sábado, 6 de noviembre de 2010

UN FUEGO HELADO


Ayer viernes fue en Morelia un día muy frío. El día más frío de lo que va de esta mitad del año, hasta donde consigo recordar.
Había ya oscurecido, y estaba yo explicando a mis alumnos las funciones del diálogo teatral, cuando llegaron al teléfono celular las primeras noticias de la ciudad en llamas. ¿Un auto, una casa, una calle, una colonia? ¿La ciudad entera? Traía en la cabeza las endecasílabas ascuas del amor constante de Quevedo, entreveradas con el fuego octosílabo de la Inés de Zorrilla; así que no hice mucho caso.
Cuando salí de mi clase nocturna no advertí nada raro. Para afrontar el gélido camino de regreso me subí el cuello de la chamarra y leyendo me extravié en las cálidas selvas de Borneo. Abordó el camión una muchacha de minifalda a cuadros, tableteada, y calcetas negras hasta la rodilla; su novio le cargaba la mochila y se fueron besando largo rato, con vocación caníbal, en el asiento de junto. Crepitaba la osada piel de los muslos desnudos, crepitaban las manos impacientes, crepitaban buscándose los labios; como las mejores fogatas, como los mejores sueños. Al mirarlos bajar les presentí vocación de motel y les deseé en silencio el más febril de los insomnios, el más abrasador de los naufragios.
Hasta mi celular seguían llegando intermitentes atisbos de la ciudad en llamas. ¿Una balacera, un bombazo, una persecución? El temprano punto de la salida a Quiroga que tuerce hacia mi hogar no ofrecía espectaculares novedades. Una concentración algo más nutrida de lo habitual en la parada del crucero, tránsito vehicular algo menos congestionado de lo habitual para una noche de viernes.
Ya en casa pude reunir con más coherencia los primeros fragmentos de rumor. No daban para mucho todavía. Esperé las noticias. Mientras tanto, llamadas y mensajes precautorios para informar y saber que en el más inmediato radio de calor que el corazón abarca estaban todos bien.
Ninguno de los dos noticieros nacionales mencionó el suceso durante su resumen inicial. Y hubo que recetarse el panegírico presidencial disfrazado de informativo sobre otra balacera en Matamoros, así como los promocionales del grotesco reality show llamado “Iniciativa México”, antes de conocer la reconstrucción preliminar de los hechos completos
Ahora, mientras escribo, no todos los detalles están claros todavía. Y seguro que tampoco ahora, mientras lees. Ni lo estarán mañana. Por falta de datos o por sobra de intereses, por énfasis o por disimulo, por rumor o por silencio, por incredulidad o por fantasía. Pero los detalles no siempre resultan imprescindibles cuando de conocer la verdad se trata.
Mirando esas heladas llamas en la pantalla de la televisión, en el blanco y negro de las páginas del periódico, en los claustrofóbicos debates de internet, me decía, me digo, me diré, que no revelan nada que no supiéramos de antemano. Habitamos una ciudad sitiada, un estado sitiado, un país sitiado.
El viernes por la noche, durante varias horas, nadie podía entrar o salir de Morelia. ¿Estado de excepción? No me parece. Más bien el énfasis dramático de una norma atroz. La capacidad demostrada se limita a evidenciar que el resto del tiempo podemos pasar porque nos dejan pasar. Lo mismo que en Tijuana, Ciudad Juárez, Monterrey o Apatzingán.
No quiero multiplicar páginas amarillas. No quiero sumarme al cómodo, estúpido e insustancial coro de los ciegos corderos que se preguntan por qué a ellos, tan buenos y pacíficos, el azar les depara cosas tan malas y violentas. Aristóteles y Eurípides me enseñaron hace mucho tiempo que sólo estamos realmente perdidos cuando nos abandonamos en manos del terror y de la compasión.
No siento lástima por Morelia. No le temo a Morelia Pero me duele hasta los huesos esta noche de puertas sin salida, esta asfixia meticulosa y delirante, la brújula perversa de esta guerra sin aparente brújula, este fuego que quema y que devora sin sombra de calor. Y me indigna hasta la rabia el modo con que tantos pretenden llamarse a histérica y pública extrañeza, cada vez que una espectacular anomalía viene y desnuda la regla cotidiana de que comen y lucran.