sábado, 26 de diciembre de 2020

Yo es otro todavía.

Yo tuve la cara de Rimbaud a los diecisiete años.

Por supuesto, todos la tuvimos. Parte del poder irredento, inagotablemente renovado, propio del niño caminante y su leyenda eterna, tiene que ver justo con su capacidad para enunciar de manera tan amplia como literal lo que cada ser humano es o debería tener derecho de ser a los diecisiete años. Ese fulgor. Esa inocencia conmovida por su propio efímero espectáculo. Esa limpia arbitrariedad. Esa cruel y sagrada intransigencia.

Pero es que yo además, sin que hubiese necesidad de ningún género de utilería, ningún calculado recurso de peluquería, ninguna forzada gesticulación, desde mis ojos de entonces sentía por completo legítimo reclamar como propios los rasgos de la cara de Rimbaud, según han llegado hasta nosotros en su fotografía más célebre, reproducida y reinterpretada hasta la saciedad por legiones de devotos.

No vaya a pensarse que desde aquí, desde mi sitio actual, desde mi irreparable “yo es otro” consumado respecto de quien haya podido ser en aquella remotísima edad, aliento algún tipo de petulancia jactanciosa en torno de semejante asunto. Reviso mis escasas fotos correspondientes a aquellos años, las contrasto con las todavía más escasas que ha legado para nosotros el arcangélico Jean-Arthur, y llego a la conclusión de que en realidad no nos parecíamos en nada. Se trata de dos fisonomías por completo divergentes, a las que  en caso de que —con un poco de buena voluntad— cupiera establecerles cierto remoto parentesco, sería en virtud de la desgastada calidad de las imágenes y de la flagrante adolescencia de los personajes ahí aludidos. Yendo aun más allá, la vida, las osadías, el genio y el temperamento de Jean-Arthur en su mocedad quedaban por completo distantes de lo que yo era; tanto como pueden quedar de quien soy ahora cuantos correspondieron a su ulterior destino de mercader baldado.

Lo cual no quita que aquel muchacho haya asumido como una verdad rotunda que aquella era su cara, durante la iniciática ocasión donde, recién oída apenas la primera admirativa glosa a propósito de cuáles habían sido su existencia y sus hechos, alguien le puso en las manos un libro de Rimbaud; y apenas dar la vuelta a la primera página o a la contraportada, sintió que estaba frente a un hechizado sucedáneo de reflejo.

Por lo demás, tal vez no resulte abusivo continuar insistiendo en que, por encima de las distancias estrictamente circunstanciales y anecdóticas de por medio, el enigma Rimbaud a todos alude y a nadie excluye. Todos a nuestro turno, adaptando la prestidigitación según nuestro propio rostro y nuestra propia biografía, cumplimentamos a pie juntillas ese mismo inquietante tránsito entre los extremos términos de lo que comenzamos siendo y lo que terminamos siendo. Y quien con mayor empecinamiento se afane en proclamar las señas referenciales de su pasado como intactas prendas del presente, con más implacable virulencia acabará por ver subrayado en el espejo el margen de todas las mutaciones que el viaje recorrido  —sin margen alguno para enmiendas y reparaciones— operó.

Yo era pues como Rimbaud, en idéntica proporción a todo ser humano que acabe de cumplir diecisiete años, y sienta arrebatársele el pecho por el vértigo de lo innombrable, sienta en sus venas encendérsele la sangre ante la expectativa del camino, sienta nublársele los ojos por el perfil enceguecedor con que el horizonte da en fundir a la distancia la intuición del demonio y la intuición de Dios. Pero los hechos de mi vida no iban a parecerse ni entonces ni después en términos estrictamente narrativos a los de la vida de Rimbaud. Otras serían mis osadías y otras mis blasfemias, mucho más retraídas al interior de mí mismo, mucho más próximas a la quieta travesía vertical de los vegetales que al animal impulso del andar devorador y vagabundo.

Y no obstante tamaña discrepancia —que acaso alguien pueda considerar esencial, dicotómica, inconciliable—, tal lo he señalado ya, la primera vez que vi el rostro de Jean-Arthur en la portadilla o la contraportada de un libro, no pude menos que sentir, antes de haber leído una sola letra, que aquella era mi cara, aquellos mis cabellos, aquella mi delgadez de hombre aún en obra negra. Supongo que se trataría de Una temporada en el infierno o de las Iluminaciones, en la edición de la editorial “La Nave de los Locos”, traducidos respectivamente por Marco Antonio Campos y Cintio Vitier. Descubrí que aquella era mi cara, decidí que aquella era mi cara.

¿Y luego? Luego no entendí nada.

Leí con obcecación, leí con furia, leí peleando línea tras línea con cada palabra. Sintiendo que lo que ahí se clamaba iba transmutándose ora inexpugnable fortaleza, ora bosque plagado de sombríos señuelos sólo propicios al extravío, ora neblina en altamar encegueciéndote con la más insoportable mansedumbre, ora un relámpago que no alcanzaba a iluminar durante plazo suficiente.

Terminé desistiendo de Rimbaud según yo. Maldiciendo mi incapacidad, mi insuficiencia, mi falta de lecturas complementarias capaces de contextualizarme aquello; maldiciendo sobre todo mi íntima y certera sospecha adolescente de que en realidad no había —ni habría jamás— sobre la faz de la tierra lecturas complementarias capaces de contextualizarme a cabalidad aquello. Me decía que, puesto que cuanto ahí se decía había sido escrito por alguien de mi edad que tenía mi cara, yo tendría que haberlo entendido por mí mismo, sin ayuda de nadie.

Abismado en mi rabia o mi rabieta no llegué a percatarme sino hasta después, ya muy tarde, que aquella sola lectura según yo infructuosa había bastado para grabar en mí varias imágenes y frases de manera indeleble, perdurable, eterna; como sólo puede hacerlo nuestro respectivo repertorio de páginas esenciales. Senté a la belleza en mis rodillas y la encontré amarga, apreciemos sin vértigo la vastedad de mi inocencia, la alquimia del verbo, la vida es la farsa que todos debemos representar.

Desistí de Rimbaud según yo. Dictaminé que había terminado con Rimbaud, según yo. Devolví su libro a la repisa. Y me largué ahí mismo para abrasarme en las ascuas de un amor proscrito desde los cuatro puntos cardinales, a propósito del cual todo el mundo (conocido o no por mí) parecía sentirse autorizado a opinar; para empecinar el paso que me fijaría de por vida en la misma ciudad; obedeciendo nada más que a mis propias sospechas e intuiciones; sin prestar atención, oídos ni mucho menos alma a los diligentes inquisidores de siempre, empecinados en indicar desde sus mohosas certidumbres, sus cíclicas mojigaterías, sus tendencias de moda en materia de ideologías y relicarios  cómo había que ser, cómo había que mirar, cómo había que leer, cómo había que escribir, cómo había que amar, cómo había que vivir. Levantada la cabeza, socarrona la mirada, echado hacia adelante el esmirriado pecho, prestas en la garganta la imprecación y la alabanza, para según fueran a necesitarse. Desistí de Rimbaud según yo, llevándomelo en la cara y en la sangre.

Luego, al igual que Jean-Arthur, no volvería a tener jamás diecisiete años. Lo cual no impide que hasta hoy aún alguna mala luz o alguna buena sombra vengan de cuando en cuando a mentirme en la penumbra que sí, que por qué no, que todavía.

Ante la ocasional revisita de ese repertorio de galas y de muecas, hace tiempo que dejé de proceder con apropiaciones emotivas por completo fuera de lugar; pero tampoco me les río en la cara en petulante abuso de descortesía. Las agradezco en calidad de afeites viejos y guardarropía de carnaval, condesciendo a ataviarme con ellas durante cosa de un rato, entendiendo lo mal que me vienen y evitando cruzarme por pudor con cualquier espejo. No se trata de que hayan quedado por debajo de mí. No se trata de que haya quedado yo por debajo de ellos. No se trata aquí de jerarquías, de evoluciones ni de involuciones. Se trata simplemente, lo dije ya desde el principio, de que yo es otro.

Ningún caso tiene tomárselo a la tremenda. De modo que procedo a calzarme brevemente aquellos rasgos, a ensayar con media sonrisa en la esquina de la boca aquellos gestos, antes de volver a lo mío, sea esto lo que sea.

Como el abuelo que deja que su nieta lo maquille de muñeca, y que juega a ser muñeca por un rato; puesta la mente en darle a ella y a sí mismo un gusto que no tiene nada que ver con la hipótesis de ser muñeca, sino que corresponde íntegra a la realidad simple y llana de ser abuelo. Yo, que no tengo edad para ser abuelo todavía. Pero que entiendo con plena transparencia aguardándome a la vuelta del sendero, más allá de la  prisa y de la pausa, a eso otro irrefutable —vagamente parecido a mí— en el que al cabo habré de convertirme.