sábado, 17 de julio de 2021

Memorias de Casanova.

 

A Ivonne

Debía yo tener cosa de veinte años cuando vi por primera vez la película Casanova de Federico Fellini. Una de esas multitudinarias sesiones de videocasetera VHS ante el televisor durante las cuales, en compañía de mis hermanas y un puñado de amigos, íbamos  abriendo los ojos y el alma a inéditos horizontes de mirada, bajo la capitanía de Tarkovski, Wenders, Bergman, Visconti, Godard, Kurosawa, Scorsese, Greenaway, Szabó…

Sin duda, en aquel momento mis impresiones debieron privilegiar la carnavalesca franqueza erótica de diversos episodios de la cinta. Aunque ya desde ahí—y con cada vez mayor énfasis al transcurrir las revisitas y los lustros— entre mis estampas predilectas hubo que anotar también todos sus melancólicos pasajes presididos por la bruma. A la postre, Casanova de Fellini se resume en mi sentimiento y mi memoria como aquel canal veneciano por el que se desliza la góndola de una languidísima y sonriente dama. Aquel enorme cadáver de ballena a manera de carpa principal en el centro de la Feria de Ningunaparte. Aquella colección de muñecas de la giganta luchadora. Aquel enjambre de candelabros descendiendo en la sala de un teatro, a la espera de ser apagados tras la función. La final y tétrica transfiguración del protagonista en autómata de caja de música.

Pero Casanova de Fellini fue por encima de todo para nosotros, desde el primer día, cierta melodía que aparece y desaparece cada tanto por aquí y por allá en diversas escenas, entonada por algún personaje o recuperada en alas de algún instrumento a manera de música de fondo. Y cuando digo “para nosotros”, no me refiero a todas las personas que hayan podido estar presentes durante aquella remota sesión de cineclub doméstico, sino en concreto a mi hermana la menor y a mí. Ambos quedamos prendados de la melodía, y durante unos pocos días pudimos atesorar entre ambos el frágil hilo de sus notas. Al cabo terminó sin embargo extraviándosenos, sin verosímil restauración a la vista.

Eran otros tiempos. Las cosas no quedaban a un clic de distancia. Para recuperar la tonada perdida habría sido necesario no sólo volver a rentar la película en el videoclub y tomar nota de sus créditos. Habríamos tenido que aguardar la próxima visita a la Ciudad de México y hacer una escala en la mítica Sala Margolín de la Colonia Roma, única tienda de discos conocida por nosotros donde acaso por milagrosa ventura se encontraría disponible el correspondiente soundtrack (sin duda importado y carísimo). Demasiado esmero para un sutil motivo musical que nos había seducido de modo tan contingente y tan por completo irresponsable.

De entonces a la fecha, debo haber visto Casanova tres o cuatro veces más. Recuperando intacto, al escuchar la tonadilla a la que aludo, el mismo embrujo de aquella lejana tarde de principios de los años noventa, aunque mi hermana la menor ya no haya estado presente en ninguna de las nuevas sesiones para compartirlo conmigo. A su turno, cada una de tales veces me dije que ahora sí anotaría la referencia musical, ahora sí retendría en mi memoria la tonada, ahora sí empecinaría esfuerzos tratando de agenciármela de modo definitivo a través de alguna grabación. Para atesorarla conmigo, para compartírsela a mi hermana. Pero ni anoté, ni retuve, ni empeciné. Casanova no es una de mis películas favoritas. Vamos, Casanova no es ni siquiera la película de Fellini que más me gusta, y antes de ella tendría que anteponer una lista no frugal: Ocho y medio, Amarcord, La Strada, Y la Nave va, Ginger y Fred… De hecho, en términos fílmicos mi Casanova favorito tampoco es el que ahí encarna Donald Sutherland, sino el magistralmente inmortalizado por Marcello Mastroianni en La noche de Varennes de Ettore Scola.

Así que cualquier ulterior reencuentro entre la tonada y yo, propiciado sin duda por la elección de determinada escena de la película para ilustrar algún tema en clase de Literatura o en taller de Teatro, parecía predestinado a repetir la misma suerte. El perentorio llamado de sus notas, sin importar cuán íntimo y punzante en cada nueva oportunidad, resultaba demasiado tenue. Uno de esos llamados que se quedan eternos, pronunciando tu nombre por detrás de la oreja, pero los cuales sólo consigues recobrar cada tanto por azar de determinados silencios. Y que se van postergando sin querer siempre para después, siempre para después. Hasta que sobreviene ese silencio inevitable de las horas postreras, y es sin apelaciones ya demasiado tarde.

Quisieron no obstante el silencio, el azar y el destino que esta vez las cosas sucedieran de forma diferente. Que esa tonada (su llamado calladito por detrás de mi oreja) y yo, nos reencontráramos fuera de las coordenadas habituales de la agenda de nuestra historia en común. Y que procediera por fin a rastrearla, sin que ello supusiera acallar ni domesticar su misterio, sino antes bien prolongarlo en ondas concéntricas e infinitas, como acostumbra siempre suceder tratándose de este tipo de casos.

Durante las últimas semanas he estado preparando el terreno para internarme en el estudio de la obra dramática de Luigi Pirandello. Un documental sobre el Risorgimento italiano por aquí, algunos textos sobre la crisis del Yo al arrancar el siglo XX por allá, mucha historia de Sicilia, apuntes diversos de Leonardo Sciascia en el primer centenario de su nacimiento.

Como parte de dicha empresa, una de estas tardes me puse a mirar en la pantalla de la computadora cuadros del maestro —renacentista y siciliano—  Antonello da Messina. A fin de hurtarme de las estridencias reguetoneras del departamento de junto, busqué algo para escuchar con los audífonos en youtube. Aclaro que habitualmente no me molestan las estridencias reguetoneras del departamento de junto, con el cual mantenemos una relación cordial, civilizada, así como unos usos decibélicos y horarios mutuamente habitables. Pero el reguetón de fondo no me resultaba lo más adecuado para internarme con propiedad en el universo pictórico de Antonello. Así que localicé un álbum de música medieval siciliana, y continué mirando.

Como una dulcísima cuchillada recibida a traición (no por cuchillada menos dulcísima, no por dulcísima menos cuchillada), comenzó a sonar en un momento dado la tonadilla aquella del Casanova de Fellini. No por supuesto en la versión que muestra la película, sino como leitmotiv solista de una remota flauta, quién sabe si heredada de los árabes o de los bizantinos. Sólo que, en ese instante justo, la tonadilla inesperadamente recobrada carecía de cualquier relación con las sucesivas ocupaciones imperiales en suelo siciliano, con Casanova y hasta con Fellini. La tonadilla había pasado a ser en exclusiva mi lejana hermana vuelta melodía, el eco de su ausencia espesándose niebla en torno a mí, el pulso de la atlántica distancia entre nosotros

Dejé de lado a Antonello da Messina. Aprovechando las ventajas que en materia de acopio documental nos brinda la era de internet, tras unos minutos había dado con el soundtrack de la película de Fellini en general y con el esquivo tema de mis desvelos en particular.

El soundtrack, como norma de principio a fin dentro de la filmografía del realizador italiano, era obra del compositor Nino Rota. En cuanto a la melodía que nos enamorara a mi hermana y a mí, ya he dicho que aparece y desaparece en varias oportunidades a lo largo de la cinta. Pero sin duda su momento estelar, el que por sí mismo ganó nuestro incondicional favor, corresponde al remate del episodio con La Giganta.

Casanova, abandonado en un camino anónimo y lejos de todo, primero advierte a la Giganta inmensa y solitaria a la orilla del mar. Después es derrotado por ella en una pulseada tabernera. Enseguida asiste a un completo despliegue de sus dotes de combatiente en una suerte de silo de cuerdas a manera de jaula, donde hace sucumbir a un buen número de rivales masculinos sin apenas despeinarse. Por último, la pareja de enanos que la invicta dama tiene por compañeros y sirvientes, permite que Casanova espíe furtivo, a cambio de unas monedas, la tienda donde se aloja; la Giganta se comporta ahí dentro como la más frágil e inocente de las niñas. Culmina la peripecia con la Giganta bañándose dentro de un tonel en compañía de los dos enanos, mientras canta:


 Pin penin, Valentin, pan e vin.

Pin pedin, Valentin, fureghin.

La xe le vogie i caprissi de chea 

che ayer la gera, la gera putea.

 

 Casanova se adormece arrullado por aquellos versos, que en boca de la Giganta tienen casi tanto de canción de cuna como de ronda infantil y de encantamiento brujeril. Cuando despierta, Giganta, enanos y tienda han desaparecido. Como si se hubiese tratado de una fantasmagoría, una quimera, un sueño.

Merced a los recursos de la red virtual, tampoco me fue demasiado difícil dar con la letra de la canción. Otro cuento en cambio resultó tratar de desentrañar el significado de sus versos. Aún cuando yo hubiera dado con la melodía en un compendio de antigua música de Sicilia, resultó que la copla no estaba escrita en siciliano, sino en véneto, la lengua propia de la vasta región donde se halla ubicada Venecia. Y que Pin Penin es un juego de palabras ampliamente extendido en esa región, equivalente según creo entender a nuestro De Tin Marín De Do Pingüé.

De niña, a la hora de dirimir reparticiones en los juegos, mi hermana la menor no solía echar mano del De Tin Marín, sino de otra cantilena perteneciente a la misma progenie: “zapatito blanco, zapatito azul, dime cuántos años tienes tú”. Todavía la última vez que las distancias nos permitieron pasar juntos un cumpleaños, se valió de ella para formar las parejas de algún juego de mesa entre abuela, hijos y nietos, exasperándonos risueñamente por su personal versión de la cantilena, ampliada hasta lo interminable.

De acuerdo con las pesquisas internáuticas que yo por mi parte continué, y que a cada paso amagaban ellas también ampliarse hasta lo interminable, los versos de Pin Penin que aparecen y desaparecen a lo largo del Casanova de Fellini no fueron extraídos de la tradición popular, sino que fueron escritos expresamente para la cinta por el poeta Andrea Zanzotto.

Hasta donde recuerdo, de Zanzotto no había tenido hasta ese momento noticia alguna en mi vida. Me bastó una somera navegación por media docena de sitios web, para entender que muchos le consideran el poeta italiano más importante de la segunda mitad del siglo XX. Y para sentirme profundamente avergonzado. Yo que me digo lector de poesía. Yo que hasta a veces condesciendo a considerarme poeta.

La vergüenza dio paso al alborozo cuando seguí navegando y comencé a toparme con algunos poemas de Zanzotto, así como con un conmovedor apunte autobiográfico suyo en prosa. Palabras mayores, Zanzotto. Uno de esos Maestros a quienes les descubres la enormidad humilde y la insondable hondura a las primeras líneas. Y como además resultaba que aquella no había sido su única colaboración con Fellini, las razones para comenzar a amarlo se multiplicaron de inmediato.

¿Y la vergüenza por tan penosa laguna formativa e informativa? Diluida en la alcantarilla de los egos inútiles. Nadie lo sabe todo. Nadie nunca jamás podrá saberlo todo. A la voluntad por conocer, a la curiosidad por saber, hay que saber acompasarla según las impredecibles vueltas con que el azar nos vuelve prendas de su propio Pin Penin, su propio Tín Marín, su propio Zapatito Blanco.

Unos días antes de que cierta música de reguetón en el departamento de al lado me llevara a recobrar más allá de toda expectativa la canción de la Giganta, y a descubrir por semejante sendero la poesía de Andrea Zanzotto, mi hermana la menor había tenido oportunidad de caminar un rato por Venecia. La Venecia donde Casanova nació. La Venecia cuya cercanía le permitió a Zanzotto volverse un poeta universal sin tener que abandonar su pueblo natal.

Cierro los ojos y puedo imaginar a mi hermana inserta en cualquiera de los pasajes venecianos de la película de Fellini, tarareando la tonadilla de la Giganta, rescatando un volumen de poemas de Andrea Zanzotto en un tenderete de libros, contemplando su propio rostro reflejado en el agua de todos los canales. Yo, mientras tanto, me preparo para poner punto final a este texto y armarle un paquete virtual que incluya también las versiones del soundtrack de Nino Rota y del álbum de música medieval siciliana. Con la misma disposición inexpresable con que hace una eternidad (antes de las sesiones VHS ante la videocasetera, antes de que llegara el reguetón, antes de que desapareciera la Sala Margolín) iba a poner en el buzón la carta recién escrita que ella abriría en Guadalajara.

El rostro que devuelve el reflejo en el agua del canal es el mismo y es otro. El suyo, el mío. Entonces, hoy. Zapatito blanco, zapatito azul, dime cuántos años tienes tú. Bien claro lo está diciendo ahora mismo en nuestro oído la voz de la Giganta, recobrada de aquí y ya para siempre:


 La xe le vogie i caprissi de chea 

che ayer la gera, la gera putea.

 

Lo que en castellano viene a resultar más o menos:


Son los deseos, caprichos de aquella,

de aquella que ayer una niña era.



[Para las piezas musicales aquí mencionadas: Playlist Pin Penin]

 

sábado, 10 de julio de 2021

El tiempo futuro.

El futuro que realmente contaba hasta antes de cumplir los doce años, al menos para mí, era siempre un futuro de corto plazo. Un futuro cuyas promisorias virtudes tenían menos que ver con la novedad que con la perspectiva de una ansiada reiteración: el próximo fin de semana, la próxima Navidad, el próximo cumpleaños, el próximo Día de Reyes. La próxima vez.

Me estoy refiriendo hasta aquí, por supuesto, sólo a los filones venturosos de dicha noción de futuro. Pero tampoco creo que, en el lado oscuro de la luna, las opciones oprobiosas de inmediato porvenir quedaran configuradas de forma demasiado distinta. Se trataba de la misma exacta lógica, sólo que en negativo: la próxima nalgada, la próxima serie de inyecciones de penicilina para aliviarme la inflamación de anginas, el próximo pleito entre mis padres, la próxima derrota del Atlante.

No quiero decir que no existiese para mí una noción de futuro con más amplia magnitud y dilatado plazo. Pero como era una noción que me resultaba por demás difusa, y en esa misma medida harto atemorizante, la verdad es que prefería no frecuentarla. Entender que habría un mañana donde yo, tal como me concebía, no sería más yo (y sin embargo al mismo tiempo no dejaría de ser yo) me llenaba los ojos de metafísicas lágrimas, durante mis entonces escasísimos lapsos de insomnio. Maldecía en silencio a ese extraño en el que sin remedio habría de convertirme, que ya no viviría bajo el mismo techo con sus hermanas y sus padres, ni jugaría con los juguetes con que me gustaba jugar, ni estaría enamorado de la niña a quien en ese momento me encontraba dispuesto a consagrarle mi amor para toda la eternidad. Maldecía, pues, básicamente, a este que soy ahora.

Y no es que me halle en posibilidad de rebatirle al niño aquel ninguna de sus furibundas impugnaciones. Tenía razón. En cada una de ellas tenía razón. Si pervive en algún inconcebible cruce del tiempo y del espacio, espero le sirva de vengativo consuelo saber que no dispongo ya de ninguna de sus potestades y mercedes en materia de futuro.

Sigo, sí, anticipando con alborozo los festines de corto plazo y padeciendo las zozobras propias de toda inminencia no grata. Pero el futuro se ha convertido sobre todo para mí en esa inconmensurable magnitud de plazo largo, proyectándonos a todos en pos de nadie sabe qué. Será que se llega un momento en el cual la palabra mañana deja de ser ese vasto cúmulo de singulares islas, que había que ir saltando de una en una sin excesiva preocupación por el conjunto de la travesía, y pasa a volverse una masa continental tan compacta como insondable, de la que comprendes que no podrás hurtarte: una apretada espesura en la que sin remedio te tendrás que internar.

Estando ya no me acuerdo si en cuarto o quinto de primaria, las autoridades federales convocaron a todos los estudiantes de nivel básico en el país, para escribirle una carta a un niño del año dos mil. Al menos en mi clase, el asunto no se declaró obligatorio, sino a personal decisión de quienes quisieran participar. Yo, siempre dispuesto a enaltecerme frente a los ojos maternos —antes incluso de haber acumulado el menor mérito que permitiera sustentar tal enaltecimiento— llegué a casa proclamando que participaría.

Escribiría mi carta para el niño del año dos mil, mi maestra la seleccionaría para representar a mi grupo, la dirección la seleccionaría para representar a mi escuela, el inspector la seleccionaría para representar a mi zona escolar. Y por qué no contemplar verosímil la alternativa de que me hiciera acreedor al primer premio (la verdad no recuerdo ya en qué consistía), en virtud del talento y la sensibilidad tantas veces encomiados por la gente de mi estima.

Faltaban un par de semanas para el cierre de la convocatoria, y yo podía consagrarme a soñar despierto con el día en que subiría al estrado para estrechar la mano del Secretario de Educación, o quién sabe si hasta del Presidente de la República, entre los aplausos de la multitud que asistiría al evento, y sobre los cuales destacarían tanto los vítores de mi mamá como la devoción orgullosa de la niña de quien estaba enamorado. Versión infantil modelo años setenta de cierto recurrente espécimen en torno a todos los certámenes literarios (pasados, presentes y futuros), huelga decir que yo conjeturaba cada una de esas triunfales estampas sin haber escrito una sola línea.

Día tras día y hora tras hora, puntual  aparecía algún buen motivo para diferir la escritura de la carta que me haría famoso. Jugar con mi hermana la segunda, releer por enésima oportunidad algún ejemplar de mi siempre inestable colección de historietas de El Hombre Araña o Los Vengadores, ver las caricaturas o no hacer nada. A fin de cuentas, redactar mi misiva para el niño del año dos mil iba a ser cosa de una sentada, y sin duda de breves minutos. No tenía la menor idea de lo que iría a escribir, pero podía sentir que las palabras iban a brotar espontáneas, inspiradas y sin ningún esfuerzo, cuando llegara el momento.

Conforme la fecha de entrega fue acercándose —para seguir con esto de los certámenes literarios y los perfiles prototípicos que los sustentan— mi disposición anímica comenzó gradualmente a variar. No que renunciara yo a los ensueños de gloria. Todo lo contrario. Volver a imaginar la apoteótica ceremonia de mi premiación me permitía incorporar las reacciones admirativas de mis compañeros de clase, de los alumnos de otros salones, de los profesores de mi escuela, de mis tíos y primos; y hasta conjeturar beneficios suplementarios: por ejemplo, recibir toda suerte de regalos como consecuencia del entusiasmo que provocaría mi triunfo. Pero la material escritura de mi carta consagratoria daba ya en aparecérseme más bajo la especie de molesta obligación que bajo la de indoloro trámite. Me quedaba bien claro que no había escrito nada, y que cada día transcurrido disminuía mi margen de plácida holgura, para transmutarla presión exasperante.

Ya más de un lector se considerará a estas alturas en condiciones de anticipar el desenlace de la fábula. A fin de cuentas, la participación en el concurso aquel no era obligatoria. Y mirándolo bien, ¿no resultaba medio tonto eso de andarle escribiendo cartas a alguien que todavía no nacía? Siendo sinceros, tampoco es que estuviera yo muriéndome de ganas por estrechar la mano del Secretario de Educación Pública. Sin contar el montón de presumidos, ególatras y megalómanos con que debe uno codearse cuando accede a figurar como postulante para la obtención de cualquier medalla. Total, si para el año siguiente volvían a abrir la convocatoria, podría prepararme ahora sí con más tiempo para escribir mi carta. Al llegar el viernes previo al lunes en que los interesados debían entregarle su texto a la maestra, yo había decidido ya, con ecuánime madurez, renunciar a la contienda. Que otros disputaran por el vano oropel de los honores y los premios.

Sin embargo, el previsible, conocido, habitual ciclo de dicha fábula, no contaba con mi mamá. Quien no sólo se tomaba tremendamente a pecho las obligaciones filiales en materia de compromiso escolar y palabra empeñada. Sino quien, para mi mayor desgracia, había considerado desde siempre admirable el modo en que (según la leyenda, y según la película Mexicanos al grito de guerra con Pedro Infante) la mujer de Francisco González Bocanegra encerró bajo llave a su desidioso marido, para obligarlo a redactar la letra del Himno Nacional. El domingo, pasada ya la hora de la comida, me preguntó cuándo había que entregar la carta para el niño del año dos mil, y si ya la tenía yo lista. Con mi expresión más flemática y mundana, le informé que había que entregarla al día siguiente, pero que no se preocupara, porque había decidido no participar.

Ese es el problema con el futuro. Acaba por llegar siempre. Sea que se trate de la siguiente semana, del vencimiento de la convocatoria, de las canas en el bigote o del año dos mil. Y no va a tratarse nunca, por venturoso u oprobioso que resulte, de lo que hubieres (futuro de subjuntivo) querido o temido que fuera: sino simple y llanamente de lo que toca que sea, de lo que tenía que ser. La tarde de aquel domingo me tocó a mí consagrarla, íntegra, bajo amenaza de no irme a dormir hasta que no terminara, a la escritura de mi carta para el niño del año dos mil.

¿Año dos mil? Vaya una instancia inconcebible. Para entonces iba yo a tener casi treinta años. ¿Cómo podía imaginar eso? Ni siquiera mis papás habían cumplido todavía treinta años. El futuro, como esa dimensión ignota, monumental y abstrusa, a propósito de la cual sólo puede hablarse en los términos más imprecisos, había venido a plantarse delante de mí con la exigencia de perfilarlo mediante palabras y frases bien concretas, hechas de tinta sobre papel, y sin que para ello me viera yo espoleado por ninguna entusiasta expectativa, ni por ningún espantado presentimiento, sino por la más tediosa obligatoriedad.

Mi mamá conserva todavía por ahí la carta. Como suele suceder en estos casos, al esforzarme por escribir algo, siendo que no tenía voluntad alguna de escribir, acabé refugiándome en la más generosa de las patrias: el convencional repertorio de los lugares comunes; en el año dos mil no habría guerras ni contaminación. No obstante, el sentido utópico de la infancia resulta algo radical, propicio para fundirse sin ninguna manifiesta intención con lo apocalíptico. En un momento dado, pasaba yo a profetizar que para esa fecha todos los automóviles habrían sido destruidos, sin que me importara en lo más mínimo de qué medios iban a valerse las personas para trasladarse. Los automóviles del mundo quedarían inhabilitados, y se les trasladaría a una especie de monumental tablajería industrial para verse aplastados uno a uno, lo mismo que bistecs. Con el cúmulo de hojas de metal multicolor resultantes se construiría una flor inmensa, en torno de la cual todos los niños del año dos mil bailarían una ronda, tomados de la mano.

Mi imaginación adulta, merced a sus atrofias y a su acumulado aprendizaje literario en materia de verosimilitud cuantitativa, es incapaz de figurarse el aspecto que podría tener una flor confeccionada a partir del aplanamiento de todos los automóviles de la Tierra. Y se pregunta cómo diablos concibió probable el niño que fui, organizar a los miles de millones de menores de edad que habitarían el orbe para una ronda, siendo que día tras día le tocaba atestiguar y protagonizar el imposible de sus treinta o cuarenta compañeros de grupo en el patio, tratando de no romper la fila y de tomar distancia como indicaba la maestra. Tanto la monumental flor de automóviles reciclados, como el masivo círculo de infantes tomados de la mano alrededor de ella, quedan en extravagante galimatías metafórico: lo más cerca que me he aproximado, y conseguiré aproximarme jamás, a los herméticos delirios de San Juan en Patmos.

Tampoco es que importe demasiado esclarecer visualmente la metáfora. Los niños del año dos mil son hoy, en un alto porcentaje, adultos cerca de cumplir treinta años. Los mismos treinta años que mis padres no habían entonces todavía cumplido. Los mismos treinta años que consideraba tan inaccesibles  y distantes para mí, y cuyo umbral sin embargo traspuse hace ya tanto.

Pero no es la inquietud del tiempo dándole implacable y concéntrico alcance a todos sus augurios, lo que ahora, cerca de rematar ya estas líneas, solicita mi curiosidad y mi atención, sino antes bien cierto detalle en el que sólo ahora reparo, por absurdo que pueda parecer. Y es que, si mi mamá conserva hasta hoy la carta que escribiera yo en cuarto o quinto de primaria para el niño del año dos mil, significa que dicha carta no llegó a verse incorporada jamás a los canales burocráticos de las dependencias de gobierno patrocinadoras del certamen.

Mi memoria quiere delinear, como entre neblina, la siguiente escena: mi maestra, responsable de la primera, preliminar selección al interior del grupo, elige los textos de otros compañeros y no el mío. Aunque tampoco resultaría del todo inverosímil la hipótesis de mi mamá, conmovida hasta las lágrimas por la flor de automóviles y la multitudinaria ronda infantil, y decidiendo conservar la carta para sí.

Menos mal que me hice escritor. Conozco el arduo, esmerado y poco espectacular esfuerzo indispensable para considerar (siempre que conserves un mínimo sentido de decencia y autocrítica) que un texto tuyo amerita la atención ajena. Sé hasta qué punto los esquivos y equívocos laureles de la gloria literaria obedecen a factores por completo ajenos a la voluntad del ilusionado postulante, y que entre ellos el azar y la suerte no son los menores ni los menos habituales. Y entiendo que, a menos que estés dispuesto a hipotecar significativa parte de tu tiempo y tu hígado en las relaciones públicas, ante los certámenes literarios es menester situarse, por básica salud mental y emotiva, con la misma humilde disposición del hombre que semana tras semana compra su cachito de lotería aunque no se haya ganado nada (como no sea algún reintegro).

De lo contrario, ya estaría en este momento maldiciendo a mi maestra y a mi mamá, como funestas responsables de que no ganara yo el concurso aquel.


Imagen: Escena de la película Our Hospitality (1923). Escrita, dirigida y protagonizada por Buster Keaton.




sábado, 5 de junio de 2021

El punto.











Debió ser durante las vacaciones veraniegas entre cuarto o quinto grado de primaria que me inicié en la lectura literaria. O tal vez debiera decir, para hablar con propiedad y con justicia, que fui iniciado en la lectura literaria.

Ya para entonces tenía yo el hábito de repasar con fruición ciertos pasajes de mis libros de texto preferidos (ciencias sociales, español). Pero estos recorridos no pasaban de tres o cuatro párrafos visitados menos por mérito de sí mismos que por estímulo de las imágenes que los acompañaban. Las pirámides de Egipto bajo un sol abrasante, el Pípila incendiando la Alhóndiga de Granaditas, un lagarto llorando bajo la luna. Si me forzaba a ojear el montón de Clásicos Juveniles en oferta durante nuestra quincenal visita al supermercado, y presionaba a mis padres para que me compraran alguno, lo hacía atraído por las coloridas portadas, las ocasionales ilustraciones, y por impresionar a mis hermanas con un postizo desdén hacia las revistas de niños.

Digamos que la lectura por placer, aun cuando ya desde ahí lograra imprimirme interiormente sus primeras huellas perdurables, se regía en mi caso por una lógica de pie de foto. Leer un libro, leer un libro completo, quedaba como un fenómeno ni siquiera digno de pensarse, diluido en la inmensa, nebulosa, remota masa de lo por venir.

Hasta que llegaron aquellas vacaciones de verano.

Dos meses completos para olvidarse de la escuela. Dos meses completos para no ejercitar mi alfabetizada conciencia de infante más que en los trepidantes diálogos del imperio Marvel (“¡Tú eres el que vas a morir, Duende Verde! Te daré fin lentamente y, cuando me pidas compasión, te recordaré una cosa: ¡Mataste a la mujer que amaba!”). Dos meses sin otra obligación que las tareas domésticas programadas por la autoridad paterna.

Excepto que mi madre consideró que dos meses completos eran demasiado tiempo para mantener a la escuela en el olvido. Sin derecho a réplica, dispuso que en casa habría un mes de holganza escolar plena, al término del cual tendríamos que consagrar una hora diaria al repaso de lo aprendido durante el curso anterior.

Recuerdo mal mis tentativas de negociación para revocar el edicto o al menos diferir su cumplimiento. No obstante, ante la inflexibilidad del plazo, en algún momento debí variar de estrategia, eligiendo entre los males el menor. Habré enarbolado a modo de chantaje el promedio de mi boleta de calificaciones, habré sacado alevoso provecho de la ilusión que le hacía a mi madre imaginarme leyendo, habré exagerado entusiasmos literarios que en los hechos estaban muy lejos de ser tales. El caso es que, cumplida la fecha, mi hora de estudio se vio transformada en hora de lectura.

Entonces me tocó el momento de advertir cuán largo puede llegar a parecer un primer renglón, cuán remoto e inalcanzable el final de un primer párrafo, cuán imposible de siquiera concebir el término de la primera página. La jornada inaugural la consumí cambiando tres veces de libro mediante pueriles pretextos, preocupado sobre todo por examinar los detalles de cada portada, por contemplar los juegos de mi hermana menor (dichoso espécimen preescolar sin repasos por padecer todavía) y por preguntar cuánto faltaba para el cumplimiento de la hora.

A la mañana siguiente recibí un ultimátum de mi madre. Si no comenzaba a leer de verdad, si al término de la sesión no rendía un puntual resumen de lo leído, cuentos y novelas cederían su lugar a las lecciones de matemáticas y ciencias naturales.

De cara a la dignidad poética, la conjeturable posteridad o el llano prestigio público, tal vez lo más prudente por mi parte sería decir que entre los tres volúmenes que mi madre me dio para escoger, me incliné por Los últimos casos de Sherlock Holmes o por Platero y yo. Pero sería mentira. Elegí el restante, no sólo por tratarse del más delgado y el de más grandes letras, sino porque además llevaba intercaladas numerosas fotografías de ave marina en vuelo, que reducían de manera notable el espacio efectivo de lectura.

A solas en la recámara, cerrada la puerta para escatimarme toda distracción, retorciéndome de tedio sobre la litera, habitando cada línea como infranqueable muralla, tratando de deducir la historia narrada a partir de las fotografías, el peso del sueño abatido como marejada sobre los párpados, el primer libro que mis ojos recorrieron íntegro, desde su primera letra hasta su punto definitivo, fue Juan Salvador Gaviota de Richard Bach. Del cual no recuerdo absolutamente nada.

He olvidado también cuántos días me llevó consumar la proeza. Lo que no he olvidado es que, cuando esto sucedió, aún restaban varias semanas para el inicio de clases. Así que por delante me quedaban centenares de minutos de lectura. Sólo imaginarlos conseguía llenarme de terror.

Batallé con Conan Doyle. Batallé con Juan Ramón. Inútilmente. Una tarde en que habían ido solos a comprar la despensa, mis padres volvieron del supermercado con uno de aquellos volúmenes de Clásicos Juveniles. La isla del tesoro. Gordísimo. Infinitamente más gordo que los tres ejemplares que hasta entonces me había tocado enfrentar. Apenas con unas cuantas ilustraciones sueltas mal disimulando su condición de inexpugnable fortaleza. Di las gracias por cortesía, sintiéndome camino del patíbulo

Al día siguiente comencé a leer de verdad mi primer libro.

Puedo aseverarlo de manera tan tajante, no porque haya logrado seducirme apenas puestos los ojos en el título de su capítulo inicial. Tampoco porque la lectura, en alguna estancia del trayecto durante aquellas semanas, haya visto palidecer su tortuosa semejanza con el castigo, su árida filiación a la lógica del deber. Encerrado en la recámara, sometido a rigurosa vigilancia materna, obligado a puntual rendimiento de informe al término de cada jornada, consumí una hora diaria del resto de mis vacaciones veraniegas en una lucha sin esperanza y sin cuartel, a brazo partido, línea por línea y letra por letra, con Robert Louis Stevenson, sin que en momento alguno sus palabras lograran despertar dentro de mí algo que se pareciese, remotamente siquiera, a la seducción.

Simplificando, cabría decir que mi experiencia con La isla del tesoro en nada se distinguió de sus sufridos precedentes. Padecí con ella lo mismo que había padecido antes. Las razones que legitiman su relieve pertenecen a muy distinto linaje, y de tan sutiles al inicio ni siquiera las noté.

Como tantas otras veces, fue necesario el tiempo para colocarlas en su sitio.

 Aunque mi flagrante devoción por el padre de los detectives no cuenta entre sus prendas predilectas ningún relato de Los últimos casos de Sherlock Holmes, guardo fiel recuerdo de algunas estampas suyas. Y aunque Platero me parece un recoveco más bien menor entre las acogedoras estancias líricas de Juan Ramón, recuerdo con aprecio varios pasajes; en especial la muerte del asno y el famoso inicio consagrado a la enternecida descripción de su pelaje. Sólo que se trata de fidelidades y memorias posteriores, no establecidas durante aquel verano. Si algún azar nos hubiera privado del reencuentro durante los años por venir, a estas alturas tampoco de ambas obras recordaría nada.

No ocurre lo mismo con La isla del tesoro. Ya las fabulaciones y los juegos de mi abuela materna me habían grabado de viva voz en la memoria las primeras huellas imborrables de la poesía  a secas. Las aventuras de Jim me grabaron las primeras de la poesía impresa.

Al cabo, resultó que de esa penosa travesía narrativa recordaba cosas. Sin esforzarme, sin que pudiera decir qué era lo que las dotaba de relieve. Simple, sencilla, oscura e inexplicablemente, algo había hecho que se quedaran ahí, depositadas en una memoria literaria que a aquellas alturas ni siquiera cabía llamar así. Una memoria que de hecho estaban más bien fundando.

Semejantes marcas de nada sirven a la hora de conjeturar con pedantería prometedores e inusuales talentos infantiles, o precoces olfatos críticos. Mi personal selección de prendas memorables dejaba fuera buena parte de lo mejor de la obra. Desde la sabia armazón general del argumento, que permaneció para mí confusa largo trecho, hasta Ben Gun (ese entrañable robinson abandonado a su suerte en la isla por los hombres del Capitán Flint), pasando John Silver: nada menos que el espíritu rector de toda la novela, a cuya fragua templa la maduración de su alma el joven protagonista, y quien sólo llegaría a fascinarme de manera tardía, cuando los héroes de la novela negra consiguieran iniciarme en las complejidades de la ambigüedad ética.

En cambio, recuerdo con absoluta nitidez el hueco que me abrió en el estómago aquella tonada marinera donde la tétrica imagen del cofre del muerto se mezcla y confunde con el júbilo alcohólico, la perorata del loro que a mí me sugería monedas y hablaba en realidad de cañones (“piezas de a ocho”), mi desamparo cuando el ala institucional de la expedición sale de escena para dejar solo a Jim ante las misteriosas realidades de la naturaleza insular y el ser y hacer filibustero, mi incrédulo alivio cuando consuma en solitario el abordaje de la nave secuestrada. Pero probablemente el detalle más inquietante y sugestivo de todos fue desde un principio el disco negro. El ultimátum pirata. Sobre todo aquel que, hacia el final de la novela, a falta de otro papel a mano, los bucaneros se ven obligados a elaborar profanando una página de la Biblia, y con el cual de algún modo parecen sentenciarse solos a la derrota, la ruina y la condenación.

Jamás pude imaginar a plenitud el disco negro. Por aquellos días la palabra disco aún remitía de manera automática a los vinilos de 45 y 33 revoluciones por minuto. Sin embargo, la situación relatada sugería algo infinitamente más pequeño. Si bien no tan pequeño como para permitirle un epíteto a todas luces inapropiado y falto de dramatismo como “la mota negra”, hallado posteriormente en otra traducción.

Terminé imaginando el disco negro como un punto. Un punto que había crecido lo suficiente para dejar de cumplir con sus obligaciones gramaticales, sin por ello extraviar los rasgos que permitían reconocerlo.

Acaso suene exagerado. Pero cada vez que un punto y aparte o un punto y seguido consienten cierta divagatoria pausa, y la conciencia se descubre ya no de soslayo sino de frente a éste, el padre de todos los demás signos de puntuación (que por algo se llaman así), asumiéndolo identidad autónoma en lugar de ínfima herramienta, no puedo dejar de mirarlo sino como aquel inquietante disco negro.

Desde la propia materia prima que posibilita al lenguaje y es ya en sí misma el lenguaje, leer entraña el recordatorio de un inmemorial ajuste de cuentas por cumplir.

Y eso es algo que, en el fondo, todo lector aprende siempre desde el primer libro.