domingo, 19 de abril de 2020

Nostalgia de llanuras.


Una como nostalgia de llanuras, de planicie infinita abismando línea recta el horizonte por los cuatro costados, allá a lo lejos. Y esa espacial desmesura inseparable siempre de la sensación de soledad. Una amplitud de magnitudes siderales no obstante remitida de antemano al ámbito terrestre, y vivida en el ensueño cada vez como un estado del ánimo, del pensamiento y del espíritu, que debe siempre dirimirse a solas. Al menos en principio.
Aunque quizá la palabra deber no resulte aquí la más exacta. Porque la soledad no se presenta como una obligada imposición externa, sino como una condición natural y propia tanto de la situación como del escenario. Te encuentras solo en medio de la planicie inabarcable; y aunque eso ni está bien ni está mal, el hecho de saber que es así como corresponde, hace que se sienta que está bien: sin aspavientos ni euforias, sin divertidos contentos de esos que los temples banales gustan confundir con la felicidad, sin aristocráticas presunciones de nirvana.
La llanura ya polvorienta, ya rocosa, ya verdeante de rala y crecida hierba, se extiende con amagos de infinito, y ahonda la concavidad del cielo. El viento sopla a veces y a veces no. El sol es a veces una mansa y acogedora caricia para la piel y los ojos, y a veces una inclemencia chata de la que alcanzan a resentirse hasta las ligaduras de los músculos y la médula de los huesos. Pero en cualquiera de los casos está bien. Pradera, cañaveral, valle o desierto, la tierra se sugiere mar en calma sin por otro lado guardar parecido alguno con el mar. Y eres navegante a pie sin nostalgia de embarcaciones ni premura de avance. En cualquier dirección que te encamines, el paisaje accederá a concederte a ras del suelo toda clase de novedades para tu modesto azoro y para tu serena curiosidad, pero el horizonte seguirá quedando todo el tiempo a la misma distancia.
Ensueños de tranquila claustrofobia, de paciente y suspirante tedio. No el último habitante del mundo, no el primero. La sola idea de los otros como inexistencia, como una noción ante la cual no puedes manifestar postura porque resulta no digo inconcebible (lo inconcebible es el reverso geométrico de lo concebible) sino ajena por completo a la idea misma de concepción. Como cuatro meseros perfectamente ataviados que llevaran sobre los hombros, en una bandeja, un enorme salero, a la mitad de la séptima entrada de un juego de beisbol sin embasados. Y ni siquiera eso. Ni siquiera el absurdo.
Lo insólito por inhabitual y extravagante corresponde a distintos órdenes, a distintos escenarios potenciales en el vasto repertorio del ensueño. Acá en la llanura lo prodigioso no asombra, sin dejar empero de ser prodigio: sin dejar de susurrarte todo el tiempo que aquello que contemplas sólo se podría llamar milagro; si existieran dios, los otros, la fe y el desespero.
Una como nostalgia de llanuras que, ya de regreso, ya otra vez de este lado, hurtada de bochornosas épicas, te insinúa a manera quién sabe si de sombra o de reflejo para que puedas (si quieres) reconocerte en alguna de ellas, todas las convencionales siluetas históricas asociadas más allá de la frontera con el Lejano Oeste, y en mexicanas tierras con el Extremo Norte.
Por ejemplo, el perezoso gambusino que pretendía huir de la ancestral alquimia para obtener el oro a cielo abierto, lejos de claustros, libros, retortas y desvelos; pero que ya inclinado por enésima ocasión con su mellado plato sobre una raquítica lengua de riachuelo recién hallada, entiende que ha venido a cumplir en el otro extremo de la tierra el mismo arduo destino de desvelos, trabajos, fracasos e iniciáticos reintentos que algún antepasado suyo ensayara siglos atrás en Utrecht, Praga o Basilea.
O también, por ejemplo, el anónimo piel roja que, azarosamente hurtado del exterminio, se sumerge en los inhóspitos  imperios de un mundo que sabía suyo pero no conocía; y frente al cual la barbarie ha pasado a convertirlo de súbito y por igual en monarca en funciones, solitario guarda guerrero, real ministro de inventario: sacerdotal preservador de una memoria a medias por inventar y a medias a punto de perderse.
O también, por ejemplo, el indígena chichimeca que, al contrario, no reconoce aquella tierra como propia, sino penitencia del extremo exilio a que se ha impuesto someterse para no transigir comercio ni con la servidumbre, ni con la acomodaticia astucia, ni con la hipócrita conversión, ni con la muerte heroica, ni con el vano afán de procurar comprender (aunque sea un poquito) a los recién llegados.
O también, por ejemplo, el misionero que ha debido venir a instalarse ante este árido, inhóspito y para él por completo anómalo paisaje. Ddonde sus sermones ora se diluyen en el viento seco, y ora van a rebotar sin ecos contra la roca parda, la picante arenisca y los espinosos matorrales. Y es aquí y sólo aquí, desde su desolación, desde sus lacerantes dudas, desde su ya ciega y fatigada terquedad, que se le concede la merced de entrever por fin con plena transparencia el rostro terrible y misericordioso del Señor.
Personaje secundario en algún cuento de Jesús Gardea. Incidental rostro durante las primeras páginas de alguna novela de Cormac McCarthy (fugazmente entrevisto, y afortunado de poder fugarte a tiempo, antes de la primera masacre).
Esa espalda que la protagonista de quién sabe cual película ya no filmada por Wim Wenders se topa en la barra del primer restaurante del camino, tras cuatro horas de lineal carretera. El cofre del automóvil está hirviendo, el mozo está llenando otra vez de agua el carburador y de gasolina el tanque, la vieja rockola toca una canción de Johnny Cash, allá al fondo (se escucha y se olfatea) la mujer del dueño prepara café y huevos con tocino. La espalda admite por encima del hombro el perfil de un rostro que mira y admira a la mujer recién llegada, que alza una ceja a manera de homenaje y saludo. Y la invita a sentarse.

Imagen: Valley of the Gods, Utah, 1977. Fotografía de Wim Wenders.