaciones que enseguida viene a desatarle cualquier inesperado guiño del paisaje, el amor o la muerte. Es capaz de pasarse la noche en vela rastreando el perfume de una flor, un año entero dándole vueltas a una pregunta, la vida entera dándole vueltas a una pesada broma de la elección o del azar.

Y de esas vueltas y vueltas en torno de su propia hoguera, regresará La Negra con los brazos y el cabello colmados de versos que a partir de ese momento habrá que sublimar, disgregar, mezclar, confundir y depurar, siguiendo no las sancionadas cartografías del correcto discurso, sino las infinitamente más arduas corrientes materiales que hacen del pulso mercurio y de la voz azufre, del pensamiento raíz de belladona y del aliento hoja de beleño. Poemas a sangre, aquelarre y fuego, trabajados desde la médula misma de los incandescentes huesos hasta la filosofal transparencia de la abierta mirada. Es de esta última forma que La Negra ha madurado un personalísimo acento y una ruta de trabajo fecunda y propia.

Se equivocará quien, ante las razones aquí expuestas, pretenda encontrar una piadosa y emotiva disculpa de meros desprolijos entusiasmos. Estamos ante una poeta con pleno dominio de su oficio, y cuanto aquí pretendo es compartir, desde mi papel de lector testigo, la peculiar e intrincada senda recorrida que ha posibilitado tal dominio.

El conjunto de textos que en alguna gaveta o enterrado en el jardín conserva (y del que echa mano muy de vez en vez para compartirlo de a poco, con infinito pudor) es fruto y testimonio de dilatadas travesías. El libro inicial de una poeta con larguísimo camino andado; la invocación propiciatoria de una bruja con infinitas horas de vuelo, pero hecha acaso de modo irremediable a los mohínes y titubeos de una eterna novicia voladora. En el camino se le han ido extraviando docenas de poemas cuya pérdida no podemos sino lamentar quienes los conocimos de viva voz, de puño y letra o en copia mecanógrafa al papel carbón. Pero la corriente del río tiene sus inescrutables motivos y no se equivoca nunca. Habrá que aguardar a que se decida a plasmar opúsculo alquímico lo que se ha obligado a conservar en estatus de  casi privada hechicería para un puñado de iniciados, y sólo entonces leer y escuchar cada verso desde la luz de la cita a que, con puntualidad inexcusable, nos convoca.

Hechizo, ritual, conjuro, cada poema de La Negra es el llamado de la Bella Dama desde el corazón del bosque, desde la secreta plaza pública donde las voces sagradas se cuidan de reunirnos cuando nuestro destino común como habitantes no puede ser otro que el exilio. Abracadabra, doce de la noche, hora del Sabath.

Solitarios estupores compartidos bajo el espejo abierto de la luna.



[1] Cortázar, Julio. “La foto salió movida” en Historias de Cronopios y de Famas.


Fotografías. 

1 y 3: Crisstina Monge.

2: Guillermo Wusterhaus.


* Prólogo para el libro Vocación de Pájaro de La Negra Esquivel.
Ediciones La Mueca, 2022.

sábado, 14 de octubre de 2023

Los destinos cruzados de Italo Calvino.

Entre el otoño de 1959 y la primavera de 1960, Italo Calvino anduvo de viaje por Estados Unidos. Como recuerdos de la experiencia, destacan una serie de fotografías del escritor italiano sobre algún tejado de Nueva York, con los cielos y los rascacielos de la urbe de hierro a manera de telón de fondo. Dos de aquellas imágenes expresan para mí como ninguna otra su personalidad literaria, su temperamento creativo y la disposición espiritual de su escritura; es decir: su alma.

Ambas fotos son casi idénticas. Italo, de corbata y saco, inclina hacia adelante el cuerpo y aventura paso con el pie derecho, como a punto de ascender el siguiente peldaño de una escalinata, adelantando una mano con precautorio tiento mientras —excepto por el pulgar— la otra permanece en el bolsillo.

El ángulo de la cámara, sumado a la línea diagonal de una calle casi a sus pies, propicia el espejismo de que estuviera caminando en el filo mismo de la cornisa, como un equilibrista. La diferencia fundamental entre ambas instantáneas está en la disposición de la mano adelantada, pero sobre todo en el gesto de la cara. La que asumo primera de ambas imágenes nos muestra al personaje en el colmo de la circunspección, concentrado, serio, yo diría hasta taciturno; la mano adelantada bien cabría interpretarla en ademán de charla o de meditación. En la imagen que asumo segunda, esa mano adelantada se sincera punto de equilibrio físico, sugiriendo que el personaje estuviera preparándose para con ella buscar un apoyo a nuestros ojos invisible, o incluso para recoger o acariciar algo; las cejas por su parte se han alzado, extravirtiendo apenas el gesto hasta hace un segundo introvertido.

Las dos fotografías me gustan por igual. Las dos fotografías me proponen equitativa pertinencia para condensar imagen lo que Italo Calvino fue como escritor. No sabría elegir entre el gesto concentrado de la primera imagen, propio de los señores Marcovaldo o Palomar en los libros que llevan por título esos mismos nombres; o el gesto de niño en inminencia que muestra la segunda imagen, sin duda propicio al Qfwfq que protagoniza Las Cosmicómicas y Tiempo cero. Hay en ambas imágenes una fragilidad y un heroísmo impermeables a toda solemnidad petrificante. Pero hay también en ambas imágenes una solemnidad más sutil, más esencial, más honda.

¿Qué es lo que miro en la postal superpuesta de ambas instantáneas o —mejor todavía— en la sucesión infinita que me las alterna como al compás de un geométrico parpadeo? Miro una pátina de elegancia cosmopolita y una disposición propia de arlequín o de clown enmarcadas por el paisaje neoyorkino, que desde hace un siglo concentra en nuestro imaginario colectivo la noción más completa de lo urbano. Levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad. Los cinco valores emblemáticos que Calvino reivindica como propios en su libro póstumo Seis propuestas para el próximo milenio (1988), expresados como a él sin duda le hubiera complacido: a través de una suerte de viñeta de tira cómica.

Aun cuando se trate de un  volumen ensayístico y no de ficción, Seis propuestas… bien puede servir como idóneo portal de acceso al universo narrativo del autor para sus noveles lectores, ofreciendo también sin duda pertinentes claves de organización a quienes, habiendo ya ingresado en su corpus, enfrentan inesperados escollos al transitar aleatoriamente de uno a otro título.   

Hace muchos años, cuando era yo un escritor apenas veinteañero en espera de poder publicar mi primer libro, la generosidad de Daniel González Dueñas puso en mis manos, a través de una carta, ciertas preciosas claves introductorias a propósito del universo creativo calviniano, que yo iniciaba a conocer bajo su guía.

Recupero algunas líneas de la carta aquella:

 

El gran mago telúrico incursionó en (mejor dicho, encarnó) la multiplicidad y la sincronicidad. Esto en varios niveles, no todos ellos para mí igual de estruendosos y reveladores. […] Algo parecido al desencanto sucede […] cuando se pasa de Las Cosmicómicas a El vizconde demediado o de Si una noche de invierno un viajero a La jornada de un interventor electoral. Es que son registros totalmente distintos de la búsqueda de Calvino, y conviene moverse en esa telaraña con cuidado, graduando los accesos y vigilando como los buzos la descompresión.

 

Daniel compartía conmigo en esas páginas el siguiente diseño cartográfico, útil para visualizar y orientar el abordaje de la obra del maestro:

Mapa elaborado por Daniel González Dueñas

Consideraría inexacto afirmar que Italo Calvino haya sido muchos escritores. Semejante caracterización conviene mucho mejor a otras personalidades del orbe literario. Una vez que definió su identidad poética y crítica —el tipo de cuestiones sobre las que le interesaba realmente escribir y el género de estrategias a que preferiría apelar—, la versátil conformación de su propuesta narrativa brotó siempre de un sólido sentido de unidad, dentro de la radical heterogeneidad que a primera vista sugiere. Es ese sentido de unidad el que en retrospectiva queda expuesto en Seis propuestas…, tendiendo rutas de interconexión a lo largo y a lo ancho de toda la tradición literaria occidental, y asomándose con lucidez, generosidad y valentía hacia el futuro.

Llegado determinado punto de su travesía vital y creativa, Calvino consolida un programa de escritura con intereses bastante definidos. La diversidad que a partir de ahí pasa a disponer ciertas estancias de su obra en extremos en apariencia distantes, procede de la inagotable búsqueda de estrategias encaminadas siempre hacia los mismos objetivos comunes: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad, consistencia. Ahora bien, antes de clarificar como propia y perdurable dicha ruta, el inicio de la carrera de Calvino como escritor había nacido con una intuición de enfoque muy distinta. Y ese enfoque alcanzó a ver salir de la imprenta varias obras, cuya orientación no desaparecería de la noche a la mañana, ni en el fondo llegaría a extinguirse por completo jamás. Así que, puestos a pluralizarlo, cabría en todo caso aseverar que Calvino alcanzó a ser dos escritores.

Cuando sincera su temprana vocación literaria está recién emergido de las filas partisanas, tras el término de la Segunda Guerra Mundial. Afiliado al Partido Comunista, sus manifestaciones expresivas van a arrancar condicionadas, como resulta natural, por un conjunto de imperativos ideológicos que pronto lo harán sentirse constreñido. Durante los primeros lustros y durante las primeras obras, el tácito asunto central será para él la tensión entre las exigencias de su condición militante y las libérrimas demandas de su temperamento poético. Podría decirse que esos años señalan su transición de militante que escribe a escritor militante, para desembocar de últimas en su mucho más perdurable y definitorio perfil de escritor independiente, ante el cual la carga política antaño obligatoria y de primer plano pasa a incorporarse como un material de trabajo posible más, entre muchos otros. El lector curioso, interesado en los años formativos de Calvino como fabulador neorrealista, ha de apelar sobre todo al volumen de cuentos Por último, el cuervo (1949) o a la novela El sendero de los nidos de araña (1947), aunque su perfume pueda rastrearse también con nitidez en las páginas de La especulación inmobiliaria (1957), La jornada de un interventor electoral (1963), Marcovaldo  (1963) o Los amores difíciles (1970, con textos escritos entre 1949 y 1967). Indispensables para semblantear crítica y retrospectivamente dicho período resultan igualmente sin duda las páginas autobiográficas reunidas de manera póstuma en el libro Ermitaño en París (1990), que completan el otro libro de memorias compilado ese mismo año por su esposa, Esther Calvino: El camino de San Giovanni.

El punto de quiebre decisivo que resolverá la contradicción histórico-literaria de nuestro autor, situándolo en la ruta de sus obras mayores —y volviéndolo uno de los casos más escandalosos de injusticia en materia de premios Nobel no concedidos—, serán tres piezas narrativas a la postre reunidas en un volumen unitario bajo el título Nuestros antepasados: El vizconde demediado (1952), El barón rampante (1957) y El caballero inexistente (1959). Estamos ante el adiós a la proclama ideológica entrelíneas y a la obligatoriedad moral de un realismo de denuncia. Como el propio Calvino lo expone en Seis propuestas…, el punto de partida para cada una de estas tres novelas breves fue primordialmente visual: una imagen, un cromo o una estampa sugestiva en sí misma, sin connotaciones previas de ninguna especie. Descripción que es cierta, pero a medias.

Transitar cronológicamente de uno a otro los tres relatos que integran Nuestros antepasados nos sugiere estar asistiendo al propio proceso de desprendimiento del narrador respecto de las obligaciones políticas que una vez se afanara en asumir consustanciales al ejercicio de su escritura. El vizconde demediado de alguna suerte ilustra el conflicto de Calvino frente al enfoque general de su obra en aquel momento, esa nítida sensación de estar siendo partido por la mitad y vivir simultáneamente desde dos mitades inconciliables; por si quedara al respecto alguna duda, años más tarde escribirá un artículo titulado “El comunista demediado” para repasar el devenir de sus disyuntivas artístico-militantes. Un lustro después de El vizconde…, todavía cabe atribuirle una buena dosis de alegoría ejemplar a El barón rampante, ese personaje que en rebeldía contra las imposiciones familiares se encarama un buen día a la copa de un árbol, para no volver a poner los pies sobre la tierra el resto de su vida.

Sólo hasta El caballero inexistente parece desprenderse Calvino de todo exorcismo alegórico, para atinar ya de manera cabal el tono y la óptica que habrá de desembocar luego en las estancias centrales de su obra. Podemos decir que —antes de propiamente glosarlo y resumirlo en otro volumen memorable— se dio el gusto de reescribir y actualizar el Orlando furioso de Ludovico Ariosto, que tan bien conoció y tanto amó, redimensionando toda la desmesurada potencia de sus cuarentaiséis cantos, sus más de cuatro mil ochocientas octavas reales y sus casi cuarenta mil versos, a través de un agilísimo relato en prosa de apenas un centenar de páginas. El poder alusivo de la breve novela, centrada en una armadura vacía que lucha por reivindicarse una identidad entre los ires y venires de las tropas de Carlomagno durante su guerra contra los moros, anticipa ya el que más adelante cristalizará de manera magistral e infinita Las ciudades invisibles (1972).

Entre 1965, año de publicación de Las Cosmicómicas, y 1985, año de su fallecimiento, Calvino continuará prodigando asiduamente una buena dotación de relatos sueltos y ensayos por aquí y por allá, que más adelante se organizarán en diversos volúmenes póstumos (Bajo el sol jaguar, La gran bonanza de las Antillas, Por qué leer a los clásicos, etc.). Pero el ritmo de publicación de sus libros propiamente dichos irá haciéndose cada vez más espaciado. Veintieañero había tenido la osadía de dar inmediatamente a la imprenta su primera novela, tras haberla escrito en sólo tres semanas. Ahora, cada nuevo volumen de ficción le exigiría plazos de maduración y de escritura mucho más demorados, períodos de atención mucho más sostenidos y demandantes. Por poner un ejemplo, Las Cosmicómicas, cuyas primeras piezas aparecen en la prensa hacia 1964, integra en sentido estricto un único proyecto junto con Tiempo Cero (1967), tal lo evidencia su publicación conjunta para 1968 bajo el título Memoria del mundo y otras cosmicómicas. Otro tanto puede decirse de El castillo de los destinos cruzados, originalmente publicado en 1969 y completado con una segunda parte (La taberna de los destinos cruzados) en 1973. A partir de ahí pasarían seis años antes de la publicación de su siguiente entrega novelística con Si una noche de invierno un viajero (1979), y luego otros cuatro para que diera a la imprenta Palomar (1983), el último de los libros que publicó en vida.

Estamos ahora sí ante las cimas estelares de su producción. Aquellas cuya catadura inclasificable ha llevado a la crítica a refugiarse apenas aproximativamente en términos tales como “variantes personalísimas dentro de la literatura fantástica” o “elaborados ejercicios de experimentación formal”. Las Cosmicómicas y Tiempo Cero construyen relatos desde enunciados, teorías y postulados extraídos de libros de ciencia, partiendo primero de los dominios de la astrofísica y las geociencias con una plasticidad propia de tira cómica o viejos cortos de dibujos animados, y avanzando gradualmente hacia un tono más introspectivo y reflexivo por los terrenos de la biología y la matemática. Las ciudades invisibles, sobre una estructura rigurosamente espiral, toma como pretexto la figura de Marco Polo para elaborar un deslumbrante catálogo de urbes imaginarias, reseñadas mediante brevísimas estampas que alían la fantasía visionaria más intemporal con el más implacable escrutinio de las realidades urbanas modernas. El castillo de los destinos cruzados se plantea un reto formal extremo, desarrollando historias a un tiempo autónomas y entremezcladas, que han de apegarse a la disposición de ciertas  tablas combinatorias elaboradas con los arcanos del Tarot. Si una noche de invierno un viajero es una novela estructurada a partir de primeros capítulos de novelas inconclusas y disímiles, que le posibilitan a Calvino tanto un genial homenaje para varias obras y varios autores de su especial aprecio, como un completo despliegue de la amplitud de su cultura literaria y sus potencias narrativas, pero sobre todo una entrañable meditación a propósito del arte de contar y escribir (de contar escribiendo) en vísperas de la transición entre milenios. Palomar sincera definitivamente esa voluntad de autoparodia caricaturesca tan constante a lo largo de la obra calviniana, a través de una serie de narraciones donde el protagonista es sin ambages él mismo, igual de riguroso en el diseño que reúne el conjunto, igual de límpido y sintéticamente exhaustivo en el desarrollo de cada respectiva pieza y cada respectivo tema, pero con el añadido de estar ofreciéndonos aquí el colofón de toda su travesía vital, expresiva y crítica.

Tratando de encontrar algún rasgo caracterizador global que resuma los alcances de estas obras culminantes, me atrevería a decir que Italo Calvino adopta y redimensiona (frente a un escenario histórico ya renovado tras la amenaza atómica y la reconfiguración bipolar del mundo) uno de los fundamentales ejes de gravitación dentro de la propuesta literario-teatral de Luigi Pirandello. Aquel que en el prólogo para Seis personajes en busca de autor (1921), el Nobel siciliano formula en los siguientes términos: “el trágico conflicto inmanente entre la vida que de continuo se mueve y cambia y la forma que la fija, inmutable”. Sólo que en manos de Calvino, sin que ello suprima las imantaciones de tragedia ni mucho menos derive hacia la frivolidad nihilista, el conflicto se vuelve cómico. Los afanes del pensamiento y de la voluntad creadora por encontrar modelos, estrategias y diseños desde los cuales fijar o al menos reducir a términos legibles la infinita variedad de lo existente,  ven sistemáticamente derrotadas sus acometidas, sin que ello empero lleve nunca a cejar en el intento. Y la operación no fija en nuestro rostro la expresión de ninguna certeza ni de ningún extravío definitivos, sino que va perfilando la irónica sonrisa de una suprema intuición, íntimamente jubilosa.

Los lectores que protagonizan Si una noche de invierno un viajero jamás lograrán pasar del primer capítulo de ninguna de las novelas que han comenzado a leer. Palomar morirá apenas asuma la inmortalidad a través de la escritura como única cifra posible del entendimiento total. Calvino deberá violar y violentar las estrictas reglas procedimentales y estructurales que se había exigido para escribir El castillo de los destinos cruzados, a fin de que el libro amague ir a algún sitio. Las Seis propuestas…, concebidas como tema para seis conferencias a impartir en la Universidad de Harvard, se elevarán a ocho en el papel del proyecto, pero sólo alcanzarán a cristalizar cinco, cuando Calvino muera el 19 de septiembre de 1985, en vísperas del viaje.

Quién sabe si durante sus últimos días, todavía con el traslado a Nueva York en la cabeza, haya alcanzado a evocar aquellas fotografías de su visita americana un cuarto de siglo atrás. Quién sabe cuánto haya alcanzado a pensar en esas sexta, séptima u octava conferencias que ya no terminaría.

La sinaloense Dulce María Zuñiga, en su sustancioso estudio La novela infinita de Italo Calvino (1991), define a nuestro autor como un “maestro de la sugerencia y de la incompletitud”. La recurrente pieza faltante en el rompecabezas, el empeño de lo real por sostenerse indómitamente reacio a nuestros más acabados proyectos y esquemas, no permanece pues al nivel de una mera fatalidad, maldecida con impotencia o aceptada con resignación. Las artes del escritor-alquimista son capaces de transmutarla en su favor y el nuestro.

Y es que en esa imposibilidad de un esquema total, definitivo y último, quedan resguardados también el espacio y el tiempo para la libertad, el sentido, la renovación, la dignidad, la esperanza. “Buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio” (Las ciudades invisibles). “El núcleo del mundo está vacío, el principio de lo que se mueve en el universo es el espacio de la nada, en torno a la ausencia se construye lo que hay…” (El castillo de los destinos cruzados). “Existe una posibilidad de fugarse: bastará individualizar el punto donde la fortaleza pensada no coincide con la verdadera…” (“El Conde de Montecristo” en Tiempo Cero). “Un verdadero impulso de amor general, dando comienzo a la vez al concepto de espacio y al espacio propiamente dicho, y al tiempo, y a la gravitación universal…” (“Todo en un punto” en Las Cosmicómicas).

Mientras sigamos siendo capaces de empuñar como una llave nuestra humana condena a lo incompleto, no habrá jamás ni prisión perfecta, ni existencia invivible, ni ciudad imposible.



sábado, 26 de agosto de 2023

Los soldados de la Conquista.

A menudo continúa pensándose todavía que la peculiar violencia del proceso conquistador a lo largo y a lo ancho de cuanto acabaría convirtiéndose en la América hispánica, deriva del hecho de que quienes encabezaron no sólo las acciones militares, sino también los primeros trabajos de organización, administración y gobernanza, fueron soldados. Semejante idea amerita abundantes precisiones. Pues el ejército español, entendido como corporación de profesionales a sueldo, adscritos a una institución oficial castrense, no participó en la Conquista. Ni los Reyes Católicos, ni Carlos V, ni Felipe II enviaron a sus milicias profesionales propiamente dichas a combatir en América.

A través del sistema de capitulaciones, la monarquía había garantizado el patronazgo real sobre todas las labores de descubrimiento, conquista y colonización, delegando su financiamiento y su realización material en manos de particulares. Bajo semejante esquema, a las Indias podía concurrir no sólo cualquiera con un patrimonio a invertir y poner en riesgo, sino cualquiera dispuesto a ponerse al servicio de este o aquel inversor aportando los saberes de su oficio, cuando no fuerza de trabajo lisa y llana. Entre los inversores se contarían pues miembros de la alta y la baja nobleza, hidalgos sin abolengo genealógico pero con capital derivado del comercio y la propiedad de la tierra, y también acreedores de la corona (como resume ejemplarmente el monopolio alemán de la más temprana conquista de Venezuela, durante el reinado de Carlos V). Fue común también el caso de inversores que firmaron capitulaciones, pero no encabezaron las expediciones resultantes, convirtiendo en jefes de las mismas a representantes suyos, bajo riesgo de que acabaran obrando en beneficio propio.

¿Quiénes fueron aquellas gentes incorporadas a la gesta conquistadora? ¿De dónde surgieron esos capitanes al estilo de Hernán Cortés y Francisco Pizarro, sin riqueza, fama militar ni experiencia de mando al abandonar la Península Ibérica, pero convertidos de la noche a la mañana en genios del arrojo, la voluntad de mando, el empeño guerrero y la astucia política? ¿Cómo fueron abastecidas las tropas de anónimos soldados que la memoria de Bernal Díaz del Castillo se afana en singularizar nombre por nombre, historia por historia, para dejar constancia humilde y orgullosa de que existieron, respiraron, guerrearon, vieron?

Repasando las diversas listas disponibles, descubrimos que aquellos contingentes incluyeron en abundancia hidalgos de la baja nobleza, pero también y por encima de todo marinos, grumetes, artesanos, venteros, mercaderes, carpinteros, aserradores, herreros, barberos, sastres, albañiles, alarifes, mineros, hortelanos, labradores, licenciados, bachilleres, escribanos, contadores. A veces venían a desempeñar sus respectivos oficios, fuera como empleados de un capitán en jefe o como funcionarios de la autoridad real o eclesiástica. A veces se enrolaban como soldados. Recurrentemente, los giros de la fortuna en el Nuevo Mundo les hacían mudar al cabo de un rol a otro, cuando no alternar ambos.

¿Cómo fue posible que, llegado el momento, las huestes integradas por aquella diversidad de perfiles consiguieran exhibir una homogénea competencia militar?

Remontémonos a los inmediatos días posteriores a la conquista de Granada. El ejército que ha hecho posible la derrota del último reducto musulmán en tierra ibérica tiene una conformación jerárquica claramente establecida. Están las tropas de la corona, integradas por las guardias reales propiamente dichas, pero también por milicias de caballeros y por la legión de espingarderos, cuerpo todavía incipiente de infantería con armas de fuego; están las tropas de la Hermandad, considerado el primer cuerpo policiaco europeo; están las tropas privadas que aporta cada señorío; están las milicias concejiles, que la corona exige de todos los municipios de sus reinos. En conjunto se trata sin duda de una fuerza formidable y con un alto grado de eficiencia, pero no constituye todavía una corporación castrense estable a la manera moderna.

De cara a la inminente guerra contra Francia en territorio italiano, Fernando de Aragón procederá a la definitiva profesionalización de un ejército con tropas y reservas regulares, implementando una reforma crucial: el armamento general del pueblo. Anticipándose cuatro siglos a aquello de “piensa, oh patria querida, que el cielo un soldado en cada hijo te dio”, instaurará el servicio militar obligatorio en todos los dominios castellanos. Exceptuando a los religiosos y a la gente más pobre, cada individuo quedará obligado a recibir instrucción bélica, y a procurarse de acuerdo a sus posibles el equipamiento preciso para servir al reino en caso de necesidad.  La sobreabundancia de efectivos que no disponían de lo necesario para financiarse armamento de caballería, explica en parte el renacimiento de los cuerpos de infantería; esbozando desde esta temprana etapa los famosos tercios, que bajo los reinados de Carlos V y de Felipe II alcanzarán su esplendor, convirtiéndose en una de las mayores revoluciones militares de la historia, equiparable a las falanges macedonias y las legiones romanas.

Así pues, descontando a los miembros del clero, puede aseverarse que todos los varones naturales llegados a América desde los reinos de Castilla durante el período de conquista eran soldados. Antes de atravesar el océano, significativa parte de ellos se habían fogueado en las guerras italianas, bajo el mando general de Gonzalo Fernández de Córdoba, el célebre Gran Capitán. Su procedencia no quedaría reducida  a ninguna región en específico, aun cuando tópicamente suela subrayarse el papel de Extremadura, dada la llamativa cantidad de personajes destacados de origen extremeño, como Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Núñez de Balboa o Pedro de Valdivia. Escribía al respecto González Fernández de Oviedo, primer cronista oficial de las Indias:

 

…aunque eran los que venían vasallos de los reyes de España, ¿quién concertará al vizcaíno con el catalán, que son de tan diferentes provincias y lenguas? ¿Cómo se avendrán el andaluz con el valenciano, y el de Perpiñán con el cordobés, y el aragonés con el guipuzcoano, y el gallego con el castellano, y el asturiano o montañés con el navarro…? 

 

Pero este censo preliminar lejos está de otorgarnos el panorama completo. Deja fuera a las mujeres que arribaron para compartir destino y trabajos con maridos, padres, hijos y hermanos, para al cabo llegar a escribir en muchos casos su propia singular historia: María Toledo en La Española, Beatriz de la Cueva en Guatemala, María Escobar en el Perú, Ana de Ayala en el Amazonas, Isabel de Guevara en el Río de la Plata, Inés Suárez en Chile, Mencía Calderón en Paraguay. Deja fuera también a los extranjeros que arribaron desde prácticamente todos los rincones de Europa, fuera saltándose las normativas o recibiendo permisos especiales: portugueses, franceses, alemanes, holandeses, italianos, ingleses, irlandeses, griegos. Deja fuera el arribo clandestino de moriscos y judíos conversos, buscando nuevos horizontes tras la proscripción de su fe y la pérdida de los bienes peninsulares de sus respectivos pueblos. Deja fuera a los negros, esclavos o libertos, que en el caso específico de la Nueva España habrían sido los responsables de introducir, a través de dos de sus representantes, tanto el virus de la viruela como el cultivo del trigo.

Guardemos silencio por un momento y prestemos atención al viento que llega del oriente, trayendo el eco de todos aquellos rostros, todas aquellas voces, todos aquellos pasos, todos aquellos sueños. No, no es un error geográfico. Los reinos de la península ibérica pretendían alcanzar su propio extremo oriente. Portugal rodeando el África por el sur, Castilla rodeando el mundo por occidente. Pero si tomamos a América como punto de referencia, el extremo oriente comienza justo en la península ibérica, y es Castilla la que queda del lado del mar por donde sale el sol. Ese sol que ilumina, nutre, entibia, orienta y cobija; pero también encandila, calcina, devasta, incendia y seca. Escuchemos pues. Escuchemos en el viento oriental la estela del rumor de esas gentes llegadas desde el lado del mar por donde sale el sol, trayendo con ellas sus esplendores, sus sabidurías, sus hallazgos, sus creencias, sus memorias, sus ilusiones y sus empeños; y también, sí, sus miserias y sus yerros, sus temores y terrores, su oprobio y su cochambre. Como no puede ser de otra manera, donde quiera que el ser humano vaya.


Fotografía: Campesinos de la región de Extremadura en 1936.