jueves, 12 de agosto de 2021

De rojo barro.

 

Mi abuela Aurora nos acostumbró a eternizar las despedidas.

El momento del adiós era siempre un interminable agitar la mano y mantener vuelta atrás la cabeza, mientras la distancia entre nosotros iba haciéndose cada vez mayor. El juego, el ritual, el acuerdo no escrito, consistía en continuar agitando la mano en tanto consiguiéramos distinguirnos, aunque fuera ya nada más como una minúscula mota en la lejanía. Lo habitual solía ser que el adiós se viera finiquitado por el giro en una esquina, por el trazo de una calle donde una pared o una vidriera procedían a borrarte al otro.

El mismo libreto fijo una y otra vez. Igual si había venido a visitarnos a casa y nosotros la despedíamos desde nuestra ventana. Igual si la visita era nuestra, y había decidido acompañarnos hasta la estación del metro Guerrero, permaneciendo junto a la taquilla mientras nosotros —ya del otro lado de los torniquetes— nos hundíamos en el hueco de las escaleras.

La prenda emblemática de dicho ritual correspondía al momento de separarnos en la puerta exterior de la vecindad de la calle de Mosqueta, casi esquina con Reforma, donde moró durante décadas. Aurora instalada apenas un palmo fuera del zaguán, nimbada a contraluz o iluminada de frente por las blanquecinas lámparas del expendio de revistas usadas que había al lado, según nosotros hubiéramos partido con rumbo oriente o con rumbo poniente. Rumbo al oriente tomábamos por lo habitual hasta mis diez años, para abordar el trolebús en Eje Central; rumbo al poniente nos acostumbramos a dirigirnos en automático cuando, cursando yo quinto de primaria, cambiamos de domicilio y lo conducente se volvió abordar el metro en los aledaños del mercado Martínez de la Torre.

Había un sostenido, claustrofóbico y medio masoquista regusto de tristeza en aquella forma de despedirse. Una opresión en el pecho, no por tenue y transitoria menos significativa. No queríamos que Aurora se borrara a la distancia, no queríamos que su mano agitándose en el aire se desvaneciera. Y al mismo tiempo, siendo todavía niños como lo éramos mis hermanas y yo, el propio camino imponía metro a metro nuevas demandas y curiosidades. Queríamos echar a correr, queríamos jugar, queríamos ganar sitio de privilegio tomando la mano de mi mamá o de mi papá. Queríamos consagrarnos a otros rituales, que el hábito de tantas noches de despedida semejantes había terminado por instaurar complementariamente entre nosotros. Sin contar que mi mamá y mi papá procedían a imponer, perentorios, las necesarias obligaciones que supone saltar de una acera, esquivar unos coches, bajar unos escalones, cruzar una calle, salir a la noche. Y no obstante, un remordimiento de imperdonable traición procedía a cebarse sin apelaciones contra quien se atreviera a ya no volver la mirada atrás, sabiendo que Aurora estaba ahí en su puerta, diciendo adiós.

No quiero banalizar moraleja nada de esto. Se trata de hechos, vivencias, pensamientos y emociones reales. Se trata de la vida y no de un manual; mucho menos de un catecismo. Había que habitar y asumir la contradicción: apechugar la incomodidad y la melancolía que despedirnos de ese modo suponía, abrazando al mismo tiempo la complicidad intrínseca de un juego compartido y bueno. Y ninguno de los factores de la ecuación resultaba negociable.

El más triste de aquellos adioses correspondió en mi caso, sin ningún género de duda, a una víspera de Navidad. Apurando la memoria, casi me siento en condiciones de asegurar que se trató de las vacaciones decembrinas de mis once años. Como siempre que en estos menesteres de la memoria nos internamos, puede ser que esté forzando la geometría del recuerdo para alinear episodios por completo distintos. Pero esas constituyen por su parte las innegociables reglas de juego de la evocación y del testimonio. Así que prosigo, aun cuando sea cargando a cuestas mi sospecha, mi incertidumbre, mi duda. Tal se viene a la vida, tal se va hacia la muerte.

Las vacaciones decembrinas de mis once años fueron en varios sentidos inolvidables. Mis hermanas y yo estábamos preparándonos para la primera comunión, gracias en buena medida al tesón de Aurora. Llevábamos meses asistiendo al catecismo, no en la colonia Narvarte donde vivíamos, sino en la colonia Guerrero. Adscritos específicamente a la iglesia del Sagrado Corazón de María, con sesión matutina todos los sábados y sitio reservado en la misa para niños del domingo. Avecinándose la temporada de Noche Buena, el padre Abel, un párroco al parecer influenciado por la Teología de la Liberación, que procuraba involucrarse activamente con la feligresía desde una perspectiva social, dictaminó cumplimentar las posadas recuperando su estricto  sentido religioso originario, e integrando a todos los grupos de futuros comulgantes que tenía distribuidos por el barrio. Nuestros catequistas, jóvenes estudiantes de preparatoria, impartían “la doctrina” desde sus propios domicilios particulares.

Así que durante los meses anteriores mis hermanas y yo nos habíamos acostumbrado a arribar a casa de Aurora los viernes después de comer, para ser recogidos por mis papás el domingo al mediodía. Apenas iniciarse las vacaciones nos trasladamos para cumplir completa la semana de posadas. Del dieciséis al veintitrés de diciembre concurriríamos a un edificio o una vecindad —cada día diferente— de la colonia Guerrero, encenderíamos nuestras velitas de colores, iniciaríamos procesión, recitaríamos las letanías, cargaríamos los peregrinos, pediríamos asilo en nombre de José y María, rezaríamos las correspondientes oraciones y romperíamos la piñata.

Para mis hermanas y para mí, especial relieve tuvo la posada que se realizó en la vecindad donde moraba Aurora, pues aunque no hubiéramos puesto de nuestro bolsillo ni medio tejocote fungimos de anfitriones; me supo a afrenta no conseguir ser yo quien quebrara la piñata, pese a mis ingentes esfuerzos con el palo de escoba. Pero toda la semana fue de ensueño, pues no sólo nos gustaban los dulces y las frutas, las risas y la alharaca, sino también el misterio religioso. Memorizábamos los versículos mejor que nadie, solíamos ser elegidos para leer la primera o la segunda lectura en la misa de niños del domingo, y poníamos en serios aprietos a nuestras catequistas cada vez que —documentados por el conocimiento adquirido a través de la ópera rock Jesucristo Superestrella— procedíamos a preguntarles si Judas acaso no tendría razón en algunas cosas, si Pilatos había hecho bien o mal al lavarse las manos o si Jesús era susceptible de cometer errores pese a tratarse del Hijo de Dios.

Tal es habitual en el seno de muchísimas familias, llegadas Noche Buena y Noche Vieja, nosotros también las repartíamos equitativa y alternadamente entre abuela materna y abuela paterna. Cada año, una de ambas fiestas la pasábamos con Elena en Tlatelolco, mientras la otra le correspondía a Aurora, ya fuera en su casa o en la nuestra. Ese año de las siete posadas, había querido la logística que la víspera de Navidad tocara en Tlatelolco. Pero además resultó que Aurora no contaría con visita alguna; ni la de mi tío el mayor, quien vivía en la ciudad pero había elegido reservarse igual que nosotros para el día treintaiuno; ni la de mi tía la menor, quien viviendo en Puebla no siempre lograba cuadrar las economías para trasladarse con mis cuatro primas a la capital.

Debo aclarar que semejante situación no era en modo alguno anómala, y que seguro se había repetido delante mismo de mis infantiles narices con anterioridad, careciendo hasta ahí de enfáticos relieves de cara al futuro; sumándose anónima en todo caso a las infinitas ocasiones acumuladas desde mi más temprana infancia, durante las cuales la hora de decirle adiós a Aurora me entristecía el corazón y me hacía desear quedarme con ella.

 Aunque a veces mi tío el mayor eligiera para pasar con Aurora la fiesta decembrina donde nosotros no estaríamos, resultaba habitual que optara justo por lo contrario. La presencia de mi tía la menor en la capital hacía tiempo se había convertido en una excepción sin periodicidad agendable. Y en cuanto a “El Señor”, ese hombre con familia aparte que fungía como sui generis pareja de Aurora desde hacía ya muchísimo tiempo, sus desplantes de generosidad jamás podían predecirse; igual anunciaba que pasaría una de ambas efemérides con ella, llevándole comida china de algún restaurante de la calle de Dolores, igual no mencionaba media palabra ni se aparecía en toda la quincena.

El detalle singularizador supongo fue que aquella vez Aurora no sólo se me aparecía en el pecho y los sentidos como  mi memoria y mi patria más festiva, ni como el continente esencial de mis ensueños más perdurables, ni como la inagotable fuente de mis mejores juegos y mis mejores risas. Aurora se me aparecía en específico como la santa patrona de esos siete días, como la estampa dominante de esas vacaciones en compañía de mis hermanas. Y se me aparecía, por encima de todo, como el eco jubiloso pero a la vez incómodo de las palabras del padre Abel, al repetirnos que las posadas no debían mirarse sólo como una fiesta, sino como un ciclo de peregrinación para cumplirlo completo en homenaje a José y María, coronándolo con el nacimiento del Niño la noche del veinticuatro. Nosotros habíamos cumplido el ciclo completo por Aurora, con Aurora, gracias a Aurora, merced a Aurora. No sólo durante las posadas propiamente dichas, sino de la mañana a la noche. Desde el despertar entre el inconfundible olor de sus cobijas y el náutico rechinar de su colchón, hasta el bolillo nocturno remojado en la taza de café con leche, pasando por las correrías en su azotehuela, la cotidiana y ritual ida al mercado, el peso o el tostón para ir a intercambiar revistas en el expendio de junto, la negrura impenetrable de su recámara a la hora de dormir. Nosotros, pues, habíamos cumplido el ciclo gracias a Aurora, pero nos iríamos a coronarlo en otro sitio, mientras ella se quedaba a pasar la Noche Buena sola.

Sé comprenderá entonces que —ya a la intemperie, ya con Mosqueta anochecida, mientras avanzábamos rumbo al oriente para abordar el trolebús o el Ruta 100 encargado de conducirnos hasta Tlatelolco— el juego de despedirnos de Aurora agitando infinitamente la mano con la cabeza vuelta hacia atrás, resultara aquella vez para mí peculiarmente doloroso y amargo.

Siendo muy pequeño, tanto que el recuerdo en este caso no alcanza a contemplar todavía dentro de su marco a ninguna de mis tres hermanas, mi mamá y Aurora se habían encargado de incorporar a mi primera relación con las palabras varias coplas de sencillos versos. Coplas entonces habituales en los arrullos de muchísimos hogares. El lindo pescadito, la luna que se cayó en la laguna, el pon pon papas, los tomatitos del puré Del Fuerte. Una de tales coplas rezaba: “jarrito de rojo barro / donde tomo mi café; / te quiero mucho, jarrito, / que nunca te romperé”.  Yo casi de inmediato la había modificado en homenaje a Aurora: “abuelita de rojo barro / donde tomo mi café; / te quiero mucho, abuelita, / que nunca te romperé”.

Aquella víspera de Navidad, avanzando por Mosqueta rumbo a Reforma Norte, mientras Aurora y su mano diciendo adiós iban haciéndose más y más pequeñas entre las sombras y la distancia, dichos versos no cesaban de venir a mi cabeza. Por cursi y tremendista que así expresado suene, sentía que estaba faltando al pacto, al juramento. Yo estaba rompiendo a mi abuelita. Y refrenaba el impulso de volver sobre mis pasos, de decirles a mis papás que mejor me quedaba, de volver llanto franco la mustia lágrima que daba en amagarse en la esquina de mis ojos. Nadie hubiera entendido. Si llevaba siete días al lado de ella, si íbamos a pasar juntos la fiesta de Año Nuevo, si en Tlatelolco estaban aguardándome mi primo más querido, regalos, juegos, risas. Nadie hubiera entendido que yo cambiara todo eso por el café con leche y la negrura omnipotente entre las cobijas de Aurora. Nadie lo entendió creo que jamás.

Así que continué caminando en silencio, mezclando la tristeza con la rabia. Rabia no contra los otros, sino contra mí. Porque al final de las cuentas Aurora acabaría borrándose sin reparación posible a la vuelta de la siguiente esquina. Y yo, sobreponiéndome a la melancolía en dos o tres cuadras, acabaría por ajustar mi paso al ritmo de la carrera de mis hermanas. Y comenzaría a interesarme por el regalo (un suéter, un par de playeras, una alcancía) que estaba aguardándome en Tlatelolco. Y conjeturaría al lado de mis papás cuáles tíos iban a asistir y cuáles no. Y a la postre me la pasaría muy bien, jugando con mis primos, extraviándome entre multitud de invitados, enamorándome de niñas que eran mis parientes pero a las que no conocía, cenando con abundancia.

Y la noche y la fiesta y diciembre seguirían. Lo mismo que sigue siempre, implacable, la vida. Edificándose sobre nuestro olvido, sosteniéndose sobre los restos de todos nuestros jarros de rojo barro reducidos a polvo. Sin importar cuánto sigamos agitando la mano desde la distancia, en impotente ademán de prestidigitación por volver a unir sus pedacitos.

sábado, 17 de julio de 2021

Memorias de Casanova.

 

A Ivonne

Debía yo tener cosa de veinte años cuando vi por primera vez la película Casanova de Federico Fellini. Una de esas multitudinarias sesiones de videocasetera VHS ante el televisor durante las cuales, en compañía de mis hermanas y un puñado de amigos, íbamos  abriendo los ojos y el alma a inéditos horizontes de mirada, bajo la capitanía de Tarkovski, Wenders, Bergman, Visconti, Godard, Kurosawa, Scorsese, Greenaway, Szabó…

Sin duda, en aquel momento mis impresiones debieron privilegiar la carnavalesca franqueza erótica de diversos episodios de la cinta. Aunque ya desde ahí—y con cada vez mayor énfasis al transcurrir las revisitas y los lustros— entre mis estampas predilectas hubo que anotar también todos sus melancólicos pasajes presididos por la bruma. A la postre, Casanova de Fellini se resume en mi sentimiento y mi memoria como aquel canal veneciano por el que se desliza la góndola de una languidísima y sonriente dama. Aquel enorme cadáver de ballena a manera de carpa principal en el centro de la Feria de Ningunaparte. Aquella colección de muñecas de la giganta luchadora. Aquel enjambre de candelabros descendiendo en la sala de un teatro, a la espera de ser apagados tras la función. La final y tétrica transfiguración del protagonista en autómata de caja de música.

Pero Casanova de Fellini fue por encima de todo para nosotros, desde el primer día, cierta melodía que aparece y desaparece cada tanto por aquí y por allá en diversas escenas, entonada por algún personaje o recuperada en alas de algún instrumento a manera de música de fondo. Y cuando digo “para nosotros”, no me refiero a todas las personas que hayan podido estar presentes durante aquella remota sesión de cineclub doméstico, sino en concreto a mi hermana la menor y a mí. Ambos quedamos prendados de la melodía, y durante unos pocos días pudimos atesorar entre ambos el frágil hilo de sus notas. Al cabo terminó sin embargo extraviándosenos, sin verosímil restauración a la vista.

Eran otros tiempos. Las cosas no quedaban a un clic de distancia. Para recuperar la tonada perdida habría sido necesario no sólo volver a rentar la película en el videoclub y tomar nota de sus créditos. Habríamos tenido que aguardar la próxima visita a la Ciudad de México y hacer una escala en la mítica Sala Margolín de la Colonia Roma, única tienda de discos conocida por nosotros donde acaso por milagrosa ventura se encontraría disponible el correspondiente soundtrack (sin duda importado y carísimo). Demasiado esmero para un sutil motivo musical que nos había seducido de modo tan contingente y tan por completo irresponsable.

De entonces a la fecha, debo haber visto Casanova tres o cuatro veces más. Recuperando intacto, al escuchar la tonadilla a la que aludo, el mismo embrujo de aquella lejana tarde de principios de los años noventa, aunque mi hermana la menor ya no haya estado presente en ninguna de las nuevas sesiones para compartirlo conmigo. A su turno, cada una de tales veces me dije que ahora sí anotaría la referencia musical, ahora sí retendría en mi memoria la tonada, ahora sí empecinaría esfuerzos tratando de agenciármela de modo definitivo a través de alguna grabación. Para atesorarla conmigo, para compartírsela a mi hermana. Pero ni anoté, ni retuve, ni empeciné. Casanova no es una de mis películas favoritas. Vamos, Casanova no es ni siquiera la película de Fellini que más me gusta, y antes de ella tendría que anteponer una lista no frugal: Ocho y medio, Amarcord, La Strada, Y la Nave va, Ginger y Fred… De hecho, en términos fílmicos mi Casanova favorito tampoco es el que ahí encarna Donald Sutherland, sino el magistralmente inmortalizado por Marcello Mastroianni en La noche de Varennes de Ettore Scola.

Así que cualquier ulterior reencuentro entre la tonada y yo, propiciado sin duda por la elección de determinada escena de la película para ilustrar algún tema en clase de Literatura o en taller de Teatro, parecía predestinado a repetir la misma suerte. El perentorio llamado de sus notas, sin importar cuán íntimo y punzante en cada nueva oportunidad, resultaba demasiado tenue. Uno de esos llamados que se quedan eternos, pronunciando tu nombre por detrás de la oreja, pero los cuales sólo consigues recobrar cada tanto por azar de determinados silencios. Y que se van postergando sin querer siempre para después, siempre para después. Hasta que sobreviene ese silencio inevitable de las horas postreras, y es sin apelaciones ya demasiado tarde.

Quisieron no obstante el silencio, el azar y el destino que esta vez las cosas sucedieran de forma diferente. Que esa tonada (su llamado calladito por detrás de mi oreja) y yo, nos reencontráramos fuera de las coordenadas habituales de la agenda de nuestra historia en común. Y que procediera por fin a rastrearla, sin que ello supusiera acallar ni domesticar su misterio, sino antes bien prolongarlo en ondas concéntricas e infinitas, como acostumbra siempre suceder tratándose de este tipo de casos.

Durante las últimas semanas he estado preparando el terreno para internarme en el estudio de la obra dramática de Luigi Pirandello. Un documental sobre el Risorgimento italiano por aquí, algunos textos sobre la crisis del Yo al arrancar el siglo XX por allá, mucha historia de Sicilia, apuntes diversos de Leonardo Sciascia en el primer centenario de su nacimiento.

Como parte de dicha empresa, una de estas tardes me puse a mirar en la pantalla de la computadora cuadros del maestro —renacentista y siciliano—  Antonello da Messina. A fin de hurtarme de las estridencias reguetoneras del departamento de junto, busqué algo para escuchar con los audífonos en youtube. Aclaro que habitualmente no me molestan las estridencias reguetoneras del departamento de junto, con el cual mantenemos una relación cordial, civilizada, así como unos usos decibélicos y horarios mutuamente habitables. Pero el reguetón de fondo no me resultaba lo más adecuado para internarme con propiedad en el universo pictórico de Antonello. Así que localicé un álbum de música medieval siciliana, y continué mirando.

Como una dulcísima cuchillada recibida a traición (no por cuchillada menos dulcísima, no por dulcísima menos cuchillada), comenzó a sonar en un momento dado la tonadilla aquella del Casanova de Fellini. No por supuesto en la versión que muestra la película, sino como leitmotiv solista de una remota flauta, quién sabe si heredada de los árabes o de los bizantinos. Sólo que, en ese instante justo, la tonadilla inesperadamente recobrada carecía de cualquier relación con las sucesivas ocupaciones imperiales en suelo siciliano, con Casanova y hasta con Fellini. La tonadilla había pasado a ser en exclusiva mi lejana hermana vuelta melodía, el eco de su ausencia espesándose niebla en torno a mí, el pulso de la atlántica distancia entre nosotros

Dejé de lado a Antonello da Messina. Aprovechando las ventajas que en materia de acopio documental nos brinda la era de internet, tras unos minutos había dado con el soundtrack de la película de Fellini en general y con el esquivo tema de mis desvelos en particular.

El soundtrack, como norma de principio a fin dentro de la filmografía del realizador italiano, era obra del compositor Nino Rota. En cuanto a la melodía que nos enamorara a mi hermana y a mí, ya he dicho que aparece y desaparece en varias oportunidades a lo largo de la cinta. Pero sin duda su momento estelar, el que por sí mismo ganó nuestro incondicional favor, corresponde al remate del episodio con La Giganta.

Casanova, abandonado en un camino anónimo y lejos de todo, primero advierte a la Giganta inmensa y solitaria a la orilla del mar. Después es derrotado por ella en una pulseada tabernera. Enseguida asiste a un completo despliegue de sus dotes de combatiente en una suerte de silo de cuerdas a manera de jaula, donde hace sucumbir a un buen número de rivales masculinos sin apenas despeinarse. Por último, la pareja de enanos que la invicta dama tiene por compañeros y sirvientes, permite que Casanova espíe furtivo, a cambio de unas monedas, la tienda donde se aloja; la Giganta se comporta ahí dentro como la más frágil e inocente de las niñas. Culmina la peripecia con la Giganta bañándose dentro de un tonel en compañía de los dos enanos, mientras canta:


 Pin penin, Valentin, pan e vin.

Pin pedin, Valentin, fureghin.

La xe le vogie i caprissi de chea 

che ayer la gera, la gera putea.

 

 Casanova se adormece arrullado por aquellos versos, que en boca de la Giganta tienen casi tanto de canción de cuna como de ronda infantil y de encantamiento brujeril. Cuando despierta, Giganta, enanos y tienda han desaparecido. Como si se hubiese tratado de una fantasmagoría, una quimera, un sueño.

Merced a los recursos de la red virtual, tampoco me fue demasiado difícil dar con la letra de la canción. Otro cuento en cambio resultó tratar de desentrañar el significado de sus versos. Aún cuando yo hubiera dado con la melodía en un compendio de antigua música de Sicilia, resultó que la copla no estaba escrita en siciliano, sino en véneto, la lengua propia de la vasta región donde se halla ubicada Venecia. Y que Pin Penin es un juego de palabras ampliamente extendido en esa región, equivalente según creo entender a nuestro De Tin Marín De Do Pingüé.

De niña, a la hora de dirimir reparticiones en los juegos, mi hermana la menor no solía echar mano del De Tin Marín, sino de otra cantilena perteneciente a la misma progenie: “zapatito blanco, zapatito azul, dime cuántos años tienes tú”. Todavía la última vez que las distancias nos permitieron pasar juntos un cumpleaños, se valió de ella para formar las parejas de algún juego de mesa entre abuela, hijos y nietos, exasperándonos risueñamente por su personal versión de la cantilena, ampliada hasta lo interminable.

De acuerdo con las pesquisas internáuticas que yo por mi parte continué, y que a cada paso amagaban ellas también ampliarse hasta lo interminable, los versos de Pin Penin que aparecen y desaparecen a lo largo del Casanova de Fellini no fueron extraídos de la tradición popular, sino que fueron escritos expresamente para la cinta por el poeta Andrea Zanzotto.

Hasta donde recuerdo, de Zanzotto no había tenido hasta ese momento noticia alguna en mi vida. Me bastó una somera navegación por media docena de sitios web, para entender que muchos le consideran el poeta italiano más importante de la segunda mitad del siglo XX. Y para sentirme profundamente avergonzado. Yo que me digo lector de poesía. Yo que hasta a veces condesciendo a considerarme poeta.

La vergüenza dio paso al alborozo cuando seguí navegando y comencé a toparme con algunos poemas de Zanzotto, así como con un conmovedor apunte autobiográfico suyo en prosa. Palabras mayores, Zanzotto. Uno de esos Maestros a quienes les descubres la enormidad humilde y la insondable hondura a las primeras líneas. Y como además resultaba que aquella no había sido su única colaboración con Fellini, las razones para comenzar a amarlo se multiplicaron de inmediato.

¿Y la vergüenza por tan penosa laguna formativa e informativa? Diluida en la alcantarilla de los egos inútiles. Nadie lo sabe todo. Nadie nunca jamás podrá saberlo todo. A la voluntad por conocer, a la curiosidad por saber, hay que saber acompasarla según las impredecibles vueltas con que el azar nos vuelve prendas de su propio Pin Penin, su propio Tín Marín, su propio Zapatito Blanco.

Unos días antes de que cierta música de reguetón en el departamento de al lado me llevara a recobrar más allá de toda expectativa la canción de la Giganta, y a descubrir por semejante sendero la poesía de Andrea Zanzotto, mi hermana la menor había tenido oportunidad de caminar un rato por Venecia. La Venecia donde Casanova nació. La Venecia cuya cercanía le permitió a Zanzotto volverse un poeta universal sin tener que abandonar su pueblo natal.

Cierro los ojos y puedo imaginar a mi hermana inserta en cualquiera de los pasajes venecianos de la película de Fellini, tarareando la tonadilla de la Giganta, rescatando un volumen de poemas de Andrea Zanzotto en un tenderete de libros, contemplando su propio rostro reflejado en el agua de todos los canales. Yo, mientras tanto, me preparo para poner punto final a este texto y armarle un paquete virtual que incluya también las versiones del soundtrack de Nino Rota y del álbum de música medieval siciliana. Con la misma disposición inexpresable con que hace una eternidad (antes de las sesiones VHS ante la videocasetera, antes de que llegara el reguetón, antes de que desapareciera la Sala Margolín) iba a poner en el buzón la carta recién escrita que ella abriría en Guadalajara.

El rostro que devuelve el reflejo en el agua del canal es el mismo y es otro. El suyo, el mío. Entonces, hoy. Zapatito blanco, zapatito azul, dime cuántos años tienes tú. Bien claro lo está diciendo ahora mismo en nuestro oído la voz de la Giganta, recobrada de aquí y ya para siempre:


 La xe le vogie i caprissi de chea 

che ayer la gera, la gera putea.

 

Lo que en castellano viene a resultar más o menos:


Son los deseos, caprichos de aquella,

de aquella que ayer una niña era.



[Para las piezas musicales aquí mencionadas: Playlist Pin Penin]

 

sábado, 10 de julio de 2021

El tiempo futuro.

El futuro que realmente contaba hasta antes de cumplir los doce años, al menos para mí, era siempre un futuro de corto plazo. Un futuro cuyas promisorias virtudes tenían menos que ver con la novedad que con la perspectiva de una ansiada reiteración: el próximo fin de semana, la próxima Navidad, el próximo cumpleaños, el próximo Día de Reyes. La próxima vez.

Me estoy refiriendo hasta aquí, por supuesto, sólo a los filones venturosos de dicha noción de futuro. Pero tampoco creo que, en el lado oscuro de la luna, las opciones oprobiosas de inmediato porvenir quedaran configuradas de forma demasiado distinta. Se trataba de la misma exacta lógica, sólo que en negativo: la próxima nalgada, la próxima serie de inyecciones de penicilina para aliviarme la inflamación de anginas, el próximo pleito entre mis padres, la próxima derrota del Atlante.

No quiero decir que no existiese para mí una noción de futuro con más amplia magnitud y dilatado plazo. Pero como era una noción que me resultaba por demás difusa, y en esa misma medida harto atemorizante, la verdad es que prefería no frecuentarla. Entender que habría un mañana donde yo, tal como me concebía, no sería más yo (y sin embargo al mismo tiempo no dejaría de ser yo) me llenaba los ojos de metafísicas lágrimas, durante mis entonces escasísimos lapsos de insomnio. Maldecía en silencio a ese extraño en el que sin remedio habría de convertirme, que ya no viviría bajo el mismo techo con sus hermanas y sus padres, ni jugaría con los juguetes con que me gustaba jugar, ni estaría enamorado de la niña a quien en ese momento me encontraba dispuesto a consagrarle mi amor para toda la eternidad. Maldecía, pues, básicamente, a este que soy ahora.

Y no es que me halle en posibilidad de rebatirle al niño aquel ninguna de sus furibundas impugnaciones. Tenía razón. En cada una de ellas tenía razón. Si pervive en algún inconcebible cruce del tiempo y del espacio, espero le sirva de vengativo consuelo saber que no dispongo ya de ninguna de sus potestades y mercedes en materia de futuro.

Sigo, sí, anticipando con alborozo los festines de corto plazo y padeciendo las zozobras propias de toda inminencia no grata. Pero el futuro se ha convertido sobre todo para mí en esa inconmensurable magnitud de plazo largo, proyectándonos a todos en pos de nadie sabe qué. Será que se llega un momento en el cual la palabra mañana deja de ser ese vasto cúmulo de singulares islas, que había que ir saltando de una en una sin excesiva preocupación por el conjunto de la travesía, y pasa a volverse una masa continental tan compacta como insondable, de la que comprendes que no podrás hurtarte: una apretada espesura en la que sin remedio te tendrás que internar.

Estando ya no me acuerdo si en cuarto o quinto de primaria, las autoridades federales convocaron a todos los estudiantes de nivel básico en el país, para escribirle una carta a un niño del año dos mil. Al menos en mi clase, el asunto no se declaró obligatorio, sino a personal decisión de quienes quisieran participar. Yo, siempre dispuesto a enaltecerme frente a los ojos maternos —antes incluso de haber acumulado el menor mérito que permitiera sustentar tal enaltecimiento— llegué a casa proclamando que participaría.

Escribiría mi carta para el niño del año dos mil, mi maestra la seleccionaría para representar a mi grupo, la dirección la seleccionaría para representar a mi escuela, el inspector la seleccionaría para representar a mi zona escolar. Y por qué no contemplar verosímil la alternativa de que me hiciera acreedor al primer premio (la verdad no recuerdo ya en qué consistía), en virtud del talento y la sensibilidad tantas veces encomiados por la gente de mi estima.

Faltaban un par de semanas para el cierre de la convocatoria, y yo podía consagrarme a soñar despierto con el día en que subiría al estrado para estrechar la mano del Secretario de Educación, o quién sabe si hasta del Presidente de la República, entre los aplausos de la multitud que asistiría al evento, y sobre los cuales destacarían tanto los vítores de mi mamá como la devoción orgullosa de la niña de quien estaba enamorado. Versión infantil modelo años setenta de cierto recurrente espécimen en torno a todos los certámenes literarios (pasados, presentes y futuros), huelga decir que yo conjeturaba cada una de esas triunfales estampas sin haber escrito una sola línea.

Día tras día y hora tras hora, puntual  aparecía algún buen motivo para diferir la escritura de la carta que me haría famoso. Jugar con mi hermana la segunda, releer por enésima oportunidad algún ejemplar de mi siempre inestable colección de historietas de El Hombre Araña o Los Vengadores, ver las caricaturas o no hacer nada. A fin de cuentas, redactar mi misiva para el niño del año dos mil iba a ser cosa de una sentada, y sin duda de breves minutos. No tenía la menor idea de lo que iría a escribir, pero podía sentir que las palabras iban a brotar espontáneas, inspiradas y sin ningún esfuerzo, cuando llegara el momento.

Conforme la fecha de entrega fue acercándose —para seguir con esto de los certámenes literarios y los perfiles prototípicos que los sustentan— mi disposición anímica comenzó gradualmente a variar. No que renunciara yo a los ensueños de gloria. Todo lo contrario. Volver a imaginar la apoteótica ceremonia de mi premiación me permitía incorporar las reacciones admirativas de mis compañeros de clase, de los alumnos de otros salones, de los profesores de mi escuela, de mis tíos y primos; y hasta conjeturar beneficios suplementarios: por ejemplo, recibir toda suerte de regalos como consecuencia del entusiasmo que provocaría mi triunfo. Pero la material escritura de mi carta consagratoria daba ya en aparecérseme más bajo la especie de molesta obligación que bajo la de indoloro trámite. Me quedaba bien claro que no había escrito nada, y que cada día transcurrido disminuía mi margen de plácida holgura, para transmutarla presión exasperante.

Ya más de un lector se considerará a estas alturas en condiciones de anticipar el desenlace de la fábula. A fin de cuentas, la participación en el concurso aquel no era obligatoria. Y mirándolo bien, ¿no resultaba medio tonto eso de andarle escribiendo cartas a alguien que todavía no nacía? Siendo sinceros, tampoco es que estuviera yo muriéndome de ganas por estrechar la mano del Secretario de Educación Pública. Sin contar el montón de presumidos, ególatras y megalómanos con que debe uno codearse cuando accede a figurar como postulante para la obtención de cualquier medalla. Total, si para el año siguiente volvían a abrir la convocatoria, podría prepararme ahora sí con más tiempo para escribir mi carta. Al llegar el viernes previo al lunes en que los interesados debían entregarle su texto a la maestra, yo había decidido ya, con ecuánime madurez, renunciar a la contienda. Que otros disputaran por el vano oropel de los honores y los premios.

Sin embargo, el previsible, conocido, habitual ciclo de dicha fábula, no contaba con mi mamá. Quien no sólo se tomaba tremendamente a pecho las obligaciones filiales en materia de compromiso escolar y palabra empeñada. Sino quien, para mi mayor desgracia, había considerado desde siempre admirable el modo en que (según la leyenda, y según la película Mexicanos al grito de guerra con Pedro Infante) la mujer de Francisco González Bocanegra encerró bajo llave a su desidioso marido, para obligarlo a redactar la letra del Himno Nacional. El domingo, pasada ya la hora de la comida, me preguntó cuándo había que entregar la carta para el niño del año dos mil, y si ya la tenía yo lista. Con mi expresión más flemática y mundana, le informé que había que entregarla al día siguiente, pero que no se preocupara, porque había decidido no participar.

Ese es el problema con el futuro. Acaba por llegar siempre. Sea que se trate de la siguiente semana, del vencimiento de la convocatoria, de las canas en el bigote o del año dos mil. Y no va a tratarse nunca, por venturoso u oprobioso que resulte, de lo que hubieres (futuro de subjuntivo) querido o temido que fuera: sino simple y llanamente de lo que toca que sea, de lo que tenía que ser. La tarde de aquel domingo me tocó a mí consagrarla, íntegra, bajo amenaza de no irme a dormir hasta que no terminara, a la escritura de mi carta para el niño del año dos mil.

¿Año dos mil? Vaya una instancia inconcebible. Para entonces iba yo a tener casi treinta años. ¿Cómo podía imaginar eso? Ni siquiera mis papás habían cumplido todavía treinta años. El futuro, como esa dimensión ignota, monumental y abstrusa, a propósito de la cual sólo puede hablarse en los términos más imprecisos, había venido a plantarse delante de mí con la exigencia de perfilarlo mediante palabras y frases bien concretas, hechas de tinta sobre papel, y sin que para ello me viera yo espoleado por ninguna entusiasta expectativa, ni por ningún espantado presentimiento, sino por la más tediosa obligatoriedad.

Mi mamá conserva todavía por ahí la carta. Como suele suceder en estos casos, al esforzarme por escribir algo, siendo que no tenía voluntad alguna de escribir, acabé refugiándome en la más generosa de las patrias: el convencional repertorio de los lugares comunes; en el año dos mil no habría guerras ni contaminación. No obstante, el sentido utópico de la infancia resulta algo radical, propicio para fundirse sin ninguna manifiesta intención con lo apocalíptico. En un momento dado, pasaba yo a profetizar que para esa fecha todos los automóviles habrían sido destruidos, sin que me importara en lo más mínimo de qué medios iban a valerse las personas para trasladarse. Los automóviles del mundo quedarían inhabilitados, y se les trasladaría a una especie de monumental tablajería industrial para verse aplastados uno a uno, lo mismo que bistecs. Con el cúmulo de hojas de metal multicolor resultantes se construiría una flor inmensa, en torno de la cual todos los niños del año dos mil bailarían una ronda, tomados de la mano.

Mi imaginación adulta, merced a sus atrofias y a su acumulado aprendizaje literario en materia de verosimilitud cuantitativa, es incapaz de figurarse el aspecto que podría tener una flor confeccionada a partir del aplanamiento de todos los automóviles de la Tierra. Y se pregunta cómo diablos concibió probable el niño que fui, organizar a los miles de millones de menores de edad que habitarían el orbe para una ronda, siendo que día tras día le tocaba atestiguar y protagonizar el imposible de sus treinta o cuarenta compañeros de grupo en el patio, tratando de no romper la fila y de tomar distancia como indicaba la maestra. Tanto la monumental flor de automóviles reciclados, como el masivo círculo de infantes tomados de la mano alrededor de ella, quedan en extravagante galimatías metafórico: lo más cerca que me he aproximado, y conseguiré aproximarme jamás, a los herméticos delirios de San Juan en Patmos.

Tampoco es que importe demasiado esclarecer visualmente la metáfora. Los niños del año dos mil son hoy, en un alto porcentaje, adultos cerca de cumplir treinta años. Los mismos treinta años que mis padres no habían entonces todavía cumplido. Los mismos treinta años que consideraba tan inaccesibles  y distantes para mí, y cuyo umbral sin embargo traspuse hace ya tanto.

Pero no es la inquietud del tiempo dándole implacable y concéntrico alcance a todos sus augurios, lo que ahora, cerca de rematar ya estas líneas, solicita mi curiosidad y mi atención, sino antes bien cierto detalle en el que sólo ahora reparo, por absurdo que pueda parecer. Y es que, si mi mamá conserva hasta hoy la carta que escribiera yo en cuarto o quinto de primaria para el niño del año dos mil, significa que dicha carta no llegó a verse incorporada jamás a los canales burocráticos de las dependencias de gobierno patrocinadoras del certamen.

Mi memoria quiere delinear, como entre neblina, la siguiente escena: mi maestra, responsable de la primera, preliminar selección al interior del grupo, elige los textos de otros compañeros y no el mío. Aunque tampoco resultaría del todo inverosímil la hipótesis de mi mamá, conmovida hasta las lágrimas por la flor de automóviles y la multitudinaria ronda infantil, y decidiendo conservar la carta para sí.

Menos mal que me hice escritor. Conozco el arduo, esmerado y poco espectacular esfuerzo indispensable para considerar (siempre que conserves un mínimo sentido de decencia y autocrítica) que un texto tuyo amerita la atención ajena. Sé hasta qué punto los esquivos y equívocos laureles de la gloria literaria obedecen a factores por completo ajenos a la voluntad del ilusionado postulante, y que entre ellos el azar y la suerte no son los menores ni los menos habituales. Y entiendo que, a menos que estés dispuesto a hipotecar significativa parte de tu tiempo y tu hígado en las relaciones públicas, ante los certámenes literarios es menester situarse, por básica salud mental y emotiva, con la misma humilde disposición del hombre que semana tras semana compra su cachito de lotería aunque no se haya ganado nada (como no sea algún reintegro).

De lo contrario, ya estaría en este momento maldiciendo a mi maestra y a mi mamá, como funestas responsables de que no ganara yo el concurso aquel.


Imagen: Escena de la película Our Hospitality (1923). Escrita, dirigida y protagonizada por Buster Keaton.